sábado, 16 de mayo de 2009

La tregua


LECTURAS
(elo.154)

LA TREGUA
Primo Levi
Muchnik Editores

No hace mucho, leí “Si esto es un hombre”, la primera entrega de la famosa trilogía de Primo Levi, dejando voluntariamente para más adelante las siguientes obras, pues no creía oportuno, por la temática, por la dureza de la temática, leerlas de corrido. Acabo de terminar de leer “La tregua” obra de la que nunca nadie me había hablado, por lo que no sabía ni tan siquiera, que se trataba de un relato de las peripecia que tuvo que padecer el propio Levi, y los que le acompañaron, para poder regresar a su país una vez que fue liberado de Auschwitz. Creí, y evidentemente estaba equivocado, que las aventuras a las que fue empujado el italiano, llegaron a su fin el día en que las tropas soviéticas entraron en el campo de concentración en el que se encontraba, pero su calvario, como el de tantos otros, se prolongó de forma inexplicable, hasta bastante después de terminada la contienda. “La tregua” relata lo acaecido, desde el momento en que teóricamente fue puesto en libertad, hasta que por fin, su peregrinaje por el este de Europa, a lomo de trenes inmundos, finaliza con su llegada a Turín, su ciudad. Se podría pensar, sobre todo porque “La tregua” es una obra menor, comparada con la que da inicio a la trilogía, que en esta ocasión, también se cumple aquella máxima tan manida, “de que las segundas partes nunca fueron buenas”, pero hay que reconocer, que si bien no alcanza la altitud de “Si esto es un hombre”, el relato quedaría incompleto, si Levi no hubiera contado lo que padeció antes de reencontrarse con su familia. Sí, porque hasta que no llegó a su casa de Turín, en la que a duras penas pudo ser reconocido por sus seres queridos, el protagonista no recobró su libertad. El texto sirve para comprender, aunque se base como es lógico en el caso concreto del propio Levi, que la guerra no terminó en el momento en que las tropas alemanas se rindieron, ya que a partir de ese instante, se inició un duro proceso de ajuste, en donde se tuvo que hacer inventario de lo que quedaba, pues las aguas no volvieron, no pudieron por todo lo que había pasado, volver a su cauce hasta bastante después, ya que fueron muchos los muertos, demasiados los desplazados, para que en un abrir y cerrar de ojos todo recobrara la normalidad. Pero durante ese pequeño espacio de tiempo, interminable para los que deseaban recobrar lo que había sido con anterioridad sus vidas, Europa vivió un extraño periodo en donde de hecho existió una tregua, de ahí el nombre del libro, debido precisamente a que aún todo estaba por ajustar. Un periodo de tiempo, que se extendió desde que finalizó la contienda, hasta que se inició lo que con posterioridad se denominó la guerra fría, en el que aún nada estaba definido, en donde todas las fuerzas disponibles, parece que se destinaron a contar los muertos y en saber qué quedaba en pie. Bastante había con eso, lo que posibilitó, mientras que los diferentes gobiernos se dedicaban a las labores de intendencia en lugar de mirar de reojo a sus contrarios, un extraño espacio de tiempo en donde fue posible la fraternidad, a pesar de las dificultades del momento. En ese periodo de paz, pese a los recuerdos y a las angustias que cada cual cargaba sobre sus espaldas, sobresale algo fundamental, las ganas de vivir, mostrando el autor, un abanico de personajes que sólo tenían en común precisamente eso, el deseo de dejar atrás lo pasado y volver a enfrentarse con la cotidianidad de sus existencias.
Como “Si esto es un hombre”, “La tregua” es una obra que se lee bien, gracias a que Levi no se desliza en ningún momento por el fácil victimismo, limitándose a narrar lo que ocurrió ante sus ojos, sin caer en la tentación de profundizar en los hechos, lo que convierte a sus textos, en documentos de un valor incalculable, no sólo para saber, para conocer lo que acaeció en aquellos dramáticos años, sino para llegar a comprender mejor el alma de los seres humanos. Es un texto que hay que leer, aún más, que debería de ser lectura obligatoria, pues al hombre, al ser humano, cuando en realidad se le conoce, es cuando se encuentra entre la espada y la pared, ya que en los límites es imposible la pose, actitud en la que suele acomodarse cuando se encuentra en condiciones normales.

Miércoles, 22 de abril de 2.009

domingo, 10 de mayo de 2009

Viaje al fin de la noche


LECTURAS
(elo.153)

VIAJE AL FIN DE LA NOCHE
Louis-Ferdinand Céline
Quinteto, 1.952

Desde hace bastante tiempo, deseaba volver a leer esta novela que en su día, siendo aún un adolescente, me llamó poderosamente la atención. Recordaba que se trataba de un texto duro, que mostraba una forma de entender la existencia no acorde con los parámetros establecidos, hecho que le aportaba al autor un marchamo diferente, sobre todo, porque no se acomodaba a los parámetros imperantes. Ahora, sin embargo, cuando acabo de terminar su lectura, estimo que “Viaje al fin de la noche”, a pesar de todo lo que la he elogiado, es una novela que ha envejecido mal, posiblemente porque su estilo, al igual que el enfoque sobre el que se articula, se encuentra demasiado apegado a su tiempo (la moda siempre mata), lo que la aleja del lector actual.
La semana pasada, leyendo la crítica literaria que alguien realizaba sobre la última novela de un conocido autor, que posiblemente se convierta, como todo el mundo pronostica, en el éxito editorial de año, me sorprendió que en dos ocasiones se dijera, que dicha novela, era el ejemplo de la nueva novela que triunfará en el siglo veintiuno. Como aún no la he leído, aunque me temo que lo haré pronto, no puedo decir cómo será la tipología de dicha novela, pero creo, que la novela del siglo veinte, no la mayoritaria sino la de vanguardia, era la novela del yo, en donde alguien, casi siempre el propio autor ejerciendo de protagonista, narraba sus avatares, sus enfrentamientos contra una realidad casi siempre hostil, utilizando para ello como única herramienta su singular personalidad. Me viene a la cabeza, como ejemplos de ese tipo de literatura, entre otros, a autores como Miller o Bukowski, pero también a Céline, todos grandes narradores de muy pocas obras, pues la literatura del yo tiene escaso recorrido, ya que suele pecar de reiterativa, al caer casi siempre en las aventuras que le van sucediendo a sus protagonistas, y en la forma en que estos, con resignación, consiguen solventarlas. Es, por tanto, una literatura que una vez que los fuegos artificiales se han diluido, suele aburrir, pues a la novela normalmente uno se acerca para que le cuenten una historia, con todo lo que ello significa, y no para conocer los diferentes acontecimientos, por muy interesantes o divertidos que sean, que a un determinado protagonista le ocurren. Lo anterior se puede soportar en una ocasión, o en dos, pero cuando toda la obra de un autor se articula bajo las mismas premisas, deja de interesar al que lee. El siglo anterior, al menos una parte importante del mismo, a pesar de la importancia que en él tuvieron las ideologías de signo colectivista, también, y creo que sobre todo, fue el siglo de la emancipación del individuo, el siglo del yo, lo que como corresponde dio lugar a su propia literatura. Pero esa literatura, a pesar de todo lo que ha dado que hablar, a pesar de la sangre nueva que indudablemente aportó, creo que dejará, en contra de lo que en un principio pudo pensarse, pocas obras a la historia de la literatura, aunque muchas fundamentales para comprender la literatura que se realiza en nuestros días.
Ha llegado el momento, a pesar de poder correr el riesgo de no quedar bien de cara a la galería, de ejercitar una tarea que estimo necesaria, aunque sólo sea por higiene, la de desmantelar mitos literarios que no soportan una relectura. Este es el caso de “Viaje al fin de la noche” novela que desgraciadamente ha envejecido más de la cuenta, y eso a pesar del gran prestigio que en determinados círculos sigue manteniendo. Hoy en día, aunque estoy convencido que eso nunca se ha podido soportar, leer una novela de seiscientas páginas en la que no ocurra absolutamente nada, es algo que resulta infumable, algo al alcance sólo de lectores dotados de un voluntarismo excesivo que queda lejos del placer de la lectura. Para colmo, la otra vertiente de la obra, la del estilo empleado, resulta demasiado empalagoso, ya que el autor, siempre en mi opinión, utiliza una poética que no se adapta bien a la temática de la obra.
“Viaje al fin de la noche”, trata del recorrido vital del protagonista de la obra, que sin ideales y sin proyectos de vida, trata de soportar, como puede, la existencia a la que tiene que enfrentarse. No puedo decir, porque no lo creo, que todo radique, como se dice, en el posible nihilismo del protagonista, sino que lo que se plantea, es la imposibilidad de vivir sin ideales, sin objetivos concretos hacia los que caminar, algo que va en contra de la propia naturaleza humana. De forma curiosa, la ideología hasta hace poco dominante, propugnaba una forma de vida de ese tipo, en la que el individuo sólo tenía que preocuparse de vivir por vivir, entre otras cuestiones, porque afirmaba que el fin de la historia era ya una realidad, al haberse alcanzado el mejor de los mundos posibles. El posmodernismo, uno de sus hijos naturales, no es más que eso, una propuesta cultural que predica el todo vale, en un mundo en donde lo importante, lo único importante, era que todo lo que se produjera, independientemente a sus valores, se pudiera consumir, o mejor dicho, vender. Ferdinand Bardamu, el protagonista, en el fondo era un postmoderno prematuro, que afrontaba la existencia con la esperanza de poder sentarse en el primer lugar que encontrara libre, en lugar de buscar el asiento más adecuado a sus peculiares circunstancias. En fin, es una novela éticamente detestable, no ya por las afirmaciones que en ella uno puede encontrar, que en absoluto son tan incendiarias como se pintan, sino por la actitud del mismo ante la existencia.

Viernes, 17 de abril de 2.009

lunes, 27 de abril de 2009

El asombroso viaje de Pomponio Flato


LECTURAS
(elo.152)

EL ASOMBROSO VIAJE DE POMPONIO FLATO
Eduardo Mendoza
Seix Barral, 2.008

Después de haber leído “Mauricio o las elecciones primarias”, poco esperaba de esta novela de Eduardo Mendoza, pero no imaginaba, y lo digo en serio, que el escritor barcelonés cayera tan bajo, pues “El asombroso viaje de Pomponio Flato”, es con diferencia, una de las novelas más flojas que he leído en mi vida. Resulta asombroso, que alguien que pudo escribir “La verdad sobre el caso Savolta”, que es lectura obligatoria en los institutos de educación secundaria, o “La ciudad de los prodigios”, se presente ante el público, con una novela como la que acabo de leer, que perfectamente podría entenderse como una tomadura de pelo, o como una broma de mal gusto realizada por alguien, un poco de vuelta de todo, que se toma a la novela como un género que ya no le interesa, salvo para hacer caja con ella. Independientemente del número de ejemplares de cada una de las reediciones, con sorpresa observo que la novela fue publicada en marzo de 2.008, y que en mayo de ese mismo año, dos meses después, salió al mercado la octava reedición, algo a todas luces incomprensible si se tiene en cuenta la calidad de la obra. Lo anterior sólo se puede entender por el nombre, por el prestigio del autor, sobre todo cuando se tiene constancia de que obras de gran calidad sólo consiguen tiradas de dos mil o tres mil ejemplares, quedándose sin vender gran parte de los mismos. Mendoza consiguió un gran crédito con sus primeras obras, prueba de ello, es que la crítica y el público le aplaudió a rabiar, un crédito del que todavía disfruta. La marca “Eduardo Mendoza” aún vende, aunque el Mendoza actual, poco o nada tiene que ver con el de hace varias décadas. Este hecho, el de la marca literaria, es algo sobre lo que resultaría conveniente reflexionar, pues las políticas de las editoriales, en buena medida se basan en ellas para salvar sus cuentas de resultados, en el prestigio de determinados autores, que sólo por su firma, apoyadas si fuera necesario por críticas vergonzantes o meramente publicitarias, consiguen elevar de forma considerable el número de ejemplares vendidos de una determinada editorial. Las editoriales, sobre todo las más importantes, son ante todo empresas que buscan un beneficio económico, aunque en muchas ocasiones se cubran de un barniz cultural que casi siempre les viene grande, apostando lo justo, sólo lo justo, por autores jóvenes que aún no tienen nombre, pues son conscientes, que sólo en contadas ocasiones, y de forma milagrosa, podrán recuperar lo invertido en ellos. Para colmo, el público, los lectores, también parecen apostar por valores sólidos, por aquellos autores de prestigio, de los que en alguna ocasión leyeron algo que les gustó, y que son los que ocupan los lugares privilegiados de todas las librerías. Nadie suele comprar para regalar una obra de un autor desconocido, pues la marca aporta prestigio (tanto al que regala como al que recibe), prefiriéndose en todo momento apostar por una “Almudena Grandes” o por un “Eduardo Mendoza”, por ejemplo, que por una de esas obras de editoriales marginales firmadas por alguien que nadie conoce. Esto lo saben las editoriales, motivo por lo cual, presionan a los autores que tienen en nómina, para que cada dos años, sea cual sea la calidad que lleguen a conseguir, presenten una obra suya al mercado. Hasta aquí todo lógico y normal, incluso demasiado normal, pues las leyes del mercado y de una sociedad basada en el consumo, impone una serie de normas difíciles de esquivar, consiguiendo que incluso la cultura, esa cosa tan extraña de la que todos nos sentimos tan orgulloso, se haya convertido con el tiempo en un producto de consumo más. El problema son los autores, que aunque también tengan que comer como todos los mortales, y necesiten mantener un nivel de vida digno, en excesivas ocasiones, caen en la trampa que se les prepara sin prestar demasiada resistencia, vendiendo su arte por un puñado de monedas, hasta el punto, y esto es lo lamentable, que rebajan su nivel de exigencia hasta unos extremos vergonzantes. Pero lo anterior, que es lo habitual, creo que no es el caso de Eduardo Mendoza, a pesar de que todo apunta hacia ello. El barcelonés lo dejó todo claro hace tiempo, y a pesar de que muchos lo interpretamos mal, atacándole incluso por seguir escribiendo novelas, hoy comprendo que ha sido coherente, mucho más, que aquellos que siguen escribiendo y escribiendo, intentando encontrar un significado y una justificación a sus obras, que vaya mucho más allá del hecho de estar concebidas y realizadas sólo para vender miles y miles de ejemplares, pues Mendoza comprendió que la novela como género artístico había muerto, y que la había matado lo que él denominaba “la novela de sofá”. A partir de tal convencimiento, en lugar de dejar de escribir novelas, y de refugiarse en el teatro como era su intención, se dedica a jugar con la novela, a utilizar la novela en beneficio propio, articulando historias que sólo aspiran a buscar el entretenimiento banal de los lectores, es decir a crear novelas de sofá, creo que con la única intención de reanimar y darle vida a su cuenta corriente. Mendoza lo tiene claro, y creo que poco más hay que decir, salvo que, algunos lectores, por dignidad, tenemos que eliminarlo de la lista de autores de los que siempre tenemos que estar pendientes.
En esta ocasión, presenta una novela ambientada en Palestina, en la época en que Jesucristo aún era un niño, creando un personaje, Pomponio Flato, que ejerciendo de investigador privado, consigue salvar de ser crucificado a José, que había sido acusado de cometer un asesinato. Historia desde todos los puntos insostenible e infumable, que ni tan siquiera consigue, como imagino era su intención, arrancarle una sonrisa al lector.
Mendoza riza el rizo en exceso, dando a luz una obra sin sentido y sin justificación, que debe ser evitada en todo momento, por los que aún guardan un buen recuerdo de sus primeras novelas. Lo lamentable del caso, es que con seguridad, dicha obra, ha conseguido cumplir los objetivos de ventas que de ella se esperaba, y que su autor, no habrá dejado de reírse de todos aquellos que la han comprado y perdido varias horas de lectura con ella.

Viernes 20 de marzo de 2.009



domingo, 19 de abril de 2009

Misa negra



LECTURAS
(elo.151)

MISA NEGRA
John Gray
Paodós, 2.008

Recuerdo, que hace años, aunque muchos amigos recriminaron mi actitud, presté mi apoyo testimonial a la intervención de la Comunidad Internacional en la antigua Yugoslavia. Creía, y aún creo, que resultaba obsceno permanecer con los brazos cruzados, mientras que se realizaba un genocidio de la magnitud del que se estaba llevando a cabo en la periferia de la civilizada Europa. Por entonces se hablaba, y mucho de la globalización, y como no creía sólo en la globalización económica, sino también en la necesidad de extender los Derechos Humanos hasta allí donde éstos estuvieran siendo pisoteados, veía necesario, que se implementaran acciones, incluso bélicas si resultaba necesario, en aquellos lugares, en donde su ausencia estuviera costando miles y miles de vidas humanas. Aún creo que valió la pena aquella intervención, pues gracias a ella pudo demostrarse, que ninguna atrocidad, en una sociedad sin fronteras, al menos informativa, podría quedar impune, y que resultaba posible la creación de una fuerza internacional, a ser posible bajo la tutela de Naciones Unidas, que velara por todos aquellos que padecieran injusticias, se encontraran donde se encontrasen. Estos nuevos instrumentos, desde mi punto de vista, podrían evitar, que cualquier dirigente político sin escrúpulos, sintiera la tentación de imponer sus postulados aplastando a los que no pensaran como él, lo que supondría salvaguardar los intereses de las minorías a lo largo y ancho del mundo. Lo anterior no consiste en una actitud misionera, no, sino de un intento, que podría suponer un paso adelante de indudables repercusiones de cara al futuro, que ante todo significaría una señal de aviso, que con grandes letras dijera, que no todo se encuentra permitido. Pero desde entonces ha llovido mucho, tal vez demasiado, y hoy aquel proyecto, el de articular una fuerza internacional que velara por los Derechos Humanos, podría parecer utópico por no decir descabellado. ¿Qué es lo que ha cambiado? Sobre todo la actitud de Estados Unidos, que a partir de los atentados del Once de septiembre, modificó de forma radical su forma de entender las relaciones internacionales, pasando de una actitud multilateral a otra marcadamente unilateral, que prioriza en todo momento sus intereses a los de la propia Comunidad Internacional. La invasión de Irak significó un punto de inflexión, que dejó claro, que en estos momentos no se puede contar con la gran superpotencia mundial para la creación de dicha fuerza policial, pero también, que sin los Estados Unidos es imposible, ni tan siquiera planificar una estructura política y militar de tales características. Este proyecto, que puede ser tildado por algunos de utópicos y por muchos de neoimperialista, no es tan descabellado como en un principio se pudiera pensar, ya que el ejercicio de la fuerza sólo tendría que llevarse a cabo en casos extremos, como ocurrió en la ya desaparecida Yugoslavia, pues lo habitual serían sanciones económicas y embargos contra aquellos gobiernos que inflijan el respeto de los Derechos Humanos, que deben convertirse en la norma esencial de convivencia del mundo globalizado que nos espera y que tanto se publicita.
Resulta bochornoso, o al menos debería resultarlo, que a las alturas históricas en las que se encuentra la humanidad, aún existan, con la tolerancia de la Comunidad Internacional, regímenes que atentan contra su propia ciudadanía, o contra una parte de la misma, regímenes ilegítimos que siguen proclamando, que nadie debe interferir en sus asuntos internos, alegando eso tan desfasado como su soberanía nacional.
Desgraciadamente, esa aspiración que parecía posible hace sólo unos años, la de amparar los derechos de la ciudadanía a escala global, gracias a mecanismos internacionales de control, se ha diluido de forma definitiva, pues independientemente al irresponsable cambio de actitud del gobierno norteamericano, que según lo visto, se encuentra dispuesto a imponer sus intereses allí donde crea que estos se encuentran en peligro, han aparecido, o resurgido nuevas potencias, léase China, Rusia o India, que parecen que han optado definitivamente por un modelo político diferenciado, diferenciado del que parecía que iba a imponerse como modelo global, la democracia liberal. Sí, todo indica que toman fuerza los Estados autoritarios, que velan con mano de hierro por el orden dentro de sus territorios, con la intención, de que la anarquía no interfiera o perturbe el salvaje sistema capitalista allí imperante, o dicho de otra forma, son estados que bajo un control férreo, intentan que las duras condiciones que provoca el sistema capitalista, un capitalismo sin control, no lleguen a convertirse en un peligro para el propio sistema. Estos regímenes, que tantos elogios acumulan, incluso desde el propio Occidente, representan en la actualidad, un grave peligro para el mantenimiento de la libertad y de la pluralidad, de suerte que, en las actuales circunstancias, difícilmente podría encontrarse un país, y mucho menos un conjunto de países, que con energía levante la mano contra algún atropello que pudiera realizarse contra los Derechos Humanos, por ejemplo en China o en Rusia. Lo que parece seguro, es que en menos de una década todo ha cambiado a peor.
John Gray, desde hace tiempo viene proponiendo un nuevo status quo internacional, basado sobre todo, en la premisa de que es imposible proponer, o imponer, un régimen unitario global, aunque éste se base en algo tan básico como los Derechos Humanos. Para Gray, cada país, cada civilización posee su propio ritmo vital, resultando inviable que desde Occidente, por ejemplo, se intente imponer un sistema democrático liberal a países que ni por tradición ni por cultura han podido disfrutarlo con anterioridad, proponiendo una especie de mundo asimétrico de diferentes velocidades, en donde no existan las injerencias, aunque sí el respeto, pues según él, esta es la única forma de mantener la paz en el mundo. El problema, es que en el supuesto caso de que fuera posible mantener la paz gracias a esta metodología, lo que seguro no se podría evitar, es que en determinadas regiones del planeta, y no necesariamente marginales, se produzcan abusos contra la ciudadanía, que sólo podrían justificarse por la anteriormente citada no injerencia internacional. El planteamiento de Gray, sería algo así como mirar hacia otro lado, cuando se sepa que algo grave está ocurriendo en algún lugar del mundo.
Hay que caminar necesariamente hacia un mundo, en que el respeto de las libertades y los derechos de la ciudadanía se encuentren afianzados, entre otras razones, porque esa es la única forma de asegurar un mundo minimamente armónico tanto en lo político como en lo económico. Lo demás, es aspirar a una sociedad global anclada en la desigualdad, lo que sólo acarreará conflictos sin fin.

Martes, 17 de marzo de 2009

domingo, 22 de marzo de 2009

Pantaleón y las visitadoras





LECTURAS
(elo. 150)

PANTALEÓN Y LAS VISITADORAS
Mario Vargas Llosa
El círculo de lectores, 1.973


Decía Vargas Llosa en un reciente artículo, que la alta cultura, es aquella que trata de dar respuestas a los innumerables interrogantes que la existencia plantea, lo que consigue dejar claro, que la otra cultura, la que podría definirse de popular, es la que aspira a todo lo contrario, es decir, a no responder a dichos interrogantes, a intentar pasar de puntillas por los problemas a los que tiene que enfrentarse todo ser humano. Siguiendo la misma línea argumental, la alta literatura, sería, la que en lugar de limitarse sólo a tratar de hacerle pasar un buen rato al lector, con historias banales que no aspiran a nada, se dedica a desarrollar argumentos, que tengan la virtud, de obligarle a reflexionar sobre lo que lee, lo que sólo podrá resultar posible, con tramas que muestren las fallas y toda la complejidad que define la existencia humana, pero siempre y cuando, paralelamente a lo anterior, en esas historias escritas se manifieste cierta voluntad de estilo. Si se acepta lo anterior, “Pantaleón y las visitadoras” no es, en ningún caso una obra que pueda encuadrarse en eso que se podría denominar alta literatura, y no lo es, sobre todo, porque no es una novela que aspire a perturbar al lector, mostrándole alguna de esas cuestiones que convierten la existencia en una tarea problemática, y ello a pesar, de que el enfoque del tema, se lleva a cabo con una intención literaria ciertamente envidiable. Es, por tanto, una novela formalmente ejemplar, pero que carece de un fondo que se encuentre a la misma altura que la estructura empleada para su exposición, siendo una obra vacía, y por ello muy postmoderna, que invita a pensar, que no se trata más que de un trabajado divertimento. Un trabajado y sofisticado divertimento que no aspira a otra cosa, que hacer que el lector pase un rato divertido y agradable con lo que lee. En esta ocasión, a pesar de que estoy convencido de que pocos estarán de acuerdo conmigo, “los árboles no dejan ver el bosque”, ya que la magnífica estructura empleada, que resulta sorprendente y admirable, impide observar, pues la oculta, la debilidad de la historia presentada. Se podría decir, por supuesto, que no hace falta que se sea tan exigente, que en el momento en que la obra consiga arrancar alguna sonrisa al lector, debe quedar justificada, pero no obstante, estoy convencido, que con una historia más ambiciosa, “Pantaleón y las visitadoras”, hubiera podido convertirse en una de las obras más paradigmáticas del peruano, en lugar de ser sólo, un divertido ejercicio narrativo, en donde, eso sí, se comprueban las dotes, las sobradas dotes que el autor posee para la narrativa. Después de haber vuelto a leer lo anterior, caigo en la cuenta, de que éste ha podido ser el grave problema de Vargas Llosa a lo largo de su ya dilatada carrera literaria, la de haber confiado en exceso en su capacidad narrativa, en lugar de esforzarse de forma denodada, por llevar a cabo obras que se encuentre en los límites de su propia maestría, que surjan de la frontera misma, definida entre lo que se puede y aún no se puede hacer, pues si algo le falta al peruano, es esa obra, que sin género de dudas, lo hubiera consagrado de forma definitiva. Gabriel García Márquez podrá presumir ante la historia de la literatura de “Cien años de soledad”, pero Vargas Llosa, que estoy convencido que es mejor narrador que el colombiano, sólo podrá afirmar cuando el tiempo pase, aunque eso tampoco se encuentra al alcance de cualquiera, que es el creador de una serie de novelas que siempre han estado por encima de la media, pero sin que ninguna de ellas, pueda ser considerada como una obra maestra.
A pesar de todo lo anterior, que admito puede ser excesivo, tengo que reconocer que desde hace muchos años soy un ferviente admirador de Vargas Llosa, del que creo haber leído toda su obra, aunque últimamente, me interesa mucho más su labor como ensayista, tanto en temas sociales como literarios, que como narrador, ya que en mi opinión, a partir de “La guerra del fin del mundo” se produjo un brusco giro en su obra (que en ocasiones he denominado aburguesamiento), que en lugar de enriquecerla, ha logrado empobrecerla de forma definitiva, al intentar, al menos esa es mi opinión, hacerla más accesible al gran público, ya que ese cambio parece que ha logrado impedirle seguir experimentando y cegándolo para la búsqueda de nuevos caminos, quedándose en el territorio, en los territorios que conocía y dominaba.
En “Pantaleón y las visitadoras”, un joven capitán del ejercito peruano, al que se le encarga la misión, debido a los continuos abusos que los soldados destinados en la selva amazónica ejercían sobre la población femenina de la zona, de crear una unidad, que tenía que encargarse de proporcionar prostitutas a dichos destacamentos, con objeto de aplacar la fogosidad sexual de la tropa. Pero dicha tarea, debido a la forma escrupulosa y sistemática en que el joven capitán la lleva a cabo, fracasa estrepitosamente, por la sencilla razón de que consigue alcanzar todos los objetivos que tenía presupuestado, haciendo de dicho servicio, el más popular del ejército peruano. Es decir, la empresa que se le encarga fracasa debido al éxito obtenido. Pero lo más importante de la novela, evidentemente no es la historia en sí, pues pese a su gracejo, lo que llama la atención desde un principio es la estructura sobre la que se monta dicha historia, que consigue subrayarla y realzarla, haciendo que consiga un valor añadido, que con toda seguridad no se hubiera producido si se hubiera contado de otra forma. Lo curioso de dicha estructura es que es ecléctica, al no conformarse el autor, con una metodología unitaria, como suele ser lo normal, sino utilizando diferentes soportes, siempre con la intención, como tiene que ser, de potenciar dicha historia. La novela está trabajada desde diferentes planos, como por ejemplo, desde los partes que envían los diferentes mandos de acuartelamientos sobre el desarrollo del proyecto, o desde las emisoras radiofónicas que lo criticaban, o gracias a la reproducción de los artículos, que ante todo lo acaecido, publicaron los periódicos de la región, aunque sin duda lo más logrado, es la yuxtaposición de los diálogos que van desarrollándose entre los diferentes personajes, lo que todo unido, consigue crear una visión amplia y plural de la historia que el autor trata de contar.
Comenté más arriba, que había leído toda la obra del peruano, pero esta novela a la que en estos momentos trato de acercarme, siempre se me había resistido, posiblemente porque el tema de la misma nunca llegó a interesarme. En esta ocasión, aunque no de forma voluntaria, he podido terminarla aunque no sin dificultad, pues creo que existe una descomposición entre la calidad y el peso del argumento y el que posee la estructura, que la convierten en una obra que pudo ser mucho más, mucho más de lo que es, aunque estoy seguro, que la mayoría de los que hasta ella se acerquen, disfrutarán de lo lindo con una novela ideada precisamente para que los lectores se diviertan con ella.

Viernes, 27 de febrero de 2.009

jueves, 5 de marzo de 2009

Los santos inocentes

LECTURAS
(elo.149)

 

LOS SANTOS INOCENTES

Miguel Delibes

Planeta, 1.982

 

 

Me resistía a leer esta novela, porque exceptuando “Cinco horas con Mario”, nada de lo que había leído de Delibes me había gustado, y también, porque la película que realizó Mario Camus, en su momento me había impresionado tanto, que estaba convencido que su lectura me iba a defraudar. El otro día, alguien me comentó que la estructura de la novela  era arriesgada, innovadora, pero no le hice caso, pues a la mente me vino “El hereje”, y le comenté que no me lo creía, que eso era imposible en Delibes. Pero por casualidad, mientras buscaba otro libro, me encontré con la novela en cuestión, de suerte que, comencé como quien no quiere la cosa a leerla, y sin darme cuenta, en dos sentadas la terminé. Quedé sorprendido, pues me había encontrado con una de esas obras que engrandecen la literatura, haciendo que la figura de su autor, al que nunca había tenido en mucha estima, sin duda por desconocimiento, se me apareciera de golpe agigantada, lo que me va a obligar a visitarlo con asiduidad.

                        Como ya sabía, “Los santos inocentes”, trata del despotismo que los propietarios agrarios, sobre todo en Andalucía y Extremadura, ejercen sobre el personal que trabaja a su servicio en las grandes fincas, a los que tratan, a pesar de ser elementos necesarios para el mantenimiento de las mismas, como a personas a las que, poco más o menos, se les hace el favor de que vivan allí. El argumento, como decía, lo sabía por la magnífica película que sobre ella se realizó, que creía, sobre todo por la soberbia interpretación de sus actores, que sin duda sería muy superior a la novela, que en término coloquial, imaginaba garbancera, es decir, de una aridez insoportable y de una linealidad insufrible. Pero no, nada más lejos de la realidad, pues Delibes, apuesta fuerte por una estructura nada habitual, en donde en seis capítulos, despacha con una solvencia innegable, una historia, que bien hubiera podido ocupar, contada de otra forma, seiscientas páginas. Cuando comencé la lectura me quedé sorprendido, ya que Delibes se salta las  normas gramaticales y narrativas habituales, no utilizando por ejemplo los puntos, sólo las comas, que en muchas ocasiones ejercen como puntos y aparte, que cuando funcionan de tal forma, abren paso al diálogo entre los diferentes personajes, lo que indudablemente favorece la fluidez de la narración. Para colmo, lo que me ha llamado mucho la atención, es  el hecho de que al ser la narración breve y de lectura  rápida, el autor se ha visto obligado, a no profundizar mucho en los caracteres de los diferentes personajes, teniendo que esforzarse de que sólo se dediquen a actuar, como en las buenas películas, dejando para los lectores, una posterior teorización sobre los mismos. Este hecho es fundamental en la novela, ya que lo explícito en ella, sencillamente no existe, a pesar, de que realiza una profunda crítica social. Sí, los protagonistas no piensan, no realizan monólogos interiores, sólo se dedican a ejercer su papel, siendo su comportamiento y sus actos, los que en todo momento los definen. Esto que debería ser lo habitual, no es lo normal ni en la novela clásica ni en la moderna, pues en ocasiones es el narrador, y en otras los personajes, los que se van identificando más por sus pensamientos que por sus actos. Unos personajes bien trazados, bien desarrollados, no necesitan justificar sus comportamientos, sólo hacer lo que tienen que hacer en cada momento, siendo el lector, que no siempre tiene que ser menor de edad, el que vaya cuadrando la trama que ante sí se presenta. Creo que Delibes acierta plenamente, tanto en la estructura como en el enfoque empleado, pues si hubiera empleado otra u otro, con toda seguridad, el resultado hubiera sido completamente diferente. Otra de las cosas que me han sorprendido de la lectura, es que a pesar de que sabía lo que iba a ocurrir en la novela, no me he aburrido con ella en ningún momento, lo que demuestra que en literatura, la importancia de la historia se relativiza, a favor de la forma en que es contada dicha historia. Precisamente en este hecho, es donde se diferencia la novela popular o de entretenimiento, de la novela de  calidad, en que en ésta no es fundamental el peso del argumento, mientras que para la otra, la historia que cuenta lo es todo, ya que sin ella, todo carece de sentido. La novela  de calidad también necesita de una historia, pero puede permitirse el lujo, de que sea débil o insignificante, pues sabe que no se apoya exclusivamente en ella, sino sobre todo en la palabra escrita y en el lenguaje empleado, siendo por tanto más autónoma e independiente de una historia que puede o no funcionar.

                        “Los santos inocentes” es una buena novela que he leído por casualidad, y que me pone sobre la pista de un autor que tenía olvidado, pero que me ha demostrado, a pesar de que lo tenía desechado, de que posee no sólo una gran profesionalidad, cosa de la que nunca había dudado, sino también, de una visión muy interesante de lo que debe ser una novela de calidad.

 

Jueves, 12 de febrero de 2.009

La piedra lunar


(elo.148)

 

LA PIEDRA LUNAR

Wilkie Collins

Libro de Bolsillo, 1.860

Tengo que anotar en primer lugar, que en circunstancias normales, en ningún momento se me hubiera pasado por la cabeza intentar leer esta novela, ya que los novelones decimonónicos, que siempre se encuentran tan cercanos al folletín, no son precisamente el tipo de literatura que más me interesa. No obstante, me he visto empujado a buscar y a leer esta novela, de la que curiosamente nunca había oído hablar, dejándome una vez concluida, un cúmulo de sensaciones que creo conveniente dejar sobre el papel.  En primer lugar, diré, que pese a la modernidad que algunos le atribuyen, “La piedra lunar” es una obra extraña e irregular, que sólo se sostiene, gracias a la estructura que el autor impone a la trama, y a la personalidad de algún que otro personaje, que pese a no lograr salir del estereotipado molde que el autor impone a todos ellos, consigue seducir en buena medida al lector. En mi caso, el primer narrador, sin duda alguna el más logrado, fue el que me empujó a  introducirme en la novela convenciéndome de que podría valer la pena su lectura, pues su sentido del humor, y su peculiar forma de entender lo que ante él acaecía, me aportaron los elementos que necesitaba para zambullirme en una obra de la que esperaba poco, pese a lo bien que todo el mundo me hablaba de  ella. También tengo que anotar, que ante todo es una novela de personajes, lo que queda subrayado, por el hecho, de que el autor les da la palabra a ellos, para que desde sus diferentes perspectivas, narraran los acontecimientos tal y como cada uno de ellos los habían vivido. Esto precisamente es, lo que más me ha interesado, lo que esencialmente me ha llamado la atención, por no decir lo único, de esta novela que en el fondo no aporta otra cosa, vista en su conjunto, que la posibilidad de pasar con ella una semana de agradable lectura. Los expertos dirán, que en ella aparece el germen de la novela negra actual, lo que puede  que justifique, que pese al tiempo que tiene sobre sus espaldas, siga siendo una obra que consigue hacer disfrutar a la mayoría de los que hasta ella se acercan. Bien, estoy de acuerdo de que se trata de una novela moderna, pero sólo en el hecho, de que es una obra que vela por el lector, de esas que aspiran a que éste no se aburra nunca, para lo que Collins emplea un sin fin de trucos, algo que exigían las novelas por entrega de la época (hay que recordar que el inglés fue un autor de éxito en su momento), que hace posible en buena medida que la novela no se caiga nunca. En este hecho sí puede encontrarse la modernidad de “La piedra lunar”, al ser una de las predecesoras de la actual novela mayoritaria, de la novela de entretenimiento, que son las que en la actualidad, abarrotan los estantes de nuestras librerías. Por ello me sorprende, que lectores que no paran de criticar este tipo de novelas, se entusiasmen con la obra de Wilkie Collins, encontrando en ellas sólo virtudes, sin pararse a comprender, que lo que tanto elogian en ellas, es lo que aborrecen de los superventas actuales. Una novela, cualquier obra literaria, debe en primer lugar enfrentarse a una crítica global, que es la esencial, para con posterioridad, afrontar un examen de sus partes. Ese es el motivo, por el que me choca, que algunos defensores de “La piedra lunar”, con la intención de justificar sus buenas críticas a la novela, en lugar de afrontar esa visión global de la misma, sin preámbulo previo, pasen a analizar las diferentes partes que componen dicha obra, como si la suma de sus partes, de ésta o de cual   quier otra novela, tenga que suponer o garantizar la calidad de una determinada obra literaria. “La piedra lunar, es una voluminosa novela, que queda lejos, bastante lejos, de los parámetros que hoy definen la literatura de calidad, pero se asienta en un lugar cercano, por no decir dentro, de lo que siempre se ha entendido por literatura popular, siendo este el motivo, por el que aún consigue reeditarse sin parar y que goce de tan buena acogida dentro de la comunidad de lectores.

                        Es una novela que se lee bien, aunque tengo que reconocer, que ha habido fragmentos que me han resultado insufribles, cuyo objetivo, como dije un poco más arriba, parece que radica exclusivamente, en conseguir que el lector pase un buen rato, un prolongado rato agradable, mientras que se entretiene observando, como los protagonistas tratan de narrar lo que realmente ocurrió con “La piedra lunar”. Por lo pronto, en contra de lo que en principio pensé, dejaré para más adelante, la lectura de su otra obra emblemática, “La dama de blanco”, pues no estoy capacitado, por lo menos durante un tiempo, para soportar otra lectura de las mismas características.

 

Miércoles, 4 de febrero de 2.009