
LECTURAS
(elo.230)
ALGO VA MAL
Tony Judt
Taurus, 2010
No, las cosas no van bien, y sobre este hecho, hoy por hoy, existe un acuerdo generalizado. Al derrumbe del denominado “socialismo realmente existente” ocurrido a finales del siglo pasado, le ha seguido, aunque se quiera negar de forma grotesca, el brutal descarrilamiento de al parecer su única alternativa ideológica, aquella que tenía como tarea la de conducirnos hasta “el final de la historia”, la del liberalismo radical, también conocido como neoliberalismo. Por lo anterior no se puede decir, que los hombres y mujeres de mi generación no hayamos vivido un periodo histórico interesante. Acabo de decir que este segundo derrumbamiento ideológico se desea ocultar por todos los medios, y por ello, sus defensores y apologetas cuentan con un importante aparato propagandístico, pero sobre todo, lo que con más eficacia lleva a cabo tal objetivo, es la inexistencia de una alternativa ideológica que se presente contra esa teoría política que durante varios años se creyó la única que podía ser imperecedera. Sí, porque el neoliberalismo no sólo ha sido el pensamiento político dominante durante los últimos tiempos, sino que, a pesar de su estrepitoso fracaso, sigue siendo de forma incomprensible, el único que se presenta con capacidad real para imponer sus postulados. El problema es que en estos momentos “de vacas flacas”, cayendo en múltiples contradicciones, y con objeto de poder “salvar los muebles” de sus valedores, ha dejado provisionalmente en la cuneta alguno de sus más importantes postulados, ya que sabe que lo importante siempre será lo importante. Y lo importante es que el capital, y más concretamente que el capitalismo puro y duro, siga dominando el tablero social, aunque para ello tenga que agarrarse a la estela de su mayor enemigo, justificando la existencia de un Estado interventor que pueda salvarle de la ruina provocada por sus propios errores.
Desde todos los ángulos, y como si se tratara de una lluvia fina, durante los últimos años se ha venido disertando, de forma incansable desde todos los cenáculos, sobre los problemas que a una sociedad abierta le puede acarrear la existencia de un Estado fuerte, ya que para que éste pueda llevar a cabo su actividad, necesita “chuparle la sangre” y desvitalizar a la comunidad sobre la que se asienta, sin que los resultados que pudieran justificar tal evidente expolio, tengan la virtud de la eficacia. Por ello, se ha hecho todo lo posible por hacerle creer a la ciudadanía, que todo resultaría más fácil, más reconfortante para ella misma, pero sobre todo mucho más económico si parte, si parte de las funciones que hasta ahora han recaído sobre las espaldas del Estado, pasaran a manos de la propia sociedad. La cuestión es que cuando estos publicistas del neoliberalismo, que como he dicho en demasiadas ocasiones son el brazo político del capital financiero, hablan de sociedad, de lo que en realidad están hablando es de otra cosa, de la empresa privada, y más concretamente de las grandes corporaciones que aspiran a quedarse con la gestión de las actividades que hasta el momento han estado en manos del Estado, con la única intención de enriquecerse con ellas, pues observan que ahí existe un importante yacimiento económico que se ven en la necesidad de explotar. Sí, porque la intención no es otra que la de obtener beneficios con dicha gestión, y no la de mejorar los servicios que se presten, lo que demuestra el hecho de que no dudan en adaptarlos a la posible rentabilidad que presuponen, y no por supuesto, a las necesidades reales de los teóricos beneficiarios de los mismos.
Ante el innegable fracaso de la praxis política neoliberal, que ha sumido a Occidente en la pavorosa crisis en la que se encuentra, muchos nos preguntamos por el paradero de la socialdemocracia, de ese ideario político que desde un principio intentó conjugar, en beneficio de la mayoría de la población, la democracia política y la redistribución, la libertad y la justicia social, con objeto de alcanzar una cohesión social que hiciera posible que las diferencias sociales no fueran criminales, y para que todos los miembros de un determinado cuerpo social se sintieran enrolados, para bien o para mal, en un mismo navío. Pero a la socialdemocracia no se la espera, pues ha quedado sumida, derrotada y desarbolada por los huracanados vientos que lo ha destrozado todo en los últimos veinticinco años, siendo lo peor de todo, el hecho de que se ha quedado sin discursos, sin capacidad teórica para reaccionar ante los múltiples despropósitos que se han producido a su alrededor, quedando desacreditada incluso ante sus tradicionales seguidores.
En “Algo va mal”, Tony Judt, después de describir la actual situación, y las causas que han provocado que Occidente se encuentre en la actual encrucijada en la que se encuentra, proclama sin ningún entusiasmo, pero sí con realismo, la innegable necesidad del retorno de la socialdemocracia. Para él, la caída en picado del ideario socialdemócrata, que de una forma o de otra ha sido “la prosa política” de la Europa contemporánea, se ha debido más que a la brutal ofensiva del liberalismo radical, al agotamiento de sus propios discursos, que en lugar de ir enriqueciéndose día a día, de la mano de unos políticos vacuos y de perfil bajo, de unos líderes light, se ha quedado sin nada que decir, sin nada que aportar ante el elevado número de problemas que se han ido acumulando hasta amenazar con anegarlo definitivamente todo.
Para Judt, la necesidad de un retorno de la socialdemocracia, se debe, al hecho de que los innumerables retos a los que la humanidad tendrá que enfrentarse a medio plazo, como el aumento estructural del desempleo, los efectos del calentamiento global, los cambios tecnológicos, el desmesurado e insoportable aumento de la población mundial, o el incremento de las desigualdades, obligarán, se quiera o no, a la existencia de un Estado fuerte y regulador que articule, coordine y planifique a la propia sociedad para que ésta afronte con un mínimo de garantías su futuro próximo.
Parece como si el autor pensara, que entre las diferentes posibilidades que se presentan, la del Estado socialdemócrata fuera la más aceptable, y no sólo para actuar contra la actual crisis, pues las otras alternativas, la del Estado autoritario (“en donde los trenes siempre llegan puntuales”), o la existencia de una multitud de Estados fallidos, siempre se encuentran ahí como una posibilidad que bajo determinadas circunstancias se podrían materializar. Lo que sí parece claro, y no sólo para el autor de este trabajo, es que el Estado mínimo neoliberal, como se ha demostrado en la actual coyuntura, que sólo puede ser un resfriado ante lo que se avecina, es una receta no sólo inviable sino también suicida.
Viernes, 21 de octubre 2011
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