jueves, 27 de enero de 2011

Expiación



LECTURAS
(elo.210)

EXPIACIÓN
Ian McEwan
Anagrama, 2002



Hace cinco o seis años leí por primera vez esta novela, y tengo que reconocer que me defraudó, pero con el tiempo, y después de escuchar un poco asombrado la multitud de elogios que cosechaba, alguno de ellos de lectores muy cualificados, fui comprendiendo, o aceptando, que con toda seguridad efectué una mala lectura de “Expiación”, y que posiblemente merecería la pena, en el momento en que encontrara una ocasión, volver a leerla para verificar si era tan buena como decían, o si por el contrario, dejaba tanto que desear como en su momento me atreví a pensar. Tampoco perdía tanto, por lo que, después de un nuevo e inesperado comentario elogioso, decidí que había llegado el momento, a lo que se sumó el hecho de que tampoco tenía nada interesante que leer, de enfrentarme a la que según todos, era la mejor novela de McEwan. De McEwan, como de los demás miembros de su prodigiosa generación, Barnes, Ishiguro, etc., tengo una opinión que ya he expresado en múltiples ocasiones, la de que son autores extraordinariamente dotados, pero que sin embargo, los temas que desarrollan, por desgracia, carecen de la sustancia, o de la trascendencia, que creo debe tener toda buena novela. ¿Qué significa lo anterior? Lo que quiero decir, es que una buena novela en los tiempos que vivimos no debe contentarse sólo en contar una historia, por muy potente e interesante que llegue a ser, sino que tiene aspirar a algo que vaya más allá de esa historia, convirtiendo a ésta en la justificación que permita al autor afrontar cuestiones que difícilmente podría tratar de otra forma. Sí, creo que la novela no puede ser nunca un instrumento inofensivo por muy atractiva que pueda llegar a ser, pues hay que reconocer que ahora lo que sobran son historias, historias en todos los formatos, sirviendo éstas en muchas ocasiones, para anestesiar, o para erradicar la capacidad analítica que en principio todos tenemos, y que tan necesaria resulta en la actualidad. Estas historias que mueren cuando se cuentan, para lo que realmente sirven es para entretener y evitar que se mire con los ojos abiertos la realidad y al quehacer que cada cual tiene la obligación de llevar a cabo, lo que las convierte en somníferos que obligan al que las lee, a mirar hacia el preciso lugar en donde no se encuentran sus preocupaciones.
Con esta idea previa comencé a leer “Expiación”, y con esa idea, pero mucho más reforzada, sigo después de haber terminado la novela, aunque con la certeza de que es mucho mejor de lo que recordaba, porque a pesar de que me ha parecido desigual, tengo que reconocer, que posee momentos narrativos realmente magníficos, sobre todo en su primera parte, en donde McEwan se presenta como un excelente narrador, como uno de los mejores narradores que existen en la actualidad. “Expiación” es una estupenda novela para perderse con ella un largo fin de semana, sobre todo si uno lo que desea es precisamente eso, aislarse con una novela durante unos días para no pensar en nada más que sobre el tema que se desarrolla delante de sus ojos, y olvidar los problemas que le puedan cercar, ya que para colmo está bien construida. Para la mayoría de los lectores, y también de los críticos, lo anterior puede ser suficiente para calificar como excelente la novela del inglés, pues para rizar el rizo, en ningún momento elige el camino fácil que muchos de sus colegas no dudan en utilizar, pero estoy convencido que a la literatura de McEwan, con la que hay que ser mucho más exigente de lo habitual por la calidad que posee, le falta ese plus adicional, para dar el salto de la excelencia a ese estadio superior en donde se asientan los grandes maestros de la literatura, que son los que no se limitan sólo a contar bien una buena historia.
“Expiación” es una novela que escribe alguien para exculpar su pecado, el de haber destruido la vida de su hermana y de la persona de la que estaba enamorada, por haber creído y denunciado lo que nunca ocurrió en realidad, en la que desde múltiples visiones, sobre todo en su primera parte, trata de poner de manifiesto que la realidad puede ser entendida de diferentes formas, dependiendo de la perspectiva desde la que se observe, aunque al final la terquedad de la misma la convierta en inalterable.
Esta novela, que desde su calidad literaria cumple con creces con los objetivos marcados por el autor, pues el que consigue sumergirse en ella con toda seguridad pasará unas agradables, y civilizadas horas de lectura disfrutando de una estructura narrativa que posee la virtud de embaucar, lo que no es tan habitual como en principio se podría suponer, hay que reconocer que vale realmente la pena de ser leída y disfrutada. Pero ejerciendo de abogado del diablo, lo que siempre es conveniente, tendría que decir, que esa estructura magistralmente empleada, es utilizada para encubrir la debilidad de la historia que se narra, haciendo que ésta, parezca más sofisticada de lo que realmente es, lo que tergiversa en buena medida los equilibrios que tienen que existir entre lo que se cuenta y la metodología que se debe utilizar para mostrar lo que se desea contar, aunque tal hecho habla bien en favor de McEwan, que gracias a su profesionalidad, de muy poco, consigue sacar de su chistera una interesante novela. Siempre hay que tener cuidado, o al menos hay que tener un mínimo de precaución, con aquellas obras en la que destacan los fuegos artificiales de una estructura desmedida, pues puede, como creo que es el caso, hacer creer que la historia que se cuenta tiene más peso del que en realidad posee.
“Expiación” es a pesar de todo lo dicho una novela recomendable, pero debido a la evidente calidad de su autor, y a pesar de que puede ser su mejor novela, siempre queda la insatisfacción de que hubiera podido ser diferente, si se hubiera realizado menos de cara a la galería, al aplauso del público, y más hacía lo que debe ser la gran literatura.

Sábado 11 de diciembre de 2010

lunes, 17 de enero de 2011

El sueño del celta


LECTURAS
(elo.209)

EL SUEÑO DEL CELTA
Mario Vargas Llosa
Alfaguara, 2010

Después de finalizar la lectura de “El sueño del celta”, la última y esperada novela de Vargas llosa, varias cuestiones me han asaltado, y todas ellas, todas, se me plantean partiendo de que es una obra, como no podía ser de otra forma viniendo de quien viene, magníficamente escrita y con la estructura adecuada a la historia que cuenta. Todo cuadra en ella, pero sin embargo, no puedo decir que sea una buena novela, o que me haya gustado lo suficiente como para destacarla dentro de la obra del propio autor, o entre las novelas que he leído últimamente. El peruano es un magnífico narrador, pero estoy convencido que ha perdido por el camino la magia que poseía para convertirse sólo en un buen artesano de la literatura, lo que no es poco, alguien que de cualquier tema, después de estudiarlo detenidamente, y por oficio, es capaz de realizar una novela de cuatrocientas páginas muy por encima del nivel medio, pero que desde hace tiempo, no presenta una obra que supere sus propios registros, ni que haga disfrutar de verdad a sus innumerables seguidores. Aunque espero equivocarme, estoy convencido que Vargas Llosa está acabado literariamente, y que tira de esa profesionalidad que posee para sacar, sin necesidad, una novela cada dos o tres años. La buena literatura no es aquella que sólo está bien escrita, sino la que consigue además, aportar al que lee diferentes sensaciones, que la perfección literaria del reciente Nobel, una perfección que sin duda oculta sus carencias, neutraliza por completo. Asumo que afirmar que Mario Vargas Llosa posee carencias literarias puede parecer ante todo una frivolidad por mi parte, una afirmación gratuita de esas que sólo sirven para evitar desarrollar un planteamiento coherente, pero lo único que quiero decir, lo único, es que a pesar de los medios que utiliza para desarrollar sus historias, que son muchos, y de la elaboración de las mismas, siempre a fuego lento y sin que le falte ningún aditivo, la novela que presenta en esta ocasión, se queda sólo, lo que no es poco, en ser una buena narración que en ningún momento consigue entusiasmar al que se acerque a ella, posiblemente porque desde un principio se presenta como demasiado encorsetada y previsible. Sus seguidores, que son legión, dirán precisamente lo contrario, que lo anterior es su mayor virtud, pero sigo pensando que a “El sueño de el celta” le falta sangre, pareciendo más una biografía que una novela. Y no es una biografía, como al final de la obra el propio autor se empeña en subrayar, lo que me empuja a sostener, que lo que falla es el planteamiento de la novela, la visión que se realiza del protagonista, que acaba condicionando toda la obra.
La novela cuenta la historia de un irlandés, Roger Casement, que bajo las órdenes del Imperio Británico, se traslada a África para realizar un informe sobre los desmanes que se estaban llevando a cabo en el antiguo Congo belga, informe que consigue una enorme difusión, en el que se hablaba sin tapujos de los atropellos que bajo la bandera de la civilización, que ocultaba una codicia desmedida por parte de los colonizadores, es estaba produciendo en aquellas lejanas tierras. Debido al éxito de la misión, es enviado con posterioridad a la Amazonía, a una olvidada región del Perú, desde donde llegaban rumores de que estaba acaeciendo lo mismo, a manos esta vez de una importante empresa cauchera con sede en Londres. Una vez terminado satisfactoriamente este trabajo, que le resultó agotador, el protagonista decide centrarse de forma definitiva en la causa que le obsesionaba desde hacía tiempo, la independencia, la liberación de Irlanda del yugo británico. En plena Primera Guerra Mundial ve la posibilidad de lograr la independencia de su país pactando con Alemania, lo que le lleva a ser capturado, procesado por traición y ejecutado. La historia como es habitual en Vargas Llosa, se desarrolla en dos planos, en el primero de los cuales aparece el protagonista en prisión, recibiendo visitas mientras espera el veredicto del consejo de ministros que deliberaba sobre posibilidad de suspender su condena a muerte, y un segundo, en donde se desarrolla la historia de Roger Casement.
Me sorprende que Vargas Llosa, en su última etapa, exceptuando “Travesuras de una niña mala”, que es una de sus peores obras, a la altura de “Lituma en los Andes”, parece que se inclina por dejar a un lado la ficción para plantear novelas basadas en temas reales, como en “La fiesta del Chivo” o “El paraíso en la otra esquina”, lo que tiene su dificultad, pues a veces como en este caso la historia es tan intensa, que la cantidad de datos que hay que poner sobre la mesa para que sea creíble, puede llegar a embarrullarlo todo, haciendo que la novela resulte poco digerible para los lectores. Este es uno de los problemas de “El sueño del Celta”, que a veces parece que está asistiendo uno a una clase de historia, lo que es comprensible, pues sin una explicación previa, se corre el riesgo de que no se comprenda, o que resulte difícil de creer lo que acontece en la narración. Tantos nombres, tantos datos e historias laterales consiguen quitarle dinamismo a este tipo de novelas, por lo que resulta difícil encontrar alguna, alguna de estas características, que consiga convertirse en una obra literaria de calidad.
Pero lo que me sorprende es el cambio de registro del peruano, el de cambiar la ficción por la realidad, o por historias basadas en algo que ha sucedido realmente. Aunque parezca mentira, al menos así lo entiendo, esto último es mucho más difícil, pues hacer de lo que existe o de lo que ha existido literatura tiene que ser de una complejidad extrema, pues la vida está repleta de aristas, de callejones que no van a ninguna parte, que sólo con mucha paciencia y con mucho saber, es posible traducir al negro sobre blanco. Cierto, pues la ficción siempre en caso de dificultad, se puede adaptar sin muchos problemas a los imperativos de la narración. Vargas Llosa parece que se ha cansado de crear historias imaginadas, como con tanto éxito en un principio hacía, para basarse en los yacimientos que la propia realidad le brinda, lo que sucede, y esto es lo que hay que lamentar, es que su obra literaria pierde bastantes enteros con esta opción. A veces se olvida, y nuestro autor no debería hacerlo pues es un gran teórico de la literatura, que en muchas ocasiones la ficción, cuando está bien desarrollada y planteada, cuando no se mira exclusivamente a su ombligo, es un magnífico instrumento para entender y analizar la propia realidad, casi siempre mucho más eficaz, de ahí la grandeza de la novela, que las propias narraciones que con absoluto realismo tratan de explicar lo que ha sucedido realmente.
Estoy convencido que el autor quedó maravillado con la figura de Roger Casement, un luchador contra la explotación, por la defensa de los derechos humanos y de la libertad, pero estoy seguro que la novela hubiera dado más juego, mucho más, si hubiera creado un personaje basado en dicho héroe, pero que no hubiera tenido la servidumbre de tener que recorrer todos los pasos, uno a uno, de una existencia tan sobrecargada como la que vivió el irlandés, La idea hubiera quedado perfectamente planteada, y la novela hubiera sido mucho más aceptable.

Miércoles, 1 de diciembre de 2010

lunes, 10 de enero de 2011

La columna de hierro



LECTURAS
(elo.208)

LA COLUMNA DE HIERRO
Manuel Chaves Nogales
Austral

Me sorprende la extraña virtud que poseen los relatos de Chaves Nogales para conseguir no dejarme indiferente. Desde hace tiempo tengo el volumen editado por Austral con el título “A sangre y fuego”, estoy leyendo sus relatos poco a poco, como creo que hay que leer toda obra de tales características. Lo que me llama la atención, a pesar que desde que leí el primero hasta éste último que acabo de terminar hace unos instantes ha pasado bastante tiempo, es que recuerdo cada uno de los relatos como si los hubiera leído ayer mismo, y esto evidentemente no es normal.
Hace unos días, bajo la lluvia, me encontré con un gran amigo que a su vez es un gran lector, y comentamos, como siempre hacemos, sobre lo último que habíamos leído que nos hubiera llamado realmente la atención, sorprendiéndome, que le interesara un autor, muy de moda en estos momentos, que a mí, sin embargo, me resulta completamente anodino e insustancial. Le dije que había leído una novela de ese autor recientemente, un poco por obligación, dándome cuenta a la mitad de la lectura, que ya la había leído con anterioridad, lo que demostraba, lo que me demostraba le dije, que poca fuerza podían tener sus historias, cuando ni tan siquiera conseguían arraigar en la memoria de los que las leen. Le comenté también, que estaba convencido que el tiempo, ese ecuánime juez que consigue dejarlo todo en su sitio, con toda seguridad, se encargaría de que ese autor, a pesar de los grandes elogios que cosecha en la actualidad, en buena medida debido a la timorata crítica existente, pasaría directamente, y no habría que esperar mucho para ello, al enorme panteón de autores que a pesar de conseguir cierta gloria, quedaban, de forma definitiva, anclados en el olvido por meritos propios. Precisamente lo contrario le ocurre a Chaves Nogales, cuyas potentes historias siempre quedan en la memoria del lector, exigiéndoles a éstos, que profundicen en las mismas, para que no se queden sólo con eso tan absurdo de “me ha gustado”, ya que están realizadas con la intención de que se desarrollen con posterioridad, pues nunca, en ningún caso, son tramas gratuitas. Y este es el grave problema que está logrando arrinconar a la literatura en la actualidad, el que está convirtiéndola en algo banal y completamente prescindible, que las historias que últimamente se escriben, en contra de la naturaleza última de la literatura, carecen de la más mínima sustancia. Este hecho está provocando que muchos lectores, de forma errónea a mi entender, se estén refugiando en el estilo, en la forma en que se cuenta lo que se desea narrar, dejando de lado a la historia misma, sin entender, o sin querer comprender, que una novela decente es aquella que muestra una buena historia contada de la mejor forma posible, siendo todo lo demás divagaciones que carecen sentido.
En “La columna de hierro”, como en todos los relatos de este volumen, se habla de la intrahistoria de La Guerra Civil, de la parte oscura de esa contienda en la que pocos han querido profundizar, a pesar de que gracias a ella se puede llegar a entender, en buena medida lo que en realidad sucedió. El periodista sevillano, en lugar de pararse y deleitarse con las heroicas hazañas tanto de los vencedores como de los perdedores, intenta comprender y mostrar lo que según él acaeció, centrándose en lo que se escondía detrás de tantas banderas y de tantas ideologías, en lo que de humano, para bien o para mal, hubo en aquella fraticida contienda. Sí, porque no se trató de una guerra, como en tantas ocasiones nos han contado, esencialmente idealista, algunos incluso, sin conocer bien lo que ocurrió, llegaron a calificarla como la última guerra romántica, ya que al grito de “sálvese quien pueda”, cada cual hizo estrictamente lo que pudo, haciéndola mucho más complicada de entender y por supuesto de explicar.
En este relato se habla de uno de los problemas que tenía el bando republicano, la existencia de bandas, en este caso un grupo de anarquistas, que intentaban hacer la guerra por separado sin reparar ni hacer caso a las directrices que emanaban del alto mando al que teóricamente pertenecían. Eran bandas, bandas terroristas, que en lugar de estar en el frente luchando en primera línea que era donde tenían que estar, se dedicaban a la rapiña en el propio territorio republicano, al creerse con el derecho, y con el deber de hacer la revolución por su cuenta, lo que acarreó, por las atrocidades que realizaron, casi siempre contando con la oposición de los que velaban por la legalidad, un fuerte malestar en la población hacia lo que en esencia representaba la república.
Sí, desde muy joven he asistido a la polémica, entablada casi siempre por personas mayores, ente los que afirmaban, por norma general de tendencia anarquista, que todo se perdió porque se intentó hacer antes la guerra que la revolución, y los que por el contrario decían que no, que todo se fue al garete, por culpa de los que creyeron que la revolución había que hacerla antes o en paralelo a la propia guerra, al provocar éstos, una importante desunión en el bando republicano, una desunión y también un miedo innecesario en la población, que veía que la barbarie también anidaba entre los miembros de su propio bando. Ahora, después de tantos años, estoy convencido que la única forma de haberse podido ganar aquella guerra, era mediante la unidad y la ciega lealtad de los partidarios de la legalidad a un mando único, y que más que la revolución lo que había que poner era orden, un orden que sin duda daría credibilidad a los que luchaban por mantener la república, es decir la democracia y la libertad, y que más adelante, cuando todo se hubiera calmado, sin duda se encontraría tiempo suficiente para todo lo demás. Pero hay que reconocer que eran tiempos difíciles y que el país posiblemente no estaba preparado, sin clase media, para sostener una república democrática, que desde el inicio se encontró sin un amplio sector social que la apoyara, lo que provocó la potenciación de los extremismos suicidas, lo que a su vez dio lugar a la carnicería que produjo. No, evidentemente no se trató de una guerra romántica, pues en ella afloró toda la podredumbre que existía en la sociedad española de la época, y sucedió lo que tenía que suceder, que los que pudieron hacer valer su autoridad entre los suyos consiguieron llevarse el gato al agua.
“La columna de hierro” es un pequeño relato sin ambiciones estilísticas, pero correcto, en donde sólo se trata de contar algo, pero algo de interés, por eso, a pesar de los años, sigue siendo interesante su lectura. Creo que la literatura, para que de una vez por todas supere el estéril interrogante sobre su futuro, debe dejar de buscar la cuadratura del círculo, para con modestia volver a sus orígenes, a presentar textos que aspiren sencillamente a despertar el interés de los que se acerquen a ellos, como magistralmente hace, o hacía Chaves Nogales.

Lunes, 22 de noviembre de 2010

martes, 28 de diciembre de 2010

La última noche en Twisted River


LECTURAS
(elo.207)

LA ÚLTIMA NOCHE EN TWISTED RIVER
John Irving
Tusquet, 2009

Alguien dijo simplificando mucho, un escritor bastante conocido, que existen dos clases de novelistas, los que escriben con brújula, como él lo hacía, y los que necesitan hacerlo apoyándose en un detallado mapa sobre su mesa de trabajo. Los primeros saben hacia dónde quieren dirigirse, pero se aventura sin saber qué se podrán encontrar a lo largo de la travesía en la que se involucran, mientras que los segundos, sin duda menos osados, sólo parten cuando creen conocer todos los recodos y todas las ventas por las que con seguridad tendrán que pasar y repostar. Lo anterior no significa que unos sean mejores novelistas que los otros, no, pero sí que existen dos formas de trabajar y de entender la construcción novelística radicalmente diferentes, que se nota, en mayor o menor medida, en las obras que realizan. Estoy de acuerdo, pero también existe otra división, que en lugar de atender como la anterior a la elaboración, se centra en los objetivos que los diferentes autores se imponen, ya que por un lado se encuentran los que desean sólo contar una historia, y por otro, los que aspiran además, a escudriñar, por decirlo pomposamente, en el alma humana, es decir, los que se dedican a contar historias con la intención, de que éstas consigan tener la virtud de dejar al descubierto otras cuestiones. Ni que decir tiene, como ocurre en la primera división, que pueden existir tan buenos escritores, o tan malos, en cada uno de los diferentes bandos, quedando en el lector, la soberana decisión de elegir el tipo de literatura que más le interesa.
Esta novela de John Irving demuestra, o al menos me demuestra, que el norteamericano necesita para trabajar de un mapa, pero también que es uno de esos autores que se conforman con contar una historia, lo que lo sitúa, a pesar de sus innegables dotes para la narración, en el grupo de novelistas que menos me interesan. En un momento determinado, el protagonista de la novela, que para colmo es novelista, se llega a definir como “un artesano, no como un teórico”, como “un narrador, no como un intelectual”. Curioso, eso mismo pienso de Irving, que es un buen artesano y un excelente narrador, de esos que consiguen embaucar con lo que cuentan, pero también de los que no llegan a más, salvo a que el lector no tenga más remedio que afirmar, “sí, pero las historias que narra son buenas y están bien construidas”. ¿Pero basta con eso? Puede que sí, al menos si se analizan las listas de textos más vendidos, en donde uno se puede encontrar, con tochos monumentales que sólo se dedican a explicitar, con pelos y señales, la rocambolesca vida de sus protagonistas, gracias a los cuales, si hay suerte, se puede pasar un largo fin de semana sin salir de casa. ¿Pero esta literatura de entretenimiento, completamente desfasada, al menos de mi punto de vista, es la que definirá literariamente a nuestro momento histórico? Aunque afortunadamente existen otras formas de entender la literatura, con toda seguridad, entre otras razones porque es la que se compra y la que a veces se lee, esta visión de la misma, que no llega a caer en el best seller, aunque coge muchos elementos de ellos, es la que caracteriza, nos guste o no, a nuestra época. Siguiendo con las preguntas, existe una que hay que realizar de forma ineludible, a saber, ¿Quién lee en estos momentos literatura que no sea de entretenimiento? Sólo cuatro monos. Basta para comprender lo anterior con acercarse a cualquier librería, sea la que sea, y observar los escaparates desde los que se incita a comprar auténtica basura, quedando los textos de un mínimo interés, de un interés literario, arrinconados en los lugares menos accesibles, y es que, por lo que no hay que culpar a esos establecimientos comerciales, pero sí a los libreros que aún quieren merecer ese nombre, lo realmente importante son las ventas, el número de ejemplares que se puedan llegar a vender de un determinado libro, y no la calidad del mismo. El problema de estas novelas, casi todas ellas bien construidas, es que no aspiran a otra cosa más que a satisfacer las demandas del sector mayoritario de la comunidad de lectores, que sólo exige obras con las que poder pasar un buen rato, lo que es legítimo, pero creo que no se debe hablar de literatura de calidad cuando se está hablando y presentando otro tipo de textos.
Apostando fuerte, diré, que Irving es un autor de literatura de entretenimiento de calidad, ya que su narrativa, a pesar de no aspirar más que a contar buenas historias, no se caracteriza precisamente por su, digamos, accesibilidad, pues el autor se esfuerza por huir, y a veces se le nota demasiado, de los desarrollos lineales que son, los que utilizan la mayoría de los autores de éxito. En las novelas de Irving, por enrevesadas que sean, y ésta lo es, todo encaja a la perfección, pero esa exactitud casi geométrica, en la que deja constancia de su capacidad arquitectónica, en donde todos los pasos de los personajes están minuciosamente estudiados, es también, al menos así me lo parece, el grave problema de su literatura, al observarse en ella la escasa libertad con la que cuentan, ya que siempre aparecen apoyándose en las muletas que les proporciona las férreas estructuras con las que el autor los presenta.
En “La última noche en Twisted River”, en pocas palabras, Irving desarrolla la amenaza que padece una familia formada por un padre y su hijo, que al final, aunque hacen lo imposible por evitarla, cambiando constantemente de residencia, se llega a materializar. Una historia de tales características consigue sostenerse literariamente gracias, y lo repito de nuevo, a las indudables dotes que posee el autor, que hace posible, al sacarse de la manga innumerables recursos, que un argumento en principio sin alicientes, al menos sin excesivos alicientes, se presente como un texto, que al menos formalmente, no cae en la banalidad que caracteriza al tipo de novela a la que pertenece.
Hace unos días, en un encuentro casual, un amigo me comentó, que debido al escaso tiempo del que disponía, estaba seleccionando mucho sus lecturas, cosa que sin duda también me veré obligado a realizar, por lo que no tendré más remedio que evitar novelas de estas características, aunque también comprendo, que en buena medida, éstas, me obligan a valorar aún más las que me interesan.

Jueves, 7 de octubre de 2010

jueves, 16 de diciembre de 2010

Diario de un ama de casa desuisiada


LECTURAS
(elo.206)

DIARIO DE UN AMA DE CASA DESQUICIADA
Sue Kaufman
Libros del Asteroide, 1967

Cuando por primera vez tuve noticias de esta novela, a pesar de que estar editada por “Libros del Asteroide”, de cuya autora nunca había oído hablar, y después de saber su temática, estimé, con ese reduccionismo que a veces me acompaña, que sin duda se trataría de una obra más que abordaría el tan manoseado tema de la alienación que padece la mujer en las relaciones de pareja, en donde se detallarían, con pelos y señales, las frustraciones, las querencias y las angustias que acompañan a las amas de casa de la clase media. Incluso no descartaba la existencia de un cierto tufillo feminista y reivindicativo en sus páginas. Lo cierto, puede que por todo lo anterior, y a pesar de las buenas críticas que la acompañaban, y de tenerla a mano en la estantería, era una novela que no me resultaba atractiva. Pero cuando por una serie de circunstancias comencé su lectura, a las primeras de cambio comprendí, como suele ocurrir con las buenas novelas, que me encontraba ante una obra de indudable calidad. Lo que parece evidente, es que en último extremo la calidad de una novela, al igual que los buenos vinos, la determina el tiempo, ya que el paso de los años va seleccionando las que en realidad valen la pena que perduren, y las que, a pesar del éxito que hayan podido obtener en su día, es mejor dejar en el olvido. Que una novela publicada por primera vez en mil novecientos sesenta y siete se publique a estas alturas por una editorial de indudable prestigio, debería llamar la atención de todos los que, al menos en principio, estamos pendientes de las novedades que aparecen en el mercado, pues es señal, de que la obra en cuestión no ha sido arrollada “por el viento del olvido, ese que cuando sopla mata”, por lo que sin duda, puede merecer la pena su lectura. Y así ha sido en este caso. “Diario de un ama de casa desquiciada” es una novela no sólo de calidad, sino también una obra interesante para seguir reflexionando sobre el eterno tema de las relaciones de pareja, al no centrándose sólo, como esperaba, en los innumerables problemas que padecen las mujeres en ella. De hecho, aunque tal afirmación pueda resultar discutible, creo que el verdadero protagonista de la novela no es la narradora, sino su marido, que en su criticada evolución, es el que en todo momento va marcando el ritmo del matrimonio, y también de la novela. Sí, porque el argumento de la novela, que es muy conservador, desarrolla la idea, de que un determinado matrimonio entra en crisis, porque uno de sus miembros, el marido, deja de ser el que era, convirtiéndose en una persona radicalmente diferente, de suerte, que hasta que éste no comprende que tenía que rectificar y volver a ser el que fue, entre otras razones porque la vida que había elaborado se le vino abajo, no vuelve la normalidad al núcleo familiar. El mensaje implícito de la novela de Kaufman, es ni más ni menos, que la estabilidad y la felicidad de una pareja, depende de que ninguno de los dos miembros evolucione en exceso por separado, ya que si esto sucede, todo, por mucho amor que exista, se vendrá irremediablemente abajo, y por supuesto, a que por muy mal que vayan las cosas, siempre hay tiempo para rectificar.
El discurso presentado, a pesar de ser legítimo, lo considero, como dije con anterioridad marcadamente conservador, sobre todo, porque apuesta por paralizar la autonomía de los componentes de una determinada pareja, en aras del mantenimiento del sacrosanto matrimonio, que es entendido como una “unidad de destinos en lo universal”. Y nada más lejos de la realidad, pues toda pareja, ante todo es, o debe ser la unión de dos personas, con vida propia, que firman un acuerdo tácito de convivencia, con la esperanza de que esa unión sea lo más duradera posible. Pero esa unión no puede basarse, como algunos quisieran, en la paralización vital, o en el necesario desarrollo paralelo de los miembros que la conforman, entre otras razones, porque tal hecho es ante todo una imposibilidad, sobre todo cuando se trata de personas deseosas de vivir. Cada miembro de esas unidades familiares, a no ser que uno de los miembros quede anulado por la vitalidad del otro, algo que aunque parezca mentira suele resultar frecuente, tienen indudablemente que enfrentarse a la realidad, que siempre será su realidad, lo que día a día le obligará, lo quiera o no, a ser diferente a lo que fue ayer, por no decir de la persona que fue hace diez años. Esta evolución natural, pues vivir es crecer, crecer de forma constante, hace difícil la pareja tal como la entiende la autora, que es como se ha entendido tradicionalmente, lo que explica, en un mundo tan complejo como en el que nos vemos obligados a vivir, la crisis que padece, la institución del matrimonio. A pesar de todo, la vida en pareja es esencial para la estabilidad de todo individuo, y lo es, aunque resulte paradójico, pese a la inestabilidad que proporciona, inestabilidad que le tiene que obligar, a la necesidad de tener que replantearse la relación de forma constante. Ante tal hecho, independientemente al voluntarismo, lo único que puede mantener viva una pareja es algo tan difícil de llevar a cabo como la tolerancia, una tolerancia no basada en el desinterés hacia la otra persona, sino en la empatía.
De forma independiente al discurso desarrollado, la novela de Sue Kaufman me ha parecido magnífica, en primer lugar por el lenguaje utilizado, que no presenta en ningún momento aristas de consideración, lo que hace posible una lectura fluida en la línea de la mejor literatura norteamericana, pero también, por la utilización que la autora realiza de un género, que en la mayoría de las ocasiones puede resultar demasiado estrecho, el las novelas basadas en las entradas de un diario. Sí, Kaufman hace posible que las anotaciones que realiza en su diario desborden la estructura del propio diario, posiblemente por el hecho de que son entradas largas, en donde cada una de ellas se conforma más como una pequeña narración que como lo que en realidad deberían de ser, lo que posibilita que el lector, no se encuentre encorsetado por las dinámicas habituales de los diarios.
Es de agradecer, que en un tiempo como en el que vivimos, en donde las novedades literarias suelen anegar de mediocridad nuestro tiempo de lectura, que se rescaten obras de indudable valía que se encontraban descatalogadas o simplemente no traducidas, aunque ello signifique arriesgar por autores poco conocidos que carecen del atractivo de las teóricas figuras literarias del momento.

Jueves, 30 de septiembre de 2010

sábado, 11 de diciembre de 2010

La nieta del señor Linh


LECTURAS
(elo.205)

LA NIETA DEL SEÑOR LINH
Philippe Claudel
Salamandra, 2005

Reconozco que entre mis innumerables lagunas, algunas demasiado evidentes, destaca con luz propia mi desconocimiento casi total de la narrativa francesa actual, lo que debo atribuir, un poco en mi defensa, a que son pocos los autores franceses contemporáneos que se publican y llegan a distribuirse de forma eficaz en nuestro país, al menos en comparación con lo que sucede con los británicos o los norteamericanos. Hace sólo unos días, alguien me habló de lo comerciales que son las novelas del país vecino que logran cierta aceptación entre los lectores españoles, pues nombres como Fred Vargas, Anna Gavalda o Katherine Pancol, poco dicen, por no decir nada, de la posible vitalidad de la narrativa gala, aunque a estos autores, se les puede contrarrestar novelistas de la talla de Houellebecq o Claudel, dos firmas que se encuentran a la altura de la mejor literatura, que hoy por hoy, se realizan a nivel internacional, a pesar de las diferencias existentes entre ambas. El desconocimiento del que hablaba, me impiden saber si estos dos últimos narradores representan una excepción, o si por el contrario, sólo son una muestra, como creo que debe ocurrir, de la literatura de calidad francesa, que por motivos evidentes, no consigue la amplificación internacional que merece, ya que las editoriales, aquí como en todas partes, prefieren apostar por lo seguro, es decir, por aquellos autores que gracias a una mínima promoción, pueden asegurar la venta un número determinado de ejemplares, los suficientes como para hacer rentable la inversión.
Cuando leí “Almas grises”, comprendí que Philippe Claudel era un autor especial, de esos que con voz propia, y sin levantar demasiada polvareda a su alrededor, cosa que sí consigue su polémico compatriota Houellebecq, aportaría con toda seguridad obras de gran interés, como pude certificar con posterioridad con “El informe Brodeck” y ahora con “La nieta del señor Linh”. Tengo que decir, y esto no cabe duda debe ser tomado como un elogio para Claudel, que no soy buen catador de ese tipo de novelas que podría calificar de sutiles, o como los entendidos dicen ahora, del minimalismo literario, pero cuando algo es bueno, como las novelas del francés, sobran todos los escrúpulos que hayan podido arraigar en uno a lo largo de los años. No soy partidario de ese tipo de literatura, porque casi siempre, sus autores ponen más interés en la forma que en el fondo, más interés en seducir al lector que en hacerlo reflexionar, lo que sin duda alguna conjuga bien con los singulares tiempos que nos han tocado en suerte vivir. Ese tipo de novelas, que tanto éxito relativo consiguen alcanzar, a pesar de presentarse descompensadas, no hablan sólo de los cánones literarios dominantes en la actualidad, sino del tipo de sociedad en la que vivimos, pero sobre todo, de la fisonomía del lector actual, ese que se acerca a la literatura, ya que esa es la concepción que posee de la misma, sólo para buscar deleite o entretenimiento. Hace unos días me sorprendió alguien al que estimo como lector, cuando me respondió a la crítica que le realicé de una novela que él había elogiado con anterioridad, crítica que se basaba en la ausencia casi total de sustancia en la misma, a que había encontrado en sus páginas alguna que otra imagen repleta de hermosura. El objetivo de la novela no puede ser la búsqueda de la hermosura, de la belleza, pues para eso existen otros géneros más cualificados para tal fin, sino narrar historias mediante la palabra escrita, que consigan contar algo de la mejor forma posible, lo que quiere decir, simplificando, que siempre debe existir un equilibrio entre lo que se desea decir, y la forma en que se cuenta eso que se desea decir, de suerte, que ambas variables deben presentarse perfectamente conjugadas entre sí, sin que ninguna de las dos sobresalga en exceso en detrimento de la otra, si se desea que una novela, al menos, resulte aceptable.
Claudel, en esta novela, como en todas las suyas, a pesar de poner el acento en lo meramente literario, es decir, en la voluntad de estilo, nunca olvida que el estilo, que la forma, carece de sentido si se carece de una historia potente que contar, ya que una novela hueca es un contrasentido literario, un artilugio gratuito, un lujo innecesario que sólo sirve para subrayar aún más la banalidad medioambiental con que, para nuestra desgracia, tenemos que convivir cotidianamente. No, el francés no olvida los fundamentos básicos sobre los que tiene que sustentarse toda buena novela, y por ello, todas sus obras pueden calificarse como literarias, cuando la mayor parte de la literatura que se realiza en nuestros días puede tildarse de cualquier cosa, menos precisamente ser literarias.
En esta ocasión Claudel habla del exilio, de un viejo refugiado indochino que llega a Francia con su nieta huyendo de una de las innumerables guerra que periódicamente asolaban su país, y de las dificultades que encuentra en el lugar a donde llega, pero también del exilio que padecen los que sin salir de su país, después de haber perdido lo que más les importaba, se ven perdidos a la deriva, sin una justificación vital a la que agarrarse. Pero sobre todo habla del cariño, del poder de la amistad para superar el aislamiento y la soledad, y todo ello de una forma apaciguada, como dije antes sin levantar la voz, hundiendo la pluma en lo esencial de todo ser humano, lo que hace posible el milagro de que el lector no pueda dejar de leer y leer, pues en el mundo en el que entra, aparte de creíble, todo lo que encuentra está en su sitio, sin que nada parezca impostado, y eso a pesar, de que lo importante en esta novela son los sentimientos, eso que tantas veces se deja a un lado al creerse que carecen de importancia. Como en sus restantes obras, Claudel no dice nada de forma explícita, ya que se dedica a mostrar, a dejar sobre el papel las necesidades de sus personajes, lo que los convierte en entrañables, dotados de alma, de eso tan complicado pero que tanto necesita un personaje literario, para que ante todo lector con un mínimo de sensibilidad, aparezca como algo más que eso, como algo más que un personaje literario.
Poco más tengo que decir, salvo que como me ha ocurrido con las restantes novelas del francés, me quedo con el deseo de tener a mano alguna otra obra suya, lo que estimo que es lo mejor que se le puede decir a un autor, el mayor reconocimiento a su forma de hacer literatura.

Lunes, 13 de septiembre de 2010

viernes, 3 de diciembre de 2010

El caso Kurilov


LECTURAS
(elo.204)

EL CASO KURILOV
Irene Némirovsky
Salamandra, 1933


Siempre me ha llamado la atención la frialdad del terrorista. Puedo llegar a comprender lo que le empuja a cometer el acto que le define, lo que se puede esconder detrás de cada una de sus acciones, pero me supera el hecho de que alguien, con premeditación, acabe con la vida de otro ser humano, aunque esa vida corresponda a la de un asesino. Hace muchos años, cuando era más joven y mucho más pedante, dejé escrito que el terrorismo era el parto de la impotencia dialéctica, lo que sigo manteniendo, pero una cosa es que a niveles teóricos pueda llegar a entender al terrorismo, y otra muy distinta es que pueda llegar a defender la barbarie que implica. Se podría decir, y lo comprendo, que entender las motivaciones que hacen posible toda actividad terrorista, se encuentra sólo a un paso de caer en su justificación, y que lo lógico sería dejarlo sin un solo soporte válido que pudiera ampararlo. Cierto. Sería lo lógico, lógica que se sustentaría en poner la vida humana, cualquier vida humana por encima de las ideologías, y por supuesto de los actos que hubiera podido realizar un determinado individuo. Esta actitud, digamos que cristiana, al menos teóricamente puede resultar intachable, pero hay que reconocer, que en demasiadas ocasiones puede chocar de forma frontal contra la terca realidad de los acontecimientos, que siempre, para desgracia nuestra, ya que a veces creemos que vivimos en el mundo de las ideas, es más pedestre de lo que llagamos a intuir.
Pocos son los que a estas alturas dudan que la muerte de Luis Carrero Blanco no sirviera para poner, y lo digo en positivo, la primera piedra para el desmantelamiento del régimen franquista, régimen que hasta ese momento se veía capacitado para gobernar eternamente por el bien de los españoles. Lo mismo, aunque a otro nivel, pudo ocurrir con el asesinato de algún que otro comisario de policía, que en aquella época de plomo, se sintiera con el derecho de torturar hasta asesinar a los opositores al régimen que caían en sus manos, como Melitón Manzanas, que en caso de no haber sido acribillado por ETA, en uno de sus primeros atentados, no hubiera, a pesar de los crímenes que cometió, por las singularidades de la denominada modélica transición democrática de nuestro país, tenido que presentarse ante un tribunal que calibrara su comportamiento en los años que estuvo al mano de la Brigada Político Social de Guipúzcoa.
No cabe duda, que tanto Don Luis como ese policía de nombre imposible, fueron asesinados por su actividad profesional, el primero por ser presidente del gobierno y mano derecha del Generalísimo, y el segundo, por haberse distinguido por llevar la represión a unos niveles digamos que excesivos. Lo que también parece claro, es que ambos individuos eran, o tenían que ser algo más que eso, como todos somos algo más de lo que hacemos en nuestra actividad profesional habitual. De Carrero se sabe que era un católico de comunión diaria y un ejemplar padre de familia, e imagino que Don Melitón, aunque parezca extraño, tendría alguna que otra virtud que forzara a que sus familiares lloraran tras su muerte, por lo que creo, que si la vida de ambos hubiera sido conocida a fondo por sus asesino, o mejor dicho, que si éstos hubieran convivido con ellos en la intimidad, habiendo conocido las múltiples facetas que componían su personalidad, no hubiera sido tan fácil que atentaran contra ellos, pues entonces, hubieran sido consciente, y todo el planteamiento hubiera cambiado, de que no sólo iban a matar al presidente del gobierno o a un sanguinario policía, sino a un ser humano con todo lo que ello significa.
Todo lo anterior viene, a que estoy convencido que la frialdad que define a todo terrorista proviene de que su objetivo es siempre visto como un estereotipo dotado de escasos rasgos, que consigue alejarlo de su condición humana, lo que facilita precisamente eso, que se convierta en un objetivo a eliminar.
En “El caso Kurilov”, Irene Némirovsky habla de lo anterior, creando un personaje que es encargado de trasladarse a la Rusia zarista con la misión de asesinar al ministro del interior, a Kurilov. Como médico que era, consigue introducirse en su círculo privado, lo que le proporciona un lugar privilegiado para conocer desde primera línea a la persona que tenía que matar. Con rapidez certifica que se trataba de alguien detestable, cuya ambición, y la necesidad de seguir en el puesto que ocupaba, le llevaba a reprimir violentamente a los que intentaban, desde la universidad, levantarse contra el régimen, pero también esa posición le llevó a comprender, que además de lo anterior era otras muchas cosas, un hombre enfermo al que le quedaba poco tiempo de vida, un esposo enamorado y un buen padre. El protagonista observa que la imagen que le habían transmitido era demasiado esquemática, y por tanto falsa, por lo que duda en el momento en que tiene que ejecutar su misión, teniendo que llevarla a cabo la persona que lo acompañaba.
El protagonista de la narración, Leon N., consigue milagrosamente ser indultado, pasando con el tiempo a convertirse en un importante cargo bolchevique, de cuyas filas deserta para exiliarse en Niza, en donde ya anciano, escribe, en un intento fallido de contar sus memorias, algo que le aburría, el relato de “El caso Kurilov”, por lo que el lector se encuentra con un texto autobiográfico encontrado cuando el autor del mismo deja de existir.
Irene Némirovsky es una escritora que no deja de sorprenderme, pues siempre se detiene en cuestiones de gran calado, pero teniendo la virtud de no subrayar lo evidente, al buscar en todo momento lo que se esconde detrás de lo que acontece. Me sorprendió en “Suite francesa”, el intento de profundizar en las causas que obligaban a que los franceses se relacionaran con los miembros del ejército de ocupación alemán, tema que imagino que en aquella época no tenía que ser bien visto, igual que me ha llamado la atención éste intento por humanizar a un asesino.

Miércoles, 1 de septiembre de 2010