
LECTURAS
(elo.232)
EL RETORNO BRIDESHEAD
Evelyn Waugh
Tusquets, 1945
Hay algo que tengo claro, y es que, simplificando de forma radical, hay una buena y una mala literatura, hecho que para cualquier lector avezado es fácil de comprender. De forma independiente al estilo que se emplee, a la escuela a la que una determinada novela pertenezca, cualquier lector que se precie, desde las primeras páginas, sí, desde las primeras páginas sabrá si lo que está leyendo vale o no la pena, si la obra que tiene entre sus manos tiene calidad, o si por el contrario, es sólo una de tantas lecturas, que sin importar nada, se puede dejar sin problemas a un lado, ya que sabe con seguridad que no le aportará absolutamente nada. “El retorno a Brideshead” , a pesar de que puede ser criticada desde algunos ángulos, es una de esas novelas que una vez iniciada uno tiene la convicción de que está leyendo algo bueno, es decir, de que lo que se tienen entre las manos es un texto de calidad. Evidentemente se trata de una novela de otros tiempos, de un tipo de literatura en desuso, sobre todo porque la actual novelística, muy influenciada por la literatura norteamericana de calidad, apuesta más por un estilo directo en la que sobra todo arabesco, y en la que “al pan se le llama pan, y al vino vino”, y en donde las tramas, por muy complejas que sean, nunca llegan a adentrarse por sinuosos y ensombrecidos vericuetos. Se aspira a una literatura diáfana, en la que todas las variables cuadren a la perfección, en donde resulte difícil perderse, y en la que es esencial, que una vez leída, uno sepa a la perfección qué es lo que ha querido decir el autor. De todas formas, a pesar de que la literatura dominante tienda a eliminar todas aquellas formas de entenderla que se aparte de sus cánones, no cabe duda, que ante determinadas obras, no tiene más remedio que quitarse el sombrero, como ocurre con esta novela de Evelyn Waugh. Y no tiene más remedio, porque en esta novela concurren un estilo preciosista, de una indudable riqueza, con una temática que propone una reflexión que aún hoy, aunque en principio pueda parecer pretérita, si se consigue abrir con generosidad el enfoque de la misma, puede resultar tremendamente atractiva. A todo lo anterior hay que añadir, que la obra está cimentada sobre por una sólida estructura que hace que tenga un peso innegable.
En la novela se habla de la religión, por supuesto, de la línea a seguir que impone una determinada fe, en este caso la católica, y del esfuerzo y de las dudas que muestran ante ese teórico camino luminoso los miembros de una determinada familia. Evidentemente ese “camino luminoso” no sólo lo pueden presentar las religiones, aunque tengo la sensación, de que esa, y no otra, es su función principal, aunque lógicamente cada forma de entender la existencia posee el suyo. Todos, por supuesto, por muy anegados y perdidos que nos encontremos, por muy heterodoxa que sea la visión del mundo que poseamos, sabemos, sin ningún género de dudas, el sendero por el que tenemos que adentrarnos, de forma independiente a que sea muy concurrido o que se encuentre siempre solitario, y que dependiendo de la distancia a que nos encontremos de él, en todo momento sabremos si nos van bien o nos van mal. Se puede rehuir del mismo, por supuesto, pero si no se es capaz de crear uno propio que nos convenga, y en el que podamos sentirnos satisfecho, o de hallar otro común que lo sustituya, siempre se tendrá la sensación de que no se estará obrando correctamente, de que por las circunstancias que sean, uno se encuentra perdido y sintiendo como la consciencia, la mala consciencia enturbia la percepción que tengamos de todos nuestros actos.
El “Retorno de Brideshead” nos habla de una familia católica inglesa, en la que algunos de sus miembros discrepan de la forma de vida que en ella se impone, con la que no comulgan, manteniendo actitudes radicalmente opuestas, algunas rayando el esnobismo más absoluto, pero a la que con el tiempo, buscando la seguridad y la estabilidad perdida, vuelven para recuperar los anclajes que tanto echaban en falta. Para contar su historia, Evelyn Waugh, autor del que no había oído hablar con anterioridad, crea un personaje, que hace amistad mientras estudiaba en Oxford, con uno de los miembros de dicha familia, que lo introduce en la misma, y que años después, narra todo lo que vio, vivió y sintió, con un estilo cuidado, complejo y ambiguo, junto a los que transformaron su existencia.
Lo que llama poderosamente la atención desde un principio, es la calidad de la narración, la línea directa que se establece entre el lector y la historia que se cuenta, y eso a pesar, de que no es una novela de lectura rápida, pues toda ella está jalonada de mil y un recovecos, que en principio deberían dificultar la lectura. Pero no, la novela tiene la virtud de poder leerse, pese a su aparente dificultad, con una facilidad incomprensible, debido a que su lectura produce un deleite que muy pocas novelas consiguen, lo que hace posible que se posicione en un lugar muy por encima de la media. La temática, que en un principio podría chirriar, ya que no se encuentra aparentemente entre las prioridades del lector actual, mucho más preocupado por otras cuestiones, coge fuerza debido a la sutileza con que es tratada, reconvirtiéndose, sobre todo para aquellos que siempre se empeñan en ver algo más de lo que se les muestra, en la necesidad que todos tenemos por conducirnos dentro de unos determinados parámetros éticos, sean estos los que sean, para afrontar, mínimamente protegidos, las arremetidas de una realidad que difícilmente se consigue controlar.
La novela de Waugh me ha sorprendido, posiblemente porque poco esperaba de ella, llamándome poderosamente la atención, de forma independiente al estilo que he encontrado y al deleite que me ha producido la lectura, porque me ha recordado la capacidad que posee la buena literatura para hacer frente a los problemas y a las inquietudes que realmente interesan al ser humano.
Sábado, 3 de diciembre de 2011
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