miércoles, 15 de mayo de 2013

Baila, baila, baila

LECTURA
(elo.278)

BAILA, BAILA, BAILA
Haruki Murakami
Tusquets, 1988

Después de la positiva e inesperada experiencia que hace poco tuve con la lectura de “After Dark”, no he dudado en esta ocasión en zambullirme en la última novela que de Murakami se ha publicado en nuestro país, con la intención de evadirme durante un tiempo con ella, al tiempo que intentar comprender mejor el universo literario del japonés, que si bien no me interesa demasiado, tengo que reconocer que al menos es singular. El primer objetivo que me impuse, el de pasar sin complicaciones unas horas agradables de lectura, lo he conseguido sobradamente, pues “Baila, baila, baila”, es una novela entretenida que agarra con facilidad gracias a la agilidad narrativa que muestra el autor, que sin complicarse la vida en ningún momento, consigue crear los elementos necesarios para obligar al lector a no perder el hilo de las trama que crea, a la que condimenta con episodios oníricos que logra momentos de intriga, que en buena medida son los que hacen posible que la historia se mantenga en pie, pues la debilidad de la misma, y este hecho se comprueba al final, cuando se consigue una perspectiva total, resulta asombrosa. Sí, la historia se sostiene en buena medida por esos episodios eminentemente kafkianos que Murakami inserta con gran maestría en la narración, y que son los que en buena medida distinguen su literatura, pero también, por el mensaje que desea dejar, que es sobre el que se articula todo lo demás y lo que justifica en último extremo la novela, que sin duda es lo que más llama la atención, y lo que también más me aleja de él, en esta ocasión, el de la necesidad que todos tenemos de ocupar el lugar que nos corresponde en el mundo, pues sólo desde ese lugar, es posible poder atarnos a él.
Me gustan las novelas que digan algo, que apunten hacia algún lugar, que aporten alguna enseñanza, pues no puedo soportar aquellas que carecen de contenido, las inanes que sólo aspiran a justificarse por el estilo con el que se desarrollan, pero como dije en alguna otra ocasión, lo peor que le puede pasar a una novela es que su contenido sea demasiado explícito, lo que en las novelas de Murakami se agrava al girar todo en torno a pensamientos, o sobre sentencias demasiado manoseadas, más propias de libros sagrados, o de libros de autoayuda, que de la vida real que a todos nos envuelve.
Creo que este es el coctel que ha convertido a Murakami en un escritor de éxito, a saber, su indudable maestría literaria, sus exóticos y siempre inquietantes toques oníricos y sus contenidos morales, siempre políticamente correctos aunque de cara a la galería puedan parecer transgresores. Pero esta fórmula que tan buenos resultados le ha aportado, es lo que al mismo tiempo le aleja de la literatura de calidad, acercándole más a los autores de best sellers, que de aquellos otros que aún tratan de encontrar nuevos territorios en donde la literatura pueda arraigar. Uno entra en sus novelas y tiene la sensación de que tienen truco, y para colmo, se queda con la desagradable sensación de que nunca se llega en ellas al fondo de los problemas que plantea, que se detiene ante el enunciado del pensamiento o de la sentencia sobre la que se articula, como si la vida consistiera en eso, en sólo obedecer o acercarse a determinados postulados que son los que nos podrán aportar, si no la felicidad, sí algo parecido a ella, que no se sabe bien lo que es, pero que parece que entronca más con la estabilidad que con cualquier otro estado anímico.
Cuando leo una novela de Murakami, al menos esa es la sensación que las mismas siempre me han provocado, me inunda la certeza de que todo es más fácil de lo que parece, y que los problemas ante los que sus protagonistas se enfrentan provienen de un hecho evidente, de que éstos, como el resto de los mortales, se han alejado de la simplicidad y de la luminosidad que aporta el camino correcto, y que sólo hay que volver a él, aunque cueste trabajo hacerlo, para que todo de nuevo vuelva a su cauce, y claro, ese optimismo y esa simplicidad intelectual, choca de forma radical contra la complejidad de nuestras sociedades avanzadas en las que viven todos sus personajes.
En esta ocasión, el protagonista de la novela, que vive de forma apática una existencia a la que no le encuentra sentido, tiene unos sueños que le obligan a abandonarlo todo para regresar a un extraño lugar, en donde se encuentra con algo o con alguien, el hombre carnero, quien le da a entender que allí se halla el centro de su mundo, que allí se encuentra el lugar en donde podrá conectar de nuevo con las cosas, y que gracias a lo cual, podrá conseguir de nuevo la justificación que tanto necesita su existencia. Y efectivamente, después de superar una serie de cuestiones, allí, en aquella ciudad, que curiosamente no era la suya, encuentra lo que podrían ser el principio de su nueva vida.
En esta novela se observa un mundo complejo, en donde diferentes personajes se encuentran a la deriva, casi todos ahogados por sus propios problemas, ante los cuales no atisban una salida aceptable, pero sin embargo la salida que propone el autor es de una simplicidad extrema, a lo que para colmo, y este hecho me ha llamado la atención, hay que añadir la aparición de personajes extraños, poco creíbles, que cogido por alfileres juegan un papel esencial en la trama, y no me refiero al hombre carnero, sino por ejemplo, aparte de la niña, personaje que por irreal resultaría insostenible en cualquier otra novela, la de la joven recepcionista de la que el protagonista parece incomprensiblemente enamorarse, y a la que se agarra para conectar de nuevo con el mundo real. En fin, una novela extraña, que se lee bien, pero que no resiste el más mínimo análisis, motivo por el que posiblemente haya tardado más de veinticuatro años en publicarse en nuestro país.
No obstante, me llama la atención el éxito de Murakami, el prestigio que en determinados ámbitos posee, lo que puede deberse precisamente a esas soluciones tan simples que plantea, que tan deseosos estamos, todos, de poder algún día alcanzar.

Sábado, 13 de abril de 2013








sábado, 4 de mayo de 2013

Todo lo que era sólido

LECTURAS


(elo.277)



TODO LO QUE ERA SOLIDO

Antonio Muñoz Molina

Seix Barral, 2013



Desde que me enteré de su existencia, tenía interés de leer este texto de Muñoz Molina, que se presentaba como una reflexión sobre lo que nos ha ocurrido y sobre lo que inesperadamente nos está ocurriendo, pues el juicio del jiennense, siempre equilibrado y dotado de esa cordura que tanto se echa de menos, me ayudaría, estaba convencido, a obtener otra perspectiva tanto de la crisis como de los efectos de la misma. Sí, otra perspectiva, que en esta ocasión no sería la de un economista ni la de un sociólogo, ni tan siquiera la de un politólogo, sino la de un novelista, la de alguien acostumbrado a mirar con otros ojos, a lo que había que unir, el importante hecho de que Muñoz Molina vivía a caballo entre España y los Estados Unidos, lo que sin duda, aparte de la credibilidad que el autor siempre me ha aportado, me acercaría a una visión distinta de la que suelo escuchar cotidianamente. No obstante, tampoco esperaba encontrar nada del otro mundo, nada nuevo que me ayudara a alumbrar la raíz del problema o de los problemas, estando incluso convencido, que se apoyaría en todos los lugares comunes que ya se han expuesto hasta el cansancio, pero también estaba seguro, que su visión, que su mirada me resultaría más interesante, más sincera y verídica que la de los diferentes comentaristas que se amonan habitualmente a los medios.

Lo que más me ha llamado la atención una vez terminada la lectura, es la sorpresa que le produce al autor, cada vez que pasa un tiempo fuera del país, observar la omnímoda ocupación que la política mantiene sobre todos los ámbitos de nuestra vida pública, a diferencia de lo que ocurre por ejemplo en los Estados Unidos, lugar en el existe una clara separación de espacios, en donde la sociedad civil posee un lugar destacado en los mismos, o lo que es lo mismo, la extrema politización partidista de la vida pública española, en donde la colonización que ejercen los partidos sobre ella resulta a todas luces excesiva, encontrando en este hecho, que a nosotros no nos llama tanto la atención, porque estamos acostumbrado a ello, una de las causas de la deplorable situación en la que nos encontramos.

Siempre se habla, siempre hablo de la escasa politización que padece la sociedad española, que desde mi punto de vista es la causa última del escaso control que se ejerce sobre la clase política, que desde los tiempos de la Transición, de la instauración del nuevo régimen, basándose en la apatía y en el desinterés manifiesto de la ciudadanía, ha venido haciendo lo que en todo momento le ha apetecido, a veces en beneficio de la sociedad de la que dependían, y otras, en favor de sus propios intereses de clase. Sí, lo que subraya Antonio Muñoz Molina es cierto, pues contrasta y llama la tención la debilidad del tejido social, el escaso número de asociaciones, de movimientos ciudadanos existentes, con el aparatoso peso de las estructuras de los partidos y la abrumadora influencia que estos ejercen sobre todos los ámbitos de la vida social, lo que a las claras habla de que algo se ha hecho mal. Aunque sólo sea por este motivo, que es cardinal, pues las consecuencias han sido desastrosas, hay que comenzar a plantearse que la tan elogiada Transición a la democracia no fue tan exitosa como en todo momento se nos ha querido hacer ver, pues del modelo que se impuso, provienen parte de los errores de bulto que se han cometido y que estamos padeciendo.

El nuevo régimen que se implantó, desde arriba, desde los altos cenáculos del poder, se sustentaba, según se dijo para dotarlo de estabilidad, en la fortaleza de los partidos políticos mayoritarios, que se quedaron con el control de la política, sin mostrar ningún interés, a pesar de lo necesario que era, de impulsar desde sus propios aparatos una pedagogía democrática que potenciara una sociedad autónoma, responsable, crítica y sostenible, de suerte, que aceptaron el papel encomendado de tutelar a una ciudadanía, a la que por su bien, por el bien de los propios partidos políticos y del sistema, había que mantener alejada de la política.

Por ello, sin encontrar apenas oposición, los partidos se apoderaron de la sociedad, y no sólo del Estado, pasando a gestionar todos los ámbitos existentes, desde el económico al legislativo, desembarcando como un elefante en una cacharrería incluso en las instituciones que teóricamente se crearon para que ejercieran un control sobre ellos, lo que mientras todo fue bien, a nadie pareció importarle. Pero ahora se comprende, cuando todo se derrumba, el despropósito de tal dejación, la nefasta utilización de lo público consentida por todos, que nos ha conducido directamente a la ruina, por haber permitido que unos irresponsables sin control de ningún tipo y siempre pendientes de los resultados a corto plazo, y lo que es aún peor sin proyecto de país, se hayan dejado llevar por las circunstancias favorables, gastando más de lo que tenían, sin preocuparse por planificar, desde sus privilegiados observatorios, un futuro mínimamente sostenible para todos. Ni tan siquiera la izquierda, tanto tiempo en el poder, supo implementar una pedagogía de la austeridad, dejando que el consumismo compulsivo, por parte del estado y por parte de la ciudadanía, lo arrasara todo, incluso lo más sagrado, como la joya de la corona, el Estado del bienestar.

Para Muñoz Molina todos somos en buena medida responsables de lo acaecido, unos por dejarnos llevar y hacer “la vista gorda”, y otros por egoísmo y por incompetencia, por lo que ahora, cuando todo lo que creíamos que era sólido parece que se ha evaporado, posiblemente para no volver, es conveniente que nos planteemos muy seriamente una rectificación o una refundación de nuestra sociedad, que en lo esencial tiene que consistir, en que cada cual se dedique a hacer bien lo que sabe hacer, con seriedad y con esmero, pues esta es la única forma, la única, de revitalizarla de nuevo, en donde cada cual debe volver a cumplir con su papel de forma exigente, pues entre otras cosas “la fiesta ha terminado”.

A pesar de que no aporta nada novedoso, me han parecido muy interesantes, pero sobre todo muy sensatas las reflexiones que lleva a cabo Muñoz Molina en este trabajo, en el que deja claro el lugar que ocupa en estos momentos dentro de “la inteligencia” de este país, el de la responsabilidad cívica, el de la centralidad democrática.



Domingo, 24 de marzo de 2013

lunes, 29 de abril de 2013

After dark

LECTURAS
(elo.276)

AFTER DARK
Haruki Murakami
Tusquets, 2004

Hasta la lectura de esta novela, había mantenido una opinión bastante negativa sobre la literatura de Murakami, y eso a pesar, de voces cercanas que me decían que era uno de los novelistas más interesantes e innovadores que estaban publicando en la actualidad. Estimaba que sus novelas eran demasiado crípticas, y que sus historias, cuando se conseguían descifrar, en contra de lo esperado, resultaban bastante banales, estando más cerca de los libros de autoayuda que de la complejidad poliédrica de nuestra realidad. Acabo de leer “After dark”, y aunque al principio me quedé con el mismo sabor de boca que cuando leí “Kafka en la orilla” o “Al sur de la frontera, al oeste de sol”, me sorprendió cuando me paré a analizarla con detenimiento, ya que la novela me estalló entre las manos, lo que me obligó a pensar que las lecturas que con anterioridad había efectuado del autor no fueron acertadas, dejándome al descubierto que llegué a ellas cargado de prejuicios que ahora se han desvanecido por completo, y que me tienen que obligar a releer con otros ojos la obra del japonés, o lo que es lo mismo, con los ojos más abiertos. Hace no mucho escuché a un crítico decir, con respecto a Murakami, que se trataba de un peso pesado medio, lo que sin duda significaba, que se trataba de un escritor que a pesar de estar literariamente muy capacitado, no conseguía entrar en el club de los mejores, en el que se encontraban los novelistas de referencia, pero que sí poseía un lugar asegurado en esa segunda fila, tampoco muy poblada, hasta la que sólo se puede llegar mediante la calidad y el buen hacer. Me llamó la atención que ese crítico encajara a Murakami en ese estadio, pues como dije más arriba, no tenía muy buena opinión del japonés, al que situaba entre aquellos escritores de moda, circunstanciales, al que para colmo le ayudaba, y mucho, su exótica forma de hacer literatura.
Debido a esos prejuicios, que evidentemente se sustentaban en una mala lectura, trataba de evitar acercarme a sus novelas, pues para colmo tampoco me interesaban sus escenografías, en donde la sombra de Kafka siempre volaba demasiado bajo, de un Kafka menor, creando guiños e imágenes que por supuesto quedaban bien de cara a la galería, creando inquietud en la trama, pero que final, y esa era mi opinión, sólo conseguían ocultar la debilidad de las mismas.
“After dark” es una novela extraña, como casi todas las del autor, que habla de la necesidad que una joven tenía de salir de su mundo, aunque sólo fuera por una noche, ya que en él se veía y se sentía insignificante. Para ello Murakami crea un escenario perturbador, el de la otra ciudad, el que queda cuando parte el último tren de la noche, en donde todo resultaba distinto. La novela se narra desde un extraño “nosotros” que tiene la capacidad de observarlo todo, incluso a través “de los ojos de un ave nocturna que vuela muy alto”. El escenario creado resulta inquietante, y también la narración, pues paralelamente a la historia troncal, se narra una extraña y kafkiana subhistoria, que al final se intuye que consiste en un sueño, en el sueño que de forma obsesiva tiene la hermosa hermana de la protagonista, que llevaba, por decisión propia, dos meses durmiendo cansada de la vida que llevaba, pero a la que curiosamente todos envidiaban. Es una novela que habla de muchos mundos sobrepuestos, de la soledad y del ensimismamiento, del aislamiento que todos padecemos en las funcionales ciudades que habitamos. Pero al mismo tiempo también lo es de esperanza, pues todo consiste, según parece querer decir el autor, en que es necesario salir del agujero en que cada cual se encuentra instalado, para poder observarlo todo desde una perspectiva más adecuada. Prueba de lo anterior, es que los dos protagonistas de la novela, al final de la misma, se encuentran dispuestos a comenzar una nueva vida.
No obstante, me parece demasiado débil el mensaje optimista que aporta, excesivamente zen para el desolador cuadro que expone, pero tengo que reconocer que el lienzo que deja está bien pintado, con una prosa concisa y eficaz, sin ornamentos de ningún tipo que hace posible que la novela se deje leer sin contratiempos, que es posiblemente lo que busquen los nuevos lectores que van surgiendo, que con toda seguridad, serán los mejores seguidores del japonés. También hay que destacar que la literatura de Murakami está repleta de imágenes, de imágenes que se quedan grabadas en la mente del lector, en donde se puede apreciar una notable influencia cinematográfica, pues el autor, con una enorme economía de medios, de medios literarios, busca siempre el camino más fácil, pero al mismo tiempo el más impactante, sin perderse en ningún momento en digresiones que pudieran perturbar o enturbiar dicho objetivo. Lo anterior quiere decir que la suya es una literatura innovadora, cuyo principal defecto puede que sea, lo descompensado que se encuentran los temas que trata con respecto al “aparataje” que utiliza para mostrarlos, lo que también, no cabe duda, se encuentra a la altura de los tiempos que vivimos.
Dicho lo anterior, creo que a partir de ahora leeré desde otra óptica las novelas que me lleguen de él, pues “After dark” me ha servido, al menos, para modificar la visión que hasta ahora había mantenido sobre Murakami, al que consideraré tal y como realmente es, como un interesante novelista.

Sábado, 9 de marzo de 2013

lunes, 22 de abril de 2013

Ventanas de Manhattan

LECTURAS
(elo.275)

VENTANAS DE MANHATTAN
Antonio Muñoz Molina
Seix Barral, 2004

Para muchos de sus lectores, desde “Plenilunio”, Antonio Muñoz Molina no ha escrito nada que haya significado un avance, un paso adelante en su carrera literaria, pues ni “Sefarad”, a pesar de las buenas críticas que siempre ha cosechado esa extraña obra, sobre todo entre los que no la han leído, ni mucho menos las dos mediocres novelitas entre las que se inserta, llegan a la altura de sus dos grandes obras de ficción, a pesar de que su innegable capacidad literaria hacía presagiar que cada una de las nuevas entregas que realizara, sin duda alguna sería mejor que la anterior. Pero afortunadamente Antonio Muñoz Molina no es una máquina programada, una vez encontrado el método adecuado, para aportar una buena novela cada año, una nueva novela de éxito que tuviera la virtud de colmar, o de saciar la sed de su seguidores, como sí lo son otros autores que aquí no quiero nombrar, que cada cierto tiempo, siempre antes de las navidades o de las vacaciones, nos entregan una novela muy semejante a la anterior, lo que deja claro, que por desidia o por desinterés, en un momento dado se quedaron parados después de haber encontrado el yacimiento que buscaban, conformándose con él, sin plantearse la posibilidad de seguir buscando otros en donde la calidad de lo encontrado fuera o pudiera ser superior. No, pues si se observa la trayectoria del jiennense, se puede comprobar sin mucho esfuerzo, que una de sus características más acusadas, que suele desconcertar a demasiados, sobre todo a aquellos que aspiran a tener una foto fija e inmutable de lo que se mueve a su alrededor, es la de no conformarse nunca con lo conseguido, circunstancias que le empuja de forma constante hacia nuevos territorios, lo que siempre, en todo momento hay que aplaudir.
Tengo incluso la sensación, como apunté en otra ocasión, que al autor de “El jinete polaco” hasta cierto punto le ha dejado de interesar la novela, lo que normalmente se entiende por novela clásica, seduciéndole mucho más otras alternativas en donde cree poder encontrar un acomodo más adecuado a los temas que le obsesionan, que son aquellos que le obligan a seguir escribiendo por necesidad y no por mera rutina, Sí, tengo el convencimiento que la novela para Muñoz Molina es un género que se le ha quedado corto, que ya no se ajusta a sus intereses, a lo que desea decir y escribir, que ya no son meras historias, sino reflexiones sobre su propio mundo, o sobre temas transversales que para ser asaltados de forma conveniente, necesitan otras opciones narrativas. Una de ella es el diario, o el dietario, que es la que utiliza para narrar su propia experiencia neoyorquina.
En “Ventanas de Manhattan” nos habla de su experiencia en Nueva York, ciudad en donde en la actualidad vive parte del año, posiblemente porque allí, como bien comenta en una de las ventanas de su obra, se encuentra más ligero sin la carga de la fama y la responsabilidad que tiene que soportar en nuestro país, sin los agobios de los compromisos y de las múltiples obligaciones que aquí necesariamente tiene que sobrellevar. Sí, nos habla de sus vivencias, pero sobre todo, de lo que supone para un hombre como él, vivir en una ciudad con tantos incentivos, incentivos de todo tipo, y en un lugar tan contradictorio como ese, que no por casualidad es considerado el centro del mundo. De Nueva York se sabe todo, incluso lo sabemos los que nunca hemos caminado por sus aceras, ya que multitud de películas y de novelas la han tomado como protagonista, lo que dificulta que alguien se atreva a escribir, una vez más, sobre esa atractiva ciudad, pues siempre se corre el riesgo de quedar como un paleto asombrado por las luces y por los altos edificios, o lo que es peor, como un exquisito que aparenta volar sobre ella.
Ante esta dificultad evidente, Antonio Muñoz Molina mueve ficha con naturalidad, escribiendo una especie de diario, en donde da cuenta, en ochenta y siete entradas, de las impresiones y de las sensaciones que le va aportando esa gran ciudad, pero también, de la relación de admiración que mantiene con ella, lo que ante todo, cosa curiosa, ayuda más a descubrir la fisonomía del autor, que la de esa gran urbe tan conocida por todos, pues sus obsesiones y sus gustos quedan de manifiesto en cada una de esas ventanas que abre hacia la Manhattan. En este texto nadie encontrará nada nuevo sobre esa gran ciudad, pues la multitud de actos culturales que en ella se producen es algo conocido por todos, al igual que las enormes y casi criminales diferencias sociales que en su seno tienen lugar, por no hablar ya, de la aglomeración de culturas, todas las existentes, que allí se dan cita, siendo lo interesante por tanto, las diferentes elecciones que el propio Muñoz Molina realiza ante todas las posibilidades que se despliegan a su alrededor, lo que consigue definirlo y singularizarlo. Al igual que otros hubieran apostado por los deportes, o por el mundo de la moda o de la tecnología, al autor lo que realmente le sorprende es el mundo cultural, la enorme oferta cultural que encuentra, las exposiciones, los conciertos, los pequeños club de jazz, …, que le hacen estar en un lugar cercano al paraíso.
Pero lo que realmente me sorprende de este texto, es la capacidad, la solvencia narrativa que posee para mantener atento al lector mientras le habla de sus cosas, de lo que va encontrando, sin aportar ninguna trama para embelesarlo durante trescientas ochenta y dos páginas, lo que sin duda no es fácil, sobre todo cuando lo hace hablándole de conciertos de música clásica o de exposiciones que va describiendo con todo lujo de detalles. Para ello utiliza su táctica de siempre, la que siempre tan buenos resultados le ha proporcionado, la de hablar desde él, desde la sinceridad y la credibilidad de su mirada, lo que hace comprender a quien se acerca a esta obra de Muñoz Molina, que no se encuentra ante un libro más, sino a un texto de un autor que lo apuesta todo en cada palabra, por cada palabra y por cada frase que escribe, lo que lo aleja de tantos y tantos para los que la literatura es sólo y ante todo una impostura.

Martes, 26 de febrero de 2013

martes, 9 de abril de 2013

Gabriela, clavo y canela

LECTURAS
(elo.274 )

GABRIELA, CLAVO Y CANELA
Jorge Amado
Alianza Editorial, 1958

Durante algunas semanas esta novela ha estado sobre mi mesa sin que me apeteciera realmente asaltarla, pues en mi desconocimiento, imaginaba que se narraría una historia exótica, cercana al realismo mágico, que se desarrollaría en una especie de Macondo brasileño en donde todo resultaría excesivo, y en donde para colmo, todo sucedería en torno a una historia de amor, algo, en suma, para lo que no me encontraba preparado. Pero claro, nunca había leído a Jorge Amado. Por lo anterior, comencé a leer con precaución, con otra novela al lado por si como preveía tendría que abandonarla, pero al poco tiempo me vi atrapado por la lectura y por la historia que ante mí se desarrollaba, una historia mil veces contada y hasta previsible, cierto, pero elaborada de forma muy inteligente, pues como comprobé rápidamente, la historia de Gabriela, la vida de Gabriela, era sólo una de las múltiples historias de la narración, y no precisamente la más interesante, aunque tengo que reconocer que es la que más condimenta y enriquece la novela.
“Gabriela, clavo y canela” narra la historia de una transición, de la transición que se produce en las ciudades cacaoteras del sur del Estado brasileño de Bahía, entre el periodo de asentamiento y estabilización de los grandes latifundios de la zona, y el que obligatoriamente le siguió, el del lavado de cara institucional, lavado de cara que no sirvió, como ni tan quiera se planteó, para cambiar las estructuras sociales de esas sociedades, sino para legitimar ante la galería el status quo imperante. O dicho de otra manera, el movimiento político que se produjo tendente a delegar la gestión económica en la burguesía, que en todo momento velaría por los intereses de los productores, cambio que aumentaría los beneficios, al modernizarse las estructuras exportadoras. En este periodo de transición es donde se desarrolla la novela, observándose claramente, gracias a los avatares de los múltiples personajes, el mundo que estaba muriendo y el que estaba naciendo, y aquí precisamente, en la tensión que se articula entre lo viejo y lo nuevo, es donde esta narración toma su fuerza, en donde se singulariza y en donde consigue convertirse en una buena novela.
No es fácil realizar una buena obra coral, pues se necesita mantener durante la narración, y de forma sostenida, diferentes variables o tramas abiertas en torno a un mismo tronco argumental, variables que por sí solas se podrían convertir, y sin muchos problemas, en novelas independientes. Y esa dificultad radica sobre todo, en que esas substramas, en ningún momento pueden ocultar o eclipsar el objetivo último de la narración, cosa que sin aparente dificultad Jorge Amado consigue, pues ni Gabriela, con su olor a clavo y con su exuberancia, consigue apartar al lector de la tesis central de la obra. “Gabriela, clavo y canela”, en contra de lo que imaginaba es una novela eminentemente política, lo que es lógico si se tiene en cuenta la extrema politización de su autor, que llegó a ser diputado por el Partido Comunista en el Parlamento Federal brasileño, que trata el tema, como apunté con anterioridad, de la modificación, de la adecuación a los nuevos tiempos del régimen capitalista brasileño, sin que las transformaciones que se llevaron a cabo, tocaran en ningún momento las estructuras eminentemente criminales, depredatorias e injustas sobre las que asentaba.
Sí, es una obra política, pero sobre todo es una novela total, de esas que consiguen embaucar y secuestrar al lector con sortilegios de todo tipo, pues a pesar de su temática, la narración en ningún momento llega a ser explícita, lo que se explica por el hecho, de que el interés que mantiene el autor por la política en ningún momento logra eclipsar la pasión que sentía por las temáticas naturalistas y por la vida que explotaba en los ambientes humildes de Brasil y más concretamente en Bahía. De ese coctel nace “Gabriela, clavo y canela”, en donde la vida, sin abatirla, se sobrepone a la política, consiguiendo que ésta ocupe su lugar natural, el de estar al servicio de la vida.
Pero a pesar de todo, la historia de amor entre Gabriela y Nacib tiene un lugar central en la narración, pues mientras que el árabe Nacib pertenecía a la clase emergente de los comerciantes, ella surgió del pueblo, de la tierra, sin comprender nada de convenciones sociales, ya que era “una flor verdadera entre un montón de flores de papel”, que se dejaba llevar por los instintos pero sin olvidar nunca la diferencia existente entre la fidelidad y la lealtad.
Como ocurre en este tipo de novelas, la trama se desarrolla en una ciudad, Ilhéus, por aquel entonces pequeña, en donde todo el mundo se conocía y sabía el lugar que ocupaba, en donde todas las rencillas, las bondades y los vicios de cada cual eran conocidas por todos, y en la que cualquier suceso, por insignificante que fuera, quedaba registrado con prontitud, gracias al boca a boca, en las cabezas de cada uno de sus habitantes, lo que hace posible que el lector, consiga hacerse cargo de la situación en poco tiempo.
“Gabriela, clavo y canela” es una novela compensada y agradable que se lee con facilidad, gracias al estilo realista del autor, y a cierta ironía que impregna toda la obra, que si bien no la convierte en una gran novela, por su construcción, se encuentra por encima de la media.

Jueves, 14 de febrero de 2013

lunes, 11 de marzo de 2013

La espada de Damocles

LECTURAS
(elo.273)

LA ESPADA DE DAMOCLES
Petros Márkaris
Tusquets, 2012

                        En muchas ocasiones, para saber con propiedad dónde nos encontramos, es conveniente comparar nuestra realidad con la de países de nuestro entorno que atraviesan problemas parecidos a los que nosotros padecemos, pues de esa forma es más fácil comprender cuales de los múltiples errores cometidos son propios, y cuáles de ellos son inducidos. Posiblemente, al menos eso es lo que se nos viene afirmando desde todos los ángulos, el país que peor lo está pasando es Grecia, de suerte, que de forma constante, con toda seguridad para tranquilizarnos, se nos dice “que España no es Grecia”, lo que nos obliga a comprender, después de observar cómo están las cosas por aquí, que la realidad griega tiene que ser desesperante. Es cierto que se habla mucho de Grecia, y casi siempre mal, pero es poca la información que llega que trata de ahondar en la situación en la que ese país se halla, sobre las causas que lo han empujado a donde en estos momentos se encuentra. Grecia en principio, se nos dice, representa el paradigma del mal hacer, el ejemplo del que hay que huir, el hijo descarriado con el que no se sabe qué hacer, si abrirle las puertas para acogerlo de nuevo con cariño después de todos los desmanes que ha cometido, o dejarlo definitivamente a su suerte.
                        Hace unos días me encontré por casualidad con este libro de Petros Márkaris, el famoso novelista griego, que para mi sorpresa no se trataba de una novela negra protagonizada por su ya popular inspector Kosta  Jaritos, sino una recopilación de doce artículos, escritos todos para diarios alemanes, y una pequeña entrevista, en donde el autor de “Con el agua al cuello”, trata de explicar las causas que han provocado la difícil situación que mantiene en jaque a su país.
                        En primer lugar tengo que decir que no me han parecido unos artículos demasiado profundos, es posible que porque tenían como único objetivo hablar de la realidad griega a lectores alemanes, que desde su germanocentrismo, estiman que todas las actitudes vitales que se salgan de sus parámetros culturales son censurables, lo que les obliga a comprender, a entender, que todo lo que ha ocurrido y sigue ocurriendo en los países de la Europa meridional, y muy especialmente en Grecia, no es de recibo. Pero una cosa, al menos eso es lo que estimo, es que Márkaris se desnude por completo para mostrar las miserias de su país, y otra muy diferente es que se dedique a echar más carne al asador, sin tan siquiera apuntar, que también existen culpables de la situación que se encuentran fuera de las fronteras griegas, pasando por alto, que posiblemente Grecia esté siendo utilizada, de forma maquiavélica, para llevar a cabo un golpe de estado en la Unión Europea. Pero trataré de ir por partes.
                        Según lo leído, si se exceptúan una serie de particularidades que se quieran o no siempre tienen que existir, lo anterior es muy parecido a lo que ha acontecido, por ejemplo, en España y en Portugal, lo que tiene que obligar a que se plantee, a que empecemos a plantearnos, que es posible que algo se haya hecho mal por parte de la Unión Europea, ya que todo no se puede deber al “demostrado” carácter derrochador de los países mediterráneos, lo que puede sustentarse al existir también, aunque a veces curiosamente se olvide, el caso irlandés. Es muy fácil decir que somos unos “manirrotos”, sobre todo cuando así se evita pensar y recapacitar no ya en lo que ha ocurrido, sino en las causas por lo que ha ocurrido lo ocurrido. Pero además de esto, que es muy importante, pues siempre la autocrítica es necesaria, hay que tener la voluntad suficiente para levantar la mirada con objeto de intentar intuir, quiénes son los beneficiarios últimos de la actual situación, quien o quienes serán los que sacaran partido cuando todo vuelva a la normalidad.
                        Para Márkaris “el problema griego” es ante todo doméstico, lo que quiere decir, cosa que les habrá encantado escuchar a sus lectores  alemanes, que toda la culpa de los desmanes producidos la tienen los propios griegos, lo que estoy convencido que no es más que un desatino, como tampoco la culpa de todo lo que están padeciendo la tienen los portugueses ni los españoles.
                        Según el novelista griego, el origen de todos los males tiene su origen en las ingentes sumas económicas que entraron en su país proveniente de la Unión Europea, una vez que Grecia entró con todos los derechos a formar parte de dicha comunidad. Para él, esos fondos estructurales fueron mal utilizados por la clase política de su país, clase política que se amparaba y utilizaba en beneficio propio al Estado griego, eminentemente clientelista, sin sacarle ese valor añadido para el que fueron ideados. También afirma que lo mismo ocurrió con la sociedad civil, que sin esperarlo se encontró con créditos baratos, que utilizó sin pensárselo dos veces, con la cómplice anuencia de la banca, para aumentar sus niveles de consumo y por consecuencia de su endeudamiento. Por ello, Grecia, al igual que España y Portugal, tanto en la vertiente institucional como en la social, en todo momento vieron a Europa como “el cuerno de la abundancia”, sin pararse a pensar que un día las luces de la verbena se apagarían y que entonces llegaría el momento de tener que pagar los créditos recibidos.
                        Lo que parece claro, ahora que todo se encuentra encharcado e incluso anegado, es que los países de la Europa meridional, aunque también Irlanda, se han comportado como “nuevos ricos”, viéndose ahora en la obligación de tener que pagar todos los desmanes cometidos, pero parece también claro, que esa actitud fue inducida, pues esos fondos que llegaron, aparte de beneficiar a los países de los que provenían, y esto se olvida con demasiada facilidad, en ningún momento fueron fiscalizados por las instituciones comunitarias, quedando en manos de los diferentes estados, y de las diferentes entidades financieras privadas, que creyendo creer que ese flujo jamás disminuiría, en ningún momento pusieron coto a lo que sabían que estaba ocurriendo.
                        Lo cierto, es que mientras se sigue acusando a los más débiles, a los que realmente la están pagando, la actual crisis va a suponer un antes y un después en la Unión Europea, pues la famosa simetría por la que siempre se había trabajado, y en la que tenían sentido los fondos estructurales, ha saltado por los aires para consolidar una Unión de dos velocidades, en donde los países de primera, capitaneados por Alemania, por fin podrán hacer realidad su sueño de alemanizar Europa, lo que posibilitará que impongan las reglas de juego y el papel que tendrán que desempeñar los países de segunda, lo que sin duda modificará el escenario hasta ahora existente, y de  forma radical.
                        No conozco los mecanismo que ha utilizado, y por los que se ha conducido, al menos hasta ahora, la clase política griega, aunque no creo que hayan sido los más adecuados, como tampoco conozco la calidad y el grado de politización de la sociedad civil griega que debió controlar y fiscalizar a sus representantes, pero de lo que sí estoy seguro, es que ambas son productos, como en el resto de los países, de su historia reciente. No cabe duda que la actitud de una y de otra ha tenido que ver con la situación por la que atraviesa en la actualidad el país heleno, pero de ahí a culpabilizarlas de todos los males, creo que existe un profundo abismo. Me da la sensación que Márkaris, como apunté con anterioridad, escribió estos artículos sabiendo que iban dirigidos a un público muy concreto, para un público que quería oír sólo lo que quería oír, y lo que quería oír era cualquier cosa menos que se le acusara de tener la más mínima responsabilidad en la calamitosa situación de ese país. Márkaris, y no digo que con mala fe, ha cumplido con la tarea que se planteó a la perfección, demostrándome que es alguien que se suele quedar en la superficie de los temas que trata, sensación que también, y creo que no por casualidad, se me hizo patente en la novela que hace poco leí de él, “Con el agua al cuello”, novela, que como estos textos, dio de sí, y creo que por incapacidad del autor, mucho menos de lo que se esperaba y se publicitaba de ella. No quiero ser cruel, pero estoy convencido que el protagonismo que ahora posee Márkaris, como novelista y como articulista, se debe más al interés que existe sobre “el caso griego”, que a su propia capacitación como analista, o por su calidad como novelista.

Domingo, 27 de enero de 2013

miércoles, 6 de marzo de 2013

El barón rampante

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LECTURAS
(elo.272)

EL BARÓN RAMPANTE
Italo Calvino
Siruela, 1957

A pesar de su fama, no tenía ni idea de qué iba esta novela, sorprendiéndome la historia que se narra en ella, pero sobre todo la capacidad del autor, para desde una imagen, desarrollar una narración de tales características sin que el lector llegue a cansarse con ella, o para que la abandone por absurda antes de llegar a la página veinticinco. Más allá del significado de la alegoría que presenta, que posee una innegable actualidad, lo interesante de esta novela, es la capacidad del autor para mantener un tono tan elevado con un tema tan difícilmente sostenible en el tiempo, lo que consigue aportando deleite, pero sobre todo calidad literaria.
Un niño de doce años, para demostrar su enfado ante un tema que carece de importancia, se sube a un árbol diciendo que no volverá a poner los pies en la tierra, promesa que cumple, ya que murió a los sesenta y cinco años entre las ramas de un viejo nogal sin haber vuelto a pisar en todo ese tiempo el suelo. Sobre este argumento, que en principio hubiera tenido alguna viabilidad si se hubiera presentado como un relato, articula el autor una novela de doscientas cuarenta y tres páginas, sin que, y esto es lo importante, la narración pierda fuerza en ningún momento. La historia está narrada por el hermano pequeño del protagonista, que a pesar de lo extraño del suceso, la cuenta de forma natural sin caer en filigranas estilísticas ni estructurales.
A pesar, según dicen, de que Italo Calvino era heredero del neorrealismo italiano, esta novela sin duda es una alegoría que habla de la necesidad de la voluntad para conseguir los objetivos que alguien se marque a pesar de que todo se le presente en contra, lo que viene “al pelo” en unos momentos como los actuales, en donde lo que prima es lo contrario, dejar a un lado las ideas que se posean, los ideales, para dejarse arrastrar por otras y otros, que según se aconseja, y desde todos los ángulos, siempre resultarán más conveniente. Parece como si Cosimo, el protagonista de la novela, partiera de la base de que hacer lo “que se tiene que hacer” nunca podrá ser fácil, que la voluntad ante todo es esfuerzo y un constante enfrentamiento contra las costumbres y contra las modas imperantes, ya que nunca se podrá hacer lo que se desea, “si uno no es uno mismo con todas sus fuerzas”.
Dicen también que “El barón rampante” tiene mucho que ver con la actitud que mantuvo el autor ante la invasión que llevó a cabo la Unión Soviética sobre Hungría en 1956, actitud que le obligó a abandonar las filas del Partido Comunista, al mostrarse en contra del discurso oficial de éste ante el atropello cometido por el ejército soviético, lo que encajaría a la perfección con el planteamiento de la obra, en donde se propone que hay mantenerse firme ante los postulados que se poseen y en los que se creen, aunque ello suponga tener que abandonar los lugares en los que siempre se ha habitado. Pero más allá de esto, que aunque sea cierto es circunstancial, lo que sugiere el autor, es que hay que tener planteamientos férreos, y que estos siempre tienen que presentarse acompañados de una praxis coherente y adecuada a los mismos, ya que en caso contrario, poco valor podremos ofrecer.
Es posible que se pueda vivir mejor fuera de nosotros que teniéndonos que soportar constantemente, es posible, pues no cabe duda que llevar una vida coherente, sobre todo si la misma es compleja, entraña un esfuerzo que no siempre es posible sobrellevar, pero llega un momento que tampoco se puede vivir, o convivir, con las contradicciones que con el tiempo se han ido acumulando, por lo que es necesario buscar y reencontrar la orientación natural, la que se posee, y dejar todo lo ajeno, lo que no nos pertenece a un lado, aunque el único premio que se consiga con ello sea poder dormir tranquilo cada noche. Cosimo prefirió ser fiel a su promesa, aunque ello le impidió llevar una vida agradable y tener que abandonar entre otras cosas el amor de su vida, antes que tener que soportar una existencia que le obligara a romper con su promesa.
Pero como dije antes, además del tema, me ha llamado la tención lo bien escrita que está la novela, en la que se utiliza un estilo que se adapta a la perfección a la temática ideada, dándole a ésta todo el protagonismo, posibilitando, y este es el objetivo al que siempre hay que aspirar, que una historia de tales características pueda ser soportada de forma agradable por los lectores, pero sobre todo, dándole un valor literario a una trama que hubiera podido diluirse con facilidad durante su desarrollo. “El barón rampante” es una de esas novelas que a pesar de tener un fondo moralista evidente, gracias a la forma en que está trabajada puede ser leída con agrado sin que necesariamente se tenga que entrar en profundidades, como si tan sólo se tratara de un cuento fantástico. Y esto es una virtud de la misma.
Poco más tengo que decir, salvo quizás, que la novela me ha dejado tan buen sabor de boca, en unos tiempos en que difícilmente consigo leer obras interesantes, que estoy deseando hacerme con las otras dos novelas que componen la trilogía “Nuestros antepasados”, pues estoy convencido que con ellas podré conseguir, al menos, pasar unas horas agradables de lectura, lo que siempre es un aliciente.


Martes, 22 de enero de 2013