LECTURAS
(elo.305)
TODO LO QUE HAY
James Salter
Salamandra, 2013
De
vez en cuando, y de forma en principio inexplicable, un autor desconocido se
pone de moda, de suerte que todos corremos a leerlo, pues al sólo escuchar
elogios de él, dudamos si nos estamos perdiendo algo importante de verdad. Esto
pasó con Modiano hace algunos años, cuando todos mis conocidos se pegaron un
atracón con la literatura del francés, pues muchos de los creían encontrarse sobre la ola hablaban
maravillas de sus novelas, por lo que me vi en la obligación de leerlo sin
hallar en lo que encontré nada interesante. Siempre he pensado que lo de
Modiano, del que ya nadie habla, porque posiblemente ha pasado a ocupar el
lugar que le corresponde, el de estar en una discreta segunda o tercera fila,
fue ante todo una estrategia editorial, un fenómeno que demostró la capacidad
de un editor de prestigio para poner durante unos meses a un determinado autor
en el centro del debate literario. Por ello, soy reacio a todos estos
interesados movimientos de la industria editorial, que de la noche a la mañana
rescatan a un autor del olvido o del anonimato para convertirlo, como por arte
de magia, en un novelista imprescindible. No obstante, en esta ocasión, con
Salter, las recomendaciones provenían de amigos y de críticos de una
credibilidad altamente contrastada, que abominan, como yo, de esas extrañas campañas
publicitarias que se dedican a enaltecer a algunos autores por razones casi
siempre espúreas.
Soy
de los muchos que no sólo no había leído nada de James Salter, sino que tampoco
había oído hablar de él, por lo que no sabía qué me iba a encontrar, aunque
aventuraba que me toparía con un autor que desarrollaría una literatura
norteamericana al uso, realista, en donde si tenía suerte una historia potente
me arrastraría, aunque ignoraba dónde tendría que ubicarlo, si entre los
narradores cercanos a Cheveer, a los de Roth, o a cualquiera otro de los
colosos de esa literatura que tanto me interesa. En principio lo que más me
sorprendió fue su agilidad narrativa, pues pronto comprendí que no podía dejar
de leer y de leer, ya que múltiples pequeñas historias se desarrollaban dentro
de la propia historia, como si la novela estuviera preñada y sostenida por una
gran cantidad de pequeños relatos. Sí, porque “Todo lo que hay” es ante todo
una novela de personajes, de múltiples personajes, todos con sus propias
historias, que mediante un elaborado collage, dibuja un amplio retablo de la
sociedad norteamericana de las cuatro décadas posteriores a la Segunda Guerra
Mundial, la gran época americana. En este aspecto, aunque en esta novela existe
un claro hilo argumental, la historia del propio protagonista, la novela de
Salter me ha hecho recordar a “Manhattan Transfer” de Dos Pasos, al tratar de
captar toda una época gracias a los múltiples personajes que en ella aparecen, y
no sólo a través del elemento central de la misma.
No
puedo decir que la vida de Philip Bowman, al igual que la de los muchos que se
van cruzando en su camino sea apasionante, de suerte que el protagonista de la
novela de Salter es alguien anodino, como por otra parte la mayoría de los
mortales, que trabaja en una editorial, en los tiempos gloriosos de éstas, y
del que se van contando sus avatares vitales, subrayándose sobre todo, porque
casi siempre es lo más importante que a
uno le pasa, sus encuentros y desencuentros sentimentales, pero a través de los
cuales se puede observar la sociedad que le tocó vivir. Salter se conforma con
eso, con narrar la aburrida vida de su protagonista
y de todos los que de su mano, de una forma o de otra, van saliendo a escena, no
cargando las tintas sobre ningún tema en concreto, limitándose a contar lo que
les ocurre. En este sentido la novela puede resultar decepcionante para los que
busquen otra cosa, sobre todo para los que aspiran a encontrar siempre en lo
que leen un tema de calado, pero hay que reconocer que esa cotidianidad con la
que uno se encuentra leyendo la novela, a veces, es más difícil de plasmar de
lo que en principio pudiera parecer.
Sin
duda, el punto fuerte de la novela, es el placer que se siente al leerla, la
habilidad que posee el autor para no aburrir ni cansar al lector, al escaparse
con cualquiera de los personajes que aparecen en escena, a los que en pocas
páginas logra describir y contar la historia que lo envuelve, aunque después,
éste, no vuelva a aparecer en toda la
narración. Es una de esas extrañas novelas en la que de vez en cuando, es
conveniente tener que parar la lectura para saborearla mejor, pues posee la
adictiva facultad de absorber por completo al que se sumerge en ella, lo que
posibilita que, pese a su grosor, pueda leerse en sólo dos o tres sentadas.
No
obstante, para ejercer un poco de “mosca cojonera”, he echado en falta, al
pensar en la novela después de leerla, algo más que la yuxtaposición de las
múltiples situaciones vitales que se narran, un nexo común y potente entre
ellas, pues da la sensación de que todos los personajes que aparecen son meros
navíos que han zarpado de puerto pero que no saben en realidad hacia dónde se dirigen, o que a lo único a lo
que aspiran es a afrontar la travesía a la que se ven arrojados de la forma más
confortable posible. En este contexto la novela es demasiado norteamericana, en
donde el objetivo es sobrevivir de forma aceptable, siendo la estrategia más
adecuada para ello la de adaptarse a las circunstancias que cada cual se vaya encontrando.
“Todo
lo que hay” es una de esas novelas que obligan a quien acaba de leerla a buscar
otras obras del autor, con la esperanza al menos de poder hallar en ellas más de
lo encontrado. Lo curioso del tema, es que esta novela es la última escrita por
el autor después de casi treinta años
sin publicar nada, por lo que no tengo ni idea de cómo son ni de que tratan sus
anteriores obras, por lo que interés de acercarme a ellas se acrecienta.
Sábado, 5 de
junio de 2014

No hay comentarios:
Publicar un comentario