(elo.080)
NOCILLA DREAM
Agustín Fernández Mallo
Candeya, 2.006
Este año, con mucho voluntarismo, también he asistido a la Bienal de Arte Contemporáneo de Sevilla, y ello, a pesar de que la primera y polémica edición de la misma, no me resultó en absoluto gratificante. He asistido porque había que asistir, porque deseo aproximarme, a lo que se cuece en el mundo del arte actual, pues siempre resulta interesante conocer por dónde soplan los vientos, pero sobre todo, porque uno siempre aspira a encontrar, incluso donde menos lo espera, algo que realmente pueda merecer la pena, lo que, aunque parezca mentira, también puede suceder en una exposición de arte contemporáneo. Para que nada cambie, también en esta ocasión la Bienal me ha decepcionado, dejándome frío, que es lo peor que a alguien le puede ocurrir cuando se aproxima a cualquier manifestación artística, no habiendo encontrado en ella, nada que ni tan siquiera me haya provocado interés, lo que no atribuyo, y no deseo ser pedante, a mi ignorancia sobre el arte actual, que sigue siendo casi absoluta, sino al absurdo, al profundo absurdo en donde se ha precipitado las vanguardias artísticas de nuestros días. Sí, creo que el problema puede radicar, en la actitud que en la actualidad mantienen las vanguardias, en la idea que de las mismas se posee, pero sobre todo, por la escasa ambición, que suele colindar con la ingenuidad más absoluta, que los propios creadores suelen mantener ante su arte y ante la realidad que dicen tener que soportar. Cuando uno se acerca al arte contemporáneo actual, y lo compara, por ejemplo, con el que se desarrollaba en los años treinta del siglo pasado, se comprende que algo ha ocurrido, que algo ha tenido que suceder para que la vitalidad artística se haya desplomado casi por completo, lo que puede deberse, simplificando, o bien a que los artistas actuales han perdido el norte de su actividad, encontrándose enredados y desorientados, o por el contrario, a que la calidad de dichos artistas, no se encuentra como diría el admirado Ortega, a la altura de las circunstancias. Yo, siempre metiéndome en donde no me llaman, diría, que ambos factores coinciden en el artista de nuestros días, lo que justificaría la crisis que padece el arte actual, en donde se teoriza mucho sobre él (todo el mundo parece entender de arte), pero en donde el arte no aparece por ninguna parte, aunque abundan, los que sin ningún rubor se califican de artistas. El arte, el arte nuevo casi ha desaparecido por completo de nuestras sociedades, y eso a pesar, de que cada día son más, los que en cada actividad artística aspiran a encontrarlo. El arte es un liebre que nadie logra abatir, lo que crea situaciones extrañas entre sus frustrado cazadores, que cansados de su ineptitud, de su incapacidad, dejan de patear y de rastrear el monte, al creer, engañándose evidentemente, que el arte auténtico no se encuentra escondido entre las matas que le rodean, sino en otra parte, en un lugar mucho más accesible y menos problemático. El arte de esta forma, al querer encontrarse sin esfuerzo, deja de ser, en primer lugar el resultado del dominio sobre una actividad (sólo cuando se domina algo se puede innovar sobre ese algo), para convertirse sólo en un formato, hueco casi siempre, en una estructura, casi en todas las ocasiones vacía, con las que, se quiere mostrar un nuevo producto que muy pocos entienden, y que por supuesto, a nadie interesa. El nuevo artista que en nuestros días aparece en escena, en lugar de comprender, que el único camino seguro para encontrarse con lo que llaman arte es la superación del arte existente, opta por la estrategia fácil, la de hacer creer a todos que el arte es otra cosa, que coincide precisamente con lo que ellos presentan. La situación es tal, tan desértica por supuesto, que nadie con un mínimo de sensibilidad o de nivel cultural, se muestra satisfecho con la producción artística existente, lo que a su vez, da alas a que determinados individuos, creyéndose artistas, intenten revolucionar con cualidadeas siempre insuficiente, la anodina y anémica realidad artística imperante, lo que ocurre no sólo en el arte contemporáneo, sino también, por ejemplo, en la literatura.
La literatura, de todas las artes, es posiblemente la más popular de las existentes, pero al mismo tiempo, se puede observar en ella los efectos de la actual situación, presentando en nuestros días un panorama desolador, en donde las obras de temática banal y comercial, que son las que abundan, por un lado, compiten en cerrada confrontación, con aquellas otras, que, a pesar de mantener una cierta idea o noción de calidad, aunque sin poseerla en absoluto, no aspiran a otra cosa que al mero entretenimiento, y a obtener unas cuotas de mercado, que posibilite al menos a sus autores, poder seguir viviendo de la literatura. La literatura del momento, por tanto, vive entregada a las fuerzas cada día más descontroladas de la oferta y la demanda, que la han convertido, y creo que de esto nadie puede tener dudas, en un producto comercial más, que se ha adaptado sin problemas a las necesidades del mercado. Ante tal panorama, los pocos que aún creen que es posible modificar la actual situación, intentan, sin esperar mucho de su empeño, presentar obras que desde la calidad, puedan resultar atractivas, al menos para algún sector, de la cada vez más reducida comunidad de lectores, intentando poder algún día demostrar, lo que algunas veces ocurre, que la calidad y el éxito, pueden resultar compatibles. Pero éstos, a pesar de que el camino que señalan es el correcto, son acusados por los que podrían calificarse de puristas (especie de individuos que a pesar de su extrañeza -son en sí raros- pululan en todos los sectores de la actividad humana), de ser unos revisionistas, pues según dicen, la salvación de la literatura, sólo podrá venir desde la pureza, desde la literatura por la literatura. El problema, es que la literatura por la literatura, lo que denominamos literatura pura, independientemente a que sea incomestible, va radicalmente en contra de la misma literatura, y más concretamente de la novela, que desde sus orígenes se encuentra intimamente entrelazada con la vida. Los puristas están convencidos, que la salvación de la literatura, pasa, o debería pasar necesariamente, por la creación de obras que se alejen del gusto y de las posibilidades del lector mayoritario, haciendo de la literatura, un rico manjar, sólo al alcance de unos pocos iluminados. Entre los que piensan de esta forma, según parece, se encuentra Agustín Fernández Mallo, el autor de “Nocilla dream”, una obra, que la exigente la revista Quimera, ha calificado como la mejor novela española del pasado año.
Desde que me enteré de la existencia de la novela en cuestión, y de las singularidades que rodeaban a la misma, como el hecho de que sólo se pudiera adquirir gracias a Internet, al no encontrarse a la venta en las librería convencionales, y que a pesar de dichas limitaciones, para no pocos era la novela del año, deseé leerla para intentar indagar sobre las bases de su éxito. La sensación que he tenido cuando he terminado la lectura, ha sido muy parecida a la que sentí cuando salí de la Bienal, una sensación que basculaba entre el convencimiento de haber sufrido una tomadura de pelo, y la certeza, de que el camino hacia dónde apuntaba dicha novela, no se dirigía a ninguna parte.
“Nocilla dream”, es una novela, lo que es un decir, en donde el lector encuentra múltiples escenas, casi todas independientes entre sí, en donde se narran fragmentos de diferentes historias, aunque también aparecen citas científicas y literarias, de suerte que, lo que muestra Fernández Mallo, es un amplio collage, formado por elementos de una heterogeneidad extrema, que sólo tiene algún interés cuando se está sobre él, mientras se intenta comprender lo que no tiene explicación, pero que se evapora por completo, sin apenas dejar rastro, en el momento en que se da por terminada lectura. Se podría, sin mucho esfuerzo, utilizando la obra, realizar un acercamiento a las endebles estructuras del postmodernismo, también se podría, si se contara con ganas para ello, incluir la novela dentro de la literatura de los márgenes, aunque creo, que el único acercamiento válido a la misma, es aquel que intente no confundirse con los calificativos que ya trae impuestos, e intentar comprenderla como una novela más, que tiene que gustar o no, prescindiendo en un principio de cualquier valoración que pudiera realizarse a posteriori, de esas que se apoyan en elementos ajenos a la propia obra. “Nocilla dream”, en este contexto es una obra, que pese a sus pretensiones, no aporta nada al lector, que pierde todas sus energías, intentando encontrar una justificación a una obra de tales características, intención que tiene que abandonar al comprender, que de lo que se trata, en el mejor de los casos, es de un experimento esteticista, que ha tenido la suerte de caer en gracia a algunos críticos, que dándoselas de exquisitos, creyendo equivocadamente que aún son ellos los que marcan la pautas, le han dado alas a una obra, asentada en virtudes a todas luces cuestionables.
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