jueves, 31 de marzo de 2011

Lo que sé de los hombrecillos


LECTURAS (elo.218)


LO QUE SÉ DE LOS HOMBRECILLOS

Juan José Millás Seix barral, 2010


Nunca me ha gustado la literatura alegórica, pues siempre la he visto demasiado explícita, lo que a mi entender va en contra de la buena literatura, que debe ser más recatada con objeto de esconder lo que desea transmitir al lector, si es posible debajo de siete velos, para que éste, con paciencia, después de disfrutar con la lectura, descubra “ese algo más” que siempre debe tener toda novela que se precie. No me gusta saber desde la primera página, que la novela que estoy leyendo tiene doble fondo, al estar convencido que lo que debe ocurrir es todo lo contrario, evitar por todos los medios que el lector descubra con facilidad la intención del novelista, con objeto, de que cuando encuentre el tesoro oculto, observe el sentido y la justificación de lo que ha leído. No me gusta, no lo puedo remediar, la literatura entendida como un juego, lo que posiblemente sea una de mis múltiples deficiencias como lector, pues estoy seguro que debería de comprender, que existen muchas literaturas diferentes, que no por ser distintas a las que me interesan, dejan, o pueden dejar de ser interesantes. Por todo lo anterior, comencé a leer con precaución esta obra de Millás, a quien admiro como articulista de ingenio, y por lo que, debido a ese ingenio que posee, apenas he frecuentado como novelista, faceta gracias a la cual atesora un gran número de seguidores. Sí, reconozco que comencé con precaución la lectura, y ya desde la primera página, en la que con naturalidad aparecen los hombrecillos, tuve que realizar un esfuerzo para no abandonar la novela, lo que afortunadamente no llevé a cabo. Digo afortunadamente porque la novela me ha entretenido, dejando para colmo sobre la mesa un tema importante, al que, por desgracia, estoy convencido de que desde otra perspectiva se le hubiera podido sacar más partido, que es algo en lo que nunca me debo meter, pues cada cual hace las cosas como quiere, o como me gusta decir, como puede. Quizás debido a la importancia del tema que aborda, el despiadado control que ejerce la personalidad que se posee sobre las otras posibles personalidades que se podrían tener, un tema que como todos, ya se ha abordado en múltiples ocasiones por otros autores, me hubiera gustado, por egoísmo por supuesto, verlo desarrollado de forma distinta. No obstante, cada autor, calibrando sus posibilidades, sabe la mejor forma de sacarle partido a los temas que va encontrando, no teniendo dudas por tanto, que para él, la utilizada es la más conveniente. Millás tiene una facilidad endiablada para la narrativa, ya que al menos en esta novela, no soy un entendido de su obra, a base de capítulos cortos, y amenos, hace que la historia sea asumida, a pesar de su argumento, con facilidad por sus lectores. En este tipo de obras, en las que se parte de algo absurdo o sencillamente increíble, lo esencial es la credibilidad, es decir, que el que la lea, en un pacto con el autor, acepte lo que va sucediendo ante sus ojos, lo que Millás consigue en buena medida presentado una novela ligera que se puede leer en pocas horas. El autor dibuja a un personaje con la vida ya hecha, un catedrático jubilado, que se mantenía en activo escribiendo artículos y dando alguna que otra clase en la universidad como profesor emérito; alguien con la vida ya ordenada, que a lo único que aspiraba, era a vivir de forma apacible, alejado de todo lo que ya no le interesaba. A un hombre con una personalidad definida, de esos que saben en cada momento lo que tienen que hacer, a pesar de que ese individuo tenía una particularidad, pues desde pequeño había estado rodeado de pequeños hombrecillos con vida propia, algo que había mantenido en secreto. De forma inexplicable, en cierta ocasión, mientras dormía, esos pequeños seres elaboraron, con sus tejidos, a un nuevo hombrecillo a imagen y semejanza del catedrático jubilado, con lo que cambia de forma radical la existencia de éste. Pero esa nueva y pequeña criatura, parece poseer todos los apetitos que el protagonista tenía reprimidos, instándolo en cada momento, a que se deslizara sin miedo por ellos. Aquí Millás, como otros autores ya han dibujado, parece que desea poner, o contraponer a la consolidada personalidad del catedrático, que era alguien que ya había podado todas sus aristas y que había conseguido domesticar todos sus instintos en aras de la sólida imagen que con el tiempo se había creado, a un pequeño y casi insignificante hombrecillo, que representaba todas los apetitos que el protagonista había conseguido reprimir a lo largo de su existencia, en beneficio, por supuesto, de esa personalidad que había elegido. Está claro, o al menos yo estoy convencido de ello, que toda personalidad dominante se erige, reprimiendo con mano de hierro, todas las personalidades que pudieran ir surgiendo que pudieran tener la facultad de posicionarse como su alternativa, de suerte, que se es lo que se es, porque se ha eliminado consciente o inconscientemente todo aquello, que por una causa o por otra no se desea ser, o lo que es lo mismo, porque se han eliminado a todos aquellos yo, que pudieran poner en tela de juicio al yo dominante por el que se ha optado. Partiendo de lo anterior, se podría decir, por el contrario, que las personalidades “titubeantes”, serían aquellas que no han logrado cumplir tal cometido, por lo que, en ellas se produce de forma constante un intenso debate para decidir qué es lo que hay que hacer en cada momento. Pero lejos de estas diatribas, que en realidad no conducen a nada, sólo a enturbiar este comentario, lo que quiero decir, es que Millás, reduciendo el tema a los deseos y a los distintos reprimidos, trata de pintar un cuadro, en donde alguien que se creía a salvo, cae en ellos en un momento de debilidad, cuando siente desde lejos, las voces de todo aquello que durante tanto tiempo había logrado reprimir con éxito. Sí, porque esos deseos y esos instintos se pueden reprimir, pero no matar, estando en todo momento ahí, agazapados, siempre llamándonos y esperando a que un día, por los motivos que sean, se recurran a ellos. Como dije antes, la novela me ha entretenido, pero me he quedado con el mal sabor de boca de que se encuentra muy por debajo del nivel que el tema exigía, de lo que tampoco hay que acusar a Millás, pues el valenciano ha realizado lo que creía que tenía que hacer, ya que desde un principio, se sabía hasta donde podía llegar esta narración tal y como estaba planteada. No creo que se haya tratado de un simple divertimento, pero estoy convencido, por lo que conozco del autor, que con el ingenio que le caracteriza, le ha intentado sacar demasiado punta a un tema, que posiblemente requería un tratamiento diferente. No obstante, ahí queda esta obra suya que sin bien puede llegar a entretener, seguro que dentro de poco nadie conseguirá acordarse de ella. Miércoles, 23 de febrero de 2011

viernes, 18 de marzo de 2011

Bilbao-Nueva York-Bilbao


LECTURAS
(elo.217)

BILBAO-NUEVA YORK-BILBAO
Kirmen Uribe
Seix barral, 2008

El propio Kirmen Uribe, subraya en algún lugar de su novela una frase del escritor Foster Wallace en la que éste dice, “que desde los griegos, la buena literatura te hace sentir un nudo en el estómago. Lo demás no sirve para nada”. Bien, la pregunta entonces resulta obvia, ¿consigue emocionar esta novela?, y la respuesta, mi respuesta es no, por la sencilla razón de que la estructura que impone el autor lo impide. En un principio el objetivo de la novela, su justificación, puede parecer que no es otro que el de recordar y recuperar la historia de la familia del propio autor, pero también la de una parte de su país, la de la Euskadi marítima y pesquera, que desde hacía tiempo se encontraba amenazada por el olvido, a pesar de la importancia que en otros tiempos no muy lejanos había tenido. Esos recuerdos que poco a poco va desgranando el autor de forma fragmentaria, incitan como es lógico al sentimentalismo, pero en todo momento intenta evitar esa deriva al no desarrollar la narración de forma lineal, dosificando, a cuenta gotas, todo lo que va hallando de la vida de su familia. Es una narración medida, en donde la estructura elegida adquiere un protagonismo esencial, de suerte que esa forma de contar lo que desea contar, ejerce de dique de contención, contra ese sentimentalismo que desde un primer momento amenazaba con anegarlo todo. Pero a pesar que en algún momento de forma explícita lo diga el propio autor, poco a poco uno va comprendiendo que la novela no aspira sólo a eso, a recuperar determinados recuerdos con la intención de comprender la vida, y la actitud ante la vida de los antepasados del propio Uribe, sino a algo más, a bastante más que a colocar todas las piezas en el lugar que le corresponden. Parece que Uribe tiene claro que ese sólo puede ser el paso previo e inevitable, porque sabe que ninguna historia personal, ni por supuesto la de ningún pueblo puede ser nunca inmaculada, y que siempre es conveniente, en un momento dado, detenerse para hacer las cuentas, con objeto de comprobar lo que uno posee, con lo que se cuenta, para afrontar sin demasiados lastres el futuro. En este sentido esta obra también podría ser entendida como una novela más sobre “la memoria histórica”, pero no para quedarse y deleitarse con ella como muchas otras, sino para superar de una vez por todas el pasado y poder desafiar, sin mirar constantemente hacia atrás, tanto el presente como todo aquello que aún tiene que llegar. Así entendida, la novela puede servir, no ya para sostener ciertas actitudes nacionalistas, sino para consolidar y vertebrar, pero sobre todo para enraizar ese paso adelante, en el caso de que no se desee quedar estancado en tierra de nadie, que necesariamente hay que dar en un mundo cada vez más globalizado, en el que es fundamental, no sólo saber, sino tener consciencia de que se pertenece a una determinada tradición cultural con objeto de no vivir en el vacío y permanecer a merced de todos los vientos. Estoy tratando de decir, que no se trata de una novela que sólo aspira a recuperar ciertas tradiciones pretéritas, con objeto de alzarlas como banderas después de haberlas analizado antropológicamente con lupa, en absoluto, sino de que es una obra que en esencia parece decirnos que hay que apostar decididamente por el futuro, con todo lo que este trae consigo, pero sin olvidar nunca, para no deambular indefensos en la vacuidad más absoluta, las raíces que se poseen, que bien como en este caso pueden ser vascas, como en otros andaluzas o bretonas. O dicho de otra forma, la nueva era de la globalización, en la que no existen, porque han quedado obsoletas, ni las fronteras ni las banderas, sólo se puede afrontar cuando se es consciente que se pertenece a una tradición cultural concreta, al ser lo único que nos puede obligar a mantener los pies sobre la tierra. En la novela, y esto creo que puede subrayar lo anterior, alguien dice que “el barco debe estar bien anclado, firme. Por eso importa que tenga peso. Lo mismo pasa con las personas”. Sí, lo importante es mantener y cuidar las raíces que uno posee, para no perder el norte en el mundo globalizado en el que necesariamente en estos tiempos hay que moverse. Eso es tener peso, al menos el suficiente para no ser arrastrado por el vendaval de los acontecimientos.
Uribe, de forma implícita, habla de una forma diferente de ser nacionalista, que se encuentra muy alejada del nacionalismo de campanario en los que algunos, aún, sin comprender la auténtica naturaleza de los tiempos que corren, siguen empeñados en reivindicar. El mundo cada día es más pequeño, la información va de un sitio para otro a una velocidad de vértigo, al tiempo que los estereotipos culturales se estandarizan, amenazando, ya no sólo las diferentes formas culturales existentes, o preexistentes, que en el fondo sería lo de menos, sino con la creación de una cultura global, de una forma homogénea de entender la existencia, a imagen y semejanza de los postulados de la ideología que en estos momentos gobierna dicha globalización, con la intención de utilizarla en beneficio propio. A esa fuerza arrolladora sólo se le puede hacer frente, si la ciudanía a la que van dirigida sus postulados se “encuentra bien anclada”, si posee el peso y los fundamentos suficientes como para soportar la gruesa marejada que amenaza con neutralizarla, si cuenta con la entereza necesaria para anteponer los discursos propios, a los que en oleadas llegan, para en lugar de aceptarlos sin más, de forma acrítica, articular un diálogo con ellos, con objeto no sólo de prestar resistencia a ese empeño colonizador, sino con la intención de enriquecer estos nuevos tiempos con unos contenidos diferentes a los que continuamente se publicitan.
“Bilbao-Nueva York-Bilbao” es una novela que se desarrolla desde el presente, donde el narrador, a bordo de un vuelo transoceánico con destino a Nueva York, va recordando las indagaciones que había llevado a cabo sobre las últimas tres generaciones de su familia, ya que debido a una serie de circunstancias, existían agujeros negros en la misma que desconocía. La novela en principio, al menos eso es lo que el autor desea aparentar, no aspira más que a eso, a profundizar en un pasado familiar, desde un presente, digamos que cosmopolita.
Como dije al principio, no se trata de una novela, como se podría esperar, cargada de sentimentalismo, ni de esas que emocionan profundamente al lector, pero a pesar de ello, llevándole la contraria a Foster Wallace, no todas las buenas novelas tienen que provocar dichos sentimientos, ya que existen otras, que sin aparentemente proponérselo, provocan otro tipo de reacción, como por ejemplo, que es lo que ocurre en ésta, la de obligar al lector a que reflexione una vez terminada la lectura, sobre las ideas que solapadamente se ofrecen en la misma.

Sábado, 19 de febrero de 2011

viernes, 11 de marzo de 2011

Brooklyn follies


LECTURAS
(elo.216)

BROOKLYN FOLLIES
Paul Auster
Anagrama, 2006


Por fin, posiblemente por aquello de que “quien la sigue la consigue”, he leído una buena novela de Paul Auster. Con seguridad, es el autor al que más oportunidades le he dado, debido, a que la primera novela que de él leí, “El libro de las ilusiones”, consiguió sorprenderme gratamente. Por ello, no llegaba a comprender, cómo todas sus obras que con posterioridad fueron cayendo en mis manos, y puedo asegurar que no han sido pocas, pues tiene una capacidad de trabajo a todas luces envidiable, ya que raro es el año que no aparece una nueva novela suya en los escaparates de las librerías, no llegaban a tener, al menos en mi opinión, ese nivel mínimo que toda buena obra literaria debe poseer. Lo he aguantado tanto, no por el magnífico crédito que posee en determinados ámbitos, en absoluto, sino porque estaba convencido que el potencial narrativo que atesora, y que estaba despilfarrando en obras menores, de esas que no aportan absolutamente nada, acabaría, aunque fuera en contra de su voluntad, por ofrecer una novela de valía, aunque para ser sincero, ya se me estaban agotando las esperanzas. Este año, como prueba de lo anterior, no me he hecho con la obra que nos obliga a comprar todas las navidades, lo que habla a las claras de lo cansado que me encontraba de Auster. No obstante, por casualidad, sin proponérmelo, lo que demuestra que existen fuerzas extrañas en el universo, un conocido, después de haber escuchado mi opinión sobre el autor norteamericano, con la que estaba casi en absoluto de acuerdo, me dejó, según su opinión, la única novela que a él le había gustado de Auster, “Brooklyn Follies”, lo que a pesar de mis reticencias, le prometí leer. La he tenido sobre mi mesa durante un tiempo, haciéndome rogar, pero al final, sin apenas esperanzas, y con otra novela alternativa al lado, ya que estaba convencido que no tardaría en abandonarla nada más comenzar su lectura, me zambullí en ella encontrando una obra notable, de esas que uno no desea que finalicen. Sí, como estaba convencido, necesariamente tenía que existir otro Auster, un Auster diferente al de sus obras menores, al igual que le ocurre a ese otro enamorado de Nueva York, el cineasta Woody Allen, que de cuatro o cinco películas que dirige sólo nos deja una buena. El problema, al menos así lo veo, es que no se puede ser tan prolífico, pues con seguridad no es bueno escribir, o dirigir tanto, sobre todo cuando se está capacitado para empresas de más envergadura. El mismo caso ocurre con Roth, aunque el nivel medio de éste, a pesar de que algunos también se quejen, desde mi punto de vista es mucho más elevado.
En esta novela Auster realiza una alabanza a la ciudad, a las virtudes de las ciudades, a esos caóticos engendros tan criticados y de los que muchos desean escapar, sin que se comprenda, que son los lugares idóneos para que se desarrolle una vida aceptable. La historia se desarrolla en el barrio neoyorkino de Brooklyn, que es donde tiene su residencia el propio autor, en el que, a diferencia de lo que suele ocurrir, alguien se instala allí para pasar los últimos años de su existencia. Digo que es lo contrario de lo que suele ocurrir, porque lo normal, lo que habitualmente se hace, es que a ciertas edades, sobre todo cuando se poseen medios para ello, se abandonen las ciudades para encontrar acomodo en algún lugar soleado, a ser posible con vistas al mar, lo que es un tremendo error, parece que nos quiere decir Auster. Y lo es, por el hecho, a pesar de que se piense lo contrario, de que la ciudad es el lugar ideal para crear ese tejido social que tanto se necesita para vivir, para vivir de forma satisfactoria. El protagonista de la novela, a pesar de haber cumplido ya los sesenta años, y después de haber sufrido una grave enfermedad, lo deja todo y vuelve al barrio en el que nació, con la esperanza de poder acabar allí de forma apacible sus días, pero en lugar de eso, un poco por casualidad, va creando poco a poco a su alrededor un tupida red de contactos, entre familiares reencontrados y nuevos amigos, que le devuelven las ganas de vivir. Sí, porque la ciudad es sinónimo del encuentro inesperado, el lugar en donde cuando menos se espera, puede surgir lo que durante tantos años se ha deseado, en donde reina la actividad constante, es decir, donde habita todo aquello que se contrapone a la muerte.
Lo que siempre me sorprende de la literatura de Auster, tanto en sus buenas como en sus malas novelas, es la fluidez con que desarrolla sus narraciones, lo que para muchos otros, lo que demuestra su capacidad para este oficio, resulta de una dificultad extrema. En esta ocasión, como ya he comentado, su protagonista llega a Brooklyn para comenzar desde cero, sin nada salvo sus recuerdos, pero poco a poco, va construyendo una nueva vida a base de encuentros que le van abriendo puertas, detrás de las cuales va hallando historias, que a pesar de ser todas laterales, o secundarias, conforman la viga maestra de la novela, historias que Auster no duda en desarrollar sin ningún tipo de cortapisas. La novela se sostiene, como digo, en esas otras historias, que van definiendo y configurando, y aportando credibilidad a la malla vital, que ese individuo que aspiraba a apartarse del mundo, con la única intención posiblemente de lamerse sus heridas, un poco sin querer, pero al mismo tiempo entusiasmado con ello, va logrando sin muchas dificultades articular, de la que se siente satisfecho, ya que él mismo se convierte en el centro de la misma.
Existen novelas objetivamente buenas, pero que sin embargo, uno desea acabar cuanto antes, lo que se puede deber, a que el peso de la misma puede resultar insoportable, mientras que hay otras, con la misma calidad, en las que parece que la lectura se acelera, de suerte que uno cuando se da cuenta, no tiene más remedio que lamentarse de no haber apurado más la lectura con objeto de haber disfrutado más con ellas. Este hecho me suele pasar con la literatura americana de calidad, mientras que lo contrario, por lo general, me sucede con la europea, que apuesta más por la introspección. “Brooklyn Follies” es una de esas novelas que se leen sin que uno se dé cuenta, una novela optimista, en la que todos los personajes que intervienen en la misma encuentran un acomodo satisfactorio, y con la que el lector se queda con un agradable sabor de boca. Esto es sin duda lo que deseaba Auster, dejando para otra ocasión la otra cara de las grandes ciudades, en donde el abandono y la soledad son las únicas monedas de curso legal. Para terminar, en contra de lo que tenía previsto, sólo tengo que decir que seguiré leyendo a Auster.

Sábado, 12 de febrero de 2011

martes, 1 de marzo de 2011

Punto omega


LECTURA
(elo.215)

PUNTO OMEGA
Don DeLillo
Seix Barral, 2010

DeLillo está considerado como uno de los grandes autores de la literatura norteamericana actual, pero posiblemente debido a que me pareció infumable la única novela que en su día leí de él, “Libra”, decidí dejarlo a un lado con objeto de centrarme en otros autores que me interesaban mucho más. No obstante, estaba convencido que tarde o temprano, tendría que cruzarme de nuevo con su literatura, pues no paraba de escuchar elogios de la misma. Pues bien, por una serie de circunstancias, hace unos días decidí que ya había llegado el momento, por lo que me hice con su última novela, “Punto omega”, quedando pese a su singularidad deslumbrado con la misma, pero comprendiendo al mismo tiempo que había cometido un error, precisamente por haber comenzado por su obra más reciente, que me ha dado la sensación que representa un final de trayecto, una novela que necesariamente ha tenido que marcar al autor, ya que al menos estilísticamente, se encuentra en los límites de lo que se puede entender por narrativa, de suerte, que una de las múltiples preguntas que me han asaltado cuando he finalizado su lectura, ha sido por las características que tendrá su próxima novela, pues difícilmente el autor podrá continuar, repito que estilísticamente, por el mismo camino. La novela cuenta con dos protagonistas, ambos obsesionados con la idea de la pureza, de una pureza que creen poder hallar fuera de la vida. Uno de ellos es un anciano estratega del ejército norteamericano que decide apartarse del mundanal, a una casa que poseía en mitad del desierto, con la intención de no encontrar obstáculos que pudieran perturbar su existencia, y para poder disfrutar, de lo que él creía que era la vida auténtica, mientras que el otro, era un joven cineasta obsesionado por el cine puro, que estaba interesado en realizar un film, sin estridencias y sin ningún tipo de parafernalia, basado sólo en las palabras y en el rostro de su compañero en la narración.
La pureza es algo que se encuentra fuera de la vida, por lo que si ésta se pudiera definir de alguna forma, tarea nada fácil por supuesto, estaría más cerca, mucho más cerca del mestizaje, que de esa limpieza metafísica de la que sólo hablan algunos poetas, precisamente aquellos que resultan más insoportables. No obstante, la idea de escapar de la vida, de la mezquina existencia cotidiana, ha sido una posibilidad que siempre ha barajado cualquier persona sensible, pues huir a un lugar recóndito y apacible, lejos de tantas y tantas variables incontroladas, para estar sólo con lo que uno se cree que es, no cabe duda que siempre puede resultar atractivo, lo que sucede, es que aún en el caso de que alguien pueda aguantar estar constantemente mirándose en el espejo, hecho de una heroicidad extrema, siempre aparecerá una rendija, por muy pequeña que sea, por donde la vida, con su cegadora luminosidad, acabará desbaratando ese proyecto de vida retirada, que siempre han cantado algunos poetas.
Sí, y esa rendija aparece en esta narración, en el momento en que los protagonistas se encontraban más sosegados, encarnada en la joven hija del estratega, que consigue, pese a que era muy apocada, cambiar la dinámica de aquella casa y la vida de sus ocupantes, sobre todo cuando de forma misteriosa desaparece sin dejar rastro, haciendo que la armonía que a duras penas pudo crearse en aquel lugar en medio de la nada, estallara en mil pedazos.
Al mar, como bien se sabe, nunca se le pueden poner diques, nunca, pues cuando menos se espera, ese mismo mar, o los revientas o consigue desbordarlos, que es lo que ocurre en esta novela, en donde el autor parece querer dejar claro, que cualquier planteamiento teórico, por muy asumido que se tenga, siempre estarán a merced de esos vientos incontrolados, que a veces de forma huracanada, amenazan con dejarnos en la más absoluta indigencia. Pero la historia en esta novela, pese a la fuerza de la misma, es lo menos importante, pues como cualquier lector sabe, este mismo argumento se ha repetido en innumerables ocasiones, siempre con diferentes variables con objeto de poder presentarlo como novedoso, lo que tampoco debe llamar a nadie la atención, al saberse, que casi todas las historias, de una forma o de otra, ya han sido contadas. Son muy pocas, por tanto, las historias auténticamente novedosas que se pueden desarrollar a estas alturas, pero para eso está el autor, para intentar narrar lo que desea contar de la forma más adecuada, siendo en este punto, que literariamente es esencial, en donde se diferencian los distintos autores, en la forma en la que consiguen afrontar un determinado tema, una determinada historia, y lo que singulariza y subraya el tipo de literatura que cada uno lleva a cabo. Lo anterior no significa que quien más experimente tiene más posibilidades de éxito, en absoluto, pues hay autores que sin salir de la ortodoxia formal, son capaces de plantear auténticas obras de arte, mientras que otros, en su afán de romper moldes, son incapaces de articular algo mínimamente comestible, por lo que nada es tan fácil como en principio pudiera parecer.
Lo importante de esta novela no se encuentra, por tanto, en la historia que cuenta, sino en la forma en que DeLillo la presenta, en donde después de conseguir despegarse del lector, no dejándole a éste ninguna agarradera en donde poder aferrarse, dibuja un panorama desolador. La novela se construye sobre dos bloques, uno central, en el que se desarrolla la historia propiamente dicha, y un segundo, que se erige al principio y al final, en donde de forma acerada, se habla de alguien que asiste a una proyección de la película “Psicosis” a cámara lenta en un museo de Nueva York. El lector, como dije antes, siempre se encuentra fuera de la historia, o lo que es lo mismo, nunca puede identificarse ni con la historia ni con ninguno de los personajes de la misma, observando como la narración se desarrolla con una frialdad extrema, Pero a pesar de esa frialdad, de la desolación que lo inunda todo, la poética de la novela queda en el corazón del que la lee.
La lectura de “Punto omega”, sin duda, me va a obligar, cosa que no esperaba, a profundizar en la obra de DeLillo, lo que intentaré hacer con sumo placer.

Martes, 8 de febrero de 2011












miércoles, 23 de febrero de 2011

Plata quemada


LECTURAS
(elo.214)

PLATA QUEMADA
Ricardo Piglia
Anagrama, 1997

Hace algo más de un mes, leí la última novela de Ricardo Piglia, “Blanco nocturno”, que a pesar de parecerme interesante, no la vi a la altura del lanzamiento editorial que se le había dispensado, quedando bastante sorprendido, después de leer diferentes reseñas, del crédito que el autor argentino posee entre los críticos de nuestro país. Ante tal hecho, me vi en la obligación, por aquello de que al parecer me estaba perdiendo la literatura de uno de los grandes escritores de nuestra lengua, a profundizar, en su para mí, desconocida obra. Por ello, me hice con su primera novela “Respiración artificial”, novela que con algo más que voluntarismo pude aguantar sólo hasta su mitad, pues a pesar de que estaba bien escrita, al menos desde mi punto de vista se trataba de un pestiño incomestible, al ser una de esas obras, en que el estilo empleado para su desarrollo se encuentra muy por encima de la historia que se intentaba contar, una de esas novelas, en suma, que parecen que están elaborada pensando más en un sector de la crítica, el más exquisito por supuesto, que para el público, y no me refiero a un público banal, que con interés se pueda acercar a ella. Después de este fracaso, ya que toda lectura frustrada lo es, me sorprendió de nuevo que en la relación de las diez mejores novelas editadas en España desde 1991, con motivo de los mil primeros números de “Babelia”, los tres críticos de dicho suplemento literario, insertaran entre sus preferencias una novela de Piglia, “Plata quemada”. El hecho evidentemente me llamó la atención, porque creo recordar, que era la única novela que se encontraba en las tres listas, lo que me llevó a pensar, que el prestigio del autor provenía de esa obra que aún no había leído. Lógicamente, en poco tiempo me hice con un ejemplar, y el resultado de su lectura me ha provocado serias dudas, sobre si la novela en cuestión merecía estar o no, entre ese selecto número de obras escogidas. Cada lector tiene sus preferencias, de suerte, que se podrían crear tantas listas de este tipo como lectores existen, sólo pudiendo decir en consecuencia, que en la mía no se encontraría la novela del argentino, a pesar de las innegables virtudes que posee.
Antes de comenzar la lectura, me sorprendió, que con el apoyo de un magnífico jurado, la novela fue galardonada en su día con el “Premio Planeta” de Argentina, lo que me hizo pensar que sería una obra de fácil lectura, como son la mayoría de las que consiguen ese galardón en España, pero nada más lejos de la realidad, pues uno se encuentra desde un principio con un lenguaje dificultoso, con el lenguaje que se habla en los bajos fondos de Argentina. Pero no sólo el lenguaje empleado me llamó la atención, sino también la perspectiva desde la que se cuenta la historia, en donde desde fuera, se van narrando los hechos como si de una crónica de sucesos se tratara, pero en absoluto como a uno le gustaría que se la contasen, sino de forma arbitraria, quedando lagunas que impiden unir los acontecimientos a la perfección, lo que dejaba constancia, que el interés del autor, se centraba en los personajes, en el mundo de sus personajes, y no en la trama oculta que los empujó hasta el lugar y la situación en la que se encontraban.
Otra cuestión, y nada baladí por cierto que me sorprendió, lo que nunca hubiera adivinado si el autor no lo llega explicitar en el epílogo (no suelo leer nunca las solapas de los libros que leo), es que la historia que se cuenta ocurrió en realidad, y que Piglia tuvo acceso a toda la información sobre el caso, a todos los datos de un suceso que en su momento, por sus dimensiones, escandalizó y atrajo el interés de la opinión pública tanto uruguaya como argentina. Es decir, la novela es un ejercicio literario como en su día lo fue “A sangre fría” de Capote, en donde un novelista, después de haberse preocupado en saber qué fue lo que sucedió en realidad, traduce al negro sobre blanco un acontecimiento real en clave literaria, algo de una dificultad extrema. En esta ocasión se observa, a diferencia de la metodología empleada por el norteamericano, que aspiró a una visión global y objetiva de lo que aconteció, intentando controlar y mostrar todas las variables del suceso, que Piglia sólo desea, dejando al lado todo lo demás, lo que hubiera significado una novela radicalmente diferente, centrarse en el grupo de delincuentes que se encargaron del trabajo sucio de la operación.
Esta opción evidentemente no puede ser gratuita, pues ante el autor se presentaban varias posibilidades desde la que desarrollar la historia, todas ellas interesantes, para centrarse en la más inesperada, en la perspectiva de unos delincuentes que cuando creían que lo peor ya había pasado, después de haber realizado un sangriento atraco y de haber cruzado la frontera de Uruguay, observan que habían sido localizados, viéndose por tanto ante la disyuntiva de tener que entregarse o de morir matando, aunque nunca en realidad dudaron sobre lo que tenían que hacer. Sí, no cabe duda que a Piglia lo que le interesó de la historia que encontró, fue el proceder de esos delincuentes, por lo que se zambulle en ellos, en la personalidad de cada uno de ellos, para intentar comprender por qué actuaron de la forma en que lo hicieron, y aquí acierta plenamente, pues sin utilizar ningún tipo de moralina, presenta a cada uno ellos tal y como él creía, por los datos que había podido conseguir, que en realidad fueron. Leyendo esta novela, uno llega a comprender, que el mal es una actitud autónoma, que sólo se puede observar y definir desde la orilla contraria, es decir, desde donde se sabe con seguridad aquello que es el bien, al existir unas tablas en donde el recto proceder queda perfectamente explicitado. Desde la perspectiva desde la que se encontraban, por el ejemplo el Gaucho Dorna, o el Nene Bignone, su forma de actuar era la correcta, o dicho de otra forma, era la única posible, de suerte que en ningún momento a lo largo de la narración, se enfrentaron con dudas que dificultaran su forma de actuar. Ellos en la obra, digamos, representaban el mal absoluto, pero en contrapartida, las dudas se extienden sobre los que en principio personificaban el bien, que en todo momento aparecen, desde la policía hasta los políticos, ensombrecidos por la duda, por la duda de si defendían ese bien sólo para beneficiarse del trabajo sucio de los hacían el mal. A Piglia, desde un principio le interesa, como parece demostrado, una visión concreta del caso, la que protagonizaron los delincuentes, a pesar de que en ningún momento se oculta que eran auténticos desechos sociales, individuos de oscuro pasado y sobre todo carentes de futuro, que en ningún caso podrían ser presentados como modelos a seguir. No obstante, desde la posición que ocupaban, la imagen que llega de la legalidad no es nada tranquilizadora, pues al mal absoluto que representan, no se le contrapone un bien de las mismas características.
“Plata quemada” es una novela inquietante y arriesgada, en la que se observa una marcada voluntad de estilo por parte del autor, en donde éste, apuesta fuerte para dejar una obra singular, en donde demuestra, que a veces es necesario, aunque sea a contracorriente y con el viento de frente, adentrarse en territorios poco explorados con objeto de abrir ventanas que siempre han permanecido cerradas, para desde las cuales, obtener perspectivas diferentes que puedan enriquecer la visión global que se posee. “Plata quemada” es sin duda una buena novela, y aunque yo no la incluiría en mi lista de las diez mejores editadas en español, sólo por el hecho de que me he encontrado novelas que me han interesado más, comprendo que tiene todo el derecho, por su calidad, a que otros la incluyan en la suya.

Viernes, 4 de febrero de 2011

viernes, 18 de febrero de 2011

El sabueso de los Baskerville



LECTURAS
(elo.213)

EL SABUESO DE LOS BASKERVILLE
Arthur Conan Doyle
Alianza

Tengo que reconocer, como periódicamente me ocurre, que en estos momentos me encuentro saturado como lector, lo que me impide poder disfrutar como desearía de lo que leo, ante lo cual, sólo cuento con dos alternativas, o dejar durante un tiempo de leer, al menos novelas, o entregarme a obras que tengan la virtud de oxigenarme y devolverme el placer por la lectura. He optado por la segunda opción, pues me puede permitir volver a reencontrarme, como está siendo el caso, con lecturas que en buena medida me conformaron, para bien o para mal, como el lector que soy en la actualidad.
En determinadas ocasiones, cuando me recriminan el hecho de que no suelo criticar en exceso a la literatura popular, siempre digo lo mismo, que sin buena literatura popular es imposible que existan lectores, lectores de calidad. Sí, porque todos los que leemos más de la cuenta, hemos bebido en nuestros inicios de esa fuente, ya que nadie comienza leyendo el “Ulises”, ni por supuesto “En busca del tiempo perdido”, pues en el supuesto de que algún intrépido lo haya intentado, no me cabe duda, que tal individuo no ha vuelto a coger un libro. Siempre hay que comenzar por novelas que fomenten la lectura, no por aquellas, que pese a su indudable calidad, lo único que consiguen, al menos en un principio, es espantar a los lectores inmaduros que se acerquen a ellas; lecturas que obliguen a leer y a leer, aquellas que cuando se han tenido que interrumpir por algún motivo, incitan desde la distancia a que se reanude lo antes posible la lectura.
Recuerdo que cuando aún era demasiado joven, gracias a la pequeña biblioteca del padre de un amigo, conocí a un personaje que me acompañó durante demasiadas tardes durante aquel periodo de mi vida, alguien que respondía por el nombre de Sherlock Holmes. Sí, en aquella raquítica biblioteca, como lo eran todas las que llegué a conocer en aquellos tiempos, creo recordar que a la derecha del televisor, se encontraban las obras completas del singular investigador inglés, en un formato pequeño, como de bolsillo, en color rojo. Cada semana iba a visitar a mi amigo para llevarme una nueva novela al tiempo que dejaba en su lugar la que me había llevado y leído la semana anterior, con el beneplácito y la atenta mirada de su padre, que no comprendía como a su hijo, a pesar de que era excelente estudiante, no le interesara en absoluto eso tan prestigioso en aquella época como era la lectura. De esta forma, poco a poco, durante un dilatado e imagino que caluroso verano, me leí todas sus aventuras, lo que recuerdo ahora con la distancia de los años como algo realmente placentero. Estoy seguro después de tanto tiempo, que aquellas lecturas, que hoy de forma despectiva suelo calificar de mero entretenimiento, fueron fundamentales para mi formación como lector, al menos en cuanto a mi pasión por la lectura. Bien, pues en estos momentos en que observo que no disfruto con las historias que me llegan, he escogido del reducido lote de libros que siempre me acompaña, una novela de ese autor al que Julian Barnes intentó acercarse en su obra “Arthur y George”, precisamente “El sabueso de los Baskerville”, una de las aventuras que en su momento más me interesaron de Sherlock Holmes. La he leído y la he disfrutado como el adolescente que en su momento la leyó, sin buscar nada en esa narración que trascienda de la misma, es decir, dejándome llevar por la lectura y sin prestar ninguna resistencia a la misma.
Leer por leer es algo que no recomiendo especialmente, pero creo que existen momentos, en los que uno tiene la necesidad de reconciliarse con la lectura, y comprender qué es lo importante en ella y qué lo secundario. Estoy convencido que lo esencial en toda novela es la existencia de una buena historia, evidentemente bien contada, que consiga sacar al que la lee, aunque sea durante un par de horas, de la realidad en la que vive, lo que no es tan fácil como en principio pudiera parecer. Pues bien, esta pequeña novela, sin aspiraciones, repleta de trucos que se adivinan desde lejos, escrita para lectores que sólo aspiran a pasar un rato agradable con ella, de forma inconcebible, ha conseguido substraerme de los múltiples problemas que me acechan, al tiempo que me ha obligado a leerla casi sin respirar, sin que me entraran ganas de tirarla, o de abandonarla, como me ha ocurrido con las dos últimas, que a pesar de las magníficas críticas que traían bajo el brazo, he intentado leer sin lograr conseguirlo. Y la he leído de esta forma, casi de corrido, pese a estar convencido, de que no soportaría el más mínimo análisis crítico, que desde la ortodoxia, tratara de calificarla como una buena novela.
No, evidentemente “El sabueso de los Baskerville” no es una novela de esas que podrían considerarse, o que podrían llevar el marchamo de literatura de calidad, no, ya que es sólo lo que es, una narración que puede servir para ayudar a iniciar en la lectura, para crear cantera en terminología futbolística, pero también para lo que dije al principio, para oxigenar a los que se encuentran cansados de leer textos, que a pesar de aspirar a ser más de lo que son, no llegan ni tan siquiera a provocar ese mínimo interés que necesitan los que se acercan a una determinada novela. Es sólo eso, pero “ese sólo eso” es más que suficiente, ya que con dignidad, lo que no es poco, cumple a la perfección con aquello para lo que fue elaborada, demostrando, que la literatura de perfil más bajo, la que se limita a contar buenas historias, con calidad y con los mínimos artificios posibles, siempre, aunque pasen los años, estará ahí para auxiliar a todos los que la necesiten.
Creo que ni siquiera hace falta entrar a analizar la obra, pues a estas alturas, ya que todos conocemos su argumento y la estructura sobre la que está montada, hay que comprender, que lo importante en ella, o lo que llama la atención en ella son otras cuestiones que escapan a lo meramente literario. Comprobar que una novela de tales características permanezca en pie, mientras que muchas otras dotadas de más ambiciones y aparataje desaparecieron hace tiempo, no deja de llamar la atención, sobre todo en unos momentos como los actuales, en los que, por norma general, las novedades que nos llegan cada día resultan más insoportables. Como dije hace poco refiriéndome a un pequeño y casi insignificante relato de Chaves Nogales, es recomendable comenzar a desmantelar muchos de los amaneramientos o vicios adquiridos, para volver a una literatura, que en lugar de ser tan literaria (cada día me interesa menos la literatura que se autodenomina literaria) aspire a ser sólo buena literatura, o lo que es lo mismo, a una literatura que en lugar de ir dirigida a un reducido grupo de lectores, que por norma general son los que menos leen, trabaje para captar y para desarrollar historias que realmente sean interesantes y que en la medida de lo posible, afronten las cuestiones que siempre han preocupado al ser humano, esas que se encuentran adheridas a su propia existencia.

Sábado, 29 de enero de 2011

miércoles, 9 de febrero de 2011

La agonía de Francia


LECTURAS (elo.212)

LA AGONIA DE FRANCIA
Manuel Chaves Nogales
Libros del Asteroide, 2010

Sabía que “Libros del Asteroide”, sacándolo del olvido, había editado este texto, del que, desde un principio, me llegaron excelentes alabanzas, por lo que estaba deseando que cayera en mis manos. Creía que se trataría de una novela, de una novela del estilo de “El maestro Juan Martínez estuvo allí”, en la que, desde un personaje de ficción, se narrara lo que ocurrió en Francia en aquellos momentos históricos en los que sucumbió al fascismo. Pero no, afortunadamente me he encontrado con una crónica periodística, o mejor dicho, con un ensayo periodístico llevado a cabo por alguien que “estuvo allí”, en el que se observa, como no podía ser de otra forma, la visión del propio Chaves Nogales sobre lo acaecido, pero también, la carga, la enorme carga ideológica con la que aliñó todo lo que narró. Sí, el autor posee la virtud, de criticar en todas sus obras las ideologías dominantes del tiempo en que vivió, que eran el comunismo y el fascismo, pero las criticó, a veces de forma magistral, desde la suya propia, desde el liberalismo democrático. En aquellos momentos difíciles, y no sólo para España, ser demócrata y creer en los principios del liberalismo, no era precisamente lo más fácil, pues todo, incluso el aire que se respiraba, estaba impregnado por un espíritu antiliberal y antidemocrático, al estimarse de forma generalizada, que la inoperancia de los regímenes democráticos, era la causa de todos los males, y que sólo desde posicionamientos totalitarios se podría definitivamente llevar a cabo el salto histórico que la humanidad necesitaba. El problema, como bien dejó relucir en innumerables ocasiones el autor, era que no se comprendía que el estancamiento que padecían dichos regímenes, se debía, a que carecían de una amplia base social que los hicieran viable, pues parecía que todos, a lo único que aspiraban, era a denostarlos y a criticarlos.
Para comprender este texto, hay que partir del hecho, que Chaves Nogales había llegado derrotado a Francia, después de haber padecido todos los sin sabores de la guerra civil española, creyendo haber dejado atrás la barbarie y la intransigencia, con la esperanza de poder asentarse en un país civilizado, en donde los valores democráticos del liberalismo en los que creía, iluminaran una convivencia aceptable basada en el diálogo constante y en el respeto a la diferencia. Pero no encontró lo que esperaba, pues la semilla del totalitarismo, el mal de aquella época, hacía ya tiempo que había germinado en el país galo, por lo que la patria de la libertad, de los ideales republicanos, también se deslizaba por la peligrosa senda de la intransigencia, por la misma acerada pendiente que había conseguido llevar a España al desastre y a la destrucción. Las tropas alemanas amenazaban las débiles fronteras francesas, por lo que la temida y alargada sombra del nacionalsocialismo, con todo lo que ello significaba, condicionaba la vida cotidiana que encontró el periodista sevillano cuando llegó al país vecino. Pero para él, el peligro real no se encontraba fuera, en las ambiciones de Hitler y sus lugartenientes, sino en el hecho innegable, que los ideales que estos representaban, antes incluso de comenzar la guerra, ya habían sido asimilado por un importante sector de la población francesa. La cuestión, según el autor, radicaba en que Francia, también había padecido una sangrienta guerra civil, no como la española en los campos de batalla, pero sí en esa otra contienda que se materializa en el terreno de las ideas. El país de la revolución se encontraba profundamente dividido, escindido entre los partidarios de los planteamientos comunistas que llegaban desde Moscú, y los que veían la necesidad, de edificar un régimen totalitario a imagen y semejanza del alemán y en menor medida del italiano. Esta profunda brecha que dividía a la sociedad francesa en dos bandos radicalmente enfrentados entre sí, dejaba poco margen para pensar en Francia, o mejor dicho, en los valores que siempre había representado y definido a Francia, por lo que, antes incluso de que las divisiones acorazadas alemanas se adentraran en el Hexágono, Francia como idea, como idea de nación ya no existía. Para Chaves Nogales, bastante influido en esta época, como se puede observar con facilidad, por Ortega y Gasset, la razón última de esta catástrofe, tenía sus causas en la rebelión de las masas, que en su pusilanimidad, siempre prefieren apostar por la simplicidad del blanco o del negro, por los planteamientos diáfanos, sean los que sean, que por la complejidad que define la existencia humana, que en todo momento se encuentra obligada a moverse entre una gama de colores de una amplitud difícil de soportar, que sólo puede tener acomodo en un sistema democrático, ya que éstos, son los únicos que pueden salvaguardar la pluralidad existente en toda sociedad sana. Se podría decir, que leído lo leído, y después de recordar otros trabajos del autor, que el sevillano, también se encontraba encadenado a sus propios ideales, a su forma de ver y entender el mundo, pues en “La agonía de Francia”, lo que hace, es trasladar a otras latitudes, lo que escribió sobre los problemas que habían conseguido hundir a España. Para él, simplificando, la causa del fracaso de la república española, consistió en que la vida social y política de nuestro país se polarizó en dos extremos irreconciliables, no dejando espacio, para lo que aquí se podría denominar la tercera España, una España centrada, que trabajase para que todos, independientemente a los ideales que poseyeran, tuvieran cabida en un mismo marco de convivencia, que siempre, entre todos, habría que cuidar. Esa tercera España, qué duda cabe, era la España regeneracionista que representaba los valores republicanos, en los que militó, como otros muchos intelectuales de la época, el propio Chaves Nogales. De todas formas, me ha llamado poderosamente la atención, la forma demasiado explícita en mi opinión, en que utiliza los postulados básicos de la obra emblemática de Ortega, dejándome la sensación, de que acababa de leerla y que aún no la tenía lo suficientemente asimilada, lo que a su vez me lleva a pensar, que a pesar de que la tesis que expone es contundente, o posiblemente por ello, que tuvo que realizar un profundo esfuerzo para adaptar lo que veía a los planteamientos que ya poseía, ya que todo lo que nos cuenta cuadra a la perfección. Yo, siempre que puedo trato de huir de estas cuadraturas perfectas, que casi siempre veo forzadas, al imaginar, pues es ley de vida, que para que todo encaje, es necesario podar demasiadas variables, que posiblemente sean las que aportan la singularidad que cada caso posee. Lo mismo, curiosamente, le solía ocurrir al propio Ortega. Cada día me interesan más este tipo de creaciones literarias, los reportajes periodísticos de calidad, pues cuando están bien realizados, aportan un importante caudal de información, que sirven para completar las esquemáticas informaciones, por norma general interesadas, que desde los medios de comunicación nos llegan, y sobre todo, para neutralizar la tendencia imperante a simplificarlo todo. Si para colmo, el reportaje o la crónica periodística va firmada por alguien de la categoría de Chaves Nogales, que no sólo se dedica a informar, sino a aportar su opinión sobre lo que acontece, mejor que mejor.

Domingo, 9 de enero de 2010