miércoles, 16 de enero de 2008

En medio de ninguna parte

LECTURAS
(elo.102)


EN MEDIO DE NINGUNA PARTE
J.M. Coetzee
Mondadori, 1.976

Lo primero que tengo que decir, después de terminar esta sorprendente novela, es que Coetzee no es un escritor más, pues sin duda alguna, es uno de los grandes de la literatura actual, y eso a pesar, de la valoración que se llegue a realizar de la presente obra. Y digo esto, porque en muchas ocasiones, hay que fijarse más en la ambición que se pone en un determinado proyecto, que en el resultado final del mismo, ya que sólo los diferentes, los individuos singulares, trabajen donde trabajen, se suelen fijan metas difíciles de alcanzar, lo que llama la atención en un mundo, en donde en la mayoría de las ocasiones, a lo único que se aspira, es a atajar, de la mejor manera posible, lo que va saliendo al paso. El sudafricano, como en esta ocasión demuestra, intenta por el camino más difícil, a sabiendas de que no todos podrán seguirlo, presentar una historia que de otro modo, con toda seguridad, no llegaría a llamar tanto la atención.
Tengo que reconocer, que cuando terminé la novela, me encontré desorientado, pues estaba seguro que había algo en la historia que no cuadraba, a saber, el doble asesinato del padre, lo que en principio atribuí, a que algo fundamental se me había escapado de la lectura, pero no, ese aparente error, como después comprendí, era precisamente lo que le daba fuerza a la misma. Coetzee pinta un escenario desolado, una pequeña hacienda en medio de una zona semidesértica de la Sudáfrica profunda, en donde vivían un padre y una hija, cuya relación era similar al paisaje que les rodeaba. Ella, la hija, por celos y rabia, con un hacha, mata a su padre y a la mujer con el que éste se había casado recientemente, comprendiendo en ese mismo instante, que para deshacerse de los cadáveres iba a necesitar ayuda. A partir de ese instante, sin ningún tipo de explicación ni interrupción, aparece de nuevo el padre en escena para encapricharse de la mujer de su aparcero. Magda, también por celos y rabia, mata de un disparo a su padre con la escopeta familiar, necesitando también la ayuda de otra persona para solventar la situación. El problema, es que esa ayuda sólo se la podía prestar alguien que no perteneciera de su mundo, su aparcero, un negro que llega a violarla repetidamente y al que se entrega. Como no podía ser de otra forma es abandonada con posterioridad, quedando en la soledad más absoluta, llegando con el tiempo a la locura.
La soledad, el desarraigo, la desubicación, son sensaciones que el lector, va masticando en cada una de las frases de la novela, lo que va creando una desasosegante congoja, que lo mantiene en tensión durante todo el relato. A esto ayuda, que duda cabe, la estructura impuesta por el autor, que en lugar de articular un texto lineal, elige para mostrar lo que desea contar, las entradas del diario de la protagonista, lo que quiere decir, que toda la historia está focalizada desde Magda. Este es, en mi opinión, el aspecto más endeble de la obra, aunque estoy convencido que para otros, será el más destacado. Soy de los que estiman, aunque constantemente se hable de ese pacto tácito que todo buen autor tiene que establecer con sus lectores, que la voz de los protagonistas, debe adaptarse a las circunstancias personales que lo envuelven, lo que significa, o debe significar, como en el caso presente, que una mujer que nunca ha cogido un libro (Magda en la obra ni lo coge ni habla de ellos en ningún momento) y que carece de una instrucción suficiente, no puede hablar, ni escribir en sus diarios, como si se tratara de una intelectual consagrada, utilizando conceptos que sólo están al alcance de unos pocos. Para colmo, en las últimas páginas del texto, cuando ya había sucumbido a la locura, sus anotaciones en el diario se mantienen inalterables, alejadas de la existencia real de su protagonista.
No obstante, como se puede comprobar en todos sus textos, Coetzee no es un escritor que se conforme con sólo contar una historia sin más, ya que sus obras poseen una altura y una pretensión moral, que en muchas ocasiones, incluso, trasciende y supera la calidad literaria de sus novelas. Sudáfrica, su país, es el objetivo de todas sus críticas, motivo por el cual, no es precisamente un profeta en su tierra. El segregacionismo y la xenofobia, o para no utilizar palabras que sólo sirven para ocultar o suavizar la realidad, el racismo sobre el que su país se ha construido a lo largo de su historia, se ha convertido en el tema de sus mejores novelas.
En ésta, que a pesar de lo que escribí más arriba es una novela absolutamente recomendable, habla de la soledad en la que vive el hombre blanco en Sudáfrica, soledad a la que ha llegado, gracias al enroque que se ha autoimpuesto en el tiempo, y que con toda seguridad, le conducirá a la locura y a la degeneración individual. Me ha llamado la atención, que en repetidas ocasiones, la protagonista de la obra reclame ayuda, ayuda que sólo puede recibirla de los otros, es decir, de la población negra, proponiendo Coetzee, quiero creer, que la única forma de salir de la situación que en ese momento se encontraba su país (hablamos de 1.976), y en la que en buena medida aún se encuentra, pasaba necesariamente por la cooperación absoluta y solidaria entre todos los ciudadanos que conviven, o intentan convivir en dicho país.

Miércoles, 5 de diciembre de 2.007

viernes, 11 de enero de 2008

La amante de Bolzano

LECTURAS
(elo.101)


LA AMATE DE BOLZANO
Sándor Márai
Salamandra, 1.941

Todas la obras de Márai tienen la facultad de invitar a la reflexión, pues el húngaro posee la virtud, de apostar siempre, en contra de lo que hoy se hace, por ese tipo de cuestiones, que en ningún momento han dejado de preocupar al ser humano. Sus temáticas son atemporales, lo que en el fondo significa, que hablan de lo que a todos nos interesa, siendo ésta, posiblemente, la causa última de su enorme éxito. El amor, la amistad, o como en esta ocasión, la necesidad de ser coherente con el destino que a cada cual le ha tocado en suerte, son asuntos que a nadie puede dejar indiferente, y si lo anterior se adoba con un estilo premoderno, siempre sugestivo, en todo momento elegante, hacen que sus obras sean pequeñas joyas literarias con las que poder disfrutar. El prestigio que posee en estos momentos Márai, posiblemente se deba, a que sus obras, son extraños aerolitos que han caído sobre el panorama literario actual, pues su singularidad, contrasta de forma radical, con todo lo que estamos acostumbrados a leer, en donde lo que predominan son los temas insustanciales, presentados, en casi todas las ocasiones, mediante un lenguaje estandarizado, sólo en contadas ocasiones consigue entusiasmar al lector.
Pero Márai, sobre todo cuando se han leído varios texto suyos, también presenta indudables limitaciones, y es que resulta bastante repetitivo, pues su estructura narrativa, trate el tema que trate, siempre es la misma, en donde la quietud de sus personajes trata de contrarrestarse con diálogos que toman la forma de monólogos, de monólogos a veces interminables, en donde el autor olvida, lo que desde mi punto de vista es imperdonable, que cada uno de sus personajes tiene que tener, para que sean creíbles, su propia voz. Sí, el húngaro filosofa a través de sus personajes, pero el lector atento puede observar, con el paso de las páginas, que al final todos acaban hablando igual, ya se trate de un civilizado aristócrata o de una semianalfabeta doncella, hecho que hay que anotar, frente a sus grandes aciertos, en el debe del autor.
No obstante, de vez en cuando, resulta interesante recalar en alguna obra suya, pues en ellas, se pueden observar virtudes a las que estamos desacostumbrados en nuestros días, como por ejemplo, la forma que tiene de mimar el lenguaje, y sobre todo, la voluntad que posee de afrontar, lo que de manera despectiva se denomina la novela de tesis. Sí, parece que se ha generalizado la opinión, de que las novelas deben tratar de contar historias sin más, contra más banales mejor, en donde el único objetivo que tenga que plantearse el autor, es el de intentar entretener y hacer disfrutar a sus lectores, lo que está conduciendo a la novela, como en numerosas ocasiones he repetido, a un callejón sin salida. La novela de tesis (horrible nombre), es la novela en sí, pues la novela, aunque se diga lo contrario, también es (yo diría que sobre todo), un instrumento de conocimiento, imprescindible para conocer tanto al ser humano como a la realidad que lo envuelve. Richard Ford lo dijo de forma magistral, “la novela observa lo inconmensurable, las cosas que no pueden observarse de otra manera”, ya que en muchas ocasiones, la razón, lo meramente conceptual, se estrella contra la vida, que suele superarla y desbordarla. Márai no tiene prejuicios al respecto, y una tras otra, articula sus novelas en torno a un tema, al que se va acercando poco a poco, siempre sirviéndose de los diálogos de sus personajes, hasta aportar su conclusión final, lo que siempre es de agradecer.
En esta ocasión, como apunté más arriba, el tema que aborda, es la necesidad de respetar el destino que a cada cual le ha correspondido, pues de tal hecho, depende en gran parte el grado de felicidad que se pueda alcanzar. Para afrontar el tema, de forma insospechada, pues sus novelas siempre se han desarrollado en su Hungría natal, Márai recurre a un personaje histórico, a Giacomo Casanova, que después de huir de la prisión en donde se encontraba recluido, en su Venecia natal, recala en Bolzano, en donde halla a la única mujer que cree haber amado en su vida. Después de interminables diálogos, Casanova renuncia a la “mujer de su vida”, “a la mujer verdadera” porque comprende que la felicidad radica en intentar ser fiel al destino que cada cual tiene impuesto, y que ese destino que le había tocado, sólo podía aportarle sufrimientos a la mujer que amaba.
“El amante de Bolzano” es una novela, como todas las de Márai que se deja leer con sosiego y gratitud, aunque peca de los errores característicos del autor. En esta ocasión, creo que la obra se viene abajo al final, pues la primera parte de la misma, posee una fortaleza indudable. Sólo con la aparición de Francesca, la Duquesa de Parma, la amada de Casanova, la novela comienza a desquebrajarse, pues independientemente a su forma de expresarse, inconcebible en una persona que acaba de aprender a escribir, no queda bien definida la pasión amorosa existente entre los dos protagonistas de la obra, dando la sensación, que la cuestión no ha sido trabajada con suficiencia por el autor.

Miércoles, 28 de noviembre de 2.007

viernes, 4 de enero de 2008

El hombre de los círculos azules

LECTURAS
(elo.100)

EL HOMBRE DE LOS CÍRCULOS AZULES
Fred Vargas
Punto de lectura, 1.996

Sí, como escribí hace algunos días, hay que saber en todo momento lo que se está leyendo, pues no es lo mismo, leer una novela de Pérez-Reverte, que otra de Bellow. Para intentar no errar demasiado con el disparo, hay que saber lo que se lee, ya que se pueden cometer injusticias, con respecto a las críticas que se lleven a cabo sobre determinadas obras, si no se comprende, que existen muchas formas de entender la literatura, pues la unidad tampoco existe en ella. Para simplificar, existe una literatura seria, que es la que se suele denominar de altura, y otra de entretenimiento, que sólo aspira a que el lector pase con ella un buen rato. Ni que decir tiene, que tanto en uno como en otro caso, existe buena y mala literatura, pues no basta con aspirar a crear obras serias para que éstas sean necesariamente buenas, al tiempo que, no todas las de evasión tienen que ser malas. En todos los géneros hay maestros y principiantes, magníficos artistas y artesanos, pero también, pésimos aspirantes a novelistas.
Por tanto, lo primero que hay que hacer cuando se abre una novela, es identificar el género al que pertenece, para poder, de esta forma, situarnos ante ella con la libertad que exige toda lectura. Cuando se habla de literatura de género, se apunta normalmente hacia la literatura de entretenimiento, lo que convierte a ésta, a diferencia de la otra, en una literatura menor, olvidándose, que para realizar, por ejemplo, una buena novela negra, hacen falta una serie de cualidades que no se encuentran al alcance del último recién llegado. Chandler o Hammett son cumbres demasiado altas, para que cualquiera que aspire escribir una novela de tales características pueda escalarlas. Existe una corriente de opinión bastante extendida, que estima, que para realizar una novela negra, sólo hay que seguir las pautas dejadas por los grandes maestros, y que lo demás, es coser y cantar, que basta sólo con crear un personaje duro, pero tierno al mismo tiempo, y presentar una historia lo suficientemente enrevesada y entretenida, que tenga la virtud de mantener en vilo al lector, olvidándose que todo lo anterior, a pesar de ser cierto, no resulta nada fácil de articular. A estas alturas, creo, que lo más importante para que una novela negra funcione, ante todo es la credibilidad que puedan tener la trama y los personajes de la misma, pues la mayoría de las que he leído últimamente, me saben a cartón piedra, no siendo más, por tanto, que ensayos fallidos, como si los autores, en lugar de crear novelas de entretenimiento, lo que quisieran es entretenerse ellos mismos con lo que escriben. En resumen, que incluso para la denominada novela menor hace falta tener talento, y que éste, como se sabe, tanto en literatura como en cualquier otra faceta humana, es un bien demasiado escaso, que sólo unos pocos pueden disfrutar.
Acompañada de excelentes críticas, lo que siempre se agradece, ha caído en mis manos “El hombre de los círculos azules”, obra de una novelista francesa, que al parece, tiene un considerable éxito en su exquisito país. La trama de la novela, una novela policíaca a la antigua usanza, se desarrolla en Paris, consistiendo la misma, en la complicada estrategia que un viejo profesor de historia pone en práctica para asesinar a su mujer, que después de haberse separado de él, amenazaba con publicitar su secreto, el de que sus libros, que poseían un relativo éxito entre los eruditos de la materia, en realidad eran escritos por ella. Ni que decir tiene, que en la obra aparece un singular policía que con dificultad, esclarece lo ocurrido, cuando todos creían que el asesino era otra persona.
La novela de Fred Vargas (extraño nombre para una francesa), ante todo es irregular, aunque hay que reconocer, que levanta un poco el vuelo al final, pero desde mi punto de vista, por diferentes cuestiones, no logra si tan siquiera un aprobado raso. En primer lugar diría, sobre todo en la primera parte de la novela, que el ritmo que impone la autora es tan vertiginoso, que impide al lector, por muy atento que esté, estar pendiente de la trama. Se afirma con demasiada frecuencia, que este tipo de novelas, necesariamente tienen que ser de lectura rápida, con lo que estoy de acuerdo, pero siempre y cuando, esa fluidez narrativa no oculte o dificulte el desarrollo de la historia, como ocurre en esta ocasión. En segundo lugar, y esto creo que es más grave, creo que todo el diseño desarrollado es demasiado enrevesado para ser creíble, que a pesar de que el asesino tenía motivos sobrados para deshacerse de su mujer, la estrategia empleada, bajo ningún concepto resulta verosímil. Se ha llegado a un extremo, en que parece, que quien realice la estructura argumental más compleja, es el que tiene más posibilidades de llevarse el gato al agua, olvidándose, que la vida, que la vida real, casi siempre ofrece más posibilidades que ese manierismo en el que determinados autores creen encontrar su árbol de la inspiración. Ese alejamiento de la vida, al que voluntariamente someten algunos creadores a la novela negra (como en su día apuntó Trapiello), es lo que está dejando sin interés a ésta, pues en un principio, aparte de buscar el entretenimiento de sus lectores, este género literario, también, lo que le aportaba vigor, era utilizado para analizar la sociedad en donde se desenvolvían sus protagonistas.
En fin, como se comprueba, la novela negra tiene que luchar contra el mismo enemigo que la literatura de altura, enemigo que no es otro, que la falta de ingenio de sus creadores. Tenía razón Javier Cercas cuando decía, que la crisis de la novela, de todo tipo de novela, no se debía al agotamiento de ésta, sino a la escasa capacidad creativa de los que, a pesar de todo, se denominan novelistas.

Viernes, 23 de noviembre de 2007

miércoles, 2 de enero de 2008

El mundo de ayer

LECTURAS
(elo.099)


El mundo de ayer
Stefan Zweig
Acantilado, 1.941

Una buena autobiografía, es aquella, que con precisión, logra delimitar la perspectiva vital del autor de la misma, la que rechazando la hojarasca, intenta sumergirse en lo esencial, con la intención de dejar al descubierto, la viga maestra sobre la que se sustenta el individuo que la firma. Una buena autobiografía, por tanto, no puede ser aquella, cuyo interés se centre, sólo en narrar de forma puntillosa, los diferentes avatares que acaecieron sobre su protagonista, sino la que en todo momento, intenta dejar al descubierto aquellas constantes que condicionaron su vida. Sí, todo ser humano posee una visión irrepetible e insustituible de la existencia, y ésta es la que interesa, la que puede aportar o enseñar algo a los demás, por tanto, toda autobiografía, y toda biografía, a lo que tiene que aspirar, sea cual sea el método que se utilice para ello, es a intentar mostrar eso que hace insustituible a cada uno de nosotros.
Stefan Zweig, en sus memorias, hace precisamente lo que hay que hacer, dejar a un lado todo lo accesorio, para exponer sus preocupaciones y anhelos, lo que en todo momento le interesó y le atormentó. Pero estas memorias tienen un importante valor añadido, pues la vida del escritor austriaco, se desarrolló durante un periodo histórico, en el que se desquebrajó el viejo mundo europeo (o para ser más precisos, centroeuropeo), asentado siempre en el orden y el equilibrio, para dar paso a un nuevo tiempo en donde todo se transforma de forma estrepitosa. Pero independientemente a lo anterior, el lector encuentra en este texto una magnífica obra literaria, pues la prosa de Zweig, posee tal calidad, que convierte todo lo que toca en literatura, en literatura de calidad. No suelo leer biografías, es un género que nunca me ha interesado, pero desde que leí las primeras páginas de “El mundo de ayer”, quedé seducido por la capacidad narrativa del autor, que con sumo cuidado, sin alzar la voz en ningún momento, ha conseguido que devore las quinientas páginas de sus memorias, dejándome una extraña sensación, la de haber disfrutado con una forma de escribir ya finiquitada, que se hace tiempo que no se practica, en donde un extraño equilibrio lo impregna todo, en fin, algo difícil de encontrar en la actualidad.
Una vez terminado el texto, delicioso en todo momento, lo primero que se me viene a la cabeza, pues tampoco puedo permitir que “el bosque me impida ver los árboles”, es el amor por la libertad individual que tuvo el autor, y el anhelo, de que Europa recuperase, por así decirlo, su perdido espíritu europeo, cuestiones ambas, estrechamente emparentadas entre sí. ¿Cuál sería para el austriaco el espíritu europeo, ese que nuestro continente, dejó en determinado momento que se le escapara de las manos? Sin duda alguna, para Zweig, la esencia del espíritu europeo, lo que en todo momento lo sostuvo, fue la libertad individual, una singularidad que voló por los aires, en el mismo momento en que estalló la Primera Guerra Mundial. Esa libertad individual, era la que aportaba la armonía y el mesura que disfrutaba, según él, la Europa de aquellos momentos prebélicos, y que fue barrida del mapa con la aparición de las ideologías y por el papel, cada día más omnímodo de los estados nacionales. Que duda cabe, que cada cual cuenta la historia desde el lugar en que le tocó vivirla, por lo que hay que comprender, para intentar ser objetivo, que existen muchas visiones de la misma, que a pesar de ser todas verdaderas, ninguna coincide fielmente con la siempre terca y poliédrica realidad. Zweig pertenecía a una acomodada familia judía, que pudo disfrutar en todo momento de los placeres de la época, por lo que no tuvo más remedio que cantarle a la misma, ya que su mundo, un mundo completamente artificial, repleto de contradicciones, se desplomó definitivamente con aquella contienda. Él fue feliz en ese mundo y no dejó de lamentar su pérdida, pero hay que reconocer, que aquellos felices años, que tanto se han elogiado y se siguen elogiando, no fue más que un sueño insertado en una burbuja de jabón que no podía tardar en estallar, pues la armonía de la que tanto hablaba y se conglatulaba el autor, se encontraba aislada de la propia realidad.
Hoy, el espíritu europeo se encuentra en lo que los economistas denominan El Estado del Bienestar, es decir, en un lugar bastante apartado de donde creía verlo Zweig, aunque hay que subrayar, que también se halla bastante amenazado, precisamente por todos aquellos que coinciden con el austriaco, en aquello, de que lo importante es la libertad individual. Ese espíritu europeo con el que tanto disfruto el autor de estas memorias, hoy en día, como llegó a adivinar en sus últimos momentos, se encuentra en Norteamérica, y ante todo representa una amenaza contra el nuevo espíritu europeo, ese mismo que lleva bastantes décadas singularizando a Europa Occidental.
Otra de las grandes preocupaciones de Zweig era el pacifismo. Vivió una época muy agitada, en donde la modernidad, con todo lo que ello implicaba, asomaba por la ventana, y eso evidentemente le disgustaba sobremanera, pues no podía comprender, cómo los individuos eran utilizados por el poder. Él hablaba de un mundo premoderno que se encontraba herido de muerte, de un mundo en donde lo colectivo aún no significaba lo que llegó a significar después, en donde aún existía eso que se denominaba humanismo y libertad individual, algo que la modernidad erradicó por completo de la faz de la tierra. Pero la modernidad, con todas las catástrofes que trajo, también ha significado progreso, pues gracias a ella, la humanidad ha dado un paso adelante de indudables proporciones, lo que ocurre, es que a esa modernidad no se la puede criticar desde la nostalgia de un tiempo perdido, sino desde la misma modernidad, señalando en todo momento sus contradicciones, sus fisuras, intentando corregir, con todos los medios a nuestro alcance, los atentados que perpetúa contra la ciudadanía, con la intención de humanizarla. Las dos guerras mundiales acabaron con el mundo de Zweig, trayendo un nuevo periodo histórico que se puede criticar, entre otras razones porque hay muchos aspectos de él que hay que rechazar, pero como nada resulta gratuito, ni tan siquiera la historia, es necesario intentar comprender las causas que motivaron tales cambios, aunque a estas alturas sólo sirva, para intentar saber dónde se encuentra instalado el hombre de nuestra época.

Miércoles, 21 de noviembre de 2.007

domingo, 23 de diciembre de 2007

La globalización y la identidad europea

LECTURAS
(elo.098)

LA GLOBALIZACIÓN Y LA IDENTIDAD EUROPEA
Xavier Rubert de Ventós
El País, 28.10.07


Siempre, aunque no acaben gustando, resulta conveniente conocer las opiniones de Rubert de Ventós sobre la cuestión nacionalista, pues se quiera o no, es uno de los escasos teóricos, que desde la izquierda, afronta con más contundencia dicha problemática, que no por casualidad, de un tiempo a esta parte, está embarrando toda la vida política de este extraño país. Desde que recuerdo, él apuesta por la independencia de Cataluña, por lo que sus planteamientos, en todo momento hay que insertarlos bajo dicha perspectiva, lo que en ningún momento, como se suele hacer, debe suponer un motivo para su descalificación a priori. Lo fácil, es apartar de nuestra vista lo que no sintonice con las opiniones que sostenemos, todo aquello que pueda poner en jaque lo que pensamos, sin realizar siquiera, el sano y saludable esfuerzo, de intentar comprender lo que desde la otra orilla se nos dice, provocando una cerrazón mental, que está consiguiendo cerrar las puertas a la mismísima política. La política, y esto es algo que de forma constante hay que repetir, pues parece que a la hora de la verdad nadie lo recuerda, es ante todo confrontación de ideas, pero de ideas diferenciadas, con la intención de que se puedan llegar a acuerdos y a vías de consenso entre las mismas. Por ello, para que la política, la verdadera política pueda desarrollarse, en primer lugar, es necesario que se conozcan todas las ideas que sobre un mismo tema se pongan sobre la mesa, pero que se conozcan a la perfección, y no como ahora, en donde todo parece consistir, en buscar adhesiones inquebrantables a los postulados que se poseen, importando poco, por no decir nada, las del contrario. Curioso, pero el frentismo, y no de forma gratuita, es una actitud que se está imponiendo en todos los órdenes de la vida, y no sólo en política, lo que no habla precisamente bien del hombre medio actual, que en lugar de permanecer abierto a las múltiples posibilidades que se le presentan en su deambular, cada día se encuentra más enrocado en la visión del mundo que posee, estimando, como si fuera un iluminado, que todas las restantes, en el mejor de los casos son erróneas. De hecho, uno observa con estupor, como el espíritu de cruzada se está imponiendo de nuevo, pues aquello tan viejo “del conmigo o contra mi”, aunque parezca mentira, aparece como la estrategia más utilizada en nuestros días, posiblemente por resultar la más cómoda. Por ello, aunque sólo sea por intentar romper con tales dinámicas, es conveniente tratar de comprender (y sólo se comprende después de haber analizado), aquellas propuestas que no coinciden con las que se poseen, en primer lugar para saber si lo que se piensa sobre algo es lo correcto, o si por el contrario, es necesario cambiar dicha opinión (lo que nunca puede ser un drama), y sólo en segundo lugar, para intentar hacer comprender al contrario que se encuentra en un error. Ahora, aunque no se conozca bien, lo importante parece que es combatir la idea enemiga, como si existiera la necesidad de erradicar todo aquello que pueda poner en peligro nuestra estabilidad intelectual, hecho que al menos, debería provocar la reflexión.
En este artículo, el filósofo catalán afirma, que debido a los procesos globalizadores, los Estados nacionales están perdiendo su razón de ser, intentando por ello justificarse ante la ciudadanía, utilizando los instrumentos que hasta la fecha habían venido esgrimiendo las denominadas naciones sin estado, a saber, las motivaciones étnicas y culturales, o lo que es lo mismo, las sentimentales. Este hecho, que en principio podría ser considerado como revolucionario, pues supone un cambio de radical importancia, para Rubert de Ventós se debe, a la debilidad que dichas estructuras padecen, desde que perdieron gran parte de sus competencias, la mayoría de las cuales delegadas a instituciones u organismos supranacionales. Antes, por ejemplo, la política económica de un determinado país, con todo el poder que ello suponía, era dictada por instituciones de dicho país, pero en la actualidad, esas política son elaborada y ejercida por nuevas instituciones radicadas fuera del mismo, como el Banco Central Europeo, o por extrañas organizaciones neocoloniales como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional, dejando a los gobernantes sin un instrumento esencial de intervención social. Lo mismo ocurre en las restantes parcelas, que antes sólo incumbían a los estados nacionales, hecho que lógicamente, le está quitando credibilidad, lo que les empuja, a intentar reencontrarlas, no como siempre había hecho, en la instrumentalidad, pues los estados siempre han sido eso, unas herramientas necesarias para hacer más fácil la vida de la ciudadanía, sino en argumentos sentimentales como el amor a la patria o en eso tan extraño como el orgullo nacional. Creo que en este aspecto, Rubert de Ventós se equivoca, pues aunque es verdad que el poder de los estados nacionales no es el mismo que antes, aún tienen un importante papel que desarrollar, pues la gestión, siguiendo con el ejemplo, de esas políticas económicas impuestas desde fuera, tienen que ser ejercidas por dichos estados, que si bien, no pueden tener ya el tamaño que antes tuvieron, lo que en todo caso es positivo, sí siguen jugando un papel central y vertebrador en nuestras sociedades. Pero claro, cada cual arrima el ascua a su sardina, y el planteamiento del autor de “De la identidad a la independencia”, se basa, en que dicho papel deberían ejercerlo las pequeñas regiones, siempre y cuando éstas, estén dispuestas a asumir nuevas competencias y a abandonar sus antiguas reivindicaciones sentimentales, para conformarse en verdaderas naciones, poseedoras todas, de unos estados que lleven a cabo las políticas jacobinas que ya no desarrollan los estados centrales. Rubert, en el fondo, de lo que está hablando es de descentralización, de un inevitable proceso que se está llevando a cabo en la actualidad, que consiste, en que áreas administrativas menores, asuman determinadas competencias del estado central, en lo que Cataluña es un ejemplo, al igual que Euzkadi, entre otras razones porque España es posiblemente, por motivos históricos, la nación más descentralizada del mundo. El problema es que tal proceso puede significar, que el actual mapa político internacional, tenga que ampliarse de forma ilimitada con la aparición de una multitud de nuevos estados, pues esos nuevos estados, en poco tiempo también quedarán deslegitimados, cuando las instituciones comarcales o locales les exijan las competencias que creen merecer, con la misma autoridad con la que ellos se la piden ahora a los gobiernos centrales. Sí, estamos en unas dinámicas globalizadoras, que con toda seguridad, y en poco tiempo, van a cambiar el panorama político de nuestras sociedades, pero eso no quiere decir, ni mucho menos, que tal proceso acabará inevitablemente con la creación de nuevas naciones, sino posiblemente en conglomerados descentralizados, en torno a importantes núcleos urbanos, como por ejemplo Barcelona, que serán en último extremo, los que vertebrarán las futuras sociedades. Creo que Rubert se detiene, cuando lo que debería hacer, es proseguir con sus análisis hasta el fondo, pues pararse en donde a uno le interesa, aunque resulte comprensible y justificable, demuestra una importante pereza mental, que en principio no se encuentra a su altura intelectual.
Pero posiblemente lo más interesante del artículo no se encuentre en lo anterior, sino en su visión de lo que debe ser una sociedad plurinacional. Evidentemente Rubert no apuesta por una sociedad homogénea, que siempre ha sido la aspiración de los nacionalistas clásicos, entre otras razones, porque él no es un nacionalista clásico. Toda sociedad homogénea, parece decir, en el caso de que tal realidad pudiera darse en las actuales circunstancias históricas, tenderá hacia cierto fundamentalismo étnico y cultural, lo que sólo se podrá evitar, gracias a que en la misma existan diferentes variables que contrarresten dicha deriva, de suerte que, una sociedad en la que existan un gran número de variables, ideológicas, étnicas, culturales, será menos propensa a caer en dicho fundamentalismo, que otra en que ese número de variables sea menor. La cuestión radica, en que para él, esas sociedades plurinacionales ya no las puede garantizar los estados tradicionales centralizados, sino esas pequeñas comunidades que aspiran a la independencia, precisamente, porque aquellas han dejado de tener sentido funcional, mientras que estas, en su nuevo papel, tendrán que dedicarse, entre otras tareas, a salvaguardar las diferencias existentes. Sigo sin comprender nada. El catalán, en su intento por darle la vuelta a la tortilla ha realizado un salto mortal en donde sitúa, en contra de lo estimado comúnmente, a los estados centrales, que hasta ahora habían sido plurinacionales, en Estados homogeneizadores, mientras que a las pequeñas regiones, que hasta la fecha siempre habían favorecido precisamente la unidad cultural y étnica de sus miembros, con la intención de mantener su singularidad, en estructuras encargadas, sobre todo, de velar por las diferencias. Como dije anteriormente, las actuales dinámicas sociales tienden a la descentralización, a una descentralización cada día más radical, en donde la gestión de los asuntos, ya sean administrativos o sociales, serán gestionados por unidades menores que se encuentren en contacto directo con los ciudadanos, pero hay que tener cuidado en no errar en los veredictos, ni cohn los vaticinios, pues una cosa es la descentralización y otra muy distinta, la creación de nuevos estados centralizados por muy pequeños que éstos lleguen a ser. El nacionalismo y el independentismo, a lo que aspiran es a eso, a cuadricular la nueva sociedad global, sin comprender, que tal actitud, aunque se intente llevar a cabo desde posiciones izquierdistas, va a contracorriente del gran tsunami histórico en donde todos, queramos o no, nos encontramos aupados.

Martes, 30 de octubre de 2.007

martes, 18 de diciembre de 2007

Mauricio o las elecciones primarias

LECTURAS
(elo.097)

MAURICIO O LAS ELECCIONES PRIMARIAS
Eduardo Mendoza
Seix Barral, 2.006

Hace varios años, comentando también una novela de Eduardo Mendoza, señalé la necesidad, de que la crítica, antes de juzgar una determinada obra, tenía la obligación, con objeto de orientar al lector (esa en teoría debe ser una de sus funciones), de especificar el subgrupo literario en donde habría que insertar dicha obra, pues no es lo mismo, en el caso de la novela por ejemplo, leer a Pérez-Reverte que a Marías. Lo anterior no puede en ningún caso significar, aunque cada lector tenga sus preferencias, que se partan de prejuicios absurdos sobre la mayor calidad de uno o de otro, pues cada uno de esos segmentos en que se divide la creación literaria, posee unas cualidades, nada fáciles de alcanzar. Cuando se lee o se critica una novela popular, hay siempre que partir de la base de que se está leyendo una novela popular, y esto que en principio puede parecer una perogrullada, curiosamente, es algo que no se tiene siempre en cuenta. No se puede, a pesar de ser lo habitual, analizar una novela, para seguir con el ejemplo, del creador de Alatriste, con las mismas herramientas que otra de Bellow, pues ambas concepciones literarias son radicalmente contrapuestas, lo que puede acarrear, con casi total seguridad, un error de perspectiva que frustre una visión correcta de la obra en cuestión. Lo anterior, no quiere decir que se tenga que caer en un absurdo relativismo en donde todo valga, no, pues lo que intento decir, espero que con algo de fortuna, es que para llegar a conseguir una lectura cabal de un determinado texto, es necesario conocer la tradición literaria a la pertenece, con la intención de comprender los objetivos que se ha propuesto el autor con el mismo, para tratar de avaluar de forma objetiva, en la medida de lo posible, si dichos objetivos se han cumplido o por el contrario se han dejado en el camino.
La literatura popular, es aquella, y por esto es la más comprada y leída, que busca el entretenimiento del lector, lo que no quiere decir, que toda la que consiga tal objetivo primario, pueda ser considerada una buena novela popular. No, también con este tipo de novelas existen niveles, niveles de exigencia, existiendo la buena literatura popular y la mala literatura popular, siendo la primera la que se queda sólo en el hecho de contar una historia intrascendente, y la segunda, la que confiando en la inteligencia del lector, intenta evitar el camino fácil, el desarrollar una historia banal, de esas que se olvidan, de forma curiosa, en el instante mismo de acabar la lectura. Este tipo de literatura, a pesar de lo que suele pensarse, no sólo es consumida por aquellos lectores que bien comienzan a leer o por los que no desean complicarse la vida con la literatura de altura, pues también hay muchos lectores experimentados, que de vez en cuando, por necesidad de pasar un buen rato, se asoman a ella buscando el placer de la lectura. Hay veces, que después de haber afrontado un texto exigente, de esos que necesitan de una lectura reposada, un lector siente la necesidad de embarcarse en las intrépidas aventuras de algún bucanero en los mares del sur, o en los avatares de algún detective privado en su eterna lucha contra el mal, de hecho, la persona más inteligente que he llegado a conocer, poseía una segunda biblioteca especializada en novela negra, novelas con las que conseguía conciliar el sueño. Recuerdo también a mi padre, que durante una época, cuando llegaba a casa después de una agotadora jornada laboral, malgastaba su tiempo libre con novelas del oeste, de esas que escribía Marcial Lafuente Estefanía, que tan en boga estuvieron durante una época en nuestro país. Creo que la diferencia entre la buena novela popular y la mala, se puede encontrar en ambos ejemplos. Siempre he creído, que la novela popular tiene una función esencial, que no es otra, que la de crear nuevos lectores, pues nadie, como he repetido en muchas ocasiones, se puede aficionar a la literatura leyendo a Proust o a Joyce, ya que para poder llegar a estas cumbres de la literatura, antes hay que pasar necesariamente por una multitud de autores menores, todos ellos imprescindibles, que serán los que poco a poco, irán abriendo el amplio sendero que lleva hacia la literatura de calidad. La buena literatura popular, la que resulta necesaria, sería aquella, que tuviera la facultad de incitar a la lectura, pero no a la lectura por la lectura, sino a una lectura de cada vez de más altura, como ocurre con la buena novela negra, mientras que la mala, la que a todas luces resulta prescindible, es la que no conduce al lector a ninguna parte, como aquellas novelas que leía sin parar mi padre.
Últimamente, debido a la mercantilización de la literatura que estamos padeciendo, se observa un nuevo fenómeno que, al menos a mi, me llama de forma poderosa la atención, y es que se está intentando vender, y de hecho se venden, novelas eminentemente populares en envoltorios de novela de calidad, fenómeno que es acompañado, por otro hecho también curioso, por no decir sorprendente, y es que novelistas de consolidada reputación, de esos que llevan sobre sus espaldas un importante prestigio literario ganado evidentemente a pulso, se están dedicando a realizar obras banales, que consiguen importantes ventas, gracias, no a la calidad de dichos textos, sino al prestigio de su firma. En principio podría pensarse, que el aterrizaje de un autor consagrado en eso que venimos llamando literatura popular, tendría que suponer un aumento de la calidad de dicha literatura, pero en casi todas las ocasiones ocurre lo contrario, pues por norma general, esos autores bajan tanto el nivel, que sólo consiguen poner en los estantes de las librerías novelas infumables y vergonzosas, que parecen estar diseñadas y ejecutadas, sólo para engordar la cuenta corriente de sus autores. Es el caso de Eduardo Mendoza.
Hace algunos años, Eduardo Mendoza sorprendió a propios y a extraños, con un artículo publicado en el diario El País, en donde realizaba unas de claraciones en las que afirmaba, que había comprendido que la novela de entretenimiento ya no le interesaba, y que desde ese momento se dedicaría al teatro, actividad artística que estimaba mucho más interesante. De esas declaraciones salió la famosa definición de “la novela de sofá”, en referencia a la literatura intrascendente que sólo buscaba el entretenimiento por el entretenimiento. Imagino que todos los que leímos con interés aquel artículo, quedamos sorprendidos cuando el barcelonés publicó “La aventura del tocador de señoras”, novela que ante todo, se podía definir como eso, como una novela de sofá, aunque hay que reconocer que tenía cierta gracia, por el personaje que había rescatado de antiguas obras suyas, el sorprendente e inclasificable Juan. Pero Mendoza ha seguido en su empeño en tratar de sorprendernos con nuevas obras de ínfima calidad, con regalarnos obras eminentemente alimenticias carentes por completo de sentido y de justificación, como en la que en esta ocasión ha caído en mis manos, novela que pone en jaque seriamente su credibilidad como novelista de calidad, pues en esta ocasión, rizando el rizo, ha conseguido no ya una novela de sofá, sino una novela de mesita de noche, sólo apta para que el lector se quede dormido de aburrimiento.
“Mauricio o las elecciones primarias” (título absurdo pues en la novela no se producen elecciones primarias), nos cuenta la historia de un dentista en la Barcelona que aspiraba a ser sede de los Juegos Olímpicos, historia a la que no consigue sacarle ningún partido, a pesar de que le hubiera podido sacar el mismo jugo que a su obra más emblemática “La ciudad de los prodigios”, pero parece que Mendoza ya no está por la labor, posiblemente, porque en el fondo ya no cree en la novela. Una lástima.

Lunes, 22 de Octubre de 2.007

miércoles, 5 de diciembre de 2007

Veneno y sombra y adiós

LECTURAS
(elo.096)
TU ROSTRO MAÑANA, 3
Veneno y sombra y adiós
Javier Marías

Siempre es motivo de satisfacción, e incluso de alegría, enterarse que ha aparecido en las librerías una nueva novela Javier Marías, pues el novelista madrileño ante todo asegura, y eso creo que nadie puede reprochárselo, ni tan siquiera sus críticos más hostiles, una calidad literaria muy por encima de la media existente en nuestro país. Alguien dijo en cierta ocasión, que es nuestro mejor escritor británico, sobre todo, creo, porque su prosa nada tiene que ver, con la que se realiza, se vende y se premia por estos lares, pues la riqueza que uno encuentra en todas sus obras, lo convierten en un espécimen raro, al que sin duda hay que proteger, muy parecida a la su maestro Benet, pero a diferencia de la de éste, cuya literatura cada día se encuentra más muerta, resulta de una luminosidad extrema. Marías, en una reciente entrevista, con razón, afirmaba que el tipo de literatura que él realiza, está condenada a vender, sólo, en el mejor de los casos, quince mil ejemplares, y eso con suerte y gracias a un despliegue publicitario mayúsculo (esto último lo digo yo), lo que en realidad no ocurre con sus novelas, que obtienen unos niveles de ventas, muy por encima de lo que en principio se podría esperar. El autor de “Corazón tan blanco”, tiene una acogida entre el público difícil de explicar, pues a pesar de que sus obras, podrían definirse ante todo como no comerciales, consiguen no obstante, posicionarse en las primeras semanas, en los primeros puestos de todas las listas de ventas, algo sorprendente, si se ha leído al madrileño. Tengo la sensación, al hilo de lo anterior, que es uno de esos autores que consiguen vender más, de lo que en realidad llega a leerse, de esos cuya fama, empuja al público a comprar sus obras, que en la mayoría de las ocasiones, son abandonas al poco de haberse comenzado a leer, pues la literatura de Marías no se encuentra precisamente al alcance de todos. Su obra no encaja entre aquellas que Mendoza califico en su día como literatura de sofá, que es la que en realidad se vende y se lee, aunque tampoco, por supuesto, entre la que algunos denominarían literatura de combate o comprometida, estando su fuerza, su atractivo, no tanto en las historias que cuenta, como en la forma en que cuenta sus historias, y en la gran cantidad de imágenes, muchas de ellas inolvidables, que es capaz de regalar al lector.
Estimo que a estas alturas, en esa literatura que en realidad se vende, se está sobrevalorando el papel de la historia que se cuenta, sobre los restantes elementos que en todo momento deben hacer posible una obra de arte literaria, de suerte que, nos estamos acostumbrando, a dejarnos llevar por las desdichas y por las venturas de un determinado protagonista, detrás del cual corremos sin prestar demasiada atención, por ejemplo, al lenguaje empleado para narrar dichas aventuras. Se habla de transparencia y de lenguaje directo, de que lo narrativo, a estas alturas, carece de importancia y que sólo es una rémora del pasado, que la literatura de nuestros días debe adaptarse a las necesidades del hombre contemporáneo, sin comprenderse, que todo lo anterior, está conduciendo a la literatura a un callejón sin salida. Pérez-Reverte, la semana pasada, en una entrevista concedida a un importante periódico, dijo que él, incluso cuando escribía se consideraba un lector, no pareciéndose en nada a su amigo Marías, que ante todo y sobre todo era un escritor. Posiblemente nuestro polémico amigo Corso, sin proponérselo, ha logrado dar con la tecla exacta de uno de los males que afecta a la literatura en estos momentos, el hecho de tenerse que escribir necesariamente para que se lea con facilidad, o lo que es lo mismo, de tener que escribir para agradar a ese lector que espera, con impaciencia, nuevas historias que devorar. El tipo de literatura que realiza el cartagenero, puede ser considerada en este aspecto como paradigmática, al ser la literatura que en la actualidad interesa, tanto a las editoriales como a la comunidad de lectores, pues en ella, con todas sus deficiencias, se pueden encontrar, todo lo que desea hallar en una novela, el prototipo de lector de nuestros días, al ser obras que ante todo buscan el entretenimiento sobre unos esquemas, casi siempre demasiados diáfanos. Todo el mundo lee, y se lee evidentemente más que nunca, pero sin embargo, el nivel de las aguas literarias están más bajo que nunca, lo que se debe, a ese interés por presentar y potenciar obras que ante todo sean masticables y de fácil digestión, pues de lo que se trata, no es de aumentar la calidad literaria, sino de buscar, donde sea, nuevos lectores. Pero la buena literatura, la de altura, por el contrario, casi siempre es aquella que no resulta fácil de afrontar, y por supuesto, la que requiere una lenta asimilación, aquella que exige un lector atento que se detenga no sólo en la trama, sino en todo aquello que la hacen posible. A este tipo de literatura, se le podría denominar literatura literaria, siendo con diferencia Javier Marías, el máximo exponente en nuestro país de esta tendencia, pues en sus novelas, el lector comprende (el lector interesado en leer no el que sólo desea que le cuenten lisa y llanamente una historia), que en muchas ocasiones, es bastante más importante el cómo se dice que el qué, o lo que es lo mismo, el disfrute con la lectura, que el placer que pudiera producir una determinada historia.
La aparición del último volumen de la trilogía “Tu rostro mañana”, a pesar de no ser su mejor obra, como él se empeña en afirma, es una novela que sí se encuentra dentro de todos los parámetros, que hasta el momento han singularizado la producción literaria del escritor madrileño. Es ante todo una obra de Marías, perfectamente identificable, y que sólo, posiblemente, puedan disfrutar en todo su esplendor sus lectores habituales, aquellos que siempre están esperando algo suyo, pues su forma de escribir tiene una capacidad de enganche incuestionable. En esta tercera entrega, Javier Deza, el protagonista de la obra, prosigue sus andanzas en una misteriosa oficina del servicio secreto británico, intentando conocer, o descifrar los secretos ocultos, de todos los que son tildados de sospechosos por los responsables de dicho departamento. Pero la singularidad de su trabajo, consiste, en tener que descubrir la personalidad real de dichos individuos, no por lo que dicen, sino precisamente por aquello que callan y que sólo consiguen delatar sus gestos. El tema es el mismo que el de sus anteriores obras, el secreto, la necesidad del secreto, y la necesidad que todos tenemos de desentrañar dichos secretos. La mayor parte de la novela se sustenta sobre conversaciones, sobre largos diálogos en todo momento sazonados por sus incisivas opiniones y por sus deslumbrantes matices. En ella también asoman, mucho más desarrollados algunos personajes que ya aparecieron en otras novelas suyas, como el desconcertante y siempre enigmático copista Custardoy, aunque de todas forma, lo que siempre quedará de esta novela, como de todas las anteriores suyas, es el recuerdo del placer encontrado en su lectura y algunas imágenes que difícilmente podrán olvidarse, que es todo lo contrario, de lo que uno encuentra en esas habituales y cotidianas novelas que parecen copar todo el panorama literario actual, de esas mismas que a los pocos días, ni tan siquiera, se consiguen recordar sus argumentos.

Domingo,7 de octubre de 2007