lunes, 7 de mayo de 2012

Confesiones de un Burgués

LECTURAS
(elo.241)

CONFESIONES DE UN BURGUÉS
Sándor Márai
Salamandra, 1934

Como muchos, quedé deslumbrado cuando hace tiempo, por casualidad, cayó en mis manos una novela de un desconocido autor húngaro, “El último encuentro”, novela que hablaba y se desarrollaba desde un mundo ya desaparecido, el centroeuropeo, que el autor, Sándor Márai, contraponía, por su mesura, al que proponía el nuevo tiempo emergente, el de la modernidad, que amenazaba con arrasarlo todo. Como muchos, decía, quedé maravillado con la lectura de las páginas de esa novela, en donde encontré un discurso que desde el sosiego, desde la razón, me hablaba de un mundo, de una civilización, que con paciencia sólo esperaba desaparecer, posiblemente porque ella misma sabía, que se encontraba incapacitada para competir con ese otro, tan fuertemente ideologizado y polarizado en todos los sentidos, que con urgencia exigía abrirse paso en la historia. De ese estilo de vida también habló Zweig en “El mundo de ayer”, pero quien me convenció de que en realidad esa civilización se había suicidado fue Joseph Roth con su inolvidable novela “La marcha Radetzky”. Pero a esos autores los leí después, sin duda alguna alentado por el interés que Márai me dejó por ese decadente y civilizado estilo de vida que dibujó en sus novelas. De Sándor Márai he leído todo lo que de él he podido encontrar, que creo que es bastante, por lo que a estas alturas puedo decir, que desde mi punto de vista es un autor bastante irregular, y que ninguna de sus novelas que leí con posterioridad, ninguna, se puede comparar con “El último encuentro”, aunque en todas ellas pude encontrar, además de su delicado estilo, la nostalgia que el autor sentía por ese mundo ya desaparecido.
De forma independiente al interés meramente literario que me dejaron alguna de sus novelas, he encontrado en la obra del escritor húngaro, sobre todo en las autobiográficas, que con toda seguridad son su mejor legado, aparte de importantes datos para comprender mejor un periodo histórico del que apenas conocía nada, la huella de un individuo, la del propio Sándor Márai, que era alguien mucho más interesante y contradictorio de lo que en principio pude intuir después de leer su obra de ficción. ¡Tierra, tierra! me sorprendió, pero estas “Confesiones de un burgués”, me han hecho comprender su punto de vista, singular como lo tienen que ser todos, tanto sobre su forma de entender la existencia como su actitud frente a la literatura.
Estoy de acuerdo con los que dicen que un texto literario es, y tiene que ser sólo un texto literario, o lo que es lo mismo, que su supervivencia sólo puede depender de él, de la calidad que pueda o no poseer, y que no puede supeditase, como en tantas ocasiones ocurre, a cuestiones extraliterarias. Efectivamente, pues una mala obra literaria nunca podrá justificarse por elementos que queden fuera del ámbito literario, ni tan siquiera por la singularidad, ni por los avatares que el que la escribió pudiera hacer frente en su momento, o dicho de otra forma, es necesario, al menos en principio, desligar la obra, para juzgarla con ecuanimidad, de la personalidad, del influjo de la personalidad del autor que la ha hizo posible. Una mala obra, como en muchos casos ha ocurrido, puede tener un momento gloria, pero el tiempo, ese juez implacable, siempre acabará depositándola en el lugar que le corresponde.
Pero a pesar de lo anterior, no cabe duda que conocer las circunstancias desde la que se ha hecho posible una determinada obra artística, que conocer la personalidad y el mundo en el que se desenvolvió el autor de la misma, redundará en un mejor conocimiento de la obra en cuestión. Sí, porque nunca se puede olvidar, por mucho que se hable del arte puro, del arte sin contaminar, que siempre detrás de una creación artística se encuentra o se ha encontrado un individuo a la intemperie, alguien azotado por todos los vientos de su época y del singular momento en que vivió.
Lo primero que me ha llamado la atención de estas memorias, ya que estoy acostumbrado a que este tipo de obras se realicen al final de una dilatada vida, es que fueron publicadas cuando Sándor Márai sólo contaba con treinta y cuatro años, y que a pesar de que había publicado cientos de artículos periodísticos, en los más importantes medios europeos de la época, aún no había publicado ninguna de sus célebres novelas. Márai en sus “Confesiones de un burgués”, trata de contarnos el itinerario que siguió desde que en un determinado momento sintió la necesidad de abandonar sus orígenes, a una edad muy temprana, hasta que se vio obligado a regresar a los mismos, después de comprender, que la vida cosmopolita que había llevado hasta entonces, plena en muchos aspectos, le imposibilitaba para afrontar el diálogo personal que necesitaba llevar a cabo “con su propio destino”.
En estas memorias, que se leen como si se tratara de una novela, y que claramente se dividen en dos partes, abarcando la primera desde la niñez que el autor vivió en la población en la que nació hasta que estalló La Gran Guerra, y la segunda, que relata el peregrinaje que realizó por numerosas ciudades europeas, hasta que comprendió que si quería dedicarse con seriedad a la literatura, que si quería decir literariamente algo importante y personal, no tendría más remedio que regresar a su patria, a sus orígenes. Sí, el texto puede leerse con la facilidad con que suelen leerse las obras de ficción, lo que ayuda, y mucho, a que no pueda considerarse una obra autobiográfica al uso, y eso a pesar, de que se nota que el autor trata de huir, diría como de la peste, demostrando su inteligencia, de dedicarse a contar sus peripecias con todo lujo de detalles, pues a lo último a lo que parece aspirar con ellas, es a convertirse en un ejemplo a seguir. No, pues Márai escribe estas memorias cuando comprende que ha llegado a un punto de fricción en su vida, que coincide a su vez con una ruptura histórica que se palpaba en el ambiente, que para bien o para mal, iba a acabar con una forma de vida, con una determinada forma de entender la existencia, la que para él encarnaba la mentalidad burguesa.
El espíritu burgués que tanto añora Márai, con el que se identifica y con el que trata de reencontrarse regresando a su patria, en donde creía haberlo disfrutado en sus primeros años, era una forma de vida en el que todo se encontraba en su lugar, y en donde la tolerancia lo impregnaba todo. Ese era su mundo primigenio, pero también era un mundo ya pretérito que había desaparecido por completo, incluso de su idealizada Hungría. El autor se ve superado por los acontecimientos, por el revolucionario tsunami de la modernidad, e intenta enrocarse, como lo demuestra las novelas que escribe a partir de ese momento, en la nostalgia de un mundo que no sólo ya no existía, sino que no podía volver a existir.
Antes de leer sus memorias creí que Márai era alguien que siempre había vivido de espaldas a la realidad, pero ahora comprendo que estaba equivocado, que después de haber vivido con intensidad, con una intensidad envidiable y en primera fila de los acontecimientos de su época, vuelve derrotado a su país para encerrarse en la nostalgia de un tiempo que ya sólo existía en su memoria.

Jueves, 29 de marzo de 2012





miércoles, 2 de mayo de 2012

Inés y la alegría

LECTURAS
(elo.240)

INÉS Y LA ALEGRÍA
Almudena Grandes
Tusquets, 2010

Hasta última hora me había negado a leer esta novela, pues me habían comentado, y desde todos los ángulos, que si algo podía encontrar en ella era la parcialidad con que Almudena Grandes afrontaba el tema de la Guerra Civil. Me había negado, sí, pero al final, un poco por mantener el seguimiento que hasta la fecha había llevado a cabo sobre la autora, y un mucho por no tener nada mejor que leer en un largo y complicado fin de semana, me he visto “obligado” a leerla, lo que me ha provocado contrapuestas consideraciones. Por un lado estoy de acuerdo con todos los que me alertaron sobre el gran problema que padecía, pues no cabe duda, ninguna, que a la autora se le va la mano con los personajes, y por otro, y de esto nadie me había advertido, me he encontrado con que, estructuralmente es la novela más ambiciosa, y con diferencia, de la novelista madrileña. Con “Inés y la alegría”, Almudena Grandes parece que deja atrás el tipo de novela en el que se había especializado, más cercana a la novela decimonónica que a la actual, que tan buenos resultados le había dado hasta el momento, para pasar a un tipo de literatura más arriesgada, al menos en lo referente a la metodología empleada para el desarrollo de la historia.
“Inés y la alegría”, y esto es conveniente tenerlo en cuenta, ante todo es una novela histórica, un género en el que la autora se estrena, que evidentemente le impone unas limitaciones, unas limitaciones que afronta con desigual resultado. Con esta novela intenta contar, y hacer recordar, la invasión que realizaron las tropas antifranquistas, asentadas en el sur de Francia, sobre el Valle de Arán allá por el lejano 1944, invasión, que pese a la importancia que tuvo, o que pudo llegar a tener, muy poco, por no decir nada, se sabe. Pero esa invasión existió, y en un momento crucial, cuando estaba a punto de finalizar la guerra europea, y cuando aún le faltaba bastante al régimen franquista para consolidarse, por lo que pudo provocar un cambio en la situación, un cambio radical en la historia reciente de España. Pero al parecer a nadie le interesó esa arriesgada apuesta, ni a los gobiernos aliados, ni a la dirección oficial del PCE, ni por supuesto al régimen franquista, por lo que el olvido, el ominoso olvido, se encargó de sepultar unos hechos, que tienen la virtud de avergonzar, por unas causas o por otras, a todos los que tuvieron algo que ver en los mismos. A todos, menos a los que participaron jugándose la vida en ellos, en aquella descabellada, o no tan descabellada misión, que con el tiempo comprendieron que habían sido traicionados por todos, en beneficio de unas estrategias a largo plazo, que sólo parecían comprender quienes la desarrollaron o intentaron neutralizarla desde la distancia.
En este aspecto, en el de recordar un hecho histórico desconocido por casi todos, y que de forma incomprensible se ha intentado ocultar, la novela resulta muy interesante, pues la autora utiliza correctamente los instrumentos que el género le proporciona, para amplificarlos y alumbrarlos como merecen, al tiempo que va dejando al descubierto las circunstancias entre las que hay que acomodar esos sucesos, y el papel que cada uno de los interesados en la partida trataron de jugar. En esto acierta la autora, vanagloriando a la novela histórica, a ese género literario tan maltratado y banalizado por sus propios autores, cuyo objetivo no puede ser otro, que desde lo literario, dar a conocer determinados hechos, pero fracasa, y creo que de forma estrepitosa, en lo referente al otro lado de la moneda, el de la vertiente literaria, ya que ha creado a personajes poco creíbles, sin aristas, sin apenas contradicciones vitales, que poco tienen que ver, lo que suspende directamente a la autora, con los seres humanos normales, con aquellos que han habitado siempre en nuestras calles y plazas. Almudena Grandes se equivoca, ya que idealiza a los de un bando y demoniza a los del otro, lo que una vez más demuestra lo perniciosa que es la ideología en todo lo referente a la novelística, que ante todo, y para eso se constituye, debe reflejar en la medida de lo posible la vida real, no la vida con la que sueñan sus autores.
Resulta evidente que nadie se puede substraer a su ideología, a su forma de ver y de entender el mundo, pero eso no significa, no puede significar nunca, y no hablo sólo en literatura, que se caiga en posicionamientos maniqueos de esos que tienen la facultad de simplificarlo todo. Se puede creer, se puede ser católico, comunista o incluso fascista, y comprender que ningún alma humana puede ser plana, que en cada persona, por el mero hecho de estar viva, debe existir una eterna contienda entre diferentes y variados posicionamientos, ya que lo contrario es huir de la evidencia para refugiarse en el eterno y estabilizador dos más dos, cuatro. La literatura, al menos la buena literatura, no se articula para mostrar a esos individuos irreales que creen y no dudan, que invariablemente saben, sean cuales sean las circunstancias, qué es lo que tienen que hacer, sino precisamente para todo lo contrario, para mostrar a aquellos otros, que después de grandes dificultades, consiguen hacer, si pueden, lo “que creen que deben hacer”. La literatura, y más concretamente la novela, tiene que ser como la vida, una ciencia inexacta, en la que nada puede ser demasiado evidente.
Almudena Grandes fracasa en la vertiente literaria de la novela, o al menos en parte, pues la estructura que crea es posiblemente lo más logrado de la obra, ya que partiendo de tres visiones, la de los dos protagonistas, y el de la propia autora, desarrolla toda la historia, en donde no faltan digresiones, ni datos históricos bien introducidos, indispensables para comprender lo que se cuenta, todo perfectamente enjaretado con un estilo adecuado. Pero el problema, el grave problema de la novela son los personajes, que al resultar tan perfectos dejan de ser creíbles, llegando incluso, sobre todo la protagonista, a resultar empalagosa.
De la literatura de Almudena Grandes, siempre me ha interesado la forma que tiene la autora de subrayar las contradicciones en las que viven instalados sus protagonistas, que precisamente es lo que he echado de menos en esta obra, en la que da la sensación, que los personajes, a medida que van creciendo, no son los que van generando la estructura y las diferentes secuencias de la novela, como posiblemente hasta ahora, en mayor o menor medida, ha venido ocurriendo en la obra de la autora, sino que, en esta ocasión, han tenido que ocupar y anegar unas estructuras ya edificadas con antelación y a las que tenían en todo momento que atenerse.
Por todo lo anterior, “Inés y la alegría”, como apunté en un principio, me ha dejado sensaciones contrapuestas, pues me ha servido, lo que no es poco, para conocer unos hechos que desconocía, pero por otro me ha defraudado literariamente, pues el “buenismo” que aplica la autora a la comunidad republicana, y el “malismo” a la franquista, en literatura sencillamente no es de recibo. No obstante, como también he dejado apuntado, hay que reconocer que la novelista “no jugaba en casa”, o lo que es lo mismo, que la novela histórica no es su registro, pese a lo cual, he observado una evolución literaria en ella, que con toda seguridad dará sus frutos en próximas obras. Antes de terminar, creo que es necesario decir, que sea cual sea el resultado, siempre hay que aplaudir, siempre, a los que se embarcan en proyectos que le obligan a dejar a un lado, aunque sólo sea por un tiempo, los registros que dominan, para aventurarse en otros en donde casi todo lo tienen que aprender.

Jueves, 15 de marzo 2012


jueves, 19 de abril de 2012

El nombre de los nuestros



LECTURAS

(elo.239)


EL NOMBRE DE LOS NUESTROS

Lorenzo Silva

Destino, 2001


Existe una literatura que parece tener un solo objetivo, el de dibujar un periodo histórico, o unos determinados sucesos del pasado, con objeto de rescatarlos del olvido, o en el caso de que aún se encuentren vivos en la memoria, de subrayarlos con objeto de aportar una visión de los mismos que obligue al que los lee, a reflexionar sobre ellos. Esto es, en principio, la función de la novela histórica, género literario que posee una importante repercusión en la actualidad, pues son muchos los lectores que se han abonado al mismo, encontrando en esas novelas, muchas de ellas de ínfima calidad, la posibilidad de poder adentrarse de forma amena, de la mano de los protagonistas creados por los autores, en sucesos históricos de relativa importancia. Sí, la novela histórica elige un paisaje ya existente, el que existió en un momento dado, creando en la mayoría de las ocasiones a personajes inventados que tienen la fortuna de poder pasear por los mismos, codeándose con figuras históricas reales, o asistiendo desde un lugar privilegiado a acontecimientos históricos relevantes. El método es sobradamente conocido, y a él se lanzan, a veces de forma temeraria, muchos novelistas que creen encontrar en dicho género, o bien la posibilidad de poder analizar con nuevos instrumentos la historia, o un importante yacimiento de temas, casi todos ellos de notable interés, que le puedan a ayudar a conseguir cierto reconocimiento público.

En este tipo de novelas la historia aporta los temas, lo que no es poco tal y como están las cosas, quedando en manos del autor el desarrollo de los mismos y la visión de los sucesos que analiza, lo que abre la posibilidad de innumerables enfoques para observar y evaluar un determinado momento histórico. Desde esta óptica, a pesar de que no soy un seguidor de la misma, la novela histórica posee un indudable atractivo, pues en ella, cuando se afronta con honradez, se pueden encontrar interesantes ejercicios intelectuales que van más allá, mucho más allá de narrar “lo que verdaderamente ocurrió”, que es donde se quedan la mayoría de los novelistas que se dedican a ella, sino que, se pueden aportar datos suficientes para que se comprenda mejor por qué “pasó lo que pasó”, y lo que es mucho más importante, por qué “no ocurrió lo que nunca llegó a pasar”. La novela histórica, a pesar de que en principio pueda parecer que posee poco margen de maniobra, ya que lo que sucedió sencillamente sucedió, ofrece sin embargo, la posibilidad de airear la historia y sacarla del formato, casi siempre interesado en que nos ha llegado, y también el de poder narrarla con voces diferentes, lo que hace posible cierta actitud revisionista ante un pasado que en muchas ocasiones es calificado de inmutable, y lo que es peor, de haber sido inevitable. Por tanto, es, o puede llegar a ser un tipo de literatura interesante, gracias a la cual, se abre la posibilidad, como ocurre con las novelas que realmente aprecio, de poder ir más allá de la mera historia que cuenta. Pero claro, no todos los que se enfrentan a este género se encuentran a la altura de lo que el mismo puede llegar a ser, pues no basta con poseer un conocimiento riguroso de los sucesos y de la época en que éstos acontecen, sino que también es necesario, imprescindible, además de no caer en la tentación, como a muchos les sucede, de quedarse en la superficie de los hechos que se narran, de tener voluntad de estilo, algo esencial para que la literatura sea literatura, o dicho de otra forma, es esencial que exista ese algo, que el escritor aporte “ese algo” que convierta a una mera narración en literatura.

“El nombre de los nuestros” es ante todo una novela histórica, novela que narra la masacre que padeció el ejército español, en 1921, en el antiguo protectorado marroquí, masacre que demostró la incapacidad de los mandos de aquel ejército, la inexistencia de una política gubernamental seria para aquella zona, y por supuesto, el absurdo de una guerra en la que ni se tenía razón, ni para colmo nada que ganar. Cuando nadie lo esperaba, los rifeño lograron articular un ejército que arrasó a las ropas coloniales emplazadas en la zona, lo que provocó un gran número de muertos, el desprestigio del ejército español y un revuelo político que consiguió poner ante las cuerdas al sistema de la época. Lorenzo Silva, autor del que nunca había leído nada, articula el tema partiendo de los que padecieron la situación, es decir, desde la posición de los soldados que tuvieron que hacer frente, dejando en muchas ocasiones sus vidas, al inesperado levantamiento rifeño, y todo por defender una bandera y una causa en la que muy pocos creían. Para ello, la narración se centra en varios acuartelamientos o posiciones de las muchas que fueron arrasadas por los levantiscos rifeños, situando en las mismas a diferentes personajes, que son los que padecieron, en “sus propias carnes”, aquella carnicería. El autor, de esta forma, consigue humanizar su narración, con la que intenta hacerle comprender al lector, con la empatía que siempre facilita la técnica novelística, que aquel desastre, que hoy en día ya no se subraya en los manuales de historia, ante todo fue un desastre humano, y que si es cierto que la historia siempre se escribe al dictado de los que detentan el poder, también lo es, que siempre la padecen los mismos, los que no tienen más remedio que obedecer las directrices que emanan de los que teóricamente “saben”.

“El nombre de los nuestros” es una novela que se puede leer bien, pues está escrita por alguien que sabe el oficio, que puede servir, entre otras cuestiones, para recordar unos sucesos de los que este país aún tiene que avergonzarse. Lorenzo Silva, afortunadamente no se queda en esos hechos, sino que obliga al lector a preguntarse y a preocuparse por las causas que originaron los mismos, lo que sin duda habla bien del autor. Pero la novela no llega, o al menos a mí no me ha llegado a seducir en ningún momento, debido posiblemente a que la he encontrado poco literaria. Es una novela de perfil bajo, en la que el autor no aporta ningún lujo estilístico, ningún quiebro que realce y haga más atractiva la narración, al ser una obra trabajada piedra a piedra por alguien, al menos ésta es la impresión que me ha dado, que se limita a trabajar honradamente, lo que evidentemente no es poco, aunque tampoco suficiente.


Domingo, 19 de febrero de 2012



jueves, 12 de abril de 2012

Orgullo y prejuicio


LECTURAS

(elo.238)


ORGULO Y PREJUICIO

Jane Austen

Alianza Editorial, 1813


Aunque como todos he bebido de ella, a estas alturas no soy un especial enamorado de la literatura popular, pese a lo cual, de vez en cuando se me critica que me acerco demasiado a sus costas, lo que en lugar de molestarme me enorgullece, ya que estimo, que en ese tipo de literatura, cuando de verdad posee calidad, se puede encontrar la gran novela de todos los tiempos, y para precisar más, la esencia de lo que siempre ha sido la novela. No me siento en estos momentos especialmente atraído por esta literatura, es cierto, porque creo que tiene un espacio, un periodo de vigencia en la vida de cada lector, que éste, por necesidad, con el tiempo se ve en la obligación de de abandonar para buscar otro tipo de lecturas. No es lógico que nadie, sobre todo si se trata de un lector habitual, se quede anclado definitivamente en estas novelas, ya que entonces se transgrediría la función de las mismas, que no es otra, que la de crear buenos lectores, lectores que con el tiempo, paradójicamente, no tendrán más remedio que dejar atrás las obras que le enseñaron el amor por la lectura. Ciertamente hay muchos que se quedan, pero sólo los lectores no habituales, los esporádicos, aquellos que sólo aspiran entretenerse con lo que leen, lo que a pesar de ser legítimo nunca ha sido la aspiración última de la novela, al menos de la novela de calidad. Estoy desde hace tiempo convencido que la función de la literatura popular no es otra que esa, la de crear buenos lectores, lectores que con el tiempo la abandonen en busca de otras formas más avanzadas de entender la literatura, lo que obliga a muchos de éstos, sobre todo al principio, a aborrecerla y a reírse de su ingenuidad, lo que siempre, en todo caso, es una injusticia. Pero como dije antes, en esa literatura tan desprestigiada, se encuentra la mejor literatura, y se quiera o no, al igual que todos los lectores hemos mamado de ella, incluso aquellos que la critican con mayor ahínco, toda la buena literatura actual, incluso la más vanguardista, tiene sus orígenes en la misma, por lo que estimo, que de vez en cuando, sobre todo cuando uno se encuentra saturado con lo que hoy se escribe y se publica, es conveniente volver a ella para recuperar el norte, por reencontrar la línea matriz de lo que debe y tiene que ser la novela.

Últimamente, por una serie de circunstancias que no puedo enumerar aquí, me estoy zambullendo en la literatura popular británica del siglo XIX, que no leí en su momento, posiblemente por prejuicios, que desconocía casi por completo, lo que me está provocando un enorme placer, pues entre otras cuestiones estoy observando, mientras leo y leo, sin que sienta la necesidad de abandonar la lectura como tanto me está ocurriendo en los últimos tiempos, que todo lo esencial en literatura está inventado, y que, de tanto correr hacia delante, a muchos de nuestros escritores de éxito se le ha olvidado lo esencial, de ahí el escaso recorrido que tienen sus obras, pero sobre todo, la rapidez en que esas obras suelen caer en el olvido. En esta ocasión, he leído “Orgullo y prejuicio”, y he comprendido el motivo, de que a pesar de los años, y de la cantidad de las historias acumuladas, muchos que la leyeron hace demasiado tiempo, aún guardan en su memoria el tema de la misma, e incluso los nombres de algunos de sus protagonistas, y eso a pesar de que la historia que se desarrolla en la novela no es nada del otro mundo.

Sí, porque a pesar de la importancia o la trascendencia que puedan tener las historias que se narran, éstas no son lo más importante, ya que para la literatura, lo que realmente cuenta es cómo se narren dichas historias, la forma en que el novelista afronta lo que desea contar. No basta con tener en la cabeza el mejor de los relatos posibles, si después, a la hora de la verdad, no se sabe plasmar esa historia de la forma adecuada sobre un papel. Ya, como se sabe, se han contado todas las historias, de suerte, que todos estamos saturados, cansados de que constantemente se nos quieran contar, como si fueran inéditas, nuevas y en principio novedosas historias, por lo que, sobre todo en literatura, se debe aspirar a algo más, sencillamente a que lo que se nos cuente, además de ser mínimamente interesante, tengan otros alicientes que faciliten no sólo la digestión, sino también, y esto es esencial, la degustación de las mismas. “Orgullo y prejuicio” es una novela de amor, en donde una mujer, después de múltiples dificultades, y con todo en contra, al final consigue que el hombre al que ama se comprometa con ella, en fin, una historia de otros tiempos, de esas que cada lector puede tener la convicción de haber escuchado, visto e incluso oído en infinidad de ocasiones, pero da la casualidad que en esta ocasión, y por esto ha perdurado esta obra en el tiempo, existen una serie de elementos adicionales, a pesar de lo primitiva que en principio puede resultar la narración, que consiguen singularizarla y hacerse con un hueco, sin demasiados aspavientos, en la memoria del lector.

Cuando no hace mucho comenté “Sentido y sensibilidad”, dije que narrativamente hablando, me había parecido una obra bastante primitiva, en donde lo único que me interesó, aparte de que se podía leer sin ningún tipo de dificultad, lo que no es poco, era la descripción del estilo de vida de la burguesía agraria británica de la época. De todas formas me pareció una obra aceptable, sobre todo si se tenía en cuenta que se trataba de la primera obra de la autora. Ahora en “Orgullo y prejuicio” me he encontrado con otra Austen, mucho más madura literariamente, abordando un tema mucho más complejo y polifónico, el clasismo existente dentro de una misma clase social, superando sin dificultad el maniqueísmo de su primera obra y profundizando en la misma temática, en la descripción de los usos y costumbres de la clase social a la que la propia autora pertenecía. Además se puede decir, como ocurre a veces en la temática de algunos autores, que Austen vuelve a escribir la misma novela, aunque en esta ocasión aparece ya dotada de nuevos y más potentes instrumentos narrativos que en la primera de sus obras, lo que hace que “Orgullo y prejuicio” no sólo sea mejor que la anterior, sino que sin duda alguna es una buena novela, de esas que pueden justificar por sí sola, la carrera literaria de un determinado autor.

Uno de esos instrumentos narrativos que me ha sorprendido encontrar en Austen, y que no logré atisbar en su primera novela, es la fina ironía que utiliza, sobre todo personalizada en el padre de la protagonista, desde mi punto de vista el personaje mejor dibujado, cuya visión de lo que acaecía a su alrededor, en el absurdo de la forma de vida que le rodeaba, sobre todo en lo referente al rol que desempeñaban las mujeres, que a falta de otros quehaceres más estimulantes, sólo se dedicaban, si tenían edad a buscarse novio, y si no, a buscarles un buen partido a sus hijas o a cotillear sin descanso con los vecinos. Al final, como era de imaginar, todo cuadra a la perfección de una forma bastante previsible, y todo el mundo consigue lo que quería, aunque durante el desarrollo de la historia, la autora se encarga de desnudar, de forma muy crítica, a la sociedad en la que vivía.

En esta novela he comprendido que Austen fue una novelista más importante de lo que pensaba, por lo que trataré de seguir leyéndola, a lo que me ayudará, sin duda, la atonía y la anemia que padece la novela de nuestros días.


Martes, 31 de enero de 2012



miércoles, 4 de abril de 2012

Cumbres borrascosas


LECTURAS

(elo.237)

CUMBRES BORRASCOSAS

Emily Bronte

Debolsillo, 1847

Acabo de leer una novela, que como me pasó con “Sentido y sensibilidad”, he abordado más para comprender los motivos por los que se ha mantenido viva a través de los años, que porque tuviera verdadero interés en leerla, ya que estaba seguro, completamente convencido, que ni la estética ni el discurso de la misma me llegarían a interesar. “Cumbres borrascosas” es una novela, un novelón clásico donde los haya, una de esas obras, propias del género femenino, de las que siempre he oído hablar, pero de la que hasta ahora, posiblemente por las características de la misma, nunca se me había ocurrido afrontar. La verdad, y no quiero entrar en una cuestión de género en lo referente a la literatura, es que no conozco a muchos hombres que la hayan leído, aunque por el contrario, sí tengo noticias de que innumerables mujeres han disfrutado de lo lindo con ella, hecho que no debe dejar de llamar la atención, sobre todo cuando se está convencido, como lo estoy, que la buena literatura sólo puede ser eso, buena literatura, por lo que siempre tiene que ser apta para todos los públicos. Pero a pesar de lo anterior, que no deja de ser una declaración de buenas intenciones, una concesión a lo políticamente correcto, tengo que admitir que existe una literatura, con independencia de la calidad que posea, dirigida más a las mujeres que los hombres, al igual que existe otra que suelen saborear mejor ellos que ellas, sobre todo en el contexto de la literatura popular, a la que tanto debemos los que aún, a pesar de los pesares, preferimos pasar nuestros momentos de ocio delante de un buen libro. Sí, porque aunque puede parecer de una simplicidad extrema, a las mujeres, a pesar de los tiempos en que vivimos, y este hecho se debe sobre todo a motivaciones culturales, al menos eso quiero creer, le interesan más los temas sentimentales, y cuanto más tormentosos mejor, que las historias protagonizadas por intrépidos espadachines. Pero dejando estas cuestiones a un lado, ya que son demasiado espinosas, lo que sí está claro, es que la calidad literaria de un determinado texto poco tiene que ver con la historia que se narre, siempre y cuando ésta posea la fuerza necesaria para soportar, de forma airosa, su propia narración.

“Cumbres borrascosas” es una novela extraña, sujeta a su tiempo, pero al abordar el “drama humano”, que es lo único imperecedero, logra traspasar con soltura ese anclaje que pudo convertirla en una novela sólo de su tiempo, de esas que nadie parece recordar y de las que nadie se atrevería a leer en nuestros días, en donde al parecer, sólo al parecer, todo es muy diferente. Es una novela que habla del amor que dos hombres sienten por una misma mujer, y que al elegir ésta, destruye la vida del que deja a un lado, lo que convierte a este último en un ser rencoroso y pendiente siempre de su futura venganza, pero también de la importancia del ambiente familiar en el que se viva, de lo esencial que es, a la larga, haberse sentido querido para soportar, con la dignidad necesaria, los diferentes reveses que de forma inevitable la existencia trae consigo, y por supuesto, de que “no hay mal que cien años dure”, pues la maldad, como parece que deja claro la autora, sólo puede ser derrotada por la inocencia y por la bondad.

Como dije con anterioridad es una novela extraña, que en mi opinión posee dos virtudes esenciales, que se deja leer bien, incluso muy bien, lo que no es poco si se tiene en cuenta cuándo fue escrita y que es la única novela de la autora, y también que posee una estructura que me ha llamado poderosamente la atención, ya que esperaba encontrarme con una novela lineal, más propia del tipo de novela en cuestión. En contra, me parece que en la narración quedan demasiados cabos sueltos, y no lo digo porque crea que todas las variables que inevitablemente tienen que ir surgiendo tengan que quedar atadas y bien atadas, ya que pienso que eso no es aconsejable, sino porque he observado cierta ingenuidad en la misma, además de, estimar que algunos personajes no quedan bien dibujados, mientras que por el contrario, otros se encuentran demasiado subrayados, como si sobreactuasen para no mostrarse con claridad.

Pero en una novela de estas características, pues no sería justo otro tipo de tratamiento, es preferible ahondar en las virtudes de la misma, pues en ellas, con toda seguridad, se tienen que encontrar las causas que han hecho posible que aún se mantenga en pie. A pesar de que había oído hablar mucho de ella, no tenía ni idea del tema que trataba, aunque imaginaba, que se desarrollaría una tormentosa y empalagosa relación amorosa. Pero para mi sorpresa no ha sido así, porque aunque parte de la historia se sustente sobre una historia de amor, ésta no llega a eclipsar toda la trama, de suerte, que no es lo esencial de la misma. Lo importante, creo, son las circunstancias que condicionan el comportamiento del protagonista, del auténtico protagonista de la novela, que al sentirse rechazado por todos desde una edad muy temprana, incluso con posterioridad por la mujer que amaba, generó un odio hacia el mundo que consiguió agriarle la existencia, y por extensión, a todos los que dependían o llegaron a depender de él. Este personaje, sobre el que se cargan demasiado las tintas, es el que soporta toda la obra, ya que es él el que va marcando el ritmo de los acontecimientos. El lector, porque con rapidez comprende que es el personaje más atractivo de la novela, es por quien se interesa, ya que no sabe hasta donde podrá llegar su maldad, ni el daño que podrá causarle a todos los que dependían directamente de sus estados de ánimo. No obstante, en mi opinión, es la estructura sobre la que se apoya la autora para contar la historia lo más importante, con diferencia, de la obra.

Así es, porque para desarrollar la historia Emily Bronte, parece elegir el camino más difícil, pues crea a un personaje, ajeno a toda la trama, que al interesarse por lo que vio, obligó a su ama de llaves, que conocía perfectamente todo lo que ocurrió, al haber trabajado con anterioridad para la familia que habitaba “Cumbres borrascosas”, a que con parsimonia le contara todo lo que había ocurrido. Por lo tanto, la historia es contada por la antigua ama de llaves de aquella extraña casa, pero no directamente al lector, que hubiera sido la segunda posibilidad más lógica, sino al señor al que en ese momento servía, lo que con toda seguridad creo que fue un acierto.

Para terminar diré, que “Cumbres borrascosas” es literatura popular pura y dura, en el buen sentido del término, ideal para ser leída por adolescentes, ya que en ella no encontrarán ningún obstáculo que pueda dificultar la lectura, algo esencial en este tipo de narraciones.

Martes, 24 de enero de 2012

jueves, 23 de febrero de 2012

Libertad


LECTURAS

(elo.236)


LIBERTAD

Jonathan Franzen

Salamandra, 2010


¿Qué decir de esta novela de seiscientas sesenta y siete páginas? ¿Qué decir de esta novela que es presentada como la última obra maestra de la literatura norteamericana? Para comenzar, que le sobran al menos trescientas, y que ya está bien, porque sencillamente no es de recibo, que la crítica señale todos los años a dos o a tres obras “como la novela definitiva”. Después de terminar su lectura, me quedan claro varias cuestiones, que a pesar de su magnífico arranque la novela no es nada del otro mundo, y que este tipo de obras, diré que posmodernas, a pesar de que puedan tener un público mayoritario, me interesan bastante poco, ya que sólo tienen una finalidad, la de hacerle pasar unas horas entretenidas o agradables a quienes, con loable voluntarismo, se atrevan con ellas. No critico ese objetivo, ya que lo veo meritorio y de difícil consecución, pero otra cosa distinta es que crea que ese deba ser la función, la única función que en nuestros días deba tener una novela.

Cada lector, afortunadamente, se identifica con un tipo de novela determinada, y no me refiero ya a un género o a otro, sino a una de esas corrientes transversales que recorren de un extremo a otro la literatura, y yo no tengo más remedio que reconocer, que siempre me ha interesado más, mucho más, la novela que aquí podría denominar de tesis que las de personajes, más las que utilizan a los personajes para un objetivo concreto, para un objetivo que se encuentre más allá de los propios personajes, que las que acaban en las singularidades que puedan tener esos mismos personajes, aunque también tengo que decir, que tanto en un tipo de novela como en la otra, el lector puede encontrarse con desesperantes bodrios como con deslumbrantes sorpresas.

Mis prejuicios, o para ser más suave, la idea que poseo de lo que debe ser una novela, me obliga a creer que ésta tiene que ser un artefacto, un objeto artístico, sí artístico, que aspire a algo más que a ser leído, disfrutado y aparcado con posterioridad en la estantería del salón, esencialmente porque estimo que el arte tiene que tener otra función, una función que vaya más allá de provocar momentos placenteros. Cierto, porque no me duele reconocer que tengo demasiados prejuicios, y que posiblemente no debería observarlo todo desde una óptica determinada, desde la mía, sino esforzarme en abrir mi objetivo, para al menos, comprobar que existe vida más allá de lo que pienso y de lo que soy. Pero también soy consciente de que no se puede hablar, que es imposible opinar desde ese sitio de nadie desde donde al parecer, para no ser excesivamente raros, todos deberíamos habitar, ya que la única forma coherente de decir lo que se piensa o lo que se siente, es hacerlo desde el lugar que a uno, por suerte o por desgracia, le ha tocado en ese extraño sorteo en el que los dioses le cierran la puerta a los mortales, y en el que todo se dilucida.

Pues bien, desde donde no tengo más remedio que observarlo todo, no puedo más que decir, que no encuentro mucho sentido, a estas alturas, a una novela de estas características, con “un metraje” tan excesivo, tan propio de un best seller sin serlo, realizada tan sólo para contar la historia de una familia de nuestro tiempo, y en donde lo único que hay que destacar es lo bien trabajados que se encuentran los diferentes personajes que intervienen en la historia. Para colmo la novela, después de un soberbio arranque que presagiaba lo mejor, de forma inesperada se viene completamente abajo, de suerte, que de tanta hojarasca que encuentra, el aburrimiento, y esto es lo peor que puede pasar, hace mella en determinado momento en el lector, que sabe ya desde la mitad de la novela, que nada interesante va a pasar en ella, salvo algún giro inesperado que pudiera producirse en la relación entre los diferentes personajes. El problema es que cuando esto ocurre, tampoco se encuentra la tensión necesaria. Sí, es una novela de personajes, en principio bien dibujados, en la que se vislumbra a lo lejos el momento histórico en el que todo se desarrolla, aunque de forma demasiado esquemático, sin ahondar demasiado en él, cuando ese tiempo y las formas culturales que del mismo emanan, en principio es el responsable del quehacer de los diferentes protagonistas de la narración.

Pero a pesar de todo lo anterior, hay que reconocer que este tipo de literatura es el que hoy por hoy tiene mayor aceptación, una literatura de vuelo bajo, basada, sin mirar más allá, en las relaciones de pareja y familiares, y en donde todo lo demás pasa a un segundo o a un tercer plano. Esta es la literatura que interesa y la que se lee, lo que independientemente al lanzamiento que pudiera tener y al apoyo entusiasta de determinada crítica, no deja de ser perecedera. Sí, porque estoy convencido, que por ejemplo “Libertad”, que en el fondo es una novela correcta, sólo correcta, dentro de algunos años nadie recordará, pues entre otras razones no aporta absolutamente nada a la literatura, y lo que es peor, ni al propio lector, siendo sólo una novela más, de las muchas que con cierta calidad inundan cada año las mesas de novedades de nuestras librerías.

Aunque en realidad nadie se interesa por ella, sólo las editoriales cuando saben que le puede resultar ventajosa, la crítica literaria ante todo debe ser exigente, e intentar huir del vergonzoso papel que en nuestros días se le ha adjudicado, la de ser mera actividad propagandística. Cuando digo que debe ser exigente, lo que quiero decir, no es precisamente que mida por el mismo rasero todo lo que le llega, no, porque eso sería injusto, pero sí que contextualice, y que después de situar a cada texto en el lugar que le corresponde, aporte la opinión que sin interferencia posea sobre el mismo. Con lo anterior quiero decir, que debe evitar dar “gato por liebre”, y que si una determinada obra sólo consigue llegar a ser entretenida, se diga exactamente eso, pero que no se utilicen superlativos gratuitos que cualquier lector, con un mínimo de lecturas en su haber, comprenderá fácilmente lo inapropiado de los mismos, actitud que inevitablemente incrementará el desprestigio que hoy padece la crítica literaria.

Ayer, en unos grandes almacenes, ante las novelas más vendidas observé que allí, entre tanta bazofia, también se encontraba “Libertad”, envuelta en una tira de papel rojo gracias a la cual se le anunciaba a los posibles compradores, que se trataba nada más y nada menos que del “Éxito editorial del año”. Desgraciadamente, aún, “éxito” no tiene nada que ver con “calidad”, siendo en este punto en donde nacen todos los malentendidos, pues si la novela de Franzen es una novela que puede estar por encima de la media, ni mucho menos es todo lo que se dice de ella, aunque sí es apta, y aconsejable para un determinado segmento de la población de lectores, precisamente para aquellos que no desean caer en la banalidad de los superventas, pero que tampoco quieren sumergirse en obras que consigan desestabilizarlos, o crearles más problemas de los que ya poseen. Es una novela, intentaré decirlo de otra forma, ideal para un público ilustrado sin demasiado interés por la literatura, pero que sin embargo, por las razones que sean, se ha acostumbrado a tener un libro sobre la mesita de noche. Lo que no está mal, en absoluto.


Domingo, 15 de enero de 2012


miércoles, 15 de febrero de 2012

Sentido y sensibilidad


LECTURAS

(elo.235)


SENTIDO Y SENSIBILIDAD

Jane Austen

Debolsillo, 1811


Cada periodo histórico posee su propia literatura, y cada literatura, refleja en buena medida el tiempo en que fue escrita, lo que convierte a esta actividad artística, en un valioso instrumento para conocer la fisonomía y los valores predominantes en una determinada época. Leer a Jane Austen, autora de la que sólo había oído hablar y de la que nunca me había interesado su obra, al considerarla sin demasiados elementos de juicio excesivamente pretérita y femenina, me ha resultado un interesante ejercicio tanto para disfrutar de un tipo de literatura, que a pesar de sus características me ha llamado la atención, como para conocer las singularidades y las prioridades de un periodo histórico, que al hombre actual le puede parecer pintoresco. Pero también me han resultado curiosas las similitudes, que a pesar de las diferencias, existen entre esa literatura y esa sociedad que retrata, con cierta literatura actual y con determinadas actitudes ante la existencia que aún hoy, de forma incomprensible se llevan a cabo. Sí, tengo que reconocer que hasta ahora nunca me había preocupado por Austen, pues no me seducía introducirme en un mundo del que estaba convencido del que poco podía esperar literariamente hablando, aunque me llamaba la atención conocer los motivos por el que esa autora y esa literatura se mantienen vigentes, pues es un hecho que su obra sigue reeditándose, comprándose y consecuentemente leyéndose. A estas alturas estoy convencido, que si en literatura algo resiste al paso de los años, y en este caso de los siglos, nunca lo es de forma gratuita, y que algo, y que algo tienen que tener esas obras para resistir “al viento del olvido que cuando sopla mata”, y seguir llamando la atención de los que aún hoy se acercan a ella. Por lo anterior, antes de comenzar a leer la primera página de la novela, me propuse encontrar “ese algo” que aún la mantenía viva.

Lo que en un principio más me ha sorprendido de esta novela, es que su estilo narrativo es diáfano, muy accesible, y que carece de cualquier tipo de voluntad de estilo. A lo anterior, que consigue acercar la novela a un público bastante amplio, hay que sumar una temática atractiva, en donde dos jóvenes, dos hermanas, se enfrentan a sus sentimientos amorosos de forma contrapuesta, desde el sentimentalismo una, dejándose llevar por las emociones, y desde la cordura, intentando controlar sus sentimientos la otra, lo que siempre, si el tratamiento es correcto, suele atraer la atención del lector. Por lo tanto, “Sentido y sensibilidad”, cuenta, como hoy en día hacen los buenos best sellers, con los ingredientes básicos e imperecederos que debe tener toda novela que aspire a ser leída con agrado, la de estar bien escrita, sin excesivas complicaciones, y poseer una temática entretenida. Por lo anterior, en un primer plano la novela se posiciona bien, pero esto nunca basta, pues innumerables obras que cuentan o que han contado con tales atributos, o han carecido del éxito que en un principio esperaban cosechar, o en el caso de haberlo conseguido, con el tiempo han caído en el más absoluto de los olvidos. ¿Pero qué tiene esta novela para haber superado con nota la prueba que siempre impone el tiempo? Esta creo que es la cuestión esencial, pues a pesar de que se podría decir que nada notable se puede encontrar en ella, tal afirmación, aunque cierta, no sería del todo justa.

Y no sería justo, pues a pesar de que esta novela poco puede aportar al lector actual, aparte de, en el mejor de los casos, servir para poder pasar con ella, de forma entretenida, uno de esos eternos y lluviosos fines de semanas en los que sólo apetece leer y leer sin más complicaciones, vista desde el presente puede servir para comprender mejor determinada época, o para ser más exactos, a la clase social que describe. Cierto, porque uno se sorprende al comprobar el modo de vida de la burguesía británica de ese periodo, las ambiciones y las obsesiones de ésta y sobre todo del papel que desempeñaban las mujeres en la misma, en donde escoger a un buen marido, es decir a un marido de buena posición, resultaba esencial. Pero también sirve para comprender las rigideces de esa misma clase, siempre más pendiente de la renta que cada cual pudiera poseer que de otras cuestiones menos materiales. Esta visión que aporta la novela, es lo único que a estas alturas la puede salvar, ya que en lo demás, creo, se encuentra completamente desfasada, siendo incluso el tema de la misma, además de retrógrado, un brindis para que todo siguiera igual, ya que al final todo consigue acomodarse de la forma adecuada.

En suma, estimo que esta novela aún sigue estando viva en las librerías, además de porque se lee bien, sin dificultades como dije con anterioridad, por constituir un testimonio histórico, de la forma de vida de una clase social, que a pesar de que estéticamente siga gozando del agrado de algunos, nada puede aportar al hombre actual.

La narración de la historia se desarrolla de forma clásica, es decir linealmente, sucediéndose los acontecimientos uno detrás de otro, sin que suceda nada al mismo tiempo, lo que demuestra el arcaicísmo narrativo de la autora. A un suceso de alguna de las protagonistas le sucede otro que le acontece a la otra, sabiendo el lector en cada momento, qué plano le sucederá al otro, o a cuál de las dos protagonistas le corresponde que se le enfoque. Resulta curioso, que a pesar de ser una novela excesivamente detallista, que se detiene a veces en conversaciones de salón que no aportan absolutamente nada, el final, a pesar de ser previsible, resulte tan atropellado, pues cuando se está acabando la historia, el lector tiene la sensación que a la novela le faltan algunas páginas más, como en rigor, para que todo quede perfectamente cuadrado, le correspondería en una obra de tales características.

De forma lateral a todo lo anterior, me ha llamado la atención dos cuestiones, la primera es que, con algunas variaciones estilísticas y estructurales, esta novela podría encajar a la perfección en el gusto del lector mayoritario actual, pues como he repetido, es una obra cuya mayor virtud es la de poder leerse sin dificultad, que es la primera exigencia que suele imponer este tipo de lector. La segunda, es que el tema es de los que siempre se agradecen, ya que en él, no se encontrará nada que perturbe en exceso. En resumen, que podría ser, si se maquillara un poco, uno de esos textos que se acumulan en los estantes de algunas librerías bajo el título de “Los libros más vendidos”.


Sábado, 31 de diciembre de 2011