LECTURAS
(elo.092)
LA FICCIÓN DE LA DIGNIDAD
Enrique Vila-Matas
El País, 05.08.07
A veces uno se encuentra con artículos esclarecedores, en donde alguien, como en este caso el bueno de Vila-Matas, al hablar de otra cosa, deja perfectamente claro la perspectiva sobre la que gravita. El autor de “El mal de Montano”, en este interesante artículo, al comentar un libro de su admirado Coetzee, como quien no quiere la cosa, nos arroja sobre la mesa su concepción de la literatura, lo que siempre hay que agradecer, sobre todo en estos tiempos tan confusos que vivimos. El tema sobre el que se apoya, es el de la dignidad y la censura, engarzando la obra que comenta, “Contra la censura”, con un hecho sorprendente que hace unas semanas conmocionó a casi todos, la retirada de los quioscos de una revista humorística, por el simple hecho de satirizar a un miembro de la Familia Real. Subrayando al sudafricano, Vila-Matas afirma, que todo agravio que pueda conducir a un acto de censura (o a una actitud beligerante o incluso a un dolor extremo) se debe a un malentendido, consistente éste, en creer que el ataque o los ataques que uno recibe van contra su ser esencial, contra lo que uno en realidad es, sin comprenderse, que lo anterior nada tiene que ver con las construcciones y ficciones sobre las que nos asentamos, que son hacia donde van dirigidos los dardos envenenados que de forma constante recibimos. Para el autor del artículo, ambas cosas van por separado, no teniendo que ver demasiado, cosa curiosa, lo que somos con lo que aparentamos, pues lo primero es connatural, viene con la persona, mientras que lo segundo es mera creación. Para el barcelonés, sólo los espíritus simples, o los anclados en una concepción de la existencia arcaica, propia de siglos anteriores, pueden creer aún en eso de la unidad del ser, pues para él, vivimos en un escenario, en el que cada cual representa su papel sin más, dejando al lado, en el camerino, sus esencias fundamentales. De esta forma, los ataques y críticas que se puedan recibir, en ningún momento podrán dar en el blanco, ya que irán dirigidas a las estructuras que hemos creado de forma artificiosa, y no hacia lo esencial de lo que somos, que siempre quedará a resguardo, en ese cajón que todos tenemos cerrado con siete llaves. De esta forma, el agravio deja de existir, ya que sólo se puede sentir agraviado, aquel que se crea descubierto y atacado en su intimidad, pues mientras el daño lo reciba el personaje que hemos creado y que paseamos como si fuera nuestra propia realidad, nada en el fondo nos afectará, pues sabremos en todo momento, que seguimos esquivado y resguardando lo que en el fondo tanto nos interesa, al tiempo que comprendemos, que los demás siguen cayendo en la celada que le hemos preparado. La ofensa, por tanto, gracias a esta sutil estrategia que todos empleamos, deja de existir, dando paso a eso tan de moda que llamamos tolerancia, lo que sin duda, está posibilitando un mundo mucho más soportable. Pero la anterior estrategia, de la que tan satisfecho se encuentra el autor del artículo, hay que extenderla a todos los ámbitos de la existencia, y también, como no, al de la literatura, entendiendo ésta como un juego, como una actividad, que poco o nada puede tener que ver con la realidad íntima del que escribe. La separación radical entre el creador y la obra creada, para Vila-Matas, debe ser algo natural, de suerte que, nunca se deben buscar paralelismos entre uno y otra, pues la buena obra artística de nuestro tiempo, ante todo debe ser autónoma. De ahí, que la crítica literaria, la buena crítica literaria, nunca, aunque sea negativa, debe afectar al escritor de forma personal, sino a su faceta profesional, pues esa crítica sólo puede atender al texto analizado. Creo que con todo lo anterior, se puede comprender, a la perfección, la forma que tiene Vila-Matas de entender la literatura, lo que, sin duda, se llegue a estar de acuerdo con ella o no, puede ayudar a comprender sus composiciones.
Lo que resulta claro, visto lo visto, es que Vila-Matas se sitúa en la vertiente posmoderna de la literatura, en aquella que apuesta por el juego, por el guiño, por el mundo de lo anfibio, por una literatura, en fin, que aspira al entretenimiento inteligente, pero que no se plantea nada más. Es el autor posmoderno por antonomasia de nuestro país, nuestro Paul Auster particular, al que todos leemos, a pesar, de estar convencidos que derrocha su energía literaria en temas demasiado banales. No tengo nada que decir sobre su forma de entender la literatura, es la suya y por eso es sagrada, aunque evidentemente, prefiero posicionarme con los que se sitúan en la otra vertiente, con aquellos que se juegan la vida con lo que escriben, con los que entienden la literatura como un descubrirse por entero, sin miedo a dejar sus flancos más sensibles al descubierto. Quiero seguir creyendo que la unidad es posible, que el creador y la obra que éste crea, es y tiene que ser una misma cosa, que es imposible una dicotomía entre ambas, de suerte que, cuando se ataca una determinada obra, se ataca directamente al que la firma. Recuerdo a Cernuda, que cuando escuchó las críticas a su primer libro de poemas, comprendió que éstas no iban contra lo que había escrito, sino contra su persona, y creo que así tiene que ser, pues siempre se escribe, se crea, desde una determinada perspectiva, desde aquella en la que uno se encuentra.
Existe una opinión cada día más generalizada dentro de la crítica, que afirma lo mismo que Vila-Matas, es decir, que hay que diferenciar entre la obra y el autor de la misma, como si eso fuera posible, como si un determinado creador, a la hora de ponerse a trabajar, pudiera dejar a un lado todo lo que es, para hablar de cosas asépticas, de cuestiones que no tienen nada que ver con sus convicciones y con su visión del mundo. Vila-Matas, el autor que se puede escoge aquí como referencia, parece que en principio lo consigue, aunque hay que comprender, que dichos ejercicios tienen gracia una vez, pero que cuando se repiten, como le ha ocurrido a nuestro posmoderno escritor, aparece el cansancio en el lector, que en el fondo lo que busca son visiones del mundo diferentes a la suya, miradas sinceras, que tengan la virtud de complementar la que posee, pues cuando se juega demasiado, el aburrimiento acaba anegándolo todo. Cierto es, que cuando uno no se posiciona, difícilmente puede aparecer el conflicto, pero eludir el conflicto de forma sistemática, es una táctica tan poco conveniente como la que utiliza el avestruz para eludir los peligros a los que se enfrenta. Los conflictos son ineludibles, y hay que afrontarlos a cara descubierta, evitando el enfrentamiento mediante el diálogo y eso que ahora llaman empatía.
Lunes, 13 de agosto de 2007
miércoles, 31 de octubre de 2007
martes, 30 de octubre de 2007
Esos cielos
LECTURAS
(elo.091)
ESOS CIELOS
Bernardo Atxaga
Alfaguara, 2.007
No todos los que escriben historias, y este hecho es conveniente subrayarlo, realizan literatura. La literatura es algo más que contar una historia interesante, pues ante todo, para hacer literatura hay que tener un mínimo de afán literario, requisito que no se encuentra a disposición de la mayoría de los que se dedican a escribir en nuestros días. Cada día que pasa hay más escritores, pero sin embargo, el nivel literario se encuentra por los suelos. Escribir una novela, por no hablar ya de un relato, se ha convertido en algo habitual, todos conocemos a algún amigo que en sus ratos de ocio ha escrito una novela, entre otras razones, porque la novelística, lamentablemente, se ha convertido en un oficio para algunos y un entretenimiento para la mayoría, lo que la separa, cada día más del arte con mayúsculas. Me llama la atención, la escasa preocupación, que incluso novelistas afamados, mantienen ante sus teóricas creaciones artísticas, ejecutando obras, que nada aportan, y que sólo logran sostenerse, justificarse, al convertirse en meros objetos de consumo. Comprendo que hay que vivir de algo, que escribir, sobre todo cuando se ha salido del anonimato, puede resultar una importante fuente de ingresos (aunque siempre se podrá ganar más en cualquier otra actividad), que los lectores que trabajosamente alguien ha podido recolectar, esperan cada cierto tiempo, con sorprendente interés, una nueva entrega de ese escritor que en su día tanto le interesó, y que éste se ve en la obligación de aportar nuevas obras, sea cual sea la calidad de las mismas, si en realidad no desea volver al inmundo anonimato del que partió. Evidentemente no se puede criticar ni a los que escriben para ganarse la vida, pues todo el mundo tiene ese derecho, ni tampoco, por supuesto, a los que lo hacen para intentar esquivar el aburrimiento, pues el tema es otro, el problema es que no existe voluntad de hacer literatura. El otro día leí una novela de Magris, creo que se trataba de la última obra del escritor italiano, una novela mala, muy mala, pero que sin embargo, era literatura pura. El autor no dio con la tecla de la novela, pero su intención, su voluntad, evidentemente era la de hacer literatura, y eso, en literatura, como en cualquier otra manifestación artística, es lo importante. En los momentos en que vivimos, cualquier hijo de vecino, es capaz de aportar a los estantes de las librerías una novela bien escrita, con la armonía necesaria para que pueda leerse, para que pueda convertirse incluso en un éxito de ventas, pero casi ninguno posee eso que le sobra a Magris, la voluntad de estilo, lo que en el fondo, es la madre del cordero. El arte, aunque siempre lo ha sido, es una rara avis en nuestras sociedades, en donde lo que se potencia son otras cosas, otro tipo de productos, entre otras razones, porque éstos, son mucho más rentables. Toda manifestación artística es dificultosa, a la que, en el fondo, sólo pueden acceder determinados individuos, lo que convierte al arte, en unas sociedades como las nuestras, en donde lo importante es el consumo compulsivo, en una actividad marginal que hay, al menos eso piensan mucho, de ahí la existencia y la justificación de los Ministerios de Cultura, que subvencionar en todo momento. Lo anterior significa, que la mayoría (siempre será una mayoría minoritaria) de los que se dedican a la actividad artística, a la de verdad, a la que discurre por los recónditos desfiladeros de lo que aún no se ha descubierto ni catalogado, difícilmente podrán acceder a los beneficios de la gran religión de nuestra época, lo que retrae a los pocos, que aún desean internarse en el mundo artístico.
Después de lo anterior, no debería extrañarme, que la mayoría de las novelas que llegan a mis manos, resulten de una banalidad absoluta, en donde lo prosaico, en donde la historia que se cuenta, consiga hipotecar por entero la obra, lo que convierte a dichas novelas en imperfectas, en inacabadas, y lo malo no es eso, lo malo, es que me estoy, nos estamos acostumbrando a ello. Una buena novela, como he repetido en incontables ocasiones, y no debería cansarme de seguir repitiendo, es aquella que mantiene los equilibrios entre el tema y forma, entre la historia que se desea transmitir, y el estilo gracias al cual, dicha historia consigue llegar al lector. Hoy, la novela dominante, es aquella en la que no se identifican dichas variables, es decir, la que utiliza un lenguaje lo más plano posible, en donde la consigna seguida y aclamada por todos, es la que dice, que lo conveniente, es que el estilo no se note, es decir, la que sacraliza el hecho, de que el autor en todo momento debe pasar desapercibido, y que ese anonimato, debería ser la gran virtud que posea todo buen creador. Esto es lo que se elogia, lo que valoran tanto el público como las editoriales en nuestros días, lo que significa, se diga como se diga, que se intenta prescindir del autor, de la singularidad del autor, y por extensión del arte. De seguir así las cosas, en pocos años, todo será manufactura, lo que conducirá a lo que aún se denomina literatura, a un callejón sin salida, en donde sin duda vivirá sus últimos momentos, sostenida por unos lectores, que en ningún momento han podido saborear, o no han querido, la auténtica literatura de altura.
Después de haber leído la controvertida anterior novela de Atxaga, “El hijo del acordeonista”, obra que a pesar de la polémica que en su momento suscitó me resultó atractiva, tenía bastante interés, en que apareciera alguna nueva obra suya en los anaqueles de las librerías. El otro día, por casualidad, me encontré con “Esos cielos”, una pequeña novela del escritor vasco, que sin pensarlo dos veces, me llevé a casa. El tema de la misma es el de siempre, el mismo que se encuentra de una forma o de otra en toda la obra de Atxaga, la ascendencia del grupo, de la comunidad sobre el individuo, y la relación de éste, con dicha comunidad y grupo. Para el novelista de Asteuse, el grupo, en determinadas ocasiones, ejerce tal influencia sobre sus miembros, que eliminando la actitud crítica de éstos, les obliga a realizar determinados actos, que sin dicho influjo resultarían impensable, pero al mismo tiempo, reconoce, que la vida fuera del grupo, o en contra del grupo, conduce a una soledad difícil de soportar, sobre todo, en sociedades tan endogámicas como la vasca. El tema lo afronta, presentando una historia, en donde una arrepentida militante de ETA, abandona la cárcel de Barcelona, en donde ha pasado cerca de cuatro años, y que después de certificar que nadie ha venido a esperarla, decide trasladarse a Bilbao en autobús. En ese viaje, la protagonista, afronta todos los miedos que su nueva situación le provoca, pues comprende, que el paso que ha dado y que le ha conducido a la liberación, le ha cerrado las puertas de lo que fue su mundo, por lo que a partir de ese momento, tendría que empezar desde cero. La mayor parte de la novela transcurre dentro del autobús, en un autobús que recorre a gran velocidad la ruta Barcelona-Bilbao, es decir, en un recinto cerrado, en donde la antigua militante de la organización terrorista, contabiliza sus miedos e intenta pensar a qué se dedicará, cuando pise cuando de nuevo su ciudad.
En esta ocasión, creo que Atxaga fracasa en su proyecto, pues la novela en cuestión, resulta demasiado prosaica e incluso previsible, pudiendo haber profundizado más en las cuestiones esenciales de la historia, que aunque al final remata bien, atando todos los cabos, hubiera podido sacarle más partido, lo que unido al escaso nivel literario, en todo momento bastante ajustado, hace que “Esos cielos”, deje en el lector cierta sensación de obra correcta pero fallida, de esas que no se mantendrán mucho tiempo en la memoria del lector. En fin, seguiré esperando alguna otra obra del escritor vasco, que consiga enjuagar el mal sabor de boca que me ha provocado por ésta.
Miércoles, 18 de julio de 2007
(elo.091)
ESOS CIELOS
Bernardo Atxaga
Alfaguara, 2.007
No todos los que escriben historias, y este hecho es conveniente subrayarlo, realizan literatura. La literatura es algo más que contar una historia interesante, pues ante todo, para hacer literatura hay que tener un mínimo de afán literario, requisito que no se encuentra a disposición de la mayoría de los que se dedican a escribir en nuestros días. Cada día que pasa hay más escritores, pero sin embargo, el nivel literario se encuentra por los suelos. Escribir una novela, por no hablar ya de un relato, se ha convertido en algo habitual, todos conocemos a algún amigo que en sus ratos de ocio ha escrito una novela, entre otras razones, porque la novelística, lamentablemente, se ha convertido en un oficio para algunos y un entretenimiento para la mayoría, lo que la separa, cada día más del arte con mayúsculas. Me llama la atención, la escasa preocupación, que incluso novelistas afamados, mantienen ante sus teóricas creaciones artísticas, ejecutando obras, que nada aportan, y que sólo logran sostenerse, justificarse, al convertirse en meros objetos de consumo. Comprendo que hay que vivir de algo, que escribir, sobre todo cuando se ha salido del anonimato, puede resultar una importante fuente de ingresos (aunque siempre se podrá ganar más en cualquier otra actividad), que los lectores que trabajosamente alguien ha podido recolectar, esperan cada cierto tiempo, con sorprendente interés, una nueva entrega de ese escritor que en su día tanto le interesó, y que éste se ve en la obligación de aportar nuevas obras, sea cual sea la calidad de las mismas, si en realidad no desea volver al inmundo anonimato del que partió. Evidentemente no se puede criticar ni a los que escriben para ganarse la vida, pues todo el mundo tiene ese derecho, ni tampoco, por supuesto, a los que lo hacen para intentar esquivar el aburrimiento, pues el tema es otro, el problema es que no existe voluntad de hacer literatura. El otro día leí una novela de Magris, creo que se trataba de la última obra del escritor italiano, una novela mala, muy mala, pero que sin embargo, era literatura pura. El autor no dio con la tecla de la novela, pero su intención, su voluntad, evidentemente era la de hacer literatura, y eso, en literatura, como en cualquier otra manifestación artística, es lo importante. En los momentos en que vivimos, cualquier hijo de vecino, es capaz de aportar a los estantes de las librerías una novela bien escrita, con la armonía necesaria para que pueda leerse, para que pueda convertirse incluso en un éxito de ventas, pero casi ninguno posee eso que le sobra a Magris, la voluntad de estilo, lo que en el fondo, es la madre del cordero. El arte, aunque siempre lo ha sido, es una rara avis en nuestras sociedades, en donde lo que se potencia son otras cosas, otro tipo de productos, entre otras razones, porque éstos, son mucho más rentables. Toda manifestación artística es dificultosa, a la que, en el fondo, sólo pueden acceder determinados individuos, lo que convierte al arte, en unas sociedades como las nuestras, en donde lo importante es el consumo compulsivo, en una actividad marginal que hay, al menos eso piensan mucho, de ahí la existencia y la justificación de los Ministerios de Cultura, que subvencionar en todo momento. Lo anterior significa, que la mayoría (siempre será una mayoría minoritaria) de los que se dedican a la actividad artística, a la de verdad, a la que discurre por los recónditos desfiladeros de lo que aún no se ha descubierto ni catalogado, difícilmente podrán acceder a los beneficios de la gran religión de nuestra época, lo que retrae a los pocos, que aún desean internarse en el mundo artístico.
Después de lo anterior, no debería extrañarme, que la mayoría de las novelas que llegan a mis manos, resulten de una banalidad absoluta, en donde lo prosaico, en donde la historia que se cuenta, consiga hipotecar por entero la obra, lo que convierte a dichas novelas en imperfectas, en inacabadas, y lo malo no es eso, lo malo, es que me estoy, nos estamos acostumbrando a ello. Una buena novela, como he repetido en incontables ocasiones, y no debería cansarme de seguir repitiendo, es aquella que mantiene los equilibrios entre el tema y forma, entre la historia que se desea transmitir, y el estilo gracias al cual, dicha historia consigue llegar al lector. Hoy, la novela dominante, es aquella en la que no se identifican dichas variables, es decir, la que utiliza un lenguaje lo más plano posible, en donde la consigna seguida y aclamada por todos, es la que dice, que lo conveniente, es que el estilo no se note, es decir, la que sacraliza el hecho, de que el autor en todo momento debe pasar desapercibido, y que ese anonimato, debería ser la gran virtud que posea todo buen creador. Esto es lo que se elogia, lo que valoran tanto el público como las editoriales en nuestros días, lo que significa, se diga como se diga, que se intenta prescindir del autor, de la singularidad del autor, y por extensión del arte. De seguir así las cosas, en pocos años, todo será manufactura, lo que conducirá a lo que aún se denomina literatura, a un callejón sin salida, en donde sin duda vivirá sus últimos momentos, sostenida por unos lectores, que en ningún momento han podido saborear, o no han querido, la auténtica literatura de altura.
Después de haber leído la controvertida anterior novela de Atxaga, “El hijo del acordeonista”, obra que a pesar de la polémica que en su momento suscitó me resultó atractiva, tenía bastante interés, en que apareciera alguna nueva obra suya en los anaqueles de las librerías. El otro día, por casualidad, me encontré con “Esos cielos”, una pequeña novela del escritor vasco, que sin pensarlo dos veces, me llevé a casa. El tema de la misma es el de siempre, el mismo que se encuentra de una forma o de otra en toda la obra de Atxaga, la ascendencia del grupo, de la comunidad sobre el individuo, y la relación de éste, con dicha comunidad y grupo. Para el novelista de Asteuse, el grupo, en determinadas ocasiones, ejerce tal influencia sobre sus miembros, que eliminando la actitud crítica de éstos, les obliga a realizar determinados actos, que sin dicho influjo resultarían impensable, pero al mismo tiempo, reconoce, que la vida fuera del grupo, o en contra del grupo, conduce a una soledad difícil de soportar, sobre todo, en sociedades tan endogámicas como la vasca. El tema lo afronta, presentando una historia, en donde una arrepentida militante de ETA, abandona la cárcel de Barcelona, en donde ha pasado cerca de cuatro años, y que después de certificar que nadie ha venido a esperarla, decide trasladarse a Bilbao en autobús. En ese viaje, la protagonista, afronta todos los miedos que su nueva situación le provoca, pues comprende, que el paso que ha dado y que le ha conducido a la liberación, le ha cerrado las puertas de lo que fue su mundo, por lo que a partir de ese momento, tendría que empezar desde cero. La mayor parte de la novela transcurre dentro del autobús, en un autobús que recorre a gran velocidad la ruta Barcelona-Bilbao, es decir, en un recinto cerrado, en donde la antigua militante de la organización terrorista, contabiliza sus miedos e intenta pensar a qué se dedicará, cuando pise cuando de nuevo su ciudad.
En esta ocasión, creo que Atxaga fracasa en su proyecto, pues la novela en cuestión, resulta demasiado prosaica e incluso previsible, pudiendo haber profundizado más en las cuestiones esenciales de la historia, que aunque al final remata bien, atando todos los cabos, hubiera podido sacarle más partido, lo que unido al escaso nivel literario, en todo momento bastante ajustado, hace que “Esos cielos”, deje en el lector cierta sensación de obra correcta pero fallida, de esas que no se mantendrán mucho tiempo en la memoria del lector. En fin, seguiré esperando alguna otra obra del escritor vasco, que consiga enjuagar el mal sabor de boca que me ha provocado por ésta.
Miércoles, 18 de julio de 2007
martes, 23 de octubre de 2007
Bienvenido Bob
LECTURAS
(elo.090)
Bienvenido Bob
Juan Carlos Onetti
Internet
Ahora que voy a entrar en los últimos años de mi cuarta década (algo en lo que es mejor no pensar), en una edad en la que veía a mi padre como a una persona mayor, después de volver a leer “Bienvenido Bob”, me veo en la obligación de interrogarme sobre si soy un viejo, “un hombre desecho”, o si por el contrario, contra todo pronostico, y sin ser alguien extraordinario, sigo aún en ruta. Sería absurdo decir que soy joven, que sigo siendo joven, pues aquella deplorable y desdichada etapa de mi vida, afortunadamente ya pasó, pero tampoco deseo calificarme como viejo, y no por coquetería, sino porque ese término, puede dar a entender, que uno se encuentra acabado, asentado en una etapa, en la que sólo se desea que el tiempo pase sin prisas, pero al mismo tiempo sin sobresaltos. No, creo que ni una cosa ni otra, que ni joven ni viejo, ni alguien que de forma insensata aún cree que todo puede ser posible, ni por el contrario, quien por experiencia, por haber vivido demasiado, estima que todo resultará imposible. La juventud es un desastre y la vejez, imagino que también, por lo que tiene que existir un estadio intermedio, equidistante entre uno y otro, en donde la existencia resulte aceptable, en donde se pueda vivir sin estar muerto, pero en donde resulte posible, para evitar vivir en las nubes, pisar con determinación la tierra en la que hay necesariamente que vivir. Evidentemente no todo el mundo está vivo, al existir más muertos (de los que andan) de los que imaginamos, individuos sin más aspiraciones, que aquellas tendentes a satisfacer sus necesidades cotidianas, personas que desde un principio, sin ningún problema, se conforman con la existencia, sea la que sea, que les ha tocado en suerte, que no se plantean, en ningún momento, la posibilidad de modificar la vida que llevan a cabo, y que sin embargo, consiguen acercarse, bastante, a eso que se denomina felicidad. Sí, porque estar vivo no significa, ni mucho menos, que uno sea feliz, pues suele acaecer todo lo contrario, ya que estar vivo acarrea una desazón que posibilita todos los desequilibrios. La estabilidad es un plato que sólo está al alcance de los muertos (vivientes), de los que se conforman con lo que tienen a su alrededor, de los que no se interrogan, de los que aceptan, en suma, sin aspirar a nada más, lo que un día encontraron y vieron como definitivo.
La juventud, es un periodo de la existencia que se caracteriza por la inexperiencia, por el desconocimiento de la fuerza que posee el mundo, pero sobre todo, por la confianza en uno mismo. Se confía tanto en las propias potencialidades, que todas las resistencias parecen salvables, de suerte que, los proyectos que se poseen, los sueños que se elaboran, por muy descabellados que sean, resultan creíbles y fácilmente ejecutables. Ortega decía que los proyectos revolucionarios sólo son posibles en pueblos jóvenes, en pueblos y en individuos, que están convencidos, que podrán vencer, sin muchas dificultades, el elevado número de circunstancias, de obstáculos, que lo envuelven todo. Por el contrario, los pueblos viejos, son los que temen a dichas circunstancias, los que están convencidos, que por mucho que se haga, por mucho empeño que se ponga, en ningún momento se podrán vencer las resistencias, que con terquedad, dificultan el deambular de los seres humanos. Los hombres viejos, por tanto, que no necesariamente tienen que tener una edad avanzada, son los que aceptan de antemano la imposibilidad de su voluntad, los que acatan el hecho, de que tienen que vivir en un mundo acotado por las circunstancias. Ni que decir tiene, que ambos individuos, ni el joven ni el viejo, llegan a comprenderse entre sí, pues sus mundos giran en diferentes órbitas, en diferentes espacios, que sólo convergen, cuando el joven tropieza de forma definitiva con la realidad, entrando entonces, por la puerta trasera, en eso que tanto odiaba, en el mundo de los adultos. No obstante, pues el maniqueísmo tampoco es el terreno, se diga lo que se diga, en donde se desenvuelve la realidad, existe, o tiene que existir una zona intermedia, en donde debe ser posible una existencia razonable, y que en contra de lo que afirma el personaje de Onetti, no tiene que ser sólo un lugar acto para los espíritus o los individuos extraordinarios. Allí tienen cabida, los que no aceptan las imposiciones de la realidad y los que están convencidos, que los ideales, que los sueños, no pueden volar libremente, ya que para que sean efectivos, hay que atarlos a la realidad, es decir, que tienen que adaptarse a la realidad, que necesitan conocer la fisonomía de ésta, para en un momento dado, intentar dinamitarla. En este espacio, se encuentran los que tienen esperanzas en un mundo y en una vida, tanto social como individual, completamente diferente, en donde la plenitud, es algo que en ningún momento hay que descartar. Por tanto, por un lado se encuentran los jóvenes y los viejos, con características contradictorias pero muy próximos entre sí, pero por otro, se hallan los que aquí se podrían denominar como los que aún permanecen vivos, los que con inteligencia, intentan conjugar los ideales de una vida mejor, con el conocimiento de las limitaciones que impone la realidad, y todo ello para intentar hacer posible en un futuro próximo, un mundo más aceptable. Para afinar un poco más, estos últimos, podrían ser calificados, para contraponerlos a las otras dos edades, como los individuos maduros, los que se dan cuenta que nada acaba cuando desaparece la juventud, y que sin embargo, intentan dilatar lo más posible, entrar en esa edad en donde la vejez, que es el momento en donde se piensa que todo está acabado, lo anega todo. La madurez debería de ser, el periodo más dilatado de la vida de un individuo, pero de forma curiosa, se encuentra acoquinada y arrugada entre la juventud y la vejez, medio oculta, pues lo normal, es que se pase, sin pasos previos, de cabeza, de la juventud a la vejez, de la vida a la muerte, sin que se comprenda que existen otras posibilidades, todas ellas más ricas y satisfactorias.
“Bienvenido Bob”, representa una magnífica reflexión sobre el tema, al ser un relato sobre la insolencia de la juventud, y sobre el fracaso de ésta, de una juventud, que no es consciente de sus propias limitaciones.
Onetti, desarrolla una historia, en donde un joven, Bob, dificulta la relación que mantiene el narrador con su hermana, al creer, que era demasiado viejo para ella. Con el paso de los años, el narrador se encuentra a ese joven, ya sin sueños y acabado, siendo su venganza, observarlo como se hundía día tras día en su propio fracaso.
El relato se desarrolla en tres partes perfectamente delimitadas, en la primera, el autor presenta a Bob, con toda su insolente juventud, en la segunda, se especifica como consigue romper la relación que mantenía su hermana con un pretendiente mayor que ella, que es el narrador del relato, al que veía como un hombre acabado, y en la tercera, la más interesante, la venganza que realiza ese antiguo pretendiente, contra el joven que le destrozó la vida, cuando se lo encuentra hundido en la misma realidad que tanto le criticaba diez años atrás.
El relato está escrito por Onetti, y por tanto, en ningún momento se puede esperar de él un lenguaje poético y diáfano, sino más bien todo lo contrario, pues parece que el uruguayo, conscientemente huye, y no sólo aquí, sino en toda su obra, de cualquier concesión a la galería, exponiendo sus obras en un lenguaje opaco e indirecto, que en lugar de favorecer la lectura, parece ideado, en todo momento, para dificultarla. A pesar de todo, al menos eso creo, aunque en cuestiones de gustos no hay nada escrito, el uruguayo lleva a cabo un relato perfecto, en donde el lector, el lector atento se entiende, comprende, que un relato puede ser más, mucho más que un mero entretenimiento estilístico, ese paso intermedio para algunos hacia la novela, sino también, cuando se realiza con honestidad y profesionalidad, puede convertirse en una pequeña obra de arte de autonomía plena. Sobre el relato de calidad, puede bascular en un futuro próximo el futuro de la literatura, por lo que hay que evitar, por todos los medios, que el relato banal que se está imponiendo, el que se lleva a cabo por mero entretenimiento, sea el predominante.
Lunes, 09 de julio de 2007
(elo.090)
Bienvenido Bob
Juan Carlos Onetti
Internet
Ahora que voy a entrar en los últimos años de mi cuarta década (algo en lo que es mejor no pensar), en una edad en la que veía a mi padre como a una persona mayor, después de volver a leer “Bienvenido Bob”, me veo en la obligación de interrogarme sobre si soy un viejo, “un hombre desecho”, o si por el contrario, contra todo pronostico, y sin ser alguien extraordinario, sigo aún en ruta. Sería absurdo decir que soy joven, que sigo siendo joven, pues aquella deplorable y desdichada etapa de mi vida, afortunadamente ya pasó, pero tampoco deseo calificarme como viejo, y no por coquetería, sino porque ese término, puede dar a entender, que uno se encuentra acabado, asentado en una etapa, en la que sólo se desea que el tiempo pase sin prisas, pero al mismo tiempo sin sobresaltos. No, creo que ni una cosa ni otra, que ni joven ni viejo, ni alguien que de forma insensata aún cree que todo puede ser posible, ni por el contrario, quien por experiencia, por haber vivido demasiado, estima que todo resultará imposible. La juventud es un desastre y la vejez, imagino que también, por lo que tiene que existir un estadio intermedio, equidistante entre uno y otro, en donde la existencia resulte aceptable, en donde se pueda vivir sin estar muerto, pero en donde resulte posible, para evitar vivir en las nubes, pisar con determinación la tierra en la que hay necesariamente que vivir. Evidentemente no todo el mundo está vivo, al existir más muertos (de los que andan) de los que imaginamos, individuos sin más aspiraciones, que aquellas tendentes a satisfacer sus necesidades cotidianas, personas que desde un principio, sin ningún problema, se conforman con la existencia, sea la que sea, que les ha tocado en suerte, que no se plantean, en ningún momento, la posibilidad de modificar la vida que llevan a cabo, y que sin embargo, consiguen acercarse, bastante, a eso que se denomina felicidad. Sí, porque estar vivo no significa, ni mucho menos, que uno sea feliz, pues suele acaecer todo lo contrario, ya que estar vivo acarrea una desazón que posibilita todos los desequilibrios. La estabilidad es un plato que sólo está al alcance de los muertos (vivientes), de los que se conforman con lo que tienen a su alrededor, de los que no se interrogan, de los que aceptan, en suma, sin aspirar a nada más, lo que un día encontraron y vieron como definitivo.
La juventud, es un periodo de la existencia que se caracteriza por la inexperiencia, por el desconocimiento de la fuerza que posee el mundo, pero sobre todo, por la confianza en uno mismo. Se confía tanto en las propias potencialidades, que todas las resistencias parecen salvables, de suerte que, los proyectos que se poseen, los sueños que se elaboran, por muy descabellados que sean, resultan creíbles y fácilmente ejecutables. Ortega decía que los proyectos revolucionarios sólo son posibles en pueblos jóvenes, en pueblos y en individuos, que están convencidos, que podrán vencer, sin muchas dificultades, el elevado número de circunstancias, de obstáculos, que lo envuelven todo. Por el contrario, los pueblos viejos, son los que temen a dichas circunstancias, los que están convencidos, que por mucho que se haga, por mucho empeño que se ponga, en ningún momento se podrán vencer las resistencias, que con terquedad, dificultan el deambular de los seres humanos. Los hombres viejos, por tanto, que no necesariamente tienen que tener una edad avanzada, son los que aceptan de antemano la imposibilidad de su voluntad, los que acatan el hecho, de que tienen que vivir en un mundo acotado por las circunstancias. Ni que decir tiene, que ambos individuos, ni el joven ni el viejo, llegan a comprenderse entre sí, pues sus mundos giran en diferentes órbitas, en diferentes espacios, que sólo convergen, cuando el joven tropieza de forma definitiva con la realidad, entrando entonces, por la puerta trasera, en eso que tanto odiaba, en el mundo de los adultos. No obstante, pues el maniqueísmo tampoco es el terreno, se diga lo que se diga, en donde se desenvuelve la realidad, existe, o tiene que existir una zona intermedia, en donde debe ser posible una existencia razonable, y que en contra de lo que afirma el personaje de Onetti, no tiene que ser sólo un lugar acto para los espíritus o los individuos extraordinarios. Allí tienen cabida, los que no aceptan las imposiciones de la realidad y los que están convencidos, que los ideales, que los sueños, no pueden volar libremente, ya que para que sean efectivos, hay que atarlos a la realidad, es decir, que tienen que adaptarse a la realidad, que necesitan conocer la fisonomía de ésta, para en un momento dado, intentar dinamitarla. En este espacio, se encuentran los que tienen esperanzas en un mundo y en una vida, tanto social como individual, completamente diferente, en donde la plenitud, es algo que en ningún momento hay que descartar. Por tanto, por un lado se encuentran los jóvenes y los viejos, con características contradictorias pero muy próximos entre sí, pero por otro, se hallan los que aquí se podrían denominar como los que aún permanecen vivos, los que con inteligencia, intentan conjugar los ideales de una vida mejor, con el conocimiento de las limitaciones que impone la realidad, y todo ello para intentar hacer posible en un futuro próximo, un mundo más aceptable. Para afinar un poco más, estos últimos, podrían ser calificados, para contraponerlos a las otras dos edades, como los individuos maduros, los que se dan cuenta que nada acaba cuando desaparece la juventud, y que sin embargo, intentan dilatar lo más posible, entrar en esa edad en donde la vejez, que es el momento en donde se piensa que todo está acabado, lo anega todo. La madurez debería de ser, el periodo más dilatado de la vida de un individuo, pero de forma curiosa, se encuentra acoquinada y arrugada entre la juventud y la vejez, medio oculta, pues lo normal, es que se pase, sin pasos previos, de cabeza, de la juventud a la vejez, de la vida a la muerte, sin que se comprenda que existen otras posibilidades, todas ellas más ricas y satisfactorias.
“Bienvenido Bob”, representa una magnífica reflexión sobre el tema, al ser un relato sobre la insolencia de la juventud, y sobre el fracaso de ésta, de una juventud, que no es consciente de sus propias limitaciones.
Onetti, desarrolla una historia, en donde un joven, Bob, dificulta la relación que mantiene el narrador con su hermana, al creer, que era demasiado viejo para ella. Con el paso de los años, el narrador se encuentra a ese joven, ya sin sueños y acabado, siendo su venganza, observarlo como se hundía día tras día en su propio fracaso.
El relato se desarrolla en tres partes perfectamente delimitadas, en la primera, el autor presenta a Bob, con toda su insolente juventud, en la segunda, se especifica como consigue romper la relación que mantenía su hermana con un pretendiente mayor que ella, que es el narrador del relato, al que veía como un hombre acabado, y en la tercera, la más interesante, la venganza que realiza ese antiguo pretendiente, contra el joven que le destrozó la vida, cuando se lo encuentra hundido en la misma realidad que tanto le criticaba diez años atrás.
El relato está escrito por Onetti, y por tanto, en ningún momento se puede esperar de él un lenguaje poético y diáfano, sino más bien todo lo contrario, pues parece que el uruguayo, conscientemente huye, y no sólo aquí, sino en toda su obra, de cualquier concesión a la galería, exponiendo sus obras en un lenguaje opaco e indirecto, que en lugar de favorecer la lectura, parece ideado, en todo momento, para dificultarla. A pesar de todo, al menos eso creo, aunque en cuestiones de gustos no hay nada escrito, el uruguayo lleva a cabo un relato perfecto, en donde el lector, el lector atento se entiende, comprende, que un relato puede ser más, mucho más que un mero entretenimiento estilístico, ese paso intermedio para algunos hacia la novela, sino también, cuando se realiza con honestidad y profesionalidad, puede convertirse en una pequeña obra de arte de autonomía plena. Sobre el relato de calidad, puede bascular en un futuro próximo el futuro de la literatura, por lo que hay que evitar, por todos los medios, que el relato banal que se está imponiendo, el que se lleva a cabo por mero entretenimiento, sea el predominante.
Lunes, 09 de julio de 2007
La ciudad de la nueva economía
LECTURAS
(elo.089)
La ciudad de la nueva economía
Manuel Castells, 2.000
La Factoría
En esta conferencia, Manuel Castells, intenta situar, o mejor dicho delimitar, el papel que van a desempeñar las ciudades en el nuevo periodo histórico que nos está tocando vivir. Mientras que aún, de forma incomprensible, se sigue gastando tinta y más tinta sobre cuestiones tan desfasada como el nacionalismo; mientras que algunos siguen entonando, una a una, todas las virtudes de la patria, la realidad, siempre tozuda, poco a poco va mostrando facetas de su nueva fisonomía. El catalán, que puede presumir de poseer una visión privilegiada de todo lo que acontece, intenta hacer comprender, que el nuevo mundo que se avecina, traerá aparejado una serie de novedades, que pueden convertir nuestros actuales discursos, en sólo pocos años, en papel mojado. La economía, como no podría ser de otra forma, también ocupa para Castells un papel central en los acontecimientos, casi todos revolucionarios, que se están produciendo, pero lo importante para el, lo innovador, no es la economía clásica, sino lo que denomina la Nueva Economía. La Nueva Economía es un concepto, que desde hace tiempo se encuentra bastante manoseado, de suerte que, difícilmente logra alguien definirla con claridad, aunque todo el mundo confirma, que existir, existe. Para el autor, La Nueva Economía, es aquella que se apoya sobre el conocimiento y la información, lo que al profano en la materia no le dice absolutamente nada, siendo una de esas definiciones, que oscurecen más que aclaran. Para colmo, el propio Castells, afirma poco después, que esa Nueva Economía, es sin duda la que en la actualidad, está obteniendo mayores plusvalías empresariales, lo que acrecienta la necesidad de saber, en qué consiste eso que al parecer se contrapone a que la economía clásica. Lo que hoy denominamos economía clásica, es aquella, que se basa en la producción de bienes y equipos, aquella cuyo logotipo, hoy que tan de moda están, sería la fábrica, y más concretamente la factoría fordista. La aparición en escena de la Nueva Economía, no quiere decir, que la otra economía haya desaparecido, ni siquiera que se encuentre en declive, pues entre otras cosas sigue siendo la hegemónica, la que abastece de los productos básico al conjunto de nuestras sociedades. Pero al parecer este sistema económico, si he entendido bien a Castells, que se podría calificar como demasiado pesado, hoy en día no se encuentra, en modo alguno, en la vanguardia económica, pues existe otro más ligero, más postmoderno, que con menores estructuras consigue mayores beneficios. Para nuestro autor, como más arriba comenté, esta Nueva Economía se basa en el conocimiento y en la información, es decir, en la materia gris de determinados individuos y en la tecnología, en la alta tecnología informacional, que consigue conectar a lo largo de todo el mundo, en tiempo real, interrelacionándolos, a los grandes expertos de cada materia, algo que nunca, y esto hay que subrayarlo, había pasado con anterioridad. Estos expertos, si sigo en la ruta adecuada, consiguen en la red, en la red de redes, la información que necesitan sobre las necesidades concretas a cubrir, para después, gracias a ese mismo instrumento, trabajar en equipo, con la intención de tratar de cubrir y de dar respuestas a dichas necesidades. Según lo anterior, esa nueva economía, puede comprender a la perfección, por las informaciones que le llega, de la necesidad que pueda existir en determinada zona del mundo, por ejemplo, de un vehículo utilitario con determinadas características técnicas, puede también, gracias al trabajo de determinados especialistas, concebir sobre el papel dicho vehículo, pero a partir de ese momento, todo quedaría en manos, de las denostadas factorías fordistas. Lo anterior quiere decir, que la nueva economía es ante todo una economía de dirección, que en un mundo como el que se nos avecina, se asentará, sin ningún género de dudas, en nuestras sociedades desarrolladas, mientras que la pesada y contaminante, la que se desprecia por molesta a pesar de ser imprescindible, tendrán que ubicarse en los polucionados países de lo que siempre será el Tercer Mundo, que se está convirtiendo poco a poco, y esto cada día se ve más claro, en el gran polígono industrial de los países desarrollados. La Nueva economía, por tanto, será la economía del Primer Mundo, de ese mundo de cuello blanco y corbata, que hipócritamente se preocupa por la sostenibilidad del planeta, mientras que la otra, será la de los cuellos azules, la de los que por mucho que trabajen, en ningún momento podrán salir de su pobreza de siempre. Esa Nueva Economía de la que habla Castells, al igual que otros entendidos, no es una economía autónoma y diferenciada, no, pues en realidad es la nueva herramienta económica que utiliza Occidente, para seguir controlando y manipulando a su favor la economía mundial, siendo a su vez, el más claro ejemplo de la división actual del mundo, una división cada día más evidente, entre los que han nacido para disfrutar de los tiempos que corren, y los que saben que sólo tendrán que padecerlos.
En este contexto, en donde la Nueva Economía y la de toda la vida se interrelacionan intimamente entre sí, contribuyendo a edificar un mundo cada día más escindido, Castells, se plantea el nuevo rol que tendrán que jugar las ciudades, papel que para él, con toda seguridad será decisivo. La función de las ciudades en la actualidad, está muy por encima del valor que se les atribuye, al ser ellas, y no los países ni las regiones, al igual que ocurría en la antigua Roma, las grandes dinamizadoras de la vida económica y cultural. Las ciudades ofrecen el marco real, sobre el que tiene que desarrollarse la vida de sus habitantes, dependiendo la calidad de vida de éstos, de la calidad de dicho marco. Las ciudades para Castells, compiten entre sí, para atraer tanto a la inteligencia como al capital, siendo su nivel de vida, su calidad de vida, lo que en último extremo las convierten en atractiva, y por consiguiente, en polos de atracción. Según el catalán, esa calidad de vida, que no sólo, pese a su importancia, se apoya en los servicios públicos que ofrecen, sino sobre todo, en las complejas relaciones que en ellas se desarrollan, que tienen la virtud de elevar el nivel de sus habitantes muy por encima de la media, es la fruta que atrae a las mentes mejor amuebladas hacia ellas, lo que a su vez, obliga al capital, al capital de riesgo evidentemente, pues el otro, siempre preferirá estacionarse en mercados más seguros, a asentarse también en dichas ciudades. La ciudad, de esta forma, es algo más, mucho más, que el paisaje que rodea a las relaciones existentes entre la inteligencia y el capital, es la base que sostiene dicha correspondencia, pero no sólo eso, pues para el autor, la ciudad es lo que humaniza dicha relación, la que la moraliza y la baja al mundo de los mortales, con todo el valor añadido que tal hecho aporta.
En toda la conferencia, Castells, no deja de hablar, con ese entusiasmo que le caracteriza, de las virtudes de la era de la información, pero sin subrayar en exceso sus evidentes deficiencias, como pueden ser las asimetrías evidentes que los procesos actualmente en marcha están generando. Se van a potenciar zonas, en donde el nivel de vida va a estar asegurado, mientras que otras, las más, se van a dejar de la mano de Dios, pues se está apostando por un mundo, con el consentimiento de todos los que pueden hacer algo, repleto de reducidos enclaves estratégicos, con unos niveles de desarrollo nunca antes vistos, pero rodeados por un inmenso mar de subdesarrollo y pobreza. Por ello, en lugar de sentirme contento con el mundo que vaticina Castells, como seguro era su intención, termino el texto, mucho más preocupado que cuando lo comencé. No soy pesimista, creo que nunca lo he sido, pero tengo que reconocer, que no me gusta nada el futuro que se vaticina, pues cuando más sé de él, cuando más me hablan de él sus publicistas, más temor tengo ante ese futuro que se acerca, según dicen, de forma inexorable.
Viernes, 29 de junio de 2007
(elo.089)
La ciudad de la nueva economía
Manuel Castells, 2.000
La Factoría
En esta conferencia, Manuel Castells, intenta situar, o mejor dicho delimitar, el papel que van a desempeñar las ciudades en el nuevo periodo histórico que nos está tocando vivir. Mientras que aún, de forma incomprensible, se sigue gastando tinta y más tinta sobre cuestiones tan desfasada como el nacionalismo; mientras que algunos siguen entonando, una a una, todas las virtudes de la patria, la realidad, siempre tozuda, poco a poco va mostrando facetas de su nueva fisonomía. El catalán, que puede presumir de poseer una visión privilegiada de todo lo que acontece, intenta hacer comprender, que el nuevo mundo que se avecina, traerá aparejado una serie de novedades, que pueden convertir nuestros actuales discursos, en sólo pocos años, en papel mojado. La economía, como no podría ser de otra forma, también ocupa para Castells un papel central en los acontecimientos, casi todos revolucionarios, que se están produciendo, pero lo importante para el, lo innovador, no es la economía clásica, sino lo que denomina la Nueva Economía. La Nueva Economía es un concepto, que desde hace tiempo se encuentra bastante manoseado, de suerte que, difícilmente logra alguien definirla con claridad, aunque todo el mundo confirma, que existir, existe. Para el autor, La Nueva Economía, es aquella que se apoya sobre el conocimiento y la información, lo que al profano en la materia no le dice absolutamente nada, siendo una de esas definiciones, que oscurecen más que aclaran. Para colmo, el propio Castells, afirma poco después, que esa Nueva Economía, es sin duda la que en la actualidad, está obteniendo mayores plusvalías empresariales, lo que acrecienta la necesidad de saber, en qué consiste eso que al parecer se contrapone a que la economía clásica. Lo que hoy denominamos economía clásica, es aquella, que se basa en la producción de bienes y equipos, aquella cuyo logotipo, hoy que tan de moda están, sería la fábrica, y más concretamente la factoría fordista. La aparición en escena de la Nueva Economía, no quiere decir, que la otra economía haya desaparecido, ni siquiera que se encuentre en declive, pues entre otras cosas sigue siendo la hegemónica, la que abastece de los productos básico al conjunto de nuestras sociedades. Pero al parecer este sistema económico, si he entendido bien a Castells, que se podría calificar como demasiado pesado, hoy en día no se encuentra, en modo alguno, en la vanguardia económica, pues existe otro más ligero, más postmoderno, que con menores estructuras consigue mayores beneficios. Para nuestro autor, como más arriba comenté, esta Nueva Economía se basa en el conocimiento y en la información, es decir, en la materia gris de determinados individuos y en la tecnología, en la alta tecnología informacional, que consigue conectar a lo largo de todo el mundo, en tiempo real, interrelacionándolos, a los grandes expertos de cada materia, algo que nunca, y esto hay que subrayarlo, había pasado con anterioridad. Estos expertos, si sigo en la ruta adecuada, consiguen en la red, en la red de redes, la información que necesitan sobre las necesidades concretas a cubrir, para después, gracias a ese mismo instrumento, trabajar en equipo, con la intención de tratar de cubrir y de dar respuestas a dichas necesidades. Según lo anterior, esa nueva economía, puede comprender a la perfección, por las informaciones que le llega, de la necesidad que pueda existir en determinada zona del mundo, por ejemplo, de un vehículo utilitario con determinadas características técnicas, puede también, gracias al trabajo de determinados especialistas, concebir sobre el papel dicho vehículo, pero a partir de ese momento, todo quedaría en manos, de las denostadas factorías fordistas. Lo anterior quiere decir, que la nueva economía es ante todo una economía de dirección, que en un mundo como el que se nos avecina, se asentará, sin ningún género de dudas, en nuestras sociedades desarrolladas, mientras que la pesada y contaminante, la que se desprecia por molesta a pesar de ser imprescindible, tendrán que ubicarse en los polucionados países de lo que siempre será el Tercer Mundo, que se está convirtiendo poco a poco, y esto cada día se ve más claro, en el gran polígono industrial de los países desarrollados. La Nueva economía, por tanto, será la economía del Primer Mundo, de ese mundo de cuello blanco y corbata, que hipócritamente se preocupa por la sostenibilidad del planeta, mientras que la otra, será la de los cuellos azules, la de los que por mucho que trabajen, en ningún momento podrán salir de su pobreza de siempre. Esa Nueva Economía de la que habla Castells, al igual que otros entendidos, no es una economía autónoma y diferenciada, no, pues en realidad es la nueva herramienta económica que utiliza Occidente, para seguir controlando y manipulando a su favor la economía mundial, siendo a su vez, el más claro ejemplo de la división actual del mundo, una división cada día más evidente, entre los que han nacido para disfrutar de los tiempos que corren, y los que saben que sólo tendrán que padecerlos.
En este contexto, en donde la Nueva Economía y la de toda la vida se interrelacionan intimamente entre sí, contribuyendo a edificar un mundo cada día más escindido, Castells, se plantea el nuevo rol que tendrán que jugar las ciudades, papel que para él, con toda seguridad será decisivo. La función de las ciudades en la actualidad, está muy por encima del valor que se les atribuye, al ser ellas, y no los países ni las regiones, al igual que ocurría en la antigua Roma, las grandes dinamizadoras de la vida económica y cultural. Las ciudades ofrecen el marco real, sobre el que tiene que desarrollarse la vida de sus habitantes, dependiendo la calidad de vida de éstos, de la calidad de dicho marco. Las ciudades para Castells, compiten entre sí, para atraer tanto a la inteligencia como al capital, siendo su nivel de vida, su calidad de vida, lo que en último extremo las convierten en atractiva, y por consiguiente, en polos de atracción. Según el catalán, esa calidad de vida, que no sólo, pese a su importancia, se apoya en los servicios públicos que ofrecen, sino sobre todo, en las complejas relaciones que en ellas se desarrollan, que tienen la virtud de elevar el nivel de sus habitantes muy por encima de la media, es la fruta que atrae a las mentes mejor amuebladas hacia ellas, lo que a su vez, obliga al capital, al capital de riesgo evidentemente, pues el otro, siempre preferirá estacionarse en mercados más seguros, a asentarse también en dichas ciudades. La ciudad, de esta forma, es algo más, mucho más, que el paisaje que rodea a las relaciones existentes entre la inteligencia y el capital, es la base que sostiene dicha correspondencia, pero no sólo eso, pues para el autor, la ciudad es lo que humaniza dicha relación, la que la moraliza y la baja al mundo de los mortales, con todo el valor añadido que tal hecho aporta.
En toda la conferencia, Castells, no deja de hablar, con ese entusiasmo que le caracteriza, de las virtudes de la era de la información, pero sin subrayar en exceso sus evidentes deficiencias, como pueden ser las asimetrías evidentes que los procesos actualmente en marcha están generando. Se van a potenciar zonas, en donde el nivel de vida va a estar asegurado, mientras que otras, las más, se van a dejar de la mano de Dios, pues se está apostando por un mundo, con el consentimiento de todos los que pueden hacer algo, repleto de reducidos enclaves estratégicos, con unos niveles de desarrollo nunca antes vistos, pero rodeados por un inmenso mar de subdesarrollo y pobreza. Por ello, en lugar de sentirme contento con el mundo que vaticina Castells, como seguro era su intención, termino el texto, mucho más preocupado que cuando lo comencé. No soy pesimista, creo que nunca lo he sido, pero tengo que reconocer, que no me gusta nada el futuro que se vaticina, pues cuando más sé de él, cuando más me hablan de él sus publicistas, más temor tengo ante ese futuro que se acerca, según dicen, de forma inexorable.
Viernes, 29 de junio de 2007
viernes, 12 de octubre de 2007
Sobre un artículo de Mikel Azurmendi
ACERCAMIENTOS
Sobre un artículo de Mikel Azurmendi
(iti.088)
En primer lugar, te tengo que reconocer, que no suelo seguir los avatares de lo política doméstica, entre otras razones porque me aburre y porque carezco, aunque parezca mentira, del tiempo suficiente para analizarla a fondo, sin quedarme en los simples hechos, que siempre exigen, para comprenderlos en profundidad, una entrega casi absoluta, algo que desgraciadamente no me puedo permitir en estos momentos. La pasión política de la que hablaba Ramoneda me ha abandonado, al igual que lo han hecho otras pasiones, pero no me quejo, pues aún me quedan algunas, que de forma sorprendente aún logran mantenerme con vida. La pasión política, al menos así la observo ahora, es la madre de todos los sectarismos, de todos los fundamentalismos exclusivistas, que siempre tiende a amenazar y a estrangular a la propia actividad política, pues en todo momento acaba criminalizando al contrario, convirtiendo al contrincante en enemigo, en traidor de la causa.
No soy populista, nunca lo he sido, pues me atemorizan los que utilizan al pueblo para justificar lo injustificable. Sólo me interesan los individuos, los individuos con nombres y apellidos, y más aún mis amigos, aquellos, como diría Carlos Cano, a los que desde lejos se les ve el “plumar”. Por eso, cuando te hablé ayer en mi correo de la gente de la calle, esa que según tú nunca hila fino, no me refería a ese colectivo abstracto al que algunos denominan pueblo, no, sino a personas con las que trato cotidianamente, con las que de vez en cuando, mirándonos a los ojos, hablamos entre otras cosas, incluso de política. A todos, absolutamente a todos les interesa la política, pero les interesa de forma moderada, es decir, sin que la política sea el centro de sus vidas, aunque la mayoría de ellos, como yo mismo, han militado con anterioridad en alguna formación política. Pues bien, a esos amigos, y te hablo de un grupo variopinto formado por veinticinco o treinta persona, a ninguno le quita el sueño la situación política por la que atraviesa nuestro país, entre otras razones, porque este país funciona de forma aceptable, aunque tal afirmación, que yo también subrayo, puede que te parezca inaceptable. Sí, la situación que atraviesa esto que todavía se llama España, y que posiblemente mañana se llame de otra forma, es la mejor con diferencia por la que históricamente ha pasado este país, aunque algunos se rasguen las vestiduras por determinados acontecimientos anecdóticos que de vez en cuando se producen. Por ello, cuando ayer leí en el primer párrafo del artículo de Azurmendi, aquello que decía que estamos al borde del colapso, no tuve más remedio que sonreír, para después escribirte esas escasas líneas, a las que tú me contestaste con tanta pasión y convencimiento.
Acabo de leer el artículo completo del autor de “Todos somos nosotros”, y me da la sensación, de que no “hila nada fino”, que se deja llevar por sus demonios particulares, lo que le hace ser, como tú y como yo por supuesto, un esclavo de su propia historia, o mejor dicho, un esclavo voluntario de su propia historia, lo que resulta mucho más complicado y peligroso.
Comienza nuestro reconvertido activista con una frase que me hizo pararme en seco, a saber, “El estado de derecho ha perdido una importante batalla” afirmación que no me cuadra, pues en último extremo, y sin querer afilar demasiado el lápiz, quien ha perdido la batalla ha sido el gobierno encabezado por Rodríguez Zapatero. El Estado que tenemos, puede sin desembocar en el colapso, soportar la amenaza continua de ETA, de lo que no estoy seguro, es de si podrá aguantar otras lacras que se están enquistando en nuestras sociedad, pero claro, a Azurmendi lo único que le preocupa es lo de siempre, lo mismo que a Juaresti, lo mismo que a otros muchos. El problema, es que los que hemos crecido en el leninismo, aunque unos más que otros, confundimos demasiado frecuentemente Estado con gobierno, sin comprender, porque no nos interesa, o porque cuadra mejor con nuestros argumentos, que el fracaso de una determinada estrategia gubernamental, sea la que sea, no tiene por que acarrear, sobre todo cuando se trata de un tema menor, como del que estamos hablando, el desmoronamiento de una estructura estatal tan sólida como la nuestra. A veces es bueno exagerar, porque de esa forma se subraya mejor lo que decimos, pero tampoco es bueno pasarse, sobre todo, porque hay gente muy sensibilizada con determinados temas, a los que se les puede hacer sufrir sin necesidad.
Con posterioridad, el amigo Azurmendi parece descubrir América, la del norte evidentemente, cuando afirma que la estrategia de ETA no ha sido otra que la de tomarse un respiro, para con posterioridad, ya repuesta de sus heridas, volver a la batalla. Lo creía más inteligente. Él, tan conocedor, al parecer, de lo que ocurre en la trastienda de la famosa izquierda abertzale, debería saber, que en un mundo tan complejo como ese, como lo son todos los existentes, se interponen diferentes escenarios, y que alumbrar sólo uno de ellos, significa no decir toda la verdad, lo que no quiere decir que mienta, sólo que no dice toda la verdad, pues ésta, si existe, ante todo tiene que ser poliédrica, y pontificar así, en un medio tan serio como ABC (diario que mejora por momentos), no es de recibo. Es verdad, en parte, lo que dice nuestro antropólogo en lo referente a que ETA se ha tomado un respiro, gracias al cual ha podido coger fuerzas, pero también lo es, uno también tiene sus fuentes, que dentro de la organización se ha producido una encarnizada batalla (esta gente no puede vivir sin pelearse), entre el sector histórico encabezado por Ternera, más proclive a la negociación y a la tregua indefinida (la edad no perdona), y el de los jóvenes cachorros educados en la Kale barroka, capitaneados estos últimos por el gran jefe indio Txeroki, más proclive a la épica que a la política. Como ha ocurrido en otras ocasiones, esta contienda interna, que al parecer han ganado en primera instancia los indios, provocará una nueva escisión en la organización, que sin duda, conseguirá debilitarla aún más, aunque en principio y desgraciadamente, la sangre nos salpique a todos.
Pero Azurmendi sigue, y como es lógico ataca, antes de hablar de su situación personal (en la que no pienso entrar, no te preocupes), en la actitud mantenida por los socialistas, en el según él, detestable proceso negociador. Con un lenguaje belicoso (propio de individuos como él), habla de la traición que han llevado a cabo los socialistas sobre sus compañeros de “trinchera”, a quienes han querido “matar” para salir solos en la foto. Nuestro ya amigo, el mismo que hablaba con tanto lirismo en “Estampas de El Ejido” (en donde le echaba las culpas de todo lo sucedido a los inmigrantes, sin detenerse siquiera en las condiciones de vida que se les imponía), sigue sin comprender desde su estratificado leninismo nada de nada. Mantener una estrategia política diferente no significa que nuestro contrincante sea un enemigo, pues con esa actitud, lo único que se consigue, es abortar todo debate político.
Desde hace mucho tiempo, estoy convencido que la única forma de acabar con ETA, algo que sólo se podrá conseguir a largo plazo, pasa necesariamente por la aplicación de políticas transversales que consigan su aislamiento absoluto, pero nunca mediante la creación de un frentismo que divida a la sociedad vasca entre nacionalistas y no nacionalistas, o lo que es lo mismo, entre constitucionalistas y no constitucionalistas. La única división posible es la democrática, en donde tienen cabida, hoy por hoy, todas las fuerzas políticas vascas, excepto las colonizadas por los abertzales, motivo por el cual, independientemente a tener siempre, y digo siempre, las puertas abiertas de la negociación, habrá que trabajar para que el bloque democrático, junto a las fuerzas policiales y a la magistratura, acorralen cada día un poco más, a todos aquellos que se niegan a cambiar las armas por la política. En una comunidad escindida como la del país vasco, lo último que se puede hacer, es potenciar aún más esa escisión, pues la tarea debe estar dirigida a fortalecer todo lo que una, dejando en estos momentos de crisis lo que separa, que en el fondo resulta intrascendente para más adelante. Lo que está claro, y eso lo debe entender todo el mundo, es que con violencia, en ningún momento se podrá negociar nada importante, sólo la entrega incondicional de las armas, entre otras razones, porque en un sistema democrático, muy pocas son las cosas verdaderamente importantes que se encuentran en las manos de un gobierno. Cuando la normalización sea una realidad, que aunque parezca mentira no tardará en establecerse, se podrá hablar de todo, incluso de independencia, que si es un clamor, secundado mayoritariamente por la sociedad vasca, el Estado español, sin ningún problema, tendrá que hacerla realidad.
He intentado no entrar a valorar los posicionamientos de las fuerzas políticas mayoritarias, pues tanto el PSOE como el PP, me parece que se están equivocando de forma continuada, lo que puede deberse, entre otras razones, a que ninguna de las formaciones, posee en la actualidad una cúpula dirigente que se encuentre a la altura de la situación.
¿Me decías algo de que existe en la actualidad una alternativa? ¿Te refiere (sin coña) a Ciudadanos, o a la cosa que está intentando articular Savater y que no me has querido explicar en qué consiste?
Sábado, 9 de Junio de 2.007
Sobre un artículo de Mikel Azurmendi
(iti.088)
En primer lugar, te tengo que reconocer, que no suelo seguir los avatares de lo política doméstica, entre otras razones porque me aburre y porque carezco, aunque parezca mentira, del tiempo suficiente para analizarla a fondo, sin quedarme en los simples hechos, que siempre exigen, para comprenderlos en profundidad, una entrega casi absoluta, algo que desgraciadamente no me puedo permitir en estos momentos. La pasión política de la que hablaba Ramoneda me ha abandonado, al igual que lo han hecho otras pasiones, pero no me quejo, pues aún me quedan algunas, que de forma sorprendente aún logran mantenerme con vida. La pasión política, al menos así la observo ahora, es la madre de todos los sectarismos, de todos los fundamentalismos exclusivistas, que siempre tiende a amenazar y a estrangular a la propia actividad política, pues en todo momento acaba criminalizando al contrario, convirtiendo al contrincante en enemigo, en traidor de la causa.
No soy populista, nunca lo he sido, pues me atemorizan los que utilizan al pueblo para justificar lo injustificable. Sólo me interesan los individuos, los individuos con nombres y apellidos, y más aún mis amigos, aquellos, como diría Carlos Cano, a los que desde lejos se les ve el “plumar”. Por eso, cuando te hablé ayer en mi correo de la gente de la calle, esa que según tú nunca hila fino, no me refería a ese colectivo abstracto al que algunos denominan pueblo, no, sino a personas con las que trato cotidianamente, con las que de vez en cuando, mirándonos a los ojos, hablamos entre otras cosas, incluso de política. A todos, absolutamente a todos les interesa la política, pero les interesa de forma moderada, es decir, sin que la política sea el centro de sus vidas, aunque la mayoría de ellos, como yo mismo, han militado con anterioridad en alguna formación política. Pues bien, a esos amigos, y te hablo de un grupo variopinto formado por veinticinco o treinta persona, a ninguno le quita el sueño la situación política por la que atraviesa nuestro país, entre otras razones, porque este país funciona de forma aceptable, aunque tal afirmación, que yo también subrayo, puede que te parezca inaceptable. Sí, la situación que atraviesa esto que todavía se llama España, y que posiblemente mañana se llame de otra forma, es la mejor con diferencia por la que históricamente ha pasado este país, aunque algunos se rasguen las vestiduras por determinados acontecimientos anecdóticos que de vez en cuando se producen. Por ello, cuando ayer leí en el primer párrafo del artículo de Azurmendi, aquello que decía que estamos al borde del colapso, no tuve más remedio que sonreír, para después escribirte esas escasas líneas, a las que tú me contestaste con tanta pasión y convencimiento.
Acabo de leer el artículo completo del autor de “Todos somos nosotros”, y me da la sensación, de que no “hila nada fino”, que se deja llevar por sus demonios particulares, lo que le hace ser, como tú y como yo por supuesto, un esclavo de su propia historia, o mejor dicho, un esclavo voluntario de su propia historia, lo que resulta mucho más complicado y peligroso.
Comienza nuestro reconvertido activista con una frase que me hizo pararme en seco, a saber, “El estado de derecho ha perdido una importante batalla” afirmación que no me cuadra, pues en último extremo, y sin querer afilar demasiado el lápiz, quien ha perdido la batalla ha sido el gobierno encabezado por Rodríguez Zapatero. El Estado que tenemos, puede sin desembocar en el colapso, soportar la amenaza continua de ETA, de lo que no estoy seguro, es de si podrá aguantar otras lacras que se están enquistando en nuestras sociedad, pero claro, a Azurmendi lo único que le preocupa es lo de siempre, lo mismo que a Juaresti, lo mismo que a otros muchos. El problema, es que los que hemos crecido en el leninismo, aunque unos más que otros, confundimos demasiado frecuentemente Estado con gobierno, sin comprender, porque no nos interesa, o porque cuadra mejor con nuestros argumentos, que el fracaso de una determinada estrategia gubernamental, sea la que sea, no tiene por que acarrear, sobre todo cuando se trata de un tema menor, como del que estamos hablando, el desmoronamiento de una estructura estatal tan sólida como la nuestra. A veces es bueno exagerar, porque de esa forma se subraya mejor lo que decimos, pero tampoco es bueno pasarse, sobre todo, porque hay gente muy sensibilizada con determinados temas, a los que se les puede hacer sufrir sin necesidad.
Con posterioridad, el amigo Azurmendi parece descubrir América, la del norte evidentemente, cuando afirma que la estrategia de ETA no ha sido otra que la de tomarse un respiro, para con posterioridad, ya repuesta de sus heridas, volver a la batalla. Lo creía más inteligente. Él, tan conocedor, al parecer, de lo que ocurre en la trastienda de la famosa izquierda abertzale, debería saber, que en un mundo tan complejo como ese, como lo son todos los existentes, se interponen diferentes escenarios, y que alumbrar sólo uno de ellos, significa no decir toda la verdad, lo que no quiere decir que mienta, sólo que no dice toda la verdad, pues ésta, si existe, ante todo tiene que ser poliédrica, y pontificar así, en un medio tan serio como ABC (diario que mejora por momentos), no es de recibo. Es verdad, en parte, lo que dice nuestro antropólogo en lo referente a que ETA se ha tomado un respiro, gracias al cual ha podido coger fuerzas, pero también lo es, uno también tiene sus fuentes, que dentro de la organización se ha producido una encarnizada batalla (esta gente no puede vivir sin pelearse), entre el sector histórico encabezado por Ternera, más proclive a la negociación y a la tregua indefinida (la edad no perdona), y el de los jóvenes cachorros educados en la Kale barroka, capitaneados estos últimos por el gran jefe indio Txeroki, más proclive a la épica que a la política. Como ha ocurrido en otras ocasiones, esta contienda interna, que al parecer han ganado en primera instancia los indios, provocará una nueva escisión en la organización, que sin duda, conseguirá debilitarla aún más, aunque en principio y desgraciadamente, la sangre nos salpique a todos.
Pero Azurmendi sigue, y como es lógico ataca, antes de hablar de su situación personal (en la que no pienso entrar, no te preocupes), en la actitud mantenida por los socialistas, en el según él, detestable proceso negociador. Con un lenguaje belicoso (propio de individuos como él), habla de la traición que han llevado a cabo los socialistas sobre sus compañeros de “trinchera”, a quienes han querido “matar” para salir solos en la foto. Nuestro ya amigo, el mismo que hablaba con tanto lirismo en “Estampas de El Ejido” (en donde le echaba las culpas de todo lo sucedido a los inmigrantes, sin detenerse siquiera en las condiciones de vida que se les imponía), sigue sin comprender desde su estratificado leninismo nada de nada. Mantener una estrategia política diferente no significa que nuestro contrincante sea un enemigo, pues con esa actitud, lo único que se consigue, es abortar todo debate político.
Desde hace mucho tiempo, estoy convencido que la única forma de acabar con ETA, algo que sólo se podrá conseguir a largo plazo, pasa necesariamente por la aplicación de políticas transversales que consigan su aislamiento absoluto, pero nunca mediante la creación de un frentismo que divida a la sociedad vasca entre nacionalistas y no nacionalistas, o lo que es lo mismo, entre constitucionalistas y no constitucionalistas. La única división posible es la democrática, en donde tienen cabida, hoy por hoy, todas las fuerzas políticas vascas, excepto las colonizadas por los abertzales, motivo por el cual, independientemente a tener siempre, y digo siempre, las puertas abiertas de la negociación, habrá que trabajar para que el bloque democrático, junto a las fuerzas policiales y a la magistratura, acorralen cada día un poco más, a todos aquellos que se niegan a cambiar las armas por la política. En una comunidad escindida como la del país vasco, lo último que se puede hacer, es potenciar aún más esa escisión, pues la tarea debe estar dirigida a fortalecer todo lo que una, dejando en estos momentos de crisis lo que separa, que en el fondo resulta intrascendente para más adelante. Lo que está claro, y eso lo debe entender todo el mundo, es que con violencia, en ningún momento se podrá negociar nada importante, sólo la entrega incondicional de las armas, entre otras razones, porque en un sistema democrático, muy pocas son las cosas verdaderamente importantes que se encuentran en las manos de un gobierno. Cuando la normalización sea una realidad, que aunque parezca mentira no tardará en establecerse, se podrá hablar de todo, incluso de independencia, que si es un clamor, secundado mayoritariamente por la sociedad vasca, el Estado español, sin ningún problema, tendrá que hacerla realidad.
He intentado no entrar a valorar los posicionamientos de las fuerzas políticas mayoritarias, pues tanto el PSOE como el PP, me parece que se están equivocando de forma continuada, lo que puede deberse, entre otras razones, a que ninguna de las formaciones, posee en la actualidad una cúpula dirigente que se encuentre a la altura de la situación.
¿Me decías algo de que existe en la actualidad una alternativa? ¿Te refiere (sin coña) a Ciudadanos, o a la cosa que está intentando articular Savater y que no me has querido explicar en qué consiste?
Sábado, 9 de Junio de 2.007
Sobre el futuro del ecologismo
LECTURAS
(elo.087)
A partir de dos artículos sobre el futuro del ecologismo
Joaquim Sempere y Ernest García
Mientras tantos, 100
La amenaza que representa el calentamiento global, ha pasado en pocos meses, de ser una preocupación exclusiva de grupos marginales, a convertirse, en un tema central en las agendas de los gobiernos de todos los países desarrollados. Ahora, de pronto, el medio ambiente, debido al interés que despierta en la ciudadanía su imparable deterioro, por fin, se ha convertido en una cuestión central, que es utilizada como gancho electoral por todos los partidos políticos, los mismos que hasta hace poco tiempo, despreciaban y apartaban de sus prioridades tales cuestiones. Pero ¿cómo ha sido posible tal cambio? Todo, y ahora estoy convencido de ello, se ha debido, aunque parezca mentira, a una campaña publicitaria de gran calado, que se ha desarrollado desde diferentes ángulos, cuyo objetivo, ha consistido en intentar mostrar a la opinión pública, los peligros evidentes, a los que tendrá que enfrentarse la humanidad en los próximos años, si no toma medidas eficaces y contundentes contra los quebrantos, a los que de forma sistemática, está siendo sometido el planeta. A partir de esta campaña, que no se sabe por quien ha sido dirigida, todo el mundo con algo que decir sobre el tema, parece que se ha dedicado a mover ficha, dando la sensación, que se ha levantado cierto optimismo, aunque sólo sea por el hecho, de que algo parece que se mueve. Pero no sólo los gobiernos han mostrado su preocupación, sólo ellos como el otro día comentó Beck están capacitados para liderar un proceso de tales características, sino también el capital, que parece que ha encontrado en esta nueva empresa, un nuevo yacimiento económico de rentabilidad asegurada. La sensación que llega a la ciudadanía, por tanto, es que se están dando los primeros pasos para intentar solventar la situación, lo que al parecer, está devolviendo la tranquilidad a esa sufrida opinión pública, siempre manipulable y asediada por intereses que no son los suyos. El tema del medio ambiente, por supuesto que es un tema que debe incumbirle, en todo caso mucho más que otros, con los que parece mostrar mucho más interés; es un tema que le debe de preocupar, sí, pero siempre, no sólo cuando a determinados poderes les intereses, como está ocurriendo en la actualidad. De forma sorprendente, incluso he llegado a leer en algún lugar, que los costes necesarios para resolver el problema, serían muy inferiores a los imaginados en un principio, lo que indudablemente ha tenido que satisfacer a muchos, que una vez escuchado lo anterior, con tranquilidad, han podido regresar aliviados a sus quehaceres y a sus preocupaciones cotidianas, dejándole el desaguisado a unos técnicos, a unos especialistas en la materia, en el convencimiento, de que en poco tiempo, y por una cantidad razonable, lo dejarán todo a pedir de boca. Parece, al menos eso pienso, que esa era la estrategia, preocupar al personal con la desertización del planeta y con el deshielo de los polos, para después comunicarle, que pese a la gravedad, todo se encuentra bajo control, que todas las variables que se encontraban dislocadas, por fin, después de algunos esfuerzos, podrá volverse a controlar, lo que demostrará una vez más, que nos encontramos en buenas manos.
El problema ecológico ya preocupa a todos, incluso a las instituciones y a las empresas, éxito que debe atribuirse al movimiento ecologista, habiéndose logrado un gran consenso, aunque éste resulte más teórico que práctico, gracias al cual, lograr eso tan repetido y tan políticamente correcto como es el desarrollo sostenible. Pero ¿qué es el desarrollo sostenible? En síntesis, es lograr que el desarrollo económico de nuestras sociedades, se acomode a las posibilidades reales que ofrece nuestro planeta, con objeto de que éste, pueda sobrevivir al afán expansionista de los procesos económicos imperantes, lo que no es otra cosa, que introducir medidas intervencionistas y correctoras, en un sistema económico que presume de carecer de ataduras significativas. Los optimistas, que los hay, dirán sobre lo anterior, que se ha conseguido, gracias a la presión de los grupos ecologistas, que el capital comprenda, aunque no le guste, que necesita medidas, que desde el exterior, limite y apacigüe sus inevitables excesos. Pero ese optimismo, como bien comenta Ernest García, hubiera sido comprensible hace cincuenta años, cuando aún era posible evitar que los límites fueran traspasados, pero no ahora, cuando todas las luces de alarma llevan años encendidas. Los movimientos ecologistas han hecho mucho por extender la preocupación y el interés por el medio ambiente, por hacer comprender algo evidente, como que la existencia del ser humano se encuentra emparejada a la salud del planeta, y que éste, desde hace tiempo se halla en una situación crítica, debido a los abusos a los que ha sido sometido de forma sistemática por el propio ser humano.
Pero a pesar de ese optimismo existente, por parte de determinadas organizaciones ecologistas, por el hecho de haber conseguido insertar sus discursos en los discursos hegemónicos (hoy en mayor o menor medida todo el mundo es ecologista al igual que todo el mundo es socialdemócrata), y también por parte de importantes sectores de la opinión pública, que observa con satisfacción, como el problema medioambiental comienza a tomarse en serio, tanto por las instituciones como por los poderes económicos, hay que subrayar, y no precisamente para llevar la contraria, que en la actualidad nos encontramos en una situación límite, en donde no puede haber motivo alguno para el optimismo. El problema es de una gravedad absoluta, pues el imparable deterioro del mundo en que habitamos, no se debe a causas que fácilmente puedan ser erradicadas, ya que es provocado por el desarrollo mismo de nuestras sociedades, de suerte que, para desactivar el problema, habría que modificar los parámetros que la rigen, lo que en ningún caso puede resultar una tarea fácil. La economía, el verdadero corazón del sistema productivita en el que vivimos, que hace tiempo acaparó para sí a los otros puntales del sistema, el público y el social, ejerce una relación de dominio sobre la naturaleza, que mantiene a ésta, subordinada a sus intereses. Modificar la actual situación, sólo podría llevarse a cabo, dinamitando las bases sobre las que se asientan nuestras sociedades, lo que sin duda, en el supuesto caso de que pudiera realizarse, podría acarrear un colapso económico de una envergadura inconcebible, aunque a dicho colapso, que con toda seguridad será caótico, también se llegará a medio plazo, si las pautas desarrollistas impuestas por nuestros sistemas económicos, siguen a toda marcha como en la actualidad. La situación es muy compleja, pues se mire hacia donde se mire, el futuro presenta enormes nubarrones, tanto si se sigue como hasta ahora, como si se intentan detener los procesos económicos existentes, por lo que la tarea del movimiento ecologista en nuestros días, no puede ser otro, que el de buscar salidas aceptables a la actual situación. Ya no basta con eso tan cacareado y asumido por todos del desarrollo sostenible, pues las cotas de desarrollo actual, en ningún caso pueden resultar sostenibles, y mucho menos en un futuro próximo, siendo fundamental encontrar las bases de un nuevo consenso, que posibilite la creación de los cimientos sobre los que tendrá que asentarse la futura sociedad postindustrial a la que estamos abocados, una sociedad en donde la economía, tendrá que liberarse del crecimiento y sumergirse en la redistribución y en la solidaridad, cuestiones que hoy por hoy, ni tan siquiera llegan a barajarse.
El colapso que se avecina debería cogernos preparados, y aquí puede que encuentre su justificación el ecologismo no asimilado, pues el caos que se puede ocasionar, con toda seguridad será de una envergadura tal, que si no existen proyectos teóricos alternativos, será gestionado por regímenes despóticos, que basándose en la fuerza, intentarán sobrellevar la situación, con unos costes que difícilmente podrán hacerse frente. Malos tiempos se avecina y hay que estar preparados.
Jueves, 7 de junio de 2007
(elo.087)
A partir de dos artículos sobre el futuro del ecologismo
Joaquim Sempere y Ernest García
Mientras tantos, 100
La amenaza que representa el calentamiento global, ha pasado en pocos meses, de ser una preocupación exclusiva de grupos marginales, a convertirse, en un tema central en las agendas de los gobiernos de todos los países desarrollados. Ahora, de pronto, el medio ambiente, debido al interés que despierta en la ciudadanía su imparable deterioro, por fin, se ha convertido en una cuestión central, que es utilizada como gancho electoral por todos los partidos políticos, los mismos que hasta hace poco tiempo, despreciaban y apartaban de sus prioridades tales cuestiones. Pero ¿cómo ha sido posible tal cambio? Todo, y ahora estoy convencido de ello, se ha debido, aunque parezca mentira, a una campaña publicitaria de gran calado, que se ha desarrollado desde diferentes ángulos, cuyo objetivo, ha consistido en intentar mostrar a la opinión pública, los peligros evidentes, a los que tendrá que enfrentarse la humanidad en los próximos años, si no toma medidas eficaces y contundentes contra los quebrantos, a los que de forma sistemática, está siendo sometido el planeta. A partir de esta campaña, que no se sabe por quien ha sido dirigida, todo el mundo con algo que decir sobre el tema, parece que se ha dedicado a mover ficha, dando la sensación, que se ha levantado cierto optimismo, aunque sólo sea por el hecho, de que algo parece que se mueve. Pero no sólo los gobiernos han mostrado su preocupación, sólo ellos como el otro día comentó Beck están capacitados para liderar un proceso de tales características, sino también el capital, que parece que ha encontrado en esta nueva empresa, un nuevo yacimiento económico de rentabilidad asegurada. La sensación que llega a la ciudadanía, por tanto, es que se están dando los primeros pasos para intentar solventar la situación, lo que al parecer, está devolviendo la tranquilidad a esa sufrida opinión pública, siempre manipulable y asediada por intereses que no son los suyos. El tema del medio ambiente, por supuesto que es un tema que debe incumbirle, en todo caso mucho más que otros, con los que parece mostrar mucho más interés; es un tema que le debe de preocupar, sí, pero siempre, no sólo cuando a determinados poderes les intereses, como está ocurriendo en la actualidad. De forma sorprendente, incluso he llegado a leer en algún lugar, que los costes necesarios para resolver el problema, serían muy inferiores a los imaginados en un principio, lo que indudablemente ha tenido que satisfacer a muchos, que una vez escuchado lo anterior, con tranquilidad, han podido regresar aliviados a sus quehaceres y a sus preocupaciones cotidianas, dejándole el desaguisado a unos técnicos, a unos especialistas en la materia, en el convencimiento, de que en poco tiempo, y por una cantidad razonable, lo dejarán todo a pedir de boca. Parece, al menos eso pienso, que esa era la estrategia, preocupar al personal con la desertización del planeta y con el deshielo de los polos, para después comunicarle, que pese a la gravedad, todo se encuentra bajo control, que todas las variables que se encontraban dislocadas, por fin, después de algunos esfuerzos, podrá volverse a controlar, lo que demostrará una vez más, que nos encontramos en buenas manos.
El problema ecológico ya preocupa a todos, incluso a las instituciones y a las empresas, éxito que debe atribuirse al movimiento ecologista, habiéndose logrado un gran consenso, aunque éste resulte más teórico que práctico, gracias al cual, lograr eso tan repetido y tan políticamente correcto como es el desarrollo sostenible. Pero ¿qué es el desarrollo sostenible? En síntesis, es lograr que el desarrollo económico de nuestras sociedades, se acomode a las posibilidades reales que ofrece nuestro planeta, con objeto de que éste, pueda sobrevivir al afán expansionista de los procesos económicos imperantes, lo que no es otra cosa, que introducir medidas intervencionistas y correctoras, en un sistema económico que presume de carecer de ataduras significativas. Los optimistas, que los hay, dirán sobre lo anterior, que se ha conseguido, gracias a la presión de los grupos ecologistas, que el capital comprenda, aunque no le guste, que necesita medidas, que desde el exterior, limite y apacigüe sus inevitables excesos. Pero ese optimismo, como bien comenta Ernest García, hubiera sido comprensible hace cincuenta años, cuando aún era posible evitar que los límites fueran traspasados, pero no ahora, cuando todas las luces de alarma llevan años encendidas. Los movimientos ecologistas han hecho mucho por extender la preocupación y el interés por el medio ambiente, por hacer comprender algo evidente, como que la existencia del ser humano se encuentra emparejada a la salud del planeta, y que éste, desde hace tiempo se halla en una situación crítica, debido a los abusos a los que ha sido sometido de forma sistemática por el propio ser humano.
Pero a pesar de ese optimismo existente, por parte de determinadas organizaciones ecologistas, por el hecho de haber conseguido insertar sus discursos en los discursos hegemónicos (hoy en mayor o menor medida todo el mundo es ecologista al igual que todo el mundo es socialdemócrata), y también por parte de importantes sectores de la opinión pública, que observa con satisfacción, como el problema medioambiental comienza a tomarse en serio, tanto por las instituciones como por los poderes económicos, hay que subrayar, y no precisamente para llevar la contraria, que en la actualidad nos encontramos en una situación límite, en donde no puede haber motivo alguno para el optimismo. El problema es de una gravedad absoluta, pues el imparable deterioro del mundo en que habitamos, no se debe a causas que fácilmente puedan ser erradicadas, ya que es provocado por el desarrollo mismo de nuestras sociedades, de suerte que, para desactivar el problema, habría que modificar los parámetros que la rigen, lo que en ningún caso puede resultar una tarea fácil. La economía, el verdadero corazón del sistema productivita en el que vivimos, que hace tiempo acaparó para sí a los otros puntales del sistema, el público y el social, ejerce una relación de dominio sobre la naturaleza, que mantiene a ésta, subordinada a sus intereses. Modificar la actual situación, sólo podría llevarse a cabo, dinamitando las bases sobre las que se asientan nuestras sociedades, lo que sin duda, en el supuesto caso de que pudiera realizarse, podría acarrear un colapso económico de una envergadura inconcebible, aunque a dicho colapso, que con toda seguridad será caótico, también se llegará a medio plazo, si las pautas desarrollistas impuestas por nuestros sistemas económicos, siguen a toda marcha como en la actualidad. La situación es muy compleja, pues se mire hacia donde se mire, el futuro presenta enormes nubarrones, tanto si se sigue como hasta ahora, como si se intentan detener los procesos económicos existentes, por lo que la tarea del movimiento ecologista en nuestros días, no puede ser otro, que el de buscar salidas aceptables a la actual situación. Ya no basta con eso tan cacareado y asumido por todos del desarrollo sostenible, pues las cotas de desarrollo actual, en ningún caso pueden resultar sostenibles, y mucho menos en un futuro próximo, siendo fundamental encontrar las bases de un nuevo consenso, que posibilite la creación de los cimientos sobre los que tendrá que asentarse la futura sociedad postindustrial a la que estamos abocados, una sociedad en donde la economía, tendrá que liberarse del crecimiento y sumergirse en la redistribución y en la solidaridad, cuestiones que hoy por hoy, ni tan siquiera llegan a barajarse.
El colapso que se avecina debería cogernos preparados, y aquí puede que encuentre su justificación el ecologismo no asimilado, pues el caos que se puede ocasionar, con toda seguridad será de una envergadura tal, que si no existen proyectos teóricos alternativos, será gestionado por regímenes despóticos, que basándose en la fuerza, intentarán sobrellevar la situación, con unos costes que difícilmente podrán hacerse frente. Malos tiempos se avecina y hay que estar preparados.
Jueves, 7 de junio de 2007
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