miércoles, 23 de enero de 2013

Ardor guerrero

LECTURAS
(elo. 268)

ARDOR GUERRERO
Antonio Muñoz Molina
Alfaguara, 1995

Me ha costado encontrar este libro, que en su momento leí y que recordaba como una obra menor de Muñoz Molina, eclipsado sin duda por el poderío literario de su anterior obra, posiblemente su mejor novela, “El jinete polaco”, pero ahora, mucho tiempo después, casi doce años después, no sólo me ha parecido digna, sino incluso necesaria para comprender, en un tiempo en que casi todo se olvida con demasiada facilidad, nuestra propia historia reciente. Recordaba a “Ardor guerrero” como un mero ejercicio narrativo del autor, que trataba, mediante la escritura, de rememorar su servicio militar en el País Vasco, un trabajo sin apenas importancia en su obra, que trataba de profundizar, tal como hizo con su anterior novela, en su propia memoria, haciendo de ésta, de su vida, su particular yacimiento literario.
Hoy que tanto se habla de lo mal que estamos, cuando incluso se pone en duda al propio sistema democrático, por ineficaz, es conveniente echar una mirada hacia atrás para recordar dónde nos encontrábamos hace treinta años, pues en caso contrario se corre el riesgo, de no valorar el enorme salto cualitativo que ha dado este país gracias en parte a ese sistema político, que desde ciertos sectores hoy se trata de poner en cuarentena, al creerse que gran parte de los problemas que hoy nos mantienen empantanados provienen precisamente de sus disfunciones. Hace unas semanas, cuando estaba tratando de encontrar este libro de forma desesperada, una bibliotecaria amiga me comentó, ya que lo había leído recientemente, que le había recordado unos tiempos tenebrosos, unos tiempos en blanco y negro en los que sencillamente no había futuro, unos tiempos en los que estábamos en suspenso, como a la espera, en los que nadie sabía que nos depararía el futuro, pues las esperanzas que poco a poco se abrían camino, los sueños de muchos, estaban amenazadas por todos los peligros. Eran tiempos de atentados terroristas, de prensa golpista, de desempleo y de inflación, de absoluta inseguridad, de “cualquier tiempo pasado fue mejor”, de utilitarios y de libretas de ahorros a plazo fijo, pero sobre todo de inestabilidad. Por ello, cuando ahora nos aprieta la realidad, cuando parece que hemos dejado de viajar hacia el futuro a lomos de un tren de alta velocidad, es necesario recordar de donde, de qué país provenimos, para comparar esa realidad anémica y ensombrecida que algunos padecimos, con la que ahora, a pesar de todo, nos ha tocado en suerte, lo que ni mucho menos quiere decir, que tengamos que conformarnos de forma acrítica con lo que en estos momentos disfrutamos o padecemos, sino que tenemos la obligación de mirar al mundo, a nuestro mundo con perspectiva, pues si algo parece que ya no tenemos es memoria histórica.
Al leer las páginas de estas memorias he tenido la sensación de caer, según narraba el autor, en otro mundo, en un mundo ya casi olvidado pero que ha configurado casi por entero a mi generación, pero curiosamente, aunque no hace tanto de todo aquello, también he tenido la sensación, de que Muñoz Molina me hablaba de mi prehistoria, de un periodo oscuro del que trato de salvaguardarme mediante el olvido.
Después de “el jinete polaco”, una novela que marcó un antes y un después en la obra del autor jiennense, un novela que tuvo que dejarlo agotado creativamente, por su intensidad y por su trabajosa arquitectura, pocos podíamos pensar que nos sorprendería con otra obra de tales características, aunque casi todos estábamos convencidos de que no volvería a dar un paso hacia atrás, regresando a las novelas detectivescas de corte cinematográfico que en lugar de sostenerse en la realidad, en su realidad, lo hacían sobre su imaginario cultural. No, no podía ser. El salto que había dado resultaba ya irreversible, pues para colmo su potencial narrativo se adaptaba bastante mejor a esos territorios descubiertos en “el jinete polaco” que sus las dos extrañas, aunque exitosas novelas anteriores. Pero tampoco esperábamos encontrarnos con unas memorias, y menos con unas memorias que versaran sobre su servicio militar, sobre su “mili”, sobre todo porque todos estábamos un poco hartos, de que nos hablaran nuestros amigos y nuestros familiares de sus “inigualables” y “enriquecedoras” experiencias en la misma.
Sí, en “Ardor guerrero” Antonio Muñoz Molina habla de “la mili”, de su experiencia en el servicio militar, ya afortunadamente extinto, que realizó en las lejanas tierras de el País Vasco, pero en lugar de relatarnos las comunes “batallitas” que sobre la misma siempre hemos tenido que soportar, nos habla de las sensaciones de humillación y de envilecimiento que padeció, pero sobre todo, de su justificación última, del castigo que se le imponía a los jóvenes en ese momento tan crucial de sus vidas, como si se quisiera certificar con ello, aquello que tanto se decía por aquél entonces, de “que hasta que no hicieras la mili no te convertirías en un hombre”.
Según nos deja entrever en este texto el autor, “la mili” no era más que un intento por someter a unos jóvenes llenos de vida, a un régimen disciplinario y cuasi carcelario, que no iba a tener nada que ver con su existencia futura, en donde la humillación, los castigos y la subordinación a unas normativas pretéritas y abusivas, eran su única justificación, aunque todo se embadurnara torpemente con aquello tan socorrido de que estaban preparándolos para “servir a la patria” por si ésta en algún momento los necesitaba, en fin, algo parecido al tercio de banderillas en el toreo, con el que se intenta quitarle vitalidad a los astados antes de que comience lo más importante de la lidia.
Pero lo que más me ha llamado la atención de este texto, que yo recordaba de bajo nivel, es la fortaleza narrativa, la capacidad del autor para, en un tema de tales características, y repito que sin echar mano de ninguna “batallita” que pudiera tener la virtud de amenizar la lectura, atrapar al lector desde la primera página hasta la última. Creo, para continuar con el símil taurino que empleé más arriba, que los buenos diestros son aquellos que ante toros mediocres, son capaces de realizar buenas faenas, que es lo que hace Muñoz Molina en esta obra, crecerse y demostrar su solvencia narrativa con un tema, que poco o nada, en manos de otros, hubiera podido dar de sí.

Martes, 18 de diciembre de 2012


miércoles, 16 de enero de 2013

El mapa y el territorio

LECTURAS
(elo.267)

EL MAPA Y LOS TERRITORIOS
Michel Houellebecq
Anagrama, 2011

Leí esta novela al poco tiempo de aparecer en las librerías y quedé deslumbrado con ella, y precisamente por ello, porque la perspectiva que tenía sobre la misma no creía que fuera la adecuada, preferí dejar para más adelante, y tras una nueva lectura, el comentario que sin duda se merecía. Ahora, meses después, “El mapa y el territorio” me ha seguido pareciendo una buena novela, pero no una novela redonda, más ideológica que literaria, no tan bien estructurada como sus obras más conocidas, posiblemente demasiado explícita, pero provista de una fuerza arrolladora; una obra que puede echar hacia atrás a los lectores habituales de novelas, que la pueden observar como incorrecta, al no encontrar en ella “lo que tiene que tener toda buena novela”, pero que sin duda entusiasmará a todos los houllebecquianos, entre los que me encuentro.
Cuando la terminé de leer por primera vez, la pregunta que me hice, fue la de si Houellebecq podría volver a escribir otra novela, si desde el lugar al que había llegado, literariamente hablando, sería capaz de aportar una nueva novela, que como ésta, ahondara aún más en sus obsesiones. Desde entonces ha publicado un nuevo texto, pero de poemas, curiosamente el tipo de creaciones que la policía encontró en su ordenador cuando se “autoasesinó” en la narración sobre la estoy escribiendo, lo que puede dejar de manifiesto, la dificultad que puede encontrar para dar un nuevo paso hacia adelante. Asesinó
Sí, “El mapa y el territorio” me ha parecido una buena novela, con la que he disfrutado, pero como dije antes no creo que sea una novela redonda, posiblemente porque en una segunda lectura se vean demasiado “sus costuras”, porque el escalonamiento de la narración sea poco natural y hasta cierto punto previsible, y porque la segunda parte, la extraña novela negra que se saca Houellebecq de la chistera, me ha parecido una opción demasiado fácil que no aporta absolutamente nada, que lo único que consigue es distorsionar aún más la narración, a lo que se une un tratamiento demasiado previsible del funcionamiento de los diferentes personajes. Houellebecq tiene la virtud de entusiasmar a sus lectores, lo que en muchas ocasiones consigue ocultar sus carencias literarias, hecho que queda contrarrestado con creces por su singular visión de la existencia, que siempre logra dejar al descubierto escenarios poco explorados, que a pesar de todo, todos llegamos a sentir como nuestros.
Pero lo que sí queda claro es que Houellebecq es un tipo curioso, hecho que demuestra en el contenido de sus novelas, pues todas, en mayor o menor medida representan una carga de profundidad contra el tipo de sociedad posindustrial que padecemos, en donde el consumo compulsivo, la especulación o el poder del dinero, está consiguiendo que la vida, que sobrellevar una vida mínimamente aceptable resulte imposible, y que la única alternativa, no puede ser otra que la de escapar de esas dinámicas asfixiantes que nos envuelven. Lo curioso del francés, es la singularidad de su apuesta, pues a él no le basta con huir a un lugar apartado, sino que a lo que aspira, al menos en esta novela, es a una vida en la que se pueda recobrar los valores esenciales perdidos, la vida del trabajo y de la cooperación, la del reencuentro con las tradiciones olvidadas, a esa existencia que lograba mantener a cada cual en su sitio, sin que la angustia contemporánea que a todos nos ahoga, logre impedir que se pueda llevar una existencia digna y no alienada. Este planteamiento, alejado de la modernidad y de la posmodernidad, puede hacer que Houellebecq sea visto por muchos, como un adelantado de los nuevos enfoques conservadores, por no decir reaccionarios, de los que levantando la bandera, cualquier bandera, sostienen sus discursos sobre eso tan extraño como es la vuelta a la tradición, pero en el francés, esa aspiración de volver a los orígenes, en donde todo puede resultar más fácil, más humano y más concreto, no es más que una estrategia de defensa propia ante la descontrolada vorágine que a todos nos está devorando.
En la novela el propio Houellebecq aparece exiliado de su mundo, en un lugar apartado y solitario de Irlanda, alejado de las dinámicas sociales que tanto le angustiaban, pero comprende que allí no se encontraba en su lugar, por lo que se traslada a donde nació, a un pequeño pueblo en donde se le veía feliz, pero allí fue brutalmente asesinado por la avaricia de las sociedades en las que vivimos, lo que puede revelar, al menos según él, la imposibilidad de tal huída, ya que los tentáculos de los valores dominantes, los del dinero y los de la acumulación de riqueza, siempre acabarán con los que quieran escapar de ellos. Pero esto no le ocurre al protagonista, un artista que gracias al dinero que consiguió con su obra, opta por bunkerizarse en el pueblo en que vivió su abuela, sin mantener contactos con nadie, pero que con el tiempo descubre que todo había cambiado, que el pueblo al que le había dado la espalda durante años había sufrido una transformación radical, en donde sus habitantes, casi todos venidos de la gran ciudad, habían recobrado las labores tradiciones que parecían perdidas, encontrando un nuevo hábitat y en un nuevo equilibrio en el que sí merecía la pena vivir.
Parece que Houellebecq en esta novela, nos quiere decir que para él no puede haber futuro, ni para él ni para los de su generación, pero que la puerta de la esperanza no está cerrada del todo, ya que poco a poco, el ser humano comprenderá que la felicidad, una felicidad moderada, no se encuentra, no se puede encontrar al final de la ruta marcada y publicitada por los grandes carteles luminosos que nos incitan a ir siempre con las orejeras puestas hacia adelante, sino que hasta ella sólo se podrá llegar, por pequeños senderos que parten para alejarse, de esos itinerarios perfectamente rotulados ideados para que por ellos discurramos todos.
“El mapa y el territorio” es una novela muy aconsejable, en donde además de encontrar el lector al Houellebecq de siempre, con su habitual angustia vital y con su crónica desgana, también podrá entrever un tenue rayo de esperanza, cosa nada normal en el escritor francés, cuyas novelas siempre acaban con todas las puertas y las contraventanas cerradas.

Martes, 4 de diciembre de 2012

martes, 8 de enero de 2013

Desgracia

LECTURAS
(elo.266)

DESGRACIA
J.M. Coetzee
Debolsillo, 1999

¿Qué decir de esta novela? Debería limitarme a decir que es espléndida, y que es una de esas contadas novelas que siempre hay que recomendar y poner como ejemplo, para acto seguido, abandonar todo intento de pretender comentarla, pues difícilmente, y esto lo sé, podré comprimir de forma adecuada todo lo que puedo escribir sobre ella, sin que se me lleguen a escapar cuestiones esenciales de la misma. Tal vez, debería limitarme sólo a decir, que Coetzee, a pesar de que posee una obra muy irregular, por esta novela, merece todos los elogios posibles, y por supuesto, el lugar que ocupa, el de ser sin duda alguna uno de los pesos pesados de la literatura actual. “Desgracia” la leí hace mucho tiempo, quedándome una visión de ella, que aunque siga creyendo que es la acertada, la del peaje que un blanco, después de tantas ignominias acumuladas, tiene que pagar por vivir en la actual Sudáfrica, hoy, después de una segunda lectura, estoy convencido que tal intento por acotar el tema se queda corto, al dejar cuestiones fuera que enriquecen y complementan el objetivo que se impuso el autor, tal como ocurre con toda buena novela, o con la vida misma, que siempre es imposible conceptualizar, de explicitar “con cuatro certeras” palabras.
Para todo novelista, el problema consiste en encontrar la forma adecuada de afrontar el tema que tiene en mente, de hallar la historia y el procedimiento idóneo que subraye lo que desea dejar al descubierto, siendo esta la cuestión en donde literariamente se lo juega todo, ya que la novela, aunque estemos acostumbrado a lo contrario, es el reino de lo implícito. Encontrar y trabajar una buena historia que además de sostenerse en pie, por su argumento, por sus personajes, por la credibilidad que pueda obtener ante los lectores, desde luego no es una tarea fácil, pero si además de todo lo anterior consigue atrapar y conmover, perturbar y obligar a reflexionar, no cabe duda de que lo que se consigue es algo más que una buena novela. Por ello, pues estoy convencido que en esta obra se conjuga todo lo anteriormente enumerado y algunas cuestiones más, “Desgracia” es una de las grandes obras literarias, al menos en mi opinión, que se han escrito en los últimos tiempos.
“Desgracia” perturba, teniendo la cualidad de no dejar a nadie indiferente, pues el tema que aborda, o los temas que desarrolla, están tratados con una claridad estilística que llama la atención, sobre todo cuando se compara esa aparente sencillez narrativa con la dureza de la historia que cuenta, una dureza que sorprende y que sobre todo desconcierta.
El personaje central de la novela, un profesor universitario de mediana edad, después de haber vivido dentro de su equilibrada burbuja vital, cae por una serie de circunstancias en desgracia, teniendo que enfrentarse a la realidad a la que siempre le había dado la espalda, encontrando un mundo áspero, cruel, en movimiento constante hacia nuevas estructuras sociales más acordes con las difíciles condiciones por las que atravesaba su país, es decir, ante un mundo que ya no era el suyo, condiciones que tiene que aceptar, aunque ello le supusiera tener que humillarse, porque allí se encontraba todo lo que tenía.
Coetzee juega con varios personajes y con varias situaciones no sólo para fijar la historia, sino también, para dar muestra de esa nueva realidad ante la que el protagonista se ve en la obligación de abrir los ojos, como la violación que padece su única hija y la aceptación de la misma por parte de ésta, que la ve como algo natural, como el precio que tenía que pagar por permanecer en aquellas tierras; la figura de Petrus, el laborioso africano que era vecino de su hija, que representa a la nueva Sudáfrica que poco a poco, de forma callada, se iba imponiendo; el terrateniente, que ya sin hijos, pero aún fuertemente armado, simboliza un tiempo ya pasado y que no tendría retorno, o los amigos veterinarios, que a pesar de que querían ayudar, en su impotencia, sólo se podían dedicar a matar, para que no sufrieran, a los perros que le llegaban.
El tema de la novela, al menos desde esta perspectiva aparece claro, el de la aceptación por parte del protagonista de la realidad ante la que se hallaba, de una realidad que hasta entonces se le escapaba, que no veía, al estar encerrado en su mundo, del que no quería salir, prueba de ello, es que hasta el final estuvo empeñado en escribir una extraña ópera, él que apenas sabía de música, sobre los amores italianos de Lord Byron, proyecto que no podía estar más alejado de la nueva existencia que tenía que afrontar. Pero lo que veía y lo que sentía, y que no tuvo más remedio que aceptar, no significaba otra cosa que tener que humillarse, pero en esa humillación comprendió que se encontraba el inicio de la nueva vida, que quisiera o no, era lo que tenía que sobrellevar.
Como dije anteriormente, lo que sorprende de esta novela, es la limpieza estilística de la mima, el realismo y la sencillez del lenguaje utilizado, pero también la dureza de lo que cuenta, la facilidad que demuestra el autor para hablar de un mundo que estaba tocando a su fin, sin hacer “leña del árbol caído”, y de ese otro mundo, que repleto de contradicciones, de odios contenidos, se estaba abriendo paso definitivamente para crear un nuevo orden, que con seguridad, con el tiempo, acabaría transformándolo todo. En fin, una obra maestra que quedará en el tiempo, y que es un ejemplo, sin espasmos y sin fuegos artificiales, que para lo único que se utilizan es para ocultar las carencias, de lo que es y de lo que tiene que ser la buena literatura.

Miércoles, 28 de noviembre de 2012


lunes, 10 de diciembre de 2012

Los enamoramientos

LECTURAS
(elo.265)

LOS ENAMORAMIENTOS
Javier Marías
Alfaguara, 2011

Hace unos días escuché en la radio, y no sé a razón de qué, a un filólogo norteamericano especializado en la literatura española actual, decir algo que me llamó la atención, a saber, que era un apasionado lector de las novelas de Javier Marías y de las de Arturo Pérez-Reverte, lo que a mi modo de ver, tiene que ser algo parecido a ser hincha de los dos equipos de una misma ciudad, un enorme contrasentido, ya que ambos novelistas, que al parecer son muy amigos, si literariamente coinciden en algo, es en estar enrolados, y de forma militante, en concepciones no ya diferentes, sino radicalmente opuestas de lo que debe ser la actividad que desarrollan. Marías, a diferencia del cartagenero, apuesta por una narrativa introspectiva, que se asienta en las reflexiones y en las digresiones que llevan a cabo los diferentes personajes que intervienen en sus novelas, pero sobre todo en una extrema elaboración del lenguaje, en donde cada frase parece estar concienzudamente medida y trabajada, lo que obliga al lector a paladear cada una de sus páginas, pues en ellas encuentra un equilibrio y una riqueza, que en muy pocas obras de otros autores puede encontrar. Marías va a contracorriente, pues la literatura actual, la que se vende y la que se lee, parece que sin dudarlo mucho ha optado por otro camino, por el de su colega, en donde las historias que se cuentan son siempre demasiado explícitas, pues en ellas todo se centra en las piruetas o en los acontecimientos, contra más extraordinarios mejor, que tienen que realizar o ante los que se tienen que enfrentar sus protagonistas, que casi siempre viven hacia fuera, y de los que se muestran sólo algunos rasgos significativos, los suficientes para justificar sus actuaciones. Sí, en estas obras lo importante es la singularidad, tratando los diferentes autores de dejar constancia, tal como dictan los tiempos, de que todo es reversible gracias a la voluntad, aportando en la mayoría de las ocasiones personajes de “cartón piedra” que poco o nada tienen que ver con la complejidad que hoy singulariza a la condición humana, y que la novela, al menos la novela de calidad, tiene la obligación de afrontar.
No cabe duda que el protagonista, el auténtico protagonista de las obras del autor madrileño es el estilo, su peculiar forma de narrar, que para muchos puede resultar anacrónica, a veces aburrida, insoportable incluso, ya que se tiene la sensación, debido a sus constantes digresiones, de que nunca se avanza lo suficiente en la lectura de las historias que nos trata de narrar, y que éstas casi siempre quedan difuminadas, eclipsadas, según algunos por su debilidad, por la fortaleza de ese estilo que tanto le distingue, por lo que, cuando se termina de leer algunas de sus novelas, que siempre se desarrollan “a fuego lento”, lo que de verdad apetece a éstos, a los que opinan así, es zambullirse en cualquier historia de dicharacheros espadachines, al echar de menos, de forma insufrible, el poder terapéutico de la acción. Es posible, es posible que su gran virtud sea para muchos su gran defecto, pues ya se sabe aquello de que “para gustos, colores”, pero no cabe duda que para otros, entre los que me encuentro, cualquier obra de Marías es ante todo una fiesta, una fiesta precisamente de colores, en donde difícilmente se puede encontrar una afirmación contundente, o un personaje inocente, ya que aquello que se cuenta siempre está repleto de sutilezas y de dobleces, de posibilidades inadvertidas, al igual, no se puede olvidar, que la mayoría de los que pululamos por nuestras calles y plazas, que si algo no padecemos es de la simplicidad que casi siempre define a los personajes de las novelas y de las series televisivas de éxito.
En “Los enamoramientos”, sin olvidar ni dejar a un lado su circular estilo narrativo, Marías se centra, cosa no ocurrida de forma tan explícita con anterioridad, en un tema concreto, en el amor, o mejor dicho en el estado de enamoramiento, dos conceptos que él distingue y que trata de delimitar, pues según dice, “el amor se puede suplantar, pero no el enamoramiento”. Parece que para el autor de esta novela, el amor es un concepto, una idea que mientras que no se activa nos puede dejar indemne, pero que por el contrario, el enamoramiento, el estar enamorado, es la implementación de esa idea, que no significa otra cosa que estar enamorado de alguien, de alguien que nos hace débiles y vulnerables. Por tanto, con el amor se puede convivir, pero ante el enamoramiento casi siempre se pierden los papeles, ya que gracias a él, podemos vernos obligados a actuar de forma insospechada y no deseada.
En la novela, una novela narrada por una mujer, algo también insólito en el autor, el protagonista, aquejado por el mal del amor, por el enamoramiento, comprende que si no hacía algo, algo que necesariamente tenía que ser drástico, no podría conseguir su objetivo, la mujer a la que amaba, por lo que ejecuta un arriesgado movimiento que a la larga le proporciona lo que tanto deseaba.
En esta ocasión, a pesar de introducirse por todos los vericuetos que va encontrando, algo consustancial en él, la historia sí parece quedar más diáfana que en otras ocasiones, lo que le ha proporcionado dos consideraciones en principio contrapuestas, por un lado los aplausos de aquellos que por primera vez, por la relativa accesibilidad del texto, han podido disfrutar con una novela de Marías, y conozco a muchos, y por otra, la de los que definen “Los enamoramientos”, por este motivo, como una obra menor del autor, lo que desde mi punto de vista resulta excesivo. Ante lo anterior tengo que decir, que es bueno que una novela de Marías, y todas las novelas de Marías poseen una calidad incuestionable, tengan un número considerables de lectores, de lectores reales, pues es algo evidente que muchos de los que compran sus obras nunca consiguen leerlas, por la dificultad de las mismas, pues estoy convencido que el madrileño es uno de esos autores que venden más de lo que se le lee, y por otro, que es positivo que Marías haya tomado tierra, pues corría el peligro, el peligro real, como presagiaba su trilogía “Tu rostro mañana” que se convirtiera en un novelista “metafísico”, apto sólo para un reducido número de lectores.

Miércoles, 21 de noviembre de 2012

lunes, 3 de diciembre de 2012

Plataforma

LECTURAS
(elo.264)

PLATAFORMA
Michel Houellebecq
Anagrama, 2001

Observando las listas de ventas, y también los escaparates de las más importantes librerías, se puede comprender los temas que interesan y lo que realmente se lee hoy en día, lo que certifica una vez más que la literatura no va por buen camino, aunque para contrarrestar lo anterior, siempre queda aquello de “que siempre ha pasado lo mismo”, algo que en las actuales circunstancias no resulta nada edificante, pues no están las cosas para ocultar la cabeza en novelas absurdas de contenido gaseoso, o quizás sí, o quizás sea el momento para que la literatura ejerza ese poder que posee para narcotizar a sus usuarios, con objeto de que no tengan que seguir viviendo y viendo lo que ven, sirviendo de refugio para los que cansados, sólo encuentran el sosiego que necesitan escondiéndose en ellas. No lo sé. Lo que sí sé, es que mientras la mayoría de los escritores se dedican a crear mundos ficticios para que sus lectores pasen de puntilla sobre la realidad que les ha tocado en suerte, para que puedan huir de ella aunque sólo sea por unas horas, otros tratan de hacer lo contrario, intentando dejar al descubierto los problemas, las heridas por las que se desangran, con objeto de hacerles comprender de que así no se puede seguir, que este “tirar siempre, de forma inconsciente hacia delante”, no es, no puede ser la estrategia más adecuada.
Houellebecq es uno de estos últimos, un extraño espécimen, que de vez en cuando nos habla en sus novelas de la desolación en que vive Occidente, “que ya sólo puede ofrecer productos de marca”, en donde el denominado capitalismo avanzado nos ha conducido a un individualismo, y consecuentemente a un narcisismo, que nos impide buscar lo que realmente necesitamos, que no es aumentar nuestro nivel de vida, sino satisfacer lo que por dentro nos corroe, la necesidad de amar y de que nos amen. Occidente ha dejado de ser la vanguardia, para convertirse sólo en un escaparate, al no tener ya nada válido, de auténtico valor que aportar, sólo un alto nivel de vida envidiado por todos, que oculta sus cada vez más profundos déficits, hecho que lo convierte en un lujoso y majestuoso transatlántico a la deriva, que sin apenas maniobrabilidad, ya no tiene, ni tan siquiera, un puerto seguro en donde poder atracar.
“Plataforma”, la más polémica novela de Houellebecq, hace lo que toda buena novela tiene que hacer, hablar de algo para afrontar otras cuestiones, pues en ella es imposible quedarse sólo con lo aparente, con el escandaloso tema del turismo sexual, y no ahondar en lo realmente importante de la misma, en la insatisfacción que está hundiendo al hombre contemporáneo, siempre pendiente de lo accesorio, de sus niveles de productividad y de rentabilidad, del consumo compulsivo que lo mantiene en permanente jaque, en suma, de las dificultades que encuentra, en una sociedad tan competitiva, para mantenerse a flote en lugar de encarar lo que ineludiblemente tiene que afrontar, que no es otra cosa que intentar buscar esa felicidad que tanto necesita y que observa que siempre se le escapa de las manos. En “Plataforma”, el francés, habla también de la imposibilidad de buscar salidas, aunque sean momentáneas a la actual situación, ya que ese intento sólo puede acarrear el fracaso, y en el mejor de los casos, el alejamiento desencantado de esa sociedad.
Pese a la polémica que desató en su momento, no creo que esta sea la mejor novela de Houellebecq, aunque estoy convencido que será la que todos recuerden de él, por lo rompedora y arriesgada que resulta, al tratar un tema que todos en buena medida estigmatizamos, pero a pesar de ello, he sentido que en determinados momentos se me ha hecho pesada, no habiéndome impactado tanto como me impactó la primera vez que la leí. Lo anterior se puede deber al propio estilo utilizado por el autor, y al hecho, de que parte de la fuerza de la novela se base en la forma en que el autor trata la historia, y que una vez conocida ya no llama tanto la atención, de suerte, que esas imágenes tan explícitas que jalonan toda la narración, a veces llegan a cansar bastante. El estilo de Houellebecq es el de siempre, directo, en principio poco literario, repleto de afirmaciones incendiarias y arbitrarias que consiguen en todo momento sorprender al lector, obligándole a subrayarlas, lo que hace posible que una literatura tan árida y a veces tan prosaica, recobre en determinados instantes, la vida y la brillantez que toda buena narración necesita.
La novela habla de alguien, de un oscuro funcionario, que conoce a una mujer que le devuelve las ganas de vivir, en cuya relación tiene un papel destacado el sexo, que representa ese entregarse y ese darse, que para el autor es lo que tanto necesitan los “desarrollados” occidentales. Ambos, junto a un alto ejecutivo de una importante empresa turística, idean unos centros de ocio, todos e países tercermundistas, que ofertaban sencillamente eso, sexo, establecimientos que en poco tiempo consiguen un éxito escandaloso, lo que dejaba al descubierto que el sexo en sí, constituye una de las grandes carencias de nuestras sociedades. Pero todo se vino abajo a causa de un brutal atentado terrorista, que acabó con la vida de muchos de los turistas, y también con la de Valérie, la mujer con la que el protagonista encontró lo que nunca creyó que podría llegar a encontrar, circunstancia que empujó a éste, a dejarlo todo para autoexiliarse en Tailandia, desde donde acabado, se dedica a escribir esta novela.
Como dije antes, la historia contada en la novela es una escusa para hablar de lo que realmente le interesa al autor, que no es otra cosa que de la decadencia, de la apatía y del callejón sin salida en el que se encuentran atrapadas nuestras sociedades, que parecen que definitivamente han abandonado la posibilidad de encontrar algún día la felicidad, conformándose sólo con sucedáneos que nunca podrán llega a satisfacerlas.
“Plataforma” ya es un clásico de la literatura contemporánea, una de esas novelas imprescindibles para comprender que existe una literatura, que desde la calidad, aspire a algo más que a adormecer y a conformar a los lectores, al igual que Houellebecq, es uno de esos escasos autores que van más allá, de lo que en los tiempos que vivimos, se espera de un novelista.

Lunes, 29 de octubre de 2012

viernes, 23 de noviembre de 2012

Con el agua al cuello

LECTURAS
(elo.263)

CON EL AGUA AL CUELLO
Petros Márkaris
Tusquets, 2012

De vez en cuando, sin que se llegue nunca a abusar de ellas, es recomendable encerrarse con una buena novela policiaca, pues este tipo de novelas, repito que cuando son buenas, consiguen desintoxicar y oxigenar al lector habitual, que en demasiadas ocasiones se observa acorralado, “entre la espada y la pared”, por novelas, que a pesar de poseer cierta calidad, no consiguen ni tan siquiera llegar a interesarlo. El género negro tiene la singularidad de “enganchar” con sus tramas al lector, lo que en muchas ocasiones sirve, lo que no es poco, para reactivar a aquellos que han olvidado que en primer lugar la lectura tiene que ser un divertimento, una fiesta, y que en el momento en que se convierta sólo en un esfuerzo, es conveniente dejarla a un lado en busca de cualquier otra actividad, que sí consiga captar por completo el interés de quien se refugie en ella. Por supuesto que el objetivo de una novela no puede ser sólo el de divertir o el de entretener, de suerte que si fuera así no tendría ningún interés, al menos ningún interés literario, pero lo que sí está claro es que toda buena novela, a pesar de tener necesariamente todo lo que tiene que poseer, en primer lugar, como paso previo, tiene que resultar atractiva para el tipo de lector al que va dirigida.
La novela negra, aunque muchos traten de extender sus límites, al comprender el enorme potencial que posee, es ante todo una novela de género, sabiendo los que se dedican a ella, a la perfección, el terreno en el que tienen que jugar, y también, los cuatro pilares sobre los que tienen que apoyarse, además de conocer su función, su función primaria, que no es otra que la de proporcionar al lector que se acerque a ellas, mediante una escritura rápida y en principio no muy elaborada, unas tramas que consigan entretenerlo durante varias horas. Sólo eso, lo que no es poco, ni fácil por supuesto.
Uno de los grandes atractivos de este tipo de novelas es precisamente ese, su aparente sencillez, en donde sólo hace falta zambullirse en cualquiera de ellas para siguiendo las pautas estipuladas, con sus diferentes variantes, llegar al esclarecimiento de un extraño suceso. Por ello, porque la trama casi siempre es la misma, lo que toma importancia en muchas ocasiones, sobre todo cuando el autor es de nivel, es el entramado que se elabora, y sobre todo la singularidad del protagonista de la obra, que siempre, y este hecho es básico, tiene que poseer una personalidad lo suficientemente acusada como para llevar de la mano al lector, por las diferentes pesquisas que realiza para aclarar el hecho al que se enfrenta.
Como dije antes, el potencial de estas novelas es tan amplio, que muchos autores, de esos que suelen ser definidos como totales, utilizan el género negro para afrontar temáticas que le vienen como “anillo al dedo” a este tipo de novelas, sobre todo para analizar y dejar al descubierto problemas y desajustes sociales, que utilizando otras metodologías resultarían mucho más difíciles de afrontar, lo que no siempre consigue dejar obras redondas, precisamente por el hecho de haberse recargado en exceso unas tramas que no están ideadas para ello. La buena novela negra tiene que ser ligera, lo que no quiere decir que tengan que ser banales ni que necesariamente tengan que pasar de puntillas sobre la realidad que enfocan, no, pero tampoco puede cargar las tintas en ello, sólo subrayarlas para que al lector no se le pase desapercibida. En este hecho, y en la forma en que el autor desarrolla el caso, es donde se puede calibrar la calidad de este tipo de novelas, en las que siempre hay que tener presente que lo primero siempre debe supeditarse a lo segundo, por lo que el entramado que se cree, por muy elaborado que sea, nunca debe ocultar el objetivo último de este tipo de obras.
Hace unos meses me enteré que había un novelista griego que desarrollaba sus novelas, de temática policiaca, bajo el escenario de la crisis que vive su país, lo que me obligó a apuntar su nombre, para a las primeras de cambio, cuando necesitara leer una novela de esas características, perderme en alguna de ellas, pues para colmo me habían informado que estaban teniendo bastante éxito.
“Con el agua al cuello” es una novela que se desarrolla en Atenas, en donde la crisis que devasta a aquel país se observa a las claras en la ambientación en la que el autor encuadra el caso que el inspector Kosta Jaritos tiene que esclarecer, una serie de asesinatos que se estaban produciendo y que tenían unas peculiaridades especiales, a saber, que los afectados pertenecían al mundo financiero, y que todos aparecieron decapitados por un sable o por una espada. Me gusta el personaje principal de la novela, pues creo que es creíble, que es alguien normal, sin demasiadas aristas, que encaja bien, sin rechinar demasiado en el cargo de funcionario que ocupa, y también el ritmo de la novela, que empuja a una lectura rápida, lo que en este tipo de obras es esencial. Sin embargo, esa ambientación de la crisis creo que es demasiado forzada, limitándose el autor a subrayar el colapso circulatorio que padece la capital griega por las múltiples manifestaciones que en ella se producen, y a alguna que otra conversación entre policías en donde se hacía referencia a los recortes que estaban padeciendo sus sueldos, y poco más, lo que me ha sorprendido, pues esperaba que el tema fuera tratado con más sutileza pero al mismo tiempo con mucha más contundencia.
También me ha parecido demasiado forzado el caso en sí, que no resulta muy verosímil, pues que un antiguo deportista de élite, que en su momento fue defenestrado de su actividad por dopaje, realice su particular venganza sobre miembros de los poderes financieros, al encontrar en la actividad de estos cierta similitud con la acusación que le había destrozado su vida como deportista, me parece excesivo.
No obstante, para calibrar con más conocimiento de causa a este autor, creo necesario leer alguna novela más de él, pues estimo que tiene suficientes cualidades para este tipo de literatura, pues como he dicho, su personaje estrella, el inspector Jaritos, posiblemente por su normalidad, me ha resultado bastante atractivo. Veremos.

Viernes, 19 de octubre de 2012

sábado, 17 de noviembre de 2012

Las leyes de la frontera


LECTURAS

(elo.262)

 

LAS LEYES DE LA FRONTERA

Javier Cercas

Mondadori, 2012

 

                        Posiblemente tenga razón Rodríguez Rivero cuando dice que Cercas es un peso pesado medio, pero de lo que estoy convencido es que es un escritor, por los temas que elige, pero sobre todo por la metodología que utiliza para desarrollarlos, que no suele dejar indiferente a nadie, de  suerte, que esa metodología empleada, que casi siempre está por encima de las historias que cuenta, consigue subrayarlas, aportándoles un valor añadido que difícilmente podría obtener de otra forma, lo que hace que sus obras siempre resulten interesantes, a lo que hay que añadir, el poderoso estilo narrativo que utiliza, que obliga al lector, envolviéndole y empujándole, a no parar de leer, pues si hay algo que caracteriza a la literatura de Cercas, es que nunca cansa ni aburre. Cierto, las narraciones de Javier Cercas poseen un atractivo especial, un atractivo que en principio parece que lo enlajan de lo meramente literario, pues el lector es convencido de lo que está leyendo no es literatura, sino otra cosa, aunque después comprende que estaba equivocado, que el autor le había engañado, y que lo que está leyendo es pura literatura, una literatura diferente, no convencional, pero pura literatura.

                        En unos momentos en que el desprestigio de la ficción es evidente, la gente cada día está más cansada de que le cuenten tantas historias, Cercas aparece haciendo una literatura partiendo de hechos sucedidos realmente y conocidos por todos, al estimar, como pone en boca de uno de sus personajes, que aunque la ficción siempre supera a la realidad, “la realidad siempre es más rica que la ficción”, encontrando en esa “riqueza” un yacimiento literario de considerable magnitud, que consigue enriquecer con su particular mirada. Sí, porque Javier Cercas no se conforma con fotografiar lo que pasó, con amplificar lo que sucedió, sino que, como hizo en “Anatomía de un instante”, se empeña no sólo en aportar su propia visión de los hechos, sino los motivos que hicieron posible tales hechos, lo que personaliza sus obras al tiempo que consigue crear cierta polémica, pues en lugar de matar definitivamente lo acaecido, aportando una visión cerrada, tal como hizo Truman Capote en su más célebre novela, lo que hace es activar los hechos y subrayar la actualidad del los mismos.

                        En esta obra Cercas se sumerge en un mundo inesperado, en el mundo de la delincuencia que afloró en los difíciles años de La transición, y más concretamente en uno de sus héroes, el Zarco (¿el Vaquilla?), realizando una completa disección del personaje que consigue dejarlo al descubierto, pero no se limita sólo a él, posiblemente porque comprende que el Zarco en sí no era  nadie, que fue una construcción del momento histórico en que vivió, y que lo importante y lo interesante de él, se encontraba fuera de él.

                        El autor, posiblemente para dar más verosimilitud y también para no caer en lo meramente literario, de lo que al parecer huye como de la peste, aborda la figura del protagonista de la obra de forma indirecta, gracias a una serie de entrevista que realiza alguien que había sido contratado para narrar la vida del Zarco. El entrevistado, sobre el que recae el mayor peso de la obra, de suerte que se  puede decir que es el protagonista real de la misma, es un antiguo miembro de la banda de el Zarco, alguien que a pesar de  pertenecer a una extracción social distinta a la del delincuente, en un momento dado, y por una serie de circunstancias, colabora en la misma, y que en la fecha en que se produce la entrevista, ya completamente reinsertado, se había convertido en un afamado abogado de la ciudad en donde transcurrieron los hechos. También aparecen otros entrevistados, como el policía que detuvo por primera vez al delincuente, o el director de la prisión de Gerona, pero éstos, parece que sólo tienen cabida en la obra para dar fe y credibilidad, a los testimonios que aportaba el abogado y antiguo miembro de la banda del Zarco.

                        Pero Cercas es inteligente y no aspira sólo a narrar la vida de un delincuente, por muy famoso y mediático que llegara a ser, no, pues deja al descubierto o desea dejar al descubierto varias cuestiones de profunda actualidad, y que con la escusa de el Zarco deposita sobre la mesa, la necesidad que tienen nuestras mediocres sociedades de héroes, sean de las características que sean, el poder que poseen los medios de comunicación para crear a esos héroes casi de la nada, y la instrumentalización que hace la clase política de todo lo que cae en sus manos, además de la capacidad que todos tenemos, debido a nuestra debilidad, de creernos las historias que de nosotros se cuentan, sobre todo cuando las mismas nos dejan bien parados de cara a los demás.

                        Es posible que lo que me haya llamado más la atención de esta obra, de esta novela, pues en el fondo y aunque no lo parezca es una novela, es la fuerza, la fortaleza de la misma, que a diferencia de otras muchas, consigue atrapar al lector desde la primera página, obligándole a leer, algo nada fácil de conseguir y que subraya la capacidad narrativa del autor. Lo normal es lo contrario, que el que se acerque a una novela tenga que realizar un esfuerzo para adentrarse en ella, que tenga que echar mano de esa fuerza misteriosa que se llama voluntad, lo que en última instancia está alejando a muchos, sobre todo a los más jóvenes, de la lectura, al encontrar siempre otras alternativas que les resultan mucha más atractivas, pero sobre todo menos trabajosas. Pero Cercas parece que tiene algo claro, que en primer lugar hay que interesar al lector, aportándole productos interesantes y bien construidos, incluso arriesgados, tanto en la forma como en el contenido, productos que siempre aporten  algo más que lo que aporta una bella o tormentosa historia de las muchas que sin justificación alguna se cuentan, pues sus obras están ideadas para un público que ya está cansado de leer novelas inanes, para un público diré que posliterario, pero que al mismo tiempo desea seguir leyendo.

 

Sábado, 13 de octubre 2012