miércoles, 15 de febrero de 2012

Sentido y sensibilidad


LECTURAS

(elo.235)


SENTIDO Y SENSIBILIDAD

Jane Austen

Debolsillo, 1811


Cada periodo histórico posee su propia literatura, y cada literatura, refleja en buena medida el tiempo en que fue escrita, lo que convierte a esta actividad artística, en un valioso instrumento para conocer la fisonomía y los valores predominantes en una determinada época. Leer a Jane Austen, autora de la que sólo había oído hablar y de la que nunca me había interesado su obra, al considerarla sin demasiados elementos de juicio excesivamente pretérita y femenina, me ha resultado un interesante ejercicio tanto para disfrutar de un tipo de literatura, que a pesar de sus características me ha llamado la atención, como para conocer las singularidades y las prioridades de un periodo histórico, que al hombre actual le puede parecer pintoresco. Pero también me han resultado curiosas las similitudes, que a pesar de las diferencias, existen entre esa literatura y esa sociedad que retrata, con cierta literatura actual y con determinadas actitudes ante la existencia que aún hoy, de forma incomprensible se llevan a cabo. Sí, tengo que reconocer que hasta ahora nunca me había preocupado por Austen, pues no me seducía introducirme en un mundo del que estaba convencido del que poco podía esperar literariamente hablando, aunque me llamaba la atención conocer los motivos por el que esa autora y esa literatura se mantienen vigentes, pues es un hecho que su obra sigue reeditándose, comprándose y consecuentemente leyéndose. A estas alturas estoy convencido, que si en literatura algo resiste al paso de los años, y en este caso de los siglos, nunca lo es de forma gratuita, y que algo, y que algo tienen que tener esas obras para resistir “al viento del olvido que cuando sopla mata”, y seguir llamando la atención de los que aún hoy se acercan a ella. Por lo anterior, antes de comenzar a leer la primera página de la novela, me propuse encontrar “ese algo” que aún la mantenía viva.

Lo que en un principio más me ha sorprendido de esta novela, es que su estilo narrativo es diáfano, muy accesible, y que carece de cualquier tipo de voluntad de estilo. A lo anterior, que consigue acercar la novela a un público bastante amplio, hay que sumar una temática atractiva, en donde dos jóvenes, dos hermanas, se enfrentan a sus sentimientos amorosos de forma contrapuesta, desde el sentimentalismo una, dejándose llevar por las emociones, y desde la cordura, intentando controlar sus sentimientos la otra, lo que siempre, si el tratamiento es correcto, suele atraer la atención del lector. Por lo tanto, “Sentido y sensibilidad”, cuenta, como hoy en día hacen los buenos best sellers, con los ingredientes básicos e imperecederos que debe tener toda novela que aspire a ser leída con agrado, la de estar bien escrita, sin excesivas complicaciones, y poseer una temática entretenida. Por lo anterior, en un primer plano la novela se posiciona bien, pero esto nunca basta, pues innumerables obras que cuentan o que han contado con tales atributos, o han carecido del éxito que en un principio esperaban cosechar, o en el caso de haberlo conseguido, con el tiempo han caído en el más absoluto de los olvidos. ¿Pero qué tiene esta novela para haber superado con nota la prueba que siempre impone el tiempo? Esta creo que es la cuestión esencial, pues a pesar de que se podría decir que nada notable se puede encontrar en ella, tal afirmación, aunque cierta, no sería del todo justa.

Y no sería justo, pues a pesar de que esta novela poco puede aportar al lector actual, aparte de, en el mejor de los casos, servir para poder pasar con ella, de forma entretenida, uno de esos eternos y lluviosos fines de semanas en los que sólo apetece leer y leer sin más complicaciones, vista desde el presente puede servir para comprender mejor determinada época, o para ser más exactos, a la clase social que describe. Cierto, porque uno se sorprende al comprobar el modo de vida de la burguesía británica de ese periodo, las ambiciones y las obsesiones de ésta y sobre todo del papel que desempeñaban las mujeres en la misma, en donde escoger a un buen marido, es decir a un marido de buena posición, resultaba esencial. Pero también sirve para comprender las rigideces de esa misma clase, siempre más pendiente de la renta que cada cual pudiera poseer que de otras cuestiones menos materiales. Esta visión que aporta la novela, es lo único que a estas alturas la puede salvar, ya que en lo demás, creo, se encuentra completamente desfasada, siendo incluso el tema de la misma, además de retrógrado, un brindis para que todo siguiera igual, ya que al final todo consigue acomodarse de la forma adecuada.

En suma, estimo que esta novela aún sigue estando viva en las librerías, además de porque se lee bien, sin dificultades como dije con anterioridad, por constituir un testimonio histórico, de la forma de vida de una clase social, que a pesar de que estéticamente siga gozando del agrado de algunos, nada puede aportar al hombre actual.

La narración de la historia se desarrolla de forma clásica, es decir linealmente, sucediéndose los acontecimientos uno detrás de otro, sin que suceda nada al mismo tiempo, lo que demuestra el arcaicísmo narrativo de la autora. A un suceso de alguna de las protagonistas le sucede otro que le acontece a la otra, sabiendo el lector en cada momento, qué plano le sucederá al otro, o a cuál de las dos protagonistas le corresponde que se le enfoque. Resulta curioso, que a pesar de ser una novela excesivamente detallista, que se detiene a veces en conversaciones de salón que no aportan absolutamente nada, el final, a pesar de ser previsible, resulte tan atropellado, pues cuando se está acabando la historia, el lector tiene la sensación que a la novela le faltan algunas páginas más, como en rigor, para que todo quede perfectamente cuadrado, le correspondería en una obra de tales características.

De forma lateral a todo lo anterior, me ha llamado la atención dos cuestiones, la primera es que, con algunas variaciones estilísticas y estructurales, esta novela podría encajar a la perfección en el gusto del lector mayoritario actual, pues como he repetido, es una obra cuya mayor virtud es la de poder leerse sin dificultad, que es la primera exigencia que suele imponer este tipo de lector. La segunda, es que el tema es de los que siempre se agradecen, ya que en él, no se encontrará nada que perturbe en exceso. En resumen, que podría ser, si se maquillara un poco, uno de esos textos que se acumulan en los estantes de algunas librerías bajo el título de “Los libros más vendidos”.


Sábado, 31 de diciembre de 2011



lunes, 6 de febrero de 2012

La mancha humana


LECTURAS

(elo.234)


LA MANCHA HUMANA

Philip Roth

Alfaguara, 2000


“La mancha Humana” fue la primera novela que hace ya demasiado tiempo leí de Philip Roth, una novela que me impresionó y que consiguió descubrirme a un autor, que desde entonces, con luz propia se encuentra entre mis novelistas favoritos. Después de algún tiempo la he vuelto a leer y de nuevo me ha conmocionado, comprendiendo, después de haber leído casi toda su obra, que es con diferencia su mejor novela, en la que se conjuga además de un magnífico tema, una soberbia estructura y un estilo narrativo de una solvencia envidiable. “La mancha humana” es una de esas novelas totales que ya no se escriben, de esas novelas que los grandes novelistas tratan de evitar por las indudables dificultades que comporta la ejecución de un proyecto de tales características, de suerte, que el propio Roth, pese a la facilidad narrativa que posee, no ha vuelto a este tipo de novelas, poniendo todo su saber en obras en principio menos ambiciosas. También se puede decir que esta novela es una obra de transición en la producción narrativa del norteamericano, ya que en ella el lector atento puede encontrar junto al Roth de siempre, al Roth que a partir de ese momento entra en escena, es decir a un autor clásico, aunque siempre en el límite, junto a ese otro autor que descaradamente traspasa esos límites con obras como “El animal moribundo” o “Sale el espectro”. No obstante, de forma paralela a estas nuevas obras que tanto llaman la atención, en donde desarrolla sus obsesiones con una transgresividad sorprendente, como si quisiera mantener la cordura temática, Roth también, con su indudable calidad, de vez en cuando nos ofrece, como intercalándolas con las anteriores, novelas que se mantienen dentro de los límites de la novela clásica, tales como “Patrimonio”, o la última que ha publicado “Némesis”. Por lo anterior, el norteamericano, al no haberse quedado anclado en un determinado registro narrativo, como lo han hecho otros muchos autores de éxito, sigue siendo, pese a su edad, uno de esos escasos autores, de los que todo lector exigente espera con impaciencia su próxima obra, con la seguridad, sea cual sea su temática, de que esa novela por llegar siempre estará a la altura de lo esperado. Sí, porque Roth es uno de los grandes.

“La mancha humana” es la tercera novela de su famosa trilogía americana, y sin duda alguna la mejor de las tres, en donde el autor se sumerge en las contradicciones del sueño americano, en lo que se esconde detrás de la tan publicitada “ideología americana”, en donde según dicen, la libertad individual y el esfuerzo son los únicos requisitos que se exigen para que alguien pueda abrirse camino en “el país de las oportunidades”. Roth parece decirnos en su novela que la publicidad, como todos sabemos, casi nunca dice la verdad, y que la sociedad norteamericana, al menos en los dos momentos históricos en los que se desarrolla la historia, si de alguna forma se pudiera definir, no es precisamente por ser una sociedad abierta, ni por poseer un sistema de reinserción que proteja, a los que por las dinámicas internas de la misma, va cruelmente depositando en sus márgenes. O lo que es lo mismo, a que, a pesar de la imagen que proyecta al mundo, es esencialmente injusta, en la que ni todos parten del mismo punto, ni se apoya, a los que por unas circunstancias o por otras, van quedando, destrozados, en el camino.

Con anterioridad apunté que se trata de una novela total, lo que significa que en ella aparecen diferentes variables, que a pesar de surgir del tronco central de la propia historia, pueden tener la virtud de impedir una visión nítida de lo que en esencia nos desea transmitir el autor, lo que en absoluto va en contra de la obra, sino todo lo contrario, ya que la acerca a lo que es la vida, un ochenta por ciento de hojarasca y un veinte de autenticidad. Sí, porque sin hojarasca tampoco se puede comprender la vida, nuestras vidas. Por ello, cuando se intente comprender esta novela, al igual que pasa con todas, hay que tener mucho cuidado de apartar lo esencial, el corazón de la misma, de lo accesorio que no está construido para ocultar, como en un principio se podría pensar, sino para subrayar lo importante y sobre todo para dotarla de credibilidad.

Evidentemente el centro de la novela no es la falsa acusación de racismo que se le imputa al protagonista, a Coleman Silk, ni los catastróficos afectos que provoca lo que hoy se denomina el “pensamiento políticamente correcto”, ni tampoco por supuesto la falsedad de éste, la de pasarse por blanco cuando en realidad era negro, no, la centralidad de la misma se halla en lo que obliga al futuro decano a dar ese paso que cambiaría su vida por completo. Ese negar “el nosotros” al que pertenecía ante todo era un grito de libertad, un grito de libertad en la sociedad compartimentada de la época que le tocó vivir, un grito que apostaba precisamente por “la ideología americana” que le cerraba las puertas precisamente por ser negro. Coleman Silk no era un impostor, no era un mentiroso, era alguien que aspiraba a ser libre, a ser libre como todos los integrantes de una sociedad libre deberían de ser.

Pero la novela no sólo se centra en las deficiencias existentes en la sociedad norteamericana después de la Segunda Guerra Mundial, deficiencias que originaron que el protagonista obrara de la forma en que obró, sino que también analiza los problemas que esa forma de entender la sociedad origina en la actualidad, sobre todo en lo referente al escaso miramiento que muestra por aquellos que devora, y a los que de forma inmisericorde olvida, como queda de manifiesto en la figura del ex marido de Faunia, Les Farley, cuya vida quedó rota por los recuerdos de su paso por Vietnam y por el rencor que acumuló tanto por lo que allí vivió, como por el trato que encontró cuando regresó a su país.

Para narrar la historia, Roth echa mano de su alter ego, del escritor Nathan Zuckerman, que era vecino de Coleman Silk, ya que se había retirado de “la malevolencia del mundo” a los Berkshires, y al que el decano acude, cuando se encontraba completamente ofuscado, con objeto de que escribiera una novela sobre lo que le había ocurrido. Zuckerman se niega, pero el interés va creciendo en él cuando se va enterando de lo acaecido, de suerte, que una vez que muere su amigo escribe la novela. Pero la novela que escribe no está realizada de forma lineal, ya que la desarrolla poco a poco, por partes, tal y como se va enterando de los entresijos del caso, dibujándose él mismo, el propio Zuckerman, como un protagonista más de la misma.

Por todo lo anterior, pero sobre todo por el placer de su lectura, “La mancha humana” es una de las mejores novelas de los últimos tiempos, una de esas novelas por las que su autor pasa a engrosar el reducido número de novelistas imprescindibles para todos aquellos que deseen tomarle el pulso a la literatura de calidad de nuestro tiempo. Se habla mucho de Philip Roth, y no de forma gratuita, pues bien, en “La mancha humana” se encuentra, con diferencia, el mejor Roth.


Martes, 27 de diciembre de 2011




lunes, 30 de enero de 2012

Reflexiones republicanas



LECTURAS

(elo.233)


REFLEXIONES REPUBLICANAS

Philip Pettit

Claves, nº215


La idea del republicanismo se basa, en que el hombre actual, con el tiempo, ha logrado crear una especie de ecosistema, elaborado a base de una serie de instituciones y de una legislación acorde a sus intereses, que entre otras virtudes le ha impedido vivir a la intemperie, gracias a que en todo momento conseguía resguardarlo de los elementos. El ciudadano de nuestro tiempo, sobre todo el que vive en el primer mundo, que al menos hasta ahora ha sido el mundo institucionalizado por excelencia, se ha visto salvaguardado por ese sistema que lo envolvía y en el que vivía, sistema que evidentemente no era gratuito, ya que no había caído graciosamente del cielo, sino que, después de muchas probaturas, de muchos errores y fracasos, se había constituido como el menos malo de los posibles. El problema, o uno de los problemas, es que en poco tiempo, ese ciudadano satisfecho, ha visto como esas estructuras que lo amparaban, que le aportaba esa seguridad necesaria para dedicarse a otros quehaceres, por unas series de circunstancias se le ha venido abajo, motivo por el que se ha visto en la obligación de replantearse su forma de vida, ya que parece, que todo lo que hasta hace poco servía, y que superaba todas las pruebas de eficacia, sin saberse muy bien por qué, ha dejado de tener utilidad, lo que le ha provocado, como es lógico, además de cierta extrañeza, una profunda inquietud. Este hecho es el que define a nuestra época, la certeza de que se ha llegado a un fin de etapa, y que a partir de ahora, con seguridad, todo será distinto, pero también este nuevo tiempo se singulariza, por la extraña sensación de no saberse, por mucho que se explique, las causas que han provocado su llegada.

Parece que durante el tiempo de bonanza, cuando nadie, ni por asomo, pudo prever lo que podía ocurrir, se fue fraguando “la tormenta perfecta” que en estos momentos asola nuestras costas. Que nadie analizó con detenimiento los indicadores macroeconómicos, o que no se le dio la importancia adecuada a las desviaciones o a los pequeños cortocircuitos que se detectaban, posiblemente al estimarse, que con toda seguridad, la buena marcha de la economía lograría desactivarlos. Cierto, los gobiernos no dieron la voz de alarma de que algo no iba bien, o de que algo podía no ir tan bien, pero al mismo tiempo hay que reconocer, que desde la sociedad civil lo único que se hizo fue cerrar los ojos con objeto de seguir brindando en la fiesta que nunca amenazaba con finalizar. Echarle la culpa al gobierno que en un determinado momento ocupa el poder siempre es demasiado fácil, sobre todo cuando con esa crítica uno consigue lavarse las manos, y la mala consciencia, por no haber estado a la altura del papel que se le exigía. Sí, porque la democracia, al menos una democracia sana, no consiste sólo en delegar el poder, en dejar que por comodidad otros lo ejerzan, sino en intentar posibilitar un equilibrio de corresponsabilidad, o de cogestión, entre los teóricos profesionales del mismo (los gobiernos, los partidos, los políticos) y una sociedad civil militante, que se obligue de forma permanente a verificar el uso que de ese poder se lleva a cabo.

Philip Pettit, además de ser uno de los abanderados del nuevo republicanismo, es también, y posiblemente por ello, un socialdemócrata convencido, lo que queda de manifiesto en este trabajo, ya que ambas concepciones, se quiera o no, siempre tendrán que ir estrechamente entrelazadas. Lo que ocurre, es que el republicanismo, además de exigir un Estado activo, necesita para que funcione, la existencia de una sociedad que no se encuentre adormecida y que constantemente esté pendiente, como si estuviera de guardia, de sus asuntos comunitarios, algo a lo que desde hace tiempo la socialdemocracia clásica ha dejado de prestar atención. Hay que reconocer, a pesar de todo lo que se habla de la bondad de nuestro sistema democrático, que nuestras democracias están enfermas, que están enfermas de apatía, al ser unas democracias desmovilizadas, en donde no existe una relación directa, fluida y constante entre su base social y su élite dirigente, y lo que es peor, por el interés que ésta última manifiesta, día a día, para que todo siga como hasta ahora, delatando el temor que padecen, a que los “que no entienden” metan sus narices en aquellas cuestiones para las que no se encuentran teóricamente capacitadas. Posiblemente ésta ha sido la causa última de lo que estamos padeciendo, “que los que entienden”, por esa autonomía que creen poseer, no han velado adecuadamente por los intereses de esa comunidad a la que se debían y de la que dependían, al tiempo que la ciudadanía, por comodidad, prefirió dejarlo todo en sus manos.

Para Pettit, que siempre ha apoyado a Rodríguez Zapatero, lo ocurrido también le ha sorprendido, pero no obstante, en lugar de embarcarse en la línea política habitual, que no es otra que la de plegarse a las imposiciones de los mercados, opina, está convencido que lo que hay que hacer es todo lo contrario, modificar y crear nuevos instrumentos de control que eviten que se vuelva a la “ley de la selva”, es decir, que ante la actual situación, en lugar de renegar de sus posicionamientos, aboga por profundizar en los mismos. Sí, porque parece que ese ecosistema que se creó, y en el que tan satisfechas se encontraban nuestras sociedades, ha quedado desfasado y superado por el tsunami de la realidad económica y financiera actual, por las nuevas variables que de improviso han aparecido, y que de forma inexplicable se han potenciado. Lo que hay que hacer, dice Pettit, o parece decir Pettit, es volver a encajonar a esa realidad, para lo cual es necesario crear nuevos cauces, gracias a los cuales poder volver a reconducirla, para lo que sería necesario diseñar nuevos controles que se adecuen mejor a lo que está aconteciendo. O dicho de otra forma, que la política democrática vuelva a controlar a la economía.

Para ilustrar su planteamiento pone un ejemplo significativo: la confianza del gobierno, de todos los gobiernos actuales en la economía, es como ir a lomo de un tigre. Ese tigre estaba hasta hace poco domesticado, pero ahora se ha convertido en indomable y es él quien controla la situación. Ante tal hecho sólo existen tres posibilidades, seguir dejando que el tigre haga o deshaga a su antojo, matar al tigre, o intentar domesticarlo de nuevo para que vuelva a entrar en cintura. Pettit opta por la última posibilidad, la más difícil sin duda, pues la primera es dejar que los mercados continúen dominando la política, mientras que la segunda, también suicida, no significa, no puede significar otra cosa que imponer el totalitarismo de la política.

El problema ahora es detener a ese tigre, lo que se puede conseguir, según el autor, mediante una presión de la ciudadanía a nivel global, para que con posterioridad, esa misma ciudadanía exija a sus gobernantes, mediante una movilización permanente, que vele por sus intereses, con objeto, de que lo sustancial marque las pautas que tiene que seguir lo accesorio. Lo anterior es lo que ha intentado llevar a cabo, aunque a unos niveles muy embrionarios, el denominado movimiento del “15M”.

Pettit, como no podía ser de otra forma, todo lo subordina a que la ciudadanía vuelva a politizarse, ya que si esto no es posible, nada, absolutamente nada podrá cambiar, lo que significaría que todo estaría perdido, que toda posibilidad de conseguir una sociedad mejor, más justa y cohesionada resultaría imposible.


Jueves, 15 de diciembre de 2011.




martes, 24 de enero de 2012

El retorno a Brideshead


LECTURAS

(elo.232)


EL RETORNO BRIDESHEAD

Evelyn Waugh

Tusquets, 1945


Hay algo que tengo claro, y es que, simplificando de forma radical, hay una buena y una mala literatura, hecho que para cualquier lector avezado es fácil de comprender. De forma independiente al estilo que se emplee, a la escuela a la que una determinada novela pertenezca, cualquier lector que se precie, desde las primeras páginas, sí, desde las primeras páginas sabrá si lo que está leyendo vale o no la pena, si la obra que tiene entre sus manos tiene calidad, o si por el contrario, es sólo una de tantas lecturas, que sin importar nada, se puede dejar sin problemas a un lado, ya que sabe con seguridad que no le aportará absolutamente nada. “El retorno a Brideshead” , a pesar de que puede ser criticada desde algunos ángulos, es una de esas novelas que una vez iniciada uno tiene la convicción de que está leyendo algo bueno, es decir, de que lo que se tienen entre las manos es un texto de calidad. Evidentemente se trata de una novela de otros tiempos, de un tipo de literatura en desuso, sobre todo porque la actual novelística, muy influenciada por la literatura norteamericana de calidad, apuesta más por un estilo directo en la que sobra todo arabesco, y en la que “al pan se le llama pan, y al vino vino”, y en donde las tramas, por muy complejas que sean, nunca llegan a adentrarse por sinuosos y ensombrecidos vericuetos. Se aspira a una literatura diáfana, en la que todas las variables cuadren a la perfección, en donde resulte difícil perderse, y en la que es esencial, que una vez leída, uno sepa a la perfección qué es lo que ha querido decir el autor. De todas formas, a pesar de que la literatura dominante tienda a eliminar todas aquellas formas de entenderla que se aparte de sus cánones, no cabe duda, que ante determinadas obras, no tiene más remedio que quitarse el sombrero, como ocurre con esta novela de Evelyn Waugh. Y no tiene más remedio, porque en esta novela concurren un estilo preciosista, de una indudable riqueza, con una temática que propone una reflexión que aún hoy, aunque en principio pueda parecer pretérita, si se consigue abrir con generosidad el enfoque de la misma, puede resultar tremendamente atractiva. A todo lo anterior hay que añadir, que la obra está cimentada sobre por una sólida estructura que hace que tenga un peso innegable.

En la novela se habla de la religión, por supuesto, de la línea a seguir que impone una determinada fe, en este caso la católica, y del esfuerzo y de las dudas que muestran ante ese teórico camino luminoso los miembros de una determinada familia. Evidentemente ese “camino luminoso” no sólo lo pueden presentar las religiones, aunque tengo la sensación, de que esa, y no otra, es su función principal, aunque lógicamente cada forma de entender la existencia posee el suyo. Todos, por supuesto, por muy anegados y perdidos que nos encontremos, por muy heterodoxa que sea la visión del mundo que poseamos, sabemos, sin ningún género de dudas, el sendero por el que tenemos que adentrarnos, de forma independiente a que sea muy concurrido o que se encuentre siempre solitario, y que dependiendo de la distancia a que nos encontremos de él, en todo momento sabremos si nos van bien o nos van mal. Se puede rehuir del mismo, por supuesto, pero si no se es capaz de crear uno propio que nos convenga, y en el que podamos sentirnos satisfecho, o de hallar otro común que lo sustituya, siempre se tendrá la sensación de que no se estará obrando correctamente, de que por las circunstancias que sean, uno se encuentra perdido y sintiendo como la consciencia, la mala consciencia enturbia la percepción que tengamos de todos nuestros actos.

El “Retorno de Brideshead” nos habla de una familia católica inglesa, en la que algunos de sus miembros discrepan de la forma de vida que en ella se impone, con la que no comulgan, manteniendo actitudes radicalmente opuestas, algunas rayando el esnobismo más absoluto, pero a la que con el tiempo, buscando la seguridad y la estabilidad perdida, vuelven para recuperar los anclajes que tanto echaban en falta. Para contar su historia, Evelyn Waugh, autor del que no había oído hablar con anterioridad, crea un personaje, que hace amistad mientras estudiaba en Oxford, con uno de los miembros de dicha familia, que lo introduce en la misma, y que años después, narra todo lo que vio, vivió y sintió, con un estilo cuidado, complejo y ambiguo, junto a los que transformaron su existencia.

Lo que llama poderosamente la atención desde un principio, es la calidad de la narración, la línea directa que se establece entre el lector y la historia que se cuenta, y eso a pesar, de que no es una novela de lectura rápida, pues toda ella está jalonada de mil y un recovecos, que en principio deberían dificultar la lectura. Pero no, la novela tiene la virtud de poder leerse, pese a su aparente dificultad, con una facilidad incomprensible, debido a que su lectura produce un deleite que muy pocas novelas consiguen, lo que hace posible que se posicione en un lugar muy por encima de la media. La temática, que en un principio podría chirriar, ya que no se encuentra aparentemente entre las prioridades del lector actual, mucho más preocupado por otras cuestiones, coge fuerza debido a la sutileza con que es tratada, reconvirtiéndose, sobre todo para aquellos que siempre se empeñan en ver algo más de lo que se les muestra, en la necesidad que todos tenemos por conducirnos dentro de unos determinados parámetros éticos, sean estos los que sean, para afrontar, mínimamente protegidos, las arremetidas de una realidad que difícilmente se consigue controlar.

La novela de Waugh me ha sorprendido, posiblemente porque poco esperaba de ella, llamándome poderosamente la atención, de forma independiente al estilo que he encontrado y al deleite que me ha producido la lectura, porque me ha recordado la capacidad que posee la buena literatura para hacer frente a los problemas y a las inquietudes que realmente interesan al ser humano.


Sábado, 3 de diciembre de 2011


lunes, 16 de enero de 2012

Como construir Europa


LECTURAS

(elo.231)


COMO CONSTRUIR EUROPA

Felipe González

RBA, 2008


En momentos como los actuales, en donde desde todos los ámbitos se escuchan voces que ponen en duda la viabilidad de la Unión Europea, resulta conveniente, que al menos teóricamente, se vuelva a plantear si en los tiempos que vivimos, en donde la crisis existente amenaza con anegarlo todo, la Unión sigue siendo un instrumento válido para los europeos, o si por el contrario, no es más que una pesada carga que difícilmente se podrá soportar por mucho más tiempo. La cuestión no es otra que la de saber, si la estructura creada, que para muchos es de un coste insostenible, es rentable para los ciudadanos de los diferentes países que la componen, o si por el contrario no es más un lujo político que sólo podía costearse en tiempos de bonanza, y que tal y como están las cosas, lo mejor, lo más acertado, sería desprenderse de ella lo antes posible. Se escuchan y se leen comentarios en uno y en otro sentido, desde los que afirman que la Unión es un rémora que impide afrontar con la agilidad necesaria la actual coyuntura negativa, hasta los que están convencidos que ella es la única posibilidad real de hacerle frente, lo que provoca grandes dudas que imposibilitan una actuación contundente, ya que esa diversidad de criterios acarrea una incuestionable debilidad, que sin duda, al incrementarse las incertidumbres, agudizan los problemas ya que se dilatan las respuestas a los innumerables problemas existentes, que amenazan con enquistarse y con dinamitar la confianza que muchos aún tienen puesta en ella.

Lo que parece evidente, es que existen sectores, o mejor dicho poderes que se frotan las manos ante la actual situación que padece la Unión, que están haciendo todo lo posible, imposibilitando acuerdos, vetando actuaciones, para que no de ese paso adelante que tanto necesita para dejar de ser lo que actualmente es, con objeto de poder convertirse en eso que tanto exigen sus defensores. Sí, porque parece que una Unión Europea sólida, amenaza y atemoriza a determinados poderes y actores sociales, que verían en ella todo lo que desearían erradicar, pues nunca se pude perder de vista lo que en el fondo ese proyecto significa, o lo que significó en sus orígenes, el intento de consolidar a nivel europeo un Estado social y de derecho, o dicho de otra forma, eso tan excepcional como es el Estado del bienestar. Y creo que aquí es donde se encuentra el problema, ya que la Europa unida ante todo es una apuesta por el Estado del bienestar, por una forma de entender la sociedad, en donde las instituciones tienen que ejercer un papel activo en todo lo referente a la cohesión y la redistribución. Estoy convencido que si no se tiene en cuenta este hecho, no se puede comprender lo que realmente está ocurriendo.

En momentos como los presentes, cuando se observa que la Unión, o hablando claro, cuando los países que controlan la Unión europea, que no son otros que Alemania y Francia, no se ponen de acuerdo sobre las medidas a adoptar ante los graves problemas que está provocando el euro, se tiene la sensación, que ha desaparecido la voluntad europeísta que en otros momentos, aún no tan lejanos, impulsaba a los grandes líderes europeos, como si los actuales dirigentes, en lugar de mirar hacia el futuro, dejando al descubierto su verdadera talla política, se conformaran sólo con intentar resolver los problemas internos de sus respectivos países, sin querer comprender, que la solución de los mismos se encuentra en una Europa fuerte, en la consolidación de un espacio común, sin el que ningún país europeo podría sobrevivir en la actualidad. Sí, porque de lo que no se puede dudar, se quiera o no, es que hoy en día, Europa es esencial para todos y para cada uno de esos países, desde el más poderoso al más insignificante. Por ello, ante la actual incertidumbre generalizada, no viene de más, acercarse a lo que piensan algunos líderes que ejercieron, y que aún ejercer de europeístas convencidos, y para ello nadie más cercano que Felipe González.

Para el ex presidente gobernó español, que siempre ha abogado por la necesidad de una Europa sólida y unida, en los últimos tiempos se ha perdido el rumbo, la sensación “de que todos navegamos en el mismo barco”, lo que demuestra que algo está fallando. Y lo que está fallando, para él, no es otra cosa que la escasa competitividad que en estos momentos padece Europa, al menos si se la compara con los Estados Unidos y con los denominados países emergentes. Para González la cuestión radica en que Europa ha dejado de ser competitiva, hecho que ya no le brinda los excedentes necesarios para poder mantener su poderosa y modélica estructura social, lo que obliga a cada país, a intentar solucionar sus problemas de la mejor forma que puede, enrocándose en sí mismos, y dándole la espalda a ese gran experimento de ingeniería política, al que muchos se atreven a identificar como la causa de todos sus males. Por lo anterior, por la escasa fe existente en el proyecto, los grandes países se muestran reacios a ayudar a los que padecen problemas, mientras que éstos, no cesan de acusar a aquéllos, de imponer una política económica en la Unión que parece estar ideadas para asfixiarles, lo que genera un clima de clara desunión entre los diferentes miembros. Para Felipe González el problema de fondo se encuentra en que Europa no ha sabido adaptarse a los nuevos tiempos, y que debido a sus rigideces estructurales, esas mismas que tan útiles fueron en los buenos tiempos, ha perdido el tren de la revolución tecnológica y de la globalización en beneficio de otros actores. Por ello estima que es fundamental darles alcance de nuevo, pues en caso contrario todo estaría perdido, para lo cual, resultaría necesario, después de un examen concienzudo, que adapte su sistema productivo, aligerando las rigideces y las restricciones que hoy por hoy lo definen, para acomodarlos a las nuevas dinámicas imperantes.

Cierto. Evidentemente Europa tiene que verificar si su sistema está o no anquilosado, con objeto de perfeccionarlo en la medida de lo posible, pero me da la sensación, de que por miedo, González “tira la piedra y esconde la mano”, tal y como hacen otros tantos, ya que parece que lo que se oculta detrás de todo lo que dice, es que lo que de verdad salvaría a Europa del colapso, no puede ser otra cosa que una desregularización que la empareje tanto a Estados Unidos como a los países emergentes que tanto parece admirar, lo que si es así, como estoy convencido, “no hubieran hecho falta tantas alforjas para ese viaje”. Creo que lo que en realidad es imprescindible es presentar nuevas propuestas, que en lugar de apuntar hacia donde siempre, a poner como modelos a determinados países que si por algo se caracterizan es por no ser precisamente modélicos, apuesten por sociedades cohesionadas y con la solidez suficiente para hacer frente a los retos de los nuevos tiempos. Hay que avanzar y no retroceder. Después de leer este trabajo, estoy convencido que Felipe González a estas alturas se encuentra políticamente amortizado, al menos para la izquierda. Una lástima.


Lunes, 7 de noviembre 2011


lunes, 9 de enero de 2012

Algo va mal


LECTURAS

(elo.230)


ALGO VA MAL

Tony Judt

Taurus, 2010


No, las cosas no van bien, y sobre este hecho, hoy por hoy, existe un acuerdo generalizado. Al derrumbe del denominado “socialismo realmente existente” ocurrido a finales del siglo pasado, le ha seguido, aunque se quiera negar de forma grotesca, el brutal descarrilamiento de al parecer su única alternativa ideológica, aquella que tenía como tarea la de conducirnos hasta “el final de la historia”, la del liberalismo radical, también conocido como neoliberalismo. Por lo anterior no se puede decir, que los hombres y mujeres de mi generación no hayamos vivido un periodo histórico interesante. Acabo de decir que este segundo derrumbamiento ideológico se desea ocultar por todos los medios, y por ello, sus defensores y apologetas cuentan con un importante aparato propagandístico, pero sobre todo, lo que con más eficacia lleva a cabo tal objetivo, es la inexistencia de una alternativa ideológica que se presente contra esa teoría política que durante varios años se creyó la única que podía ser imperecedera. Sí, porque el neoliberalismo no sólo ha sido el pensamiento político dominante durante los últimos tiempos, sino que, a pesar de su estrepitoso fracaso, sigue siendo de forma incomprensible, el único que se presenta con capacidad real para imponer sus postulados. El problema es que en estos momentos “de vacas flacas”, cayendo en múltiples contradicciones, y con objeto de poder “salvar los muebles” de sus valedores, ha dejado provisionalmente en la cuneta alguno de sus más importantes postulados, ya que sabe que lo importante siempre será lo importante. Y lo importante es que el capital, y más concretamente que el capitalismo puro y duro, siga dominando el tablero social, aunque para ello tenga que agarrarse a la estela de su mayor enemigo, justificando la existencia de un Estado interventor que pueda salvarle de la ruina provocada por sus propios errores.

Desde todos los ángulos, y como si se tratara de una lluvia fina, durante los últimos años se ha venido disertando, de forma incansable desde todos los cenáculos, sobre los problemas que a una sociedad abierta le puede acarrear la existencia de un Estado fuerte, ya que para que éste pueda llevar a cabo su actividad, necesita “chuparle la sangre” y desvitalizar a la comunidad sobre la que se asienta, sin que los resultados que pudieran justificar tal evidente expolio, tengan la virtud de la eficacia. Por ello, se ha hecho todo lo posible por hacerle creer a la ciudadanía, que todo resultaría más fácil, más reconfortante para ella misma, pero sobre todo mucho más económico si parte, si parte de las funciones que hasta ahora han recaído sobre las espaldas del Estado, pasaran a manos de la propia sociedad. La cuestión es que cuando estos publicistas del neoliberalismo, que como he dicho en demasiadas ocasiones son el brazo político del capital financiero, hablan de sociedad, de lo que en realidad están hablando es de otra cosa, de la empresa privada, y más concretamente de las grandes corporaciones que aspiran a quedarse con la gestión de las actividades que hasta el momento han estado en manos del Estado, con la única intención de enriquecerse con ellas, pues observan que ahí existe un importante yacimiento económico que se ven en la necesidad de explotar. Sí, porque la intención no es otra que la de obtener beneficios con dicha gestión, y no la de mejorar los servicios que se presten, lo que demuestra el hecho de que no dudan en adaptarlos a la posible rentabilidad que presuponen, y no por supuesto, a las necesidades reales de los teóricos beneficiarios de los mismos.

Ante el innegable fracaso de la praxis política neoliberal, que ha sumido a Occidente en la pavorosa crisis en la que se encuentra, muchos nos preguntamos por el paradero de la socialdemocracia, de ese ideario político que desde un principio intentó conjugar, en beneficio de la mayoría de la población, la democracia política y la redistribución, la libertad y la justicia social, con objeto de alcanzar una cohesión social que hiciera posible que las diferencias sociales no fueran criminales, y para que todos los miembros de un determinado cuerpo social se sintieran enrolados, para bien o para mal, en un mismo navío. Pero a la socialdemocracia no se la espera, pues ha quedado sumida, derrotada y desarbolada por los huracanados vientos que lo ha destrozado todo en los últimos veinticinco años, siendo lo peor de todo, el hecho de que se ha quedado sin discursos, sin capacidad teórica para reaccionar ante los múltiples despropósitos que se han producido a su alrededor, quedando desacreditada incluso ante sus tradicionales seguidores.

En “Algo va mal”, Tony Judt, después de describir la actual situación, y las causas que han provocado que Occidente se encuentre en la actual encrucijada en la que se encuentra, proclama sin ningún entusiasmo, pero sí con realismo, la innegable necesidad del retorno de la socialdemocracia. Para él, la caída en picado del ideario socialdemócrata, que de una forma o de otra ha sido “la prosa política” de la Europa contemporánea, se ha debido más que a la brutal ofensiva del liberalismo radical, al agotamiento de sus propios discursos, que en lugar de ir enriqueciéndose día a día, de la mano de unos políticos vacuos y de perfil bajo, de unos líderes light, se ha quedado sin nada que decir, sin nada que aportar ante el elevado número de problemas que se han ido acumulando hasta amenazar con anegarlo definitivamente todo.

Para Judt, la necesidad de un retorno de la socialdemocracia, se debe, al hecho de que los innumerables retos a los que la humanidad tendrá que enfrentarse a medio plazo, como el aumento estructural del desempleo, los efectos del calentamiento global, los cambios tecnológicos, el desmesurado e insoportable aumento de la población mundial, o el incremento de las desigualdades, obligarán, se quiera o no, a la existencia de un Estado fuerte y regulador que articule, coordine y planifique a la propia sociedad para que ésta afronte con un mínimo de garantías su futuro próximo.

Parece como si el autor pensara, que entre las diferentes posibilidades que se presentan, la del Estado socialdemócrata fuera la más aceptable, y no sólo para actuar contra la actual crisis, pues las otras alternativas, la del Estado autoritario (“en donde los trenes siempre llegan puntuales”), o la existencia de una multitud de Estados fallidos, siempre se encuentran ahí como una posibilidad que bajo determinadas circunstancias se podrían materializar. Lo que sí parece claro, y no sólo para el autor de este trabajo, es que el Estado mínimo neoliberal, como se ha demostrado en la actual coyuntura, que sólo puede ser un resfriado ante lo que se avecina, es una receta no sólo inviable sino también suicida.


Viernes, 21 de octubre 2011



lunes, 12 de diciembre de 2011

El fin de una época




LECTURAS
(elo.228)

EL FIN DE UNA ÉPOCA
Iñaki Gabilondo
Barril y Barral, 2011


Me preocupa, y mucho, el omnímodo poder que hoy poseen los medios de comunicación para banalizar y simplificar todo lo que tocan con sus manos. Si a ello se une, el hecho cada día más evidente de que nada de lo que dicen es gratuito, que todos, y contra más proyección tengan más, intentan intoxicar ideológicamente a sus usuarios, la cuestión toma un cariz diferente, pues entonces ya no se puede hablar que padecen estulticia, sino que trabajan con mala fe, al mandar mensajes implícitos, y a veces demasiado evidentes a una ciudadanía que da la sensación de tragarse todo lo que dichos medios le ofrecen. Sí, porque a estas alturas lo que parece evidente, por mucho que se siga hablando de objetividad informativa, es que no existe ningún medio imparcial, que todos beben de diferentes fuentes, y que intentan dejar un discurso ideológico determinado a su concurrencia. Este hecho ya no parece preocupar, pues todos pensamos que esa es una realidad con la que tenemos que convivir, a pesar de que gracias a esa actitud, se esté creando un relato falso, o claramente tergiversado de la propia realidad, que condiciona con fuerza la percepción que se tiene de esa misma realidad.
Todos salimos cada mañana de casa mínimamente informados, con el convencimiento al menos de que controlamos las diferentes variables que se hayan podido producir, aunque sólo sea para estar a la altura ante nuestros compañeros de trabajo mientras desayunamos. Estar informado de lo que ocurre, aunque sólo sea de forma escueta, a estas alturas es un requisito básico de socialización, algo que entendemos como natural y que de forma automática llevamos a cabo cada día. El problema es que mientras la realidad es objetiva, aunque más compleja y con más matices de lo que somos capaces de aceptar, el relato que nos llega de la misma suele ser subjetivo y parcial, de una simplicidad casi absoluta, de suerte, aunque tal hecho pueda resultar paradójico, que dependiendo del medio que se elija, nos llegará una imagen diferente de lo acaecido, pues dependiendo como se envuelva una noticia, de los calificativos y del tono que se utilice, todo aquello que nos llega cada mañana recién levantados, tendrá un significado u otro.
Los medios, por tanto, y este hecho resulta más evidente cuando se consultan habitualmente varios, en lugar de esclarecer parecen que se dedican a embarrarlo todo, no sabiendo uno a qué atenerse, ya que la información que llega es de una parcialidad vergonzosa. Ante tal hecho, y debido a la necesidad de la información, hay que echar manos de periodistas de referencia, de aquellos que, a pesar de todas las aristas que pudieran poseer, tienen algo tan importante como es credibilidad. En España, si ha existido un periodista con credibilidad, un periodista “de cabecera”, con fundamentos y con un pesado bagaje a sus espaldas, ese, sin duda es Iñaki Gabilondo.
Cuando se dice que un periodista tiene credibilidad, eso no quiere decir que sea objetivo, que haya abandonado su singular perspectiva de ver lo que ocurre para asentarse junto a los dioses, no, en absoluto, lo que sencillamente quiere decir, es que es fiel a su visión del mundo, que es coherente y que siempre hablará con su propia voz, y no por ejemplo, por aquella del medio que le paga. La credibilidad es ante todo un compromiso con uno mismo, con los valores que se posean, y eso es precisamente lo que muchos buscamos cuando nos acercamos a una noticia, que nos la cuente alguien de referencia, con nombre y apellidos, para agarrarnos a ella con seguridad, para con posterioridad, con más tiempo, poder analizarla desde lo que somos. Por ello, Iñaki Gabilondo, para algunos ha sido, y aún lo sigue siendo, a pesar de que desgraciadamente ha pasado a un segundo plano mediático, el referente con mayúsculas. Por lo anterior, aquellos que estamos interesados y también preocupados por la peligrosa deriva que está padeciendo el periodismo en nuestros días, que se está convirtiendo en una profesión cada día más desprestigiada, resulta interesante saber qué opina Gabilondo sobre la misma. Él siempre ha apostado por el periodismo de referencia y de calidad, por el periodismo de peso, sorprendiéndome, que a pesar de lo que está lloviendo, de los graves problemas que padece su oficio, y que detalla, está convencido que esa forma de ejercer la profesión, aunque sólo tenga acogida en un sector minoritario de la población, que será el de siempre, el que tiene un mayor nivel de exigencia, aún tiene futuro, al ser el único que deja las puertas abiertas para que la información pueda convertirse en conocimiento. Sí, porque para Gabilondo, el objetivo del periodismo, del periodismo de calidad, no es sólo el de aportar los datos necesarios para que la ciudadanía se encuentre informada, sino el de intentar que esa información que se ofrece, sirva para que cada cual, después de haberla destilado y metabolizado, sepa dónde se encuentra, es decir, para que todo el que tenga interés, después de procesarla la convierta en conocimiento. Y sigue pensando lo anterior, a pesar de estar convencido que todo, en la actualidad, apunta hacia otros derroteros, hacia otros objetivos que aspiran más a confundir y a ocultar, que a aclarar lo que acontece.
“El fin de una época” es un pequeño libro en donde el autor habla de los problemas del periodismo actual, que observa, como también lo están nuestras sociedades, al borde de un nuevo periodo repleto de interrogantes y del que apenas se sabe nada, no sirviendo ya los instrumentos que hasta no hace mucho nos sirvieron para orientarnos. El periodismo, parece decir Gabilondo, está aquejado de los mismos males que padecen las sociedades en las que opera, con la diferencia de que es utilizado, gracias a su poder, por aquéllos que tratan de instrumentalizarlas en cada momento.

Miércoles, 28 de septiembre de 2011