viernes, 17 de enero de 2014

Canadá

LECTURAS
(elo.291)

CANADÁ
Richard Ford
Anagrama, 2012

                        Aunque no quería reconocerlo abiertamente, sabía, estaba convencido que esta novela me iba a decepcionar, entre otras razones, porque lo que había leído hasta la fecha de Richard Ford, todo lo que había leído de él que no girara en torno a su personaje emblemático, sobre Frank Bascombe, siempre me había resultado bastante mediocre, o para decirlo de otra forma, demasiado pesado, como si toda la agilidad de su prosa, toda la ironía capaz de transmitir, sólo pudiera desarrollarse en torno a  ese personaje y al mundo que rodeaba a éste. Me pareció soporífera la colección de relatos que publicó bajo el título “Rock Springs”, al igual que los tres relatos comprendidos en “Mujeres con hombres”, por no hablar ya de “Pecados sin cuento”, pero no obstante, ciertas esperanzas se apoderaron de mí cuando me enteré que el autor de “El día de la independencia” había publicado una nueva novela, ya que esperaba que con ella comenzara una nueva etapa después de haber dejado atrás a Bascombe. Pero no, pues “Canadá” me ha demostrado, que Richard Ford es un novelista al que le cuesta demasiado coger vuelo, un novelista que pierde parte de su fuerza y de su agilidad en la confección de sus tramas, lo que convierte a sus novelas en pesados armatostes que aspiran a decir demasiado, pero que aparecen, posiblemente por ello, dotadas de una aridez difícil de soportar.
                        “Canadá” es una novela que habla de que sólo con voluntad es posible modificar el curso del destino al que uno es  empujado, y que todas las situaciones en las que se ve envuelto un ser humano pueden ser reversibles, siempre y cuando se sea capaz de “mirar todo lo de frente que se pueda a las cosas que uno ve a la luz del día”. De voluntad y de ductibilidad, de saber adaptarse a las formas de vida que uno va encontrando, y que son mejores que las anteriores, pues la vida es un continuo de sucesos dispares al que obligatoriamente hay que encontrarle un sentido, y en la que siempre hay que intentar no dejarse llevar por el oleaje, pues en caso contrario, éste logrará estrellarnos “contra las rocas de la desesperación”. En este aspecto, como en casi todos en la obra de Ford, se observa un pensamiento marcadamente norteamericano, que dice que sólo desde el esfuerzo es posible salir de las situaciones adversas en las que se haya podido encallar, en donde mirar hacia delante, dejando atrás el pasado, es la única forma posible, la única, de encarar una existencia digna de ser vivida, evitando que lo contaminado consiga cercenarnos por completo.
                        La historia sobre la que el autor intenta sostener lo anterior, resulta de una aridez extrema, en donde sus supuestos literarios, herederos de lo que en su momento se denominó “el realismo sucio” hacen aguas por todas partes, sobre todo porque esos postulados, en donde el detallismo es fundamental, no pueden soportar una historia narrada a lo largo de quinientas páginas. Este creo que es el grave problema de la novela, que carece de agilidad narrativa, al poseer la narración demasiado peso, y al caer de forma inexplicable, sobre todo al final, en esa extraña tercera parte, en un explicitismo incomprensible, en donde Ford intenta cerrar, de forma un tanto abrupta, todas las ventanas que cree que han quedado abierta, como si el lector fuese incapaz de hacerlo sin ayuda de nadie.
                        A los quince años, dos hermanos mellizos, vieron como su mundo se vino abajo al ser detenidos sus padres después de atracar un banco. La joven, temiendo posiblemente ser internada en una institución estatal, escapa de la casa dejando a su hermano sólo, el cual fue conducido poco después, por una amiga de su madre, a cercana Canadá. Este  es el origen de la novela, que deja claro la  intención del autor, la de comparar, aunque de la hermana apenas se habla en todo el desarrollo de la misma, las diferentes trayectorias que desde ese momento llevan a cabo ambos hermanos, pues mientras que el joven, el auténtico protagonista de la novela, en lugar de hundirse y de dedicarse a relamerse las heridas que ese acontecimiento, y otros que le acontecieron le provocaron, pues  consigue con voluntarismo dejar atrás y superar su pasado hasta conseguir poner a flote su existencia, su hermana, que nunca pudo aceptar lo que le sucedió, cae en una espiral en la que todo le va de mal en peor.
                        Como he dicho con anterioridad, la novela, a pesar de las expectativas, me ha resultado pesada, incluso aburrida, pues en ningún momento ha logrado tirar de mí, habiendo tenido que realizar un importante esfuerzo para lograr terminarla, lo que habla a las claras, de que ni mucho menos ha resultado ser lo que esperaba. El desarrollo de la historia me ha parecido desesperante, de una lentitud excesiva, pero una vez terminada, me ha resultado de una obviedad insultante, llamándome la atención que toda ella girara alrededor de una tesis del autor, que ni mucho menos me ha parecido tan evidente como él ha tratado de subrayar, pues nadie es libre para optar por una u otra alternativa, ya que estoy convencido que siempre aparecen variables incontrolables que dificultan la libre decisión de cada cual. El problema de las novelas de tesis, es  que los personajes siempre suele resultar falsos, sin vida propia, dispuestos sobre el escenario sólo para apuntalar los planteamientos que el autor desea demostrar, aunque también es verdad que existen autores y autores.
                        Creo que “Canadá” es una novela fallida, una novela trabajada y trabajosa, que no merece el esfuerzo de ser leída, en la que Richard Ford deja constancia de lo que hace poco dijo en una entrevista, que “escribir es una labor más artesanal que artística”, aunque en esta obra no ocurre lo que dijo a continuación, “en donde a veces surge el relámpago de la magia”. No, en esta ocasión la magia, lo que hace que algo se convierta en especial, no aparece por ningún lado.

Viernes, 25 de octubre de 2013


lunes, 13 de enero de 2014

El héroe discreto

LECTURAS
(elo.290)

EL HÉROE DISCRETO
Mario Vargas Llosa
Alfaguara, 2013

                        La novela, a pesar de que sabía que inevitablemente acabaría leyéndola, pues son muchas las novelas que he leído de él para no embarcarme en su última entrega, ha permanecido sobre mi mesa durante varias semanas sin que, con voluntarismo, me acercara a ella. Sabía, estaba convencido, que sería de una perfección extrema, que todas las comas y también todos sus puntos estarían en su lugar, y que sin duda me atraparía desde la  primera página, pero al mismo tiempo estaba seguro que no me aportaría nada, al tiempo que tampoco, como ha ocurrido con sus anteriores novelas, supondría ningún avance significativo, ninguno, en la obra del autor peruano. Siempre me ha parecido extraño, desconcertante, que narradores de la talla de Vargas Llosa, que ya no tienen la necesidad de publicar nuevas obras, se dediquen a presentar cada dos o tres años alguna novela, que para colmo literariamente suelen pasar sin pena ni gloria, aunque siempre consigan, como no podía ser de otra forma, auparse a los primeros puestos  en la lista de las novelas más vendidas y también más leídas, novelas que no llegan a alcanzar, en muchas ocasiones  ni de lejos, el nivel medio habitual de quien la escribe, y que dan la sensación de que sólo se realizan para que el autor se sigan manteniendo, como si Vargas Llosa lo necesitara, en el candelero literario, o para cumplir, lo que es mucho más grave, con alguno de los compromisos, o de las clausulas contractuales que los unen a la editorial con la que trabaja. No es agradable observar como autores consagrados, en lugar de profundizar y avanzar en su producción artística en cada  una de las obras que dan a luz, se dediquen, con cierta desgana, a dejar obras que nadie sabe por qué se han llevado a cabo, pues no hubiera pasado nada, si esas obras no hubieran aparecido en las librerías. Recuerdo que esto también le pasó a Saramago en su última etapa, que es lo mismo que le viene pasando a Vargas Llosa desde hace ya bastantes tiempo, que si bien, como tampoco el autor portugués, se dedica a hacer novelas alimenticias, no lo necesita, se embarca en confeccionar novelas que cada día se alejan más del Vargas Llosa atrevido, repleto de vitalidad, que en otros tiempos a tantos nos hizo disfrutar.
                        Pero en esta ocasión, posiblemente porque se ha alejado de la trascendencia de los temas explícitos, de recrear, con sus indudables dotes literarias, la vida de personajes de incuestionable peso como la del dictador Trujillo o la del irlandés Roger Casement, la novela que acabo de leer, que supone un regreso a su territorio literario original, me ha resultado sorprendentemente aceptable y recomendable, pues en ella vuelve a aparecer el Vargas llosa cercano y creíble, que con la profesionalidad que le caracteriza, nos ha regalado una novela aseada con la que poder pasar unas horas de agradable lectura.
                        Sí, de nuevo vuelve a situar una historia en Perú, en el Perú actual, el que disfruta de un importante desarrollo económico, en el Perú de sus penas y de sus alegrías, poniendo en escena a una serie de personajes, algunos de los cuales ya utilizados con anterioridad como Don Rigoberto o Lituma, que consiguen hacer bajar al autor del Olimpo cosmopolita, en el que tan a gusto parece encontrarse, a la realidad cotidiana en la tan bien siempre se ha desenvuelto, y a la que muchos estábamos deseando que volviera.
                        Como es  habitual en Vargas Llosa, la novela se estructura en dos planos, contando dos historias paralelas que son productos, ambas, de la bonanza económica que actualmente disfruta su país, la primera de las cuales, consiste en un chantaje económico, el que padece el dueño de una modesta empresa de transporte de viajeros, Felícito Yanaqué, que se niega a pagar por lealtad a su difunto padre, y la otra, la del dueño de una importante aseguradora peruana, que ya octogenario, decide casarse con su sirvienta con objeto de desheredar a sus dos hijos, que desde siempre se  habían dedicado, entre juerga y juerga, a dilapidar el patrimonio de su padre, y que a lo único que aspiraban es a que éste muriera para quedarse con su fortuna. Una de las  historias se desarrolla en Piura, en el Perú profundo, que sin duda es la mejor, la más elaborada y la más atractiva, y la otra en Lima, señalando el autor las diferencias existentes en el Perú actual, en donde la sofisticación de las altas finanzas contrasta aún con la del otro país, el que con dificultad, trata de salir de su secular subdesarrollo.
                        No cabe duda, al menos a mí no me cabe, que “El héroe discreto” no es ni de lejos una de las mejores novelas de Vargas llosa, pero sí es una novela aceptable, que se deja leer, entre otras razones porque está muy bien escrita, como todas las suyas, pero en la que el lector se encuentra a gusto mientras la lee, sin que el tema se “salga de madre”, al tiempo que observa que los personajes tienen vida propia, a diferencia de lo que ocurría con las anteriores novelas del autor, en el que el desarrollo de las mismas mantenía encorsetado a los personajes, que aparecían en todo momento encadenados al tema y subordinados al mismo, sin vida ni luz propia, lo que en literatura, al menos desde mi punto de vista no resulta aceptable.
                        Tengo que reconocer, por tanto, que me he llevado una agradable sorpresa con “El héroe discreto”, sorpresa que no esperaba y que me ha devuelto a uno de mis autores más frecuentados, del que espero, ya que soy consciente de su capacidad literaria, encontrar al menos una nueva obra de valía en los próximos años.

Martes, 15 de octubre de 2013


domingo, 22 de diciembre de 2013

Una balsa de piedra


LECTURAS

(elo.289)

 

UNA BLASA DE PIEDRA

José Saramago

Alfaguara, 1986

 

                        Después de leer sus tres primeras novelas, que con toda seguridad conforman el núcleo duro de su obra, aunque también son curiosamente las menos leídas, me he reencontrado con “Una balsa de piedra”, novela que después de tantos años me ha vuelto a parecer deliciosa, en donde el autor portugués, siempre tenido como el más triste entre los tristes, demuestra su sutil sentido del humor, que sólo puede apreciarse cuando uno se deja mecer por el suave oleaje de su prosa. El tema sobre el que se asienta la novela es increíble, fantástico, el de que la península ibérica, de la noche a la mañana, se desgaja de Europa y se pone a navegar rumbo a Occidente a través del Atlántico, sin que ninguna causa física lo explique. España y Portugal, de esta forma misteriosa, se separa de la vieja Europa, como si quisieran demostrar, que en el fondo, en lugar de una península siempre había sido una isla, un lugar con singularidad propia, que se resistía a ser sólo una región más de esa Europa desarrollada y civilizada, que sin miramientos, trataba de imponerle sus pautas culturales. “Una balsa de piedra” puede ser considerada como un divertimento del autor, pero también, aunque sin proclamas ni discursos explícitos, como un alegato en favor del iberismo, pero sobre todo, de forma independiente a todas las consideraciones  que pudieran sacarse de ella, como  novela agradable, en donde la humanidad que siempre desprende la  prosa de Saramago inunda a los personajes, que pasan a convertirse en algo más que meros personajes para el lector que se deje seducir con la historia que se le cuenta.

                        También en esta ocasión, al poco de comenzar la novela, y esto me pasa con muy pocos autores, dejé a un lado el tema y me centré en los personajes, en la fuerza de los mismos, que con suavidad, sin estridencias, tal como tiene que ser, ocupan todo el escenario de la novela. Después de describir el extraño suceso, aparecen en distintos lugares una serie de personajes que están convencidos, que por causas que se les escapan, tienen algo que ver con lo acaecido, pues no podía ser normal que alguien tirara una pesada piedra tan lejos, que sintiera, otro, el temblor de la tierra bajo sus piernas, o que con una rama de negrillo se pudiera dibujar una raya imposible de borrar en el suelo, por no hablar ya de que una bandada de estorninos acompañara, desde ese día, a otro de ellos, o que alguien, en la profunda Galicia, no pudiera deshilar por completo un viejo calcetín. No, no era normal, y por ello, acaban uniéndose para explicarse entre ellos lo que les estaba ocurriendo, recorriendo juntos, a pesar de que tres de ellos eran portugueses y dos españoles, toda la península, o para ser más precisos la isla en la que ésta se  había convertido, a lomos de un “Dos Caballos”, y después, cuando éste quedó agotado, sobre una desvencijada carreta.

                        A pesar de que la novela afronta un tema tan potente y tan mágico, tan inverosímil, la historia se hace creíble gracias a los personajes, que consiguen bajarla a tierra, consiguiendo éstos, que el lector acepte la mayor para dedicarse a disfrutar de las insignificantes vidas que poco a poco se van narrando, algo que no está al alcance de cualquier autor, ya que la mayoría, de forma errónea, prefieren quedarse con la grandilocuencia de la idea concebida, que con la obligación que tienen de hacerla “carne”, de humanizarla.

                        Hace veintisiete años que se publicó esta novela, que sinceramente no creo, como dije con anterioridad, que sea más que un divertimento sin carga ideológica alguna, fruto del amor que sentía por España Saramago, que observaba a lo ibérico como algo que iba más allá de ser portugués o español, pero hay que reconocer, que en los momentos en que vivimos, en que ya no sólo las formas culturales y las modas nos llegan desde fuera, sino los ajustes económicos que se nos imponen, que como se observa están empobreciendo a los dos países, “Una balsa de piedra” adquiere una relevancia que cuando se publicó, ciertamente no tenía. Es una novela que hubiera tenido una mayor repercusión, mucho más de la que tuvo en su momento, si en lugar de entonces, cuando parecían que los vientos siempre serían favorables, se hubiera publicado ahora, cuando son muchas las voces, que de forma acrítica, echan la culpa de todos los males que padecemos, predicando cierto aislacionismo, a todo lo que nos llega del exterior. Sí, es posible, pero “Una balsa de piedra”, a pesar de la alegoría de la que parte, señala, creo, hacia otro lugar, hacia la separación de las absurdas diferencias, de los recelos compartidos que siempre han acompañado a las relaciones entre ambos pueblos, y a la certidumbre, por parte del autor, de que la convivencia entre ambos no sólo es necesaria, sino esencial.

                        Sé que el abuso de las alegorías, siempre demasiado explícitas, ha hecho mucho daño a la obra de Saramago, sobre todo en su última etapa creativa, la que llevó a cabo a partir de que concedieran el Nobel, pero estoy convencido que “Una balsa de piedra”, precursora de tal metodología, se salva literariamente al no caer en la simplicidad de sus novelas posteriores, lo que no significa que no se trate de una obra menor si se la compara con las que elaboró con anterioridad, en donde sin duda, el portugués dejó el listón demasiado alto, incluso para sí mismo.

                        No obstante es una novela agradable, que deja buen sabor de boca, de las que todo buen lector de Saramago siempre tendrá presente, pues hay imágenes y situaciones en ella que difícilmente podrá olvidar.

 

Lunes, 23 de septiembre 2013

 

lunes, 2 de diciembre de 2013

Un estado de malestar

LECTURAS


(elo.288)



UN ESTADO DEL MALESTAR

Joaquín Berges

Tusquets, 2012



Como casi todos los temas, el de la crisis que se suele padece alrededor de los cincuenta, que tantos estragos suele producir, se puede afrontar literariamente desde diferentes ángulos, pero me ha llamado la atención el que ha elegido Joaquín Berges, que desde una trama disparatada, consigue dar de lleno en el meollo de la cuestión, que no es otro que la necesidad que tienen los que la padecen de recuperar las ganas de vivir, aunque ello les suponga, tener que mandar al garete la vida que hasta ese momento han venido desarrollando. Toda novela que se precie, ante todo, tiene que cumplir el objetivo que la justifica, que no puede ser otro, que con una voluntad de estilo más o menos elaborado, contar una historia de la forma más eficaz posible, lo que en principio suele bastar para que el lector medio le otorgue su visto bueno. No obstante, hoy en día casi todos los autores consiguen tal nivel mínimo de exigencia, ya que el dominio de la técnica novelística se ha convertido en algo habitual, pero otra cuestión diferente, es que los diferentes autores que pululan por los escenarios literarios, sobre todo los más jóvenes, sean capaces de demostrar algo más que su dominio narrativo, por no hablar ya, de mostrar un discurso diferente, que es lo único que podrá proporcionarles un huevo, un hueco propio, en el cada vez más raquítico panorama literario actual.

Berges, autor al que no conocía a pesar de haber obtenido, al parecer, cierto prestigio con sus dos novelas anteriores, cumple a la perfección con ese nivel primario que siempre hay que exigirle a lo que se lee, que esté bien escrito y que la historia que se cuenta sea aceptable y coherente con el propósito que el autor se impuso, resultando la novela agradable e incluso simpática, pues en determinados momentos uno no tiene más remedio que reírse ante los acontecimientos a los que tiene que enfrentarse el protagonista, por otra parte magistralmente narrados por el autor.

Es posible que lo que más llame la atención de “Un estado del malestar”, es que ante un tema tan arduo y candente, el autor no haya optado por el melodrama al uso, por desarrollar una historia seria y de peso, de esas en que los interrogantes se amontonan unos sobre otros para dejar al lector “acoquinado” frente a esas cuestiones que a tantos arrinconan. Berges apuesta por una historia disparatada, la de un alto ejecutivo de unos grandes almacenes que siente la necesidad de cambiar su vida, que sentía vacía, y que por una mujer, se embarca en el mundo de los vendedores ambulantes, en el de los mercadillos callejeros, todo trufado por un estilo ágil e hilarante, y como no podía ser de otra forma, demasiado explícito, que me ha recordado en más de una ocasión a las últimas novelas de Eduardo Mendoza, lo que no creo que se trate precisamente de un elogio.

Cada cual escribe como quiere o como puede, y es libre, por supuesto, de seguir la estela literaria de quien desee, pero en un mundo como en el que vivimos, y me refiero al literario, al menos los que empiezan, deberían tener la obligación, si realmente desean encontrar un lugar bajo el sol, de crear, aunque sea machete en mano, su propio y singular sendero, no bastando, no pudiendo bastar bajo ningún concepto, dejarse llevar por las comodidades del camino fácil, el que ya está perfectamente rotulado, en el que poder desplegar la técnica que se sabe que ya se posee, poniendo para colmo al servicio de ella, materiales que ya han sido utilizados con anterioridad por otros.

Cada día dicen que se publican más novelas, saliendo a la luz nuevos autores que desaparecen con la misma facilidad con que aparecieron, prueba de ello, es que los novelistas de prestigio, los de referencia, siguen siendo los mismos desde hace veinte años, no existiendo entre ellos, que no son más que tres o cuatro, y los restantes, más que un extraño vacío que a veces, sólo a veces, queda salpicado por los ecos de alguna “esperanza blanca” que al poco quedan silenciados. El problema puede que se deba al escaso nivel de exigencia de estos nuevos autores, pero también tiene, estoy convencido, parte de culpa las editoriales, que en lugar de alentar nuevos discursos narrativos, se conforman con potenciar a aquellos, que por las causas que sean, saben que conseguirán vender el número de ejemplares necesario para hacer mínimamente rentable la inversión que sobre ellos se realizan.

“Un estado del malestar” es una novela que parte con ventaja, pues un amplio sector del público la acogerá con agrado, al igual que acepta a ese extraño personaje de Mendoza que sólo bebe Pepsicolas, pero sobre todo, porque sólo es “una novela de sofá” de esas que tanto en su momento criticó el autor de “El año de los prodigios”, lo que si bien no es poco, pues también hay que saber escribirlas, no es el tipo de literatura que particularmente me interese. Pero como tiene que haber de todo, como siempre hay un público para todo lo que se publica, tengo que reconocer que la novela de Berges tiene su gracia, y que el autor sabe resolver bien las situaciones que crea, que si bien no son muy complicadas, pues realmente nunca se complica la vida en la trama, sabiendo siempre el lector lo que va a ocurrir, sí resulta entretenida. Es por tanto una novela ligera, ideal para ser leída en una de esas tardes de domingo en las que uno sabe que no va a ocurrir nada, cuya mayor virtud es la rapidez, el ritmo acelerado que Berges imprime a la narración, lo que consigue que el que la lea vaya también acelerado detrás del protagonista, sin tiempo para reparar en otras cuestiones, lo que tampoco es poco.



Jueves, 12 de septiembre de 2013

jueves, 21 de noviembre de 2013

El año de la muerte de Ricardo Reis

LECTURAS
(elo.287)
EL AÑO DE LA MUERTE DE RICARDO REIS
José Saramago
Alfaguara, 1984
Releyendo esta novela, que leí por primera vez hace ya bastantes años, he vuelto a certificar la grandeza literaria de José Saramago, un autor del que siempre se ha hablado demasiado y del que curiosamente se ha leído bastante poco, pues su poética, que exige una lectura sosegada, sólo está al alcance de los que prefieren pararse a observar el oleaje de su prosa, las tonalidades que ésta va ofreciendo, sus requiebros y sus giros, que de aquellos otros que sólo aspiran a obtener una visión de conjunto de una historia bien contada, en donde de forma diáfana, y sin muchas complicaciones, toda ella se pueda exponer sin dificultad. Saramago es un autor que hila fino, que huye de la brocha gorda, cuya grandezas se puede comprobar, comprobar y paladear, en cada una de sus largas frases, en el terreno corto del saber estar de sus personajes, en la humanidad de éstos, en la forma de construir, piedra a piedra y de forma delicada, esas historias que aspiran a quedarse en el corazón de quienes las leen. Es uno de esos autores, que no son muchos, que ganan con las relecturas, pues la riqueza literaria de sus obras, siempre desbordantes, se aprecia mejor, se saborea mejor, cuando no se tiene prisa por saber qué van a ocurrir en ellas. Por ello, volver a leer a Saramago siempre es una fiesta, pues gracias a ese ejercicio que cada día hay que practicar más, el de la relectura, uno descubre paisajes que en su momento se le pasaron desapercibidos, los que en la obra del portugués abundan, pues sus historias están elaboradas desde la complejidad de la existencia, de esa misma complejidad de la que muchos otros autores desean escapar.
En “El año de la muerte de Ricardo Reis”, Saramago desea realizar un retrato de Portugal, y más concretamente del paisaje social existente en Lisboa en los años treinta y cinco y treinta y seis del siglo pasado, de ese periodo oscuro en donde el salazarismo, esa extraña dictadura corporativista, se encontraba en su pleno apogeo, y lo hace de forma magistral, de suerte, que la metodología empleada para conseguir tal objetivo, como debe ocurrir en toda buena novela, consigue un protagonismo que apenas deja visible a simple vista lo que se desea mostrar, dejando claro, a diferencia de lo que ocurre en las últimas obras del propio autor, que lo explícito, que lo demasiado explícito, es un peligro que siempre hay que evitar en el arte literario. Sí, porque el lector se desliza por la lectura siguiendo los rastros que van dejando los diferentes personajes que intervienen, sin que se note demasiado la justificación última de los mismos, o lo que es igual, que nada en la narración aparece forzado, mostrándose lo que se señala sólo como una consecuencia natural del devenir de la propia historia y de la forma de ser de los protagonistas de la misma. Pero la visión que queda después de la lectura, es el de un Portugal mediocre, en blanco y negro, en donde el poder se encuentra encima de los ciudadanos, controlándolo todo, y en donde la población, debido al influjo de ese mismo poder, se encuentra a merced de las diferentes directrices que en cada momento se van diseñando, que es lo que imagino que deseaba transmitir Saramago.
Para hablar de ese Portugal oscuro, Saramago saca a la palestra a un heterónimo de Fernando Pessoa, a alguien, y por eso es el elegido, que prefería tener el menor contacto posible con la realidad, a la que deseaba observar sólo desde la distancia, al estar convencido, como en cierta ocasión afirmó, “que sabio es el que se contenta con el espectáculo del mundo”, interviniendo en sus asuntos lo menos posible. Y desde ese mirador, es desde el que se vale Saramago para hablarnos del Portugal de la época, aprovechando también la circunstancia que introduce, la de que su personaje acababa de regresar de Brasil, lo que lo convertía en un desconocedor de lo que ocurría en su tierra, de la que había estado ausente dieciséis años, y a la que en principio había regresado, sólo en principio, para estar presente en el sepelio de Fernando Pessoa, su creador. No se puede negar la inteligencia del autor, pues con esos magníficos mimbres, consigue desarrollar una deliciosa historia, en donde aparecen con todo su esplendor sus mejores constantes literarias, desde su exigente y amorosa prosa hasta esos elementos mágicos, en esta ocasión la aparición en determinadas ocasiones del aburrido fantasma del mismísimo Fernando Pessoa, que hace posible una delicada novela de esas que son preferibles leer, para disfrutarlas mejor, sin prisas de ningún tipo.
Estoy convencido que sus tres primeras novelas, “Alzado del suelo”, “Memorial del convento” y ésta sobre la que estoy escribiendo, son con diferencia las mejores obras del autor portugués, siendo “El año de la muerte de Ricardo Reis”, posiblemente, si no la mejor, por la sencilla razón de que las tres se encuentran a una misma altura, la más atractiva para ser leída, de suerte, y no de forma gratuita, que es la más conocida y posiblemente la más aplaudida del autor. También estoy convencido, que a partir de esta última novela, el autor no conseguirá alcanzar, en las restantes novelas que escribe, los niveles de calidad y de exigencia logrados, por lo que el núcleo duro de su literatura se encuentra en estas tres obras, obras que sin duda deben ser enmarcadas, pues en una época en que la novela de éxito, y no me refiero sólo a los superventas, suelen pasar directamente al olvido al poco tiempo de ser publicadas, es conveniente tener en cuenta que sólo las que se sustenten sobre la calidad, pueden resistir las arremetidas del “viento del olvido, ese que cuando sopla mata”.

Viernes, 26 de julio de 2013




viernes, 18 de octubre de 2013

La fiesta del chivo

LECTURAS
(elo.286)

LA FIESTA DEL CHIVO
Mario Vargas Llosa
Alfaguara,

Desde hace algún tiempo tenía previsto volver a leer esta novela, que para muchos es la última gran novela de Vargas Llosa, y hasta ahora la he tenido pendiente, sin dar nunca el paso necesario, siempre dejando esa relectura para más adelante, porque “La fiesta del chivo” no me había, cuando la leí hace ya algunos años, gustado demasiado. Tengo que reconocer, pese a haber leído creo que toda su obra, que soy bastante crítico con el escritor peruano, y lo soy, porque me encuentro entre los muchos que estiman que es uno de los grandes novelistas existentes, pero también entre los pocos que se atreven a afirmar que me ha defraudado, pues su capacidad para la narrativa, al menos en su segunda etapa, la que para mí comienza con “La guerra del fin del mundo”, ha estado por debajo, a veces muy por debajo de las expectativas, de las enormes expectativas que sus novelas siempre han despertado entre sus lectores habituales. Este puede que sea el motivo, el de comparar lo que publica con lo que hubiera podido publicar, y siempre basándome en la capacidad que sé que posee para su oficio, por lo que las críticas que le he venido realizando a las novelas de Vargas llosa, sobre todo a las últimas, posiblemente no hayan sido todo lo ponderadas que hubieran podido ser, pues soy consciente que he leído otras novelas, de otros autores, de un nivel mucho más bajo que las suyas, que no he criticado con la misma dureza, al haber caído voluntariamente en la trampa, que a pesar de todo creo lógica, de exigirle más a quien sé que puede dar más, al tiempo que apoyar y alentar a los que incluso les cuesta trabajo hacer lo que mejor saben hacer. No obstante, a pesar de considerar que Vargas Llosa hace tiempo que ya no aporta nada en el plano literario, me he sumergido en esta novela, intentando dejar mis prejuicios a un lado, con objeto de calibrar de la forma más objetiva posible una novela, que para muchos es la mejor, la más compleja y ambiciosa, de las escritas por el Nobel peruano.
“La fiesta del chivo” parte de un proyecto complejo, el de narrar “el reinado” de uno de los grandes dictadores sudamericanos, pero a diferencia de otros autores de su generación, pues esas legendarias figuras siempre han estado entre sus obsesiones literarias, partiendo de un dictador real, de alguien que gobernó e impuso su voluntad realmente sobre su pueblo, de Rafael Leónidas Trujillo, el Generalísimo que dirigió los destinos de la República Dominicana durante demasiados años hasta que un atentado acabó con su vida. Otros autores optaron por inventarse a su dictador particular, lo que sin duda les aportó un mayor margen de maniobra, pero Vargas Llosa, posiblemente porque desde hace un tiempo prefiere “tocar tierra”, cuando se embarcó en este proyecto literario se agarra y toma como modelo a uno de los mayores sátrapas sudamericanos, lo que si en un principio le pudo limitar, también le ha podido servir para encuadrar a la perfección el objetivo de su trabajo, sin temer a perderse en los vericuetos que siempre abre la imaginación.
No quiero entrar a comentar esa necesidad, que desde hace algún tiempo, tiene el autor peruano de “agarrarse” a modelos existentes para afianzar sus construcciones literarias, como también hizo en su última novela “El sueño del celta”, pero creo que ese camino resulta o puede resultar bastante restrictivo, frente a las enormes posibilidades que ofrece la ficción, aunque la vertiente positiva de tal actitud, puede servir para conocer y analizar mejor lo que realmente ocurrió, sirviendo para dejar sobre la mesa datos que obliguen a la reflexión. Pero a pesar de lo anterior, hay que reconocer que la personalidad de Trujillo era lo suficientemente desmesurada, para que cualquiera que no conociera su existencia, pudiera creer después de haber leído la novela, que el protagonista de la misma no era más que un producto de la calenturienta imaginación de Vargas Llosa.
Creo que el objetivo del autor, aparte de recordarle a sus lectores el hecho de que haya existido alguien tan siniestro como Trujillo, era el de analizar los sutiles mecanismos sobre los que se sustentaba su poder, además por supuesto de dejar patente la brutalidad con la que actuaba, lo que obligaba a individuos muy superiores intelectualmente, a subordinarse a su personalidad, y no precisamente, o no sólo, para obtener prerrogativas políticas y económicas. Trujillo, según se deja entrever en la novela, tenía algo, un don especial, que obligaba a los demás a obedecer, a dar incluso su vida y lo más preciado que tenían por él, posiblemente porque Trujillo sobre todo representaba el liderazgo y el poder.
Vargas Llosa construye la novela apoyándose en tres pilares fundamentales, sobre tres planos separados, la historia de una exiliada que treinta y cinco años después vuelve a su país, reencontrándose y enfrentándose a la historia que dejó atrás; la del grupo de individuos, cada uno con sus motivaciones, que atentaron contra el Generalísimo, y por último la visión que surge del propio Trujillo, que es la que ilumina su realidad más cercana. Tres visiones que consiguen tejer un retrato bastante completo de lo que fue el régimen trujillista, deteniéndose para prestarle especial atención, en el singular magnetismo que tenía el presidente, en esa misteriosa fuerza que siempre conseguía que todos los que se encontraban cerca de él, se sintieran en la obligación de tener que agachar la cabeza.
No cabe duda que “La fiesta del chivo” es una buena novela, y lo es sobre todo, porque el autor consigue plasmar en ella, de forma plausible, los objetivos que se impuso, pues gracias a su oficio, del que nadie puede a estas alturas dudar, consigue dejar una novela bastante aseada a la que difícilmente se le puede reprochar nada. Sí, “La fiesta del chivo” es una novela aseada y muy digna, pero a pesar de que comparta la opinión de los que afirman que es la mejor novela que ha escrito en los últimos años, creo que se encuentra bastante alejada de otras del autor, sobre todo de las que escribió en su primera etapa, y de lo que se podría por tanto esperar de él, aunque el peruano, desde hace ya bastantes años, parece que limita sólo a construir novelas correctas, sin arriesgar nada como al principio hacía, en las que cualquier lector, desde un principio, sabe lo que ocurrirá en las mismas, lo que está convirtiendo a Vargas Llosa en un novelista al que hay que seguir leyendo, porque sin duda es uno de los grandes maestros, pero del que pocas sorpresas se pueden ya esperar.

Martes, 16 de julio de 2013

jueves, 19 de septiembre de 2013

El día de mañana

LECTURAS
(elo.285)

EL DÍA DE MAÑANA
Ignacio Martínez de Pisón
Seix Barral, 2011

Había oído hablar del autor, pero nunca, a pesar de pertenecer a mi propia generación y a la amplia bibliografía que he comprobado que posee, había leído nada suyo, lo que en este momento no deja de sorprenderme, pues he frecuentado a autores de mucho menor valía de los que he leído casi toda su obra. Lo anterior puede deberse, a que no es un novelista excesivamente nombrado en los círculos que frecuento, pues no recuerdo que nadie de mis conocidos me haya recomendado nunca una obra suya, al igual que tampoco recuerdo, posiblemente porque no haya prestado atención, que la crítica especializada haya elogiado en exceso, tal como hace con otros autores, ninguna de sus novelas. Y me extraña porque, según lo leído, según lo único que he leído de él, es un sólido constructor de historias, lo que pensándolo bien, mi desconocimiento de Martínez de Pisón puede que se deba a ello, a que puede que sólo sea un sólido constructor de historias. Sí, porque siempre he pensado que eso no basta, de que a pesar de que es importante, una buena novela debe poseer algo más que una consistente y cimentada trama, a pesar de que en otros barrios literarios eso precisamente es lo esencial. Posiblemente, por tanto, y soy consciente de que estoy arriesgando demasiado, el motivo por el que la obra de Martínez de Pisón no haya levantado ninguna polvareda a mi alrededor, se deba al hecho de que sólo dejaba tras de sí la historia que contaba, lo que en unos momentos en que ya se han contado todas las historias, no puede bastar. Pero este argumento es demasiado débil, si reconozco que muchos otros autores que suelo leer sólo aportan eso, y no creo que tengan más cualidades de las que me ha demostrado el autor de esta novela, por lo que su “invisibilidad” tiene que sustentarse sobre otras causas, que sin duda se deben encontrar en su forma de hacer literatura, siendo lo más adecuado, antes de seguir aventurándome de forma suicida, intentar encontrar lo que busco en la novela que acabo de leer.
“El día de mañana” es una novela amena, una novela que se lee bien, en la que el lector no encuentra ninguna dificultad pese a presentarse bien trabajada, en la que no existe ninguna concesión de cara a la galería, por lo que hay que decir que es una obra seria, a la que pocas pegas se le pueden encontrar. Se podría decir también, que es una novela formalmente perfecta, en la que se desarrolla una arquitectura, tal y como tiene que ser, ideada para aportarle fuerza y consistencia literaria a la historia que se presenta. Cumple por tanto, con todos los requisitos que una buena novela debe poseer, pero sin embargo, y aquí creo que se encuentra el problema, la novela pese al teórico interés de la misma, en ningún momento llega a perturbar o a emocionar al lector, al carecer de esa “magia” necesaria, casi inexplicable, que de forma misteriosa suele acompañar a toda buena novela que se precie, al menos a aquellas que uno difícilmente consigue olvidar. Parece como si Martínez de Pisón perteneciera a ese grupo de novelistas que podrían calificarse de artesanos, pero que no están dotados por los dioses, siempre caprichosos, para el arte, siendo esta capacidad artística que algunos poseen, la que consigue que una determinada obra literaria se eleve por encima de la mera historia novelada. No se puede olvidar, aunque últimamente se olvide con demasiada frecuencia, en aras de potenciar historias interesantes sin más, que la literatura, que la buena literatura es un arte que no está al alcance de cualquiera, por muy bien dotado que para ese oficio en principio un autor pueda mostrarse.
“El día de mañana” es una crónica de los últimos años del franquismo y de los primeros de la Transición, que se desarrolla en torno a un curioso personaje que vivió aquellos escabrosos años, que pasó de intentar ganarse la vida de la mejor forma que podía, cuando llegó sin nada a Barcelona en compañía de su madre, a ser confidente de la policía para con posterioridad pasar a ser miembro de una de las bandas ultraderechistas que proliferaron y que tanto terror esparcieron por aquellos años. Pero el interés de la novela se encuentra en la forma en que es mostrado el protagonista, ya que a lo largo de la obra, una serie de personajes que tuvieron algún contacto con él, van hablando sobre el mismo, de suerte, que parece que están testificando sobre él, ante un periodista o ante un escritor que quisiera rescatar la historia de ese oscuro individuo, pero con el valor añadido, de que cada uno de esos interlocutores al tiempo que aportaban su visión de Justo Gil, mostraban su propia historia, su propio mundo, lo que proporciona al lector una poliédrica visión de la compleja y enrevesada sociedad de la época.
Como dije con anterioridad, es una novela que se lee bien, y que desde la seriedad, desde el trabajo bien hecho, habla de un periodo histórico que afortunadamente ya quedó atrás, en donde el personaje central, a pesar de confluir en él todas las visiones, aparece un poco desdibujado, pues en ningún momento queda al descubierto su arquitectura psíquica, apareciendo sólo como un superviviente que trataba de no quedar sepultado por las fuertes marejadas que definieron aquellos años.
“El día de mañana” es una novela aconsejable para todos aquellos que deseen pasar un buen rato de lectura, en compañía de un autor que desde el rigor narrativo, habla de unos tiempos que parecen más alejados de nosotros de lo que en realidad están.

Sábado, 6 de julio de 2013