miércoles, 2 de enero de 2008

El mundo de ayer

LECTURAS
(elo.099)


El mundo de ayer
Stefan Zweig
Acantilado, 1.941

Una buena autobiografía, es aquella, que con precisión, logra delimitar la perspectiva vital del autor de la misma, la que rechazando la hojarasca, intenta sumergirse en lo esencial, con la intención de dejar al descubierto, la viga maestra sobre la que se sustenta el individuo que la firma. Una buena autobiografía, por tanto, no puede ser aquella, cuyo interés se centre, sólo en narrar de forma puntillosa, los diferentes avatares que acaecieron sobre su protagonista, sino la que en todo momento, intenta dejar al descubierto aquellas constantes que condicionaron su vida. Sí, todo ser humano posee una visión irrepetible e insustituible de la existencia, y ésta es la que interesa, la que puede aportar o enseñar algo a los demás, por tanto, toda autobiografía, y toda biografía, a lo que tiene que aspirar, sea cual sea el método que se utilice para ello, es a intentar mostrar eso que hace insustituible a cada uno de nosotros.
Stefan Zweig, en sus memorias, hace precisamente lo que hay que hacer, dejar a un lado todo lo accesorio, para exponer sus preocupaciones y anhelos, lo que en todo momento le interesó y le atormentó. Pero estas memorias tienen un importante valor añadido, pues la vida del escritor austriaco, se desarrolló durante un periodo histórico, en el que se desquebrajó el viejo mundo europeo (o para ser más precisos, centroeuropeo), asentado siempre en el orden y el equilibrio, para dar paso a un nuevo tiempo en donde todo se transforma de forma estrepitosa. Pero independientemente a lo anterior, el lector encuentra en este texto una magnífica obra literaria, pues la prosa de Zweig, posee tal calidad, que convierte todo lo que toca en literatura, en literatura de calidad. No suelo leer biografías, es un género que nunca me ha interesado, pero desde que leí las primeras páginas de “El mundo de ayer”, quedé seducido por la capacidad narrativa del autor, que con sumo cuidado, sin alzar la voz en ningún momento, ha conseguido que devore las quinientas páginas de sus memorias, dejándome una extraña sensación, la de haber disfrutado con una forma de escribir ya finiquitada, que se hace tiempo que no se practica, en donde un extraño equilibrio lo impregna todo, en fin, algo difícil de encontrar en la actualidad.
Una vez terminado el texto, delicioso en todo momento, lo primero que se me viene a la cabeza, pues tampoco puedo permitir que “el bosque me impida ver los árboles”, es el amor por la libertad individual que tuvo el autor, y el anhelo, de que Europa recuperase, por así decirlo, su perdido espíritu europeo, cuestiones ambas, estrechamente emparentadas entre sí. ¿Cuál sería para el austriaco el espíritu europeo, ese que nuestro continente, dejó en determinado momento que se le escapara de las manos? Sin duda alguna, para Zweig, la esencia del espíritu europeo, lo que en todo momento lo sostuvo, fue la libertad individual, una singularidad que voló por los aires, en el mismo momento en que estalló la Primera Guerra Mundial. Esa libertad individual, era la que aportaba la armonía y el mesura que disfrutaba, según él, la Europa de aquellos momentos prebélicos, y que fue barrida del mapa con la aparición de las ideologías y por el papel, cada día más omnímodo de los estados nacionales. Que duda cabe, que cada cual cuenta la historia desde el lugar en que le tocó vivirla, por lo que hay que comprender, para intentar ser objetivo, que existen muchas visiones de la misma, que a pesar de ser todas verdaderas, ninguna coincide fielmente con la siempre terca y poliédrica realidad. Zweig pertenecía a una acomodada familia judía, que pudo disfrutar en todo momento de los placeres de la época, por lo que no tuvo más remedio que cantarle a la misma, ya que su mundo, un mundo completamente artificial, repleto de contradicciones, se desplomó definitivamente con aquella contienda. Él fue feliz en ese mundo y no dejó de lamentar su pérdida, pero hay que reconocer, que aquellos felices años, que tanto se han elogiado y se siguen elogiando, no fue más que un sueño insertado en una burbuja de jabón que no podía tardar en estallar, pues la armonía de la que tanto hablaba y se conglatulaba el autor, se encontraba aislada de la propia realidad.
Hoy, el espíritu europeo se encuentra en lo que los economistas denominan El Estado del Bienestar, es decir, en un lugar bastante apartado de donde creía verlo Zweig, aunque hay que subrayar, que también se halla bastante amenazado, precisamente por todos aquellos que coinciden con el austriaco, en aquello, de que lo importante es la libertad individual. Ese espíritu europeo con el que tanto disfruto el autor de estas memorias, hoy en día, como llegó a adivinar en sus últimos momentos, se encuentra en Norteamérica, y ante todo representa una amenaza contra el nuevo espíritu europeo, ese mismo que lleva bastantes décadas singularizando a Europa Occidental.
Otra de las grandes preocupaciones de Zweig era el pacifismo. Vivió una época muy agitada, en donde la modernidad, con todo lo que ello implicaba, asomaba por la ventana, y eso evidentemente le disgustaba sobremanera, pues no podía comprender, cómo los individuos eran utilizados por el poder. Él hablaba de un mundo premoderno que se encontraba herido de muerte, de un mundo en donde lo colectivo aún no significaba lo que llegó a significar después, en donde aún existía eso que se denominaba humanismo y libertad individual, algo que la modernidad erradicó por completo de la faz de la tierra. Pero la modernidad, con todas las catástrofes que trajo, también ha significado progreso, pues gracias a ella, la humanidad ha dado un paso adelante de indudables proporciones, lo que ocurre, es que a esa modernidad no se la puede criticar desde la nostalgia de un tiempo perdido, sino desde la misma modernidad, señalando en todo momento sus contradicciones, sus fisuras, intentando corregir, con todos los medios a nuestro alcance, los atentados que perpetúa contra la ciudadanía, con la intención de humanizarla. Las dos guerras mundiales acabaron con el mundo de Zweig, trayendo un nuevo periodo histórico que se puede criticar, entre otras razones porque hay muchos aspectos de él que hay que rechazar, pero como nada resulta gratuito, ni tan siquiera la historia, es necesario intentar comprender las causas que motivaron tales cambios, aunque a estas alturas sólo sirva, para intentar saber dónde se encuentra instalado el hombre de nuestra época.

Miércoles, 21 de noviembre de 2.007

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