LECTURAS
(elo.098)
LA GLOBALIZACIÓN Y LA IDENTIDAD EUROPEA
Xavier Rubert de Ventós
El País, 28.10.07
Siempre, aunque no acaben gustando, resulta conveniente conocer las opiniones de Rubert de Ventós sobre la cuestión nacionalista, pues se quiera o no, es uno de los escasos teóricos, que desde la izquierda, afronta con más contundencia dicha problemática, que no por casualidad, de un tiempo a esta parte, está embarrando toda la vida política de este extraño país. Desde que recuerdo, él apuesta por la independencia de Cataluña, por lo que sus planteamientos, en todo momento hay que insertarlos bajo dicha perspectiva, lo que en ningún momento, como se suele hacer, debe suponer un motivo para su descalificación a priori. Lo fácil, es apartar de nuestra vista lo que no sintonice con las opiniones que sostenemos, todo aquello que pueda poner en jaque lo que pensamos, sin realizar siquiera, el sano y saludable esfuerzo, de intentar comprender lo que desde la otra orilla se nos dice, provocando una cerrazón mental, que está consiguiendo cerrar las puertas a la mismísima política. La política, y esto es algo que de forma constante hay que repetir, pues parece que a la hora de la verdad nadie lo recuerda, es ante todo confrontación de ideas, pero de ideas diferenciadas, con la intención de que se puedan llegar a acuerdos y a vías de consenso entre las mismas. Por ello, para que la política, la verdadera política pueda desarrollarse, en primer lugar, es necesario que se conozcan todas las ideas que sobre un mismo tema se pongan sobre la mesa, pero que se conozcan a la perfección, y no como ahora, en donde todo parece consistir, en buscar adhesiones inquebrantables a los postulados que se poseen, importando poco, por no decir nada, las del contrario. Curioso, pero el frentismo, y no de forma gratuita, es una actitud que se está imponiendo en todos los órdenes de la vida, y no sólo en política, lo que no habla precisamente bien del hombre medio actual, que en lugar de permanecer abierto a las múltiples posibilidades que se le presentan en su deambular, cada día se encuentra más enrocado en la visión del mundo que posee, estimando, como si fuera un iluminado, que todas las restantes, en el mejor de los casos son erróneas. De hecho, uno observa con estupor, como el espíritu de cruzada se está imponiendo de nuevo, pues aquello tan viejo “del conmigo o contra mi”, aunque parezca mentira, aparece como la estrategia más utilizada en nuestros días, posiblemente por resultar la más cómoda. Por ello, aunque sólo sea por intentar romper con tales dinámicas, es conveniente tratar de comprender (y sólo se comprende después de haber analizado), aquellas propuestas que no coinciden con las que se poseen, en primer lugar para saber si lo que se piensa sobre algo es lo correcto, o si por el contrario, es necesario cambiar dicha opinión (lo que nunca puede ser un drama), y sólo en segundo lugar, para intentar hacer comprender al contrario que se encuentra en un error. Ahora, aunque no se conozca bien, lo importante parece que es combatir la idea enemiga, como si existiera la necesidad de erradicar todo aquello que pueda poner en peligro nuestra estabilidad intelectual, hecho que al menos, debería provocar la reflexión.
En este artículo, el filósofo catalán afirma, que debido a los procesos globalizadores, los Estados nacionales están perdiendo su razón de ser, intentando por ello justificarse ante la ciudadanía, utilizando los instrumentos que hasta la fecha habían venido esgrimiendo las denominadas naciones sin estado, a saber, las motivaciones étnicas y culturales, o lo que es lo mismo, las sentimentales. Este hecho, que en principio podría ser considerado como revolucionario, pues supone un cambio de radical importancia, para Rubert de Ventós se debe, a la debilidad que dichas estructuras padecen, desde que perdieron gran parte de sus competencias, la mayoría de las cuales delegadas a instituciones u organismos supranacionales. Antes, por ejemplo, la política económica de un determinado país, con todo el poder que ello suponía, era dictada por instituciones de dicho país, pero en la actualidad, esas política son elaborada y ejercida por nuevas instituciones radicadas fuera del mismo, como el Banco Central Europeo, o por extrañas organizaciones neocoloniales como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional, dejando a los gobernantes sin un instrumento esencial de intervención social. Lo mismo ocurre en las restantes parcelas, que antes sólo incumbían a los estados nacionales, hecho que lógicamente, le está quitando credibilidad, lo que les empuja, a intentar reencontrarlas, no como siempre había hecho, en la instrumentalidad, pues los estados siempre han sido eso, unas herramientas necesarias para hacer más fácil la vida de la ciudadanía, sino en argumentos sentimentales como el amor a la patria o en eso tan extraño como el orgullo nacional. Creo que en este aspecto, Rubert de Ventós se equivoca, pues aunque es verdad que el poder de los estados nacionales no es el mismo que antes, aún tienen un importante papel que desarrollar, pues la gestión, siguiendo con el ejemplo, de esas políticas económicas impuestas desde fuera, tienen que ser ejercidas por dichos estados, que si bien, no pueden tener ya el tamaño que antes tuvieron, lo que en todo caso es positivo, sí siguen jugando un papel central y vertebrador en nuestras sociedades. Pero claro, cada cual arrima el ascua a su sardina, y el planteamiento del autor de “De la identidad a la independencia”, se basa, en que dicho papel deberían ejercerlo las pequeñas regiones, siempre y cuando éstas, estén dispuestas a asumir nuevas competencias y a abandonar sus antiguas reivindicaciones sentimentales, para conformarse en verdaderas naciones, poseedoras todas, de unos estados que lleven a cabo las políticas jacobinas que ya no desarrollan los estados centrales. Rubert, en el fondo, de lo que está hablando es de descentralización, de un inevitable proceso que se está llevando a cabo en la actualidad, que consiste, en que áreas administrativas menores, asuman determinadas competencias del estado central, en lo que Cataluña es un ejemplo, al igual que Euzkadi, entre otras razones porque España es posiblemente, por motivos históricos, la nación más descentralizada del mundo. El problema es que tal proceso puede significar, que el actual mapa político internacional, tenga que ampliarse de forma ilimitada con la aparición de una multitud de nuevos estados, pues esos nuevos estados, en poco tiempo también quedarán deslegitimados, cuando las instituciones comarcales o locales les exijan las competencias que creen merecer, con la misma autoridad con la que ellos se la piden ahora a los gobiernos centrales. Sí, estamos en unas dinámicas globalizadoras, que con toda seguridad, y en poco tiempo, van a cambiar el panorama político de nuestras sociedades, pero eso no quiere decir, ni mucho menos, que tal proceso acabará inevitablemente con la creación de nuevas naciones, sino posiblemente en conglomerados descentralizados, en torno a importantes núcleos urbanos, como por ejemplo Barcelona, que serán en último extremo, los que vertebrarán las futuras sociedades. Creo que Rubert se detiene, cuando lo que debería hacer, es proseguir con sus análisis hasta el fondo, pues pararse en donde a uno le interesa, aunque resulte comprensible y justificable, demuestra una importante pereza mental, que en principio no se encuentra a su altura intelectual.
Pero posiblemente lo más interesante del artículo no se encuentre en lo anterior, sino en su visión de lo que debe ser una sociedad plurinacional. Evidentemente Rubert no apuesta por una sociedad homogénea, que siempre ha sido la aspiración de los nacionalistas clásicos, entre otras razones, porque él no es un nacionalista clásico. Toda sociedad homogénea, parece decir, en el caso de que tal realidad pudiera darse en las actuales circunstancias históricas, tenderá hacia cierto fundamentalismo étnico y cultural, lo que sólo se podrá evitar, gracias a que en la misma existan diferentes variables que contrarresten dicha deriva, de suerte que, una sociedad en la que existan un gran número de variables, ideológicas, étnicas, culturales, será menos propensa a caer en dicho fundamentalismo, que otra en que ese número de variables sea menor. La cuestión radica, en que para él, esas sociedades plurinacionales ya no las puede garantizar los estados tradicionales centralizados, sino esas pequeñas comunidades que aspiran a la independencia, precisamente, porque aquellas han dejado de tener sentido funcional, mientras que estas, en su nuevo papel, tendrán que dedicarse, entre otras tareas, a salvaguardar las diferencias existentes. Sigo sin comprender nada. El catalán, en su intento por darle la vuelta a la tortilla ha realizado un salto mortal en donde sitúa, en contra de lo estimado comúnmente, a los estados centrales, que hasta ahora habían sido plurinacionales, en Estados homogeneizadores, mientras que a las pequeñas regiones, que hasta la fecha siempre habían favorecido precisamente la unidad cultural y étnica de sus miembros, con la intención de mantener su singularidad, en estructuras encargadas, sobre todo, de velar por las diferencias. Como dije anteriormente, las actuales dinámicas sociales tienden a la descentralización, a una descentralización cada día más radical, en donde la gestión de los asuntos, ya sean administrativos o sociales, serán gestionados por unidades menores que se encuentren en contacto directo con los ciudadanos, pero hay que tener cuidado en no errar en los veredictos, ni cohn los vaticinios, pues una cosa es la descentralización y otra muy distinta, la creación de nuevos estados centralizados por muy pequeños que éstos lleguen a ser. El nacionalismo y el independentismo, a lo que aspiran es a eso, a cuadricular la nueva sociedad global, sin comprender, que tal actitud, aunque se intente llevar a cabo desde posiciones izquierdistas, va a contracorriente del gran tsunami histórico en donde todos, queramos o no, nos encontramos aupados.
Martes, 30 de octubre de 2.007
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