viernes, 24 de octubre de 2014

Todo lo que hay

LECTURAS
(elo.305)

TODO LO QUE HAY
James Salter
Salamandra, 2013

                        De vez en cuando, y de forma en principio inexplicable, un autor desconocido se pone de moda, de suerte que todos corremos a leerlo, pues al sólo escuchar elogios de él, dudamos si nos estamos perdiendo algo importante de verdad. Esto pasó con Modiano hace algunos años, cuando todos mis conocidos se pegaron un atracón con la literatura del francés, pues muchos de  los creían encontrarse sobre la ola hablaban maravillas de sus novelas, por lo que me vi en la obligación de leerlo sin hallar en lo que encontré nada interesante. Siempre he pensado que lo de Modiano, del que ya nadie habla, porque posiblemente ha pasado a ocupar el lugar que le corresponde, el de estar en una discreta segunda o tercera fila, fue ante todo una estrategia editorial, un fenómeno que demostró la capacidad de un editor de prestigio para poner durante unos meses a un determinado autor en el centro del debate literario. Por ello, soy reacio a todos estos interesados movimientos de la industria editorial, que de la noche a la mañana rescatan a un autor del olvido o del anonimato para convertirlo, como por arte de magia, en un novelista imprescindible. No obstante, en esta ocasión, con Salter, las recomendaciones provenían de amigos y de críticos de una credibilidad altamente contrastada, que abominan, como yo, de esas extrañas campañas publicitarias que se dedican a enaltecer a algunos autores por razones casi siempre espúreas.
                        Soy de los muchos que no sólo no había leído nada de James Salter, sino que tampoco había oído hablar de él, por lo que no sabía qué me iba a encontrar, aunque aventuraba que me toparía con un autor que desarrollaría una literatura norteamericana al uso, realista, en donde si tenía suerte una historia potente me arrastraría, aunque ignoraba dónde tendría que ubicarlo, si entre los narradores cercanos a Cheveer, a los de Roth, o a cualquiera otro de los colosos de esa literatura que tanto me interesa. En principio lo que más me sorprendió fue su agilidad narrativa, pues pronto comprendí que no podía dejar de leer y de leer, ya que múltiples pequeñas historias se desarrollaban dentro de la propia historia, como si la novela estuviera preñada y sostenida por una gran cantidad de pequeños relatos. Sí, porque “Todo lo que hay” es ante todo una novela de personajes, de múltiples personajes, todos con sus propias historias, que mediante un elaborado collage, dibuja un amplio retablo de la sociedad norteamericana de las cuatro décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, la gran época americana. En este aspecto, aunque en esta novela existe un claro hilo argumental, la historia del propio protagonista, la novela de Salter me ha hecho recordar a “Manhattan Transfer” de Dos Pasos, al tratar de captar toda una época gracias a los múltiples personajes que en ella aparecen, y no sólo a través del elemento central de la misma.
                        No puedo decir que la vida de Philip Bowman, al igual que la de los muchos que se van cruzando en su camino sea apasionante, de suerte que el protagonista de la novela de Salter es alguien anodino, como por otra parte la mayoría de los mortales, que trabaja en una editorial, en los tiempos gloriosos de éstas, y del que se van contando sus avatares vitales, subrayándose sobre todo, porque casi siempre es lo más  importante que a uno le pasa, sus encuentros y desencuentros sentimentales, pero a través de los cuales se puede observar la sociedad que le tocó vivir. Salter se conforma con eso, con narrar la aburrida vida de  su protagonista y de todos los que de su mano, de una forma o de otra, van saliendo a escena, no cargando las tintas sobre ningún tema en concreto, limitándose a contar lo que les ocurre. En este sentido la novela puede resultar decepcionante para los que busquen otra cosa, sobre todo para los que aspiran a encontrar siempre en lo que leen un tema de calado, pero hay que reconocer que esa cotidianidad con la que uno se encuentra leyendo la novela, a veces, es más difícil de plasmar de lo que en principio pudiera parecer.
                        Sin duda, el punto fuerte de la novela, es el placer que se siente al leerla, la habilidad que posee el autor para no aburrir ni cansar al lector, al escaparse con cualquiera de los personajes que aparecen en escena, a los que en pocas páginas logra describir y contar la historia que lo envuelve, aunque después, éste,  no vuelva a aparecer en toda la narración. Es una de esas extrañas novelas en la que de vez en cuando, es conveniente tener que parar la lectura para saborearla mejor, pues posee la adictiva facultad de absorber por completo al que se sumerge en ella, lo que posibilita que, pese a su grosor, pueda leerse en sólo dos o tres sentadas.
                        No obstante, para ejercer un poco de “mosca cojonera”, he echado en falta, al pensar en la novela después de leerla, algo más que la yuxtaposición de las múltiples situaciones vitales que se narran, un nexo común y potente entre ellas, pues da la sensación de que todos los personajes que aparecen son meros navíos que han zarpado de puerto pero que no saben en realidad  hacia dónde se dirigen, o que a lo único a lo que aspiran es a afrontar la travesía a la que se ven arrojados de la forma más confortable posible. En este contexto la novela es demasiado norteamericana, en donde el objetivo es sobrevivir de forma aceptable, siendo la estrategia más adecuada para ello la de adaptarse a las circunstancias que cada cual se  vaya encontrando.
                        “Todo lo que hay” es una de esas novelas que obligan a quien acaba de leerla a buscar otras obras del autor, con la esperanza al menos de poder hallar en ellas más de lo encontrado. Lo curioso del tema, es que esta novela es la última escrita por el autor  después de casi treinta años sin publicar nada, por lo que no tengo ni idea de cómo son ni de que tratan sus anteriores obras, por lo que interés de acercarme a ellas se acrecienta.


Sábado, 5 de junio de 2014

jueves, 16 de octubre de 2014

La gran estafa

LECTURAS
(elo.304)

LA GRAN ESTAFA
Alberto Garzón Espinosa
Destino, 2013

                        Después de leer este texto, un texto fácil de leer pero en el que se señalan varias ideas esenciales para comprender lo que está ocurriendo y lo que tiene que suceder, la opinión que tenía sobre Alberto Garzón ha mejorado significativamente, pues ya no es sólo el político joven con el que Izquierda Unida, o el Partido Comunista, trata de refrescar su imagen ante una franja del electorado que se le está escapando de las manos, sino alguien con fundamentos claros que puede aportar más de lo que esperaba a la izquierda, o lo que es lo mismo, que Alberto Garzón va más allá de ser la esperanza blanca electoral de futuro para esa formación política. Creo que la izquierda clásica de este país, la que gravita en torno al Partido Comunista, desde hace tiempo, se encuentra atorada en sus propios discursos y en sus propias cuitas internas, lo que ha acabado por generar formaciones con estructuras altamente burocratizadas que lógicamente se han quedado sin bases y a las que la ciudadanía  sólo suele votar por inercia, de suerte que sus mejores elementos, esos que las mantenían en vanguardia, han preferido alejarse de ella, manteniendo ante la misma una distancia crítica considerable. La izquierda a la izquierda de la socialdemocracia lleva bastante tiempo inoperante, viviendo de las rentas en un régimen endogámico que la mantiene aislada de la sociedad después de haber conseguido un modesto lugar bajo el sol, en torno al diez por ciento del electorado, con el que al menos hasta ahora, ha parecido conformarse.
                        Pero de forma inesperada han acaecido una serie de acontecimientos, como la estruendosa aparición del fenómeno “Podemos”, que sin duda, tenga el recorrido que estos “descamisados” logren imprimir a esa aún embrionaria formación, han conseguido agitar las aguas de esa estancada y satisfecha izquierda, que está comenzando a reaccionar, sorprendida, ante lo que no esperaba. Lo peor que a la izquierda le puede suceder es que se encuentre cómoda en la vida institucional, tal como le ha venido sucediendo hasta la fecha a Izquierda Unida, pues ello implica que se vea en la obligación de tener que medir en todo momento sus discursos, y lo que es peor, dejar de  sintonizar con lo que está sucediendo en la calle. Una de las cuestiones que me llamaron la atención, desde un primer momento, de los dirigentes de esa nueva formación de la que no dejamos de hablar, es que llaman a las cosas por su nombre, que sin pudor, por ejemplo,  se autocalificaran de comunista y que tratan de abordar temas, que la izquierda institucionalizada trataba de ocultar, dando rodeos y rodeos sin  llegar nunca a ninguna parte. Este es uno de los motivos por el que me ha gustado el libro de Alberto Garzón, porque lejos de ocultarse bajo la sombra de lo correcto, dice lo que tiene que decir, “sin pelos en la lengua”, realizando un análisis de lo sucedido, para después apuntar lo que según él hay que hacer para salir de la actual situación.
                        Sin medias tintas, el problema de fondo para Alberto Garzón no son los políticos, ni los sacrosantos mercados, ni las instituciones, ni tan siquiera la legislación existente, el problema para él sencillamente es el capitalismo, el capitalismo extremo que padecemos, un entramado ideológico que todo lo reduce a la mera rentabilidad económica, que desde que ejerce su hegemonía sin encontrar oposición, ha logrado secuestrar a la democracia. El sistema democrático, con sus representantes e instituciones, en el mejor de los casos hace lo que puede, que como se demuestra es poco, de ahí su descrédito, pues el poder real, en contra de lo que se nos dice, el del dinero, el de los grandes capitales y el de las finanzas, no se encuentra bajo su control, ya que de forma dislocada vive autónomamente sin importarle para nada las sociedades sobre las que opera. Para él, por tanto, la crisis que padecemos es estructural y no como se nos quiere hacer entender, pues el capitalismo, después de desprenderse de los lazos que lo ataban ya sólo piensa en sus intereses, los de multiplicar sus beneficios sin importarle los perversos efectos sociales que puedan acarrear sus actuaciones. Por este motivo, por el bien de todos, quiere decir Alberto Garzón, ya no basta con poner parches ni remedios parciales que sirvan para taponar momentáneamente una de las múltiples vías de agua existentes, pues lo que hay que buscar, por lo que hay que trabajar, es por encontrar soluciones estructurales para poner fin a este periodo de dominio absoluto del capitalismo, para lo que es necesario crear y articular una nueva hegemonía que ponga en su centro al ser humano, a los ciudadanos, lo que sólo se podrá conseguir mediante amplios consensos que consigan acabar con esta locura que padecemos.
                         Por lo que aboga el joven diputado malagueño es por rescatar la democracia, con objeto de que mediante ella, la ciudadanía vuelva a recuperar el control de la situación, en donde el Estado, en lugar de limitarse  sólo a “verlas venir”, como desde hace tiempo viene sucediendo, o de actuar como mero títere de lo que se acuerde en opacos cenáculos en actitud claramente colaboracionista, vuelva a intervenir de forma activa y decidida, poniéndose al servicio de los intereses de la inmensa mayoría de los ciudadanos.
                        Lo que parece evidente es que así no se puede continuar, que se hace un esfuerzo para recuperar las riendas, para que todo sencillamente vuelva a su lugar, o las dinámicas devastadoras que emanan del capitalismo extremo nos conducirán al colapso, al colapso social y al colapso ecológico. El dislate de las desregularizaciones, el de “la ley de la selva”, tiene necesariamente que abrir las puertas de un nuevo escenario, en donde desde el Estado, desde un Estado democrático, se marquen las pautas a seguir, no olvidando nunca que las necesidades y las aspiraciones del ser humano en todo momento tiene que estar en el centro del sistema.
                        Después de leer este texto, no tengo más remedio que subrayar, como también lo hace Garzón, aquello de “Socialismo o barbarie”, o lo que decían otros, lo de que “el futuro será socialista o sencillamente no será”, pues sólo desde un mundo regulado por el Estado, repito que controlado democráticamente, se podrá afrontar el futuro con un mínimo de optimismo.


Viernes 13 de junio de 2014

viernes, 27 de junio de 2014

El anarquista que se llamaba como yo

LECTURAS
(elo.303)

EL ANARQUISTA QUE SE LLAMABA COMO YO
Pablo Martín Sánchez
Acantilado, 2012

                        A pesar de la importancia que desde todos los ángulos se da a la lectura, la credibilidad de las novelas, como algo que vaya más allá del propio entretenimiento, se encuentra por los suelos. Siempre que toco este tema me acuerdo de mi abuela, que viéndome un día tirado con un libro en el sofá en la casa de mis padres, preocupada me dijo, “espero que no estés leyendo una novela…”, y es que ella, con la difícil vida que había sobrellevado, y procurando siempre lo mejor para mí, no podía pasársele por la cabeza que desperdiciara mi tiempo con la lectura de novelas. El otro día, para seguir abundando en el mismo tema, cuando fui a recoger un libro a la biblioteca pública del barrio, la encargada me dijo, con cierto orgullo, que desde hacía tiempo sólo leía ensayos y biografías, dándome a entender que despreciaba a las novelas basándose en el argumento de siempre, el mismo que tenía mi abuela, el de que las novelas no aportan nada, nada salvo contar una historia que en el mejor de los casos sólo puede servir para pasar un rato agradable con ella. Vivimos unos tiempos extraños, en el que conviven de forma aislada lo que es  útil por un lado, y por otro, todo aquello que sólo nos sirve para entretenernos, sin que se nos pase ni tan siquiera por la cabeza, porque los acontecimientos cotidianos y la experiencia nos lo impide, que pueda haber algo que al tiempo que nos entretenga, o que incluso nos divierta, pueda tener alguna utilidad. Siempre he creído, no obstante, que la novela, que al menos las buenas novelas, son ante todo, o tienen que ser ante todo importantes instrumentos de conocimiento, pues tienen la facultad de aportarle vida a los conceptos, a unos conceptos que son el alma de otra disciplina, la filosofía, o para humanizar con la amenidad de sus tramas a la historia, que en demasiadas ocasiones se presenta excesivamente tediosa, por lo que, suelo dejar a un lado a aquellas novelas que sólo aspiren a hacerme pasar un buen rato, en una especie de reconocimiento a mi abuela, pero sobre todo, por la idea que poseo de lo que tiene que ser la  función del arte. Sí, porque el arte, en cualquiera de sus expresiones, nunca puede ejercer la función de ser mero florero. No obstante, de vez en cuando, me apetece leer una novela para encerrarme con ella durante un largo fin de semana, sin esperar nada de ella, salvo que me haga olvidar el lento transcurrir de las  horas, para lo que es fundamental, pues en esas ocasiones es lo único que exijo, que estén bien construidas.
                        Estas novelas, las que desde la calidad sólo aspiran  a hacer pasar un buen rato, consiguen algo importante, algo que muchas obras más pretenciosas ni de lejos pueden alcanzar, que es la de superar el primer obstáculo que toda buena novela tiene la obligación de rebasar, la de tirar con fuerza del lector, la de obligar a este a leer y a leer, la de proporcionarle al que lee el placer suficiente para que no abandone la lectura, lo que sin duda, digan lo que digan los entendidos, es lo más difícil del arte de la novela. Es posible que con estas novelas, que son más difíciles de encontrar de lo que en principio se podría pensar, sólo se consiga hallar cierto placer, cierto placer en la lectura por la lectura, lo que a todas luces en determinados momentos es más que suficiente, sobre todo cuando las otras, las que tratan de profundizar en temas escabrosos, en cuestiones profundas, en contadas ocasiones consiguen que un lector avezado pueda superar la siempre emblemática página veinticinco.
                        Tengo que reconocer que llevaba tiempo sin disfrutar de lo que leía, y eso que no paraba de leer, por lo que me estaba planteando muy seriamente mantenerme alejado de las novelas, pues estimaba que lo que me ocurría estaba ocasionado por cierto cansancio, por cierto hartazgo, lo que sin duda se solventaría dándole la espalda durante un tiempo, para refugiarme en otros géneros literarios, lo que me ayudaría a coger fuerzas para volver a ella con ganas. Pero olvidaba, o no quería ver, que aparte de ese cansancio, que existía, que más que cansancio era empacho, también estaba el hecho de que lo que llegaba a mis manos, ni de lejos, por una especie de extrañas circunstancias, se encontraba a la altura de lo que una buena novela tiene que ser.
                        Y en estas estaba cuando tropecé, y digo tropecé, con “El anarquista que se llamaba como yo”. No conocía al autor, ni tan siquiera había oído hablar de él, pero me llevé la novela a casa sin dudarlo, sin saber ni tan siquiera de qué iba, por dos cuestiones, por estar editada por Acantilado, lo que casi siempre es una garantía, y por el hecho de que se trataba de un escritor desconocido, pues en estos momentos en los que nadie arriesga, que una editorial como Acantilado, o cualquier otra de prestigio,  apueste por alguien desconocido en el mundo de las letras, tenía que ser motivo más que suficiente para tener asegurado algo interesante. Y por supuesto no erré, pues me he encontrado con una novela que se deja leer, que cuenta la historia de un apacible anarquista que se ve envuelto en los acontecimientos, que vive en primera línea, más importantes de la época que le tocó vivir, desde la carnicería que supuso La Gran Guerra, pasando por La semana Trágica de Barcelona, hasta participar en un descabellado intento de invadir España, desde Francia, para hacer caer la dictadura de Primo de Rivera, lo que le condujo a ser condenado a garrote vil. La novela está muy bien ambientada, lo que ha tenido que suponer un importante trabajo de documentación por parte del autor, que en principio realiza la novela, al menos eso dice, porque en “Google” encontró a alguien, a ese anarquista que se llamaba igual que él. Lo mejor de la novela, sin duda, es lo bien que está contada la historia, ya que a pesar del grosor de la misma, seiscientas páginas, en ningún momento se hace pesada, lo que en buena medida puede deberse, además de a las cualidades para la narrativa del autor, que resultan evidentes, a la saludable estructura que plantea, que aligera y logra amenizar la historia. La novela está dividida en dos planos, dos planos que de forma clásica se  van intercalando capítulo a capítulo, narrándose en uno de ellos la vida del protagonista desde que nace hasta  que se ve trabajando en una imprenta en París, mientras que en la otra, se cuenta desde ese mismo momento hasta que teóricamente es ejecutado en Pamplona.
                        “El anarquista que se llamaba como yo”, es una novela agradable, bien construida, que sin aspirar a nada más que a eso, a contar una historia bien contada, consigue que el lector se sumerja en la misma sin poder abandonarla hasta el final.


Lunes, 19 de mayo de 2014

martes, 3 de junio de 2014

Qué fue de los Mulvaney

LECTURAS
(elo.302)

QUÉ FUE DE LOS MULVANEY
Joyce Carol Oates
Lumen, 1996

            No conocía a Carol Oates, de la que sólo había leído algún que otro relato corto, pero después de que alguien encarecidamente me recomendara esta novela, “Qué fue de los Mulvaney”, que me ha costado trabajo encontrar a pesar de ser considerada como una de sus mejores obras, leí otras que realmente me sorprendieron de la misma autora, sobre todo “Hermana mía, mi amor”, por lo que ahora, cuando por fin la he podido leer, la sensación que me ha quedado no se encuentra, ni mucho menos, a la altura de las expectativas que había generado sobre esa novela. No es que me haya defraudado, no, pero tengo que admitir que esperaba más de ella, al haberme resultado demasiado larga para encontrar en lo leído tan poco. Para colmo, el tema me ha resultado demasiado recurrente, la descomposición de una familia modélica norteamericana por un suceso que le estalló bajo su misma línea de flotación, que creo que no ha sido tratado, desarrollado de la forma adecuada, prueba de ello es  que la novela llega en determinados momentos a cansar, lo que denota que algo falla en ella. El mismo tema, el mismo, ha sido abordado por otros autores norteamericanos, baste recordar a Cheever, desde diferentes perspectivas, pues la extremada debilidad sobre la que siempre se ha asentado la clase media de ese país, en todo momento hipotecada por su consumismo compulsivo, por la necesidad de aparentar ante los demás, con objeto de poder ser considerados como iguales ante los miembros de la comunidad a la que deseaba pertenecer, o la importancia desestabilizadora del alcohol, en el que tradicionalmente ahogaba todos sus desencantos, ha quedado de manifiesto en un sin fin de obras literarias de primer nivel.
                        Desde hace tiempo tengo claro que una buena novela es aquella que logra tirar del lector, la que consigue que éste lea y lea sin cesar, sin aburrirse, sin desear que acabe de una maldita vez lo que está leyendo. Resulta evidente que este es, sea cual sea el nivel de la novela y de quien lea, la prueba de fuego que tiene que pasar toda buena obra literaria, umbral que no todas, a pesar de la fama que pudieran llegar a tener, consiguen superar. Cada lector es el que es, teniendo diferentes grados de exigencia, de suerte, que para lo que uno pudiera parecer bueno, para otro puede resultar soporífero, aunque hay que subrayar que siempre hay elementos objetivos que enmarcan y singularizan a toda obra de calidad. No cabe duda que “Qué fue de los Mulvaney” tiene esos elementos, pero también posee otros que la lastran, la vulgarizan y la hacen pesada.
                        En esta obra también queda de manifiesto la capacidad narrativa de la autora, que es de discurso largo, pero creo que excepto en la primera parte, en la que realiza una elogiosa apertura, cae en una exposición bastante lineal y previsible, que como dije con anterioridad, llega, o puede llegar a aburrir al lector, pues la literatura de Carol Oates, cuando se dedica a contar y a contar, sin oxigenar mediante cambios estructurales la narración, parece que es de  otro tiempo, de cuando presentar una novela de setecientas páginas, en donde todas la variables abiertas quedaban perfectamente cerradas, era perfectamente normal. Sí, porque a estas alturas, presentar un tema excesivamente manoseado por muchos, sin aportar nada más, como sí me aportó la primera novela que leí de ella, “Hermana mía, mi amor”, que realmente era arriesgada estructuralmente, a estas alturas carece de sentido.
                        Como dije en un comentario que escribí hace unos meses sobre la autora, creo que en la forma de concebir la literatura de Carol Oates, queda de manifiesto la grandeza y también los problemas que presenta el realismo literario norteamericano, que a veces cae en “un garbancerismo”, como se diría por estos pagos, a  todas luces insufrible, aunque está claro, muy claro, que este tipo de literatura siempre contará con un público fiel, muy sano, ese que a lo único que aspira es a que le cuenten historias bien contadas, lo que puede que no sea una mala aspiración después de todo.
                        De todas formas, en la novela he encontrado algo que no me ha acabado de convencer del todo, y es la perspectiva desde la que se cuenta, que creo que no funciona, que no resulta creíble, aunque si se hubiera potenciado bien este punto de apoyo presentado, si se hubiera utilizado correctamente, estimo que el resultado final hubiera sido otro muy diferente. La historia la cuenta el hijo mayor de los Mulvaney, que en muchas ocasiones funciona como narrador omnímodo y otras no, utilizando la autora a lo largo del relato tanto la tercera como la primera persona, lo que estoy convencido que hace conscientemente aprovechando que el narrador era periodista y la capacidad fabuladora de éste, pero creo que con esta opción, aparte de desequilibrar la novela, consigue cortarle las alas.
                        “Qué fue de los Mulvaney”, aunque ni de lejos es  una mala novela, sí me ha quitado, al menos de momento, las ganas de sumergirme en otra de las múltiples novelas de la norteamericana, pues me ha dado la sensación, que con las tres suyas que he leído he captado su discurso y su forma de escribir, que al menos en dos de ellas me ha resultado agotador. No obstante, siempre tiene que haber un pero, estoy convencido que es  una autora muy recomendable, pues su literatura puede conseguir aplacar, desde la calidad, y de forma muy digna, la sed de historias, de novelones, que muchos aún tienen, aunque en condiciones normales la lectura de cualquiera de ellas, se pueda prolongar durante algo más de un mes.


Jueves, 7 de mayo de 2014

jueves, 15 de mayo de 2014

Divorcio en Buda

LECTURAS
(elo.301)

DIVORCIO EN BUDA
Sándor Márai
Salamandra, 1936

                        Después de algún tiempo, creo que lo último que leí de él fueron sus diarios, he vuelto a leer una novela de Márai, una novela que a su vez leí hace ya bastantes años, “Divorcio en Buda”, que en principio me ha vuelto a parecer deliciosa. Recordaba la estructura de la novela, pero no el tema de fondo sobre la que se articulaba, pues no se centra, como su título pudiera adelantar, sólo en un divorcio, en las causas de éste, sino en las disputas entre esos dos mundos, el viejo, el de siempre, y el que poco a poco estaba emergiendo de la mano de la modernidad, tema que tanto obsesionaba a Márai. El mundo nuevo, para el autor, atentaba contra el mesurado “mundo del ayer”, en el que todo estaba en orden y todos se encontraban en su sitio, en el lugar que le correspondía, y atentaba porque con su vitalidad y también con su arrogancia, amenazaba con hacer saltar por los aires tanto las estructuras sociales como las formas  de vida hasta entonces asentadas, lo que para el autor húngaro representaba toda una revolución, que de implementarse de forma definitiva, sepultarían para siempre los ideales que habían sustentado hasta entonces la cultura centroeuropea, que representaban para él, el ideal supremo de convivencia.
                        Para Sándor Márai, el mundo que veía amenazado, era un mundo equilibrado y armónico, en el que cada cual se conformaba con la posición que le había tocado en el reparto de papeles, y por consiguiente con el rol que tenía que cumplir de la mejor forma posible, un mundo clasista, muy conservador, que sólo podía justificarse desde la perspectiva del protagonista de la novela, y de la de su autor, desde el de “una burguesía modesta pero elegante”, pero también era un mundo completamente periclitado, repleto de contradicciones, que sólo podía ser alabado si se conseguía observarlo sólo desde su lado amable.
                        Con esta novela el autor trata de contraponer esos dos mundos que se enfrentan, poniendo sobre el escenario a dos personajes representativos de cada uno de ellos, a un juez que provenía de una familia de magistrados, y a alguien, que con muchas dificultades, gracias a un despótico tío suyo, pudo estudiar medicina para salir del medio rural y miserable en donde en principio tenía asignado desarrollar su existencia.
                        En la novela, el juez, posiblemente lastrado por el peso de su tradición familiar, después de haber neutralizado sus instintos, lleva una vida saludable y respetada por todos sus conciudadanos, mientras que el médico, que no pertenecía por naturaleza a la clase social en donde se encontraba asentado, sucumbe a sus instintos, los cuales provocaron que su vida naufragara, historia que deja no sólo una sensación extraña, sino que presenta un discurso completamente reaccionario. Sí, porque entre líneas nos dice, o nos quiere decir, que sólo aquellos que viven contra sus sentimientos, de espaldas a éstos, podrán llevar una vida estable, a lo que hay que añadir, que esa proeza, sólo podrían llevarla a cabo los que posean cimientos sólidos, aquéllos  que con voluntad se esfuerzan por mantener su reputación y el buen nombre de lo que representan.
                        Como dije al principio, la novela me ha parecido deliciosa en el plano estilístico, pues se lee con facilidad y sin que el lector encuentre en la misma ninguna arista que sobresalga en exceso, de esas que consiguen entorpecer la lectura, pero no obstante, me ha parecido que se articula en torno a un maniqueísmo que la debilita en exceso, al tiempo que cae en  unas descripciones de los personajes demasiado explícitas, ya que el autor, en lugar de dejar que los personajes se muestren por sí mismos, lo que posiblemente le hubiera costado cien páginas más, se dedica a definirlos, dejándoles poco margen de acción. Para colmo la novela se divide en dos partes claramente diferenciadas, posiblemente demasiado asimétricas, en la primera de las cuales, además de enmarcar al personaje principal y de subrayar su mundo, se dedica a dibujar el paisaje de esa civilización, la centroeuropea, que tanto añora, a la que observa que poco a poco se va difuminando en beneficio de la que impone los nuevos tiempos que llegan, mientras que en la segunda, en un largo diálogo, que en realidad es casi un monólogo, el médico le cuenta al juez su fracaso existencial, al haberse dejado conducir por los parámetros de ese nuevo mundo.
                        “Divorcio en Buda” es una delicada obra con un contenido manifiesto, un contenido que no puede pasar la prueba del algodón de lo políticamente correcto, pues los valores clasistas que añora, resultan muy discutibles cuando se presentan de forma diáfana, aunque parece claro que eran unos valores que muchos intelectuales, entre los que destacan el propio autor pero sobre todo Stephan Zweig, echaron de menos durante demasiado tiempo, posiblemente porque representaban un mundo sólido, muy alejado de la vorágine de la modernidad, siempre contradictorios y conflictivos,  que arrasarían la historia de la humanidad en los años siguientes. Pero independientemente al plano ideológico de la novela, que en lo meramente literario puede que sea secundario, “Divorcio en Buda”, me ha parecido una novela engañosa, tramposa, una de esas novelas que al terminar de leerla uno se queda con buen sabor de boca, pero que al intentar analizarla se comprende que buena parte de ella se encuentra “cogida por alfileres”, que cuenta con partes poco creíbles, como lo motivos del suicidio de la mujer del médico y la relación de ésta con el juez, pero sobre todo, y esto es más preocupante, se nota demasiado que es una novela realizada para exponer una tesis, lo que me parece bien, pero siempre y cuando los postulados por los que abogue el autor no aparezcan en cada esquina de la narración.
                        No obstante es una novela agradable con la que se puede pasar un buen rato.


Miércoles, 9 de abril de 2014

sábado, 26 de abril de 2014

Ensayo sobre la ceguera

LECTURAS
(elo.300)

ENSAYO SOBRE LA CEGUERA
José Saramago
Alfaguara, 1995

                        Hace muchos años que leí por primera vez esta novela, y tengo que reconocer que guardaba una idea equivocada de la misma, pues  aunque no tiene la calidad de sus tres primeras obras, no es tan floja, ni de lejos, como recordaba. Es posible que sea la novela más leída de Saramago, la más leída entre otras razones porque es muy accesible, siendo ella la que con seguridad le colgó el San Benito de ser un escritor demasiado triste, y con la que el autor se asienta, después de “La balsa de piedra”, en los temas alegóricos, encontrando en ellos un filón del que estoy convencido llegó a abusar más de lo necesario, en los que puso su pluma a servicios de ideas más que de historias concretas.
                        Nunca, y creo que lo he comentado en más de  una ocasión, me ha llamado la atención lo alegórico en la literatura, al creerlo perjudicial para la misma, ya que el desarrollo de las ideas que se cuentan, en este tipo de obras, encorsetan demasiado el devenir de las mismas, quedando todo subordinado a la tarea de iluminar esa idea fundacional, además de que todo en ellas, al final, suele cuadrar sin demasiada dificultad, lo que las convierte en creaciones con un punto de ingenuidad, haciéndolas, por ello,  muchas ocasiones insoportables. Sí, porque desde un principio, si se conoce al autor que la escribe, se sabe sin dificultad lo que va a pasar, lo que con seguridad va a ocurrir, al igual que lo que desea decir. Pero claro, ya que estamos hablando de literatura, lo importante es cómo se cuenta lo que se desea contar, si de forma “garbancera”, o si por el contrario, todo se lleva a cabo con delicadeza, al menos con la delicadeza necesaria como para hacer digerible un texto de tales características.
                        Pero Saramago es un escritor delicado, que si de algo puede presumir, y puede presumir de muchas cosas, es del trato exquisito con el que maneja a sus personajes, de la humanidad con la que impregna a los mismos, lo que hace navegables incluso sus obras más toscas, consiguiendo que una novela como ésta, sea ante todo una obra de personajes, pues la vitalidad y la credibilidad de los mismos llega a eclipsar incluso a la idea para la que fueron concebidos. Este creo que es el gran mérito de “Ensayo sobre la ceguera”, que llega a ser incluso una obra implícita dentro del marco explícito en que fue confeccionada, lo que está al alcance sólo de muy pocos autores, de aquellos que prefieren, ante lo presumible, volver a rizar el rizo en vez de alisarlo.
                        Como dije antes, “Ensayo sobre la ceguera” es posible que sea la novela más leída del portugués, y lo es, porque sin abandonar su singular estilo, parece bajar varios escalones su nivel de exigencia, aportando en esta ocasión un tema diáfano que consigue que nadie se pierda mientras lee, pues en la narración, a diferencia de lo que ocurre en otras novelas suyas, apenas existen esas ramificaciones que tanto nos gustaban a algunos, pudiendo avanzar el lector en ella sin encontrar apenas dificultades. Otras de las constantes de Saramago, el elemento mágico, en esta ocasión, en lugar de ocupar una ubicación lateral y casi anecdótica pero siempre oxigenante, como en otras obras suyas, encuentra aquí un lugar central, partiendo toda la narración de ese hecho, tal como ocurre en “La balsa de piedra”, que pese a sus diferencias, es una novela muy parecida a ésta.
                        En esta ocasión no se desprende la Península Ibérica del continente para navegar hacia Occidente a través del Atlántico, sino que todos los habitantes de un país, todos menos una mujer, se quedan ciegos, lo que propicia una situación caótica imposible de solventar, situación con la que posiblemente el autor quiera hacer hincapié en la importancia de lo que tenemos y de lo que hemos construido, al tiempo que desea recalcar, que en momentos de crisis sólo la solidaridad, el cariño y la fidelidad, si no solucionar los males, sí al menos pueden hacerlos más llevaderos.
                        Por este motivo, porque puede que sea la novela más leída de Saramago, la fama que tiene de escritor triste con toda seguridad proviene de ella, ya que a diferencia de otras novelas suyas, complemente luminosas y en donde de vez en cuando asoma cierto sentido del humor, en ésta, todo parece que se desarrolla en blanco y negro, lo que puede provocar cierta asfixia en el lector, al producirse, para colmo en ella, escenas ciertamente desagradables.
                        La maestría de Saramago se manifiesta una vez más al escoger un tema desproporcionado, increíble y muy difícil de sobrellevar, para desarrollarlo con su ritmo pausado de siempre, al que consigue acotar y hacerlo creíble, lo que hace colocando su foco de atención a pie de tierra, ya que son los sentimientos de los personajes, su saber estar, lo que independientemente al tema, consigue llenar toda la escenografía de la narración, pues sus personajes tienen la virtud, y este es uno de los grandes activos de la prosa del portugués, de permanecer siempre vivos en la memoria del lector.
                        Como dije al principio, como no guardaba un buen recuerdo de esta novela no tenía mucho interés de volver a leerla, pero me ha sorprendido gratamente la relectura, pues Saramago demuestra en ella su capacidad, en no muchas páginas, para desarrollar un tema potente desde la vertiente más complicada, la humana, dejando poco espacio para lo que se pueda esconder detrás de la narración, pues para  él, lo importante son siempre los medios de los que se vale, sus personajes, que en todo momento se encuentran muy por encima, incluso en una obra alegórica como ésta, del objetivo que se impuso al plantearse la novela.

Lunes, 31 de marzo de 2014



viernes, 11 de abril de 2014

Un buen detective no se casa jamás

LECTURAS
(elo.299)

UN BUEN DETECTIVE NO SE CASA JAMÁS
Marta Sanz
Anagrama, 2012

                        Hace unos días leí un artículo de Marta Sanz en el que decía, y no cito textualmente porque mi memoria ya no da mucho de sí, que al igual que hay que exigir la existencia de escritores de altura, también resulta imprescindible la existencia de lectores avezados que sepan sacarle el jugo que necesita el texto que tienen entre sus manos. Cierto, pues la buena salud de la literatura precisa de la existencia tanto de buenos autores como de buenos lectores, con objeto de mantener siempre en movimiento sus aguas, lo que en estos momentos con seguridad no ocurre, al menos en los niveles deseables. Viene lo anterior a colación porque acabo de leer la segunda novela, la segunda novela que he podido leer de Marta Sanz, “Un buen detective no se casa jamás”, novela en la que he podido apreciar los mismos problemas con los que tropecé, hace ya unas semanas, cuando leí “Black, black, black”. Esta segunda novela me ha parecido aún más insoportable que la primera, de suerte, que estaba deseando terminarla, ya que no encontraba nada que justificara su lectura. Marta Sanz está considera como una de “las esperanzas blancas” de la literatura, de la nueva literatura de nuestro país, como lo demuestran los elogios que he podido leer y escuchar sobre ella en determinados círculos, lo que ha sido la causa que me ha obligado a acercarme con cierta ilusión a esta autora, pudiendo certificar sólo que es una magnífica narradora, pero también que es una pésima novelista, o una buena novelista sólo para los que se dejan deslumbrar por los fuegos artificiales de las palabras, y por las frases demasiadas redondas.
                        No es que a estas alturas espere mucho de las novelas que voy encontrando, pero sí aspiro, al menos en principio, a que lo que lea tenga cierta  justificación, a que como mínimo, con independencia de su valor, que la novela sea en sí una novela, que se presente compensada, que cuente alguna historia aceptable narrada de forma aceptable, de acuerdo a las capacidades que pueda poseer cada autor. Pero lo que me desorienta, son los experimentos de los exquisitos que sólo escriben para los exquisitos, que saltándose las normas básicas de la novela, que las tiene, acomodándose con demasiada facilidad a los tiempos en que vivimos, deciden que lo importante, lo realmente importante, serio y valioso es la forma, dejando a un lado, posiblemente para los más vulgares, para los que comen de todo, la historia, el contenido sobre el que esa forma tiene que acomodarse y subordinarse para intentar resaltarla y singularizarla. Sí, porque lo que no soporto, es a los que con sus creaciones, reivindican la independencia de la forma, cayendo en un manierismo posmoderno hueco y sin sentido, que sólo podrá mantenerse en pie por un pequeño periodo de tiempo, pues en el fondo no es  más que una moda, de una moda, que como todas, tiene fecha de caducidad.
                        Dicho lo anterior, para evitar confusiones, tengo que decir que me gusta la experimentación, el hecho de que se intente avanzar desde lo dado para ofrecer creaciones que consigan, aunque sea de forma modesta, hacer avanzar lo que aún denominamos novela, que indudablemente no puede ser la misma, la que se hace hoy, que la que se realizaba hace cien o hace sólo veinte años, pero otra cosa diferente es que esa novela que se presenta como innovadora, y que consigue cerrados aplausos desde determinados graderíos, no sólo no aporta nada, sino que representa un claro retroceso.
                        “Un buen detective no se casa jamás”, es un buen ejemplo de los tiempos literarios, y no sólo literarios en que vivimos, en los que se pretende que el papel que envuelve al objeto que se desea regalar tenga más valor en sí, que el objeto mismo, pues es  una narración que se sustenta sólo en el estilo que impone la autora, ya que la historia es de una debilidad extrema, completamente insignificante, en donde para colmo la trama se solventa de una forma incomprensible. En esta novela todo se realiza de forma contraria a los tan denostados “cánones oficiales”, pues en lugar de intentarse que lo que se cuente tire del lector, se realiza cierto esfuerzo, para que el lector avance a través de lo que encuentra gracias al placer que pueda encontrar al masticar el estilo de la autora, lo que provoca cansancio y hastío en el que con voluntarismo entra en ese juego, sobre todo cuando comprende que eso es lo único que puede encontrar en la novela, un absurdo ejercicio de narrativa, en donde la capacidad para la literatura que muestra la autora queda de manifiesto, pero en donde se aparta al lector, no por la exigencia del texto, sino por la vacuidad del mismo.
                        Llevo demasiado tiempo frecuentando a nuevos autores, con la esperanza de  poder encontrar en algunos de ellos la capacidad suficiente como para dar el salto a las primeras filas de la narrativa de este país, que posean la fuerza y la calidad necesaria para hacerse con un hueco, con un discurso y con una estética propia, pues estoy convencido que se necesitan nuevos espadas para alentar la aparición de nuevos lectores, de nuevos lectores exigentes que a su vez obliguen a esos escritores a no estancarse, para que en cada uno de sus nuevos textos den un paso hacia delante y no caigan en la tentación de repetirse y repetirse. Pero busco, como decía antes, nuevos espadas y no maestros de esgrima en el terreno corto, de esos que se sienten orgullosos de sus fintas y de sus piruetas, tan orgullosos que ni siquiera ensayan otras nuevas, tal como le ocurre a Marta Sanz, cuyas dos novelas que he leído, salvando las obvias diferencias, son absolutamente iguales.
                        Está claro que no voy a desistir en esa búsqueda, pero estoy convencido que el terreno, tal y como se presentan las circunstancias, no se encuentra lo suficientemente abonado para que surjan esos nuevos novelistas de altura, y eso a pesar, lo que puede resultar incomprensible, de que cada día se domina más y mejor la técnica narrativa, siendo un claro ejemplo de ello la propia Marta Sanz.

Jueves, 13 de marzo de 2014