domingo, 26 de octubre de 2008

Elegía


LECTURAS
(elo.137)

ELEGÍA
Philip Roth
Mondadori, 2.006



Desde hace tiempo, con toda seguridad, Roth es mi escritor favorito, pero a pesar de ello, debido posiblemente al regusto amargo que me dejaron sus últimas obras, no corrí en su momento a la librería más cercana a comprar “Elegía, su más reciente novela. Ahora, tiempo después, he podido con satisfacción enfrentarme a ella, comprendiendo, que a pesar de su edad y de su dilatada producción, el norteamericano sigue siendo, al menos desde mi punto de vista, uno de los mejores y más poderosos escritores vivos que pueblan en la actualidad la cada día más anémica república de las letras. Con referencia a la obra en sí, en primer lugar tengo que decir, que la novela puede leerse en una tarde, pues tiene la virtud de atrapar al lector desde el primer instante, haciendo que éste, difícilmente, si cuenta con el tiempo suficiente, pueda abandonar la lectura. Lo anterior, que no está al alcance de cualquiera, sobre todo cuando se trata de un tema como el presentado, habla por sí sólo, de la maestría a la que ha llegado Roth. En esta ocasión, como en anteriores novelas suyas, habla de la muerte y de la vejez, o mejor dicho, de la lucha contra la muerte y de la posibilidad, siempre difícil, de poder convivir con la vejez, apareciendo la vida vivida, los recuerdos, como algo que se encuentran ahí, y que no siempre resulta grato rememorar. La vida desde la vejez, parece decirnos el novelista, siempre tiene dos miradas, una que se dirige hacia lo inevitable, hacia lo que tiene que llegar, y otra, que intenta abarcar todo lo vivido, dos visiones nada reconfortantes. En demasiadas ocasiones, se habla de la vejez como si se tratara de un merecido periodo de descanso, en donde uno deja atrás la necesidad de enfrentarse a la realidad, con la intención de esperar de forma apacible, dedicándose a aquello que siempre ha deseado, el momento definitivo en que todo acabe. Pero no parece que esa sea la opinión de Roth, que ve la vejez, no ya como una batalla perdida de antemano, sino como una masacre de individuos incompletos, que en ningún caso pueden, acercarse o asomarse a la vida, sólo a la muerte y a los recuerdos. Se podría decir, que a esas edades esperar la muerte es lo lógico y también lo natural, pero cuando se comprende que la muerte lo único que significa es el fin, que lo único que se está realizando en la vejez es dar los últimos pasos, casi siempre bajo la amenaza paralizante de los achaques, y cuando se tiene consciencia de que la vida vivida no ha sido todo lo satisfactoria que se hubiera deseado, entonces, hay que reconocer que no es ese estado idílico que a veces se dibuja, ese lugar en donde teóricamente se recogen todas las recompensas y todos los frutos que en su día se sembraron. Y no lo es, entre otras cuestiones, porque la vida no es lineal, ya que en ningún caso es ese camino recto al que a un paso le sigue otro, no, la vida no es sencillamente sembrar y recoger, poner ladrillos sobre ladrillos, sino más bien, enfrentarse a una multitud de posibilidades con las que casi nunca se acierta. Por ello, mirar desde el último recodo hacia atrás, no puede resultar en ningún caso gratificante, pues desde esa perspectiva, se tienen que observar todos los muertos que uno ha dejado en la cuneta, todos los incendios que ha provocado, y sobre todo, la imagen real que se ha dejado abandonada en la memoria de los demás.
La novela de Roth comienza nada más y nada menos, con la escena del entierro del protagonista, en donde todos los que estuvieron más o menos cercanos a él, le realizan un pequeño homenaje, para a partir de ahí, en tercera persona, pasar a narrar a grandes rasgos su vida, agarrándose al hilo conductor de sus enfermedades y sus problemas con la salud, hasta que un día, sólo, como realmente hay que morir, no despierta de la última operación a la que es sometido
“Elegía” es una novela desgarradora, en donde alguien realmente preocupado por la muerte y la vejez, como sin duda lo es Roth, reflexiona y llega a una sombría conclusión, que es un periodo vital al que nunca se debería llegar.

Martes, 7 de octubre de 2.008

jueves, 16 de octubre de 2008

Ámsterdam


LECTURAS
(elo.136)

ÁMSTERDAM
Ian McEwan
Anagrama, 1.998

Según parece, la venganza es un plato frío que debe elaborarse con paciencia y sin descuidar ningún ingrediente. Este es el tema que aborda McEwan en esta magnífica novela, que sin duda alguna, y no soy precisamente amigo de su forma de entender la literatura, es la mejor, la más lograda, de las que de él he leído hasta ahora. El inglés pone sobre la mesa, en esta ocasión toda su sabiduría narrativa al servicio de una historia potente, y le ha salido bien, pues no creo que ningún lector, después de haberla leído, haya podido quedar indiferente ante el poderío de la misma. Ámsterdam es una gran novela de nuestro tiempo, trepidante y con el tamaño justo, una de esas extrañas novelas, por insólitas, con las que poder pasar un fin de semana sin necesitar nada del mundo, salvo que nos dejen tranquilo con ella. Pero intentaré ir por partes, pues he abandonado una serie de afirmaciones que creo conveniente justificar, pues a estas alturas, si algo no basta y carece de sentido, aunque al parecer es lo normal en los tiempos en que vivimos, es el hecho de opinar sobre todo lo que se mueva, sin que tales manifestaciones queden respaldadas, o sostenidas, por planteamientos minimamente elaborados.
Para comenzar, diré, a pesar de ser consciente de que nado a contracorriente, que no soy precisamente un enamorado de la literatura que realiza McEwan, lo que me suele acarrear la incomprensión, y a veces el enfado de mis amigos, pues hoy en día, el escritor británico, es considerado entre los amantes de la literatura de calidad como el ejemplo a seguir, el paradigma literario por excelencia. Yo sin embargo mantengo mis dudas, basadas aunque pueda parecer contradictorio, en el alto concepto que tengo de sus dotes narrativas, que a mi juicio, al igual que hacen otros miembros de su generación, despilfarra en obras que no suelen estar al mismo nivel de su talento. Es decir, lo que critico de McEwan, aunque parezca mentira, es todo lo contrario de lo que habitualmente suelo criticar, entre otras razones porque pertenece a otra galaxia literaria, estando su nivel medio, muy por encima de la mayoría de los autores de éxito que pululan, tropezando entre sí, por la saturada república de las letras. Con lo anterior, lo único que deseo decir, es que las obras que de él me llegan, siempre me resultan insatisfactorias, no estando nunca a la altura que esperaba, de lo que sin dudas el británico podría aportar. ¿Pero qué es realmente lo que le exijo? Lo que injustamente le exijo, y lo comprendo, es que se enfrente definitivamente a la literatura de calidad, a lo que algunos llaman alta literatura, y que de una vez por todas, abandone la literatura de entretenimiento; que afronte la literatura como una búsqueda, que tenga el valor, él que puede, de situarse en el límite, en donde convive lo que es y lo que aún no es literatura, en otras palabras, lo que me gustaría es que dejara atrás el cómodo territorio en donde se encuentra, pues los aplausos ya tienen que aburrirle, y que se arriesgue, que apueste, si es posible todo a un mismo número, por obras que puedan situar la cota literaria un poco más allá. Lo anterior evidentemente no suelo decírselo a cualquiera, sólo a los que considero que pueden y no quieren, como es el caso de McEwan.
No obstante, ciñéndome a la novela en sí, y no a lo que me gustaría que fuera, tengo que reconocer, que es una obra con la que se puede disfrutar, ya que el ritmo impuesto por el autor es arrollador, dotada de una apertura insuperable y de un final de esos a los que nos tiene acostumbrado McEwan, en donde nadie espera lo que va a suceder. La novela, trata de la historia de un individuo, que después de quedar viudo, trama una estrategia para vengarse de los tres amantes que había tenido su mujer, con objeto de quedarse como único depositario de su recuerdo. Es una obra, que en el fondo, no aspira a más, aunque desarrollada con innegable inteligencia, que a eso tan importante y a la vez tan difícil, de que el lector pase un buen rato, lo que indudablemente le quita valor, pues en contra de lo que suele ocurrir con las grandes novelas, que crecen y crecen cuando la lectura finaliza, ésta, como otras suyas, se difumina hasta desaparecer, o casi, a partir de ese preciso instante. Es una de esas novelas, cuya historia no va más allá de la propia historia, desarrollada e ideada, para captar la atención desde el primer momento, posiblemente, porque la concepción que el autor posee de la literatura es esa, lo que en el fondo es una lástima.
Pero Ámsterdam, y ahí posiblemente se encuentra las claves de su éxito, ante todo es una obra de nuestro tiempo, reflejándose en ella a la perfección el momento en el que vive la literatura, y por extensión el resto de las manifestaciones artísticas. Hoy en día, cuando todo lo calibra el mercado, siendo éste el que valora todo lo que entra por sus puertas, carece de sentido, al menos eso es lo que se piensa, vivir de espaldas a él. Lo anterior significa, que hay que crear obras que puedan ante todo venderse, cuidando que la calidad de las mismas, en el mejor de los casos, no impida su competitividad, lo que quiere decir, que la calidad debe supeditarse en todo momento a las necesidades de dicho mercado. El mercado lo que exige, o mejor dicho, el público lo que pide, son obras de calidad, que tengan como objetivo, no el de perturbarle ni el de mostrarle nuevas perspectivas, no, pues el consumidor mayoritario, el que compra libros o el que va al cine, lo único que desea es encontrar obras que tengan la virtud de hacerle pasar un rato agradable, para con posterioridad, volver a sus quehaceres habituales como si nada hubiera pasado, lo que significa, que lo que realmente se necesita no son obras de artes, sino productos realizados por buenos profesionales. McEwan es uno de los mejores profesionales que posee en estos momentos la literatura, de ahí su multitudinario reconocimiento.

Viernes, 26 de septiembre de 2.008

martes, 7 de octubre de 2008

Para Ana


ACERCAMIENTOS
(elo.135)


Querida Ana:

Recuerdo, que cuando era un adolescente, un adolescente raro pues todo el día me lo pasaba leyendo, mi abuela, una mujer sufrida que lo único que había hecho era trabajar durante toda su vida, se acercaba preocupada y me preguntaba por lo que estaba leyendo, siendo su única intención (ya que era analfabeta y no podía comprender cómo me podía pasar tantas horas tirado en el sofá con un libro entre las manos), la de saber si estaba enfrascado en una novela, o por el contrario, en algo que en realidad sirviera, que me sirviera para algo. Evidentemente mi abuela entendía o imaginaba, como muchos, que las novelas sólo servían como entretenimiento, al creer, que se trataban de unos extraños artilugios, inaccesibles para ella, en donde uno se refugiaba para pasar un rato agradable en lugar de ver un partido de fútbol o salir con los amigos. Como comprenderás, siempre le respondía lo mismo, que eran libros que me habían recomendado en la facultad y que tenía obligatoriamente que leer. La novela, y el ejemplo anterior puede servir para demostrarlo, en el fondo siempre ha tenido mala fama, pues su función parece que siempre ha sido superflua y accesoria, sirviendo sólo para disfrutar gracias a ella, con los avatares de este o de aquel personaje, sin que el lector, en ningún caso, pudiera encontrar nada interesante ni productivo en ellas. Mentía a mi abuela, y así me ha ido, ya que por aquella época si algo no hacía era estudiar, deseando sólo tener el dinero suficiente para poder comprarme las obras de mis autores favoritos, que por aquellos lejanos tiempos, recuerdo, eran casi todos sudamericanos. No leía para aprender, ni mucho menos para comprender el mundo, sólo para disfrutar, por ejemplo, con el jazz de Johnny Carter y para solidarizarme con Bruno en “El perseguidor”, o para ponerme en el lugar del coronel Aureliano Buendía, cuando delante del pelotón de fusilamiento, recordó el día en que su padre le llevó a ver el hielo. En fin, en lugar de estudiar me dediqué a enamorarme como un loco de la Maga y a conocer a fondo, de forma pormenorizada a ese viejo amigo (que nunca me ha abandonado) que se llama Raskolnikov. Sí, la literatura, como no pudo ser de otra forma, en un principio, para mí también significó sólo eso, entretenimiento, pero ahora comprendo, que casi todo lo que sé se lo debo a ella, que en todo momento me ha acompañado haciéndome la vida más soportable y comprensible.
Hace unos días, hablando con un amigo, entre cerveza y cerveza y sin darnos cuenta, nos vimos despotricando de la filosofía, del estéril callejón sin salida en que se encuentra, y por supuesto, de la poca vida que le queda. Sí, los dos convinimos en que la actual situación de la filosofía, gracias sobre todo al voluntarioso esfuerzo de los profesionales del ramo, más tarde o más temprano la conducirá a la muerte por inanición, pues desde hace muchos años, debido a que se encuentra enclaustrada en los departamentos universitarios, ni le da el sol ni se alimenta adecuadamente. De lo que también estábamos seguros, es que ninguno de los dos asistiríamos a su entierro, al que sin duda acudirán las autoridades civiles y eclesiásticas. La filosofía está muerta, y si aún por algún extraño motivo no lo está, seguro que se encuentra agonizando, quedando lejos los días en que Savater, y otros, proclamaba que era “el anhelo de la revolución”, la disciplina que nos haría libres, pues su función en la actualidad, o su justificación, no es otra que la de alimentar con dinero público, y sálvese quien pueda, a un puñado de ratas de bibliotecas, a los que aún les pone masturbarse con cualquier cita de Spinoza o Leibniz.
Acto seguido, posiblemente porque nos gusta demasiado hablar parapetados tras la barra de un bar, comenzamos también sin darnos cuenta a elogiar la literatura, pero no por sus historias, sino por su función última, la de ser objeto de conocimiento. Efectivamente, los dos habíamos llegado después de tantos años, al convencimiento de que la literatura, y más concretamente la novela, la buena novela, es ante todo un instrumento de conocimiento inagotable, precisamente por el hecho, de ser la disciplina artística más cercana a la vida. La filosofía, y en menor medida el ensayo, se apoya en los conceptos, aspirando a introducir en ellos toda la vitalidad existente, engañándose aún en creer, y lo que es peor, en intentar hacernos creer, que dos y dos siempre son cuatro. Pero no, los conceptos, esos cuencos fabricados para hacernos la vida más fácil, gracias a los cuales poder clasificarlo todo, de forma constante se ven impotentes ante la eterna vitalidad de la vida, que no soporta que nada ni nadie intente canalizarla. Por eso, cuando nos acercamos a una buena novela, en donde nunca los personajes pueden aparecer acartonados (para eso tenemos los best-sellers), observamos que la vida fluye, bastando prestar sólo un poco de atención, para comprender las diferentes perspectivas que nos ofrecen y las enseñanzas que nos pueden aportar.
A estas alturas ya no basta con que nos digan que esto es bueno o malo, que el camino correcto y adecuado es el que corre paralelo al río, y no ese otro que se adentra en la espesura del bosque, lo que nos interesa es llegar por nuestros propios medios a ese convencimiento, y eso sólo lo podremos conseguir mediante la experiencia. ¿Hay mejor experiencia, querida Ana, que las cientos de novelas con las que hemos disfrutado a lo largo de nuestras vidas?

Un beso.

Martes, 23 de septiembre de 2.008

viernes, 26 de septiembre de 2008

Cuando fuimos huérfanos


LECTURAS
(elo.134)

CUANDO FUIMOS HUÉRFANOS
Kazuo Ishiguro
Anagrama, 2.000

Comenté en algún lugar hace unas semanas que el destino existe, pero en ningún caso como una arbitraria imposición de los dioses tal como algunos aún quieren entenderlo, sino como el efecto o la consecuencia de la estructura mental que cada cual posee, que está constituida, no sólo por la acumulación de incontrolados factores genéticos, pues en ella también tiene una importancia radical las obsesiones y las insatisfacciones, los deseos y las aspiraciones que cada uno atesora. Sí, el destino existe, siendo la meta que cada cual, lo quiera o no, sabe que tiene que alcanzar, de suerte que, si ésta no se consigue, si el esfuerzo por alcanzarla no se lleva a cabo, uno puede llegar a sentir, que el verdadero sentido de su existencia ha quedado en suspenso. El destino, por tanto, son una serie de objetivos que cada uno tiene que conseguir, siendo tan vitalmente importantes los mismos, que si de forma consciente o inconsciente se dejan a un lado, la trayectoria que cada uno desarrolla queda sin justificar. Cumplir esa tarea que todos sabemos que tenemos la obligación de llevar a cabo, por tanto, es lo único que puede justificar nuestra existencia, a pesar de que uno se embarque en otras cuestiones teóricamente más importantes, pues todos sabemos en nuestro fuero interno, qué es lo verdaderamente esencial y qué lo accesorio. Enfrascarse en intentar afrontar dicha tarea, en contra de lo que en principio pudiera parecer, no siempre es el camino más fácil, pues en muchas ocasiones, el mero hecho de intentar materializarla, puede poner en peligro la estabilidad y la felicidad del que aspira a hacer realidad su cometido. De esto trata la novela de Ishiguro, de la necesidad de hacer los que hay que hacer, aunque ello suponga dejar de disfrutar los placeres de una vida plena.
“Cuando fuimos huérfanos” es ante todo una buena novela, una novela escrita por alguien, que conoce los fundamentos sobre los que debe edificarse la novela de calidad, y que desde los cuales, realiza una novela de entretenimiento, una especie de novela negra, en la que destaca la maestría del autor, para sin caer en una estructura narrativa plana, como sería de rigor, conseguir captar la atención del lector desde el primer momento. Es una novela, con la que podrán disfrutar todos los que hasta ella se acerquen, aunque creo, que Ishiguro, como la mayoría de los componentes de su generación, posiblemente al ser consciente de su poderío narrativo, caen en una trampa difícil de sortear, la de crear obras interesantes, que suelen conseguir un éxito apreciable, pero que se encuentran muy por debajo de su capacidad literaria. Es sorprendente la solvencia de Ishiguro, como la de Amis o Barnes, pero también resulta sorprendente, que un autor como él, se embarque en una novela como la presente, en una obra de trama, en donde los diferentes personajes, incluso el protagonista, quedan eclipsados, o mejor dicho difuminados por una historia que les supera. “Cuando fuimos huérfanos” es una novela popular de calidad, escrita por alguien que puede aspirar a mucho más, pues el tema de la obra, hubiera podido dar más de sí en el caso de que la historia que lo ampara hubiera sido otra, pero sobre todo, si la ambición del autor hubiera sido diferente.
Pero no quiero parecer contradictorio. Dije que se trata de una buena novela porque creo que su nivel es muy aceptable, teniendo páginas memorables, como cuando el protagonista, siendo aún un niño, se enfrenta a la desaparición de su padre mientras su pensamiento se centra en la traición que acababa de infringirle a su mejor amigo, pero sobre todo, porque la astucia del autor, consigue que la novela, pese a sus dimensiones, exija la dedicación plena del lector, al que obliga a leer y a leer sin descanso. Pero a pesar de lo anterior, que es mucho, hay que decir en contra de la novela, aparte de que es poco ambiciosa, pues sin dudas hubiera dado más de sí en el caso de que el autor se hubiera empeñado en ello, que el acartonamiento del personaje principal de la misma, del que el lector apenas llega a conocer nada cuando acaba la novela, salvo sus rasgos más relevantes, deja mucho que desear, pues en el fondo, y creo que esto si puede resultar grave, vista desde fuera, tiene grandes similitudes con esas mediocres películas norteamericanas, que se rodaron en la España de la posguerra, cuya acción se desarrollaba en Pekín, en donde las tropas de las diferentes potencias coloniales tenían que proteger a su población, al tiempo que hacer frente al imparable avance de las tropas invasoras japonesas. Y digo desde fuera, pues mientras que uno lee y lee, sumergido en una especie de hechizo, no se da cuenta de la falsedad de la historia, del acartonamiento de la misma, hecho que sin duda es causado por el poco cuidado que el autor presta a sus personajes, que carecen de algo fundamental, de vida, de vida propia, hecho que les aporta poca credibilidad a la obra. Pese a lo anterior, sigo pensando que es una buena novela, una buena novela para pasar un buen rato, pero que carece de la calidad necesaria para ser una novela de nivel superior, lo que no quiere decir que no sea recomendable, aunque sólo sea para aquellos que disfrutan con una literatura amena sin más pretenciones, pero siempre y cuando no sean demasiado exigentes.

Viernes, 19 de septiembre de 2.008

martes, 23 de septiembre de 2008

Sobre la nueva izquierda


ACERCAMIENTOS
(elo.133)

Sobre la nueva izquierda

Hablar de la izquierda o intentar reconstruir la izquierda como si nos encontráramos en los años sesenta o setenta, como muchos aún, desde cierta modernidad siguen haciendo, es ante todo un despropósito. Escribir en tribunas de cierto prestigio, que Izquierda Unida carece ya de recorrido y que es fundamental, para el bien de todos, recuperar y fortalecer al Partido Comunista, como si éste no hubiera tenido nada que ver en la actual situación de la coalición, es no haber entendido nada de la deriva que padece la izquierda española desde hace demasiados años. Estoy un poco cansado, o un mucho, de escribir y de hablar de lo mismo, de la necesidad de recuperar el pensamiento de izquierdas, pero también de escuchar mamarrachadas, sobre las que para colmo se desea reedificar esa nueva izquierda.
Lo último que he leído sobre el tema, es una propuesta de relanzamiento, que se basaría en la creación de un nuevo Frente Popular, sí como el del treinta y seis, en donde los diferentes partidos y organizaciones que aún se califiquen de izquierdas, trabajen contra el capitalismo realmente existente bajo la sombra de un mismo programa. Bien, pero esto se dice después de afirmar que Izquierda Unida ha muerto, que a estas alturas carece ya de sentido y que su fórmula ha caducado. Tengo que reconocer que a veces no comprendo nada, pues parece, que la memoria de algunos, hace agua sobre determinadas cuestiones pero se mantiene inalterable en otras. Izquierda Unida nació, y lo sé porque participé modesta pero activamente en su creación, precisamente como eso, como una coalición de partidos y organizaciones políticas, que bajo un mismo paraguas programático, presentara una propuesta netamente de izquierdas a la sociedad española, en donde incluso, se reconocía la figura de los denominados independientes, personas que sin estar afiliadas a ninguna organización o partido, desearan desde su independencia, trabajar en la medida de sus posibilidades en la organización. Posiblemente sea verdad que Izquierda Unida, veinte años después de su constitución se encuentre agotada y con poca vida por delante, pero creo que tal hecho se debe, no a que la idea sobre la que se articuló fuera errónea, no, sino a la utilización que muchos de sus componentes han hecho de la misma, y muy especialmente, a la instrumentalización que el grupo mayoritario, el Partido Comunista, ha llevado a cabo de forma sistemática, mirando en todo momento sólo por sus intereses. Los dirigentes del Partido Comunista, pues su fiel militancia siempre ha sido otra cosa, han visto a Izquierda Unida como una máscara detrás de la que poder esconderse, gracias a la cual poder salir airosos de la indudable crisis, en todos los sentidos, que atravesaba y sigue atravesando, intentando paralelamente con todos los recursos de los que disponía, de controlar de forma directa e incluso indirecta la organización. Sí, posiblemente, y esto cualquiera que haya vivido la dinámica interna de la misma lo podría afirmar, el Partido Comunista ha sido el gran culpable del fracaso tanto institucional como social de Izquierda Unida, ya que nunca, en el fondo, ha creído en su proyecto, esperando desde un principio que amainara el temporal que lo hipotecaba, para salir de nuevo, en solitario a la arena pública.
Pero a pesar de estas guerras internas por el control de la izquierda, en las que algunos ya se han profesionalizado e incluso doctorado, hay que reconocer, como bien se sabe, que no corren buenos tiempos para ella. No corren buenos tiempos, pero sin embargo nadie duda de su necesidad, de la importancia para el conjunto de la sociedad de que exista una izquierda cohesionada y bien articulada. La izquierda, y creo que éste es su grave problema, después de sus últimos y estrepitosos fracasos, se ha quedado desnuda, sin programas ni ideas que poner sobre la mesa, sin capacidad para ilusionar de nuevo a la sociedad, y sin argumentos para poder convencerse ni tan siquiera a sí misma. Sólo en el mejor de los casos, le quedan varios conceptos, como el de igualdad y el de democracia, que en todo caso se tendrían de nuevo que definir, que sin ningún género de dudas le siguen aún perteneciendo. Sí, pero desde tan reducido equipaje, si realmente se desea que siga existiendo, tendrá la izquierda que reconstruirse, y no como algunos desean, desde los antiguos discursos que a nadie en estos momentos difusos interesan. Seguir hablando de la clase trabajadora, de partidos fuertes y compactos que abanderen la causa común de los más desprotegidos, del sistema capitalista que hay que derribar sin analizar con anterioridad los soportes sobre los que se apoya, es seguir añorando una izquierda que fue y que no volverá, y no hacer nada por intentar refundarla. Como decía antes, es necesario buscar lo que aún no se ha volatilizado ni corrompido, para después de quitarle el polvo, comenzar a preparar, a partir de lo que quede, los discursos y las estrategias que sean necesario, pero no basándonos en los que nos gustaría que fueran las cosas, que siempre ha sido lo habitual, sino en la realidad misma, esa que nunca nos ha gustado ni interesado. Lo anterior significa que hay que ser modestos, y comprender en primer lugar, que la izquierda real siempre tendrá que ser minoritaria, pues sus postulados, nos gusten o no, son ante todo antinaturales, muy difíciles de aceptar, y mucho más de llevar a la práctica. Hablar de igualdad en un momento como el presente, en donde cada cual se siente singular, en donde tener más que el vecino de arriba es la única tarea que nos pone en movimiento, no resulta nada fácil. Tampoco lo es hablar de democracia, sobre todo cuando este concepto, o idea, por la que tanto se ha luchado, gracias sobre todo a los políticos profesionales que con nuestro voto nos representan, se ha convertido en la gran entelequia de nuestro tiempo. No obstante, la nueva izquierda, la izquierda del futuro, si algún día llega a materializarse, tendrá que sustentarse sobre estas dos ideas fuertes, que son las únicas, que con paciencia y trabajo, podrán poner a la izquierda en movimiento, y no sobre las que de vez en cuando, uno se ve obligado con cierta vergüenza a escuchar.

Viernes, 12 de septiembre de 2.008

domingo, 21 de septiembre de 2008

La buena letra



LECTURAS
(elo.132)

LA BUENA LETRA
Rafael Chirbes
Anagrama, 1.992


Sí, desde siempre hemos echado en falta el plano, el que nos hubiera facilitado llegar a ese lugar tan ansiado, en donde con seguridad, si no la felicidad, hubiéramos podido encontrar ese sosiego que tanto necesitamos, y por eso, al menos así de vez en cuando lo creemos, nos vemos dando vueltas y vueltas, sin comprender que ni avanzamos ni nos encontramos paralizados, y que nuestra existencia se reduce a eso, a tener que tropezar siempre, una y otra vez contra los mismos obstáculos. Pese a ello, por mero voluntarismo, o cabezonería, nos empeñamos en negar de forma constante aquello de que “somos andarines de órbitas”, como un día nos definió el neurótico de Juan Ramón. La cuestión posiblemente radique, en que ese mapa no existe, de que nunca ha existido, al ser sólo un invento de los idealistas, de ese ejército que en todo momento, con sus religiones y sus ideologías, han conseguido llenar nuestras existencias de fantasías y de consuelo, sí de mucho consuelo, al haber aceptado de ellos la droga dura y mágica que nos hace ver, como si de un espejismo se tratara, todo lo que podríamos haber sido, lo que sin dudas hubiéramos podido haber sido, si las circunstancias hubieran sido otras. Pero si el famoso mapa es sólo un invento de unos cuantos iluminados, y de la multitud de palmeros que en todo momento les han acompañado, de lo que no hay dudas, al menos yo no las tengo, es de la existencia del destino, pero no entendido éste como una imposición de los dioses, que tampoco nunca han existido, al ser también un invención de los de siempre, sino como el resultado de la estructura mental que cada uno de nosotros posee. Todos repetimos de forma constante nuestros esquemas, algunos para bien, avanzando, resolviendo problemas, mientras que otros para mal, atorándose, cayendo en negativos círculos viciosos que sólo consiguen envolverle en el sufrimiento y en la desesperación. Ni tan siquiera en esto somos iguales, mientras que algunos avanzan de forma sorprendente por la selva que les ha tocado en suerte, desenmarañando con su machete de punta afilada los problemas que se les presentan, los más, no tienen más remedio que buscar un claro en el bosque, e instalarse, en la mayoría de las ocasiones en el primero que encuentran, con la esperanza, con la pobre esperanza, de que ese sea el lugar adecuado para esperar, con paciencia y resignación, todo lo que con seguridad se le vendrá encima. Para nadie hay esperanza, para nadie, pero menos para estos últimos, que saben por experiencia, que a la tormenta de la que han salido mal parados, le sucederá otra y otra, hasta que por fin, todo acabe de forma definitiva cuando menos se espere. Contra la esperanza hay que escupir, a no ser, que se postule como el cobijo en donde hay que refugiarse para no pensar en el presente, en lo que nos ocurre, pero siempre y cuando, de que en todo momento se tenga consciencia de que sólo es eso, un lugar imaginario en donde poder resguardarse, en virtud del cual, poder dejar de observar por unos instantes tantos sufrimientos y tantas derrotas.
Chirbes, en esta deliciosa y meritoria narración, parece que nos habla de esto, de que quien ha nacido para sufrir, lo que tiene que hacer, porque todo es circular, es asumir tal hecho, y prepararse para el aguacero de la mejor forma posible, con la certeza, de que esa es desgraciadamente la vida que le ha tocado en suerte y no otra. Hacer lo contrario, es luchar contra los elementos, contra unos elementos que, siempre tendrán la virtud de superarlo en todo momento.
Una mujer le cuenta a su hijo ausente, y a sí misma su vida, apoyándose en la capacidad que posee la palabra para ordenarlo todo, dejando constancia, de que en ella, todo había sido una concatenación de sucesos negativos que en ningún momento le habían dejado margen para ser feliz, pues cuando creyó que se aclaraba tanto su presente como su futuro, en el momento en que su marido salió de la cárcel, otros acontecimientos, con rapidez, oscurecieron de nuevo su horizonte.
La metodología empleada para desarrollar la narración, evidentemente no es innovadora, pues recuerda a la literatura epistolar tan e boga en el pasado, pero resulta muy útil para exponer las ideas que el autor desea transmitir, aunque cae en la trampa de no profundizar en demasía en los diferentes personajes que rodean a la narradora, sobre todo en su cuñado, el personaje más interesante con diferencia de la historia, aunque, y esto es menos perdonable, tampoco la deja ver a ella por entero. En el lector, no obstante, queda una imagen bastante completa del cuadro que se desea mostrar, de suerte que ninguno de los diferentes elementos que lo integran, y hubieran podido hacerlo, consiguen eclipsar el conjunto de la narración, lo que sin duda es un éxito, pero estimo, que la obra hubiera tenido más calado, siendo por tanto más completa y compleja, si se hubiera profundizado más en los personajes. No quiero ni siquiera creer, por ejemplo, que la deriva del cuñado de la protagonista, la que provocó el derrumbe de su marido, y por extensión de su matrimonio, se debiera sólo a que éste estuviera enamorado de ella como en buena medida se deja entrever. Sin embargo, y pese a estos pequeños detalles, que en ningún momento pueden empañar el resultado final de la obra, tengo que subrayar que “La buena letra”, aunque en gran medida sea una novela menor, resulta una obra muy recomendable cuya realización no se encuentra al alcance de cualquiera.
Es la segunda novela que leo de Chirbes, y a pesar de que entre ambas apenas existen semejanzas, salvo que en las dos el tema central es la derrota, algo me ha quedado claro, el hecho incuestionable, de que el valenciano es uno de los pocos autores interesantes que pueblan el panorama literario, lo que me va a obligar, con mucho gusto por supuesto, a profundizar en su obra.

Martes, 9 de Septiembre de 2.008

viernes, 19 de septiembre de 2008

Más sobre la literatura de calidad y la popular


ACERCAMIENTOS
(elo.0131)

Más sobre la literatura de calidad y la popular

Las diferencias entre las denominadas literatura popular o de entretenimiento y la alta literatura no resultan fáciles de delimitar, al existir amplias zonas en donde ambas se solapan entre sí, estableciéndose entre ellas una interrelación fronteriza, que dificulta una visión minimamente objetiva de las mismas. Evidentemente en los extremos todo resulta más diáfano, ya que nadie después de leer, por ejemplo, a Bellow o Marías, calificaría a estos autores, por muy pocas lecturas que se tengan sobre las espaldas, como novelistas populares que sólo buscan el entretenimiento de sus lectores. Lo mismo ocurre pero en la otra vertiente, con escritores como Stephen King o Dan Brown.
Partiendo de la base indiscutible, al menos desde mi punto de vista, que toda buena novela, en primer lugar tiene que entretener al lector a la que va dirigida, resulta necesario buscar otro punto de referencia, que no sea el entretenimiento, para distinguir a una y a otra Se podría decir, por supuesto, que existe un entretenimiento banal y otro enriquecedor, pero en el fondo, si se piensa bien, tan enriquecedor puede resultar disfrutar con una novela banal debajo de una sombrilla, que con otra que para adentrarse en ella necesariamente haga falta un lápiz y un papel, ya que todo depende de las necesidades de cada lector.
Todo esto viene a colación por dos cuestiones, por la recomendación que he realizado de una novela, y por la lectura de una entrevista a John Grisham, uno de los grandes autores de best sellers del momento, que me ha resultado extremadamente esclarecedora. La novela en cuestión es “Una mujer difícil” de John Irving, de la que guardaba un buen recuerdo desde que la leí, y que sin pensarlo dos veces, se la aconsejé a una persona muy cercana, con la certeza, conociéndola, de que iba a disfrutar con ella, como así ha sido. La novela podría ser definida por algunos como un best seller, lo que se sostendría por dos hechos, por el gran número de copias vendidas de la misma, y por ser una novela accesible, de esas que se leen con una facilidad endiablada. Pero el problema es que también es algo más, lo que no significa que se trate de una novela de primera línea, al ser una narración de personajes complejos, lo que quiere decir reales, muy alejados del acartonamiento y de la unilateralidad de los que pueblan las páginas de los superventas. A donde quiero llegar, es que “Una mujer difícil” es una de esas obra, de las muchas, que con dignidad (no todas lo son) pueblan esa amplia zona fronteriza de la que hablé con antelación, que no pueden se definidas sin más como obras de evasión, pero que tampoco, para qué engañarnos, con lo que algunos denominan literatura de calidad, de esas que necesariamente hay que ir vestidos, mientras se lee, como si se estuviera en la oficina. Es el tipo de literatura que gusta a los que ven la lectura, no como una profesión, sino como una agradable y civilizada forma de pasar el tiempo, que es el concepto que de la literatura poseen la mayoría de los lectores; una novela bien realizada que potencia el gusto por la lectura, lo que es más que suficiente para poder catalogarla como interesante y recomendable. Pues bien, hablaba yo sobre el tema el otro día, y sólo me quedé en lo anterior, en la importancia de que se publiquen historias potentes y entretenidas, que tengan la virtud de enganchar al lector desde la primera página, sin necesidad de caer en las banalidades al uso, pero sabía que en el fondo no estaba dando en la tecla adecuada para establecer las diferencias entre la alta y la baja literatura. Esta mañana, de forma inesperada, me he encontrado con una entrevista esclarecedora, en donde uno de los más afamados autores de literatura de evasión, me lo ha dejado todo claro. El suplemento dominical que compro y que sólo de vez en cuando leo, ofrecía una entrevista a John Grisham, autor de entre otras afamadas novelas, en parte por haber sido llevadas con éxito a la gran pantalla, como “Informe pelícano” o “La tapadera”, en donde sin dudar en ningún momento, dejaba claro las diferencias, las para él abismales diferencias entre ambas literaturas. Entre otras cuestiones, decía que la mayor diferencia radicaba en la importancia que para el tipo de novela que él escribe tiene el argumento o trama, que tiene que ser contundente, y presentarse perfectamente estructurado, mientras que el otro tipo de literatura, presta mucha más atención a los personajes, es decir a la estructura mental de los mismos. Creo que el norteamericano acierta plenamente, pues la literatura de entretenimiento, ante todo, debe dejarle todo claro al lector, con la intención de que no se pierda, aportándole señales en cada recodo para que siga la ruta adecuada. Este tipo de obras, se presentan ante el autor como grandes autovía, o autopistas, que puede recorrerse a gran velocidad, sin que exista el temor de que el lector se extravíe en el trayecto que tiene que seguir, mientras que las otras, se presentan como un ramillete de caminos vecinales, que hacen posible precisamente lo contrario, pues mientras que las primeras siempre tienen presente la meta, el fin del viaje, las segundas ponen más interés en el paisaje por la que transcurren, en los recodos del camino, que en el lugar exacto en donde debe finalizar el itinerario.
Creo que lo anterior es suficiente para detectar y calificar ambos tipos de literatura, lo que no quiere decir, que quede claro, que toda literatura popular necesariamente tenga que ser mala, ni toda la teóricamente de calidad buena, pues afortunadamente hay de todo en la viña del señor.

Domingo, 31 de Agosto de 2.008