sábado, 26 de julio de 2008

Si esto es un hombre


LECTURAS
(elo. 126)

SI ESTO ES UN HOMBRE
Primo Levi
Debolsillo, 1.958

Hace unos días, alguien me comentó, después de invitarme a un coloquio sobre un texto de Primo Levi, que la obra del italiano habría que clasificarla dentro de lo que él denominaba literatura partisana. Me sorprendió, pues no sabía que existiera tal registro, lo que me animó a releer “Si esto es un hombre” con la intención de poder asistir a los debates, que con toda seguridad se producirían una vez terminado el comentario de la obra. Aún, después de haber terminado el famoso texto de Levi, no estoy muy seguro de lo que quiere decir eso de literatura partisana, aunque con un poco de voluntarismo, podría entender, que se trata de una etiqueta que aspira a englobar a lo que muchos llaman literatura militante, aquella que ante todo aspira a denunciar una determinada situación entendida como injusta. En este contexto sí podría incluirse la obra de Levi, pues tanto su contenido como la metodología empleada para su exposición, parece que sólo tiene una aspiración, la de denunciar y publicitar, uno de los momentos más infames por los que ha tenido que pasar la humanidad, lo que con mayúsculas hoy se esconde bajo el concepto de Holocausto.
Los campos de concentración y de exterminio que el régimen nazi creó, gracias a su ideología xenófoba y criminal, representan una dura prueba para la humanidad, pues deja al descubierto ese lado oculto que la civilización y la cultura, a lo largo de la historia, han tratado en todo momento de ocultar. Sí, porque aquellos acontecimientos, tienen la virtud de recordarnos, que el ser humano es, o puede ser algo más de lo que desea aparentar, un ser monstruoso para el propio ser humano, de ahí los múltiples intentos por anegar y ocultar esa otra vertiente que tanto nos avergüenza, y que no sólo, y esto es importante dejarlo subrayado, pudo ocurrir bajo aquellas circunstancias como muchos se empeñan en asegurar. El régimen nacionalsocialista alemán, tan seguro de sí mismo, no ha sido un caso aislado, pues la historia reciente nos recuerda otros casos similares, como los ocurridos en Camboya o Ruanda, o más recientemente en Bosnia, en donde unos iluminados, con la seguridad que imprime sentirse seguros y satisfechos con las creencias profesadas, no dudaron en ningún momento en sembrar el terror sobre los que observaban como diferentes. El problema, es que la vergüenza es tal, que la propia humanidad trata de pasar de puntillas sobre tales acontecimientos, como si pensara, que es mejor no remover y tratar de olvidar, como si todo lo ocurrido sólo fueran hechos laterales o marginales en el fondo inevitable, consecuencias del esfuerzo que hay que realizar para guardar la compostura. Pero esos sucesos, que para muchos pueden resultar incluso anecdóticos, a pesar de los miles y miles de muertos que se han llevado por delante, tienen que ser recordados para que permanezcan siempre en la memoria, con objeto de que la vergüenza, el asco por nosotros mismos, actúe como antídoto para evitar que todo vuelva a repetirse. Cuando se recuerda lo acontecido en Alemania, lo fácil, lo que automáticamente sale a relucir, es el carácter alemán, que al parecer (pues no hay que olvidar que en este caso han sido “los malos de la película”), siempre ha sido propenso a creerse superior, pero eso sería un error, pues el caso alemán, debería hacernos comprender, que dentro de todos nosotros, agazapado, esperando el momento oportuno, se encuentra un nazi siempre dispuesto a saltar sobre el ser apacible que intentamos representar.
A pesar de todo lo que se ha escrito sobre los campos de concentración y de exterminio, sobre el genocidio llevado a cabo sobre judíos y gitanos, a pesar de los innumerables debates que sobre el tema se han desarrollado, dicen, que al menos en Estados Unidos, lo que realmente sorprendió y impactó, fue la proyección de una regular, sólo regular serie de televisión que se basaba en el tema. La serie se llamaba “Holocausto”, y sirvió, aunque su rigor histórico para los entendidos dejara mucho que desear, para que el grueso de la población norteamericana tuviera conciencia de lo que en realidad ocurrió. Es fundamental, por tanto, que se intente por todos los medios dejar al descubierto nuestras miserias, con objeto de que todos, absolutamente todos, y no sólo los intelectuales y los estudiosos, sepan hasta donde el ser humano puede llegar cuando se cree en posesión de la verdad, cuando en virtud de una determinada certeza, es capaz de aplastar al semejante, al vecino o al familiar que no piense como él.
De ahí la importancia de series televisivas, dirigidas evidentemente al gran público como “Holocausto”, pero también la de libros como los de Kertész o Levi, que desde una perspectiva diferente, nos recuerdan la importancia de los equilibrios democráticos, pues desaparecidos éstos, sólo queda el terror, o lo que es lo mismo, la ley de la selva.
El texto de Primo Levi me resulta sorprendente, pues su narración se basa en una mirada objetiva, que posee una frialdad difícil de comprender, lo que posibilita que pueda leerse de forma rápida, a pesar de su escabrosa temática, ya que el autor realiza un importante esfuerzo, por alejarse en lo posible, lo que es de agradecer, de cualquier victimismo, pues su intención no es otra que la de dejar constancia de unos hechos que bajo ninguna circunstancia se pueden olvidar.

Miércoles, 16 de Julio de 2.008

miércoles, 16 de julio de 2008

La fortuna de Matilda Turpin



LECTURAS
(elo.125)

LA FORTUNA DE MATILDA TURPIN
Álvaro Pombo
Planeta, 2.006


A pesar de la predilección que siempre he manifestado por la obra de Álvaro Pombo, tenía ciertas reticencias a leer esta novela, lo que sin duda se debía, al hecho de haber sido galardonada con el Planeta. Pero tales reparos, desaparecieron en el mismo momento en que comencé la lectura, pues desde un principio comprendí, que en ella se encontraba el Pombo de siempre, tanto el primero, pues sus obsesiones seguían siendo las mismas, como el actual, el que se distingue por esa prosa aparentemente descontrolada y dislocada, pero que en realidad posee una carga poética y una cohesión interna nada habitual. Sí, a pesar, como dicen, de ser una obra de encargo, realizada sólo para ganar el premio literario mejor dotado en lengua española, al que tenía su firma que aportar un prestigio que perdió hace muchos años, Pombo no ha bajado su nivel, aportando una obra, que aunque no se encuentre entre las mejores de las suyas, tampoco se asienta entre las peores. “La fortuna de Matilda Turpin”, es ante todo una obra de Pombo, distinguible en el acto, con todo lo bueno y también con todo lo malo de la narrativa del cántabro, lo que la convierte en una lectura inevitable para todos sus seguidores, a pesar de ese millonario premio, que aporta más a la editorial que lo patrocina que al propio novelista, pues Planeta, en esta ocasión, en lugar de por una novela vendible, ha apostado por un autor de prestigio, por una marca, en un intento por revitalizar un premio, que debido a la mala política editorial seguida, se encontraba en sus horas más bajas.
No sé, aunque tampoco me interesa, si las ventas de esta novela han sido mayores o menores que las anteriormente premiadas, pero en principio tengo que decir, que con premio o sin premio, Álvaro Pombo nunca será un escritor mayoritario, pues las historias que narra, carecen del interés necesario para el gran público, pues éste siempre apuesta por narraciones menos complejas, más explícitas que las que ofrece el autor de “La cuadratura del círculo”. Pombo es Pombo, y los que nos acercamos a su obra, en todo momento sabemos lo que nos vamos a encontrar, y también lo que no vamos a hallar en ella, pues ante todo, en lo que su literatura se busca, es precisamente eso, su literatura.
En esta novela, el autor vuelve a su temática fuente, a lo que se podría denominar su monotema, que no es otro, que las relaciones, las complicadas relaciones que tienen lugar dentro de un núcleo familiar. La familia tipo que siempre escoge, posiblemente porque es la que mejor conoce, es siempre la misma, una familia burguesa afincada en el norte de España, concretamente en Cantabria, que vive como en tantas otras ocasiones en un apartado palacete cerca del mar. Como ha dejado constancia a través de toda su obra, este tipo de familia, es presentada como un mundo cerrado, endogámico, que vive hasta cierto punto de espalda a la realidad, en donde todos sus miembros se encuentran estrechamente ligados a un eje vertebrador, que en todas las ocasiones, lo que resulta curioso, es una mujer. En esta novela también, aunque la novedad radica, en que ese centro gravitatorio recae en Matilda Turpin, que había fallecido hacía ya dos años. Por lo tanto, la novela de la que trato de hablar, es ante todo la historia de una descomposición familiar, posibilitada precisamente por la desaparición física de la persona que amalgamaba con su personalidad, con su enorme vitalidad, a todos los elementos que componían dicha unidad familiar.
Sus lectores desde un primer momento, pues el autor ni escribiendo por encargo cambia de registro, se encuentran con el familiar universo pombiano, pero en esta ocasión, por lo repetitivo del tema, descubren que la novela no funciona como otras anteriores, pues es una novela desigual, en donde lo peor de la literatura de Pombo queda al descubierto, lo que convierte a la obra, a pesar de sus logros, en una novela menor, en una novela menor del autor, lo que en ningún caso quiere decir que en una mala novela. Pombo tiene un problema, y es que sus historias tienden a empantanarse con relativa facilidad, lo que solventa dejando claro que ese es su estilo, pero en esta ocasión, para mi sorpresa, parece que al final de la misma, como si de pronto hubiera comprendido para quién estaba escribiendo, remata la novela de un modo un tanto antipombiano, es decir, evitando los meandros literarios que siempre lo han caracterizado, con la intención de cerrar la novela en veinte páginas. De todas formas, a pesar de lo anterior, estimo que la lectura de esta obra es fundamental para comprender la forma de entender la literatura del autor, pues en muchas ocasiones, las buenas novelas consiguen ocultar las deficiencias de sus autores, sus puntos negros, no sirviendo tanto, como las no tan buenas, para conseguir una visión más objetivas de los mismos. Pombo desde hace tiempo es uno de los autores más interesantes y singulares de la literatura española actual, siendo con Javier Marías, al menos en mi opinión, el más innovador de nuestros autores.

Jueves, 10 de Julio de 2.008

lunes, 14 de julio de 2008

La profesora de música


LECTURAS
(elo.124)

LA PROFESORA DE MÚSICA
John Cheever
Emecé, 1.946

Aunque duela decirlo, pues todo resultaría más fácil de forma contraria, hay que reconocer, que el hombre, al igual que la mujer, no ha nacido para vivir sólo, o dicho de otra forma, que el estado natural del ser humano es la vida en pareja. Pero la vida en pareja, ante todo es una fuente de conflictos, no siendo ni mucho menos, y eso los que hemos vivido en tal situación lo sabemos, ese país ideal cantado por los poetas. No, pues en ella, tienen lugar las guerras civiles más cruentas, ya que conjugar dos personalidades en un solo proyecto común puede resultar milagroso, algo que en ningún caso puede estar al alcance de cualquiera, de ahí el elevado número de fracasos que se producen. Una pareja que funcione, en la que las dos partes que la conforman se muestren satisfechos de sus respectivas existencias, no sólo resulta singular, sino que es un hecho extraordinario por el que en todo momento hay que brindar. Se podría decir con razón, que son muchas las parejas que resisten el paso del tiempo, que logran evitar el naufragio y mostrarse unida hasta el final, hasta que uno de los dos miembros desaparece físicamente. Cierto, son muchas, aunque cada vez menos las parejas que funcionan, las que se mantienen unidas pese a las adversidades, y que agarrándose a un voluntarismo casi inconcebible, permanecen unidas a pesar de los múltiples escollos que tienen que afrontar. La teórica crisis que padece la pareja en la actualidad, en buena medida se debe, a que se ha comprendido que no es una unión de destinos en lo universal, ya que es, o tiene que ser, una unidad de destinos, que permanecerá unida, mientras que esos destinos sean compatibles, o mientras no colisionen entre sí.
Hace unos días, me comentó un amigo, que después de tanto buscar y buscar, había encontrado lo que siempre había anhelado, la mujer ideal con la que poder compartir su vida. Según él, la perfección de esa mujer, radicaba en el hecho, de que no se entrometía en nada y en que le dejaba vivir su vida, lo que entendí, como que mi amigo había renunciado definitivamente a la posibilidad de vivir en pareja, y que ya sólo aspiraba a un sucedáneo de la misma, a vivir sólo pero acompañado en su eterna huida de la soledad. Sí, yo también durante muchos años me abracé a esa misma idea, pero esa solución, con el paso del tiempo, nunca llega a ser satisfactoria, pues en lugar de erradicar la idea de pareja con mayúsculas, lo que consigue es acrecentarla, ya que la soledad compartida, en muchas ocasiones es la peor de las posibles.
Después de demasiados fracasos, he llegado a la conclusión, al menos en teoría, que la estabilidad en el tiempo de una pareja puede deberse a dos motivaciones, o bien, a que uno de los dos componentes renuncie definitivamente a su perspectiva o a su proyecto vital, adhiriéndose de forma acrítica e incondicional al de la persona con la que comparte su vida, o por el contrario, lo que es más difícil y problemático, mediante la creación o la articulación de un proyecto vital común, que resulte independiente a los proyectos vitales de los dos integrantes de dicha pareja, que en lugar de anularse deben potenciarse y subrayarse. En la primera opción, sin dudas la más común, aparece el tema de la alienación, la supeditación de un miembro al otro, la subordinación del más débil al más fuerte, mientras que la segunda, intenta combinar la independencia de cada uno de los dos miembros, mediante la creación de un proyecto común que trascienda a ambos.
Existen, por supuesto, otras múltiples formas de afrontar la vida en pareja, pero creo, que las dos anteriormente expuestas son las más sostenibles, las que pueden aportar más satisfacciones, a pesar de que en un caso o en otro, el peaje que hay que pagar resulte en muchas ocasiones insostenible.
Cheever en este relato, como siempre sin florituras, habla o reflexiona sobre por qué se puede llegar a una relación de pareja caracterizada por la rendición de uno de sus miembros, de su rendición sin condiciones, lo que según él, leído lo leído, puede deberse, a que en determinadas condiciones es preferible adaptarse a lo que se tiene, que arriesgarse a que todo vaya a peor. Siempre se puede aspirar a más, por supuesto, pero eso implica que en dicha apuesta, se puede llegar a perder lo que ya se posee. Para argumentar lo anterior, crea una pareja en la que ella se siente traicionada, engañada, frustrada por la vida que lleva, echándole toda la culpa de sus males a su marido, que no le había podido aportar lo que ella esperaba. Su venganza fue la desidia, algo que no podía soportar la persona que vivía con ella, que a pesar de intentar salvar la relación, se encontró impotente ante la actitud de indolencia que su mujer mantenía. Pero la sangre no llegó al río, pues gracias a unas clases de música, éste, con sus insoportables ejercicios diarios, le hizo la ida imposible, acabando rindiéndose ella, después de comprender aquello de “más vale lo malo conocido…”.
Cheever en este relato sigue hablando de lo mismo, de las dificultades de la clase media, esa que teóricamente es tan feliz, para hacer frente a su cotidianidad, dejando al descubierto sus contradicciones y sus insalvables déficits, mostrando sus debilidades y limitaciones.

Viernes, 20 de junio de 2008

martes, 1 de julio de 2008

Las amarguras de la ginebra




LECTURAS
(elo.123)

LAS AMARGURAS DE LA GINEBRA
John Cheever
Emecé, 1.946


El otro día, le propuse a un grupo de amigos este relato, con la sana intención de analizarlo y comentarlo en común, a pesar, lo que fue una temeridad, de no haberlo leído con anterioridad. Estuve buscando en la red otro relato de Cheever que acababa de leer y que me había conmocionado, concretamente “la profesora de música”, pero al no poder encontrarlo, envié el único (algo sorprendente) que encontré a disposición de los internautas, con la confianza de que tuviera una calidad aceptable. Sin embargo, varios destinatarios del relato, a los que encontré de forma casual, me comentaron que el texto les había defraudado. Me sorprendió lo que me dijeron, pues siempre, al menos desde que conozco la obra de Cheever, he considerado que una de las virtudes más sobresalientes de norteamericano es su alta calidad media, de suerte que, incluso el peor de sus relatos, es superior a la de la mayoría de los autores que conozco. Ni que decir tiene, que cuando llegué a casa me zambullí en el texto, con objeto de calibrar mi metedura de pata, pero me encontré con un relato digno, muy digno, a la altura de lo que hasta ahora había leído de él, es decir, un buen relato. Cuando lo leí por primera vez, no sólo pensé que se trataba de un magnífico trabajo, sino que comprendí en el acto, que en él se encontraba lo esencial de Cheever, todo lo que de su obra me atrae. Con posterioridad me pregunté por las razones, siempre hay razones, a las que se agarraron mis amigos para hacerme partícipe de su disgusto, lo que atribuí a varias cuestiones, todas ellas entrelazadas entre sí, y que hablaban por sí solas, no sólo de su calidad como lectores, sino del tipo de literatura que impera en la actualidad. Empezaré por el principio, por el hecho de que a pesar de haber asistido a una multitud de talleres literarios, no se podría decir de ellos que fueran lectores avezados; tienen interés por la literatura, por supuesto, pero aún carecen del bagaje necesario para reconocer un buen trabajo literario que se salga de lo que ellos estiman que es la buena literatura. Están acostumbrados, como casi todos los lectores de nuestros días, a disfrutar de los fuegos artificiales que nos regalan determinados autores, resultándoles insípida la literatura que intenta escaparse de tales prácticas, la que está convencida, que el papel del lector no puede consistir sólo en quedarse maravillado con lo que encuentra, con la parafernalia de lo exquisito o con el siempre manoseado dribling estilístico. Ellos, como muchos, no comprenden, aún no comprenden, que el papel del lector, al menos en determinada literatura no puede ser pasivo, teniendo la obligación éste, de interrelacionarse con el texto que encuentra, discutir con él, interesarse por lo que se esconde detrás de las historias con la que se enfrenta. Lo que ocurre, y esto es grave, es que el lector mayoritario no está acostumbrado, o educado, para entender que un texto literario no acaba cuando finaliza la narración, al existir un periodo posterior, de gran importancia, en donde la reflexión sobre lo leído debe aportar ese valor añadido que toda obra de calidad requiere y en todo momento exige. Al no entendese lo anterior, cuando no se encuentra algo sorprendente en lo que se lee, automáticamente se califica dicho texto de mediocre, lo que suele provocar graves injusticias. Cortázar y Borges, entre otros, han hecho mucho daño, pues siempre se esperan los efectos cortazianos y borgianos en todo lo que se lee, lo que nos obliga a descartar las restantes formas de entender el arte del relato. Se desea, por tanto, una literatura efectista, o afectada, que diga lo que tenga que decir con claridad meridiana, sin que en ningún caso consiga complicarle la vida al lector, que entretenga, pero que también se entienda con facilidad, lo que tiende a potenciar un tipo determinado de lector, el lector satisfecho.
Cheever hace una literatura diferente, en sus relatos, el lector nunca encontrará esa pirotecnia tan reclamada, ni tampoco historias explícitas que tengan la virtud de subrayar en cada momento lo que desea decir el autor. No, los relatos de Cheever son diferentes, más norteamericanos que europeos, es decir, más realistas que experimentales, asentándose en todo momento en un realismo estilístico y en un conservadurismo estructural que para algunos puede resultar desfasado. Pero claro, el problema radica en que Cheever no es un autor más, es uno de los grandes, posiblemente por todo lo anterior poco leído, pero con una calidad y unos objetivos literarios, que siempre acaban por sorprender cuando se descubre su literatura. No siempre es más experimental el autor que más experimenta con su prosa (y ejemplos hay), ni el más crítico con la sociedad en la que vive el que más hondea las banderas reivindicativas (los casos se multiplican), de hecho, pocos autores he conocido, a pesar de las apariencias, que hayan realizado una crítica tan ácida a la sociedad, a la opulenta y confortable sociedad norteamericana que John Cheever.
En “las amarguras de la ginebra”, Cheever, una vez más intenta de forma sutil, dejar al descubierto las contradicciones sobre las que se asienta la clase media de su país, que a pesar de creer vivir en el mejor de los mundos posibles, tiene que enfrentarse de forma cotidiana a la insatisfacción y a una inseguridad que la mantiene en jaque. En este relato, junto a la clase media, aparece otra constante de su literatura, el alcohol; el alcohol como el gran desestabilizador, pero también como el madero necesario, gracias al cual, poder soportar las arremetidas de una existencia nada satisfactoria. En esta ocasión, la hija del matrimonio sobre el que se articula el texto, comprueba la hipocresía de su padre, que no perdona en sus subordinados, en el personal de servicio que trabajaba para él, el uso de bebidas alcohólicas, mientras que él y sus amigos, se dedicaban a beber sin límites, no sólo en las banales reuniones matrimoniales a las que solían asistir, sino incluso cuando se encontraba sólo, y utilizaba la bebida para mantenerse a flote de sus miedos y angustias. Cheever en este relato, planteado como casi todos los suyos en tres partes (introducción, nudo y desenlace), nos describe una vez más a una clase media prepotente con los que no poseen su nivel social, pero también a una clase media hundida en una existencia que no controla y que casi siempre conseguía desbordarla.
Los relatos de Cheever, son una prueba de que la literatura de calidad no sólo debe servir para contar una buena historia con la que entretener a los lectores, sino que también tiene que ayudar, para que éstos, hagan algo más que cerrar el libro cuando terminen la lectura.

Lunes, 09 de junio de 2008

lunes, 9 de junio de 2008

Sobre la democracia y el arte

ACERCAMIENTOS
(elo.122)

Sobre la democracia y el arte

Desde hace algunos días, gracias a la confianza que han depositado en mí algunos amigos, estoy coordinando un pequeño concurso de microrelatos, cuya singularidad radica, en que es completamente democrático. Todos los que se atreven a participar en el mismo, pueden por tanto, si lo desean, elegir mediante votación secreta al ganador. En principio todo correcto, casi ideal, pues no se depende de un grupo de expertos que arbitrariamente impongan sus criterios, ni de un jurado títere, que a las órdenes de oscuros intereses, señale de forma invariable hacia un determinado objetivo. No, en este concurso, que se realiza por segundo año consecutivo, son los autores, los participantes, los que deciden libremente quién debe ganar, con la salvedad, de que nadie excepto yo conoce el nombre de los autores. Se vota, por tanto, sin que se sepa la firma de quien ha escrito lo que se lee, lo que en principio aporta cierta independencia y credibilidad al concurso. Pero a pesar de que estos datos tengo que reconocer, sobre todo ahora cuando poco a poco voy comprobando el resultado de las votaciones, que hay algo que falla, lo que atribuyo, al menos en principio, a que democracia y creación artística son dos conceptos que se repelen en el momento en que se interrelacionan.
Evidentemente lo anterior no es políticamente correcto, lo que quiere decir, que me costaría bastante ser comprendido, incluso por los participantes de este singular evento del que hablo, motivo por el cual, tengo la obligación de explicarme de la mejor forma que pueda, en el supuesto caso, que tal hecho fuera posible.
Cuando estuve leyendo los relatos, comprobé con satisfacción, que el nivel de los mismos había subido con respecto al del año anterior, lo que significaba que la calidad media había mejorado, aunque también comprendí, que había cuatro o cinco de gran altura, entre los que supuse se encontraría, sin ningún género de dudas, el que se llevaría la victoria. Pero lo curioso del tema, lo que me empuja en estos momentos a descreer del voluntarismo democrático, sobre todo cuando se intenta extender el mismo a todos los ámbitos de la actividad humana, es que ninguno de mis favoritos, está en condiciones, cuando ya el periodo electoral está finalizando, de ni tan siquiera luchar por el triunfo. Algún purista al leer lo anterior, indignado podría decir, que una cosa es lo que yo piense que tiene calidad, y otra muy distinta lo que piensen los demás. Bien, de acuerdo. No tendría nada que objetar a tal planteamiento que arremete de forma directa contra mi soberbia, salvo que, con toda seguridad, más por viejo que por diablo, aún sé distinguir, al menos en literatura, entre lo bueno y lo regular, pero sobre todo entre lo regular y lo malo. Lo que me llama la atención, es el hecho de que ninguno de los que en un principio subrayé, que creo que son los que tienen mayor calidad, mayor calidad objetiva, se encuentre posicionado entre los que pueden luchar por el triunfo final, mientras que otros, de una banalidad casi absoluta, aunque tengo que reconocer que bien ejecutados, pueden conseguir una victoria que en absoluto merecen. Ante lo anterior, tengo que decir, que la democracia cuando se extrapola al mundo del arte, provoca precisamente lo que tanto ella pretende evitar, la injusticia, por la sencilla razón, de que iguala a los individuos por el mero hecho de ser individuos, y no, siendo esto lo importante, por sus capacidades y conocimientos artísticos. Sí, lo que acabo de exponer puede parecer peligroso, lo acepto, pero después de leerlo varias veces no tengo más remedio que volver a subrayarlo, pues la igualdad es un concepto con el que hay que tener mucho cuidado, al que es conveniente tocar sólo cuando resulte imprescindible, pues su uso constante lo único que consigue es devaluarla. A nadie medianamente responsable se le ocurriría discutir con un ingeniero sobre ingeniería, sobre todo, si desconoce por completo los fundamentos teóricos y técnicos sobre los que se asienta tal profesión, pero sin embargo, todo el mundo se cree en la obligación de opinar sobre cualquier manifestación artística, ya que se se estima, lo que de forma irresponsable se repite por doquier, “que sobre gustos no hay nada escrito”. A uno le puede gustar, por supuesto, más el verde que el azul, una escultura más que otra, ésta o aquella novela, pero eso es una cosa, y otra muy distinta, saber de pintura, escultura o literatura, pues se olvida que lo accesible, no necesariamente significa simplicidad. Que todo el mundo sepa leer, no quiere decir que todos los lectores se encuentren capacitados para apreciar por ejemplo, las virtudes de una determinada novela, pues para eso, son necesarios unos fundamentos nada fáciles de conseguir. Lo mismo ocurre en todos los campos de la actividad humana, pues hacen falta unos conocimientos, que no están a la altura de cualquiera, y sólo al alcance de los que están especializados en una determinada materia, ya sea en arquitectura, en física orgánica o en política. La democratización de nuestras sociedades, ha aumentado de forma considerable el nivel intelectual de las mismas, pero hay que tener presente, que eso no significa que se tenga que saber de todo, ni tan siquiera de lo que en apariencia pueda resultar más diáfano, como por ejemplo el arte.
Cuando se habla del arte popular, se está hablando de un arte al alcance de todos, de manifestaciones artísticas de clase media, pensadas y creadas para satisfacer las necesidades de la mayoría de la población. Este tipo de creaciones, que cuando son de calidad (hay que subrayar que existe un arte popular de calidad), siempre suelen apuntar hacia un nivel superior, dejando entrever que existen otras manifestaciones artísticas más elevadas y de más difícil acceso. Esta forma de entender el arte, posee una función pedagógica de gran importancia, pues tiene como misión, la de abrir las puertas, a todos los interesados, de ese otro arte que podría calificarse como no popular. El problema es que el arte popular, el mayoritario, el que realmente se consume, en raras ocasiones posee esas cualidades, edificándose sólo, en lo que cree que su público, su amplio público necesita. ¿Pero que necesitan los consumidores del arte popular? Básicamente lo que buscan, como en todos los órdenes de la vida es estabilidad, lo que en arte significa entretenimiento y respuestas claras a los interrogantes que se van planteando, colores nítidos, historias planas, pero sobre todo, que siempre queden todas las puertas cerradas y el gas apagado. Este es el problema, que cuando el arte se democratiza, el arte popular de baja calidad gana por goleada, descartando y despreciando, a aquellas otras visiones artísticas que no se adecuan a los estrechos márgenes que siempre acaba imponiendo.
Por lo anterior, lejos de ofuscarme con los resultados del concurso, tengo que aceptar que la normalidad se impondrá, es decir, que la mediocridad de la clase media, la que se encuentra satisfecha de haber sido educada en la cultura popular, ejercerá una vez más su tiránica, democrática y silenciosa dictadura.

Sábado, 31 de mayo de 2008

domingo, 1 de junio de 2008

Chesil Beach


LECTURAS
(elo.121)

CHESIL BEACH
Ian McEwan
Anagrama, 2.007

Hasta ahora, después de haberlo intentado en dos ocasiones, con “Expiación” y con “Sábado”, nunca he podido terminar una novela de McEwan, y eso a pesar de comprender la calidad que posee su escritura, y de tener que soportar la incredulidad ante mi actitud, de los que están convencido, entre los que se encuentran muchos amigos, que la literatura que desarrolla el inglés, es una de las mejores que se realizan en la actualidad. Para justificarme, lo que siempre es conveniente, tengo que decir para comenzar, que nunca he dudado de las dotes literarias de McEwan, pues estoy convencido que su caudal narrativo se encuentra muy por encima de la media, a lo que se une, por si fuera poco, su capacidad para crear estructuras siempre al servicio de las historias que cuenta. En dichas vertientes nunca he encontrado problemas en sus novelas, nunca, pero sí en las historias que narra, que casi nunca consiguen superar sus propios límites. ¿Esto es malo? No. Al menos no necesariamente. Lo que ocurre, es que cada lector se acerca a la novela por un motivo diferente, de ahí su pluralidad, y yo, no lo hago precisamente para que me cuenten historias, pues desde hace tiempo, tengo la sensación, de que ya me han contado todas las historias. Lo anterior puede resultar extraño, pues alguien podría decir, que si eso es lo que deseo, posiblemente esté errando de género literario, pues la novela, ante todo y sobre todo es eso, el arte de narrar una determinada historia. Bien, tengo que reconocer, que en parte esa voz desinteresada podría tener razón, pues ahí se encuentra siempre a mano el ensayo o incluso la poesía, pero la novela, al menos eso es lo que pienso, lo que siempre he pensado, también es otra cosa, y sirve o debería de servir para algo más que para disfrutar de las aventuras de éste o de aquél personaje. Por eso, por su diversidad, y en esto Cela tenía razón, la novela no se encuentra a gusto dentro de ninguna definición, disfrutando más, mucho más, correteando por ese estrecho terreno aún sin vallar de lo aún no catalogado, aceptando que cada cual la conciba como desee, como a si a ella, indiferente, todo le diera igual.
McEwan, como decía, es un buen contador de historias, absorbente y puntilloso, especializado en dibujar situaciones, siendo un maestro en el arte de atraer la atención del lector, pero en esta ocasión, saliéndose un poco de contexto, de su contexto, se atreve a formular y a contestar una pregunta, y lo hace de una forma un tanto abrupta, lo que devalúa en cierta medida la novela. El inglés, en “Chesil Beach”, se pregunta si es posible el amor sin sexo, y responde que sí. Toda la novela se encuentra articulada para que en la recta final de la misma se plantee la cuestión, lo que deja al lector desconcertado. Desconcertado por dos motivos, en primer lugar porque no se espera que la novela desemboque en tal cuestión, y con posterioridad, porque no llega a comprender, que apueste con tanta seguridad por el hecho de que tal posibilidad pueda llegar a ocurrir. No cabe duda de que todo puede suceder, y que el escenario dibujado por McEwan puede darse, pero lo que resulta sorprendente, es que como novelista, como gran novelista que es, deje escapar un tema como el que ha tenido entre sus manos. Sí, el tema se le ha escapado, y se le ha escapado vivo, que es lo malo del asunto, pues cuando aparece en la novela, con el innegable potencial que posee, pone todo su empeño en cerrar, como si tuviera prisa, algo impropio en él, una narración que hubiera podido ofrecer muchos más frutos.
Sin que se sepa el núcleo de la trama, a partir de la noche de bodas de los dos jóvenes protagonistas, el lector va conociendo de mano del novelista, todos los entresijos de la vida de ambos, lo que en cierta medida le llega a cansar, pues en esas vidas, en realidad nunca ocurre nada, al menos nada que merezca la pena de ser contado y leído. Pero de golpe todo se precipita, de suerte que, cuando el lector va animándose con lo que ocurre, en el mismo momento en que encuentra algo que justifique su lectura, se da cuenta que McEwan está cambiando de tercio y que se encuentra decidido a entrar a matar.
Dicho lo anterior, tengo que decir que la novela me ha desilusionado, más por lo que hubiera podido ser y no ha sido, que por lo que en realidad es. La mayor parte de la misma me ha resultado aburrida, banal, bien contada y articulada, por supuesto, como corresponde a un escritor de su talla, pero sin encontrar nada que me llamara la atención, y sólo al final llega a sorprenderme por el desenlace que encuentro, en ningún momento esperado. Me da la sensación, que “Chesil Beach” no ha sido más que un divertimento, una de esas obras menores, que de vez en cuando los escritores no tienen más remedio que entregar a sus editores, para obtener un margen de maniobra mayor, con objeto de poder dedicarse sin prisas, a obras de mayor calado.
En resumen, esta novelita, que perfectamente se puede leer sin agobios durante un fin de semana, es una obra agradable que acaba dejando un mal sabor de boca, ya que el tema de la misma, y eso cualquiera lo puede certificar, queda intacto, sin que McEwan haya conseguido, estoy convencido de que por falta de interés, sacarle todo el partido que ofrecía.

Miércoles, 21 de mayo de 2008

sábado, 24 de mayo de 2008

Pregúntale a la noche

LECTURAS
(elo.120)

PREGÚNTALE A LA NOCHE
Eduardo Jordá
Fundación Lara, 2.007

Con bastante pesar, me siento en la obligación de decir nada más comenzar, para intentar dejarlo todo claro desde un principio, que desde hacía tiempo no leía una novela tan “flojita” como ésta, y eso, que la he leído con todo el interés y el cariño que me ha sido posible, ya que me hubiera gustado poder decirle al amigo Eduardo, como él desearía, que lo suyo indudablemente es la novela. Pero no ha podido ser, pues a pesar de las virtudes que posee, entre las que destaca la limpieza de su escritura, tiene problemas que la lastran en exceso hasta convertirla en una novela fallida, de esas que no dejan nada en el lector, sólo la amarga sensación de haber perdido el tiempo con ella, que es lo peor que puede ocurrir cuando se termina cualquier lectura.
Una novela, a pesar de que todos hablamos con demasiada ligereza sobre ellas, es algo difícil de componer, y no el que quiere, sino sólo el que puede, es capaz de presentar una obra medianamente decente ante los lectores. La novela es un arte que no se encuentra al alcance de cualquiera, pues requiere unas dotes y un oficio, que en muchas ocasiones ni los teóricos ni los críticos consiguen calibrar en su justa medida. Todo el mundo sabe, sobre todo los que están, o estamos (por los motivos que sean) en permanente contacto con ella, lo que tiene que tener una novela para que se convierta en una buena novela, pero una cosa es eso, es decir, pontificar sobre la literatura de calidad, y otra muy distinta ponerse a escribir, y que salga precisamente eso, una novela de calidad. Sí, todos sabemos las bases sobre las que tiene que asentarse una buena novela, pero también, la dificultad que entraña su realización, sobre todo cuando se comprende, que son muchas las variables que hay que conjugar de forma armónica, pues la novela es un gran todo en donde tienen que fundirse a la perfección, una serie de elementos que no siempre resultan compatibles.
Cada autor, o cada aspirante a serlo, posee sus propias prioridades, pero todos deben comprender, que lo fundamental es el equilibrio de la obra, pues una novela descompensada, en donde primen unos elementos sobre otros, ni tan siquiera puede aspirar a convertirse en una novela digna, que es como algunos califican, para no mancharse demasiado las manos, a las novelas mediocres.
Jordá, por supuesto, también tiene sus prioridades, entre las que destacan, el interés por el lenguaje, pues como buen poeta que es, estima que ninguna palabra debe hacer más ruido del preciso y que cada frase tiene ser depurada hasta el máximo, en busca de esa perfección tan difícil de conseguir. También está convencido de la importancia de la historia, pues afortunadamente es de los que saben, que sin una buena historia no hay novela, y por último, apuesta en todo momento por personajes complejos, prestando siempre especial atención, en que los suyos no aparezcan ante los lectores como seres simples y unidimensionales. Por todo lo anterior, la novela de Eduardo Jordá, se presentaba como un plato fuerte y atractivo, que todos deseábamos degustar a la primera oportunidad. Pero no, el voluntarismo, una vez más se ha estrellado contra la realidad, y su esperada novela se ha quedado en ese terreno que no le gusta a nadie, en donde se estacionan las esperanzas frustradas.
¿Pero qué ha fallado en la novela? Posiblemente, y en primer lugar, el hecho de que sea anodina, de que en ningún momento consiga, lo que es grave, muy grave, pellizcar al lector. Si para algo se lee, es para pasar un buen rato, y un buen rato se puede pasar tanto con una novela de Salgari como con una de Bellow, y ese es el primer objetivo que en todo momento debe tener presente cualquier autor, velar porque su público, sea cual sea, disfrute con lo que lee. “Pregúntale a la noche”, es ante todo una novela aburrida, de esas que se leen por obligación, de las que al carecer de atractivo se van dejando de lado, aunque ya se lleven cien páginas leídas. ¿Pero por qué ocurre esto? Sobre todo, y esto le tiene que doler al autor, debido a la concatenación de dos problemas, por la debilidad de la historia en sí, y por la utilización de un lenguaje excesivamente anodino, o digamos que demasiado anémico para desarrollar dicha trama. Es una historia débil, mal articulada y mal cerrada, que se sostiene sólo, por el interés del autor por intentar plasmar una de sus grandes obsesiones literarias, la de centrarse en las contradicciones de los personajes, en este caso, en la del misionero. Para colmo el lenguaje empleado es tan perfecto, que se precipita en lo insípido, lo que hace aburrida la lectura, pues el lector no puede disfrutar, ni tan siquiera, con una frase que se salga del contexto, que distorsione la regularidad de la partitura.
Creo que el marco dibujado por Jordá, los acontecimientos étnicos que enfrentaron en Burundi a hutus y tutsis, debería de haber dado más juego, pues quedarse sólo con las teóricas grandes contradicciones del padre Gevaert, contradicciones nada relevantes por otro lado, en las que todos hubiéramos caído con total naturalidad, no merecen ni desde luego pueden justificar la novela. Por lo anterior, y para terminar, estoy convencido, que el grave problema de esta obra, que sobrevuela sobre todos los demás, es que “Pregúntale a la noche”, no es una novela sentida, que provenga de la necesidad del autor de contar una determinada historia que le quemara en el alma, sino que surge como una obligación autoimpuesta, la de escribir una novela, sea ésta la que sea, hecho que ha convertido la obra en un mero ejercicio narrativo, en donde quedan al descubierto todos los demonios narrativos de Jordá, sin que éstos, en ningún momento consigan evaporarse.
De todas formas, espero que alguna de las dos obras que está escribiendo en estos momentos (parece que le ha cogido el gustillo), pueda liberarse de las ataduras que han posibilitado el naufragio a su primera novela, ya que si así ocurre, Eduardo Jordá estará en disposición de regalarnos en un futuro próximo, de productos narrativos más que interesantes. Mantengamos las esperanzas.

Jueves, 15 de mayo de 2008