lunes, 9 de junio de 2008

Sobre la democracia y el arte

ACERCAMIENTOS
(elo.122)

Sobre la democracia y el arte

Desde hace algunos días, gracias a la confianza que han depositado en mí algunos amigos, estoy coordinando un pequeño concurso de microrelatos, cuya singularidad radica, en que es completamente democrático. Todos los que se atreven a participar en el mismo, pueden por tanto, si lo desean, elegir mediante votación secreta al ganador. En principio todo correcto, casi ideal, pues no se depende de un grupo de expertos que arbitrariamente impongan sus criterios, ni de un jurado títere, que a las órdenes de oscuros intereses, señale de forma invariable hacia un determinado objetivo. No, en este concurso, que se realiza por segundo año consecutivo, son los autores, los participantes, los que deciden libremente quién debe ganar, con la salvedad, de que nadie excepto yo conoce el nombre de los autores. Se vota, por tanto, sin que se sepa la firma de quien ha escrito lo que se lee, lo que en principio aporta cierta independencia y credibilidad al concurso. Pero a pesar de que estos datos tengo que reconocer, sobre todo ahora cuando poco a poco voy comprobando el resultado de las votaciones, que hay algo que falla, lo que atribuyo, al menos en principio, a que democracia y creación artística son dos conceptos que se repelen en el momento en que se interrelacionan.
Evidentemente lo anterior no es políticamente correcto, lo que quiere decir, que me costaría bastante ser comprendido, incluso por los participantes de este singular evento del que hablo, motivo por el cual, tengo la obligación de explicarme de la mejor forma que pueda, en el supuesto caso, que tal hecho fuera posible.
Cuando estuve leyendo los relatos, comprobé con satisfacción, que el nivel de los mismos había subido con respecto al del año anterior, lo que significaba que la calidad media había mejorado, aunque también comprendí, que había cuatro o cinco de gran altura, entre los que supuse se encontraría, sin ningún género de dudas, el que se llevaría la victoria. Pero lo curioso del tema, lo que me empuja en estos momentos a descreer del voluntarismo democrático, sobre todo cuando se intenta extender el mismo a todos los ámbitos de la actividad humana, es que ninguno de mis favoritos, está en condiciones, cuando ya el periodo electoral está finalizando, de ni tan siquiera luchar por el triunfo. Algún purista al leer lo anterior, indignado podría decir, que una cosa es lo que yo piense que tiene calidad, y otra muy distinta lo que piensen los demás. Bien, de acuerdo. No tendría nada que objetar a tal planteamiento que arremete de forma directa contra mi soberbia, salvo que, con toda seguridad, más por viejo que por diablo, aún sé distinguir, al menos en literatura, entre lo bueno y lo regular, pero sobre todo entre lo regular y lo malo. Lo que me llama la atención, es el hecho de que ninguno de los que en un principio subrayé, que creo que son los que tienen mayor calidad, mayor calidad objetiva, se encuentre posicionado entre los que pueden luchar por el triunfo final, mientras que otros, de una banalidad casi absoluta, aunque tengo que reconocer que bien ejecutados, pueden conseguir una victoria que en absoluto merecen. Ante lo anterior, tengo que decir, que la democracia cuando se extrapola al mundo del arte, provoca precisamente lo que tanto ella pretende evitar, la injusticia, por la sencilla razón, de que iguala a los individuos por el mero hecho de ser individuos, y no, siendo esto lo importante, por sus capacidades y conocimientos artísticos. Sí, lo que acabo de exponer puede parecer peligroso, lo acepto, pero después de leerlo varias veces no tengo más remedio que volver a subrayarlo, pues la igualdad es un concepto con el que hay que tener mucho cuidado, al que es conveniente tocar sólo cuando resulte imprescindible, pues su uso constante lo único que consigue es devaluarla. A nadie medianamente responsable se le ocurriría discutir con un ingeniero sobre ingeniería, sobre todo, si desconoce por completo los fundamentos teóricos y técnicos sobre los que se asienta tal profesión, pero sin embargo, todo el mundo se cree en la obligación de opinar sobre cualquier manifestación artística, ya que se se estima, lo que de forma irresponsable se repite por doquier, “que sobre gustos no hay nada escrito”. A uno le puede gustar, por supuesto, más el verde que el azul, una escultura más que otra, ésta o aquella novela, pero eso es una cosa, y otra muy distinta, saber de pintura, escultura o literatura, pues se olvida que lo accesible, no necesariamente significa simplicidad. Que todo el mundo sepa leer, no quiere decir que todos los lectores se encuentren capacitados para apreciar por ejemplo, las virtudes de una determinada novela, pues para eso, son necesarios unos fundamentos nada fáciles de conseguir. Lo mismo ocurre en todos los campos de la actividad humana, pues hacen falta unos conocimientos, que no están a la altura de cualquiera, y sólo al alcance de los que están especializados en una determinada materia, ya sea en arquitectura, en física orgánica o en política. La democratización de nuestras sociedades, ha aumentado de forma considerable el nivel intelectual de las mismas, pero hay que tener presente, que eso no significa que se tenga que saber de todo, ni tan siquiera de lo que en apariencia pueda resultar más diáfano, como por ejemplo el arte.
Cuando se habla del arte popular, se está hablando de un arte al alcance de todos, de manifestaciones artísticas de clase media, pensadas y creadas para satisfacer las necesidades de la mayoría de la población. Este tipo de creaciones, que cuando son de calidad (hay que subrayar que existe un arte popular de calidad), siempre suelen apuntar hacia un nivel superior, dejando entrever que existen otras manifestaciones artísticas más elevadas y de más difícil acceso. Esta forma de entender el arte, posee una función pedagógica de gran importancia, pues tiene como misión, la de abrir las puertas, a todos los interesados, de ese otro arte que podría calificarse como no popular. El problema es que el arte popular, el mayoritario, el que realmente se consume, en raras ocasiones posee esas cualidades, edificándose sólo, en lo que cree que su público, su amplio público necesita. ¿Pero que necesitan los consumidores del arte popular? Básicamente lo que buscan, como en todos los órdenes de la vida es estabilidad, lo que en arte significa entretenimiento y respuestas claras a los interrogantes que se van planteando, colores nítidos, historias planas, pero sobre todo, que siempre queden todas las puertas cerradas y el gas apagado. Este es el problema, que cuando el arte se democratiza, el arte popular de baja calidad gana por goleada, descartando y despreciando, a aquellas otras visiones artísticas que no se adecuan a los estrechos márgenes que siempre acaba imponiendo.
Por lo anterior, lejos de ofuscarme con los resultados del concurso, tengo que aceptar que la normalidad se impondrá, es decir, que la mediocridad de la clase media, la que se encuentra satisfecha de haber sido educada en la cultura popular, ejercerá una vez más su tiránica, democrática y silenciosa dictadura.

Sábado, 31 de mayo de 2008

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