jueves, 13 de agosto de 2009

Los confines



LECTURAS
(elo.161)

LOS CONFINES
Andrés Trapiello
Destino, 2.009

¿Qué es el paraíso? Indudablemente, y por encima de todo, el paraíso tiene que ser el lugar, el país en donde definitivamente reine la felicidad. Pero la pregunta esencial es la siguiente: ¿Es posible alcanzar sus costas? Sí, pero al parecer, sólo se puede atracar en ellas durante pequeños periodos de tiempo. Según parece, porque así nos lo han repetido en innumerables ocasiones, y porque por desgracia lo hemos comprobado en nuestras propias carnes, la felicidad, esa isla juanramoniana “en donde cantan pájaros únicos”, o ese estado de gracia al que con voluntarismo todos aspiramos, es algo que se puede saborear, por supuesto, pero no eternamente. Lo sabemos, sí, pero a pesar de ello, estamos dispuesto a arriesgar y a apostar por ella todo lo que tenemos, aunque a ciencia cierta sepamos, que al final, de forma invariable, acabaremos en la indigencia más absoluta. El problema, el eterno problema, es que algunos, afortunadamente no muchos, no dejamos de buscarla ni por un solo instante, comprendiendo que esa, y no otra u otras, es la meta a la que tenemos la obligación de dirigirnos, al ser, nos guste o no, la única justificación de nuestra existencia. Y así nos va, de fracaso en fracaso, pues después de cada naufragio, con el tiempo justo para curar las heridas recibidas, que en realidad nunca acaban de cicatrizar del todo, de manera inconsciente, embarcamos de nuevo en su búsqueda, sin entender, que vivir en ese desarraigo permanente, resulta a todas luces imposible. Pero no a todos les ocurre lo mismo, pues la gran mayoría, en una actitud que hay que aplaudir, se conforma y se contenta con una felicidad menor, con una felicidad con minúscula, que se basa en lo que en realidad se posee, en lo que con el tiempo uno ha ido encontrando a su alrededor, no haciendo caso en ningún momento, de los cantos de sirenas que se escuchan en las eternas noches de insomnio. En muchas ocasiones, para intentar alcanzar esa anhelada felicidad, resulta necesario traspasar normas y consensos que creíamos inviolables, o que creíamos que nosotros en ningún caso seríamos capaces de traspasar, lo que provoca un sentimiento de culpa, o una sensación de haber infringido la legalidad, que consigue arrinconarnos, sobre todo cuando se tiene consciencia de que las cosas no han ido bien, en un estado de desasosiego del que difícilmente uno consigue recuperarse, ya que en tales circunstancia, la derrota lo anega todo. Ese convencimiento de haber pecado, de haber transgredido los códigos y las normas imperantes, también provoca, en el supuesto caso de que se haya tenido éxito en la aventura, la certeza de que algo malo va a ocurrir, ya que todo pecado tiene un coste, que sólo en contadas ocasiones, en muy contadas ocasiones, puede llegar a afrontarse.
Este es el tema sobre el que se basa la última novela de Andrés Trapiello, un autor al que apenas he frecuentado, a pesar de la fama que posee en determinados círculos, un prestigio, que si sólo fuera por esta novela, estimo fuera de lugar, y eso a pesar, de que formalmente es una obra correcta, posiblemente demasiado correcta. La novela cuenta la historia de amor entre dos hermanos, que tienen que recurrir al incesto, para lograr alcanzar esa felicidad que se les prohibía. Después de superar los innumerables problemas que ante ellos se desplegaron, y cuando creían que por fin, nadie ni nada podría quitarles de las manos ese estado que tanto disfrutaban, encuentran la muerte en un accidente que alguien provocó contra ellos por equivocación. Como apunté con anterioridad, se trata de una novela correcta, que se plantea siguiendo los pasos adecuados y que acaba como tenía que acabar, es decir, pagando los protagonistas con sus vidas el pecado cometido, pero sin embargo, la sensación que he tenido durante toda la lectura, ha sido la de que me encontraba ante una novela menor, a la que le faltaba ese punto de dramatismo que le resultaba tan necesario, ya que incluso el dolor y el desarraigo que los diferentes personajes tuvieron necesariamente que padecer, de forma inconcebible, no se transmite al lector. Es una novela que se lee bien, demasiado bien para la temática que afronta, escrita por alguien que sabe escribir, pero que no llegó a comprender, que una cuestión tan espinosa, tenía que ser expuesta con todas las aristas que un tema de tal calibre acarrea. Los personajes, para colmo, me han resultado demasiado planos, demasiado correctos y civilizados, incluso los que de la noche a la mañana se encontraron despechados, lo que en el fondo, y eso el lector lo aprecia desde un primer momento, le resta credibilidad a la obra. La historia es contada por uno de los protagonistas, Claudia, que la desarrolla, en un exceso del autor, desde el más allá, en donde después de morir, se había reunido con su amado hermano.
En fin, una novela más de esas que nada aportan, de esas, que uno no puede justificar en la trayectoria de un autor de la teórica categoría de Trapiello, una obra industrial que hubiera podido ser mucho más de lo es.

Jueves, 18 de junio de 2.009

domingo, 9 de agosto de 2009

La hormiga que quiso ser astronauta



LECTURAS
(elo.160)

LA HORMIGA QUE QUISO SER ASTRONAUTA
Félix J. Palma
Quorum libros editores, 1.996


En la pasada Feria del Libro, a la sombra de Larsson y Cercas, que fueron con diferencias los grandes triunfadores de la misma, al menos en lo referente al número de ejemplares vendidos, comenzó a mi alrededor a sonar un nombre, el de Félix J. Palma. Al parecer se trataba de un joven narrador de Sanlucar de Barrameda, que había escrito una novela, que calladamente se estaba vendiendo como rosquillas. No le dí más importancia al tema, pues esas cosa, aunque sólo sea de tarde en tarde suelen ocurrir, estimando que la obra en cuestión, sería una de esas de leer y tirar, tan en boga en nuestros días. Con posterioridad, hablando con una amiga, ésta me comentó, que estaba encantada con la última novela que había leído, precisamente de Félix J. Palma, que para colmo, un conocido había elogiado en la prensa esa misma mañana. Entonces no lo dudé, procediendo inmediatamente a buscar información sobre el autor, que según lo que encontré, había publicado dos libros de relatos, obteniendo con ellos un notable éxito, y una primera novela, “La hormiga que quiso ser astronauta”, obra que a pesar de haberse publicado en una pequeña editorial gaditana, conseguí localizar sin dificultad, con la intención, de si me gustaba, pasar a leer la novela de la que todo el mundo hablaba.
La primera novela de un autor, casi siempre suele resultar bastante pretenciosa, ya que con ella, el que escribe, trata por todos los medios, de deslumbrar a los escasos editores, que en unos tiempos como los que vivimos, tengan la valentía suficiente como para intentar publicar su novela, al tiempo que, tratando de matar dos pájaros de un solo disparo, dejar atónitos a los posibles lectores que se acerquen a ella, para dejar claro desde un principio, que el que firma ha llegado para quedarse. Esas operas primas, también, por norma general, suelen mostrar grandes altibajos, pero en contrapartida, tienen la virtud, y por eso he preferido acercarme a la primera novela de Félix J. Palma que a la que tantos aplausos está obteniendo, de dejar los datos suficientes para saber hasta dónde quiere llegar el autor, que es algo fundamental, y hasta dónde puede llegar, que también resulta esencial. Bien, después de haber leído, asombrado, “La hormiga que quiso ser astronauta”, tengo que decir, que estoy convencido que el sanluqueño, si literariamente no se malogra, y lo desea, en pocos años puede convertirse en uno de los autores más importantes del país, que necesita de forma urgente, nuevas plumas que complementen, y poco a poco sustituyan, a los ya consagrados que se encuentran creativamente agotados. Me ha sorprendido la temática de la obra, y la valentía de presentar una novela de tales características, en un mercado, en el que se apuesta casi siempre por tramas conservadoras, a no ser que el autor sea un valor consolidado. No cabe duda, que Félix J. Palma ha hecho la novela que deseaba realizar, lo que en principio, por su valentía, merece un aplauso, pero lo que más me ha llamado la atención, es el desparpajo y la solvencia con el que ha afrontado el tema, de suerte que, el lector, debido a la altitud media que encuentra, teme que la novela, de un momento a otro pueda venirse abajo, lo que en ningún momento sucede. Lo anterior quiere decir sencillamente, que ha aparecido un autor ambicioso, dotado de la capacidad necesaria, como para hacer realidad sus proyectos, lo que dicho así puede parecer poca cosa, pero la realidad dice, que tal combinación sólo se encuentra al alcance de unos pocos. Es una novela, que para colmo, se desarrolla en los límites mismos de lo que denomino la literatura del yo, pero afortunadamente nunca llega a caer en ella, aunque a veces, parece que se va a precipitar en el callejón sin salida que ese tipo de literatura representa. No, la novela aspira a más, no sólo a mostrar el peregrinaje de un determinado personaje por una realidad que se le presenta hostil, sino que señala, a que es posible una existencia diferente, que para muchos puede encontrarse instalada en la inmadurez, pero seguro que a años luz de la mediocridad imperante.
La historia trata, de un joven que inconscientemente se niega a enfrentarse a la realidad, viviendo en un mundo propio, a pesar, de haber abandonado el hogar materno y de vivir instalado en una gran ciudad. Vivía en su mundo, acompañado de su amigo invisible y de sus fantasías, pero ese mundo era puesto sistemáticamente en jaque por sus eventuales parejas, que trataban de obligarlo a que de una vez por toda madurase, a que se enfrentara definitivamente a la realidad, pero él decidió, después de haber intentado lo contrario, como si de un astronauta se tratara, de encontrar un lugar entre las hormigas y las estrellas, entre la monótona cotidianidad en donde mantenían aparcada sus vidas los que sólo se limitaban a aceptar lo que encontraban a su alrededor, y la belleza de lo que podría ser.
“La hormiga que quiso ser astronauta” es una obra que aporta un poco de aire fresco, realizada por alguien que domina este extraño arte de contar historias mediante la palabra escrita, que consigue no caer en lo ingenioso ni en lo gracioso, aunque evidentemente, la novela resulte ingeniosa y simpática. En resumen, una buena primera novela, que me va a obligar a leer “El mapa del tiempo”, y a seguir con detenimiento la carrera de su autor, pues estoy convencido, que he tropezado con una promesa literaria, que con el tiempo aportará grandes novelas con las que podré disfrutar.

Miércoles, 10 de junio de 2.009

Las hermanas Grimes



LECTURAS
(elo.159)

LAS HERMANAS GRIMES
Richard Yates
Alfaguara, 1.976

A veces tengo el convencimiento de que nada es gratuito, y que en el fondo, al menos en el plano artístico, no se han producido tantas injusticias como en un principio podría imaginarse. Lo anterior viene a colación, por el hecho, de que en poco tiempo, he leído dos novelas de Richard Yates, un autor olvidado, que ha vuelto a salir a la superficie, gracias a una magnífica película dirigida por el cada día más sorprendente Sam Mendes. Ni que decir tiene, que no había leído nada de Yates, pues ni siquiera había oído nunca hablar de él, por lo que animado por las recomendaciones de un amigo, busqué y encontré las dos novelas suyas, que recientemente se han editado a la sombra del éxito cinematográfico, con la esperanza, de poder encontrar a uno de esos genios ocultos, que debido a su extremada calidad, no habían llegado a conseguir ese éxito de público que sin dudas merecían. Pero no, pues a pesar de ser un escritor interesante, al menos por lo leído, Richard Yates es un novelista de segunda categoría, que ni de lejos puede competir con Cheever o con Roth, ni tan siquiera con el mejor Ford, aunque tengo que reconocer, que sus novelas se dejan leer, al poseer el autor el oficio necesario para ello.
¿Qué quiero decir, cuando digo que Yates es un novelista de segunda categoría? Con una afirmación tan tajante, no quiero decir, ni mucho menos, que el norteamericano no sea un novelista interesante e incluso recomendable, no, pues lo único que deseo dejar claro, para que no surjan malos entendidos, es sólo eso, que Yates es un narrador de segunda fila. Trataré de ir por partes. Siempre he sido de la opinión, de que una buena novela, para empezar, tiene que estar bien equilibrada, mostrando un buen tema, que permita y que incite a la lectura, contada con el estilo que más se adecue al mismo, es decir, aquellas en donde la metodología narrativa empleada, en lugar de mostrarse autónoma, en todo momento se dedique a fortalecer la historia que el autor desea transmitir. Aquí, evidentemente no hay problemas, pues las historias que cuenta Yates, son de una profundidad y de una complejidad que a nadie puede dejar indiferente, al tiempo que, el estilo narrativo que utiliza, de un realismo radical, en todo momento consigue dejar al descubierto el dramatismo de la trama, que es, creo, lo que persigue el autor. Pero el problema, es que hoy en día, lo anterior está al alcance de muchos creadores, por lo que hace falta algo más, un algo más que se encuentra por encima de la historia y de la técnica que se posea para desarrollar un buen tema. Y ese algo más, ese plus o valor añadido, sin querer parecer esotérico, es, sin saber definirlo bien, lo que denomino magia, algo a lo que no todos los escritores, por muy capacitados que se encuentren, pueden acceder. Esto es precisamente lo que he echado de menos en las dos novelas que he leído de Yates, la gracia, la gracia que consigue hacer de una buena novela una obra excelente, de esas, que difícilmente pueden quedar en el olvido.
Yates es calificado como el novelista de la insatisfacción, calificativo que encaja a la perfección con “Vía revolucionaria”, pero creo, que no se adecua a la temática de “Las hermanas Grimes”, pues en esta novela, es el fracaso lo que consigue anegarlo todo, y el fracaso, aunque parezca mentira, al menos hasta que no se demuestre lo contrario, no es lo mismo que la insatisfacción. La novela cuenta la historia de dos hermanas, que desde un principio, desde la temprana separación de sus padres, “estaban destinadas a no ser felices”. Ambas tomaron caminos diferentes, la mayor, Sarah, se casa pronto y tiene varios hijos, pero a pesar de haberle pedido tan poco a la vida, tuvo una vida tormentosa, al ser duramente maltratada por su marido, no encontrando otra alternativa que la de refugiarse en el alcohol. La menor, Emily, gracias al haber podido ir a la universidad, y de haber por ello, llevado una vida independiente, pudo hacer frente a una multitud de relaciones amorosas, no llegando a conseguir nunca la estabilidad emocional que tanto necesitaba, sintiéndose sola y abandonada, cuando rondando la cincuentena, la deja su último acompañante poco antes de perder su empleo. El final de la novela, que puede resultar decepcionante, como también lo puede ser el maniqueísmo con que el autor trata la vida de ambas hermanas, es que Emily, cuando más desesperada se encontraba, regresa, o mejor dicho, es recogida por uno de sus sobrinos, como si el autor quisiera hacer constancia, de que todos los círculos hay que cerrarlos, o que la única solución para el desasosiego es la vuelta a la familia, a la unidad familiar, el único antídoto que al parecer encuentra contra la soledad.
La literatura, la forma de hacer literatura de Yates me gusta; su estilo directo se adapta bien a las historias que desea contar, pero no he logrado disfrutar con su prosa, que siempre he tenido la sensación de que se me escapaba, posiblemente por lo diáfana que es. Yates invita a la lectura rápida, hecho que impide al lector, poder disfrutar con las frases, con las palabras. Es una literatura eminentemente norteamericana, con todo lo que ello tiene de bueno y de mano, muy cinematográfica, en donde dejar buenas imágenes tiene más impotencia que el propio lenguaje. De todas formas, a pesar de que sus obras resultan interesantes, mientras las leía, siempre a una velocidad de crucero bastante acelerada, he echado de menos un estilo más elaborado, es decir, una literatura más calmada y más pendiente de las formas, en suma una literatura más europea. Creo que este tipo de literatura, es la que nunca podrá competir con el cine, pues en el fondo, lo que hace Yates, es cine.

Miércoles, 3 de junio de 2.009

viernes, 3 de julio de 2009

Virginia o el mundo interior


LECTURAS
(elo.158)

VIRGINIA O EL MUNDO INTERIOR
Álvaro Pombo
Planeta, 2.009

A pesar de ser un ferviente seguidor de Álvaro Pombo, no tengo más remedio que afirmar en esta ocasión, que la lectura de “Virginia o el mundo interior”, no me ha aportado nada, y lo que es peor, que es una novela que no va a aportar nada, a la ya dilatada obra del santanderino. Evidentemente se trata de una obra pombiana, dotada de todas las características de sus novelas, pero da la sensación, de que es una novela que carece de la justificación necesaria, para que el autor se haya empeñado en realizarla. Llega un momento, tiene que llegar un momento, en que los autores, sobre todo aquellos que ya han conseguido cierto reconocimiento, y Pombo desde hace bastante tiempo lo posee, que deben de evitar, al menos eso estimo, caer en la repetición, e intentar por todos los medios, o arriesgarse a encontrar nuevos caminos, lo que nunca es fácil, o a colgar durante un tiempo su pluma. Lo curioso del caso, es que Pombo siempre me ha parecido un autor atrevido, pues en su obra existe una clara evolución desde el estilismo excesivo de sus primeras novelas, hasta las últimas, que sin abandonar la poética que en todo momento la han definido, se trataba ya de una poética claramente diferente, más desgarrada, menos apolínea se podría decir, en fin, más suya y más enriquecedora, tanto para él, imagino, como para sus lectores. Pero en esta ocasión, no quiero pensar que motivado por el dictado de su nuevo editor (es la primera novela publicada después de haber ganado El Planeta), parece que el bueno de Don Álvaro, ha escrito una novela claramente pombiana no para su público habitual, el que siempre le ha seguido, sino para el público que consiguió descubrirlo gracias al millonario Premio Planeta. Con lo anterior no quiero decir, ni mucho menos, que a “Virginia o el mundo interior” le falte calidad, no, pues la prosa que emplea se encuentra a la altura del mejor Pombo, de eso no hay duda, pero sí que le falta sustancia, una sustancia que venía ganando terreno en su obra, y que ha quedado paralizada, apartada en esta ocasión, como si careciera de sentido, eclipsada por su exuberante y singular forma de entender la escritura. Resumiendo podría decir, que no tengo nada que objetar sobre el estilo empleado, ya que su profesionalidad ha llegado a tal extremo, que puede desarrollarlo con una calidad y una maestría innegable sin apenas esforzarse en apariencia, pero lo que sí me ha sorprendido, dejándome fuera de juego y con una sensación de haber perdido el tiempo, algo que nunca me había ocurrido con Pombo, es la debilidad de la historia con la que me he encontrado, como si el autor hubiera querido subrayar que la función del tema en una novela, sólo fuera esa, la de dejar claro lo bien que escribe su autor. Éste, y ahora es el momento de dejarlo claro, es el problema que he encontrado, la inexistencia de una historia lo suficientemente potente, que aderezada con el singular estilo pombiano, hubiera tenido la virtud de atraparme desde un primer momento, de suerte que, si no hubiera tenido en mis manos una novela que estuviera firmada por Álvaro Pombo, con toda seguridad, la hubiera abandonado a las primeras de cambio.
La novela, la buena novela, y esto cada día lo tengo más claro, debe, tiene que sustentarse en un delicado equilibrio entre tema y forma, entre forma y tema, no pudiendo eclipsar ninguno de estos elementos al otro, ni la historia a la forma como está escrita, ni el estilo a la esencia de la historia. Una novela, en ningún caso puede contar con el visto bueno del lector, del lector consciente, cuando una historia anémica es salvada por la profesionalidad del autor, ni cuando un tema potente es desperdiciado por la falta de pericia del que escribe, de ahí la dificultad, la extrema dificultad, de llevar a cabo, o de encontrar una buena novela.
Javier Marías me sorprendió hace algunas semanas, afirmando en una entrevista, que se encontraba agotado, y que no tenía proyectado escribir próximamente ninguna novela, al estar convencido, que todo lo que hiciera, tal y como se encontraba, sería más o menos una repetición de lo que ya había realizado. Aplaudo a Marías, por la sencilla razón, de que la creación artística, y la novela más que una producción es un arte, debe ante todo surgir de una necesidad, y no, de ese voluntarismo, alentado evidentemente por las editoriales, de tener que escribir, por obligación, una novela cada dos años, incluso cuando no se tiene nada que escribir.
La historia que en esta ocasión narra Pombo, no es que no sea interesante, pues toda historia lo es, o podría llegar a serlo, lo que ocurre, es que el autor no logra sacarle el partido que dicho tema le exigía, lo que si se piensa bien, es lo peor que puede suceder. Virginia, como todas sus heroínas, es una joven perteneciente a la clase bien de Santander, heredera de una rica familia que había hecho fortuna gracias al comercio harinero, pero que a raíz de una experiencia amorosa con un joven perteneciente a su servicio, que quedó definitivamente truncada al morir éste en la guerra de Marruecos, queda imposibilitada para poder volver a enamorarse, lo que con el tiempo la conduce al suicidio, debido a que no pudo soportar el vacío de su existencia. Sí, la historia de esa incapacidad, de esa imposibilidad para rehacer su vida después de un desastre amoroso, hecho que puede convertirse en una patología, es un tema que hubiera podido dar mejores frutos, pues a ningún buen lector, le puede bastar con lo bien descritos o dibujados que se muestren los personajes, si comprueba que la trama desemboca en un desenlace fatal, motivado por estrategias banales. Toda novela, es lo que es, pero también lo que pudo haber llegado a ser, si el ingenio del creador, hubiera encontrado los cauces adecuados para desarrollarla de forma adecuada, lo que en esta ocasión el bueno de Pombo, de forma inexplicable, no ha sabido hallar. Pero claro, lo anterior, sólo se puede decir de los autores en los que se cree, en aquellos de los que uno está convencido de que pueden dar mucho más de lo que dan, y Álvaro Pombo es uno de ellos, uno de los más cualificados, a pesar de que en esta ocasión haya desarrollado una obra menor, con los que cuenta la novelística española contemporánea. Por ello, esperaré con expectación su próxima entrega, que estoy convencido, estará a la altura de su poderío creativo.

Jueves, 28 de mayo de 2.009

viernes, 19 de junio de 2009

Vía revolucionaria


LECTURAS
(elo.157)

VÍA REVOLUCIONARIA
Richard Yates
Alfaguara, 1.961

El síndrome Bovary, el que de forma constante, empuja al que lo padece a pensar y a soñar en lo que debería de ser su vida en lugar de centrarse en la que es, resulta letal por necesidad, entre otras razones, porque impide saborear la vida que realmente se vive, en aras de otras que nunca han existido más que en la imaginación de quien la anhela. Es una patología que imposibilita esos mínimos de felicidad y de armonía, tan necesarios para llevar una existencia saludable, ya que instala al que la sufre, en el reino de la insatisfacción y del desasosiego permanente. Se podría decir, sin embargo, que la insatisfacción es la causa de que la historia siga avanzando, lo que nos obliga a trabajar día a día, con la intención de mejorar tanto lo que somos como el mundo que nos rodea, pero lo anterior, tan propio de la cultura occidental, posee un lado oscuro e incluso tenebroso, pues al mismo tiempo posee la virtud de destrozar la vida de los que se toman demasiado en serio el ideal que a lo largo del tiempo han ido tejiendo, ideal que en la mayoría de las ocasiones resulta inalcanzable. El estilo de vida occidental, siempre, para lo bueno y para lo malo, se ha distinguido por obligarnos a correr sin descanso con la intención tratar de alcanzar la zanahoria del deber ser, que indudablemente ha posibilitado, en principio, las más altas cotas de calidad de vida que históricamente se han podido alcanzar, a pesar de que también ha provocado unas tasas de desarraigo no igualadas, ni de lejos por otras culturas. Entre ese quiero y no puedo, se localiza el telón de Aquiles de nuestra civilización, el centro neurálgico que de forma constante se trata de ocultar, con objeto de intentar paliar, con gratificaciones de todo tipo, la insatisfacción, ese mal de nuestra época, que de forma callada pero tenaz, está corroyendo y destruyendo al hombre contemporáneo. Sí, el ser humano de nuestros días, sobre todo el que desarrolla su existencia en Occidente, evidentemente no se puede quejar de su calidad de vida, pero sin embargo, a pesar de no faltarle de nada, padece un extraño malestar, que se oculta detrás del elevado de número de depresiones que se diagnostican, y también, aunque a cualquier antepasado nuestro le pudiera resultar extraño, en el desencanto generalizado, que ante su propia existencia, padecen importantes sectores de nuestras sociedades. Algo pasa, y ese algo posiblemente tenga que ver, con el hecho de que tradicionalmente se ha dado más importancia a los elementos y a los factores materiales, tan importantes para nuestra existencia, que a los espirituales, que casi siempre, a pesar de ser esenciales para cimentar nuestra estabilidad, se han querido relegar a un segundo o a un tercer plano, olvidándose aquello tan repetido de “que no sólo de pan vive el hombre”. Parece, por tanto, que el hombre de nuestros día cuenta con dos vertientes, una generosamente repoblada con múltiples y variadas especies arbóreas, bien regadas y cuidadas, pero con otra semidesértica, lo que convierte al individuo contemporáneo en un ser descompensado, que carece, si bien no de lo más importante, sí de lo esencial.
En tal brecha introduce Richard Yates su pluma, dejando una novela marcadamente norteamericana, en donde dibuja la vida de un matrimonio, en el que ella, no podía soportar por más tiempo la mortecina existencia de clase media en la que se hundía, al estar convencida de que existía otra diferente, más plena, en la que podría ser feliz. Para salir de tal situación, trata de convencer a su marido, para que este abandone el cómodo pero mediocre empleo que poseía, para poder, juntos, trasladarse a Europa, en donde por fin, hacer realidad la vida con la que tanto había soñado. Pero todo sale mal, hecho que la conduce al suicidio después de practicarse un aborto casero.
No conocía a Richard Yates, aunque el año pasado, vi la película que sobre esta novela realizó Sam Mendes, que sin duda fue la que más me impresionó de las muchas que vi la pasada temporada. No me gusta leer novelas cuya versión cinematográfica he visto con anterioridad, ni tampoco lo contrario, pero al escuchar en repetidas ocasiones, por parte de un amigo cuyos gustos literarios respeto, que se trataba de una obra más que interesante, no tuve más remedio que hacerme con ella y leerla, comprendiendo al instante, que la versión llevada a la gran pantalla se encontraba a la misma altura que el texto, consiguiendo sorprenderme de principio a fin, a pesar de conocer ya la historia, lo que no suele ocurrir. Con anterioridad afirmé, que “Vía revolucionaria” era una novela marcadamente norteamericana, con lo que quise decir sencillamente, para comenzar, que se encuadra a la perfección dentro de los parámetros de una narrativa, que cada día que pasa me interesa más, la literatura de calidad norteamericana, recordándome para colmo, y mucho, a otros autores que admiro, sobre todo a Cheever. Esa forma de entender la literatura se distingue, y eso creo que todo lector debería de agradecerlo, sobre todo en un periodo en donde la novela se mantiene paralizada ante su incierto futuro, en basarse en historias potentes, tratadas con un realismo absoluto, que intenta dejar al descubierto los problemas ante los que tiene que enfrentarse el ser humano, en un época en donde las preocupaciones materiales parece que han quedado definitivamente atrás. Es un tipo de literatura, que sigue pensando, que para afrontar determinados temas, en lugar de huir de la realidad, es fundamental zambullirse en ella, para dejar al descubierto, la erosión que tal realidad provoca en ese hombre en principio tan satisfecho que puebla nuestras sociedades. Para colmo tiene la facultad, de reconciliar al lector con la novela, pues otra de sus características, es la de ser accesible, al poseer un lenguaje y unas estructuras diáfanas, que a diferencia de otras formas de entender la literatura, empeñadas en alejarse cada día más de la comunidad de lectores, trata por todos los medios, sin abandonar en ningún momento la calidad, de presentarse abierta a todos los públicos. Pero pese a lo anterior, es una literatura que en ningún caso puede considerarse ligth, pues casi siempre, tiene la facultad de dejar al lector una sensación extraña, una amarga sensación de fracaso que nada tiene que ver con el espejismo del publicitado hombre de nuestro tiempo.

Domingo, 24 de mayo de 2009

jueves, 4 de junio de 2009

Hundidos y salvados


LECTURAS
(elo.156)

HUNDIDOS Y SALVADOS
Primo Levi
Muchnik Editores, 1.986

El tercer volumen de la famosa trilogía de Primo Levi, realizada sorprendentemente veintitrés años después del segundo, posee un contenido y una intencionalidad diametralmente diferente al de los dos anteriores. Mientras que “Si esto es un hombre” y “La tregua”, se limitaban a contar, con una objetividad absoluta, la dramática experiencia que padeció el autor desde que fue apresado hasta que ya libre pudo regresar a su país, en “Los hundidos y los salvados”, se dedica a reflexionar sobre su propia experiencia y sobre el fenómeno de los campos de concentración y exterminio, lo que sitúa a este texto más cerca del ensayo y de la meditación filosófica que del género testimonial. Parece, que en un principio, la necesidad era la de contar, para publicitar y para que nadie pudiera olvidar lo que realmente sucedió en la trastienda de un conflicto bélico que destruyó media Europa y que transformó el mundo. Se trataba de una necesidad urgente e imperiosa, pues tal y como estaban las cosas, existía también la necesidad contraria, la de pasar página y olvidarlo todo, con objeto de reconstruir, sin lastres adheridos, todo lo que se había destruido, y para comenzar a edificar el nuevo orden que ya aparecía en el horizonte. En la vorágine que se produjo después de la rendición alemana, nadie parecía dispuesto a centrarse en pormenores, como en el exterminio de tantos y tantos miles de seres humanos, pues había, existían otras cuestiones mucho más importantes que afrontar, en las que se tenían que depositar todas las energías disponibles. Sí, el asunto de los campos de concentración, posiblemente por tratarse de algo tan engorroso, tenía todas las posibilidades de pasar a convertirse en una cuestión marginal, que quedara con el tiempo solapada y diluida en el olvido, eclipsada por los imperiosos problemas del momento. Había, pues, que contar lo sucedido y había que hacerlo de forma urgente, pues se corría el riesgo, de que una vez pasado el tiempo, todo lo que allí ocurrió pudiera parecer increíble, el fruto de mentes imaginativas, que sólo buscaban un protagonismo del que siempre habían carecido. Por ello, sabedor de la importancia de los acontecimientos que había vivido, que para él, “eran el hecho central, la mancha del siglo”, se sintió en la necesidad de narrar todo lo que sus ojos vieron y todo lo que tuvo que padecer. En contra de lo que imaginaba, la publicación de “Si esto es un hombre”, no tuvo, al menos en un primer momento, la difusión ni la repercusión que de un texto de tal calibre se podría esperar, lo que delata el escaso interés que despertaba el tema en aquellos momentos, pues a pesar de editarse sólo dos mil quinientos ejemplares, no consiguieron venderse ni tan siquiera la totalidad de los mismos, por lo que tuvo razón el propio Levi cuando con posterioridad afirmó, “que la verdad sobre los lager había ido saliendo a la luz, a través de un camino largo y una puerta estrecha”, pues sólo poco a poco, el libro se convirtió en un texto esencial con ventas millonarias en todo el mundo, consiguiendo por sí sólo, alumbrar un periodo tan oscuro y dramático para la humanidad. Con ese libro y los que le siguieron, Levi pudo dedicarse a la tarea a la que se vio encomendado, la de recordar lo que sucedió en los lager, la de recordar por los que murieron, la de recordar para que no se olvidara nunca lo que allí tuvo lugar, ya que un drama como ese, “de dimensiones planetarias y seculares”, debería en todo momento estar presente en la memoria de todos los seres humanos, al menos para que nunca volviera a repetirse. El italiano siguió escribiendo sobre el tema, escribiendo y dando conferencias, al tiempo que seguía trabajando como químico en Turín, ejerciendo un sacerdocio, cuyo único objetivo, era que nadie, absolutamente nadie, pudiera olvidar lo que acaeció en el corazón mismo de la civilizada Europa.
Levi fue un privilegiado, ya que fue uno de los poco que pudo volver del infierno, hecho del que en todo momento fue consciente, y también, de que los mejores, los que había en realidad “tocado fondo”, se habían quedado en Auschwitz, lo que le obligaba a sentirse un superviviente, un salvado entre tantos y tantos hundidos.
En este texto en lugar de narrar, como comenté en un principio, el autor se dedica a reflexionar, a intentar responder a los múltiples interrogantes que quedaron en el aire, y que difícilmente podrían aclararse, y a subrayar determinados hechos, que al ser los lager auténticos laboratorios sociales, quedaron en evidencia. Interesante, sin duda, es el tema de la culpabilidad alemana, es decir, el de la culpabilidad de la sociedad alemana en su conjunto, pues aunque aún muchos se inclinan a creer, que la culpa fue sólo de una minoría, Levi estaba convencido, que sin la complicidad, sin la complicidad criminal de una importante mayoría de alemanes, nada de lo que sucedió hubiera podido llevarse a cabo. Según él, los lager, los campos de concentración y exterminio, proporcionaban una mano de obra abundante y gratuita a importantes sociedades industriales, a granjas agrícolas, a fábricas de armamentos, en definitiva, que no se trataban de islas aisladas, sino que se encontraban estrechamente ligados a la vida cotidiana de la sociedad alemana, pues un elevado número de alemanes, tenían conocimiento directo o indirecto de lo que en aquellos lugares sucedía. Por ello nunca creyó que todo fuera obra de una reducida minoría, de unos militares e ideólogos que impusieron sus opiniones y sus prácticas al resto de la sociedad, pues aunque era consciente del poder y de la fortaleza de estado autoritario alemán, también lo era, de que históricamente ningún estado totalitario había sido perfecto, ni tan siquiera el alemán, lo que dejaba descubierto el vergonzoso hecho, de que nunca se observó una disidencia significativa por parte de la población alemana, por lo que su diagnóstico siempre fue implacable: el pueblo alemán, y no sólo sus élites políticas, fue culpable, culpable del atroz atentado que se realizó contra la humanidad. También me ha llamado la atención otra reflexión de Levi, y es, la de que aquellos que tenían una fe, una creencia que trascendiera a su cotidianidad, fuera ésta una religión o una ideología, se encontraron en mejores condiciones que los agnósticos para soportar lo que allí tuvieron que padecer. Parece, que cuando uno se siente parte de un todo, y no un ser aislado, puede resistir mejor, posiblemente, porque los sufrimientos que uno tiene que soportar, quedan, o pueden quedar justificados, en aras de esa idea superior, ya sea el futuro y definitivo triunfo del proletariado, o la vida eterna que prometen todas las religiones, que evidentemente se encuentra después de la muerte. Como las anteriores, en el texto se plantean otras múltiples reflexiones que obligan al lector a recapacitar sobre la condición humana, por lo que “Hundidos y salvados”, es un texto clave, en mi opinión el mejor de la trilogía, que sirve para comprender mejor, no sólo lo que ocurrió en los terribles campos de concentración nacionalsocialistas, sino al ser humano.
Curiosamente, poco después de la publicación de este texto, quiero pensar que porque el autor comprendió que su misión había finalizado, y que ya no hacía falta seguir repitiendo y repitiendo lo que tantas veces contó, por la sencilla razón de que su mensaje ya había calado y había sido asumido por el subconsciente colectivo de la humanidad, Primo Levi puso fin voluntariamente a su vida.
Creo para finalizar, que Primo Levi cumplió a la perfección con su tarea, la de recordarnos a todos hasta donde puede llegar el ser humano cuando no existen controles, que puedan controlar y contrarrestar algunas de sus tendencias más endemoniadas.

Jueves, 14 de mayo de 2.009


jueves, 28 de mayo de 2009

Anatomía de un instante


LECTURAS
(elo.155)

ANATOMÍA DE UN INSTANTE
Javier Cercas
Mondadori, 2.009


Tiene razón Javier Cercas cuando dice, que todos los que vivimos aquellos momentos, los del golpe de estado del veintitrés de febrero, recordamos con precisión lo que estábamos haciendo, y lo que hicimos a continuación, cuando nos enteramos que un grupo de guardias civiles, al mando del teniente coronel Antonio Tejero, habían entrado y ocupado por la fuerza el Congreso de los Diputados. Y lo recordamos, porque desde un primer momento, de forma independiente a la conmoción que tal hecho nos provocó, tuvimos consciencia de que asistíamos a un momento histórico, que podía marcar, como en realidad lo hizo, el devenir de la realidad política que tan apasionadamente vivíamos por aquellos tiempos. El intento de golpe de estado, o mejor dicho, el golpe de estado del veintitrés de febrero, es una de esas fechas, que al menos para los miembros de mi generación, y hablo de generación en términos orteguianos, es uno de esos escasos momentos, repito, que todos tenemos subrayado en nuestra memoria, de suerte que, a pesar de la importancia del mismo, muchos estamos convencidos que aún no se ha dicho sobre él, a pesar de todo lo que se ha escrito sobre el mismo, la última y definitiva palabra. Quedaron muchos puntos oscuros, que de forma inevitable posibilitaron una abundante literatura, en muchos casos, como suele ocurrir, demasiado creativa e imaginativa, lo que con el tiempo, ha conseguido que todo lo acaecido en aquel lejano mes de febrero, se encuentre sumergido en una oscuridad hasta cierto punto inconcebible, sólo justificable, por el interés de algunos, de que nunca quedara al descubierto lo que en realidad sucedió.
Por lo anterior, no me ha extrañado en absoluto, que alguien como Javier Cercas, que alguien con la edad de Javier Cercas, trate en su último trabajo, de aportar un poco de luz, sobre los acontecimientos que nos impidieron dormir aquella noche, y sobre los que tanto y tanto hemos hablado desde entonces, y que con seguridad consiguieron modificar, en buena medida el desarrollo de nuestro sistema democrático. Sí, Javier Cercas, intenta acercarse a lo que aconteció, con la intención de buscar respuestas a los innumerables interrogantes, que a pesar de los años transcurridos, demasiados, aún se encuentran sin responder, y al ser novelista, intentó en un principio realizar una novela sobre dichos sucesos, a través de la cual, poder analizar y profundizar sobre los mismos, pero comprendió, que ningún relato de ficción que pudiera articular, podría estar a la altura de lo que en realidad sucedió. Por ello, ante la imposibilidad de realizar una novela, se dedicó a escribir y a escribir a partir de las imágenes televisivas que inmortalizaron aquellos instantes, centrándose en las tres figuras, que de forma sorprendente, desobedecieron las órdenes que recibieron de los asaltantes y permanecieron sentados en sus escaños, es decir, en Santiago Carrillo, en el vicepresidente Gutiérrez Mellado y en Adolfo Suárez, sobre todo en Adolfo Suárez. A partir de estas tres personalidades, esenciales en la transición política, realiza una disección de todo aquel momento histórico, mostrando todas las miserias y todas las grandezas del mismo, dejando una visión de lo acaecido, que puede resultar en muchos momentos arriesgada, pero de un interés innegable.
La tesis de Cercas, es que desde todos los ámbitos de la sociedad española, se cultivó el terreno con objeto de que los militares se quedaran sin justificaciones para no sacar los tanques a la calle. Evidentemente no se hizo de forma consciente, pero según él, desde todas las esquinas, de forma irresponsable, se disparaba contra el ejecutivo, que se encontraba desbordado e impotente ante la situación, ante la terrible situación por la que atravesaba la sociedad española. Cierto que no eran momentos apacibles, pues la segunda crisis del petróleo, unido a las anquilosadas estructuras del tejido productivo español, provocó una importante crisis que dejó en el desempleo a un número considerable de trabajadores; que ETA se encontraba en su mejor momento, cebándose en el ejercito y en las fuerzas de orden público, dejando un reguero de sangre que ninguna sociedad minimamente sana podía soportar; que las reivindicaciones nacionalistas parecían que iban a conseguir desgajar definitivamente al país, y que la clase política, tanto desde la oposición, como desde dentro del propio partido gubernamental, parecía empeñada, en creer que todos los males se solventarían con la salida del gobierno de Adolfo Suárez. Ante una coyuntura como la existente, el ejército, que siempre se había mostrado receloso ante los cambios producidos tras la muerte del Franco, se creyó en el deber, en el sagrado deber, de intervenir con la intención de dar un golpe de timón a la caótica y casi anárquica situación por la que atravesaba el país. Para Cercas, ésta fue la placenta del golpe, dejando entrever, de ahí lo controvertido de su tesis, que el ejército, a pesar de ser esencialmente golpista, sólo intervino auspiciado por la lamentable realidad que se presentaba ante él, justificando hasta cierto punto, creo que de forma involuntaria, una asonada militar que sólo fracasó por la cobardía de muchos mandos, pues según él, y estoy de acuerdo, la situación invitaba, a que gran parte de la población, lo que siempre se ha denominado la mayoría silenciosa (y silenciada), hubiera visto con buenos ojos un golpe blando, un golpe a la turca, que mantuviera un sistema democrático estable y en todo momento vigilado, vigilado y controlado evidentemente por los militares.
A pesar de lo difícil de la situación, y a pesar de que el golpe teóricamente fracasó, sirvió para que la situación cambiara de forma radical, pues a partir de ese momento, con la salida de Suárez del gobierno, todo comenzó a estructurarse y a reconducirse de forma diferente, demostrándose, que si para algo sirvió el intento de golpe de estado, como muy bien apunta el autor, fue para clausurar definitivamente la tan alabada por muchos transición democrática española. ¿Qué ocurrió para ello? En primer lugar, que el ejército quedó tan desprestigiado, al menos los mandos franquistas que lo tutelaban, que el peligro real de un nuevo golpe militar quedó desactivado, pero sobre todo, al hecho de que Suárez, y su estilo de hacer política, pasaran a la historia.
No cabe duda que la democracia española le debe mucho a Suárez, pues tuvo la valentía suficiente como para enfrentarse y desmantelar desde dentro la estructura política de la que provenía, pero fue incapaz de gestionar el nuevo sistema que alumbró, ya que siempre fue un político de golpes de efectos, y no un gestor político, que era lo que en realidad necesitaba en esos momento España.
En lo fundamental no estoy de acuerdo con Cercas, pues creo, que a pesar de las circunstancias negativas en las que se desenvolvía el país, la culpa del golpe del veintitrés de febrero la tuvieron una serie de militares, que desde la muerte de Franco, no dejaron de conspirar contra el nuevo régimen, por lo que no hay que echarle la culpa a otras circunstancias, pues el ejército, por muy poderoso que sea, o por mucho poder que en el pasado hubiera podido tener, posee un papel determinado, que no es precisamente el de tutelar la política de un país.
La crisis económica había que afrontarla a base de políticas económicas acertadas, y la lucha política siempre es legítima, por muy encanallada que se presente, siendo en último caso la ciudadanía, la que tiene que poner las cosas en su sitio. No hubo placenta ni justificación del golpe, no, lo que realmente existió, fue un grupo, bastante numeroso por cierto, de militares irresponsables que creían, que estaban convencidos, que tenían un papel distinto del que la legitimidad les imponía.

Viernes, 8 de mayo de 2.009