miércoles, 13 de febrero de 2008

El camión de mudanzas escarlata

LECTURAS
(elo.109)

El CAMIÓN DE MUDANZAS ESCARLATA
John Cheever
Emecé, 2.006

Desde hace tiempo, sobre todo desde que leí “La familia Wapshot”, tenía interés en leer los relatos de Cheever, pues según me habían comentado, eran con diferencia lo mejor de su obra. A pesar de ello, siempre he ido relegando su lectura, pues cuando no era por un motivo, por ejemplo que tenía muchos libros pendientes, o que la magnífica edición de Emecé se había agotado, era por otro, como que nunca era el momento oportuno para acercarme a algo, que ya en mi biblioteca, me parecía demasiado apetecible para hincarle el diente. Pero como suele decirse, cada cerdo tiene su San Martín, y por fin, ha llegado el momento de acercarme a estos relatos, que aunque parezca mentira, me estaban llamando a voces.
El primer relato que he asaltado, “El camión de mudanzas escarlata”, independientemente a su calidad literaria, que la tiene, ha conseguido algo importante, reconciliarme con un género literario, con el que siempre he tenido dificultades, siendo éste, otro de los motivos, que podrían justificar mis iniciales reticencias a leer dichos relatos. Nunca he soportado los relatos poéticos, arte en el que se refugian los poetas fracasados, ni tampoco los banales, esos que se realizan sólo para llenar una hoja en blanco y para demostrar las dotes estilísticas de su autor. No, me interesa el relato realista, el que en poco espacio y con pocos datos, tiene la capacidad de mostrar un universo completo, lo que comprendo no se encuentra al alcance de cualquiera, convirtiendo a este tipo de género literario, en contra de lo que se opina, en un desafío nada fácil de afrontar. Este relato sí posee dichas características, e imagino que los restantes, lo que me va a obligar, cosa que haré con sumo gusto, a leer con la máxima atención estas pequeñas narraciones del norteamericano.
En el relato anteriormente mencionado, el autor, intenta golpear con fuerza, a dos de los axiomas fundamentales sobre los que se asienta la cultura americana, como son la estabilidad y el éxito (ambos relacionados intimamente entre sí), intentando hacer comprender, que dichos conceptos, ante todo son de una volatilidad extrema, por lo que no resulta recomendable, ni por supuesto conveniente que nadie edifique su existencia sólo sobre ellos. Para demostrar esto, Cheever pone sobre el papel a una familia prototípica, a una familia ejemplar norteamericana, que de la noche a la mañana, debido a la mala conciencia que se apodera de uno de sus miembros por el hecho de no haber ayudado a un vecino (lo que con el tiempo le hace caer en el alcoholismo), se ve obligada a abandonar la privilegiada posición social que ocupaba. La estrategia narrativa que utiliza no resulta nada sofisticada, pues introduce en la sosegada y apacible vida de la familia Folkestone un elemento discordante, al vecino de la casa de al lado, que cuando bebía, se dedicaba a insultar y a decirles a todos los que se encontraban a su alrededor, que eran unos estirados y que tenían que aprender, que tenían que aprender a estar preparados para cuando llegara el golpe. Evidentemente se refería al golpe del destino, ese que en un instante puede arrasar las más sólidas fortalezas sin dejar de ellas ni rastro.
Con frecuencia se olvida, que la característica más sobresaliente de la vida que lleva el hombre contemporáneo es la fragilidad, pues cualquier suceso, por trivial que sea, puede llegar a desestabilizar todo lo que ha tardado años y años en construirse, y más en la actualidad, cuando la norteamericanización de nuestras sociedades y de nuestra cultura, es más que una realidad. Cuando toda la estabilidad que se llega a conseguir se asienta sobre lo material y sobre la posición social que se ocupa, nada bueno se puede esperar, pues entonces todo estará supeditado, a una multitud de variables que en ningún momento se pueden llegar a controlar, por la sencilla razón, de que se encuentran fuera de nuestro control. Convertir lo que se tiene en el eje sobre el que gira la existencia de cada cual, como suele ocurrir en nuestros días, es un grave error, que sin duda alguna, se tendrá que pagar tarde o temprano, y no precisamente en cómodas mensualidades. En cualquier momento puede llegar ese golpe que nos deje a la intemperie, siendo entonces, cuando se comprende que existen cosas importantes y cosas esenciales.
El relato está bien articulado, logrando el autor que se pueda leer con facilidad, al tiempo que consigue que el lector se mantenga en todo momento atento, pues sabe que en cualquier instante puede saltar la liebre, que consiga con su sola presencia, iluminar lo esencial del mismo. El punto oscuro de la narración, se puede encontrar, cuando en una conversación entre los dos protagonistas, Cheever de forma explícita e innecesaria, revela la clave secreta del relato, algo que desde mi punto de vista, no es más que una concesión al lector, pues es éste, el que por sus propios medios tiene la obligación de encontrarla.

Jueves, 31 de enero de 2008

viernes, 8 de febrero de 2008

Foe

LECTURAS
(elo.108)

FOE
J.M. Coetzee
Alfaguara, 1.986


De las novelas que hasta ahora he leído de Coetzee, con toda seguridad, “Foe” es la más endeble, la que menos ha conseguido captar mi atención, aunque tengo que reconocer, que el novelista sudafricano, también en esta ocasión, como no podía ser de otra forma, sitúa su objetivo demasiado alto. Me extrañaba, como alguien me comentó ayer, que Coetzee se limitara únicamente a realizar un palimpsesto de la novela de Defoe, que esta obra sólo fuera un ejercicio literario, sin otra aspiración que la de mostrar otra versión de Robisón Crusoe, y me parecía extraño, pues tal posibilidad no encajaba en la visión literaria que sobre él mantengo. No podía ni tan siquiera imaginar, que se dedicara a perder el tiempo con un divertimiento sin más, pues sus obras, al menos las que conozco, siempre se han singularizado por ir más allá, como tiene que ser, de las propias historias que narraba. Y efectivamente no me equivocaba, pues “Foe”, ante todo, es una reflexión sobre la literatura, una reflexión sobre la relación que en todo momento mantiene ésta con la realidad y con la imaginación del autor.
La novela, en principio, efectivamente se basa en el clásico de Defoe, narrándose las peripecias de una mujer, que después de ser abandonada por la tripulación amotinada del barco en que viajaba, consigue llegar a una pequeña isla, habitada por dos individuos que también naufragaron en su día (curiosamente estos dos nuevos personajes tienen como nombre Cruso y Viernes). Al año, cuando consigue ser rescatada, busca a un escritor que le narre su historia, con la idea de que la novela que surgiera de tal relación, consiguiera sacarla de la pobreza en la que vivía. Pero el escritor, Foe, le comenta, que la historia en sí, carece de interés para los lectores, y que lo mejor para todos, es que esa historia fuera condimentada con otros elementos de ficción, o con otros episodios de la vida de la protagonista.
La novela, como toda novela, se puede leer de forma lineal, es decir, quedándose el lector sólo con la historia que se narra, para con suerte poder disfrutar con ella, que es el primer estadio, o escalón que tiene que superar toda buena obra literaria. En este apartado, pese a su calidad estilística, muy alta por cierto, se podría decir que la novela no llega a “enganchar”, y no lo hace, posiblemente por el excesivo encorsetamiento estilístico que impone el autor, que en ningún momento deja que la historia fluya con naturalidad. Es una narración perfectamente estructurada, tan estructurada que los diversos personajes de la misma, aparecen aprisionados en ella, hecho que le quita vitalidad a la obra, al crearse una distancia casi insalvable entre el texto y el lector, que en ningún momento queda atrapado por la trama. Se podría decir para desarticular el planteamiento anterior, que cada novelista, cada autor, posee un determinado lector, y que Coetzee tiene los suyos, que no se caracterizan precisamente, por buscar esa simbiosis con los personajes, al creer aquellos, que lo importante de la narrativa del sudafricano, no radica ni en los personajes ni en la actividad de éstos, sino en su calidad narrativa. Resulta evidente que a Coetzee no se lee para pasar con él un buen rato, pues la aridez de sus historias lo impide, sino para degustar su narrativa y para reflexionar sobre sus tramas, que casi siempre son parábolas que incitan, a eso tan extraño en nuestros días como es pensar. Pero en esta ocasión, sus lectores pueden quedar desilusionados, pues a la novela le falta esa fuerza de atracción, que sin duda poseen otras obras suyas, lo que la convierte, dentro del nivel que poseen todas sus creaciones, en una obra menor.
No obstante, como toda novela que aspire a ser algo más que un mero producto de consumo, es decir, como toda novela que desee asentarse en ese territorio que se denomina literatura, al que no llega, ni mucho menos, todo lo que se escribe y se etiqueta con ese calificativo, “Foe” también tiene un segundo plano en el que se invita a deliberar sobre un tema, en este caso, sobre la relación de la literatura con la realidad. Este hecho, es en mi opinión, lo que justifica y le aporta sentido a la obra, lo que la aleja de ser una novela gratuita, como la mayoría de las que se editan en la actualidad. Coetzee se pregunta, si la realidad, por muy sorprendente que ésta llegue a ser, puede ser novelada sin que intervengan elementos de ficción, y dice que no. La realidad con toda su riqueza, en literatura, cuando se muestra tal y como es, ni siquiera cuando se narra el excepcional caso de un naufragio, consigue llamar la atención del lector, a no ser, que se aderece de forma adecuada. El lector en todo momento, busca en la novela lo inusitado, lo que difícilmente puede encontrar en la cotidianidad que lo envuelve, porque lo que desea hallar es la realidad llevada a sus últimos extremos, aquella que no puede disfrutar. El novelista tiene que saber esto, por lo que en sus historias, por muy realistas que lleguen a ser, por muy verídicas que sean, debe invertir gotas de su imaginación, aunque sólo sea para tratar de atraer a ese individuo, que casi siempre se muestra remiso a perder el tiempo con un libro. La imaginación del autor, su inventiva, es lo que seduce y atrae, aquello que consigue atrapar y hacer del lector que se zambulla en la historia que se le cuenta, aunque ésta, en el fondo sea de una banalidad extrema.
“Foe”, no es por tanto una novela que uno pueda recomendar a alguien que desee disfrutar con la buena literatura, pues en cierto sentido se podría decir que es una obra fallida, auque creo, que puede resultar interesante, para todos aquellos que deseen conocer la forma de entender la literatura de Coetzee.

Miércoles, 30 de enero de 2.008

domingo, 27 de enero de 2008

Trópico de cáncer

LECTURAS
(elo.107)

TRÓPICO DE CÁNCER
Henry Miller
Castalia, 1.934

“Trópico de cáncer” siempre ha sido una de mis novelas míticas, la leí en plena adolescencia, y tengo que reconocer, que estalló entre mis manos. Desde entonces, la he recomendado en infinidad de ocasiones, pero de forma curiosa, nunca pude realizar, a pesar de haberlo intentado en varias ocasiones, una relectura de la misma. No me ocurrió lo mismo ni con “Madame Bovary” ni con “Crimen y castigo”, obras que he visitado con cierta frecuencia, sin tener que abandonarlas en la página cincuenta, como invariablemente me ocurría con la de Miller. Ahora, aprovechando una ocasión propicia, y después de vencer ciertas reticencias, he conseguido volverla a leer y los resultados han sido contradictorios, pues en esta ocasión, la novela, y ésto creo que es importante, ni tan siquiera ha logrado perturbarme, y eso después de comprender, que su calidad literaria sigue estando muy por encima de la media.
En principio, después de los resultados de la lectura, podría afirmar, lo que siempre es una excusa socorrida, que el tiempo no perdona y que la obra del norteamericano ha envejecido, o lo que es más seguro, que el lector que fui ya no existe, al igual que tampoco existe la forma que tenía de entender el mundo a los diecisiete años. Pero estoy convencido, a pesar de que las dos proposiciones anteriores son ciertas, que el problema es otro, a saber, que pese a la seriedad con la que se presenta, “Trópico de cáncer” es una obra para adolescentes, de la misma forma que lo pueden ser “Siddhartha” o “El lobo estepario” de Herman Hesse. Esta afirmación, que puede resultar chocante o incluso gratuita, la baso en el hecho, de que los discursos de Miller, que abundan a lo largo de toda la narración, y que con diferencia son lo peor de la misma, resultan inasumibles, por su ingenuidad, para cualquiera que haya pasado de los cuarenta. Apestan a Whitman y al más accesible de los diferentes Nietzsche existentes (el peor), a esos dos autores que tanto se leían, en esos lejanos tiempos, en que aún se creía en la cuadratura del círculo, en que todo podía cuadrar a la perfección.
La obra nace, según parece, de su experiencia en París, ciudad a la que llega huyendo de la Gran Depresión, y en donde tiene que soportar una miseria casi absoluta, durmiendo bajo los puentes y comiendo gracias a lo poco que sus amigos le podían aportar. Por tanto, es una narración casi biográfica, en donde desde esa pobreza extrema, se canta a la pureza, a la pureza del hombre libre de servidumbres, a la del arte con mayúsculas, ese que rompe con las imposiciones impuestas por las modas y por los gustos culturales de las clases acomodadas, en donde se intenta dar un golpe sobre la mesa, para reivindicar que otra vida puede resultar posible. Pero la pureza no existe, es sólo un sueño de la razón, o de la desesperación, una pesadilla, que ha conseguido hacerle la vida imposible a muchos.
“Trópico de cáncer”, en muchos momentos puede resultar una narración deslavazada, pues en un principio, cuesta trabajo encontrar el hilo al que se van agarrando todas las partes de la misma, pues ante todo es un compendio de episodios, ninguno interesantes en sí, que van reflejando la vida del protagonista, o mejor dicho, la vida de los amigos del protagonista, pues la existencia de éste, casi en ningún momento llega a mostrarse de forma diáfana. La fuerza de la obra de Miller, que a pesar de lo anterior la tiene, se encuentra, que duda cabe, en su método narrativo, en su estilo rupturita y revolucionario, mucho más que en las ideas que intenta propagar, que ya se encontraban ahí, antes que él se apropiase de ellas. Esa forma de narrar, directa y casi siempre abrupta, en donde de vez en cuando aparece, cuando menos se espera, un lirismo casi sobrecogedor, es lo que hace del primer Trópico una obra singular, una obra que sin duda, merece estar, a pesar de sus defectos, en un lugar destacado de la historia de la literatura. Pero ese lugar lo consigue, en parte, por la cantidad de puertas que logró abrir, por los caminos hacia los que señaló y que otros siguieron con mayor o menor fortuna, pues lo que nadie le puede discutir al norteamericano, es su valentía por adentrarse en unos territorios hasta entonces ignotos, y vedados por los dictados de la literatura y de la moral dominante.
Me ha resultado curioso, que en estos momentos, tantos años después de que Miller creara su obra emblemática, algunos, sin nombrarlo, quieran reivindicar lo esencial de su método narrativo, con objeto de liberar definitivamente a la novela, de la sempiterna crisis que la mantiene en buena medida colapsada. Se habla de que lo importante, más que las tramas o las historias, es el estilo, de que hay que buscar un estilo que no se subordine a los argumentos, ya que estos, han dejado de ser interesantes en la literatura, al existir en la actualidad, otros instrumentos más apropiados para poder desarrollarlos. Todo me parece bien, pero lo que no se puede a estas alturas, es caer en los mismos errores de Miller, pues tan deficiente es una novela que potencia la historia eclipsando el estilo empleado como lo contrario, pues lo importante, es conseguir ese punto intermedio, en donde tanto el argumento como el método empleado para exponerlo, consigan potenciarse entre sí, para intentar avanzar hacia nuevas formas narrativas, más acordes con la realidad a la que tiene que enfrentarse el ser humano actual.

Jueves, 24 de enero de 2008

viernes, 25 de enero de 2008

Anotaciones sobre un texto de Raffaele Simone

ACERCAMIENTOS
(elo.106)

Anotaciones sobre un texto de Raffaele Simone


A la pregunta que plantea el autor del trabajo, con toda seguridad hay que responder afirmativamente, y decir, sin dudar en ningún momento, que el mundo, o mejor dicho el ser humano con relación a la realidad que le envuelve, es y siempre ha sido de derechas, pero que gracias a ese hecho incuestionable, la izquierda en todo momento ha sido necesaria. La realidad es lo más parecido que existe a una selva primigenia, en donde los más fuertes, o los mejor dotados tienen todas las de ganar, lo que obliga a una racionalización de la misma, que sólo lo que conocemos por izquierda puede llevar a cabo. La izquierda puede ser definida como un proyecto que aspira a la racionalización de la convivencia, con la intención de hacer frente a la tiranía de lo natural, que envenena y desnaturaliza dicha convivencia. Lo curioso del caso, y a pesar de la necesidad de la misma, que la izquierda atraviesa en nuestros días una importante crisis, que para algunos, para muchos, representa el principio de su fin. Lo grave, lo que realmente debería preocupar, es que esa crisis no afecta sólo a la izquierda política, sino también a la izquierda social, a lo que Simone denomina el pueblo de la izquierda.
Partiendo de la base de que mientras exista un mínimo interés por la justicia la izquierda nunca desaparecerá, es conveniente analizar las causas que han propiciado y están potenciando dicha crisis, pues con toda seguridad, si tal ejercicio se lleva a acabo con un mínimo de honestidad, la visión que sobre el tema se tenía, mejorará de forma considerable. No hay duda de que la izquierda política, al menos en Occidente, atraviesa una importante crisis, una crisis que se origina, digan lo que digan, con antelación al desmoronamiento del Imperio Soviético. Con una simplicidad extrema, insultante, desde hace tiempo se quiere asociar la idea de izquierda con la del comunismo, obviándose que dentro de la misma, siempre han convivido diferentes familias cuya coexistencia casi nunca ha sido pacífica. Al adherir zafiamente izquierda con comunismo, se quiere hacer llegar a la opinión pública, de forma sibilina, la idea de que el fracaso del comunismo representa al mismo tiempo el fracaso de la izquierda, descalificándose a ésta por entero. Esta estrategia, a pesar de que ha dado sus frutos, parte de un presupuesto erróneo y que es necesario desmantelar, a saber, que la izquierda es enemiga de la libertad, ya que ésta, sólo puede ser defendida por la derecha. La libertad es el gran dogma de la derecha, lo que según ella, en todo momento hay que defender pues es lo que al hombre hace hombre, lo que le aporta la dignidad que lo convierte en ser humano.
El gran acierto del neoliberalismo y de la nueva derecha ha sido imponer como eje central de la existencia humana el término libertad, y en autocalificarse como abanderados de la misma, dejando de esta forma a la izquierda fuera de juego, extraviada en sus cuitas, al no haber sabido responder ésta, posiblemente porque no ha tenido fuerzas para ello, a un movimiento tan malintencionado. La perversidad del argumento es tan evidente que se cae por su propio peso, pues la libertad sin más, que es la que se adora en estos tiempos, no es más que una entelequia, un ídolo de barro que sólo sirve para que defequen sobre él las palomas. La libertad que se esgrime y que se defiende, es una libertad intangible, de superestructuras, que se disuelve como un azucarillo cuando toma tierra, en el preciso momento en que el ciudadano corriente quiere hacer uso de ella. Es una libertad de vitrina, para enseñar a las visitas pero a la que no se puede acceder, siendo para la gran mayoría, sólo la posibilidad de poder elegir entre una multitud informe de productos de consumo, que imaginamos, dependiendo de la elección que hagamos, nos harán diferentes. La nueva derecha, por tanto, alardea de ser la garante de esa libertad y se le llena la boca vocalizando sus sílabas, mientras observa con satisfacción, como se demuelen las estructuras que aspiraban a detener el avance de la naturaleza, mientras que una parte la izquierda, cae en la trampa que se le tenía preparada, alzando también la bandera de esa libertad sin adjetivos, de esa libertad hueca y estéril.
Sí, cierta izquierda, la que en un comentario anterior califiqué de colaboracionista, se ata al carro de esa nueva derecha, convencida que la mayoría de sus planteamientos anteriores carecían de sentido, y que la única lógica posible, consiste en la aceptación de las reglas de juego impuestas por los ideólogos del neoliberalismo, que no son otras, que la desregularización de todos los mecanismo de intermediación existentes, con objeto, dicen, de que la libertad no encuentre obstáculos en su correcto deambular. Esa izquierda desde hace ya bastante tiempo, sólo aspira a gestionar los asuntos públicos, sirviendo de coartada a la derecha, ya que su existencia le permite una cierta oxigenación, singularizándose sólo por apostar por determinadas medidas estéticas sobre todo en asuntos sociales, pero absteniéndose siempre de meter la mano en lo importante. Esta izquierda o pseudoizquierda, que alguien denominó hace poco como izquierda de peluquería, tiene una función esencial en el actual sistema político, la de justificar y legitimar al mismo ante una opinión pública cada día más desorientada, que llega a comprender, que da igual apoyar a una opción que a otra, pues en el fondo todo seguirá igual, lo que consigue, matando dos pájaros de un tiro, alejar a la ciudadanía de la política.
La izquierda, tiene razón Simone, frente a una derecha reluciente y satisfecha, presenta un aspecto polvoriento, lo que no le beneficia en nada, pues siempre, en sus momentos de esplendor, se ha caracterizado por estar en primera línea, aportando soluciones, pero sobre todo, llevando la esperanza a los que siempre han carecido de ella. Esa izquierda temblorosa, polvorienta y desorientada poco tiene que hacer si sigue como hasta ahora, a no ser que su estrategia cambie de forma radical, y que de nuevo, con nuevos bríos y con nuevos planeamientos, se coloque en la vanguardia de la sociedad. Su primer objetivo no puede ser otro, que el de desmontar el mito de la libertad, haciendo comprender que la libertad sin justicia sólo es una fantasía de los que aún creen, de forma malintencionada o no, en la innata bondad de los seres humanos. La libertad no puede seguir siendo el eje sobre el que se articulen y graviten nuestras sociedades, pues los costes sociales y medioambientales que se están produciendo, pueden desembocar en una situación de no retorno.
Puede que los planteamientos de la derecha sean más naturales que los de la izquierda, ni lo niego ni deseo entrar en el asunto, pero sí estoy convencido, que la convivencia, que una convivencia pacífica y armónica es lo menos natural que puede existir, por ello, las cuestiones sociales nunca pueden estar en manos de la derecha, al necesitarse siempre medidas que restrinjan y articulen dichas dinámicas, de forma que, el reparto de las plusvalías sociales sea equitativo. Lo fácil, por tanto, es ser de derechas y dejarse llevar por las exigencias de los propios instintos, mientras que ser de izquierdas, en primer lugar significa hacer frente a esos instintos innatos que exigen la desaparición de todas las restricciones, para canalizarlos a través de unas serie de normas, de mandamientos éticos, todos ellos estructurados bajo la consigna, de que lo importante es el bien de la comunidad.

Jueves, 17 de enero de 2008

jueves, 24 de enero de 2008

La carretera

LECTURAS
(elo,105)

LA CARRETERA
Cormac McCarthy
Mondadori, 2.006


En primer lugar, para desde el inicio dejar las cosas claras, tengo que admitir, que “La carretera”, es una de las mejores novelas que he leído en los últimos meses, y lo es por varias razones, entre las que destacan la voluntad de estilo que hay en ella, y el acierto en el tono empleado por el autor, para transmitir la sensación de desolación que anega toda la obra. A lo anterior, se añade un contenido moral, que aunque discutible, aporta a la novela de McCarthy, la justificación que necesita para ser algo más que un mero producto comercial al uso, lo que para empezar no es poco. Se podría decir (esta vergonzosa manía de reducirlo todo a dos variables siempre resulta recurrente), que existen dos tipos de novelas, la burguesa, que es aquella que en todo momento va tirando del lector, que encuentra a su más claro exponente en la literatura contemporánea norteamericana en Philip Roth, (sobre todo en sus obras más sobresalientes), y la poética, que por el contrario, es la que exige al lector un esfuerzo adicional para que éste, pueda sacarle a dichas creaciones, el jugo que atesoran y que casi siempre esconden. Son dos formas diferentes de afrontar la literatura, la que sin problemas se muestra y la que hay que descubrir, siendo ambas, sobre todo cuando se realizan desde el compromiso con la literatura, con la literatura de calidad, igualmente válidas, aunque poseen una accesibilidad diferente. “La carretera” pertenece al segundo grupo, siendo éste posiblemente el motivo, por el que el lector, sienta cierta reticencia a enfrentarse con ella, pues siempre es más fácil leer otro tipo de novelas, por ejemplo una de esas, que pese a su calidad, uno pueda abandonar sobre la mesita de noche, para recomenzarla a la semana siguiente, sin que por ello olvide nada importante de la misma. Para colmo, ese mismo lector, si realmente le interesa, puede reencontrarse gracias a esta novela, con la rama disidente de la cultura norteamericana, la que a pesar de vivir eclipsada y casi aplastada por el magnetismo y la vitalidad de la mayoritaria, de vez en cuando, con dificultad, logra transmitir alguna señal que nos hace comprender, que aún, en contra de lo que pudiera pensarse, sigue palpitando y señalando hacia una realidad diferente, siempre alejada de la publicitada desde todos los ángulos.
“La carretera”, en fin, es una novela poética que se centra en la desolación de un mundo destruido, posiblemente a causa de un cataclismo natural (en ningún momento se habla de lo acaecido), en donde los pocos seres humanos que a duras penas han logrado sobrevivir, tratan por todos los medios de seguir con vida, aunque para ello tengan que recurrir a las mayores atrocidades. La obra se centra en dos personajes, en un padre y su hijo, que caminan sin descanso en busca de la costa, rodeados y acompañados por la destrucción, con la esperanza, de que allí al menos, pudiera ser posible la vida. Después de innumerables penalidades consiguen llegar al mar, en donde observan, “que también el mar es un inmenso sepulcro de sal”. A consecuencia de un altercado, aunque también por el cansancio acumulado, el padre muere, pero el niño, de forma sorprendente, es recogido por una familia que le ofrece protección. El método narrativo empleado por el autor sin duda es singular, pues la novela está compuesta por innumerables pequeños capítulos (difícilmente alguno llega a ocupar una página), gracias a los cuales se va formando una atmósfera en donde todo parece vacilante, lo que cuadra a la perfección con la estabilidad desaparecida y en todo momento añorada.
Pero ¿De qué nos quiere hablar McCarthy? ¿Qué desea transmitir con su extraña obra? Ésta posiblemente sea la pregunta clave, pues esta novela no puede cerrarse sin más, pues todo el que se haya asomada a ella, comprende que algo se oculta agazapado detrás de su desolada prosa, sobre todo después de leer su sorprendente final. Tras un primer acercamiento, se podría decir, que se trata de una peregrinación, de una peregrinación sin duda religiosa, pues aunque no se diga en ningún momento, los dos personajes caminan hacia la esperanza portando la luz (esto si se dice, al menos el niño es lo que cree) de un mundo desaparecido. Y caminan hacia la costa, hacia el mar, hacia el lugar en donde la tierra termina, lo que puede significar, que desean asomarse a la inmensidad, en donde sin duda, si es que realmente existe, habita Dios. La salvación del niño, aporta a la novela un cariz diferente, un tufillo religioso ciertamente irrespirable e incomprensible para todos aquellos, que no comprendan la base ideológica sobre la que se asienta toda la cultura norteamericana (todas las culturas de ese inmenso país). Para McCarthy la salvación y el futuro de la humanidad se encuentra en la niñez, y como un buen redentorista, parece que apuesta (es un decir) por una destrucción casi absoluta y tonificante (había fuego por todas partes), que consiguiera liberar definitivamente al hombre de sus miserias, abriéndole la posibilidad de un futuro diferente.
Curiosa novela que hace comprender que existen otras formas de entender la literatura, que convierten a ésta, o pueden hacer de ésta, en algo que en determinadas ocasiones, vaya más allá del mero entretenimiento.

Miércoles, 16 de enero de 2008

sábado, 19 de enero de 2008

Esperando a los bárbaros

LECTURAS
(elo.104)

ESPERANDO A LOS BÁRBAROS
J.M. Coetzee
Mondadori, 1.980

El objetivo de todo sistema político, da igual la fisonomía ideológica que posea, y se diga lo que se diga, es perpetuarse en el poder, para lo que utiliza todas las estrategias a su alcance, sean éstas, moralmente aceptables o no. En ocasiones, el respeto a la norma, a una serie de códigos bendecidos por todos, puede ser lo habitual, sobre todo cuando los vientos son favorables, pero en otras, cuando aparecen nubarrones sobre el horizonte, el estado de excepción, con todo lo que ello implica, se convierte en la única herramienta a su alcance. Pero lo que nunca hay que olvidar, y se olvida con demasiada frecuencia, es que ambas estrategias son las dos caras de una misma moneda, que aspiran, a que todo quede bajo control, a que nada, absolutamente nada, se mantenga al margen de las directrices diseñadas. Coetzee lo sabe, y también sabe, que lo que más fortalece a un determinado régimen, es la existencia de un enemigo exterior, de un otro, que pueda tener la virtud, sea cierto o no, de poner en peligro con su sola presencia, los valores esgrimidos y acariciados por aquél.
Después de leer esta magnífica novela, escrita bajo una tonalidad grisácea, que consigue dejar en el paladar del lector el amargo y polvoriento aroma de los paisajes que describe, comprendo que el autor de la misma, nunca pudiera ser considerado por el régimen segregacionista sudafricano como uno de los suyos, pues la parábola que desarrolla, es una feroz crítica a dicho sistema. Al grito de “nosotros somos la civilización” se han cometido innumerables atentados contra la humanidad, multitud de genocidios, mayores y pequeños, que siempre han escondido detrás de sus incendiarias proclamas, el miedo a la propia desaparición. Exterminar al contrario, expulsarlo o reducirlo a su mínima expresión, siempre ha sido lo fácil, ya que lo otro, apostar por la convivencia, por una interrelación gratificante y enriquecedora, además de trabajoso, suele traer consigo, la posibilidad de que los pilares básicos sobre los que uno se asienta, lleguen a tambalearse. Aunque se afirme con demasiada frecuencia que la libertad es la máxima aspiración del ser humano, la historia demuestra, aunque también los tratados de psicología y psicopatología, que es la seguridad lo que en el fondo más se necesita, aquello por lo que más se lucha, pues ella es lo que hace posible esa mínima armonía, que tanto se requiere para desarrollar una existencia aceptable. Los regímenes políticos son conscientes de ello, pero también, los individuos que bajo los mismos se protegen, lo que inevitablemente conduce, cuando la situación lo propicia, a un hermético enroque, que dibuja fronteras inaccesibles, pero de una claridad meridiana, que separan lo propio de lo ajeno. Pero vivir encerrados en uno mismo no conduce a ningún sitio, sólo al miedo permanente, y a esa intranquilidad insoportable de tener que estar subrayando constantemente lo propio, pues en el fondo se sabe, que la fortaleza en que se habita, en donde con toda seguridad se asienta la civilización, no podrá resistir de forma permanente las arremetidas de los otros.
Coetzee describe en la novela una fortaleza fronteriza, en donde la existencia siempre resultó apacible, entre otras razones, porque sus puertas se encontraban abiertas, lo que posibilitaba la relación entre los que se encontraban dentro de la misma y los que vivían en el exterior. Pero al cerrarse las puertas todo se enturbia y se enquista, surgiendo el miedo y las penurias, y todo, por intentar encontrar la seguridad en el aislamiento, en darle la espalda al diferente, que como en una novela anterior dejó claro el propio Coetzee, siempre llega a necesitarse. Frente a la cerrazón y al dogmatismo de los que están convencidos que la realidad sólo puede observarse desde un solo prima, el propio, el autor dibuja a un personaje que se enfrenta a ese discurso, el viejo magistrado de la fortaleza, y esa actitud le conduce a ser vejado y calumniado por casi todos.
“Esperando a los bárbaros” no puede circunscribirse sólo a la realidad sudafricana, pues en los tiempos que padecemos, en donde Occidente trata de blindarse al exterior, la novela toma fuerza e invita a la reflexión, lo que siempre debe ser el objetivo último de toda creación artística. Me quedo con una frase del magistrado que creo sintomática, y no sólo de su actitud a lo largo del desarrollo de la obra, pues creo, que es, o que debería ser, el planteamiento que hay que mantener en estos tiempos revueltos, en donde el multiculturalismo (ese nuevo racismo que se nos quiere vender) se presenta como la panacea a todos los males sociales, a saber, “el Imperio no exige que las personas que viven en él se amen mutuamente, sólo que cada cual cumpla con su obligación”, auténtico republicanismo. Sí, porque el republicanismo, o el jacobinismo, tan denostado en la actualidad y que la izquierda debería reivindicar ahora más que nunca, lo único que exige a la ciudadanía es el respeto a las normas de juego, es decir, a las leyes, ya que todo lo demás, el color de la piel, la cultura o la religión que se procese, nada tiene que ver con la convivencia cotidiana.
Posiblemente, y para terminar, lo más interesante de la novela de Coetzee, sea su calidad sostenida, lo que resulta muy difícil de conseguir, pues aunque carece de momentos estelares, éstos, en ningún momento se echan en falta.

Viernes, 11 de enero de 2008

jueves, 17 de enero de 2008

Vida y época de Michael K.

LECTURAS
(elo.103)

VIDA Y ÉPOCA DE MICHAEL K.
J.M.Coetzee
Alfaguara, 1.983

Extraña novela ésta de Coetzee, que podría definirse como oscura y esotérica, de difícil acceso, en donde su significado último, no se encuentra al alcance de cualquiera, en el supuesto caso, de que éste sea, captar lo que el autor haya querido comunicar, el objetivo de cualquier lectura. Parece evidente que se trata de una parábola, pero el trasfondo de la misma, parece esconderse en los meandros de la propia narración, en la aridez de los paisajes y de los personajes. ¿Qué nos quiere decir Coetzee? Esta es la pregunta que de forma constante se realiza el lector mientras acompaña al protagonista en sus desventuras, sin poder señalar con claridad hacia ningún lugar concreto. La desolación impregna toda la obra, y también la desesperanza, no apareciendo otra salida, que la vuelta a los orígenes, que se encuentra en la unión del hombre con la naturaleza. Una Sudáfrica en llamas, en eterna guerra, en donde un individuo marginal, insignificante, intenta encontrar un lugar apartado de todo en donde poder vivir. Ese lugar lo encuentra en pleno desierto, en una finca abandonada en donde vive como un animal, de lo que la propia naturaleza le va proporcionando. ¿Esta es la solución que el autor aporta al conflicto sudafricano? ¿Ante los abusos, ante la decadencia de una sociedad cerrada y xenófoba, la vuelta a los orígenes? Creo que sí, que Coetzee, ante la desesperación con la que observa la realidad de su país, opta, al verse impotente ante la misma, precisamente por eso, por una vuelta a los orígenes, en donde el hombre y la naturaleza vuelvan a vivir en perfecta simbiosis, lejos de las mentiras que ese mismo hombre ha ido creando con el tiempo, mentiras y creencias, que hacen inviable la existencia, al menos una existencia dotada de la dignidad suficiente, como para poder ser afrontada.
La novela está escrita en tercera persona, mostrando el narrador a alguien que busca encontrar esa dignidad en las pequeñas cosas, a un perdedor, que trata de hallar un hueco en el mundo en donde poder sobrevivir, aunque éste se encuentre apartado de todo y de todos. Ese alguien, el protagonista, K., parece que ha llegado a la conclusión, de que la sociedad no le puede aportar nada, salvo exclusión, por lo que trata de localizar ese lugar en donde poder ser minimamente feliz. La obra está dividida en tres capítulos, siendo el segundo una especie de paréntesis, pues está escrito en primera persona, siendo la voz que narra, no la del protagonista, sino la de un médico que trata a K., cuando éste se encuentra internado en una especie de campamento. Éste, desde un primer momento observa que K. es un individuo singular, diferente a todos, y diferente porque parecía vivir en otro mundo, apartado de la feroz vorágine que atenazaba a la sociedad sudafricana. Cuando el protagonista escapa, y se cierra el paréntesis del segundo capítulo, éste comprende, que en la ciudad en donde había habitado durante toda su vida no tiene futuro, soñando con volver al desolado desierto en donde al menos había creído encontrar algo diferente.
Novela desasosegante, extraña como dije en un principio, pero novela que se deja leer, y que hace comprender al lector, que Coetzee es un escritor diferente, de esos que en lugar de apostar por lo cómodo, por el aplauso fácil, prefiere encaminarse con su sobria prosa, que siempre se encuentra al servicio de las historias que presenta, por los senderos intrincados de sus preocupaciones y obsesiones, lo que siempre es de agradecer, aunque ello implique, que muchas de sus obras, no lleguen a ser tan redondas como sin duda merecería su calidad literaria.

Viernes, 21 de diciembre de 2.007