
LECTURAS
(elo.123)
LAS AMARGURAS DE LA GINEBRA
John Cheever
Emecé, 1.946
El otro día, le propuse a un grupo de amigos este relato, con la sana intención de analizarlo y comentarlo en común, a pesar, lo que fue una temeridad, de no haberlo leído con anterioridad. Estuve buscando en la red otro relato de Cheever que acababa de leer y que me había conmocionado, concretamente “la profesora de música”, pero al no poder encontrarlo, envié el único (algo sorprendente) que encontré a disposición de los internautas, con la confianza de que tuviera una calidad aceptable. Sin embargo, varios destinatarios del relato, a los que encontré de forma casual, me comentaron que el texto les había defraudado. Me sorprendió lo que me dijeron, pues siempre, al menos desde que conozco la obra de Cheever, he considerado que una de las virtudes más sobresalientes de norteamericano es su alta calidad media, de suerte que, incluso el peor de sus relatos, es superior a la de la mayoría de los autores que conozco. Ni que decir tiene, que cuando llegué a casa me zambullí en el texto, con objeto de calibrar mi metedura de pata, pero me encontré con un relato digno, muy digno, a la altura de lo que hasta ahora había leído de él, es decir, un buen relato. Cuando lo leí por primera vez, no sólo pensé que se trataba de un magnífico trabajo, sino que comprendí en el acto, que en él se encontraba lo esencial de Cheever, todo lo que de su obra me atrae. Con posterioridad me pregunté por las razones, siempre hay razones, a las que se agarraron mis amigos para hacerme partícipe de su disgusto, lo que atribuí a varias cuestiones, todas ellas entrelazadas entre sí, y que hablaban por sí solas, no sólo de su calidad como lectores, sino del tipo de literatura que impera en la actualidad. Empezaré por el principio, por el hecho de que a pesar de haber asistido a una multitud de talleres literarios, no se podría decir de ellos que fueran lectores avezados; tienen interés por la literatura, por supuesto, pero aún carecen del bagaje necesario para reconocer un buen trabajo literario que se salga de lo que ellos estiman que es la buena literatura. Están acostumbrados, como casi todos los lectores de nuestros días, a disfrutar de los fuegos artificiales que nos regalan determinados autores, resultándoles insípida la literatura que intenta escaparse de tales prácticas, la que está convencida, que el papel del lector no puede consistir sólo en quedarse maravillado con lo que encuentra, con la parafernalia de lo exquisito o con el siempre manoseado dribling estilístico. Ellos, como muchos, no comprenden, aún no comprenden, que el papel del lector, al menos en determinada literatura no puede ser pasivo, teniendo la obligación éste, de interrelacionarse con el texto que encuentra, discutir con él, interesarse por lo que se esconde detrás de las historias con la que se enfrenta. Lo que ocurre, y esto es grave, es que el lector mayoritario no está acostumbrado, o educado, para entender que un texto literario no acaba cuando finaliza la narración, al existir un periodo posterior, de gran importancia, en donde la reflexión sobre lo leído debe aportar ese valor añadido que toda obra de calidad requiere y en todo momento exige. Al no entendese lo anterior, cuando no se encuentra algo sorprendente en lo que se lee, automáticamente se califica dicho texto de mediocre, lo que suele provocar graves injusticias. Cortázar y Borges, entre otros, han hecho mucho daño, pues siempre se esperan los efectos cortazianos y borgianos en todo lo que se lee, lo que nos obliga a descartar las restantes formas de entender el arte del relato. Se desea, por tanto, una literatura efectista, o afectada, que diga lo que tenga que decir con claridad meridiana, sin que en ningún caso consiga complicarle la vida al lector, que entretenga, pero que también se entienda con facilidad, lo que tiende a potenciar un tipo determinado de lector, el lector satisfecho.
Cheever hace una literatura diferente, en sus relatos, el lector nunca encontrará esa pirotecnia tan reclamada, ni tampoco historias explícitas que tengan la virtud de subrayar en cada momento lo que desea decir el autor. No, los relatos de Cheever son diferentes, más norteamericanos que europeos, es decir, más realistas que experimentales, asentándose en todo momento en un realismo estilístico y en un conservadurismo estructural que para algunos puede resultar desfasado. Pero claro, el problema radica en que Cheever no es un autor más, es uno de los grandes, posiblemente por todo lo anterior poco leído, pero con una calidad y unos objetivos literarios, que siempre acaban por sorprender cuando se descubre su literatura. No siempre es más experimental el autor que más experimenta con su prosa (y ejemplos hay), ni el más crítico con la sociedad en la que vive el que más hondea las banderas reivindicativas (los casos se multiplican), de hecho, pocos autores he conocido, a pesar de las apariencias, que hayan realizado una crítica tan ácida a la sociedad, a la opulenta y confortable sociedad norteamericana que John Cheever.
En “las amarguras de la ginebra”, Cheever, una vez más intenta de forma sutil, dejar al descubierto las contradicciones sobre las que se asienta la clase media de su país, que a pesar de creer vivir en el mejor de los mundos posibles, tiene que enfrentarse de forma cotidiana a la insatisfacción y a una inseguridad que la mantiene en jaque. En este relato, junto a la clase media, aparece otra constante de su literatura, el alcohol; el alcohol como el gran desestabilizador, pero también como el madero necesario, gracias al cual, poder soportar las arremetidas de una existencia nada satisfactoria. En esta ocasión, la hija del matrimonio sobre el que se articula el texto, comprueba la hipocresía de su padre, que no perdona en sus subordinados, en el personal de servicio que trabajaba para él, el uso de bebidas alcohólicas, mientras que él y sus amigos, se dedicaban a beber sin límites, no sólo en las banales reuniones matrimoniales a las que solían asistir, sino incluso cuando se encontraba sólo, y utilizaba la bebida para mantenerse a flote de sus miedos y angustias. Cheever en este relato, planteado como casi todos los suyos en tres partes (introducción, nudo y desenlace), nos describe una vez más a una clase media prepotente con los que no poseen su nivel social, pero también a una clase media hundida en una existencia que no controla y que casi siempre conseguía desbordarla.
Los relatos de Cheever, son una prueba de que la literatura de calidad no sólo debe servir para contar una buena historia con la que entretener a los lectores, sino que también tiene que ayudar, para que éstos, hagan algo más que cerrar el libro cuando terminen la lectura.
Lunes, 09 de junio de 2008
(elo.123)
LAS AMARGURAS DE LA GINEBRA
John Cheever
Emecé, 1.946
El otro día, le propuse a un grupo de amigos este relato, con la sana intención de analizarlo y comentarlo en común, a pesar, lo que fue una temeridad, de no haberlo leído con anterioridad. Estuve buscando en la red otro relato de Cheever que acababa de leer y que me había conmocionado, concretamente “la profesora de música”, pero al no poder encontrarlo, envié el único (algo sorprendente) que encontré a disposición de los internautas, con la confianza de que tuviera una calidad aceptable. Sin embargo, varios destinatarios del relato, a los que encontré de forma casual, me comentaron que el texto les había defraudado. Me sorprendió lo que me dijeron, pues siempre, al menos desde que conozco la obra de Cheever, he considerado que una de las virtudes más sobresalientes de norteamericano es su alta calidad media, de suerte que, incluso el peor de sus relatos, es superior a la de la mayoría de los autores que conozco. Ni que decir tiene, que cuando llegué a casa me zambullí en el texto, con objeto de calibrar mi metedura de pata, pero me encontré con un relato digno, muy digno, a la altura de lo que hasta ahora había leído de él, es decir, un buen relato. Cuando lo leí por primera vez, no sólo pensé que se trataba de un magnífico trabajo, sino que comprendí en el acto, que en él se encontraba lo esencial de Cheever, todo lo que de su obra me atrae. Con posterioridad me pregunté por las razones, siempre hay razones, a las que se agarraron mis amigos para hacerme partícipe de su disgusto, lo que atribuí a varias cuestiones, todas ellas entrelazadas entre sí, y que hablaban por sí solas, no sólo de su calidad como lectores, sino del tipo de literatura que impera en la actualidad. Empezaré por el principio, por el hecho de que a pesar de haber asistido a una multitud de talleres literarios, no se podría decir de ellos que fueran lectores avezados; tienen interés por la literatura, por supuesto, pero aún carecen del bagaje necesario para reconocer un buen trabajo literario que se salga de lo que ellos estiman que es la buena literatura. Están acostumbrados, como casi todos los lectores de nuestros días, a disfrutar de los fuegos artificiales que nos regalan determinados autores, resultándoles insípida la literatura que intenta escaparse de tales prácticas, la que está convencida, que el papel del lector no puede consistir sólo en quedarse maravillado con lo que encuentra, con la parafernalia de lo exquisito o con el siempre manoseado dribling estilístico. Ellos, como muchos, no comprenden, aún no comprenden, que el papel del lector, al menos en determinada literatura no puede ser pasivo, teniendo la obligación éste, de interrelacionarse con el texto que encuentra, discutir con él, interesarse por lo que se esconde detrás de las historias con la que se enfrenta. Lo que ocurre, y esto es grave, es que el lector mayoritario no está acostumbrado, o educado, para entender que un texto literario no acaba cuando finaliza la narración, al existir un periodo posterior, de gran importancia, en donde la reflexión sobre lo leído debe aportar ese valor añadido que toda obra de calidad requiere y en todo momento exige. Al no entendese lo anterior, cuando no se encuentra algo sorprendente en lo que se lee, automáticamente se califica dicho texto de mediocre, lo que suele provocar graves injusticias. Cortázar y Borges, entre otros, han hecho mucho daño, pues siempre se esperan los efectos cortazianos y borgianos en todo lo que se lee, lo que nos obliga a descartar las restantes formas de entender el arte del relato. Se desea, por tanto, una literatura efectista, o afectada, que diga lo que tenga que decir con claridad meridiana, sin que en ningún caso consiga complicarle la vida al lector, que entretenga, pero que también se entienda con facilidad, lo que tiende a potenciar un tipo determinado de lector, el lector satisfecho.
Cheever hace una literatura diferente, en sus relatos, el lector nunca encontrará esa pirotecnia tan reclamada, ni tampoco historias explícitas que tengan la virtud de subrayar en cada momento lo que desea decir el autor. No, los relatos de Cheever son diferentes, más norteamericanos que europeos, es decir, más realistas que experimentales, asentándose en todo momento en un realismo estilístico y en un conservadurismo estructural que para algunos puede resultar desfasado. Pero claro, el problema radica en que Cheever no es un autor más, es uno de los grandes, posiblemente por todo lo anterior poco leído, pero con una calidad y unos objetivos literarios, que siempre acaban por sorprender cuando se descubre su literatura. No siempre es más experimental el autor que más experimenta con su prosa (y ejemplos hay), ni el más crítico con la sociedad en la que vive el que más hondea las banderas reivindicativas (los casos se multiplican), de hecho, pocos autores he conocido, a pesar de las apariencias, que hayan realizado una crítica tan ácida a la sociedad, a la opulenta y confortable sociedad norteamericana que John Cheever.
En “las amarguras de la ginebra”, Cheever, una vez más intenta de forma sutil, dejar al descubierto las contradicciones sobre las que se asienta la clase media de su país, que a pesar de creer vivir en el mejor de los mundos posibles, tiene que enfrentarse de forma cotidiana a la insatisfacción y a una inseguridad que la mantiene en jaque. En este relato, junto a la clase media, aparece otra constante de su literatura, el alcohol; el alcohol como el gran desestabilizador, pero también como el madero necesario, gracias al cual, poder soportar las arremetidas de una existencia nada satisfactoria. En esta ocasión, la hija del matrimonio sobre el que se articula el texto, comprueba la hipocresía de su padre, que no perdona en sus subordinados, en el personal de servicio que trabajaba para él, el uso de bebidas alcohólicas, mientras que él y sus amigos, se dedicaban a beber sin límites, no sólo en las banales reuniones matrimoniales a las que solían asistir, sino incluso cuando se encontraba sólo, y utilizaba la bebida para mantenerse a flote de sus miedos y angustias. Cheever en este relato, planteado como casi todos los suyos en tres partes (introducción, nudo y desenlace), nos describe una vez más a una clase media prepotente con los que no poseen su nivel social, pero también a una clase media hundida en una existencia que no controla y que casi siempre conseguía desbordarla.
Los relatos de Cheever, son una prueba de que la literatura de calidad no sólo debe servir para contar una buena historia con la que entretener a los lectores, sino que también tiene que ayudar, para que éstos, hagan algo más que cerrar el libro cuando terminen la lectura.
Lunes, 09 de junio de 2008
1 comentario:
Hola Paco, que loco pensar que cuando escribiste esto yo estaba a un mes de irme a mi viaje de egresados, es decir, en mi último año de secundaria y mientras lo leía no podía dejar de sentirme identificado con tu frustración en los talleres. Ya que por estos días estoy pasando por varios y sintiendo el mismo ruido en cuanto a las lecturas de mis compañeros.
En fin, me alegra que la lectura de hoy me haya traido acá.
Si ves esto, saludos!
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