miércoles, 29 de abril de 2015

El corazón de las tinieblas

LECTURAS
(elo.315)

EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS
Joseph Conrad
El País, 1899

                        Hace algunos años, empujado por la fama de la novela y del prestigio del autor, leí por primera vez “El corazón de las tinieblas”, y tengo que decir, aunque me avergüence, que no me pareció nada del otro mundo, lo que no habla nada bien del lector que fui. Por ello, cuando ahora, bastante tiempo después, me he visto en la obligación de tener que volver a leerla, he observado como iba relegándola con la esperanza de poder despacharla, en el mejor de los casos, con una lectura superficial.  Pero claro, olvidaba que ninguna obra que haya resistido el paso del tiempo puede ser intrascendente, tal como le ocurre a la mayoría de las que hoy se publican, que por mucho predicamento que lleguen a tener, por mucho apoyo publicitario que consigan, difícilmente lograrán resistir en nuestra memoria ni tan siquiera unos cuantos meses, por lo que evidentemente, como no podía  ser de otra forma, en esta ocasión la novela de Conrad me ha estallado en las manos. Pero, ¿Cuáles son las novelas que perduran? ¿Cuáles las que consiguen esquivar “el viento del olvido”? Está claro que no son, como en principio se podría imaginar, aquellas que sólo están magníficamente escritas, ya que los cementerios de la literatura están repletos de este tipo de novelas, sino aquellas que además de estar bien escritas consiguen tocar, arañar, todo aquello que nos atañe como seres humanos. Lo humano, la vida en toda su extensión es el alma de la novela, de la novela de todos los tiempos, pero para acercarse a ella de forma adecuada no basta con poseer un dominio de la narrativa, es fundamental poseer también un sensibilidad especial, una inteligencia que en literatura sólo está al alcance de unos pocos, precisamente de los más grandes.
                        El alma humana, o lo humano, es el gran misterio al que nos enfrentamos, al ser un enorme agujero negro del que apenas sabemos nada, un descomunal vacío que a pesar de acompañarnos a donde quiera que vayamos, o posiblemente por eso, tratamos en todo momento de puentear de mil formas diferentes con tal de no tener que asomarnos a él. Las religiones, la moral, las ideologías…, en el fondo no son más que instrumentos que utilizamos para mantenernos erguidos, con objeto de evitar los efectos desestabilizadores que nos provoca ese vacío que siempre se encuentra a nuestro lado, proporcionándonos modelos de comportamiento que nos faciliten ese inestable equilibrio que tanto se necesita. Sabemos, aunque tratemos de neutralizar esa certeza con las estructuras que hemos logrado desarrollar, que en todo momento nos encontramos a un paso de la indigencia, de la indigencia moral, que vivir bajo un código, sea el que sea, es un triunfo de la voluntad, y que la naturaleza, a la que tanto amamos, siempre y cuando logremos mantenerla  controlada, en todo momento se encuentra atenta, vigilante, por si un día desfallecemos. Da igual en qué consiga el ser humano creer, en la razón, en un Dios extraño y mitológico o en unas cuantas ideas más o menos elaboradas, porque lo importante es tener a mano un manual de conducta sobre el que poder echar mano en momentos de necesidad.                   
                        Conrad en esta sorprendente novela habla precisamente de ello, de la fragilidad del ser humano, de la que se manifiesta, de  la que sale a relucir cuando todos esos soportes que hemos fabricados, o heredados, caen hecho pedazos a nuestro alrededor; cuando la naturaleza consigue que dejemos de ser lo que creemos que somos para convertirnos en aquello que como hombres hemos tratado históricamente de dejar atrás. Habla del horror que significar para alguien comprender que ha obrado aculturalmente, de forma animal, al haber entrado en las dinámicas, siempre salvajes y crueles que impone la propia naturaleza. De alguien que ha caído en el vacío de la inhumanidad, después de haber sido un ejemplo de moralidad para todos los que lo habían conocido.
                        “El corazón de las tinieblas” es una novela sin aristas estructurales, en la que,  en una reunión de amigos, alguien cuenta una historia que le sucedió cuando estuvo en África trabajando como patrón de un pequeño vapor fluvial al servicio de una compañía colonial, cuya tarea consistía en conseguir marfil. Allí, en la selva, escucha hablar de alguien excepcional, de un tal Kurtz, de una persona admirada por todos, y que era con diferencia, quien más marfil conseguía. Pero algo había ocurrido y había que ir obligatoriamente a buscarlo, pues al parecer se había convertido en una amenaza para la propia Compañía.
                        En ningún momento se habla de lo que había ocurrido, de suerte que a pesar de ser el eje de la novela, casi todo lo que se sabe de él, de Kurtz, es por otras personas, o de lo poco que consiguió ver con sus propios ojos el narrador de la historia en el asentamiento colonial donde lo encontraron. No cabe duda que el protagonista de la novela es Kurtz, pero también la selva, la amenazante y abrumadora naturaleza que lo envolvía todo y que todo lo condicionaba. Éste es sin duda el gran logro de la novela, la forma implícita en la que Conrad consigue articular la narración, el drama que se produce, sin tener el autor que entrar en los detalles, en los escabrosos y siempre vulgares acontecimientos, pues todo se da a entender con meridiana claridad al lector.
                        Sí, “El corazón de las tinieblas” es una novela asombrosa, una de esas novelas que tienen que estar, por derecho propio, en toda biblioteca que se precie, pues además del tema, que obliga necesariamente a que se tenga que reflexionar sobre él, está perfectamente elaborada, ya que la técnica empleada, en la que el autor demuestra su categoría como novelista, consigue, tal y como tiene que ser, potenciar y enriquecer la temática.


Domingo, 22 de febrero de 2015

lunes, 13 de abril de 2015

El dilema de España

LECTURAS
(elo.314)

EL DILEMA DE ESPAÑA
Luis Garicano
Península, 2014

                        A pesar de los escasos “brotes verdes” que de nuevo, según el gobierno y las instituciones económicas internacionales están comenzando a germinar, en los jardines de algunos más que en las macetas de la mayoría, resulta evidente que este país se encuentra en coma, y que a pesar del delicado momento que padece, no se están tomando las medidas, muchas de ellas radicales, que podrían tener la virtud de ponerlo de nuevo en movimiento. Creo que nadie duda, por muy traumáticas que puedan resultar esas medidas, de la necesidad de las mismas, y que es el miedo, el miedo de unos y de otros, el que impide, ahora que es el momento, que se lleven a cabo. La crisis ha sido, y sigue siendo devastadora, deteniendo y haciendo retroceder al país, dejando en los márgenes a importantes sectores sociales, a la mayoría de los jóvenes que desean incorporarse al mercado laboral para iniciar una vida aceptable y a un sin fin de trabajadores experimentados que difícilmente, por su edad, y por su formación, podrán volver a encontrar un nuevo puesto de trabajo. Pero la crisis también ha dejado al descubierto las costuras, las débiles costuras de nuestro entramado productivo, sustentado más  en la especulación que en la productividad, y que a las primeras de cambio, en el momento en que los vientos dejaron de ser favorables, se desmoronó de forma aparatosa dejando un panorama desolador. Para colmo, y al mismo tiempo, ha conseguido arrojar contra las cuerdas, y muy tocada, a la clase política, que estrechamente emparentada a ese tejido productivo, ésta es una singularidad patria, ha perdido la mayor parte de  su credibilidad ante la ciudadanía. Esa misma clase política que ahora con dificultad apenas se atreve, por vergüenza, a levantar la cabeza, además de depositar  su credibilidad y su prestigio a “los pies de los caballos”, ha dejado a las instituciones que durante tanto tiempo habían mantenido colonizadas completamente deterioradas, incapaces de cumplir con sus funciones, lo que ha conseguido que el sistema del que tanto nos enorgullecíamos hasta hace poco, al desconocer su articulación interna, se encuentre en una situación de quiebra técnica.
                        Ante el desolador paisaje ante el que nos encontramos, arrasado por los vientos de una crisis descomunal, con una clases política en la que nadie con “dos dedos de luces” confía y con unas instituciones en quiebra, difícilmente este país podrá levantar el vuelo, por lo que es fundamental llevar a cabo acciones quirúrgicas de calado que tengan la virtud de cerrar las puertas a un periodo de nuestra historia, el conocido por el de la Transición, para por obligación, abrir otro que parta de supuestos diferentes.
                        Desde hace tiempo vienen apareciendo textos, estudios, que suponen un acercamiento a este tema, muchos de ellos provenientes de lo que se podría denominar la inteligencia cosmopolita o globalizada, como éste del economista Luis Garicano, en el que sintetizando viene a decir, que a pesar de lo que parece, todos los actores significativos coinciden en el diagnóstico y también en lo que hay que hacer, pero que el temor, el temor a perder los privilegios, obliga a esos mismos actores a “tirar los balones fuera” con la esperanza de que un día, más temprano que tarde, llegue a escampar.
                        Sí, es posible que un día escampe, pero seguro que estaremos tan empapados que difícilmente tendremos fuerzas más que para escapar de los efectos de la neumonía que nos habrá provocado el estar tantos días a la intemperie bajo la lluvia. Para Garicano hace falta un nuevo contrato social que consiga cambiarlo todo de arriba abajo, que aspire, cuanto menos, a posicionar este país en la estela de las  sociedades que mejor funcionan, que son la de los países del norte de Europa, para lo que es fundamental potenciar dos pilares básicos, una educación de calidad que se adapte a los tiempos que realmente vivimos, y la imprescindible reestructuración del aparato estatal, con la intención de que el Estado sirva a la ciudadanía y no a la clase política y a todos los que de forma espúrea la sostienen.
                        No cabe duda, con independencia de la opción ideológica que se posea, que este país necesita profundas transformaciones, al menos para que vuelva a ser mínimamente sostenible, para que abandone la Unidad de Cuidados Intensivos en la que desde hace tiempo se encuentra instalado con objeto de que encuentre el lugar que le corresponde, ya que no puede seguir siendo un país subsidiado sin aspiraciones de futuro. Para ello, y en esto tiene razón Garicano, es fundamental modificar las bases del actual sistema educativo con la intención, con la loable intención de que sirva para preparar futuros ciudadanos capacitados para afrontar la movediza y compleja realidad en la que vivimos, todo lo contrario de los objetivos del actual. No menos razón tiene con respecto al Estado, un Estado mastodóntico e intervencionista que apenas deja espacio para lo que se viene denominando la sociedad civil, una sociedad civil, que en el caso de que exista, algunos dudamos de ello, desde tiempo inmemorial se ha conformado, por comodidad, por apatía, a vivir bajo su sombra. Para colmo ese Estado que “disfrutamos” está colonizado por la clase política, de suerte que sus órganos de control o directamente no funcional, o no están al servicio de la ciudadanía, al mirar sólo por los oscuros intereses de aquellos que lo controlan, lo que logra neutralizar toda iniciativa ciudadana que se atreva a salir de su área de influencia.
                        Como apunté antes, las recetas de Garicano, al menos las básicas, son válidas para todas las opciones políticas que en realidad aspiren a mejorar la salud de nuestra sociedad, que aspiren a hacer de España un país rico y solidario (hay que señalar, o que recordar, que sin riqueza la solidaridad se convierte sólo en reparto de la miseria), y que la única opción que en estos momentos aparece ante nosotros, es la de apostar entre modernidad o populismo (o peronismo, como diría el autor).

Sábado, 31 de enero de 2014


viernes, 20 de marzo de 2015

Rey, Dama, Valet

LECTURAS
(elo.313)

REY, DAMA, VALET
Vladimir Navokov
Anagrama, 1928

                        Después de leer “Mashenka”, la primera novela de Nabokov, tengo que reconocer que no esperaba,  bajo ningún concepto, que su segunda novela, publicada sólo dos años después, fuera tan diferente, lo que en principio me desconcertó, costándome trabajo avanzar en la lectura, pues la prosa diáfana que recordaba, en esta se tornaba áspera, trabajosa, en donde las frases resultaban demasiado largas, por no hablar ya de la temática, una temática a la que no encontraba sentido. Estaba claro que el joven Nabokov no estaba interesado en abundar en lo alegórico, y que en esta ocasión había apostado por poner sobre la mesa un tema bastante manoseado, con demasiadas resonancias a Madame Bovary y a Ana Karenina, el de una mujer burguesa insatisfecha, con objeto de poder jugar con sus personajes, o lo que es lo mismo, desarrolla un tema muy utilizado, que en sí no consigue llamar la atención, para centrarse en los movimientos de los protagonistas. Hay que reconocer que para un autor joven esta  apuesta no podía resultar fácil, al hacer falta un dominio técnico inusual para un novelista que comenzaba, lo que dejaba claro por un lado la ambición del autor, y por otro, la pericia que sorprendentemente ya poseía, pues como se sabe, una cosa es querer y otra muy distinta poder.
                        Como decía, en un principio me costaba trabajo avanzar, al observar que lo que leía resultaba demasiado forzado, forzado porque se masticaba una voluntad de estilo excesivamente trabajado, pero poco a poco y sin darme cuenta fui quedando engatusado, y eso que la historia seguía sin interesarme lo más mínimo, al tropezar con una serie de situaciones, todas bien resueltas, que me llamaron la atención.  Estoy acostumbrado, mal acostumbrado, a una literatura que presta más atención hacia dónde señala que a la forma que desarrolla, a una literatura que pasa volando hacia los objetivos concretos que se impone, casi siempre exógenos a la propia obra que de esta forma se convierte sólo en un medio para conseguir algo, que a las tramas que como fin último, sin aspirar a nada más, ni a nada menos, aspiran a presentar un texto en el que todo comience y que termine en el propio texto. No cabe duda que se tratan de prejuicios, pues durante un tiempo la pureza literaria, en la poesía, en la narrativa, la he rechazado  por su aburguesamiento, por su falta de compromiso, de suerte que siempre o casi siempre tenía más interés cualquier creación reivindicativa, aunque objetivamente resultara mediocre, que aquellas otras bien construidas que sólo aspiraran a contar bien una determinada historia.
                        No se trata a estas alturas de cambiar los parámetros que de la novela siempre me han interesado, pues que una novela diga algo, el hecho de que tenga un valor añadido que vaya más allá de la propia historia que se cuente, creo que es, que tiene que ser irrenunciable, lo que ocurre es que a veces con la intención de alcanzar ese objetivo se olvida lo fundamental, cuidar lo que se escribe, comprender que ante todo la literatura es una actividad artística en la que no todo vale.
                        No creo “que la vida con cierta frecuencia imite a los novelistas franceses”, pero sí estoy convencido que en esta ocasión, el malévolo Navokov, ha utilizado ese tipo de novelas que tanta influencia han tenido en la adolescencia de todo lector, para desarrollar lo que trataba de  demostrar, que la literatura en el fondo no es más que un juego, un mover de aquí para allá, pero siempre de forma estudiada, a los diferentes personajes, como si se tratara de una partida de ajedrez o de naipes, en donde el protagonismo absoluto lo tiene el propio autor, ese autor que se esconde dominándolo todo detrás de  las bambalinas.
                        “Rey, Dama, Valet”, es por tanto una novela de estrategia, en donde la Dama, consciente de su poder y siempre deseosa de ocupar el lugar que cree que le corresponde, valiéndose de su protegido, que carece en todo momento de voluntad propia, quiere hacerse con el poder destronando al Rey, que sin enterarse de nada, pero siempre dedicándose a lo que tenía que hacer, sale indemne, aunque quien se beneficia del juego, gracias a la ambición de quien se creía ganadora, es el Valet, el joven que en la obra ejerce de amante de la protagonista y que a la muerte de ésta, salta de júbilo y ríe a carcajadas por haber encontrado y recuperado su libertad. En la novela todos saben su papel, el papel limitado que le corresponde en el juego, porque así se lo hace saber el autor, que es el que de forma omnímoda ejecuta todos los movimientos.
                        A pesar de ser una novela poco conocida, yo al menos no había oído hablar de ella, “Rey, Dama, Valet”, muestra la capacidad del autor no ya para superar con nota las diferentes situaciones que va creando, sino, lo que es más importante, para desarrollar escenas, como la del primer encuentro amoroso que mantienen los protagonistas, magistralmente narrado, que consigue grabarse en la mente del lector. Digo los protagonistas, pero soy consciente que el auténtico protagonista de la novela es el propio Nabokov, que mantiene en todo momento controlado a los personajes, dejando claro, además de sus cualidades para el oficio a una edad tan temprana, el tipo de literatura por la que desea apostar.

Viernes, 26 de diciembre de 2014


viernes, 13 de marzo de 2015

Mashenka

LECTURAS
(elo.312)

MASHENKA
Vladimir Nabokov
Anagrama, 1926

                        Tengo que reconocer, lo que al parecer es un grave pecado, que he frecuentado poco la obra de Nabokov, que según todos es uno de los grandes de la literatura del siglo XX, lo que sin duda se debe a que lo que había leído de  él, en su momento, apenas consiguió a llamarme la atención. No obstante creo que ha llegado el momento de acercarme a su obra, ante todo por interés, por saber qué me he perdido hasta ahora, y lo hago desde el desconocimiento casi absoluto, sin prejuicios previos, con la esperanza de encontrar en lo que lea el placer que siempre debe iluminar toda obra literaria de calidad. Por ello, creí que lo más acertado era  comenzar por su primera novela, “Mashenka”, al estar convencido que en la primera obra siempre se pone todo lo que se tiene, y en la que por norma general suelen encontrarse, aunque de forma larvada, todas las variables que con el tiempo el autor desarrollará.
                        “Mashenka” es una obra diáfana, publicada en Berlín en 1926 cuando Nabokov tenía sólo veintisiete años, en la que me ha sorprendido su calidad literaria y el hecho, pues creía que no era amigo de ellas, de ser una novela marcadamente alegórica.
                        Por aquella época, según he leído en una breve reseña biográfica, el novelista se encontraba asentado en la capital alemana viviendo en los círculos de exiliados rusos, en donde escribía para los periódicos que éstos editaban, y en donde creo, en donde imagino, que la cerrazón tenía que ser absoluta, y en donde Rusia, la patria de la que habían tenido que huir, tenía que representar una idea obsesiva. De este contexto parte la novela, del ambiente opresivo en el vivía el autor, y de la necesidad que tenía de salir de él, o al menos eso es lo que se refleja en la novela, en donde dibuja un ámbito cerrado, la pensión en la que vivían, en la que un grupo de rusos se encontraban atorados a la espera  de que por algún albur del destino su situación cambiase de forma radical. Así tenía que observar la situación del exilio ruso el joven Nabokov, y así lo dibujó magistralmente en la novela, dejando claro que aunque todo influía para seguir pensando y soñando en lo perdido, en lo que habían dejado atrás, la única salida posible era la de escapar de ese círculo infernal, y destructivo, hacia una nueva vida en donde todo estaría por hacer.
                        Lo que más me ha interesado de la novela son las ensoñaciones del protagonista, la forma en que el autor hace que el protagonista recuerde la relación amorosa que tiempo atrás, cuando todo era diferente, mantuvo con Mashenka, recuerdos que hablan de una Rusia idílica, en donde todo se encontraba en orden, y en donde la felicidad era posible. Estas rememoraciones del protagonista se producen sin violentar la trama, de forma natural, desapareciendo  de la misma forma que llegaron. Mientras se leen, uno comprende que Mashenka era o representaba a Rusia, la Rusia que esos exiliados se habían llevado consigo, una Rusia ideal que jamás volverían a disfrutar.
                        A pesar de que no quiero caer en la trampa de pensar que el protagonista de la novela representa al propio Nabokov, pues sería demasiado fácil, no puedo evitar recordar que las obras noveles casi siempre están trufadas de multitud de elementos autobiográficos, por lo que con toda seguridad, Ganin, tenía que representar algunas, o muchas de las obsesiones que embargaban al Nabokov de la época, al menos la de alguien que echaba de menos a su país, o las experiencias que tuvo en su Rusia añorada, pero también, la necesidad de superar esa añoranza paralizante  que mantenía atorado a casi todos sus compatriotas que como él vivían en el exilio. En este sentido, “Mashenka”, independientemente a su valor literario, puede representar un documento interesante para conocer a alguien, al propio autor, deseoso de romper con los moldes, esos moldes que le quedaban pequeños, que lo mantenían aprisionado y que le impedían aventurarse por parajes más abiertos.
                        Otras de las  cuestiones que me han llamado la atención, es el dominio literario que demuestra el autor, algo sorprendente si se tiene en cuenta que se trata de su primera novela, ya que no he encontrado ningún impedimento u obstáculo en la lectura, de suerte que la misma puede leerse con una facilidad asombrosa, resolviendo los problemas que sin duda se le plantearon con una economía de medios que hay que anotar en su haber, lo que demuestra la capacidad que ya poseía el joven Nabokov en el momento en que afronta la novela.          
            Es curioso como algunos autores, desde sus primeras obras, demuestran tanta facilidad en lo que escriben que no tenga más remedio que quitarme el sombrero imaginario que siempre llevo conmigo para tales ocasiones, pues consiguen solventar los problemas que toda novela plantea, en lo estilístico, en lo estructural, de la única forma que al parecer puede ser posible, sin aspavientos, sin que nada chirríe, como si eso fuera lo más natural. Cada día estoy más convencido que la simplicidad, que nunca hay que confundir con la banalidad, está sólo al  alcance de los grandes maestros, de esos que desde muy temprano, como en el caso de Nabokov, demuestran sus dotes.

Lunes, 12 de diciembre de 2014
                       

                        

lunes, 9 de marzo de 2015

Como la sombra que se va

LECTURAS
(elo.311)

COMO LA SOMBRA QUE SE VA
Antonio Muñoz Molina
Seix Barral, 2014

                        Después del inesperado ensayo que nos regaló el año pasado, “Todo lo que era sólido”, que hablaba de la época que estamos atravesando y de las causas que han provocado la situación que padecemos, en el que no decía nada nuevo pero en el que ofrecía su mirada de novelista, no tenía ni la más remota idea sobre en qué estaba trabajando Antonio Muñoz Molina, por lo que me ha sorprendido la novela que acaba de publicar, “Como la sombra que se va”. Estaba convencido que tenía que publicar algo de importancia, pues hacía cinco años, cinco, que no sacaba ninguna obra significativa al mercado, pero no sabía con qué nos iba a sorprender, si con una nueva novela tras el relativo, para algunos, fracaso de “La noche de los tiempos”, o con alguno de esos trabajos suyos, a los que tan acostumbrado nos tiene, en los que se dedica a fijar y a reordenar su pasado, pasado que a pesar de no ser en absoluto interesante, curiosamente siempre ha representado el yacimiento en el que ha bebido la mejor literatura de Muñoz Molina. A pesar de que ese, su pasado, siempre o casi siempre se presentaba  aliñado con elementos de ficción, lo que quedaba era la coherencia de sus postulados y la solidez de  la prosa del autor, de un autor que viene de donde viene y que no se avergüenza de ello, cuya visión de la realidad, y de la literatura, está alejada de los fuegos artificiales y de los juegos malabares con los que otros se pasean exhibiendo con orgullo su literatura. Antonio Muñoz Molina, posiblemente por eso, siempre ha representado, o a mí me lo ha parecido, el menos literario de nuestros narradores, entendiendo por literario aquello que se esconde y que se apoya sobre el artificio, del juego de palabra y de la pose construida sólo para ser exhibida. No, porque la literatura del ubetense, si se exceptúa “El invierno en Lisboa” y “Bertenebro”, novelas demasiados cinematográficas, siempre se ha basado en la credibilidad que le proporcionaba el lugar que ocupaba, lugar sobre el que ha tratado de profundizar y también de analizar, haciendo precisamente lo contrario de lo que otros han hecho, escapar de ellos mismos para crear escenarios ajenos, más acorde a sus deseos,  sobre el que poder construir sus territorios literario. En este aspecto, Muñoz Molina más que un artista es un labrador de la narrativa, ya que su narrativa se presenta siempre trabajada y trabajada, en todo momento ajena a la improvisación y a la inspiración que imponen las musas.
                        La literatura de Muñoz Molina no es de trazo fácil, pues a pesar de su calidez y de su proximidad, es en momentos demasiado compleja, al menos en el marco de la novela dominante, lo que obliga a sus lectores, lo que a veces es de agradecer, a tener que desconectar el “piloto automático” con objeto de poder masticar sin prisas cada una de sus frases, convirtiendo su literatura, en el mejor sentido, en una literatura pesada, de peso, sólo apta para aquellos que desean, al menos de vez en cuando, embarcarse en singladuras en donde con seguridad encontrará mar de fondo, que son en las que se puede apreciar a los navegantes ciertamente capacitados, a aquellos que prefieren arriesgar buscando nuevos itinerarios, en lugar de aventurarse por los senderos pautados de siempre, en dónde sólo se puede hallar el placer, el precario placer, de llegar a puerto sin novedad.
                        Porque suele apostar fuerte, a veces demasiado fuerte, sus seguidores no sabemos qué nos vamos a encontrar cuando comenzamos una nueva novela suya, aunque sí que no nos vamos a encontrar, por ejemplo con un nuevo “Plenilunio”, su novela más redonda, posiblemente porque el autor lleva demasiado tiempo huyendo, o tratando de huir de ese tipo de novelas tan cerradas y teóricamente perfectas, de la novela-novela, para adentrarse en otros territorios en donde pueda interrogar e interrogarse, en una literatura abierta en la que siempre queda a la intemperie.     
                        Pero claro, esto de estar siempre en movimiento tiene sus inconvenientes, y no me refiero a no poder contar con un público fiel, ese que siempre quiere más de lo mismo y que suele ofuscarse cuando encuentra algo que no esperaba, sino al hecho de que no en todas las ocasiones se consigue atinar con lo que se desea presentar, como bien le ha podido ocurrir en esta ocasión. “Como la sombra que se va” es una novela extraña, que en principio trata de narrar los días, los diez días que pasó el asesino de Martin Luther King en Lisboa  tratando de conseguir un visado que le permitiera trasladarse a Angola, un tema a estas alturas poco interesante, al que para colmo no creo que el autor le haya sacado el jugo adecuado, pero que se complementa por un lado con el recuerdo de su primera visita a Lisboa, cuando desde Granada se traslada a esa ciudad con la esperanza de encontrar “los decorados” con los que poder ambientar “El invierno en Lisboa”, y con la que realizó años después, con objeto de visitar a su hijo que se había instalado en la capital portuguesa.      
                        Tengo que reconocer que la primera de las tramas, aunque está escrita con el oficio que el autor sabe imprimir en todo lo que escribe, no me ha interesado en absoluto, y de las restantes, al adentrarse en territorios demasiado personales, tan personales que por pudor ha debido obviar, tan sólo me han llamado la atención las páginas que me han servido para certificar lo que ya intuía  de su evolución literaria, lo que es poco, poco para un novelista de su calibre. Me ha dado la impresión, que ha buscado con desesperación un tema y que no lo ha encontrado, un tema de peso, y que la urgencia por publicar le ha obligado a agarrarse al primero que ha podido hallar, lo que si es así no es de recibo. Es una obra, como dije más  arriba, extraña, asimétrica, que no consigue aportar nada nuevo a su evolución como novelista, un paso atrás sin sentido, pues estoy convencido que esta novela no ha debido de publicase, y lo digo desde el convencimiento de que Antonio Muñoz Molina es con seguridad uno  de los dos o tres mejores narradores con los que cuenta, hoy por hoy, la literatura en español.

Jueves, 11 de diciembre de 2014


domingo, 14 de diciembre de 2014

Así empieza lo malo

LECTURAS
(elo.310)

ASÍ EMPIEZA LO MALO
Javier Marías
Alfaguara, 2014

                        Leer a Marías es un placer, una fiesta, por ello, cuando aparece en las librerías una nueva novela suya siempre es un acontecimiento, de suerte que suele ser el acontecimiento literario del año. Estaba intrigado por lo que publicaría después de “Los enamoramientos”, que a pesar de ser una buena novela, sí una buena novela, desde un principio la vi como demasiado redonda y accesible, y como una novela menor de Marías. Siempre he creído que el madrileño es uno de esos autores de prestigio cuyas novelas se compran más que se leen, lo que no ocurrió con “Los enamoramientos”, que ciertamente fue una novela muy frecuentada en contraste con lo que ocurrió con su trilogía “Tu rostro mañana”, que creo que sólo fue leída, y con placer, por los fanáticos de la literatura de Marías. Por ello mi interés por saber qué me iba a encontrar con “Así empieza lo malo”.
                        En principio, creo que es una novela que se encuentra a medio camino entre su exitosa última novela publicada y de aquellas otras que tanto prestigio le proporcionaron, aunque es menos luminosa, por ejemplo, que “Corazón tan blanco”; con la que indudablemente he disfrutado, pero en la que observo cierta repetición de escenas y de personajes que ya me están comenzando a cansar. No hablo del tema, no, aunque es el mismo de siempre, el secreto, de lo que se trata de ocultar en una de sus múltiples variaciones, ya que comprendo que es lógico, como hacen otros autores, que toda su obra gire, que gravite sobre el tema o sobre los temas que le obsesionan. Lo que trato de decir, pues tampoco hablo del estilo utilizado, que siempre debe ser sagrado, la marca de la casa es la marca de la casa, es que sería de agradecer que ese tema fuera abordado desde una perspectiva diferente, utilizando, por ejemplo, otra escenografía.
                        Cuando tuve la novela en mis manos, comenté a unos amigos, que me interesaba más cómo me contaría Marías la nueva historia que se había sacado de la manga que la historia en sí, pues estaba deseoso de sumergirme en la prosa del madrileño, en su estilo posiblemente demasiado femenino, a primera vista siempre caótico, repleto de matices y dotado de esa inteligente ironía que conseguía cautivarme  con todo lo que publicaba. Ahora cuando acabo de terminarla, tengo que decir que me ha interesado más el tema que el estilo utilizado, que a pesar de ser el de siempre, me ha parecido en esta ocasión demasiado repetitivo, dándome la sensación de que esta novela ya la había leído, lo que puede significar, al menos así lo estimo, que Marías, a pesar de las altas cotas que sin duda ya ha conseguido, no sigue progresando, que se ha detenido narrativamente hablando, lo que convierte a “Así comienza lo malo” sólo en una novela más del autor, lo que creo que no es precisamente un elogio. A autores de la talla de Javier Marías, que son pocos, hay que exigirles más que a los restantes, hay que exigirles que sigan avanzando y progresando, pues en ellos no basta con que sigan haciendo, escribiendo novelas y novelas cada día más redondas, más redondas pero que cada día aportan menos literariamente.
                        Como dije más arriba, el secreto, el secreto y la necesidad que siempre se tiene de desentrañarlo, es el gran tema de Marías, monotema al que consigue darle una nueva vuelta de tuerca en esta ocasión, afirmando que a veces, a pesar del interés que se pueda tener por conocerlo, es mejor no interesarse por él, pues ese conocimiento puede acabar con una relación, con una amistad. Lo malo no es desconocer, ya que lo malo puede comenzar cuando se sabe lo que nunca debió conocerse.
                        Permanecer en la ignorancia a  veces es mejor, sobre todo cuando ese desconocimiento puede salvaguardar el aceptable equilibrio en el que se vive, lo que ocurre es que nadie, o casi nadie puede aceptar conscientemente no conocer algo. La novela, que es una gran novela, plantea y desarrolla a la perfección el tema, dibujando a una pareja que rompe la magnífica relación que mantenía precisamente cuando ella, en un momento de ofuscación, le cuenta lo que siempre había mantenido en secreto, dejando claro que a veces desconocer un hecho es lo mejor que a uno le puede suceder.
                        Sí, es una gran novela porque a pesar de la metodología repetitiva que Marías utiliza, repetitiva por la semejanza que mantiene con sus otras novelas, consigue dibujar lo que desea contar de manera admirable, basándose para ello el autor, en lo que es un maestro, en la capacidad que posee para desnudar y para mostrar a sus personajes, siempre de forma pausada, nunca con prisas, dando mil y un rodeo, con la prosa inteligente y con esa exactitud que caracteriza a su escritura.
                        Es muy difícil, dada su calidad, que Javier Marías entregue a su público una novela que no tenga que ser obligatoriamente aplaudida por todos, pero con objeto de que no se convierta sólo en un artesano de su literatura, del tipo de novela que sabe hacer y que domina, entregando alguna de ellas cada dos o tres años sería conveniente, que como diría aquél, que se dedicara a “escribir con su mano izquierda”, para  que pueda internarse en territorios desconocidos que le salven y le aleje de ese mal que a muchos aqueja, el de tener que escribir siempre la misma novela.


Domingo, 2 de noviembre de 2014

viernes, 21 de noviembre de 2014

El balcón en invierno

LECTURAS
(elo.309)

EL BALCÓN EN INVIERNO
Luis Landero
Tusquets, 2014

                        Todos los años aparecen en las librerías varios textos de autores a los que siempre he seguido, que por obligación o devoción no tengo más remedio que leer, sea cual sea la relación que con el tiempo haya podido mantener con los mismos. Son citas obligadas, que me hacen comprender cómo pasa el tiempo, ya que no soy el mismo que cuando comencé a leerlos, ni ellos, por supuesto, son los mismos que consiguieron asombrarme con sus primeras creaciones. Pero me gusta esta relación de fidelidad, este diálogo ininterrumpido durante años entre el que escribe y el que lee, un diálogo repleto de desacuerdos pero también de coincidencias y de respeto. Leer a algunos de esos autores, que no son más que cinco o seis, es como reencontrarme con un viejo amigo, con un viejo y querido amigo que después de algunos años me cuenta cómo le va, y me lo cuenta a través de lo que escribe. En esta ocasión el reencuentro ha sido con Luis Landero, un autor con el que siempre he mantenido una extraña relación de respeto y de admiración, pero también de desapego y estupor. De admiración porque estoy convencido, desde que leí su primera novela, curiosamente una novela que él estima, o que estimaba como fallida, “Caballeros de fortuna”, que es una de las mejores plumas del país, y de desapego, porque muchas de las obras que ha dejado con posterioridad, todas ellas indiscutiblemente landelianas, consiguieron provocarme un extraño sabor de boca. Pero está claro que ese es un problema mío, pues como bien deja constancia el extremeño en todo lo que escribe, cada autor tiene que ser fiel a su propio estilo, y si algo tiene Landero es un estilo propio indiscutible, un sello que singulariza cada una de sus novelas.
                        Desde hacía tiempo esperaba una nueva novela de Landero, pero cuando me enteré que por fin la había publicado, no dudé en leerla lo antes posible, y no hacerme rogar de forma absurda como siempre hago con todo lo que escribe, pues en esta ocasión había escuchado que no se trataba de una novela de Landero al uso, de esas que leo siempre de un tirón y con una sonrisa en los labios pero que al final, invariablemente, consiguen hacerme decir, “esta es la última novela que leo de él”. No, según había oído, y en este momento no sé dónde, Landero había escrito otra cosa, ya que al parecer estaba cansado de tanta ficción, o en palabras suyas, que estaba “reñido con la literatura”, y como a mí, de  un tiempo a esta parte me ocurre lo mismo, me interesaba conocer el remedio que había encontrado para afrontar ese mal. Pero no, Landero lo que ha buscado es una justificación para escribir de otra cosa, para escribir de todo aquello que a lo largo de su vida le había empujado para hacer de la literatura no ya su profesión, sino su vida misma, y para ello se sumerge en su pasado, en el recuerdo de su familia, en el recuerdo del lugar de donde partió, que es de donde está convencido que proviene ese afán por contar historias.
                        Esta novela, “El balcón en invierno”, entronca directamente con una novela anterior suya, “El guitarrista”, en donde de forma novelada habla de su propia vida y de  la necesidad de buscar el lugar que a cada uno le corresponde.
                        “El balcón en invierno” es una obra extraña, pues recién jubilado el autor, “cuando ya pueden verse las primeras sombras del crepúsculo al final del camino”, se dedica a rememorar su pasado, a regodearse en sus recuerdos, en su adolescencia y en su familia, en donde destaca con luz propia la figura de su padre, en un hermosos agradecimiento a todo lo recibido.
                        En este singular texto queda algo claro sobre  todo lo demás, y es la calidad literaria de Landero, pues la sencillez con la que puede leerse todo lo que escribe, el lector nunca encuentra ningún escollo en sus obras, esconde un dominio absoluto, casi omnímodo del lenguaje que utiliza, un dominio que también se traslada a los personajes de sus novelas, que siempre aparecen presos de su autor, que paradójicamente es lo que los convierte en poco creíbles.
                        Pero en esta ocasión, como queda dicho, el lector no se encuentra con los personajes estrambóticos y siempre a un paso del absurdo que Landero suele dibujar, de esos personajes unamunianos que tanto llaman la atención, sino con personajes de carne y hueso, reales, de los muchos que poblaron y que siguen poblando la vida del autor, y con el propio autor, en la trayectoria que ha seguido hasta llegar a ese balcón desde el que recuerda todo lo que le ha empujado a ser lo que es. Es un texto agradable, cálido, sentimental, sin muchas pretensiones, inesperado, un texto que puede haber desorientado a sus incondicionales, que sin duda esperarían otra de  sus novelas, pero que puede servir, al menos a mí me ha servido, aparte de para pasar un buen rato de lectura, para conocer mejor a la persona que se esconde detrás del novelista Luis Landero.

Miércoles, 22 de octubre de 2014