viernes, 12 de septiembre de 2008

Crematorio


LECTURAS
(elo.130)

CREMATORIO
Rafael Chirbes
Anagrama, 2.007

Hay veces, después de tanto insistir, que uno se topa con algo interesante, que pica un pez que logra sorprender por su tamaño, y eso, evidentemente no es por casualidad. Mantener la caña extendida significa, que hay que conformarse en la mayoría de las ocasiones con piezas que es mejor devolver al mar o tirar directamente a la basura, pero también, aunque sólo en raras ocasiones, alcanzar la alegría de lo inesperado. Ese es el gran premio que todo lector espera, que después de tener que soportar tanta banalidad, tanta aridez y vulgaridad revestida de bisutería barata que a algunos incluso llega a deslumbrar, sentir, comprobar que de pronto salta la liebre, precisamente en el momento, en que por aburrimiento uno se planteaba tirar los aparejos y dedicarse a cualquier otro tema. Esto es lo que me acaba de ocurrir, pues después de tanto hablar del bajo nivel de la literatura que se realiza en la actualidad, de con resignación aceptar que lo que hay es lo que hay, y de intentar, en la mayoría de las ocasiones, justificar lo injustificable, me he topado con una obra de altura, de esas cuyo nivel de exigencia en todo momento hay que aplaudir, independientemente al resultado final de la misma, que en esta ocasión, para colmo, es muy aceptable.
Hasta ahora no había leído nada de Chirbes, siendo uno de esos autores que estaban ahí, imaginaba que de segunda categoría, de los que se conforman con contar una historia de esas que no dejan nada en el alma del lector, como la mayoría de las que se editan en nuestros días. Estaba equivocado. Si el resto de la obra del valenciano se halla a la altura de esta novela que acabo de terminar, tengo que reconocer, que me he encontrado con uno de los autores españoles más interesantes, a la altura, sin ningún género de dudas, de aquéllos a los que más admiro. Se trata de una novela generacional, en donde una serie de personajes, todos ellos estrechamente relacionados en su juventud, en largos monólogos, hablan de su existencia, de su pasado y de su presente, a raíz de la muerte de uno de ellos. Creo que la gran virtud de esta obra, radica en que Chirbes demuestra que la linealidad en literatura, en la mayoría de las ocasiones resulta o puede resultar castrante, y que existen otros caminos, infinitamente más literarios, desde los que poder elaborar historias que no sólo se limiten a mostrar la vertiente más accesible (para la trama y para determinados lectores) de los personajes. No, Chirbes sabe, y lo demuestra en su forma de hacer literatura que nada es blanco o negro, que nadie es bueno o malo, y que cada cual es por lo que ha sido, pero sobre todo, que nadie es lo que ha querido ser, sino sólo lo que ha podido. La vida es demasiado difícil como para poder ser manejada con la maestría que determinados autores imponen a sus personajes, alejándolos de esa forma de la propia realidad, de la propia vida, lo que por extensión convierte a la literatura entendida de esta forma, en algo inservible para todo aquello que vaya más allá del mero entretenimiento. La grandeza de los personajes de Chirbes, al menos en esta novela, radica en que son reales, al poseer ese cúmulo de contradicciones que les aporta vitalidad y los hacen cercanos al lector, que se ve reflejado en casi todos ellos.
La vida, y este hecho no es fácil de aceptar, se desarrolla más por los cauces de los que hablaba Darwin que por los que postulaba Marx, ya que la existencia es una lucha constante, en donde sólo el más fuerte consigue alcanzar los objetivos siempre anhelados, mientras que los restantes, o aceptan de forma impotente dicha realidad, o vivirán su existencia desde el fracaso, como les ocurre a todos los personajes centrales de la novela, excepto en el caso de Rubén Bertomeu, que se alza sobre la realidad, dejando a un lado, para salir hacia delante, todos los prejuicios ideológicos que le ataban las manos. Resulta curioso que el único personaje que se salva en la novela, a pesar de ser políticamente incorrecto sea Rubén, que es un especulador inmobiliario, un individuo cercano a las mafias y uno de los que con su esfuerzo había conseguido cambiar la fisonomía, para mal, del litoral levantino, pero al parecer Chirbes, opta y apuesta más por la operatividad que por la ineptitud, más por los que siguen hacia delante que por aquellos que, se pasan la vida mirándose al ombligo. Por todo lo anterior, también es una novela sobre el fracaso de una generación que creyó poder tocar el cielo con sus manos, y que se estrelló contra la realidad, conduciendo a la mayoría de sus miembros, a un exquisito ensimismamiento que dejaba claro el fracaso de sus existencias. Se poseían ideales y se creía, que todo consistía en poner la vida al servicio de los mismos, sin tener en cuenta, que esos ideales en casi ningún momento contactaban con la realidad, que en nada se parecían a ella. Por ello, posiblemente el protagonista absoluto de la obra, Rubén Bertomeu, es el único, a pesar de sus controvertidas prácticas profesionales, que sale ileso de la misma, al tener claro, como dice en algún momento, que las ideas que impidan observar, o que oculten la realidad, no son ideas, son mentiras.
Para terminar, tengo que decir que hacía tiempo que no disfrutaba tanto con una novela, lo que me va a obligar a rastrear la obra anterior del autor, hecho que con toda seguridad, para qué negarlo, me resultará un placer. Es agradable comprobar, que aún siguen existiendo autores, que a pesar de los pesares, apuestan por hacer posible una literatura diferente, de calidad, y que no tengan miedo de las crueles y dictatoriales prácticas de los mercados.

Sábado, 23 de Agosto de 2.008

martes, 9 de septiembre de 2008

El niño con el pijama de rayas


LECTURAS
(elo.129)

EL NIÑO CON EL PIJAMA DE RAYAS
John Boyne
Salamandra, 2.006

La primera vez que escuché hablar de “El niño con el pijama de rayas” fue en un programa radiofónico, en donde Almudena Grandes y Juan Cruz, en un espacio en donde semanalmente comentaban un libro, no dejaron de elogiar ni por un momento la novela de Boyne. A las pocas semanas me sorprendió que la novela ya se hubiera encaramado en el primer puesto de todas las listas de libros más vendidos, lugar que aún, después del tiempo transcurrido no ha abandonado. A pesar de ser un éxito editorial indudable, en ningún momento he tenido la tentación de acercarme al texto en cuestión, un poco por prejuicio, pues reconozco que tengo ciertas reticencias hacia los superventas, y un mucho porque estoy bastante saturado de la temática que aborda la obra. No obstante, una vez que por casualidad el texto ha caído en mis manos, no he dudado en leerlo, pues siempre resulta interesante saber por dónde soplan los vientos, o lo que es lo mismo, por intentar comprender, en la medida de lo posible, los motivos que han convertido al libro del que hablo en un fenómeno editorial difícilmente repetible. Estas navidades, me llamó la atención, en la librería de unos Grandes Almacenes, que una mujer de edad avanzada, pasara por caja tres ejemplares de la novela, posiblemente, es una apreciación mía por supuesto, para regalárselos a cada uno de sus nietos, pues nunca había visto que alguien comprara el mismo regalo a tres personas diferentes, lo que me llevó a pensar, que “El niño con el pijama de rayas” tenía que ser un texto bastante simple, que más que una obra literaria tendría que ser un objeto de consumo. Pero no, hoy, cuando acabo de terminar de leer la novela, me he dado cuenta que una vez más estaba equivocado, pues la obra, a pesar de poder ser un regalo agradable, que lo es, tiene cualidades literarias innegables, y lo que resulta más interesante, que posee un objetivo concreto, algo que en la literatura que se publica en la actualidad no suele ser habitual. La novela de Boyne, ante todo, y esto creo que es fundamental decirlo cuanto antes, es un relato que trata de transmitir un contenido moral, fundamentalmente a los adolescentes, pues con toda seguridad, a éstos, es a quien va dirigida la obra. Trataré de ir por partes. Lo primero que llama la atención de la novela, es que es de una simplicidad extrema, lo que no es nada fácil, hecho que hace comprender al lector, que es una obra para jóvenes, singularidad en donde puede asentarse su excelente acogida. Pese a lo anterior, estoy convencido, que la gran mayoría de sus lectores han sido adultos, y más aún, que la mayor parte de los mismos no son lectores habituales, que han encontrado en la ingenuidad y en la simplicidad de la obra, el activo más importante de la misma, lo que gracias al boca a boca, que es única forma gracias a la cual se propaga de forma sostenible una obra literaria, ha logrado que en pocas estanterías, por muy desérticas que tradicionalmente estén, no se encuentre aún el librito de rayas.
Es una novela fácil de leer que se puede acabar en pocas horas, que contrasta con las últimas novelas de éxito, que casi todas se definían por su volumen oceánico, hecho que debería hacer reflexionar tanto a editores como a escritores. Un lector esporádico no puede permitirse el lujo de enfrentarse a un novelón de setecientas u ochocientas páginas, por la sencilla razón, de que con el ritmo de lectura que mantiene, nunca superior a una o dos horas diarias, la terminación de la obra en cuestión se dilataría durante meses. Es preferible, por tanto, vender muchos libros a un precio razonable, como es el caso del de Boyne (estoy convencido de que otra de de las razones de su éxito se encuentra en los trece euros que cuesta cada ejemplar), que vender unos pocos con un precio excesivo, de esos que en la mayoría de las ocasiones se abandonan sin terminar. Aparte de hacer rentables sus empresas, lo que sólo se puede conseguir vendiendo más y más libros, el objetivo de toda editorial que se precie, sobre todo en estos tiempos difíciles para la letra impresa, no puede ser otro que el de crear nuevos lectores, hazaña que se consigue, sacando al mercado obras accesibles e inteligentes, ya que ambos calificativos en ningún caso son contradictorios. Bien, “El niño con el pijama de rayas” es sobre todo eso, una obra accesible e inteligente, que aborda desde una perspectiva diferente el tan manoseado tema del Holocausto, pues en esta ocasión el lector se encuentra, para su sorpresa, con la visión de un niño, que desde fuera, pues es el hijo del responsable de un campo de concentración, trata de comprender lo que ocurre a su alrededor. Pero no sólo se queda en ello, lo que en un principio podría ser suficiente, sino que deja sobre la mesa, o mejor dicho sobre la consciencia de cada lector un mensaje contundente, aquel que afirma, que no se le debe hacer el mal a nadie, aunque sea por motivaciones ideológicas, si no se desea padecer ese mismo mal. Creo no obstante, que por encima de todo lo anterior, la gran virtud de la novela, es que aborda un hecho que todo el mundo parece conocer, sin haber profundizado realmente sobre él, lo que puede abrirle las puertas, no se puede olvidar que en principio está realizada para adolescentes que sólo poseen ideas vagas y estereotipadas sobre el tema, a que intenten, con posterioridad, ahondar para comprender las causas de lo que sucedió, lo que hay que reconocer que no es poco.
Por ello, pese a la idea que en principio tenía sobre la novela, no tengo más remedio que admitir, que se trata de una obra completamente recomendable para todos los públicos, un buen regalo para nuestros hijos, pero también, para todo aquel que disfruta o espera disfrutar de la literatura.

Miércoles, 13 de Agosto de 2.008

viernes, 22 de agosto de 2008

Los hombres que no amaban a las mujeres


LECTURAS
(elo.128)

LOS HOMBRES QUE NO AMABAN A LAS MUJRES
Stieg Larsson
Destino, 2.005

Siempre he creído, que cada novela requiere su momento, que hay un tiempo para la alta literatura y otro para la novela popular, y que ambas formas de entender la literatura pueden convivir de forma armónica. Pero son muchos los que estiman, que la novela popular es un producto que sólo puede ser asumido por lectores ocasionales, por aquellos que sólo leen para entretenerse, como si éste no fuera el objetivo básico de toda obra literaria que se precie. Sí, la literatura que no entretenga no tiene sentido, pues nadie, ni el más voluntarioso de los lectores, podría soportar, diga lo que diga, la lectura de cientos y cientos de páginas sin sentir placer en lo que lee, sin lograr evadirse, gracias al talento del que escribe de la realidad que le circunda. La literatura, y más concretamente la novela, tiene que buscar en primer lugar el entretenimiento del lector, de suerte que, sea cual sea el nivel de la misma, una novela que no consiga embelezar y substraer al lector de su existencia cotidiana, en ningún caso podrá tildarse como buena. Cierto que existen niveles, pues cada lector posee, debido a su intransferible y singular historial, un grado de exigencia diferente, motivo por el cual, una extraordinaria novela para uno, puede resultar insoportable e insufrible para otro. Resulta lógico afirmar, que contra más lecturas se tengan acumuladas, más se exigirá de la obra que se posea entre las manos, resultando por tanto el disfrute más difícil de conseguir, pero al mismo tiempo más intenso resultará el mismo en el momento en que consiga. Afortunadamente no se disfruta siempre con las mismas cosas, lo que ocurre también con la literatura, pues existen obras, que parecen estar realizadas para determinados momento y no para otros. Lo anterior, en especial, ocurre con la novela negra o policíaca, que al menos para el lector de fondo, cuando es buena, es saboreada como algo gratificante que casi siempre consigue recargarle las baterías y reconciliarlo con la literatura, con la que cada día que pasa, mantiene una relación más conflictiva.
Suelo recurrir a la novela policíaca en momentos de saturación, en los que deseo perderme en los vericuetos de una historia, digamos que banal (aunque no todas las novelas de este tipo lo son), que consiga acogerme entre sus brazos, al menos durante unas horas, aunque tampoco, entre otras razones porque no es bueno, suelo abusar de ellas. Por casualidad, de vacaciones, época en la que me resulta imposible leer nada, ha caído en mi poder esta novela, que semanas antes había visto amontonada en los escaparates de varias librerías, motivo por el que inconscientemente la catalogué como una novela ligera de esas de consumo veraniego. Como el libro que durante días estaba intentando leer, uno de relatos en donde la metaliteratura tenía un protagonismo estelar, me resultaba a todas luces imposible pese a la fama de su autor, comencé con precaución a leer las primeras páginas de esta novela de un autor desconocido para mí, pero cuando me di cuenta, en un auténtico santiamén, ya había sobrepasado el primer tercio de la novela. Esta es una de las cosas que más me sorprenden y me interesan de la buena literatura policíaca, su capacidad para hechizar, cualidad de la que tendrían que tomar nota los autores de la llamada literatura seria, que en demasiadas ocasiones olvidan, que lo que escriben va dirigido a un público, por muy reducido que éste sea. Bien, como decía, en poco tiempo me encontré enfrascado en una historia interesante y bien contada, de esas que te obligan a leer y leer, ayudándote a olvidar los problemas que te embargan e hipotecan la existencia. Me hacía falta leer algo así, una novela ligera pero con la calidad suficiente como para intentar terminarla lo antes posible, no porque tuviera prisa o algo urgente que realizar, sino por el mero hecho de conocer el final de la trama. El problema, es que una vez terminada, comprendí, a pesar de lo bien que se lee y de la excelente estructura que posee, que la novela en cuestión, en conjunto resulta bastante irregular, siendo muy superior la primera parte que la segunda, es decir, que la exposición de los problemas, como en muchas ocasiones suele ocurrir, literaria y argumentalmente, es mucho mejor que la resolución del caso, pues al autor, de forma incomprensible, al final se le va la mano.
Un periodista especializado en información económica, después de ser condenado de acusar sin pruebas a un importante financiero sueco, consigue descubrir a un asesino en serie que había causado la muerte a una multitud de mujeres. Inmediatamente después, desenmascara al hombre de negocios que lo acusó, dejando al descubierto, lo que casi consigue desestabilizar al sistema financiero de su país, las prácticas mafiosas del mismo. Al final creo que todo resulta excesivo, que el autor ha debido disparar contra objetivos más modestos, pues de esa forma hubiera sido más creíble su historia, ya que no es de recibo, que el periodista en cuestión, con la ayuda de una pirata informática (demasiado fiel a los estereotipos que sobre ellos circulan) consiga cobrar dos piezas del tal calibre. Pero si se pasa por alto lo anterior, y la descompensación existente entre la primera y la segunda parte, tengo que reconocer, que esta novela puede resultar una lectura refrescante para estos días estivales, pero en ningún caso, como dice la solapa de la misma (algún día habrá que reflexionar sobre ellas) “es la novela de la década”.

Lunes, 11 de Agosto de 2.008

miércoles, 13 de agosto de 2008

Made in China


LECTURAS
(elo.127)

MADE IN CHINA
Manel Ollé
Destino, 2.005


De un tiempo a esta parte, de China se habla de forma constante en todos los foros y en casi todas las conversaciones. Se sabe con seguridad que es la gran potencia emergente, la única que en pocos años, podrá hacerle la competencia a Estados Unidos, y no sólo en el ámbito comercial. China se encuentra ahí, creciendo y creciendo, mientras que el resto del orbe, la observa con una mezcla de fascinación y temor. Para algunos, ante todo representa una amenaza, mientras que para otros es el ejemplo a seguir, lo que ocurre, es que el gigante asiático es una realidad tan compleja, tan poliédrica, que nadie, ni tan siquiera los más entendidos en la materia, se atreven a predecir lo que va a ocurrir con ella a medio plazo. Su vitalidad es demoledora, pero padece una serie de problemas estructurales, que pueden conducirla, si no es gobernada con tino, a una situación caótica de graves consecuencias, y no sólo para su población, sino también para el resto de la humanidad. China es una incógnita, un país que tiene la obligación de tirar hacia delante, que no puede, y esto es de una gravedad absoluta, permitirse índices de crecimientos inferiores al 9% anual si realmente desea controlar sus contradicciones internas. El Libro de Manel Ollé es un documentado acercamiento a la realidad China actual, que no aspira a ofrecer respuestas a las diversas cuestiones que el fenómeno chino plantea, sino aportar datos sobre las múltiples variables que conforman y definen dicha sociedad.
Como siempre que se habla de ese enorme país, para comenzar, hay que dejar sobre la mesa un dato escalofriante que condiciona por sí sólo toda la realidad china, el que su población representa el 22% del total de la humanidad, lo que quiere decir, que en China, conviven mil trescientos millones de habitantes, hecho que pone de manifiesto la responsabilidad a la que tienen que hacer frente sus gobernantes. China está gobernada por el poderoso y monolítico Partido Comunista Chino, pero paradójicamente la política que se lleva a cabo en el plano económico es de un neoliberalismo extremo, lo que significa, que se implementa una política de control absoluto en el plano social, y otra de guante blanco en el económico, estrategia que singulariza al régimen chino, y que está sirviendo como modelo a seguir a otros países, pues el éxito del mismo, siempre es mostrado como modélico. Control social y autonomía económica, o lo que es lo mismo, libertad para el capital y sumisión para la ciudadanía, planteamiento que podría ser definido como el paradigma del capitalismo avanzado, o dicho de otra forma, como la plasmación del sueño utópico del capital.
¿Pero cómo se ha podido llegar a una situación tan contradictoria? Posiblemente aceptando con pragmatismo que un sistema cerrado y centralizado resultaba inviable para una economía como la China, pero también, comprendiendo que el desmantelamiento del Partido Comunista, es decir, la desaparición de un poder autoritario que canalizara todas las reformas con mano de hierro, podría llevar a ese país directamente al desastre. Con toda seguridad, los sucesos acaecidos en la antigua Unión Soviética, cuando de prisa y corriendo se dinamitó el régimen comunista, con el desastre económico que allí se produjo tuvo que tener su influencia. Lo que parece claro, aunque ello resulte difícil de entender en Occidente, es que en China la liberación económica no ha auspiciado una apertura democrática, hecho que puede significar que los derechos y libertades tan sacrosantos en nuestro entorno, no tienen tanta importancia por aquellas latitudes, siendo el progreso económico, el aumento de la calidad de vida y la estabilidad social lo allí prioritario. Ante la posibilidad de un estancamiento económico, que a medio plazo podría conllevar la desestabilización del régimen debido al descontento de la población, los dirigentes del partido, optaron por experimentar en determinadas zonas un sistema económico diferente, abriendo las fronteras para que el capital internacional se asentara en dichos reductos, atraídos evidentemente por una mano de obra abundante, barata y sumisa. El experimento fue un éxito, por lo que en poco tiempo el gobierno aceptó que dichos capitales, que llegaron en avalancha, pudieran instalarse en donde les apeteciera. Gracias a tal proceso, China se convirtió en la gran fábrica del mundo, en donde las grandes multinacionales localizaron sus centros productivos, después de deslocalizarlos de sus lugares de origen.
Pero a pesar del signo ideológico de su gobierno, la riqueza que deparó tal cambio no fue, como en un principio podría pensarse, redistribuida socialmente, situación que ha acabado deparando, que en la actualidad China sea el país en donde se manifiestan mayores desigualdades en el mundo, es decir, es un país gobernado por un partido comunista, en donde se aceptan y se potencian las desigualdades y en donde éstas, se conforman como parte esencial del sistema. Pero estas desigualdades que también se pueden apreciar en las zonas ricas, se multiplican, cuando se compara el nivel de vida existente entre la denominada zona costera e industrial con el territorio interior y agrario. A la luz de las diferencias de todo tipo existentes entre ambas zonas, se podría decir, que en realidad existen dos chinas, una emergente, que parece aspirar a todo, y otra que trata de sobrevivir, a la espera de que le llegue su turno. El problema de China, al menos uno de sus problemas, es que el desarrollo económico que ha llevado a cabo no ha sido armónico, sino que por el contrario, ha auspiciado el enriquecimiento de determinadas regiones y ha dejado de la mano de Dios a otras. Este hecho, tan frecuente por otra parte, no sería grave, si esa industrialización o enriquecimiento tendiera a corto plazo a elevar el nivel de vida de las zonas desfavorecidas, cosa que en absoluto ocurre en China, pues dichas regiones, las ricas, tienen su vista puesta en el exterior del país, en Estados Unidos, en Europa o en los países de su entorno, en lugar como sería deseable, hacia su propio interior. Se podría decir, por tanto, que posee un sistema económico no nacionalista, insertado a la perfección en el capitalismo transnacional, que es lo que en definitiva deslegitima al actual régimen chino, no que abra sus fronteras al capitalismo internacional, sino el que no mire por los intereses del conjunto de su población. James Petras no hace mucho habló de tal contradicción, ya que resulta imposible que las grandes industrias en la actualidad asentadas en China, atraídas por los salarios bajos, las inhumanas condiciones laborales y la estabilidad social que el régimen comunista impone, vuelvan su mirada hacia el interior el país, pues tal hecho sólo tendría sentido, si el nivel de vida de la China profunda aumentara de forma significativa, lo que supondría un aumento de los salarios, una mayor conflictividad laboral y con el tiempo el descrédito del sistema político hoy vigente en la República Popular China, lo que conllevaría necesariamente, a esas mismas multinacionales que en su día se asentaron en el país, a plantearse muy seriamente trasladar sus instalaciones a otros lugares más atractivos.
Por todo lo anterior, a lo que hay que añadir el déficit energético que padece, los problemas hidráulicos que ponen en peligro la sostenibilidad de su agricultura, la contaminación y la corrupción galopante que padece el cuerpo social chino, hay que decir, que es necesario observar al gigante asiático más como un peligro que como una esperanza, ya que sus enormes contradicciones internas, o bien tenderán a estallar, o por el contrario, situarla en una situación beligerante, gracias a la cual, al menos durante un tiempo, le sirva para ocultar sus indudables problemas internos.

Sábado, 26 de Julio de 2.008

sábado, 26 de julio de 2008

Si esto es un hombre


LECTURAS
(elo. 126)

SI ESTO ES UN HOMBRE
Primo Levi
Debolsillo, 1.958

Hace unos días, alguien me comentó, después de invitarme a un coloquio sobre un texto de Primo Levi, que la obra del italiano habría que clasificarla dentro de lo que él denominaba literatura partisana. Me sorprendió, pues no sabía que existiera tal registro, lo que me animó a releer “Si esto es un hombre” con la intención de poder asistir a los debates, que con toda seguridad se producirían una vez terminado el comentario de la obra. Aún, después de haber terminado el famoso texto de Levi, no estoy muy seguro de lo que quiere decir eso de literatura partisana, aunque con un poco de voluntarismo, podría entender, que se trata de una etiqueta que aspira a englobar a lo que muchos llaman literatura militante, aquella que ante todo aspira a denunciar una determinada situación entendida como injusta. En este contexto sí podría incluirse la obra de Levi, pues tanto su contenido como la metodología empleada para su exposición, parece que sólo tiene una aspiración, la de denunciar y publicitar, uno de los momentos más infames por los que ha tenido que pasar la humanidad, lo que con mayúsculas hoy se esconde bajo el concepto de Holocausto.
Los campos de concentración y de exterminio que el régimen nazi creó, gracias a su ideología xenófoba y criminal, representan una dura prueba para la humanidad, pues deja al descubierto ese lado oculto que la civilización y la cultura, a lo largo de la historia, han tratado en todo momento de ocultar. Sí, porque aquellos acontecimientos, tienen la virtud de recordarnos, que el ser humano es, o puede ser algo más de lo que desea aparentar, un ser monstruoso para el propio ser humano, de ahí los múltiples intentos por anegar y ocultar esa otra vertiente que tanto nos avergüenza, y que no sólo, y esto es importante dejarlo subrayado, pudo ocurrir bajo aquellas circunstancias como muchos se empeñan en asegurar. El régimen nacionalsocialista alemán, tan seguro de sí mismo, no ha sido un caso aislado, pues la historia reciente nos recuerda otros casos similares, como los ocurridos en Camboya o Ruanda, o más recientemente en Bosnia, en donde unos iluminados, con la seguridad que imprime sentirse seguros y satisfechos con las creencias profesadas, no dudaron en ningún momento en sembrar el terror sobre los que observaban como diferentes. El problema, es que la vergüenza es tal, que la propia humanidad trata de pasar de puntillas sobre tales acontecimientos, como si pensara, que es mejor no remover y tratar de olvidar, como si todo lo ocurrido sólo fueran hechos laterales o marginales en el fondo inevitable, consecuencias del esfuerzo que hay que realizar para guardar la compostura. Pero esos sucesos, que para muchos pueden resultar incluso anecdóticos, a pesar de los miles y miles de muertos que se han llevado por delante, tienen que ser recordados para que permanezcan siempre en la memoria, con objeto de que la vergüenza, el asco por nosotros mismos, actúe como antídoto para evitar que todo vuelva a repetirse. Cuando se recuerda lo acontecido en Alemania, lo fácil, lo que automáticamente sale a relucir, es el carácter alemán, que al parecer (pues no hay que olvidar que en este caso han sido “los malos de la película”), siempre ha sido propenso a creerse superior, pero eso sería un error, pues el caso alemán, debería hacernos comprender, que dentro de todos nosotros, agazapado, esperando el momento oportuno, se encuentra un nazi siempre dispuesto a saltar sobre el ser apacible que intentamos representar.
A pesar de todo lo que se ha escrito sobre los campos de concentración y de exterminio, sobre el genocidio llevado a cabo sobre judíos y gitanos, a pesar de los innumerables debates que sobre el tema se han desarrollado, dicen, que al menos en Estados Unidos, lo que realmente sorprendió y impactó, fue la proyección de una regular, sólo regular serie de televisión que se basaba en el tema. La serie se llamaba “Holocausto”, y sirvió, aunque su rigor histórico para los entendidos dejara mucho que desear, para que el grueso de la población norteamericana tuviera conciencia de lo que en realidad ocurrió. Es fundamental, por tanto, que se intente por todos los medios dejar al descubierto nuestras miserias, con objeto de que todos, absolutamente todos, y no sólo los intelectuales y los estudiosos, sepan hasta donde el ser humano puede llegar cuando se cree en posesión de la verdad, cuando en virtud de una determinada certeza, es capaz de aplastar al semejante, al vecino o al familiar que no piense como él.
De ahí la importancia de series televisivas, dirigidas evidentemente al gran público como “Holocausto”, pero también la de libros como los de Kertész o Levi, que desde una perspectiva diferente, nos recuerdan la importancia de los equilibrios democráticos, pues desaparecidos éstos, sólo queda el terror, o lo que es lo mismo, la ley de la selva.
El texto de Primo Levi me resulta sorprendente, pues su narración se basa en una mirada objetiva, que posee una frialdad difícil de comprender, lo que posibilita que pueda leerse de forma rápida, a pesar de su escabrosa temática, ya que el autor realiza un importante esfuerzo, por alejarse en lo posible, lo que es de agradecer, de cualquier victimismo, pues su intención no es otra que la de dejar constancia de unos hechos que bajo ninguna circunstancia se pueden olvidar.

Miércoles, 16 de Julio de 2.008

miércoles, 16 de julio de 2008

La fortuna de Matilda Turpin



LECTURAS
(elo.125)

LA FORTUNA DE MATILDA TURPIN
Álvaro Pombo
Planeta, 2.006


A pesar de la predilección que siempre he manifestado por la obra de Álvaro Pombo, tenía ciertas reticencias a leer esta novela, lo que sin duda se debía, al hecho de haber sido galardonada con el Planeta. Pero tales reparos, desaparecieron en el mismo momento en que comencé la lectura, pues desde un principio comprendí, que en ella se encontraba el Pombo de siempre, tanto el primero, pues sus obsesiones seguían siendo las mismas, como el actual, el que se distingue por esa prosa aparentemente descontrolada y dislocada, pero que en realidad posee una carga poética y una cohesión interna nada habitual. Sí, a pesar, como dicen, de ser una obra de encargo, realizada sólo para ganar el premio literario mejor dotado en lengua española, al que tenía su firma que aportar un prestigio que perdió hace muchos años, Pombo no ha bajado su nivel, aportando una obra, que aunque no se encuentre entre las mejores de las suyas, tampoco se asienta entre las peores. “La fortuna de Matilda Turpin”, es ante todo una obra de Pombo, distinguible en el acto, con todo lo bueno y también con todo lo malo de la narrativa del cántabro, lo que la convierte en una lectura inevitable para todos sus seguidores, a pesar de ese millonario premio, que aporta más a la editorial que lo patrocina que al propio novelista, pues Planeta, en esta ocasión, en lugar de por una novela vendible, ha apostado por un autor de prestigio, por una marca, en un intento por revitalizar un premio, que debido a la mala política editorial seguida, se encontraba en sus horas más bajas.
No sé, aunque tampoco me interesa, si las ventas de esta novela han sido mayores o menores que las anteriormente premiadas, pero en principio tengo que decir, que con premio o sin premio, Álvaro Pombo nunca será un escritor mayoritario, pues las historias que narra, carecen del interés necesario para el gran público, pues éste siempre apuesta por narraciones menos complejas, más explícitas que las que ofrece el autor de “La cuadratura del círculo”. Pombo es Pombo, y los que nos acercamos a su obra, en todo momento sabemos lo que nos vamos a encontrar, y también lo que no vamos a hallar en ella, pues ante todo, en lo que su literatura se busca, es precisamente eso, su literatura.
En esta novela, el autor vuelve a su temática fuente, a lo que se podría denominar su monotema, que no es otro, que las relaciones, las complicadas relaciones que tienen lugar dentro de un núcleo familiar. La familia tipo que siempre escoge, posiblemente porque es la que mejor conoce, es siempre la misma, una familia burguesa afincada en el norte de España, concretamente en Cantabria, que vive como en tantas otras ocasiones en un apartado palacete cerca del mar. Como ha dejado constancia a través de toda su obra, este tipo de familia, es presentada como un mundo cerrado, endogámico, que vive hasta cierto punto de espalda a la realidad, en donde todos sus miembros se encuentran estrechamente ligados a un eje vertebrador, que en todas las ocasiones, lo que resulta curioso, es una mujer. En esta novela también, aunque la novedad radica, en que ese centro gravitatorio recae en Matilda Turpin, que había fallecido hacía ya dos años. Por lo tanto, la novela de la que trato de hablar, es ante todo la historia de una descomposición familiar, posibilitada precisamente por la desaparición física de la persona que amalgamaba con su personalidad, con su enorme vitalidad, a todos los elementos que componían dicha unidad familiar.
Sus lectores desde un primer momento, pues el autor ni escribiendo por encargo cambia de registro, se encuentran con el familiar universo pombiano, pero en esta ocasión, por lo repetitivo del tema, descubren que la novela no funciona como otras anteriores, pues es una novela desigual, en donde lo peor de la literatura de Pombo queda al descubierto, lo que convierte a la obra, a pesar de sus logros, en una novela menor, en una novela menor del autor, lo que en ningún caso quiere decir que en una mala novela. Pombo tiene un problema, y es que sus historias tienden a empantanarse con relativa facilidad, lo que solventa dejando claro que ese es su estilo, pero en esta ocasión, para mi sorpresa, parece que al final de la misma, como si de pronto hubiera comprendido para quién estaba escribiendo, remata la novela de un modo un tanto antipombiano, es decir, evitando los meandros literarios que siempre lo han caracterizado, con la intención de cerrar la novela en veinte páginas. De todas formas, a pesar de lo anterior, estimo que la lectura de esta obra es fundamental para comprender la forma de entender la literatura del autor, pues en muchas ocasiones, las buenas novelas consiguen ocultar las deficiencias de sus autores, sus puntos negros, no sirviendo tanto, como las no tan buenas, para conseguir una visión más objetivas de los mismos. Pombo desde hace tiempo es uno de los autores más interesantes y singulares de la literatura española actual, siendo con Javier Marías, al menos en mi opinión, el más innovador de nuestros autores.

Jueves, 10 de Julio de 2.008

lunes, 14 de julio de 2008

La profesora de música


LECTURAS
(elo.124)

LA PROFESORA DE MÚSICA
John Cheever
Emecé, 1.946

Aunque duela decirlo, pues todo resultaría más fácil de forma contraria, hay que reconocer, que el hombre, al igual que la mujer, no ha nacido para vivir sólo, o dicho de otra forma, que el estado natural del ser humano es la vida en pareja. Pero la vida en pareja, ante todo es una fuente de conflictos, no siendo ni mucho menos, y eso los que hemos vivido en tal situación lo sabemos, ese país ideal cantado por los poetas. No, pues en ella, tienen lugar las guerras civiles más cruentas, ya que conjugar dos personalidades en un solo proyecto común puede resultar milagroso, algo que en ningún caso puede estar al alcance de cualquiera, de ahí el elevado número de fracasos que se producen. Una pareja que funcione, en la que las dos partes que la conforman se muestren satisfechos de sus respectivas existencias, no sólo resulta singular, sino que es un hecho extraordinario por el que en todo momento hay que brindar. Se podría decir con razón, que son muchas las parejas que resisten el paso del tiempo, que logran evitar el naufragio y mostrarse unida hasta el final, hasta que uno de los dos miembros desaparece físicamente. Cierto, son muchas, aunque cada vez menos las parejas que funcionan, las que se mantienen unidas pese a las adversidades, y que agarrándose a un voluntarismo casi inconcebible, permanecen unidas a pesar de los múltiples escollos que tienen que afrontar. La teórica crisis que padece la pareja en la actualidad, en buena medida se debe, a que se ha comprendido que no es una unión de destinos en lo universal, ya que es, o tiene que ser, una unidad de destinos, que permanecerá unida, mientras que esos destinos sean compatibles, o mientras no colisionen entre sí.
Hace unos días, me comentó un amigo, que después de tanto buscar y buscar, había encontrado lo que siempre había anhelado, la mujer ideal con la que poder compartir su vida. Según él, la perfección de esa mujer, radicaba en el hecho, de que no se entrometía en nada y en que le dejaba vivir su vida, lo que entendí, como que mi amigo había renunciado definitivamente a la posibilidad de vivir en pareja, y que ya sólo aspiraba a un sucedáneo de la misma, a vivir sólo pero acompañado en su eterna huida de la soledad. Sí, yo también durante muchos años me abracé a esa misma idea, pero esa solución, con el paso del tiempo, nunca llega a ser satisfactoria, pues en lugar de erradicar la idea de pareja con mayúsculas, lo que consigue es acrecentarla, ya que la soledad compartida, en muchas ocasiones es la peor de las posibles.
Después de demasiados fracasos, he llegado a la conclusión, al menos en teoría, que la estabilidad en el tiempo de una pareja puede deberse a dos motivaciones, o bien, a que uno de los dos componentes renuncie definitivamente a su perspectiva o a su proyecto vital, adhiriéndose de forma acrítica e incondicional al de la persona con la que comparte su vida, o por el contrario, lo que es más difícil y problemático, mediante la creación o la articulación de un proyecto vital común, que resulte independiente a los proyectos vitales de los dos integrantes de dicha pareja, que en lugar de anularse deben potenciarse y subrayarse. En la primera opción, sin dudas la más común, aparece el tema de la alienación, la supeditación de un miembro al otro, la subordinación del más débil al más fuerte, mientras que la segunda, intenta combinar la independencia de cada uno de los dos miembros, mediante la creación de un proyecto común que trascienda a ambos.
Existen, por supuesto, otras múltiples formas de afrontar la vida en pareja, pero creo, que las dos anteriormente expuestas son las más sostenibles, las que pueden aportar más satisfacciones, a pesar de que en un caso o en otro, el peaje que hay que pagar resulte en muchas ocasiones insostenible.
Cheever en este relato, como siempre sin florituras, habla o reflexiona sobre por qué se puede llegar a una relación de pareja caracterizada por la rendición de uno de sus miembros, de su rendición sin condiciones, lo que según él, leído lo leído, puede deberse, a que en determinadas condiciones es preferible adaptarse a lo que se tiene, que arriesgarse a que todo vaya a peor. Siempre se puede aspirar a más, por supuesto, pero eso implica que en dicha apuesta, se puede llegar a perder lo que ya se posee. Para argumentar lo anterior, crea una pareja en la que ella se siente traicionada, engañada, frustrada por la vida que lleva, echándole toda la culpa de sus males a su marido, que no le había podido aportar lo que ella esperaba. Su venganza fue la desidia, algo que no podía soportar la persona que vivía con ella, que a pesar de intentar salvar la relación, se encontró impotente ante la actitud de indolencia que su mujer mantenía. Pero la sangre no llegó al río, pues gracias a unas clases de música, éste, con sus insoportables ejercicios diarios, le hizo la ida imposible, acabando rindiéndose ella, después de comprender aquello de “más vale lo malo conocido…”.
Cheever en este relato sigue hablando de lo mismo, de las dificultades de la clase media, esa que teóricamente es tan feliz, para hacer frente a su cotidianidad, dejando al descubierto sus contradicciones y sus insalvables déficits, mostrando sus debilidades y limitaciones.

Viernes, 20 de junio de 2008