domingo, 22 de diciembre de 2013

Una balsa de piedra


LECTURAS

(elo.289)

 

UNA BLASA DE PIEDRA

José Saramago

Alfaguara, 1986

 

                        Después de leer sus tres primeras novelas, que con toda seguridad conforman el núcleo duro de su obra, aunque también son curiosamente las menos leídas, me he reencontrado con “Una balsa de piedra”, novela que después de tantos años me ha vuelto a parecer deliciosa, en donde el autor portugués, siempre tenido como el más triste entre los tristes, demuestra su sutil sentido del humor, que sólo puede apreciarse cuando uno se deja mecer por el suave oleaje de su prosa. El tema sobre el que se asienta la novela es increíble, fantástico, el de que la península ibérica, de la noche a la mañana, se desgaja de Europa y se pone a navegar rumbo a Occidente a través del Atlántico, sin que ninguna causa física lo explique. España y Portugal, de esta forma misteriosa, se separa de la vieja Europa, como si quisieran demostrar, que en el fondo, en lugar de una península siempre había sido una isla, un lugar con singularidad propia, que se resistía a ser sólo una región más de esa Europa desarrollada y civilizada, que sin miramientos, trataba de imponerle sus pautas culturales. “Una balsa de piedra” puede ser considerada como un divertimento del autor, pero también, aunque sin proclamas ni discursos explícitos, como un alegato en favor del iberismo, pero sobre todo, de forma independiente a todas las consideraciones  que pudieran sacarse de ella, como  novela agradable, en donde la humanidad que siempre desprende la  prosa de Saramago inunda a los personajes, que pasan a convertirse en algo más que meros personajes para el lector que se deje seducir con la historia que se le cuenta.

                        También en esta ocasión, al poco de comenzar la novela, y esto me pasa con muy pocos autores, dejé a un lado el tema y me centré en los personajes, en la fuerza de los mismos, que con suavidad, sin estridencias, tal como tiene que ser, ocupan todo el escenario de la novela. Después de describir el extraño suceso, aparecen en distintos lugares una serie de personajes que están convencidos, que por causas que se les escapan, tienen algo que ver con lo acaecido, pues no podía ser normal que alguien tirara una pesada piedra tan lejos, que sintiera, otro, el temblor de la tierra bajo sus piernas, o que con una rama de negrillo se pudiera dibujar una raya imposible de borrar en el suelo, por no hablar ya de que una bandada de estorninos acompañara, desde ese día, a otro de ellos, o que alguien, en la profunda Galicia, no pudiera deshilar por completo un viejo calcetín. No, no era normal, y por ello, acaban uniéndose para explicarse entre ellos lo que les estaba ocurriendo, recorriendo juntos, a pesar de que tres de ellos eran portugueses y dos españoles, toda la península, o para ser más precisos la isla en la que ésta se  había convertido, a lomos de un “Dos Caballos”, y después, cuando éste quedó agotado, sobre una desvencijada carreta.

                        A pesar de que la novela afronta un tema tan potente y tan mágico, tan inverosímil, la historia se hace creíble gracias a los personajes, que consiguen bajarla a tierra, consiguiendo éstos, que el lector acepte la mayor para dedicarse a disfrutar de las insignificantes vidas que poco a poco se van narrando, algo que no está al alcance de cualquier autor, ya que la mayoría, de forma errónea, prefieren quedarse con la grandilocuencia de la idea concebida, que con la obligación que tienen de hacerla “carne”, de humanizarla.

                        Hace veintisiete años que se publicó esta novela, que sinceramente no creo, como dije con anterioridad, que sea más que un divertimento sin carga ideológica alguna, fruto del amor que sentía por España Saramago, que observaba a lo ibérico como algo que iba más allá de ser portugués o español, pero hay que reconocer, que en los momentos en que vivimos, en que ya no sólo las formas culturales y las modas nos llegan desde fuera, sino los ajustes económicos que se nos imponen, que como se observa están empobreciendo a los dos países, “Una balsa de piedra” adquiere una relevancia que cuando se publicó, ciertamente no tenía. Es una novela que hubiera tenido una mayor repercusión, mucho más de la que tuvo en su momento, si en lugar de entonces, cuando parecían que los vientos siempre serían favorables, se hubiera publicado ahora, cuando son muchas las voces, que de forma acrítica, echan la culpa de todos los males que padecemos, predicando cierto aislacionismo, a todo lo que nos llega del exterior. Sí, es posible, pero “Una balsa de piedra”, a pesar de la alegoría de la que parte, señala, creo, hacia otro lugar, hacia la separación de las absurdas diferencias, de los recelos compartidos que siempre han acompañado a las relaciones entre ambos pueblos, y a la certidumbre, por parte del autor, de que la convivencia entre ambos no sólo es necesaria, sino esencial.

                        Sé que el abuso de las alegorías, siempre demasiado explícitas, ha hecho mucho daño a la obra de Saramago, sobre todo en su última etapa creativa, la que llevó a cabo a partir de que concedieran el Nobel, pero estoy convencido que “Una balsa de piedra”, precursora de tal metodología, se salva literariamente al no caer en la simplicidad de sus novelas posteriores, lo que no significa que no se trate de una obra menor si se la compara con las que elaboró con anterioridad, en donde sin duda, el portugués dejó el listón demasiado alto, incluso para sí mismo.

                        No obstante es una novela agradable, que deja buen sabor de boca, de las que todo buen lector de Saramago siempre tendrá presente, pues hay imágenes y situaciones en ella que difícilmente podrá olvidar.

 

Lunes, 23 de septiembre 2013

 

lunes, 2 de diciembre de 2013

Un estado de malestar

LECTURAS


(elo.288)



UN ESTADO DEL MALESTAR

Joaquín Berges

Tusquets, 2012



Como casi todos los temas, el de la crisis que se suele padece alrededor de los cincuenta, que tantos estragos suele producir, se puede afrontar literariamente desde diferentes ángulos, pero me ha llamado la atención el que ha elegido Joaquín Berges, que desde una trama disparatada, consigue dar de lleno en el meollo de la cuestión, que no es otro que la necesidad que tienen los que la padecen de recuperar las ganas de vivir, aunque ello les suponga, tener que mandar al garete la vida que hasta ese momento han venido desarrollando. Toda novela que se precie, ante todo, tiene que cumplir el objetivo que la justifica, que no puede ser otro, que con una voluntad de estilo más o menos elaborado, contar una historia de la forma más eficaz posible, lo que en principio suele bastar para que el lector medio le otorgue su visto bueno. No obstante, hoy en día casi todos los autores consiguen tal nivel mínimo de exigencia, ya que el dominio de la técnica novelística se ha convertido en algo habitual, pero otra cuestión diferente, es que los diferentes autores que pululan por los escenarios literarios, sobre todo los más jóvenes, sean capaces de demostrar algo más que su dominio narrativo, por no hablar ya, de mostrar un discurso diferente, que es lo único que podrá proporcionarles un huevo, un hueco propio, en el cada vez más raquítico panorama literario actual.

Berges, autor al que no conocía a pesar de haber obtenido, al parecer, cierto prestigio con sus dos novelas anteriores, cumple a la perfección con ese nivel primario que siempre hay que exigirle a lo que se lee, que esté bien escrito y que la historia que se cuenta sea aceptable y coherente con el propósito que el autor se impuso, resultando la novela agradable e incluso simpática, pues en determinados momentos uno no tiene más remedio que reírse ante los acontecimientos a los que tiene que enfrentarse el protagonista, por otra parte magistralmente narrados por el autor.

Es posible que lo que más llame la atención de “Un estado del malestar”, es que ante un tema tan arduo y candente, el autor no haya optado por el melodrama al uso, por desarrollar una historia seria y de peso, de esas en que los interrogantes se amontonan unos sobre otros para dejar al lector “acoquinado” frente a esas cuestiones que a tantos arrinconan. Berges apuesta por una historia disparatada, la de un alto ejecutivo de unos grandes almacenes que siente la necesidad de cambiar su vida, que sentía vacía, y que por una mujer, se embarca en el mundo de los vendedores ambulantes, en el de los mercadillos callejeros, todo trufado por un estilo ágil e hilarante, y como no podía ser de otra forma, demasiado explícito, que me ha recordado en más de una ocasión a las últimas novelas de Eduardo Mendoza, lo que no creo que se trate precisamente de un elogio.

Cada cual escribe como quiere o como puede, y es libre, por supuesto, de seguir la estela literaria de quien desee, pero en un mundo como en el que vivimos, y me refiero al literario, al menos los que empiezan, deberían tener la obligación, si realmente desean encontrar un lugar bajo el sol, de crear, aunque sea machete en mano, su propio y singular sendero, no bastando, no pudiendo bastar bajo ningún concepto, dejarse llevar por las comodidades del camino fácil, el que ya está perfectamente rotulado, en el que poder desplegar la técnica que se sabe que ya se posee, poniendo para colmo al servicio de ella, materiales que ya han sido utilizados con anterioridad por otros.

Cada día dicen que se publican más novelas, saliendo a la luz nuevos autores que desaparecen con la misma facilidad con que aparecieron, prueba de ello, es que los novelistas de prestigio, los de referencia, siguen siendo los mismos desde hace veinte años, no existiendo entre ellos, que no son más que tres o cuatro, y los restantes, más que un extraño vacío que a veces, sólo a veces, queda salpicado por los ecos de alguna “esperanza blanca” que al poco quedan silenciados. El problema puede que se deba al escaso nivel de exigencia de estos nuevos autores, pero también tiene, estoy convencido, parte de culpa las editoriales, que en lugar de alentar nuevos discursos narrativos, se conforman con potenciar a aquellos, que por las causas que sean, saben que conseguirán vender el número de ejemplares necesario para hacer mínimamente rentable la inversión que sobre ellos se realizan.

“Un estado del malestar” es una novela que parte con ventaja, pues un amplio sector del público la acogerá con agrado, al igual que acepta a ese extraño personaje de Mendoza que sólo bebe Pepsicolas, pero sobre todo, porque sólo es “una novela de sofá” de esas que tanto en su momento criticó el autor de “El año de los prodigios”, lo que si bien no es poco, pues también hay que saber escribirlas, no es el tipo de literatura que particularmente me interese. Pero como tiene que haber de todo, como siempre hay un público para todo lo que se publica, tengo que reconocer que la novela de Berges tiene su gracia, y que el autor sabe resolver bien las situaciones que crea, que si bien no son muy complicadas, pues realmente nunca se complica la vida en la trama, sabiendo siempre el lector lo que va a ocurrir, sí resulta entretenida. Es por tanto una novela ligera, ideal para ser leída en una de esas tardes de domingo en las que uno sabe que no va a ocurrir nada, cuya mayor virtud es la rapidez, el ritmo acelerado que Berges imprime a la narración, lo que consigue que el que la lea vaya también acelerado detrás del protagonista, sin tiempo para reparar en otras cuestiones, lo que tampoco es poco.



Jueves, 12 de septiembre de 2013

jueves, 21 de noviembre de 2013

El año de la muerte de Ricardo Reis

LECTURAS
(elo.287)
EL AÑO DE LA MUERTE DE RICARDO REIS
José Saramago
Alfaguara, 1984
Releyendo esta novela, que leí por primera vez hace ya bastantes años, he vuelto a certificar la grandeza literaria de José Saramago, un autor del que siempre se ha hablado demasiado y del que curiosamente se ha leído bastante poco, pues su poética, que exige una lectura sosegada, sólo está al alcance de los que prefieren pararse a observar el oleaje de su prosa, las tonalidades que ésta va ofreciendo, sus requiebros y sus giros, que de aquellos otros que sólo aspiran a obtener una visión de conjunto de una historia bien contada, en donde de forma diáfana, y sin muchas complicaciones, toda ella se pueda exponer sin dificultad. Saramago es un autor que hila fino, que huye de la brocha gorda, cuya grandezas se puede comprobar, comprobar y paladear, en cada una de sus largas frases, en el terreno corto del saber estar de sus personajes, en la humanidad de éstos, en la forma de construir, piedra a piedra y de forma delicada, esas historias que aspiran a quedarse en el corazón de quienes las leen. Es uno de esos autores, que no son muchos, que ganan con las relecturas, pues la riqueza literaria de sus obras, siempre desbordantes, se aprecia mejor, se saborea mejor, cuando no se tiene prisa por saber qué van a ocurrir en ellas. Por ello, volver a leer a Saramago siempre es una fiesta, pues gracias a ese ejercicio que cada día hay que practicar más, el de la relectura, uno descubre paisajes que en su momento se le pasaron desapercibidos, los que en la obra del portugués abundan, pues sus historias están elaboradas desde la complejidad de la existencia, de esa misma complejidad de la que muchos otros autores desean escapar.
En “El año de la muerte de Ricardo Reis”, Saramago desea realizar un retrato de Portugal, y más concretamente del paisaje social existente en Lisboa en los años treinta y cinco y treinta y seis del siglo pasado, de ese periodo oscuro en donde el salazarismo, esa extraña dictadura corporativista, se encontraba en su pleno apogeo, y lo hace de forma magistral, de suerte, que la metodología empleada para conseguir tal objetivo, como debe ocurrir en toda buena novela, consigue un protagonismo que apenas deja visible a simple vista lo que se desea mostrar, dejando claro, a diferencia de lo que ocurre en las últimas obras del propio autor, que lo explícito, que lo demasiado explícito, es un peligro que siempre hay que evitar en el arte literario. Sí, porque el lector se desliza por la lectura siguiendo los rastros que van dejando los diferentes personajes que intervienen, sin que se note demasiado la justificación última de los mismos, o lo que es igual, que nada en la narración aparece forzado, mostrándose lo que se señala sólo como una consecuencia natural del devenir de la propia historia y de la forma de ser de los protagonistas de la misma. Pero la visión que queda después de la lectura, es el de un Portugal mediocre, en blanco y negro, en donde el poder se encuentra encima de los ciudadanos, controlándolo todo, y en donde la población, debido al influjo de ese mismo poder, se encuentra a merced de las diferentes directrices que en cada momento se van diseñando, que es lo que imagino que deseaba transmitir Saramago.
Para hablar de ese Portugal oscuro, Saramago saca a la palestra a un heterónimo de Fernando Pessoa, a alguien, y por eso es el elegido, que prefería tener el menor contacto posible con la realidad, a la que deseaba observar sólo desde la distancia, al estar convencido, como en cierta ocasión afirmó, “que sabio es el que se contenta con el espectáculo del mundo”, interviniendo en sus asuntos lo menos posible. Y desde ese mirador, es desde el que se vale Saramago para hablarnos del Portugal de la época, aprovechando también la circunstancia que introduce, la de que su personaje acababa de regresar de Brasil, lo que lo convertía en un desconocedor de lo que ocurría en su tierra, de la que había estado ausente dieciséis años, y a la que en principio había regresado, sólo en principio, para estar presente en el sepelio de Fernando Pessoa, su creador. No se puede negar la inteligencia del autor, pues con esos magníficos mimbres, consigue desarrollar una deliciosa historia, en donde aparecen con todo su esplendor sus mejores constantes literarias, desde su exigente y amorosa prosa hasta esos elementos mágicos, en esta ocasión la aparición en determinadas ocasiones del aburrido fantasma del mismísimo Fernando Pessoa, que hace posible una delicada novela de esas que son preferibles leer, para disfrutarlas mejor, sin prisas de ningún tipo.
Estoy convencido que sus tres primeras novelas, “Alzado del suelo”, “Memorial del convento” y ésta sobre la que estoy escribiendo, son con diferencia las mejores obras del autor portugués, siendo “El año de la muerte de Ricardo Reis”, posiblemente, si no la mejor, por la sencilla razón de que las tres se encuentran a una misma altura, la más atractiva para ser leída, de suerte, y no de forma gratuita, que es la más conocida y posiblemente la más aplaudida del autor. También estoy convencido, que a partir de esta última novela, el autor no conseguirá alcanzar, en las restantes novelas que escribe, los niveles de calidad y de exigencia logrados, por lo que el núcleo duro de su literatura se encuentra en estas tres obras, obras que sin duda deben ser enmarcadas, pues en una época en que la novela de éxito, y no me refiero sólo a los superventas, suelen pasar directamente al olvido al poco tiempo de ser publicadas, es conveniente tener en cuenta que sólo las que se sustenten sobre la calidad, pueden resistir las arremetidas del “viento del olvido, ese que cuando sopla mata”.

Viernes, 26 de julio de 2013




viernes, 18 de octubre de 2013

La fiesta del chivo

LECTURAS
(elo.286)

LA FIESTA DEL CHIVO
Mario Vargas Llosa
Alfaguara,

Desde hace algún tiempo tenía previsto volver a leer esta novela, que para muchos es la última gran novela de Vargas Llosa, y hasta ahora la he tenido pendiente, sin dar nunca el paso necesario, siempre dejando esa relectura para más adelante, porque “La fiesta del chivo” no me había, cuando la leí hace ya algunos años, gustado demasiado. Tengo que reconocer, pese a haber leído creo que toda su obra, que soy bastante crítico con el escritor peruano, y lo soy, porque me encuentro entre los muchos que estiman que es uno de los grandes novelistas existentes, pero también entre los pocos que se atreven a afirmar que me ha defraudado, pues su capacidad para la narrativa, al menos en su segunda etapa, la que para mí comienza con “La guerra del fin del mundo”, ha estado por debajo, a veces muy por debajo de las expectativas, de las enormes expectativas que sus novelas siempre han despertado entre sus lectores habituales. Este puede que sea el motivo, el de comparar lo que publica con lo que hubiera podido publicar, y siempre basándome en la capacidad que sé que posee para su oficio, por lo que las críticas que le he venido realizando a las novelas de Vargas llosa, sobre todo a las últimas, posiblemente no hayan sido todo lo ponderadas que hubieran podido ser, pues soy consciente que he leído otras novelas, de otros autores, de un nivel mucho más bajo que las suyas, que no he criticado con la misma dureza, al haber caído voluntariamente en la trampa, que a pesar de todo creo lógica, de exigirle más a quien sé que puede dar más, al tiempo que apoyar y alentar a los que incluso les cuesta trabajo hacer lo que mejor saben hacer. No obstante, a pesar de considerar que Vargas Llosa hace tiempo que ya no aporta nada en el plano literario, me he sumergido en esta novela, intentando dejar mis prejuicios a un lado, con objeto de calibrar de la forma más objetiva posible una novela, que para muchos es la mejor, la más compleja y ambiciosa, de las escritas por el Nobel peruano.
“La fiesta del chivo” parte de un proyecto complejo, el de narrar “el reinado” de uno de los grandes dictadores sudamericanos, pero a diferencia de otros autores de su generación, pues esas legendarias figuras siempre han estado entre sus obsesiones literarias, partiendo de un dictador real, de alguien que gobernó e impuso su voluntad realmente sobre su pueblo, de Rafael Leónidas Trujillo, el Generalísimo que dirigió los destinos de la República Dominicana durante demasiados años hasta que un atentado acabó con su vida. Otros autores optaron por inventarse a su dictador particular, lo que sin duda les aportó un mayor margen de maniobra, pero Vargas Llosa, posiblemente porque desde hace un tiempo prefiere “tocar tierra”, cuando se embarcó en este proyecto literario se agarra y toma como modelo a uno de los mayores sátrapas sudamericanos, lo que si en un principio le pudo limitar, también le ha podido servir para encuadrar a la perfección el objetivo de su trabajo, sin temer a perderse en los vericuetos que siempre abre la imaginación.
No quiero entrar a comentar esa necesidad, que desde hace algún tiempo, tiene el autor peruano de “agarrarse” a modelos existentes para afianzar sus construcciones literarias, como también hizo en su última novela “El sueño del celta”, pero creo que ese camino resulta o puede resultar bastante restrictivo, frente a las enormes posibilidades que ofrece la ficción, aunque la vertiente positiva de tal actitud, puede servir para conocer y analizar mejor lo que realmente ocurrió, sirviendo para dejar sobre la mesa datos que obliguen a la reflexión. Pero a pesar de lo anterior, hay que reconocer que la personalidad de Trujillo era lo suficientemente desmesurada, para que cualquiera que no conociera su existencia, pudiera creer después de haber leído la novela, que el protagonista de la misma no era más que un producto de la calenturienta imaginación de Vargas Llosa.
Creo que el objetivo del autor, aparte de recordarle a sus lectores el hecho de que haya existido alguien tan siniestro como Trujillo, era el de analizar los sutiles mecanismos sobre los que se sustentaba su poder, además por supuesto de dejar patente la brutalidad con la que actuaba, lo que obligaba a individuos muy superiores intelectualmente, a subordinarse a su personalidad, y no precisamente, o no sólo, para obtener prerrogativas políticas y económicas. Trujillo, según se deja entrever en la novela, tenía algo, un don especial, que obligaba a los demás a obedecer, a dar incluso su vida y lo más preciado que tenían por él, posiblemente porque Trujillo sobre todo representaba el liderazgo y el poder.
Vargas Llosa construye la novela apoyándose en tres pilares fundamentales, sobre tres planos separados, la historia de una exiliada que treinta y cinco años después vuelve a su país, reencontrándose y enfrentándose a la historia que dejó atrás; la del grupo de individuos, cada uno con sus motivaciones, que atentaron contra el Generalísimo, y por último la visión que surge del propio Trujillo, que es la que ilumina su realidad más cercana. Tres visiones que consiguen tejer un retrato bastante completo de lo que fue el régimen trujillista, deteniéndose para prestarle especial atención, en el singular magnetismo que tenía el presidente, en esa misteriosa fuerza que siempre conseguía que todos los que se encontraban cerca de él, se sintieran en la obligación de tener que agachar la cabeza.
No cabe duda que “La fiesta del chivo” es una buena novela, y lo es sobre todo, porque el autor consigue plasmar en ella, de forma plausible, los objetivos que se impuso, pues gracias a su oficio, del que nadie puede a estas alturas dudar, consigue dejar una novela bastante aseada a la que difícilmente se le puede reprochar nada. Sí, “La fiesta del chivo” es una novela aseada y muy digna, pero a pesar de que comparta la opinión de los que afirman que es la mejor novela que ha escrito en los últimos años, creo que se encuentra bastante alejada de otras del autor, sobre todo de las que escribió en su primera etapa, y de lo que se podría por tanto esperar de él, aunque el peruano, desde hace ya bastantes años, parece que limita sólo a construir novelas correctas, sin arriesgar nada como al principio hacía, en las que cualquier lector, desde un principio, sabe lo que ocurrirá en las mismas, lo que está convirtiendo a Vargas Llosa en un novelista al que hay que seguir leyendo, porque sin duda es uno de los grandes maestros, pero del que pocas sorpresas se pueden ya esperar.

Martes, 16 de julio de 2013

jueves, 19 de septiembre de 2013

El día de mañana

LECTURAS
(elo.285)

EL DÍA DE MAÑANA
Ignacio Martínez de Pisón
Seix Barral, 2011

Había oído hablar del autor, pero nunca, a pesar de pertenecer a mi propia generación y a la amplia bibliografía que he comprobado que posee, había leído nada suyo, lo que en este momento no deja de sorprenderme, pues he frecuentado a autores de mucho menor valía de los que he leído casi toda su obra. Lo anterior puede deberse, a que no es un novelista excesivamente nombrado en los círculos que frecuento, pues no recuerdo que nadie de mis conocidos me haya recomendado nunca una obra suya, al igual que tampoco recuerdo, posiblemente porque no haya prestado atención, que la crítica especializada haya elogiado en exceso, tal como hace con otros autores, ninguna de sus novelas. Y me extraña porque, según lo leído, según lo único que he leído de él, es un sólido constructor de historias, lo que pensándolo bien, mi desconocimiento de Martínez de Pisón puede que se deba a ello, a que puede que sólo sea un sólido constructor de historias. Sí, porque siempre he pensado que eso no basta, de que a pesar de que es importante, una buena novela debe poseer algo más que una consistente y cimentada trama, a pesar de que en otros barrios literarios eso precisamente es lo esencial. Posiblemente, por tanto, y soy consciente de que estoy arriesgando demasiado, el motivo por el que la obra de Martínez de Pisón no haya levantado ninguna polvareda a mi alrededor, se deba al hecho de que sólo dejaba tras de sí la historia que contaba, lo que en unos momentos en que ya se han contado todas las historias, no puede bastar. Pero este argumento es demasiado débil, si reconozco que muchos otros autores que suelo leer sólo aportan eso, y no creo que tengan más cualidades de las que me ha demostrado el autor de esta novela, por lo que su “invisibilidad” tiene que sustentarse sobre otras causas, que sin duda se deben encontrar en su forma de hacer literatura, siendo lo más adecuado, antes de seguir aventurándome de forma suicida, intentar encontrar lo que busco en la novela que acabo de leer.
“El día de mañana” es una novela amena, una novela que se lee bien, en la que el lector no encuentra ninguna dificultad pese a presentarse bien trabajada, en la que no existe ninguna concesión de cara a la galería, por lo que hay que decir que es una obra seria, a la que pocas pegas se le pueden encontrar. Se podría decir también, que es una novela formalmente perfecta, en la que se desarrolla una arquitectura, tal y como tiene que ser, ideada para aportarle fuerza y consistencia literaria a la historia que se presenta. Cumple por tanto, con todos los requisitos que una buena novela debe poseer, pero sin embargo, y aquí creo que se encuentra el problema, la novela pese al teórico interés de la misma, en ningún momento llega a perturbar o a emocionar al lector, al carecer de esa “magia” necesaria, casi inexplicable, que de forma misteriosa suele acompañar a toda buena novela que se precie, al menos a aquellas que uno difícilmente consigue olvidar. Parece como si Martínez de Pisón perteneciera a ese grupo de novelistas que podrían calificarse de artesanos, pero que no están dotados por los dioses, siempre caprichosos, para el arte, siendo esta capacidad artística que algunos poseen, la que consigue que una determinada obra literaria se eleve por encima de la mera historia novelada. No se puede olvidar, aunque últimamente se olvide con demasiada frecuencia, en aras de potenciar historias interesantes sin más, que la literatura, que la buena literatura es un arte que no está al alcance de cualquiera, por muy bien dotado que para ese oficio en principio un autor pueda mostrarse.
“El día de mañana” es una crónica de los últimos años del franquismo y de los primeros de la Transición, que se desarrolla en torno a un curioso personaje que vivió aquellos escabrosos años, que pasó de intentar ganarse la vida de la mejor forma que podía, cuando llegó sin nada a Barcelona en compañía de su madre, a ser confidente de la policía para con posterioridad pasar a ser miembro de una de las bandas ultraderechistas que proliferaron y que tanto terror esparcieron por aquellos años. Pero el interés de la novela se encuentra en la forma en que es mostrado el protagonista, ya que a lo largo de la obra, una serie de personajes que tuvieron algún contacto con él, van hablando sobre el mismo, de suerte, que parece que están testificando sobre él, ante un periodista o ante un escritor que quisiera rescatar la historia de ese oscuro individuo, pero con el valor añadido, de que cada uno de esos interlocutores al tiempo que aportaban su visión de Justo Gil, mostraban su propia historia, su propio mundo, lo que proporciona al lector una poliédrica visión de la compleja y enrevesada sociedad de la época.
Como dije con anterioridad, es una novela que se lee bien, y que desde la seriedad, desde el trabajo bien hecho, habla de un periodo histórico que afortunadamente ya quedó atrás, en donde el personaje central, a pesar de confluir en él todas las visiones, aparece un poco desdibujado, pues en ningún momento queda al descubierto su arquitectura psíquica, apareciendo sólo como un superviviente que trataba de no quedar sepultado por las fuertes marejadas que definieron aquellos años.
“El día de mañana” es una novela aconsejable para todos aquellos que deseen pasar un buen rato de lectura, en compañía de un autor que desde el rigor narrativo, habla de unos tiempos que parecen más alejados de nosotros de lo que en realidad están.

Sábado, 6 de julio de 2013

lunes, 9 de septiembre de 2013

Personas como yo

LECTURAS
(elo.284)

PERSONAS COMO YO
John Irving
Tusquets, 2012

Tengo que reconocer que no esperaba esta novela de Irving, pues estaba convencido que me encontraría, como siempre que me acerco a algunas de sus obras, con una historia bien contada, que en esta ocasión giraría en torno al tema de la homosexualidad; con una novela amena, en donde las dos constantes que en todo momento han acompañado e identificado al autor quedarían una vez más de manifiesto. El norteamericano siempre se ha caracterizado por presentar de historias potentes y entretenidas, de esas que al tener todos los elementos necesarios, consiguen con facilidad atraer la atención de sus lectores, historias muy cercanas a las que desarrollan los grandes especialistas en la construcción de superventas, por lo que siempre he dicho de él, que sus novelas se encuentran a un paso de esos productos literarios, peligro del que sin duda es consciente y que le obliga a construir alambicadas estructuras para huir del mismo, pues si algo no se logra encontrar en sus obras, es la linealidad que caracteriza a los productos que identifican a ese subgénero literario. John Irving, al menos esta es la opinión que sostengo de él, es alguien que se dedica a realizar literatura de entretenimiento de calidad, alguien que siempre se ha volcado en confeccionar, y utilizo este término porque en su caso creo que es el más adecuado, novelas basadas en historias que no van más allá de sí mismas, es decir, que no aportan nada que se encuentren más allá de las historias que narra, tal como ocurre en los best sellers, pero que están narradas con una voluntad estructural que le aporta a sus creaciones un valor añadido que consigue fortalecer sus temas.
Pero en esta ocasión me he encontrado con un texto diferente, que sin abandonar las constantes de su obra, no puedo negar que me ha llegado a sorprender, pues me he topado con una historia, contada a modo de memorias por su protagonista, que para colmo era escritor, que desde la distancia de los años trataba de recordar su vida, una vida que en todo momento había girado en torno a sus tendencias sexuales, y que no me ha aportado absolutamente nada, excepto algunas dudas sobre la concepción que se expone de la homosexualidad, y en la que para colmo, por el hecho de haber rizado demasiado el rizo, la novela me ha resultado excesivamente trabajosa. Sí, son unas memorias que evidentemente el autor, fiel a su estilo, en su intento constante por escapar de la linealidad que puede convertir la historia que cuenta en una novela banal, en una de las muchas que se cuentan, la hace dificultosa sin aportar en cambio ninguna zanahoria detrás de la que el lector pueda correr, ya que al premio que consigue éste después de finalizar la lectura es casi inexistente, sólo el convencimiento de que ha leído una novela escrita por alguien que demuestra que sabe escribir, que demuestra en cada frase que domina el arte de la escritura. Por esto evidentemente no basta, pues a una buena novela, a un buen novelista, siempre hay que pedirle algo más que corrección.
El problema de esta novela hay que buscarlo tanto en la trama como en la estructura, pues ésta, que en determinados momentos puede resultar asfixiante, no consigue realzar un tema que de forma constante amenaza con caerse definitivamente. El título de la novela, “Personas como yo”, resulta engañoso, pues el protagonista, incluso los protagonistas, se alejan de la normalidad, de una normalidad a la que teóricamente aspiran, al centrar toda su existencia tanto en sus experiencias sexuales como en los problemas que la opción sexual elegida les acarrea, de suerte, que al final el lector poco llega a saber de él, aparte de que era escritor y bisexual, lo que creo, por no hablar ya, de la sensación que deja caer, de que la homosexualidad es una cuestión genética que se hereda de padres a hijos, que es algo que no es de recibo a estas alturas. La estructura que crea Irving engaña, al desplegarse para ocultar la debilidad de la historia que cuenta, pero al comprender el lector que lo más importante de la novela es la estructura, ésta llega un momento en que resulta demasiado pesada, lo que consigue hacer posible, como apunté con anterioridad, que la lectura se haga trabajosa, por la sencilla razón de que la historia en ningún momento llega a tirar del lector.
Cuando más arriba comenté que Irving “confeccionaba” sus novelas, lo dije adrede, al estar completamente convencido, de que el norteamericano es un gran artesano de la literatura, pues si algo queda claro después de leer sus obras, es la sensación de que están sobretrabajadas, al quedar todos los cabos que aparecen en ellas perfectamente atados, lo que en esta ocasión, a diferencia de otras, y no precisamente por la temática elegida, sino por la forma en que es tratado el tema, resulta hasta cierto punto agobiante.
Después de haber leído “Personas como yo”, novela desde mi punto de vista fallida, con la que incluso he llegado a aburrirme, me asalta la certeza de que el problema de la misma ha radicado en que Irving ha cambiado de registro, o dicho de otra forma, a que el enfoque que ha elegido no se adapta a su consolidado estilo narrativo, pues estoy convencido, que le hubiera podido sacar más partido al tema que aborda si lo hubiera desarrollado bajo premisas diferentes. De todas formas, hay que reconocer que el norteamericano se ha arriesgado, que se ha atrevido, lo que otros no son capaces de hacer, al salir del territorio que domina, por lo que, aunque el resultado no ha sido ni mucho menos el esperado, no hay más remedio que agradecerle el esfuerzo realizado.

Miércoles, 25 de abril de 2013

lunes, 8 de julio de 2013

Memorial del convento

LECTURAS

(elo.283)



MEMORIAL DEL CONVENTO

José Saramago

Alfaguara, 1982



Recuerdo que hace unos meses, le recomendé a alguien que quería leer algo de Saramago, que sin dudarlo leyera “Memorial del convento”, pues siempre he estimado que esa era su mejor novela, novela que había leído hacía muchos años, pero que recordaba como la más equilibrada y posiblemente la más ambiciosa del portugués. La acabo de volver a leer y sigo subrayando lo anterior, aunque para ser sincero, tengo que reconocer que “Alzado del suelo” se encuentra a su misma altura, lo que en este momento me obligaría a dudar sobre cual elegiría si me viera en la tesitura de tener que elegir entre las dos. No obstante, pese a las dudas, seguiría inclinándome por la segunda novela del autor, por la sencilla razón, de que en ella existen una serie de elementos, literarios y extraliterarios, que la convierten en una obra más compleja y dificultosa, lo que consigue elevar el nivel de su narrativa, al dar un paso hacia delante en su discurso, en donde lo mágico, sin salirse nunca de “madre”, afianza y aporta credibilidad, además de servir para hacer más agradable la lectura, al tiempo que sirve para subrayar algunas cuestiones esenciales que el autor desea destacar. Pero a pesar de ese elemento, lo mágico, que aparece por primera vez en esta novela, y que con posterioridad tendrá un lugar destacado, muy destacado en su obra, lo esencial de la narrativa de Saramago, que ya dejó definido en “Alzado del suelo”, queda intacto, como la humanidad con que dibuja a sus personajes y el dominio total que ejercita sobre el tema, en donde nunca ningún cabo queda suelto, además del sutil, y para muchos desapercibido sentido del humor.

“Memorial del convento” habla de la construcción del convento de Mafra, una faraónica edificación que el rey de Portugal, Juan V, mandó construir con objeto de agradecer el nacimiento de su primer descendiente, una construcción que se observa desde dos planos, desde el que lo proyecta, pero sobre todo, desde los que tienen que soportar, con su trabajo, la ejecución de tal descabellada obra. El peso de la historia recae sobre una pareja, compuesta por un mutilado en una de las innumerables guerras de aquellos años, Sietesoles, y Blimunda, una mujer que tenía la virtud de ver en el interior, cuando se encontraba en ayunas, de todo lo que se anteponía ante ella, a través de cuyos avatares, se puede observar la sociedad de la época, en donde las penurias que embargaban a la mayoría de la población, contrastaban con el despilfarro de una monarquía cuya única función parecía ser la de gastar, la de malgastar todas las ingentes riquezas que llegaban desde las colonias. Pero también en la historia que se cuenta, queda de manifiesto el régimen de terror, que gracias a la Inquisición, ejercía la iglesia de la época, lo que mantenía asustado y subordinado a los sectores más ilustrados a las directrices dominantes.

La narración se mantiene fiel al enfoque y al estilo que Saramago desarrolló en su anterior novela, con unos personajes que se parecen, cosa nada fácil de conseguir, al paisaje en el que viven, y que son tratados con extrema sensibilidad, lo que les aporta esa humanidad y esa credibilidad tan portuguesa que siempre tanto nos llama la atención a los españoles, todo ello adobado gracias a esos párrafos largos, repletos de ondulaciones, de descripciones y de diálogos, que logran apasionar a los que son capaces de zambullirse, sin precauciones, en sus obras. En esta ocasión, Saramago, no presenta a personajes que se revelen ante la situación en la que viven, los tiempos eran otros, sino a individuos sin esperanzas, como siempre ha ocurrido, que se dedican a sobrellevar, de la mejor forma que pueden, las lamentables circunstancias que les han tocado en suerte, intentando poner buena cara a los malos tiempos que se veían obligados a “disfrutar”.

Pero ante tanta apatía, ante tanta “normalidad”, que deja un paisaje calcinado por la resignación, surge lo mágico, el elemento mágico que en esta ocasión no sirve sólo para aderezar la monotonía de la narración, cosa que también consigue, sino para dejar un mensaje implícito, el de que sólo con la voluntad, con la voluntad de todos, es posible alzarse sobre el suelo, para dejar atrás lo inevitable y poder volar, algo tan increíble para los habitantes de aquella época, sobre un mundo que parecía haber sido construido contra los hombres. Sí, porque el escritor portugués se saca de la chistera a un cura heterodoxo obsesionado con la idea de volar como los pájaros, cosa que consigue junto a los dos protagonistas de la novela, pero sólo después de haber comprendido, que el pesado artilugio que había construido, de la única forma que podría levantarse hacia el cielo sería consiguiendo reunir las suficientes voluntades humanas para ello. La voluntad, de esta forma para Saramago, como no podía ser de otra forma, es presentada como el motor de la historia, la única pócima capaz de lograr lo imposible, y no sólo para aupar una pesada máquina desde el suelo, sino para modificar la vida, las condiciones de vida a la que todos estamos, antes y ahora, encadenados.

“Memorial del convento”, después de tantos años, me ha parecido una novela deliciosa, una de esas novelas con las que se puede aún disfrutar con la lectura, pues en cada página, en cada párrafo, hay elementos suficientes, más que suficientes para poder brindar por la literatura, ya que en toda buena novela, y esta lo es, además del resultado final, lo esencial es el placer que se obtiene en cada recoveco de la misma.



Domingo, 16 de junio de 2013.



lunes, 1 de julio de 2013

Tailandia

LECTURAS
(elo.282)

TAILANDIA (“Después del terremoto”)
Haruki Murakami
Tusquets, 2000

No soy un lector habitual de libros de relatos, de suerte que suelo rehuirlos, sobre todo por la intensidad que algunos autores se creen en la obligación de imprimir en los que realizan, forzando a sus lectores, a sus escasos lectores, a tener que zambullirse en ellos con miedo, con temor a pasar por alto algo esencial que les imposibilite la comprensión real de los mismos. Los relatos de esta forma se están convirtiendo en creaciones literarias esotéricas, sólo aptas para iniciados, en donde se tiene la obligación de descubrir las claves ocultas que los hagan inteligibles, alejándose, y esto es lo grave, en aras de la sacrosanta calidad, de la posibilidad de hacerles pasar un buen rato de lectura a los que se acerquen a ellos. Hay una opinión muy extendida que dice, que un buen relato tiene que estar más cerca de la poesía que de la novelística, lo que sin duda se encuentra muy alejado de la realidad, pues los relatos, a pesar de tener sus reglas propias, reglas siempre muy abiertas, se inscriben dentro de la narrativa, lo que los empareja, se quiera o no con las novelas, siendo este hecho lo que está haciendo ilegible a un alto porcentaje de los relatos que hoy en día se escriben. Parece como si se intentara, y con pundonor, que los relatos que hoy se presentan se encuentren lo más alejado posible de lo que se entiende por novela, de la “vulgaridad” de la novela, lo que obliga a sus autores, para que no se les acuse de realizar novelas cortas, a retorcer y a oscurecer sus creaciones, lo que puede poner en peligro el futuro, un futuro que estoy convencido que puede ser esplendoroso por diferentes razones, del propio arte de hacer relatos.
Digo lo anterior, después de haber leído dos libros de relatos que me han llamado la atención, ambos realizados por novelistas, lo que se nota, con los que he pasado un interesante y agradable fin de semana, en los que no he encontrado la desagradable impostura que me está obligando a dejar a un lado, siempre en principio para una mejor ocasión, las recopilaciones de relatos que me están llegado. Uno de los libros es de Haruki Murakami, “Después del terremoto”, autor del que no sabía que también se dedicara a escribir relatos, del que he seleccionado uno, “Tailandia”, además de por creer que es el mejor de los presentados, porque estoy convencido que es el que mejor sintoniza con el discurso literario del japonés. Quisiera decir en primer lugar, para evitar equívocos, que se tratan de relatos, no de apuntes de novelas, o de novelas que se han quedado sólo en relatos, pues todos cumplen con las reglas que siempre han caracterizado a ese género, pero también, que están realizados por un autor que no idolatra al relato, que lo respeta, pero que no los elabora para encerrarlos, con objeto de que no se contaminen, en delicados recipientes de cristal.
“Tailandia” habla de alguien, de una prestigiosa investigadora médica, que ya había pasado el ecuador de su vida, a quien le hacen comprender, durante unas vacaciones en ese país asiático, que tiene que prepararse para la muerte, muerte que no le llegará mañana, sino en su momento, pero ante la que tenía la obligación de comenzar a adecuarse
El relato nos presenta a una protagonista compleja, lo que siempre hay que agradecer, en apariencia segura de sí misma, solitaria, con una vida a sus espaldas que en todo momento había estado condicionada por una desagradable historia que no había logrado superar, y con la que sólo con muchas dificultades, lograba convivir; a alguien que comprende en esas vacaciones que se regala, que para seguir hacia delante tenía que desprenderse de todo el odio que tenía acumulado, si en realidad deseaba vivir en paz consigo misma y con los demás, con objeto de poder afrontar, libre de cargas, la vida que aún le restaba por contabilizar.
A Murakami, al que se le puede criticar desde muchos ángulos, hay que reconocerle, lo que no es poco, que tiene un discurso narrativo propio, que es ciertamente el que para bien o para mal singulariza su forma de hacer literatura, por lo que las historias que desea contar las desarrolla basándose en sus propias premisas, rehogándolas en sus propio mundo literario, en donde siempre tienen un papel destacado los sueños y las potentes imágenes oníricas que se saca de la chistera, que dejan sobre la mesa unas rutas que necesariamente hay que seguir, que a veces pueden parecer de una simplicidad extrema, propias de un mundo sin contradicciones, zen, pero que en principio, dejan abierta una alternativa diáfana, nada occidental por cierto, por la que pueden transitar sus siempre atribulados protagonistas.
La historia que cuenta, rompe su linealidad cuando a la protagonista le presentan a una anciana que en la pobre aldea en donde vivía se dedicaba a sanar almas, la cual, siempre de forma metafórica, y después de leerle en la mano los problemas que padecía, le comunica lo que tenía que hacer para solventarlos.
Sí, Murakami es un especialista a la hora de regalar imágenes potentes, como la que se describe de la soledad en la que viven los osos polares, con la que parece querer decirnos, que tenemos que acostumbrarnos a vivir en soledad, y que los contactos que mantengamos con otras personas, aunque nos duela admitirlo, siempre tendrán que ser eventuales. El problema, como siempre ocurre con sus novelas, es que las recetas que regala son demasiado esquemáticas, y por tanto, difíciles, muy difíciles, por no decir que imposibles, de llevar a cabo.
No obstante, este relato me ha parecido interesante, bien desarrollado, como también me lo ha parecido la recopilación que agrupa bajo el título “Después del terremoto”, conjunto de relatos, que como dije al principio, puede resultar adecuado para pasar una placentera tarde de domingo en compañía de algunas historias bien escritas y emparentadas entre sí.

Martes, 4 de junio de 2013.


miércoles, 19 de junio de 2013

Alzado del suelo


LECTURAS
(elo.281)

ALZADO DEL SUELO
José Saramago
Seix Barral, 1980

Después de veinticuatro años me he atrevido, y tengo que reconocer que no ha sido una decisión fácil, volver a leer “Alzado del suelo”, la primera novela que de José Saramago leí, novela que en su momento me dejó boquiabierto, al encontrarme con una mirada, con una forma narrativa a la que no estaba por entonces acostumbrado. Decía que no me había resultado fácil “encerrarme” de nuevo con esta novela, por la sencilla razón de que no quería que me defraudara, que se me cayera hecho pedazos el agradable recuerdo que de ella tenía, como en otras ocasiones me había ocurrido con otras obras que creía esenciales pero que sin embargo no aguantaron, no pudieron aguantar una segunda lectura. Fue precisamente ésta novela, la que me obligó a leer todas y cada una de las obras del portugués, del que cuando nadie lo leía, del que cuando nadie lo conocía, me convertí, en el círculo en el que por aquél entonces me movía, en su gran publicista. Pero la relectura ha valido la pena, pues ahora, tantos años después, me ha seguido pareciendo una de esas obras que consiguen hipnotizar al lector, de las que obligan a éste a tener que decir que se trata de algo más que de una simple novela, en donde la calidad, la calidad narrativa, salta a un primer plano, por encima incluso de la historia que en ella se cuenta. Sí, porque lo primero que llama la atención de esta novela, es el elaborado estilo con la que se desarrolla, un estilo que en principio no está al alcance de cualquiera, lo que sin duda aleja al gran público de ella, lo que a su vez hace incomprensible la trascendencia pública, que con los años, alcanzó Saramago, lo que no creo que se debiera a que su obra, al menos sus primeras obras, las que se publicaron antes de que le concedieran el Nobel, fueran masivamente leídas.
Recuerdo que siempre se me decía lo mismo de las novelas de Saramago, que eran demasiado tristes y embarulladas, que se trataban de auténticos “pestiños” que difícilmente podían se digeridos con facilidad, a lo que de forma invariable respondía, que el problema radicaba en que no habían sabido apreciar la innovadora y singular metodología narrativa que el portugués desarrollaba, pero sobre todo, que no habían sabido saborear la humanidad con que el autor trataba a sus personajes, ni tan siquiera el fino sentido del humor que a veces se escondía detrás de sus largos y siempre poéticos párrafos, en donde cada palabra estaba medida y concienzudamente tallada. Saramago, el primer Saramago, no es un autor inaccesible ni oscuro, en absoluto, es un novelista que exige lectores atentos, que sepan paladear su prosa pausada, que sepan asombrarse de la sencillez de sus personajes, y con la peculiar forma de encarar, dominándolas de extremo a extremo, las historias que desarrolla.
Siempre también me ha sorprendido, lo poco, pese a su innegable calidad, que se trabaja a Saramago en los diferentes “talleres” literarios que afortunadamente hoy inundan nuestra geografía literaria, lo poco que se habla de él en los círculos literarios ilustrados, lo que atribuyo, como dije con anterioridad, a que son y han sido siempre muy pocos sus lectores, y aún menos los que se han atrevido a profundizar en su obra, quedando por tanto, sólo un Saramago descafeinado, el Saramago reivindicativo y siempre en primera línea de las diferentes causas ante las que la izquierda se tuvo que enfrentar en los últimos años de su vida, lo que sin duda es una injusticia, pues algunas de sus novelas deberían de ser recordadas por lo que realmente son, como auténticas obras de arte, como ésta que acabo de volver a leer, que al parecer fue, la que ya mayor, le hizo descubrir y alumbrar su característico estilo.
El tema de “Alzado del suelo” es el latifundio, el latifundio portugués, ese extraño “mar interior” al que siempre, por costumbre, históricamente se le ha dado la espalda, y que en todo momento ha tenido su vida propia, sus normas propias, y por supuesto, su propio y singular sistema de interrelaciones humanas. Para hablar del latifundio, Saramago se apoya en una familia, en los Maltiempo, pero no se limita a desarrollar sólo, como hubiera sido lo normal, los avatares de dicha familia, sino que desde la distancia, desde fuera, tratando de dominar todas las variables, como si de un observador omnímodo se tratara, nos habla de la vida en el latifundio, de la vida que siempre se había vivido en él, de la miseria que allí lograba anegarlo todo, de las medievales relaciones de poder que en dicho ecosistema se llevaban a cabo y de las escasas perspectivas que desde él se podían observar, ya que aquél era un mundo aparte, un mundo con mucha historia pero sin ningún fututo.
La novela acaba bien, con la ocupación de los campesinos de las tierras que siempre habían trabajado, pues no se puede olvidar, que se publicó sólo cinco años después de la Revolución de los Claveles, la que sin duda, dada su militancia política, llenó de esperanzas a su autor.
Pero no obstante, como ocurre con las buenas novelas, la singularidad de “Alzado del suelo”, se asienta en algo más que en la propia historia que narra, y en esta ocasión, la peculiaridad se encuentra en la forma en que la historia es narrada, pues además de iluminar y de subrayar la misma, que debe ser la finalidad última tanto del estilo como de la estructura que se elija, resulta a todas luces interesante y digna de estudio en sí. Está claro que esta novela nunca hubiera sido la que es, si no fuera por el estilo que en ella se desarrolla, por la humanidad y por la cercanía que se desprende de él, por la metodología utilizada para dejar al descubierto el alma de los diferentes personajes que pululan por ella, lo que deja constancia, de que en literatura, lo importante no es sólo contar una historia, por muy interesante que ésta pueda llegar a ser, sino el modo como dicha historia llegue a narrarse.

Viernes, 24 de mayo de 2013


viernes, 7 de junio de 2013

En la orilla

LECTURAS
(elo.280)

EN LA ORILLA
Rafael Chirbes
Anagrama, 2013

Existen autores por los que uno pregunta y nadie sabe qué están haciendo, que escondidos, que alejados de las luces mediáticas, que tanto gustan a otros, trabajan con tesón en alguna nueva obra que se espera con interés, no por muchos, pero si por algunos para los que su aparición, sin duda, será festejada como un acontecimiento de grandes proporciones, como una fiesta, sea cual sea el resultado final de la misma, por aquellos para los que todavía siguen interesados por eso cada día más extraño que se denomina literatura de calidad. Desde que leí “Crematorio”, esperaba con interés una nueva novela de Rafael Chirbes, no tanto para que siguiera abundando en el tema que en aquella ocasión narró, sino para que siguiera contando historias de la forma en que la contó, pues estoy cansado de las novelas que sólo se sostienen sobre las historias que muestran, como si ese fuera el único interés de una buena obra literaria, y no en la forma en que se cuenta, en el lenguaje y en la metodología que se utiliza para decir lo que se desea decir, que desde mi punto de vista, es el sustento de toda obra literaria. Lo importante de la literatura no es sólo tener una buena historia, pues éstas en el fondo son fáciles de hallar, sólo hace falta, con paciencia, escarbar o mirar un poco alrededor, sino poner en pie una historia de la forma adecuada, para lo que sin duda hace falta unos conocimientos que no están al alcance de cualquiera.
Después de comprobar, con cierto rubor, los aplausos con que parte de la crítica ha premiado a algunas de las novelas publicadas en este ejercicio, y estoy hablando de novelas firmadas por autores de prestigio, estoy convencido que la aparición en las librerías de “En la orilla” es el acontecimiento literario más importante, y con diferencia, que se ha producido este año en el panorama literario de nuestro país, pues aunque creo que está por debajo del nivel alcanzado en “Crematorio”, es menos redonda y posiblemente le sobren algunas páginas, está por ambición y por ejecución muy por encima de lo que se publica habitualmente. Resulta evidente que no va a ser un éxito de ventas, es imposible, pero la poliédrica mirada que realiza sobre la tan manoseada crisis que estamos padeciendo, o sobre los orígenes de la misma, la del “pelotazo” y la del “boom inmobiliario”, la convierten en una novela imprescindible, de forma independiente al placer estético que produce su lectura, en un interesante mirador desde el cual poder comprender, desde otra perspectiva, lo que en realidad ha sucedido. Hace poco leí el acercamiento que Antonio Muñoz Molina realizó sobre el tema, en donde el jiennense dejó a un lado sus aparejos de novelista para vestirse de ensayista, o de analista, cosa que celebré porque estaba echando de menos a alguien con otra mirada, pero creo que ha sido más interesante, más enriquecedora, de ahí de nuevo la fuerza de la novela, que cuando está bien realizada consigue bajar los conceptos a tierra, la versión novelada que sobre la crisis desarrolla Chirbes.
El novelista valenciano se centra en uno de los muchos damnificados por la crisis, en alguien que a sus setenta años se sabe arruinado por culpa de las inversiones, que de forma suicida, llevó a cabo con la intención de conseguir las plusvalías necesarias para poder retirarse con su perro a la montaña, lejos del taller de carpintería industrial en donde sabía que había malgastado su vida. Pero todo le fue mal, y todo lo perdió, por lo que antes de que le arrancaran todo lo que tenía, y de quitarse la vida, desliza una asimétrica y caprichosa mirada por lo que hasta entonces había sido su existencia. Sí, esa mirada la realiza “sin orden ni concierto”, superponiendo imágenes y recuerdos en una narración que a pesar de que en un principio pudiera parecer caótica, deja un retablo nada fácil de realizar, que paradójicamente ofrece una imagen clara y demoledora de todo lo que ha pasado y está ocurriendo en la actualidad.
Para Chirbes “La tensión debe estar en el lenguaje y no en la trama”, lo que por razones obvias lo convierten en un novelista diferente, y lo que le aleja de las soleadas costas de la literatura dominante, que curiosamente apuesta por todo lo contrario, por historias originales e impactantes, que a veces sólo consiguen salvarse por sus enrevesadas y “originales” arquitecturas, gracias a las cuales se hace creer que se apuesta por algo diferente, pero que en la mayoría de las ocasiones sólo sirven para ocultar el vacío que representan dichas historias. No, Chirbes apuesta en todo momento por la intensidad narrativa, por obligar al lector a estar atento, pues como dijo en cierta ocasión, “no me gusta tratar al lector como a un gato al que se le pasa la mano a favor del pelo. Hay que pasársela a la contra, para que se levante”. Actitud que ante todo significa respetar al lector, creerlo inteligente, capaz de comprender la complejidad en la que vive, complejidad de la que la literatura, o al menos cierta clase de literatura no puede ser ajena.
Por lo anterior, leer a Chirbes no resulta fácil, pues su literatura, sus historias, se apoyan en múltiples personajes que ofrecen visiones de lo que acontece a veces radicalmente diferentes, aunque todas, por supuesto, conforman parte de esa totalidad que en todo momento hay que poner sobre la mesa, para evitar caer en la simplicidad con la que nos quieren hacer comulgar, actitud que hace de la literatura, cuando se apuesta por ella y no por los hipotéticos lectores o por los beneficios editoriales, un instrumento imprescindible para conocer, como es su deber, la vida en toda su magnitud.
“En la orilla” me ha parecido una novela absorbente, exigente y magnífica, una de esas novelas con las que sólo de vez en cuando consigo encontrarme, que me obligan, mientras las leo, a tener con ellas dedicación exclusiva. Una buena novela completamente recomendable.

Viernes, 03 de mayo de 2013

miércoles, 29 de mayo de 2013

Liquidación final

LECTURAS

(elo.279)



LIQUIDACIÓN FINAL

Petros Márkaris

Tusquets, 2011



De vez en cuando, con objeto de oxigenarme un poco, siento la necesidad de leer una novela de corte policiaco, pues sé que con ellas siempre vuelvo a recuperar el placer de la lectura por la lectura, el de tirarme en el sofá para que me cuenten una historia en la que al final todo cuadre a la perfección, una de esas historias que consiguen hacerme olvidar por unas horas, sólo por unas horas, de las preocupaciones cotidianas y de aquellas otras cuestiones que suelen lograr enturbiarlo todo. Este tipo de novelas siempre representan, o en la mayoría de los casos, el triunfo de la razón, y por ello, suelen servir parar reconfortarnos y para hacernos creer, que todo al final volverá al lugar que le corresponde, pero también están ideadas, las buenas, para mostrar escenarios complejos, en donde la prosa rápida y concisa de los especialistas del género, analiza, sin complicarse mucho la vida, como de pasada, el marco en donde los protagonistas de las mismas actúan. Siempre, aunque sé que no es lo correcto, me han interesado más esos escenarios que se dibujan en las novelas negras que la resolución de los problemas que en ellas se plantean, la personalidad de los protagonistas que la metodología que utilizan para esclarecer los conflictos a los que éstos se enfrentan, posiblemente porque en ellas observo un afilado instrumento de análisis social que siempre me ha llamado la atención.

El otro día me pasaron la última novela de Petros Márkaris, y aunque no me había interesando demasiado lo que con anterioridad había leído de él, no dudé en comenzar su lectura, posiblemente porque necesitaba tomar aire, y porque, para qué negarlo, me interesaba profundizar en la visión que el autor posee de las causas que han provocado la crisis griega, que tanto me sorprendió en la serie artículos que escribió, para el público alemán, y que se recopilan en su texto “La espada de Damocles”. Para mi sorpresa, esta nueva aventura del comisario Kostas Jaritos me ha resultado mucho más interesante que la que protagonizó en “Con el agua al cuello”, de suerte que podría decir que la he leído casi de “una sentada”, lo que es la primera obligación que tiene que cumplir toda novela policiaca que se precie, y en la que subraya, por supuesto, su opinión sobre las motivaciones que han empujado a su país a la situación en la que se encuentra y que ha convertido a “Grecia es un enorme manicomio”, como en su momento dijo karamanlis. Sí, Grecia es para Márkaris también un enorme manicomio en donde nunca nada ha funcionado, ni el Estado, ni los propios ciudadanos griegos, pues ni uno ni otros han actuado nunca pensando en el bien común, en la comunidad, sólo en sus propios intereses.

En esta ocasión Jaritos se enfrenta a un caso curioso, al de alguien que después de haber sido engañado por el Estado, se dedica a realizar una serie de asesinatos, primero matando a dos evasores fiscales, y después, a dos empresarios que valiéndose de sus influencias en la Administración, habían conseguido una considerable fortuna, acciones que una vez publicitadas, le proporcionaron el aplauso y la simpatía de la población, de una población cansada de recortes que ya sólo se veía capaz de confiar en un héroe popular que surgiera de la desesperación y que sólo aspirara a hacer justicia.

En estas dos acciones criminales, en el objetivo de las mismas, se centran para Márkaris los dos males fundamentales de su país, la generalizada actitud de la clase empresarial que sólo declara al fisco parte de sus ganancias, y la que llevan a cabo cierto número de ciudadanos, que valiéndose de sus contactos, consiguen magníficos contratos y concesiones por parte de la Administración, a lo que había que sumar, en un caso como en otro, la consciente dejadez de un Estado que ante esos hechos siempre se dedica a mirar hacia otro lado cuando no a potenciarlos, mientras que la mayoría de la población se hunde poco a poco en la miseria.

Sí, el Estado para el creador del comisario Jaritos, y por supuesto la clase política que siempre lo ha regentado como si fuera de su propiedad, es el causante de casi todos los males que padece en estos momentos Grecia y los griegos, y posiblemente por ello, en esta novela hace una apuesta fuerte por la sociedad civil, por el futuro de los griegos fuera de la siniestra y corrupta sombra estatal, cuando su hija, después de apostar por no emigrar, decide establecerse como profesional independiente en lugar de intentar como todo buen griego, conseguir un puesto de trabajo en la Administración. En “Liquidación final”, a pesar del ambiente de desolación que se masca en toda la novela, se puede atisbar esa pequeña luz de esperanza, muy leve ciertamente, que podría encontrarse en esa juventud sobradamente preparada, que pese a los problemas que encuentra para desarrollar su presente, se niega a abandonar su país.

La novela se lee muy bien, muy rápidamente pese a su relativo grosor, lo que significa que está bien construida, a base de pequeños capítulos que van marcando los diferentes pasos que van produciéndose en la trama, sin que se observe ninguna ambición por parte del autor por salirse de las pautas sobre las que debe apoyarse este tipo de novelas. Pero literariamente las novelas de Márkaris tienen un problema, desde mi punto de vista crucial, el de que a veces las imágenes que proporcionan resultan demasiado explícitas, lo que se nota demasiado, chirriando, en algunas conversaciones que en la misma se producen, que no son nada naturales, como las que mantiene en determinados momentos el comisario con su hija.

No obstante, estimo que esta novela sí merece la pena ser leída, por lo que es, como una novela de serie negra con la que se puede pasar un fin de semana de agradable lectura, que para colmo puede ayudar, desde la distancia, a comprender un poco mejor la caótica situación que padece Grecia, que cada día que pasa tiene mayores similitudes con la española.



Miércoles, 24 de abril de 2012