
LECTURAS
(elo.209)
EL SUEÑO DEL CELTA
Mario Vargas Llosa
Alfaguara, 2010
Después de finalizar la lectura de “El sueño del celta”, la última y esperada novela de Vargas llosa, varias cuestiones me han asaltado, y todas ellas, todas, se me plantean partiendo de que es una obra, como no podía ser de otra forma viniendo de quien viene, magníficamente escrita y con la estructura adecuada a la historia que cuenta. Todo cuadra en ella, pero sin embargo, no puedo decir que sea una buena novela, o que me haya gustado lo suficiente como para destacarla dentro de la obra del propio autor, o entre las novelas que he leído últimamente. El peruano es un magnífico narrador, pero estoy convencido que ha perdido por el camino la magia que poseía para convertirse sólo en un buen artesano de la literatura, lo que no es poco, alguien que de cualquier tema, después de estudiarlo detenidamente, y por oficio, es capaz de realizar una novela de cuatrocientas páginas muy por encima del nivel medio, pero que desde hace tiempo, no presenta una obra que supere sus propios registros, ni que haga disfrutar de verdad a sus innumerables seguidores. Aunque espero equivocarme, estoy convencido que Vargas Llosa está acabado literariamente, y que tira de esa profesionalidad que posee para sacar, sin necesidad, una novela cada dos o tres años. La buena literatura no es aquella que sólo está bien escrita, sino la que consigue además, aportar al que lee diferentes sensaciones, que la perfección literaria del reciente Nobel, una perfección que sin duda oculta sus carencias, neutraliza por completo. Asumo que afirmar que Mario Vargas Llosa posee carencias literarias puede parecer ante todo una frivolidad por mi parte, una afirmación gratuita de esas que sólo sirven para evitar desarrollar un planteamiento coherente, pero lo único que quiero decir, lo único, es que a pesar de los medios que utiliza para desarrollar sus historias, que son muchos, y de la elaboración de las mismas, siempre a fuego lento y sin que le falte ningún aditivo, la novela que presenta en esta ocasión, se queda sólo, lo que no es poco, en ser una buena narración que en ningún momento consigue entusiasmar al que se acerque a ella, posiblemente porque desde un principio se presenta como demasiado encorsetada y previsible. Sus seguidores, que son legión, dirán precisamente lo contrario, que lo anterior es su mayor virtud, pero sigo pensando que a “El sueño de el celta” le falta sangre, pareciendo más una biografía que una novela. Y no es una biografía, como al final de la obra el propio autor se empeña en subrayar, lo que me empuja a sostener, que lo que falla es el planteamiento de la novela, la visión que se realiza del protagonista, que acaba condicionando toda la obra.
La novela cuenta la historia de un irlandés, Roger Casement, que bajo las órdenes del Imperio Británico, se traslada a África para realizar un informe sobre los desmanes que se estaban llevando a cabo en el antiguo Congo belga, informe que consigue una enorme difusión, en el que se hablaba sin tapujos de los atropellos que bajo la bandera de la civilización, que ocultaba una codicia desmedida por parte de los colonizadores, es estaba produciendo en aquellas lejanas tierras. Debido al éxito de la misión, es enviado con posterioridad a la Amazonía, a una olvidada región del Perú, desde donde llegaban rumores de que estaba acaeciendo lo mismo, a manos esta vez de una importante empresa cauchera con sede en Londres. Una vez terminado satisfactoriamente este trabajo, que le resultó agotador, el protagonista decide centrarse de forma definitiva en la causa que le obsesionaba desde hacía tiempo, la independencia, la liberación de Irlanda del yugo británico. En plena Primera Guerra Mundial ve la posibilidad de lograr la independencia de su país pactando con Alemania, lo que le lleva a ser capturado, procesado por traición y ejecutado. La historia como es habitual en Vargas Llosa, se desarrolla en dos planos, en el primero de los cuales aparece el protagonista en prisión, recibiendo visitas mientras espera el veredicto del consejo de ministros que deliberaba sobre posibilidad de suspender su condena a muerte, y un segundo, en donde se desarrolla la historia de Roger Casement.
Me sorprende que Vargas Llosa, en su última etapa, exceptuando “Travesuras de una niña mala”, que es una de sus peores obras, a la altura de “Lituma en los Andes”, parece que se inclina por dejar a un lado la ficción para plantear novelas basadas en temas reales, como en “La fiesta del Chivo” o “El paraíso en la otra esquina”, lo que tiene su dificultad, pues a veces como en este caso la historia es tan intensa, que la cantidad de datos que hay que poner sobre la mesa para que sea creíble, puede llegar a embarrullarlo todo, haciendo que la novela resulte poco digerible para los lectores. Este es uno de los problemas de “El sueño del Celta”, que a veces parece que está asistiendo uno a una clase de historia, lo que es comprensible, pues sin una explicación previa, se corre el riesgo de que no se comprenda, o que resulte difícil de creer lo que acontece en la narración. Tantos nombres, tantos datos e historias laterales consiguen quitarle dinamismo a este tipo de novelas, por lo que resulta difícil encontrar alguna, alguna de estas características, que consiga convertirse en una obra literaria de calidad.
Pero lo que me sorprende es el cambio de registro del peruano, el de cambiar la ficción por la realidad, o por historias basadas en algo que ha sucedido realmente. Aunque parezca mentira, al menos así lo entiendo, esto último es mucho más difícil, pues hacer de lo que existe o de lo que ha existido literatura tiene que ser de una complejidad extrema, pues la vida está repleta de aristas, de callejones que no van a ninguna parte, que sólo con mucha paciencia y con mucho saber, es posible traducir al negro sobre blanco. Cierto, pues la ficción siempre en caso de dificultad, se puede adaptar sin muchos problemas a los imperativos de la narración. Vargas Llosa parece que se ha cansado de crear historias imaginadas, como con tanto éxito en un principio hacía, para basarse en los yacimientos que la propia realidad le brinda, lo que sucede, y esto es lo que hay que lamentar, es que su obra literaria pierde bastantes enteros con esta opción. A veces se olvida, y nuestro autor no debería hacerlo pues es un gran teórico de la literatura, que en muchas ocasiones la ficción, cuando está bien desarrollada y planteada, cuando no se mira exclusivamente a su ombligo, es un magnífico instrumento para entender y analizar la propia realidad, casi siempre mucho más eficaz, de ahí la grandeza de la novela, que las propias narraciones que con absoluto realismo tratan de explicar lo que ha sucedido realmente.
Estoy convencido que el autor quedó maravillado con la figura de Roger Casement, un luchador contra la explotación, por la defensa de los derechos humanos y de la libertad, pero estoy seguro que la novela hubiera dado más juego, mucho más, si hubiera creado un personaje basado en dicho héroe, pero que no hubiera tenido la servidumbre de tener que recorrer todos los pasos, uno a uno, de una existencia tan sobrecargada como la que vivió el irlandés, La idea hubiera quedado perfectamente planteada, y la novela hubiera sido mucho más aceptable.
Miércoles, 1 de diciembre de 2010
(elo.209)
EL SUEÑO DEL CELTA
Mario Vargas Llosa
Alfaguara, 2010
Después de finalizar la lectura de “El sueño del celta”, la última y esperada novela de Vargas llosa, varias cuestiones me han asaltado, y todas ellas, todas, se me plantean partiendo de que es una obra, como no podía ser de otra forma viniendo de quien viene, magníficamente escrita y con la estructura adecuada a la historia que cuenta. Todo cuadra en ella, pero sin embargo, no puedo decir que sea una buena novela, o que me haya gustado lo suficiente como para destacarla dentro de la obra del propio autor, o entre las novelas que he leído últimamente. El peruano es un magnífico narrador, pero estoy convencido que ha perdido por el camino la magia que poseía para convertirse sólo en un buen artesano de la literatura, lo que no es poco, alguien que de cualquier tema, después de estudiarlo detenidamente, y por oficio, es capaz de realizar una novela de cuatrocientas páginas muy por encima del nivel medio, pero que desde hace tiempo, no presenta una obra que supere sus propios registros, ni que haga disfrutar de verdad a sus innumerables seguidores. Aunque espero equivocarme, estoy convencido que Vargas Llosa está acabado literariamente, y que tira de esa profesionalidad que posee para sacar, sin necesidad, una novela cada dos o tres años. La buena literatura no es aquella que sólo está bien escrita, sino la que consigue además, aportar al que lee diferentes sensaciones, que la perfección literaria del reciente Nobel, una perfección que sin duda oculta sus carencias, neutraliza por completo. Asumo que afirmar que Mario Vargas Llosa posee carencias literarias puede parecer ante todo una frivolidad por mi parte, una afirmación gratuita de esas que sólo sirven para evitar desarrollar un planteamiento coherente, pero lo único que quiero decir, lo único, es que a pesar de los medios que utiliza para desarrollar sus historias, que son muchos, y de la elaboración de las mismas, siempre a fuego lento y sin que le falte ningún aditivo, la novela que presenta en esta ocasión, se queda sólo, lo que no es poco, en ser una buena narración que en ningún momento consigue entusiasmar al que se acerque a ella, posiblemente porque desde un principio se presenta como demasiado encorsetada y previsible. Sus seguidores, que son legión, dirán precisamente lo contrario, que lo anterior es su mayor virtud, pero sigo pensando que a “El sueño de el celta” le falta sangre, pareciendo más una biografía que una novela. Y no es una biografía, como al final de la obra el propio autor se empeña en subrayar, lo que me empuja a sostener, que lo que falla es el planteamiento de la novela, la visión que se realiza del protagonista, que acaba condicionando toda la obra.
La novela cuenta la historia de un irlandés, Roger Casement, que bajo las órdenes del Imperio Británico, se traslada a África para realizar un informe sobre los desmanes que se estaban llevando a cabo en el antiguo Congo belga, informe que consigue una enorme difusión, en el que se hablaba sin tapujos de los atropellos que bajo la bandera de la civilización, que ocultaba una codicia desmedida por parte de los colonizadores, es estaba produciendo en aquellas lejanas tierras. Debido al éxito de la misión, es enviado con posterioridad a la Amazonía, a una olvidada región del Perú, desde donde llegaban rumores de que estaba acaeciendo lo mismo, a manos esta vez de una importante empresa cauchera con sede en Londres. Una vez terminado satisfactoriamente este trabajo, que le resultó agotador, el protagonista decide centrarse de forma definitiva en la causa que le obsesionaba desde hacía tiempo, la independencia, la liberación de Irlanda del yugo británico. En plena Primera Guerra Mundial ve la posibilidad de lograr la independencia de su país pactando con Alemania, lo que le lleva a ser capturado, procesado por traición y ejecutado. La historia como es habitual en Vargas Llosa, se desarrolla en dos planos, en el primero de los cuales aparece el protagonista en prisión, recibiendo visitas mientras espera el veredicto del consejo de ministros que deliberaba sobre posibilidad de suspender su condena a muerte, y un segundo, en donde se desarrolla la historia de Roger Casement.
Me sorprende que Vargas Llosa, en su última etapa, exceptuando “Travesuras de una niña mala”, que es una de sus peores obras, a la altura de “Lituma en los Andes”, parece que se inclina por dejar a un lado la ficción para plantear novelas basadas en temas reales, como en “La fiesta del Chivo” o “El paraíso en la otra esquina”, lo que tiene su dificultad, pues a veces como en este caso la historia es tan intensa, que la cantidad de datos que hay que poner sobre la mesa para que sea creíble, puede llegar a embarrullarlo todo, haciendo que la novela resulte poco digerible para los lectores. Este es uno de los problemas de “El sueño del Celta”, que a veces parece que está asistiendo uno a una clase de historia, lo que es comprensible, pues sin una explicación previa, se corre el riesgo de que no se comprenda, o que resulte difícil de creer lo que acontece en la narración. Tantos nombres, tantos datos e historias laterales consiguen quitarle dinamismo a este tipo de novelas, por lo que resulta difícil encontrar alguna, alguna de estas características, que consiga convertirse en una obra literaria de calidad.
Pero lo que me sorprende es el cambio de registro del peruano, el de cambiar la ficción por la realidad, o por historias basadas en algo que ha sucedido realmente. Aunque parezca mentira, al menos así lo entiendo, esto último es mucho más difícil, pues hacer de lo que existe o de lo que ha existido literatura tiene que ser de una complejidad extrema, pues la vida está repleta de aristas, de callejones que no van a ninguna parte, que sólo con mucha paciencia y con mucho saber, es posible traducir al negro sobre blanco. Cierto, pues la ficción siempre en caso de dificultad, se puede adaptar sin muchos problemas a los imperativos de la narración. Vargas Llosa parece que se ha cansado de crear historias imaginadas, como con tanto éxito en un principio hacía, para basarse en los yacimientos que la propia realidad le brinda, lo que sucede, y esto es lo que hay que lamentar, es que su obra literaria pierde bastantes enteros con esta opción. A veces se olvida, y nuestro autor no debería hacerlo pues es un gran teórico de la literatura, que en muchas ocasiones la ficción, cuando está bien desarrollada y planteada, cuando no se mira exclusivamente a su ombligo, es un magnífico instrumento para entender y analizar la propia realidad, casi siempre mucho más eficaz, de ahí la grandeza de la novela, que las propias narraciones que con absoluto realismo tratan de explicar lo que ha sucedido realmente.
Estoy convencido que el autor quedó maravillado con la figura de Roger Casement, un luchador contra la explotación, por la defensa de los derechos humanos y de la libertad, pero estoy seguro que la novela hubiera dado más juego, mucho más, si hubiera creado un personaje basado en dicho héroe, pero que no hubiera tenido la servidumbre de tener que recorrer todos los pasos, uno a uno, de una existencia tan sobrecargada como la que vivió el irlandés, La idea hubiera quedado perfectamente planteada, y la novela hubiera sido mucho más aceptable.
Miércoles, 1 de diciembre de 2010
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