lunes, 10 de septiembre de 2012

Beatus Ille

LECTURAS
(elo.254)

BEATUS ILLE
Antonio Muñoz Molina
Booket, 1986

Desde hace demasiado tiempo tenía interés en leer esta novela de Muñoz Molina, novela que a pesar de ser la primera que escribió, era la única que de él no había leído. Tenía ganas, porque en una primera obra, siempre, o casi siempre, se puede encontrar la apuesta que ese autor está dispuesto a realizar, y el lugar, del vasto territorio de la literatura, al que desea encaminarse. En una primera novela se pone todo lo que se tiene, y a veces más, pues todo autor se juega en ella su futuro. Por eso, porque Antonio Muñoz Molina siempre me ha interesado como novelista, tenía interés en leer “Beatus Ille”, aunque imaginaba, que esa primera novela se inscribiría dentro de su primer periodo, y que sería muy parecida, en el fondo y en la forma a “El invierno en Lisboa” y a “Beltenebros”, que son precisamente las novelas, por su carácter “cinematográfico”, que de él menos me han interesando. Para colmo no tenía referencias de ella, no sabía de qué trataba, posiblemente porque es su novela menos leída, y que además de ser difícil de encontrar, hoy sólo se lee por eso, por ser la primera novela de uno de los más importantes novelistas de nuestro país.
Tengo que reconocer que “Beatus Ille” me ha sorprendido, sobre todo su primera parte, pues nunca pude imaginar que se tratara de una novela de tales características, que un autor tan joven, afrontara una aventura de tal envergadura, dejando sobre la mesa todas sus cartas, todas sus influencias, sabedor, que con una novela de este tipo, como mucho, en el mejor de los casos, sólo podría llamar la atención de un puñado de críticos, al tiempo que pasar desapercibido ante el gran público, actitud que puede acabar con una carrera literaria recién comenzada.
Después de leída la novela, no cabe duda que su apuesta estaba dirigida hacia la novela de calidad, a un tipo de literatura que va más allá de contar simplemente una historia, lo que sin duda tuvo que llamar la atención en su momento, al igual que la ambición que se puede encontrar en sus páginas, una ambición suicida sólo posible en un joven de veintiséis años, en un joven apasionado por la literatura.
Al principio me llamaron la atención dos circunstancias, el alambicado estilo utilizado, la complejidad de la forma elegida para contar la historia, la lucha constante que realiza el autor para huir de la linealidad expositiva, y la aparición de un escenario que volverá a aparecer repetidamente en su obra, sobre todo en su novela más importante y emblemática, en “El jinete polaco”. También, y sólo una vez ordenadas todas las piezas de la historia, lo rocambolesca de ésta, lo poco creíble que resulta su elaborada trama, mucho más cinematográfica que literaria, en donde, como ocurre en estos casos, todo cuadra con demasiada facilidad, aunque aportando al final un desenlace no por inesperado excesivamente gratuito.
Sí, porque aunque la novela al principio sorprende, poco a poco se va viniendo abajo, resultando dificultosa, sobre todo porque el tema de la misma carece de la fuerza suficiente como para tirar del lector, para que éste vaya superando las dificultades que va encontrando en la lectura, porque lo importante, y esto lo ha aprendido con rapidez Muñoz Molina, la historia es lo que tiene que marcar e imponer la estructura y el estilo narrativo que ésta necesita. En “Beatus Ille” pasa lo contrario, lógico por otra parte en una obra de un escritor primerizo, que la estructura y el estilo utilizado están muy por encima de la trama, quedando ésta disminuida y en un segundo plano, eclipsada, mientras que el protagonismo, algo difícil de soportar, recae sobre la metodología empleada, o dicho de otra forma, sobre las herramientas utilizadas para iluminar la historia. Este es el problema de esta novela, que la ambición del autor, que el afán por demostrar su valía, ha dejado una novela descompensada, de una arquitectura arriesgada, que no obstante, por su aparatosidad, deja al descubierto la debilidad de una historia que no se encuentra a su altura. No cabe duda, ninguna, que el esfuerzo para elaborar esta novela ha sido, ha tenido que ser descomunal, y que el resultado ha dejado al descubierto el potencial del autor, de un autor que trata de mostrar su valía, pero también, y esto es un problema, que debido a lo anterior, sus conocimientos literarios quedan demasiado expuestos, pues en muchas ocasiones es conveniente guardar, mantener guardado en el bolsillo el arsenal que uno posee, en beneficio de lo que se desea contar, ya que en caso contrario, todo puede aparecer demasiado embarullado, que es lo que ocurre en este novela.
En tres partes perfectamente delimitadas, en “Beatus Ille” se narra una historia en donde se descubre un asesinato cometido en plena guerra civil, cuando Mágina aún estaba en poder de las fuerzas leales a la República, y que consiguió trocar la vida de dos inseparables amigos. El descubrimiento, un poco por casualidad, lo realiza alguien que con el pretexto de realizar un trabajo sobre uno de esos amigos, que fue escritor, encuentra acomodo en esa vieja casa en donde muchos años atrás se produjo tal suceso. Es una historia bien montada, aunque sin ningún tipo de trascendencia, pero a pesar de ser bastante rocambolesca, como dije con anterioridad, queda sepultada por los excesos literarios con los que el autor trata de desarrollarla.
No obstante, pese a lo anterior, esta novela pudo en su momento servir para descubrir a un joven autor, que a pesar de sus excesos iniciales, podía con posterioridad, como así ha sido, aportar una voz distinta a las que en ese momento había. Muñoz Molina, como se observa en esta novela, desde un principio se posicionó al lado de los que siempre han defendido una literatura seria, una literatura trabajada y siempre rigurosa, manteniéndose alejado por tanto, de aquellos que en todo momento la han entendido como un juego o como un divertimento. Desde un principio, por tanto, el autor jiennense se mostró como un autor serio, como alguien que apostaba por una literatura sin concesiones, actitud que ha mantenido hasta la fecha, independientemente del resultado obtenido en las diferentes obras que hasta el momento ha publicado.

Domingo, 29 de julio de 2012

domingo, 2 de septiembre de 2012

La mano invisible

LECTURAS
(elo.253)

LA MANO INVISIBLE
Isaac Rosa
Seix Barral, 2011

Después de haber asistido hace unos meses a la presentación de esta novela, en donde el autor sólo se dedicó a hablar de política, decidí dejar para más adelante, y siempre en el hipotético caso de que cayera en mis manos, la lectura de este texto, no porque la actividad política no me interese, sino precisamente por todo lo contrario, pues para mí, la política es una de las escasas actividades que siempre me han apasionado. El problema radica, en que cuando quiero hablar, o quiero que me hablen de literatura, y fui a la presentación para que el autor me hablara de un texto literario, deseo que me hablen de literatura y no de otras cuestiones, por muy interesantes que éstas lleguen a ser. Cuando salí de aquel lugar en donde Isaac Rosa en principio tenía que hablar de su novela, sin haber encontrado ni tan siquiera un acercamiento a la misma, pero sí una serie de opiniones, interesantes todas ellas por supuesto, de lo que pensaba el novelista de la situación política en la que nos encontrábamos, opiniones que compartía casi en su totalidad, aunque no consistían más que en lugares comunes para casi todos los que, desde la izquierda, observamos con preocupación lo que está ocurriendo a nuestro alrededor, creí, y esta fue la sensación que me llevé de aquel encuentro, que el articulista se había comido al novelista. Lo anterior es lo que había conseguido retraerme hasta la fecha de leer esta novela, y también las opiniones de algunos, como la del presentador de aquel acto, que en otro lugar y hace poco me comentó, que Isaac se encontraba demasiado obsesionado por la política como para interesarse por la literatura.
Pero al poco de comenzar a leer la novela, comprendí que de nuevo me había equivocado, que me encontraba ante una obra diferente, muy diferente a lo que hoy en día se puede encontrar, pero de una calidad incuestionable, lo que dejaba al descubierto una vez más las cualidades que posee Rosa para la narrativa, pero también, y esto es de gran importancia, la arriesgada apuesta que realiza por el tipo de literatura que quiere ofrecer. Creo que ha llegado el momento de dejar de hablar de Rosa como de una de las grandes promesas de nuestras letras, y también, de mirarlo desde un lugar diferente al que se observa a otros autores ya consagrados, y casi todos ya amortizados, para decir claramente que hoy por hoy se encuentra entre los dos o tres novelistas más importantes e interesantes del panorama literario de nuestro país, tanto por su forma de hacer literatura, en donde la calidad se masca, como por las temáticas, evidentemente nada banales ni circunstanciales, que va dejando en cada una de sus novelas. Queda claro después de leer “La mano invisible”, como decía, que Isaac Rosa ya no es una promesa de nuestra literatura, una de esas “esperanzas blancas” que casi siempre se marchitan antes de tiempo, sino que con toda seguridad es ya un escritor consolidado al que hay que prestarle toda la atención disponible, pues pese a su juventud, posee una madurez envidiable. Pero pese a lo anterior, que creo que es de justicia, da la sensación de que sus obras no son tratadas, ni por parte del público ni por parte de la crítica, como la de otros autores de mucho menor valía, lo que sólo se puede entender, por el hecho de que sus historias, de que sus temas, no están ni pensados ni elaborados de cara a la galería, al no buscar el aplauso fácil de esa mayoría que sostiene el entramado literario actual, lo que mantiene al autor sevillano desterrado del lugar, que por meritos propios le debería corresponder.
En esta ocasión Isaac Rosa realiza una novela extraña, en la que, sin que una trama tradicional sostenga el desarrollo de la misma, reflexiona y pone ante los focos de su narrativa algo tan esencial como es el trabajo, que junto al consumo es, o ha sido, el gran pilar del sistema. Se habla, sobre todo ahora que tanto falta, de la importancia del trabajo, de lo esencial que es, de la riqueza que proporciona, y no sólo económica, a los que tienen la fortuna de contar con él, de suerte, que poseer un buen trabajo es un componente básico para calibrar el grado de felicidad que se puede alcanzar en la actualidad, por lo que ya no se puede hablar de la maldición del trabajo, sino de la bendición del mismo. Pero el autor del texto, perece querer subrayar el hecho, lo que en estos tiempos es necesario pues en demasiadas ocasiones no se quiere ver lo evidente, de la inhumanidad que comporta el trabajo en sí, de su carácter alienante y embrutecedor, del erróneo lugar que ocupa en la jerarquía de valores imperantes y de la necesidad de que vuelva a ocupar la posición que le corresponde, pues a las alturas en las que nos encontramos, no es de recibo que sea él, a pesar de la importancia que tiene, el que marque la agenda vital de los que lo poseen, y también de los que se encuentran imposibilitados a poder acceder al mismo.
Para hablar del trabajo, de su carácter eminentemente negativo, sobre todo cuando no consiste en una labor creativa y sí reiterativa, el autor pone en escena a varios trabajadores que son contratados por alguien, para que realicen sus funciones profesionales habituales ante un graderío donde un público extrañado les observa. Saben que en ese contexto no se pueden engañar, saben que en ese trabajo para el que han sido contratados no pueden encontrar una justificación al mismo que vaya más allá del trabajo en sí, y del salario que pueden conseguir gracias a la realización del mismo, lo que logra despejarlo de toda esa extraña e impostada mitología positiva que desde hace tiempo le acompaña, la que dice, que el trabajo aporta dignidad. Isaac Rosa en su exposición no aspira a denigra al trabajo, sólo situarlo en el lugar que deber ocupar, la de ser una función esencial, mediante la cual se consigue lo necesario para que cada cual pueda mantenerse, pagar su comida, su vivienda, sus vicios y criar a sus hijos, pero dejando bien claro, que sólo sirve para eso, y que la vida no acaba en él, sino que por el contrario, sobre todo cuando se tiene un trabajo embrutecedor, comienza en el mismo momento en que finaliza la jornada laboral.
Pero lo que más me ha sorprendido de esta novela es el estilo narrativo utilizado, que no tiene nada que ver con el utilizado por el autor en sus anteriores novelas, lo que habla bien de él, pues adapta el mismo a la temática que desarrolla. Es una narración en la que conscientemente la narrativa se muestra monótona, al igual que monótona es la actividad profesional de los protagonistas, en donde éstos, mientras llevan a cabo sus repetitivos trabajos, hacen un relato de sus respectivas vidas, sin que esto ni mucho menos sea lo importante, sino la labor sin sentido que realizan.
Me ha parecido, en suma, una obra muy interesante, con peso, que me ha servido para comprender que el autor, con los años, aportará importantes obras, que tendrán la virtud, desde la calidad, desde la calidad literaria, de hacer disfrutar y reflexionar a sus lectores.

Domingo, 22 de julio de 2012

lunes, 27 de agosto de 2012

El lector de Julio Vernes

LECTURAS
(elo.252)

EL LECTOR DE JULIO VERNES
Almudena Grandes
Tusquets, 2012

Hace poco escribí no sé dónde, palabras que sigo subrayando, que una buena novela es aquella que tira del lector, la que le obliga a no abandonar la lectura, la que, por las circunstancias que sean, consigue que el que se sumerge en ella no tenga otro objetivo que el de terminarla, y cuando antes mejor. Lo anterior pocas veces pasa, pues cada día son más las novelas que se leen, por muy buenas críticas que posean, por muy acreditado que sea su autor, por mero y automático voluntarismo, lo que en el fondo no es de recibo, pues de esa forma, poco a poco, se está perdiendo el placer por la lectura. No obstante, cuando menos se espera “salta la mosca” como diría aquél, y uno se encuentra ante una novela que consigue atraparle, que sin saber por qué, al menos en principio, le obliga a leer y a leer hasta que consigue acabar con ella. Estas son las buenas novelas, lo que no quiere decir, ni mucho menos, que literariamente sean perfectas, ni que tengan que ser novelas que haya que enmarcarlas con luz propia en las mejores antologías del género novelístico. No, son buenas porque, a veces con todo en contra, consiguen aliarse con el alma del lector, sin que éste sepa muy bien los motivos. Esto me ha pasado con la última novela de Almudena Grandes, “El lector de Julio Vernes”, novela que sabía que tenía que leer, pero que prefería dejarla para más adelante, pues no estaba dispuesto, o no me apetecía demasiado, enfrentarme con una nueva historia de buenos y malos, como últimamente parecía estar empeñada en ofrecernos la escritora madrileña.
No cabe dudas que Almudena Grandes, cuenta con escasos apoyos entre los lectores que se consideran avezados, en aquellos que buscan en todo lo que leen la excelencia, que son los mismos que se ven obligados a leer “tostones infumables” y para colmo tener que hablar bien de ellos, los que abominan de la literaria popular y de todo tipo de literatura que se acerque a ella, que son los mismos que olvidan, y en demasiadas ocasiones, que existen muchos tipos de novelas, de formas de entender la novela, y que no siempre aquellas por las que ellos apuestan son necesariamente las mejores. Almudena Grandes es una autora que siempre ha apostado por temas comprometidos desarrollados de forma amena, siendo su literatura, al menos aparentemente, muy accesible para la el gran público, lo que la ha posicionado entre las autoras, entre las novelistas, que más libros vende en nuestro país, lo que parece que no pueden perdonar algunos.
Parece también que de un tiempo a esta parte, los temas que se apoyan en un compromiso social no cuentan con un predicamento excesivo, al menos entre aquellos que creen encontrarse en la élite de la crítica literaria, aunque sean esos textos los que más se vendan y se lean, pues al parecer en tiempos tan complicados, tan conflictivos, lo que está en boga son las historias bien construidas pero que no llegan a decir nada, las de temáticas anémicas e introspectivas que potencian la individualidad y los mundos cerrados, novelas que sólo llegan a calar en determinado público, y que están alejando la novela de un público mayoritario que necesita otra cosa, precisamente de digeribles “novelas garbanceras”, que son las más criticadas por aquellos que más hablan de literatura, pero también los que menos leen.
Dije antes que Almudena Grandes, aparentemente es una autora accesible para el gran público, lo que no quiere decir en absoluto, que carezca de voluntad de estilo, pues en sus novelas, aunque muchos las tachen de lineales, lo que más abundan son las digresiones, que ella domina con una naturalidad sorprendente, y que aportan una gran riqueza expositiva a sus narraciones. No es una novelista exquisita, ni ella imagino que querría serlo, pues ante todo es una novelista popular que aspira a la calidad, a ser una novelista popular de calidad, encontrándose muy alejada de otras novelistas, como por ejemplo María Dueñas, por hablar de alguna, que a lo único que aspiran es a narrar, sin más, sin poseer ni buscar instrumentos adecuados para ello, una determinada historia. El problema de Almudena Grandes, un problema que siempre hay que criticar, sobre todo a ella, es que a veces es excesivamente parcial, que en sus personajes se deja ver un discurso demasiado evidente de lo que es bueno y de lo que es malo, como ocurrió en su última novela “Inés y la alegría”, pues en muchas ocasiones, como la realidad se encarga de confirmar de forma constante, ni lo bueno es tan bueno ni tan malo lo malo, ya que ni la pureza, ni la bondad, ni tan siquiera la maldad existe en estado puro. Y lo anterior extraña mucho de una escritora como ella, pues en obras anteriores me sorprendió, la facilidad y la vocación que tenía para mostrar los diferentes pliegues de la personalidad de sus personajes.
“El lector de Julio Vernes” es la segunda entrega de la gigantesca aventura literaria a la que se ha comprometido, los “Episodios de una Guerra Interminable”, hablándonos en esta ocasión de la posguerra en la Sierra Sur de Córdoba, una comarca en la que la represión se alió a unas condiciones de vida difíciles de sobrellevar. La historia es contada por un niño, o mejor dicho por alguien que vivió los acontecimientos que se narran cuando aún era un niño, que para colmo vivía en la casa cuartel de la guardia civil, ya que su padre era miembro del cuerpo. El objetivo principal de ese acuartelamiento, para lo que estaba convenientemente reforzado, era acabar con la guerrilla que aún seguía operando en la sierra, que a pesar de todo, seguía manteniendo importantes apoyos en la comarca.
En esta ocasión la autora, a diferencia de lo que ocurre en su anterior novela, nos muestra unos acontecimientos no tan épicos, sino la callada vida épica de algunos personajes, que a pesar del terror, de la represión, lucharon para lograr, ya que tal y como estaban las cosas no se podía hacer más, encontrarle una salida a los que aún, y sin futuro, seguían resistiendo en el monte al régimen franquista. En esta ocasión la autora también es mucho más benévola, más humana, pues los personajes que dibuja son bastante más contradictorios, más complejos y ambiguos, logrando momentos en la novela de gran intensidad, lo que hace muy recomendable esta obra, que es mucho menos previsible y más creíble que la anterior.
Después de todo lo dicho no me queda más remedio que decir, que es una novela que me ha sorprendido, posiblemente porque esperaba poco de ella, pues la he visto honrada, interesante, con peso y bien articulada, lo que sin duda me va a dar fuerzas para afrontar las próximas entregas del ambicioso proyecto en el que se ha embarcado la madrileña.

Lunes, 16 de julio 2012

lunes, 20 de agosto de 2012

Conversación en La Catedral

LECTURAS
(elo.251)

CONVERSACIÓN EN LA CATEDRAL
Mario Vargas llosa
Punto de lectura, 1969

Yo que no soy demasiado exigente, ni tan siquiera conmigo mismo que es con quien sólo puedo serlo, desde hace mucho tiempo muestro una actitud extremadamente crítica con Vargas Llosa, y la mantengo, porque conozco su obra, y porque creo, que posiblemente desde la publicación de “La guerra del fin del mundo”, todo lo que ha escrito, al menos en el plano novelístico, va de mal en peor. Sí, va de mal en peor, y eso a pesar, de que a partir de esa novela es cuando el peruano comienza a encontrar el fervor del público, del público mayoritario, cuando se le comienza a leer masivamente, y cuando todas sus obras, todas, se convierten en grandes éxitos de ventas. He repetido en innumerables ocasiones, y ya estoy incluso cansado de repetirlo, que he observado en él un notable aburguesamiento, y no sólo en el plano ideológico, que respeto, sino en el literario, ya que se ha venido deslizando peligrosamente desde la complejidad narrativa de sus primeras obras, en donde la singularidad estilística de las mismas lo subrayaba todo, hacia una simplicidad, diré que cosmopolita, que vulgariza, que consigue estandarizar todo lo que escribe. Lo anterior no quiere decir, ni mucho menos, que las obras que tanto critico carezcan de la calidad necesaria, pues a pesar de todo están muy por encima del nivel medio habitual, sino que, por desgracia, se encuentran muy por debajo de las cotas que el escritor peruano puede alcanzar, lo que ha conseguido dejar a la literatura sin una voz que ha podido ser esencial, de una voz diferente, dotada de una riqueza de registros que difícilmente se puede volver a alcanzar. Lo que quiero decir con todo lo anterior, es que mis constantes críticas a Vargas Llosa, se deben sobre todo, no a que carezca de sobradas cualidades para la narrativa, que las tiene, sino al hecho, de que voluntariamente haya dejado su potencial a un lado, para conformarse con una narrativa bastante homogeneizada y previsible. Sé que lo anterior no es justo, que cada cual puede hacer, y por supuesto escribir lo que le apetezca, pero también, que como lector puedo decir que Vargas Llosa se ha quedado, posiblemente por haber decidido apostar por el camino más fácil, sin haber escrito esa novela que muchos estábamos convencidos, porque estaba a su alcance, que lograría escribir, esa novela que hubiera podido convertirse en la gran novela de su generación, novela que hoy por hoy sigue siendo “Cien años de soledad”.
Cuando escucho hablar a algunos “entendidos” en la materia de las virtudes de “La fiesta del chivo”, que para muchos es su última gran novela, me queda siempre el convencimiento de que el problema radica, en que muy pocos de ellos han realizado el esfuerzo, esfuerzo que ante todo es un placer, de haber leído la obra anterior de Vargas llosa, las novelas que con el tiempo, con seguridad, quedarán de él, como por ejemplo ésta que acabo, después de mucho tiempo, de volver a leer, que no sólo empequeñece a la novela anteriormente citada, a pesar de que su temática sea casi idéntica, sino que deja al descubierto las cualidades de un escritor capacitado para grandes singladuras, pero que hoy por hoy, se cuida mucho de echarse a la mar si ésta no se encuentra en calma, y siempre, cuando lo hace, intenta de llevar consigo un libro de ruta perfectamente detallado, gracias a lo cual su voluntad de estilo, antes tan excesiva, y al mismo tiempo tan atractiva, ha desaparecido casi por completo.
La novela en cuestión es “Conversación en La Catedral”, que no por casualidad, según cuenta el autor en un prólogo escrito casi treinta años después de su publicación, es la que más trabajo le dio, y la única que salvaría del fuego si lo pusieran en tal tesitura. La leí cuando era muy joven, y creo recordar que me costó mucho trabajo leerla, en aquellos tiempos en que me encontraba deslumbrado por los autores sudamericanos del denominado “Boom”, pero también estoy convencido, que fue a partir de aquella lectura, cuando la obra de Vargas Llosa se convirtió en parada obligatoria, de suerte, que raro es el año que no vuelvo a releer alguna antigua novela suya, independientemente a que sigo, aunque un poco desconcertado, todo lo que de forma incansable sigue publicando. Después de tanto tiempo, esta novela, esta formidable novela me ha seguido resultado trabajosa, lo que la aleja del lector mayoritario actual, pero también, aunque no me ha entusiasmado tanto como la primera vez que la leí, me ha vuelto a resultar de una altura que sólo es posible alcanzar gracias a una ambición desmedida y al mantenimiento de una voluntad de estilo difícil de sostener en una narración de tales características, pero sobre todo, al convencimiento de que el arte narrativo no consiste sólo en contar una historia, sino en contar una historia jugando con las palabras, o lo que es lo mismo, partiendo de la certeza de que en literatura lo importante no es la historia que se cuenta, al menos no sólo eso, sino la forma en que se cuenta dicha historia.
Conversación en La Catedral” habla precisamente de eso, de una larga conversación que mantiene el protagonista de la novela en un tugurio llamado “La Catedral”, con alguien que encontró por casualidad, el antiguo chofer de su padre, que le iluminó y le hizo recordar un periodo de su vida que no deseaba rememorar, el que coincidió con la dictadura del general Odría. Esa conversación consiguió alumbrar a una multitud de personajes, y la vida que llevaron estos, en donde se manifestaba el envilecimiento de los mismos, y que daban muestra de la podredumbre moral de la sociedad que mantenía y sobre la que se apoyaba dicho régimen dictatorial. La novela se articula en pequeños capítulos en los que cada uno de los personajes ejerce de protagonista, que en muchas ocasiones me ha recordado la metodología que John Dos Passos llevó a cabo en Manhattan Transfer y en su trilogía USA, que de forma aleatoria, poco a poco, con un lenguaje muy peculiar, imagino que el que se hablaba en Perú en aquellos años, va componiendo un puzle, que al final consigue mostrar una visión de conjunto que difícilmente se hubiera podido obtener de otra forma. Desde un principio, la lectura de esta novela ha conseguido traerme a la memoria, a la que en mi opinión, es la mejor obra de Vargas Llosa, la novela breve, o el relato largo “Los cachorros”, en donde la literatura del peruano muestra su mejor fisonomía.
Estoy convencido que Vargas Llosa, con los años, ha mejorado mucho en lo referente al dominio de las artes narrativas, ya que sin duda alguna es uno de los más importantes narradores que hoy existen, pero también, y en contrapartida, estoy seguro que con el tiempo, ha perdido aquello que lo hacía distinto, pero sobre todo, y esto sí es importante, su ambición por realizar obras que se sitúen en la vanguardia, con la intención de hacer avanzar, a la hoy por hoy varada, nave de la literatura.

Jueves, 12 de julio de 2012

viernes, 3 de agosto de 2012

Rosa cándida

LECTURAS
(elo.250)

ROSA CÁNDIDA
Ava Ólafsdóttir
Alfaguara, 2007

Vengo hablando desde hace tiempo, y por eso me estoy refugiando en las relecturas, del escaso interés que estoy encontrando en las novelas que últimamente se están publicando, novelas casi todas de una debilidad temática alarmantes, muchas de las cuales tratan de esconder su debilidad en estructuras excesivamente alambicadas, que sólo consiguen subrayar aún más sus problemas. Vengo criticando sobre todo la escasa ambición de los autores, el conformismo del público, la actitud delictiva de la crítica y la extremada subordinación que padecen las editoriales a sus respectivos departamentos contables, lo que todo unido configura un triste panorama que no invita precisamente a estar pendiente de las diferentes novedades que a pesar de todo siguen apareciendo. Me refiero con lo anterior a la denominada literatura de calidad, que es una forma de entender la literatura que cada día que pasa se encuentra más arrinconada y que posiblemente tenga ya firmada, incluso, su propia sentencia de muerte, y no por supuesto a la otra, a la mayoritaria, que parece que disfruta de un momento de esplendor, la compuesta por las novelas históricas de consumo masivo, o de aquellas otras, que sin ningún tipo de voluntad de literaria, se conforman sólo con contar una historia con objeto de entretener, a los pocos que aún, necesitan leer algunas páginas diarias antes de poder conciliar el sueño. No obstante, de forma milagrosa, de vez en cuando aparece alguna obra, que sin mucho ruido, consigue llamar la atención del lector atento, de ese que con paciencia, sigue manteniendo “la caña puesta”, por si por casualidad se encuentra con alguna sorpresa. Pues bien, el otro día pesqué una novela, una extraña novela, con la que he pasado un buen rato, y eso que cuando llegó a mis manos, no contaba precisamente con los parabienes adecuados.
No es por supuesto una novela que vaya a cambiar el curso de la literatura, ni afortunadamente aspira a ello, pero sí es una obra dotada de una sencillez y de una delicadeza que consigue llamar la atención, y lo que no es poco, hacer que quien la lea, pase con ella unas horas agradables, lo que siempre es de agradecer. Dije que no me llegó con buenos avales, pues me comentaron que en sus páginas apenas pasaba nada, que era aburrida e incluso anodina, por lo que, al confiar demasiado en la persona que me la había pasado, comencé la lectura con cierto retraimiento, aunque al poco comprendí, que sólo se trataba de una mala lectura de esa buena lectora, cosa que de vez en cuando nos suele ocurrir a todos, y que la novela en cuestión merecía la pena ser leída. No todas las novelas tienen que ser de perfil alto, no todas tienen que sumergirse en cuestiones escabrosas ni en las múltiples contradicciones que nos embarga como seres humanos, eso sería pedir demasiado, al tiempo que extenuante, pues la diversidad existente, en la que todos vivimos inmersos, aunque parezca mentira, de vez en cuando consigue mostrarnos paisajes existenciales apacibles, en donde el optimismo, o cierto grado de esperanza aún tiene sentido, por lo que la literatura, que siempre debe partir de donde se encuentra la vida, también tiene que afrontar esas temáticas.
La novela de la que hablo, o de la que pienso hablar, pertenece a una literatura periférica, la islandesa, a una literatura desconocida por casi todos, pero que no llama la atención por eso, sino porque es una buena novela.
“Rosa cándida” es una novela que habla de alguien que desde hace tiempo sabe lo que tiene que hacer, y que en el trayecto que realiza para cumplir su objetivo consigue ordenar su mundo, lo que le aporta las fuerzas, al menos las necesarias, para afrontar su existencia de forma diferente a como la dejó. Habla del camino iniciático que entabla un joven que se halla completamente perdido, y en el que encuentra un sentido a su vida, y una responsabilidad a la que hacer frente, es una novela por tanto, que aborda un tema bastante trillado, el de la búsqueda de uno mismo, pero al que la autora, una autora de nombre impronunciable, solventa con maestría, sin caer nunca, pase a la simplicidad del tema, en los lugares comunes en el que este tipo de novelas suele precipitarse. Tenía razón quien me dejó la novela en aquello de que en ella no pasaba nada, nada explícito diría yo, por lo que sin duda alguna nunca será un éxito de ventas, pero en la que se puede encontrar mucho de lo que no se encuentra en la mayoría de las obras que sí, aparentemente, cuentan o presumen de decirlo todo. Para colmo, lo que dice, o lo que deja para ser más preciso relucir, se oculta bajo un estilo sin pretensiones, de una simplicidad extrema, con una armonía envidiable, sin que el lector encuentre en la novela ningún altibajo, ya que mantiene un nivel sostenido nada fácil de conseguir, por lo que literariamente, aunque éste no es el tipo de novela con la que más suelo disfrutar, me ha sorprendido.
Pero también me sorprende lo poco que se publicitan este tipo de obras, que suelen pasar sin pena ni gloria ante un público que desconoce su existencia, de lo que no culpo a las editoriales, que sólo, como siempre por lo demás han hecho, apuestan por aquellas obras que creen mejor posicionadas en cada momento, ni a las grandes cadenas de distribución, que sólo lo hacen por aquellas que saben con seguridad que podrán vender con facilidad, sino a la actitud de la crítica. Sé que la crítica está sobrevalorada, que son pocos, muy pocos los que leen crítica literaria, pero da la casualidad que son esos pocos, los que hacen que una determinada novela se mueva de un sitio para otro, o dicho de otra forma, los que corren la voz de que la novela de un escritor desconocido merece la pena. Como decía Gabilondo, el periodista que se dedica al periodismo de calidad sabe que sólo le habla o le escribe a un millón de personas, que son los que se interesan realmente por lo que ocurre, por lo que el crítico literario, al menos el crítico realista, y sólo en el mejor de los casos, sabe que su público siempre será escaso, formado por los lectores, por los buenos lectores que aún se interesan por las novedades literarias, y que en último extremo son los que con su aliento, con sus recomendaciones, harán que una novela de calidad triunfe o fracase. Pero parece que los críticos se dedican desde hace años a otros temas, entre los que cabe destacar, el de no dejar nunca a ninguna novela, ni a ningún autor malparado, por aquello de la repercusiones que pudiera acarrearle al medio para el que trabaja.
Esta novela, “Rosa cándida” si bien no es ni de lejos la novela perfecta que todos desde hace años esperamos, si es una novela que ha merecido una mayor repercusión, al menos para que hubiera podido ser apreciada por más lectores

Lunes, 25 de junio de 2012

viernes, 27 de julio de 2012

Pastoral americana

LECTURAS
(elo.249)

PASTORAL AMERICANA
Philip Roth
Punto de lectura, 1997

Leer a Roth, volver a leer a Roth, sobre todo algunas de sus obras de más peso, y no me refiero sólo al grosor de sus novelas, es una experiencia que le hace comprender a uno que está ante un grande, ante un grande de la literatura que cuando tenía que hacer una novela total, de esas que ya no se hacen, las hacía, al igual que cuando tiene que escribir otro tipo de novelas, como las que en la actualidad realiza, no duda en escribirlas, pero siempre desde una profesionalidad y desde una calidad, a pesar de soler introducirse siempre por los caminos más difíciles, que nadie a estas alturas puede poner en duda. Roth es el gran novelista de nuestro tiempo, al que de vez en cuando siempre hay que volver, aunque sólo sea para comprender que la banalidad de las historias que hoy se cuentan, dotadas casi todas de una simplicidad que a todos debería de llamarnos la atención, no se deben a los imperativos que la literatura actual impone, ni a las exigencias de los lectores de nuestros días, ni por supuesto a los tan criticados y siempre culpables mercados, sino a la incapacidad de la mayoría de autores actuales para hacer frente, con todas las consecuencias, a la compleja y poliédrica realidad a la que tenemos, lo queramos o no, que enfrentarnos. Posiblemente lo que más llame la atención de las novelas de Roth, sea la descarnada forma que tienen de afrontar los problemas que plantea, pero al mismo tiempo la humanidad, la extremada humanidad de sus personajes, que siempre son cercanos y reales.
“Pastoral americana” es para muchos la mejor novela de Roth, aunque para otros, entre los que me encuentro, y con diferencia, es “La mancha humana”, novelas que en el fondo hablan de lo mismo, de la dificultad que entraña ejercer, cumpliendo con todas las reglas, de ciudadanos netamente americanos, y de lo fácil, y de lo extremadamente fácil que es que todo el entramado creado, después de tantos años de esfuerzo, se derrumbe cuando menos se espera. En “Pastoral americana” Roth nos habla del hombre ideal, del hijo que todo padre hubiera deseado tener, de una persona que creció siendo el ejemplo a seguir, de alguien que fundó una familia modélica según todos, y que ejercía una notable influencia en su comunidad, el Sueco Levoc. La singularidad de su caso consistía en que en él confluían las virtudes que todo buen norteamericano debería poseer, pero al que en un momento dado le estalla el mundo bajo sus pies, sin llegar a poder comprender nunca, qué hizo mal para que le ocurriera, precisamente a él, lo que le ocurrió.
A diferencia de Coleman Silk, el protagonista de “La mancha humana”, él nunca había transgredido las normas, ya que siempre las había seguido de forma escrupulosa desde el convencimiento de que eran correctas, de que estaban ahí para que la vida fuera más aceptable, pero a pesar de ello, todo se le viene abajo, y de forma estrepitosa al Sueco. Evidentemente la perfección no interesa, es algo bastante anodino que carece incluso de las aristas necesarias para poder abrazarla con facilidad, por lo que Roth, por no hablar de Nathan Zuckerman, poco atractivo podía encontrar en alguien como el Sueco, pero cuando el alter ego del escritor norteamericano se entera del origen de la tragedia que asoló a su antiguo y admirado vecino, cambia de opinión sobre él y lo convierte en un héroe trágico de nuestro tiempo, poniéndose a trabajar, imagino que desesperadamente (en el caso que un personaje de ficción pudiera hacerlo), pues un tema como el que se encontró no aparecía ante él todos los días, desde los pocos datos que poseía, a narrar toda la historia, con pelos y señales, no sólo del Sueco Levoc, sino también del mundo que siempre le envolvió.
La novela no es más que la disección de un personaje, de la personalidad y del mundo de alguien que de forma inesperada había sufrido un golpe mortal, de un individuo que siempre había sido un triunfador sin proponérselo, y que sin merecerlo acabó acribillado por las balas de la realidad. Y esa disección se realiza a base de digresiones, a base de acumular recuerdos e imágenes de toda su vida, de narrar la existencia de ese individuo que en todo momento, con sus padres, con su mujer, con su hija y con todo el mundo se había comportado de la forma más aceptable posible.
Roth saca una vez más a escena a su personaje favorito, al escritor Nathan Zuckerman, el cual muestra interés por el Sueco ya que éste había sido su ídolo de juventud, pero cuando se entrevista con él, comprende que era alguien tan previsible, tan correcto, que no valía la pena ni saber cómo le había ido la vida, y sólo cuando conoció su secreto, y todo lo que éste le acarreó, se interesó vivamente por el personaje y se planteó escribir sobre él. Zuckerman hace, realiza una narración pormenorizada, repleta de detalles, basándose en los escasos datos que conocía del Sueco, sobre todo de cuando éste era joven y de lo que le había contado el hermano de éste, por lo que un porcentaje muy alto de esa narración, aunque basándose en la realidad, proviene de la imaginación del narrador. La misma técnica utiliza en “La mancha humana”, lo que creo que deja claro, o quiere dejar claro el autor, su metodología narrativa, que consiste en apoyarse sobre determinados hechos verdaderos (lo que no quiere decir que nada de lo que ocurra en la novela sea real), para partiendo de los mismos elaborar sus historias, que siempre suelen ser de un realismo absoluto.
La perfección no existe, pero si por una serie de circunstancias alguien se acerca a ella, o parece vivir en ella, siempre hay que desconfiar de esa persona, o al menos eso parece querer decirnos Roth en esta ejemplar novela. La existencia, la visión de la existencia que mantiene el novelista, siempre es compleja, escondiéndose debajo de las apariencias de sus personajes, en todas las circunstancias, un mundo repleto de contradicciones y de problemas difícilmente solventables. Este es el mundo narrativo de Roth, un mundo que siempre se aleja de la vacuidad publicitada que nos quieren hacer ver, y aquí es donde se encuentra la fuerza de sus historias, que nunca podrán dejar indiferentes al lector, al mostrar unos escenarios existenciales que en ningún momento resultarán cómodos ni apacibles. “Pastoral americana” no es una novela fácil, al estar repleta de meandros narrativos, con múltiples altibajos, que no obstante, consigue dibujar a la perfección una realidad, que es lo que en verdad desea Roth, de una complejidad difícil de narrar, en donde el drama humano en todo momento queda al descubierto, como en todas las obras del autor.

Jueves, 21 de junio de 2012

lunes, 23 de julio de 2012

Persuasión

LECTURAS
(elo.248)

PERSUASIÓN
Jane Austen
Alba, 1818

Tenía la intensión, con cierto voluntarismo, de leerme con el tiempo toda la obra de Jane Austen, y esta novela que acabo de terminar tenía que ser, porque fue la última que escribió, la que leyera al final, pero como casi siempre ocurre, una cosa es lo que se piensa y otra muy distinta lo que se acaba por hacer. Lo cierto es que he entrometido “Persuasión” en el orden sistemático de lecturas que pretendía llevar a cabo de la autora británica, novelista que hasta ahora me estaba llamando poderosamente la atención, y digo hasta ahora, porque la lectura de esta obra, tildada por muchos como su novela de madurez, me ha resultado insípida e irrelevante.
Hace poco, alguien que disfruta mucho leyendo a Austen, indignada, me comentó que había escuchado varios comentarios negativos sobre esta novela, entre los que me destacó uno que decía, que la obra en cuestión parecía precursora de las novelas de Corín Tellado, autora de relatos amorosos, de la que, creo que afortunadamente, aún no he leído nada. Naturalmente le dije que me resultaba excesivo, y se lo dije de corazón, pues el tipo de literatura que realizó Austen sólo pudo ser posible en su época, y en todo momento hay que incluirla dentro de la literatura de evasión o de entretenimiento, que no se puede olvidar que era la única función de la novela en esa periodo, sobre todo de aquellas que escribían las mujeres, aunque hay que reconocer, porque es de rigor, que ella intentó dibujar, de forma crítica, con fina ironía, la estructura de la clase social a la que pertenecía, centrándose concretamente, en el absurdo papel que en la misma se le asignaba a las mujeres.
La verdad es que la forma de escribir de Austen no es precisamente vanguardista, por lo que cualquier lector de nuestros días, sobre todo si es lector y no lectora, tiene que saber a dónde se acerca, pues en un primer momento, cuando observe el estilo utilizado y las temáticas que afronta la británica, es posible, muy posible que abandone la lectura en el acto. Pero también hay que subrayar, sobre todo si se tiene siempre presente, que por ejemplo, esta novela fue escrita en 1818, fecha desde la que ha llovido bastante, que la actual literatura de evasión tampoco ha cambiado tanto como en un principio se pudiera suponer, además de que también hay que tener cuenta, que al menos Austen, aspiraba a algo más que a ese mero entretenimiento que a tantos conforma en la actualidad.
“Persuasión” ante todo me ha aburrido, y eso de que se trataba de una de las novelas que más interés tenía de leer de la autora, y me ha aburrido, porque a pesar que al igual que sus anteriores obras tiene un argumento bastante previsible, en los que sin dificultad se puede intuir lo que al final iba a ocurrir, le falta lo que hacía soportable a las restantes, sobre todo a las primeras, la ironía de algún que otro personaje y la ingenuidad de la estructura narrativa, circunstancias ambas que conseguían oxigenar esas lecturas de forma más que aceptables. Se dice que “Persuasión” es la obra de madurez de Austen, su obra de más altura, pero desde mi punto de vista esa madurez, que por norma general siempre es lo más alabado de cualquier autor, ofrece una influencia negativa en su obra, ya que esa perfección formal que consigue desactiva y vulgariza la novela, de suerte que “Persuasión” no aporta absolutamente nada ni a la obra de la autora, ni por supuesto al lector, que se encuentra ante una novela con una historia anticuada y de la que nada se puede subrayar.
No cabe duda de que los personajes, la problemática y el desenlace son claramente austenianos, pero sorprende de que a pesar de que todo parece más consolidado, de que todo esté mejor construido, el resultado de la novela sea tan pobre, muy por debajo de lo que de ella se podía esperar, sobre todo para los que hemos leído sus obras iniciales, convirtiéndola en una novela desfasada que carece de esa atmósfera, de esa gracia, que hacen que algunas obras literarias se conviertan en imperecedera.
La protagonista de la obra, es persuadida en su juventud por su familia y por su mejor amiga para que no aceptara la oferta de compromiso que le ofrece el hombre del que estaba enamorada, pues carecía de fortuna y de unos orígenes familiares a la altura de los suyos. Pasaron los años y no apareció ningún otro hombre en su vida, hasta que de forma inesperada, de nuevo surge en la escena de su existencia el hombre al que rechazó, con el que después de algunos contratiempos, y debido también al importante hecho de que ya poseía fortuna propia, aceptó como pretendiente con el beneplácito de todos. Ni que decir tiene que un argumento de estas características, si no se adereza correctamente, poco le puede llegar a interesar a un lector actual, y es lo que en el fondo ocurre con esta novela, que no se encuentran en ella elementos los suficientemente atractivos, no sólo para poder disfrutar de ella, sino incluso para poder llegar a terminarla.
Indudablemente “Persuasión” es la novela más equilibrada de Austen, la mejor construida, pero eso no significa que sea su mejor obra. “Orgullo y prejuicio” que sin duda alguna posee indudables problemas estructurales, es mucho mejor novela, lo que obliga a pensar, que esto de la literatura es algo mucho más complicado de lo que parece. “Persuasión”, y en esto también tienen razón los críticos, es su obra mejor elaborada, la que está construida con mejores materiales, pero le falta “la magia”, el encanto y la soltura que hace que una novela objetivamente perfecta no pase de ser una obra correcta, de esas que nunca quedarán en la memoria de los lectores.

Viernes, 16 de junio de 2012