domingo, 22 de diciembre de 2013

Una balsa de piedra


LECTURAS

(elo.289)

 

UNA BLASA DE PIEDRA

José Saramago

Alfaguara, 1986

 

                        Después de leer sus tres primeras novelas, que con toda seguridad conforman el núcleo duro de su obra, aunque también son curiosamente las menos leídas, me he reencontrado con “Una balsa de piedra”, novela que después de tantos años me ha vuelto a parecer deliciosa, en donde el autor portugués, siempre tenido como el más triste entre los tristes, demuestra su sutil sentido del humor, que sólo puede apreciarse cuando uno se deja mecer por el suave oleaje de su prosa. El tema sobre el que se asienta la novela es increíble, fantástico, el de que la península ibérica, de la noche a la mañana, se desgaja de Europa y se pone a navegar rumbo a Occidente a través del Atlántico, sin que ninguna causa física lo explique. España y Portugal, de esta forma misteriosa, se separa de la vieja Europa, como si quisieran demostrar, que en el fondo, en lugar de una península siempre había sido una isla, un lugar con singularidad propia, que se resistía a ser sólo una región más de esa Europa desarrollada y civilizada, que sin miramientos, trataba de imponerle sus pautas culturales. “Una balsa de piedra” puede ser considerada como un divertimento del autor, pero también, aunque sin proclamas ni discursos explícitos, como un alegato en favor del iberismo, pero sobre todo, de forma independiente a todas las consideraciones  que pudieran sacarse de ella, como  novela agradable, en donde la humanidad que siempre desprende la  prosa de Saramago inunda a los personajes, que pasan a convertirse en algo más que meros personajes para el lector que se deje seducir con la historia que se le cuenta.

                        También en esta ocasión, al poco de comenzar la novela, y esto me pasa con muy pocos autores, dejé a un lado el tema y me centré en los personajes, en la fuerza de los mismos, que con suavidad, sin estridencias, tal como tiene que ser, ocupan todo el escenario de la novela. Después de describir el extraño suceso, aparecen en distintos lugares una serie de personajes que están convencidos, que por causas que se les escapan, tienen algo que ver con lo acaecido, pues no podía ser normal que alguien tirara una pesada piedra tan lejos, que sintiera, otro, el temblor de la tierra bajo sus piernas, o que con una rama de negrillo se pudiera dibujar una raya imposible de borrar en el suelo, por no hablar ya de que una bandada de estorninos acompañara, desde ese día, a otro de ellos, o que alguien, en la profunda Galicia, no pudiera deshilar por completo un viejo calcetín. No, no era normal, y por ello, acaban uniéndose para explicarse entre ellos lo que les estaba ocurriendo, recorriendo juntos, a pesar de que tres de ellos eran portugueses y dos españoles, toda la península, o para ser más precisos la isla en la que ésta se  había convertido, a lomos de un “Dos Caballos”, y después, cuando éste quedó agotado, sobre una desvencijada carreta.

                        A pesar de que la novela afronta un tema tan potente y tan mágico, tan inverosímil, la historia se hace creíble gracias a los personajes, que consiguen bajarla a tierra, consiguiendo éstos, que el lector acepte la mayor para dedicarse a disfrutar de las insignificantes vidas que poco a poco se van narrando, algo que no está al alcance de cualquier autor, ya que la mayoría, de forma errónea, prefieren quedarse con la grandilocuencia de la idea concebida, que con la obligación que tienen de hacerla “carne”, de humanizarla.

                        Hace veintisiete años que se publicó esta novela, que sinceramente no creo, como dije con anterioridad, que sea más que un divertimento sin carga ideológica alguna, fruto del amor que sentía por España Saramago, que observaba a lo ibérico como algo que iba más allá de ser portugués o español, pero hay que reconocer, que en los momentos en que vivimos, en que ya no sólo las formas culturales y las modas nos llegan desde fuera, sino los ajustes económicos que se nos imponen, que como se observa están empobreciendo a los dos países, “Una balsa de piedra” adquiere una relevancia que cuando se publicó, ciertamente no tenía. Es una novela que hubiera tenido una mayor repercusión, mucho más de la que tuvo en su momento, si en lugar de entonces, cuando parecían que los vientos siempre serían favorables, se hubiera publicado ahora, cuando son muchas las voces, que de forma acrítica, echan la culpa de todos los males que padecemos, predicando cierto aislacionismo, a todo lo que nos llega del exterior. Sí, es posible, pero “Una balsa de piedra”, a pesar de la alegoría de la que parte, señala, creo, hacia otro lugar, hacia la separación de las absurdas diferencias, de los recelos compartidos que siempre han acompañado a las relaciones entre ambos pueblos, y a la certidumbre, por parte del autor, de que la convivencia entre ambos no sólo es necesaria, sino esencial.

                        Sé que el abuso de las alegorías, siempre demasiado explícitas, ha hecho mucho daño a la obra de Saramago, sobre todo en su última etapa creativa, la que llevó a cabo a partir de que concedieran el Nobel, pero estoy convencido que “Una balsa de piedra”, precursora de tal metodología, se salva literariamente al no caer en la simplicidad de sus novelas posteriores, lo que no significa que no se trate de una obra menor si se la compara con las que elaboró con anterioridad, en donde sin duda, el portugués dejó el listón demasiado alto, incluso para sí mismo.

                        No obstante es una novela agradable, que deja buen sabor de boca, de las que todo buen lector de Saramago siempre tendrá presente, pues hay imágenes y situaciones en ella que difícilmente podrá olvidar.

 

Lunes, 23 de septiembre 2013

 

lunes, 2 de diciembre de 2013

Un estado de malestar

LECTURAS


(elo.288)



UN ESTADO DEL MALESTAR

Joaquín Berges

Tusquets, 2012



Como casi todos los temas, el de la crisis que se suele padece alrededor de los cincuenta, que tantos estragos suele producir, se puede afrontar literariamente desde diferentes ángulos, pero me ha llamado la atención el que ha elegido Joaquín Berges, que desde una trama disparatada, consigue dar de lleno en el meollo de la cuestión, que no es otro que la necesidad que tienen los que la padecen de recuperar las ganas de vivir, aunque ello les suponga, tener que mandar al garete la vida que hasta ese momento han venido desarrollando. Toda novela que se precie, ante todo, tiene que cumplir el objetivo que la justifica, que no puede ser otro, que con una voluntad de estilo más o menos elaborado, contar una historia de la forma más eficaz posible, lo que en principio suele bastar para que el lector medio le otorgue su visto bueno. No obstante, hoy en día casi todos los autores consiguen tal nivel mínimo de exigencia, ya que el dominio de la técnica novelística se ha convertido en algo habitual, pero otra cuestión diferente, es que los diferentes autores que pululan por los escenarios literarios, sobre todo los más jóvenes, sean capaces de demostrar algo más que su dominio narrativo, por no hablar ya, de mostrar un discurso diferente, que es lo único que podrá proporcionarles un huevo, un hueco propio, en el cada vez más raquítico panorama literario actual.

Berges, autor al que no conocía a pesar de haber obtenido, al parecer, cierto prestigio con sus dos novelas anteriores, cumple a la perfección con ese nivel primario que siempre hay que exigirle a lo que se lee, que esté bien escrito y que la historia que se cuenta sea aceptable y coherente con el propósito que el autor se impuso, resultando la novela agradable e incluso simpática, pues en determinados momentos uno no tiene más remedio que reírse ante los acontecimientos a los que tiene que enfrentarse el protagonista, por otra parte magistralmente narrados por el autor.

Es posible que lo que más llame la atención de “Un estado del malestar”, es que ante un tema tan arduo y candente, el autor no haya optado por el melodrama al uso, por desarrollar una historia seria y de peso, de esas en que los interrogantes se amontonan unos sobre otros para dejar al lector “acoquinado” frente a esas cuestiones que a tantos arrinconan. Berges apuesta por una historia disparatada, la de un alto ejecutivo de unos grandes almacenes que siente la necesidad de cambiar su vida, que sentía vacía, y que por una mujer, se embarca en el mundo de los vendedores ambulantes, en el de los mercadillos callejeros, todo trufado por un estilo ágil e hilarante, y como no podía ser de otra forma, demasiado explícito, que me ha recordado en más de una ocasión a las últimas novelas de Eduardo Mendoza, lo que no creo que se trate precisamente de un elogio.

Cada cual escribe como quiere o como puede, y es libre, por supuesto, de seguir la estela literaria de quien desee, pero en un mundo como en el que vivimos, y me refiero al literario, al menos los que empiezan, deberían tener la obligación, si realmente desean encontrar un lugar bajo el sol, de crear, aunque sea machete en mano, su propio y singular sendero, no bastando, no pudiendo bastar bajo ningún concepto, dejarse llevar por las comodidades del camino fácil, el que ya está perfectamente rotulado, en el que poder desplegar la técnica que se sabe que ya se posee, poniendo para colmo al servicio de ella, materiales que ya han sido utilizados con anterioridad por otros.

Cada día dicen que se publican más novelas, saliendo a la luz nuevos autores que desaparecen con la misma facilidad con que aparecieron, prueba de ello, es que los novelistas de prestigio, los de referencia, siguen siendo los mismos desde hace veinte años, no existiendo entre ellos, que no son más que tres o cuatro, y los restantes, más que un extraño vacío que a veces, sólo a veces, queda salpicado por los ecos de alguna “esperanza blanca” que al poco quedan silenciados. El problema puede que se deba al escaso nivel de exigencia de estos nuevos autores, pero también tiene, estoy convencido, parte de culpa las editoriales, que en lugar de alentar nuevos discursos narrativos, se conforman con potenciar a aquellos, que por las causas que sean, saben que conseguirán vender el número de ejemplares necesario para hacer mínimamente rentable la inversión que sobre ellos se realizan.

“Un estado del malestar” es una novela que parte con ventaja, pues un amplio sector del público la acogerá con agrado, al igual que acepta a ese extraño personaje de Mendoza que sólo bebe Pepsicolas, pero sobre todo, porque sólo es “una novela de sofá” de esas que tanto en su momento criticó el autor de “El año de los prodigios”, lo que si bien no es poco, pues también hay que saber escribirlas, no es el tipo de literatura que particularmente me interese. Pero como tiene que haber de todo, como siempre hay un público para todo lo que se publica, tengo que reconocer que la novela de Berges tiene su gracia, y que el autor sabe resolver bien las situaciones que crea, que si bien no son muy complicadas, pues realmente nunca se complica la vida en la trama, sabiendo siempre el lector lo que va a ocurrir, sí resulta entretenida. Es por tanto una novela ligera, ideal para ser leída en una de esas tardes de domingo en las que uno sabe que no va a ocurrir nada, cuya mayor virtud es la rapidez, el ritmo acelerado que Berges imprime a la narración, lo que consigue que el que la lea vaya también acelerado detrás del protagonista, sin tiempo para reparar en otras cuestiones, lo que tampoco es poco.



Jueves, 12 de septiembre de 2013

jueves, 21 de noviembre de 2013

El año de la muerte de Ricardo Reis

LECTURAS
(elo.287)
EL AÑO DE LA MUERTE DE RICARDO REIS
José Saramago
Alfaguara, 1984
Releyendo esta novela, que leí por primera vez hace ya bastantes años, he vuelto a certificar la grandeza literaria de José Saramago, un autor del que siempre se ha hablado demasiado y del que curiosamente se ha leído bastante poco, pues su poética, que exige una lectura sosegada, sólo está al alcance de los que prefieren pararse a observar el oleaje de su prosa, las tonalidades que ésta va ofreciendo, sus requiebros y sus giros, que de aquellos otros que sólo aspiran a obtener una visión de conjunto de una historia bien contada, en donde de forma diáfana, y sin muchas complicaciones, toda ella se pueda exponer sin dificultad. Saramago es un autor que hila fino, que huye de la brocha gorda, cuya grandezas se puede comprobar, comprobar y paladear, en cada una de sus largas frases, en el terreno corto del saber estar de sus personajes, en la humanidad de éstos, en la forma de construir, piedra a piedra y de forma delicada, esas historias que aspiran a quedarse en el corazón de quienes las leen. Es uno de esos autores, que no son muchos, que ganan con las relecturas, pues la riqueza literaria de sus obras, siempre desbordantes, se aprecia mejor, se saborea mejor, cuando no se tiene prisa por saber qué van a ocurrir en ellas. Por ello, volver a leer a Saramago siempre es una fiesta, pues gracias a ese ejercicio que cada día hay que practicar más, el de la relectura, uno descubre paisajes que en su momento se le pasaron desapercibidos, los que en la obra del portugués abundan, pues sus historias están elaboradas desde la complejidad de la existencia, de esa misma complejidad de la que muchos otros autores desean escapar.
En “El año de la muerte de Ricardo Reis”, Saramago desea realizar un retrato de Portugal, y más concretamente del paisaje social existente en Lisboa en los años treinta y cinco y treinta y seis del siglo pasado, de ese periodo oscuro en donde el salazarismo, esa extraña dictadura corporativista, se encontraba en su pleno apogeo, y lo hace de forma magistral, de suerte, que la metodología empleada para conseguir tal objetivo, como debe ocurrir en toda buena novela, consigue un protagonismo que apenas deja visible a simple vista lo que se desea mostrar, dejando claro, a diferencia de lo que ocurre en las últimas obras del propio autor, que lo explícito, que lo demasiado explícito, es un peligro que siempre hay que evitar en el arte literario. Sí, porque el lector se desliza por la lectura siguiendo los rastros que van dejando los diferentes personajes que intervienen, sin que se note demasiado la justificación última de los mismos, o lo que es igual, que nada en la narración aparece forzado, mostrándose lo que se señala sólo como una consecuencia natural del devenir de la propia historia y de la forma de ser de los protagonistas de la misma. Pero la visión que queda después de la lectura, es el de un Portugal mediocre, en blanco y negro, en donde el poder se encuentra encima de los ciudadanos, controlándolo todo, y en donde la población, debido al influjo de ese mismo poder, se encuentra a merced de las diferentes directrices que en cada momento se van diseñando, que es lo que imagino que deseaba transmitir Saramago.
Para hablar de ese Portugal oscuro, Saramago saca a la palestra a un heterónimo de Fernando Pessoa, a alguien, y por eso es el elegido, que prefería tener el menor contacto posible con la realidad, a la que deseaba observar sólo desde la distancia, al estar convencido, como en cierta ocasión afirmó, “que sabio es el que se contenta con el espectáculo del mundo”, interviniendo en sus asuntos lo menos posible. Y desde ese mirador, es desde el que se vale Saramago para hablarnos del Portugal de la época, aprovechando también la circunstancia que introduce, la de que su personaje acababa de regresar de Brasil, lo que lo convertía en un desconocedor de lo que ocurría en su tierra, de la que había estado ausente dieciséis años, y a la que en principio había regresado, sólo en principio, para estar presente en el sepelio de Fernando Pessoa, su creador. No se puede negar la inteligencia del autor, pues con esos magníficos mimbres, consigue desarrollar una deliciosa historia, en donde aparecen con todo su esplendor sus mejores constantes literarias, desde su exigente y amorosa prosa hasta esos elementos mágicos, en esta ocasión la aparición en determinadas ocasiones del aburrido fantasma del mismísimo Fernando Pessoa, que hace posible una delicada novela de esas que son preferibles leer, para disfrutarlas mejor, sin prisas de ningún tipo.
Estoy convencido que sus tres primeras novelas, “Alzado del suelo”, “Memorial del convento” y ésta sobre la que estoy escribiendo, son con diferencia las mejores obras del autor portugués, siendo “El año de la muerte de Ricardo Reis”, posiblemente, si no la mejor, por la sencilla razón de que las tres se encuentran a una misma altura, la más atractiva para ser leída, de suerte, y no de forma gratuita, que es la más conocida y posiblemente la más aplaudida del autor. También estoy convencido, que a partir de esta última novela, el autor no conseguirá alcanzar, en las restantes novelas que escribe, los niveles de calidad y de exigencia logrados, por lo que el núcleo duro de su literatura se encuentra en estas tres obras, obras que sin duda deben ser enmarcadas, pues en una época en que la novela de éxito, y no me refiero sólo a los superventas, suelen pasar directamente al olvido al poco tiempo de ser publicadas, es conveniente tener en cuenta que sólo las que se sustenten sobre la calidad, pueden resistir las arremetidas del “viento del olvido, ese que cuando sopla mata”.

Viernes, 26 de julio de 2013




viernes, 18 de octubre de 2013

La fiesta del chivo

LECTURAS
(elo.286)

LA FIESTA DEL CHIVO
Mario Vargas Llosa
Alfaguara,

Desde hace algún tiempo tenía previsto volver a leer esta novela, que para muchos es la última gran novela de Vargas Llosa, y hasta ahora la he tenido pendiente, sin dar nunca el paso necesario, siempre dejando esa relectura para más adelante, porque “La fiesta del chivo” no me había, cuando la leí hace ya algunos años, gustado demasiado. Tengo que reconocer, pese a haber leído creo que toda su obra, que soy bastante crítico con el escritor peruano, y lo soy, porque me encuentro entre los muchos que estiman que es uno de los grandes novelistas existentes, pero también entre los pocos que se atreven a afirmar que me ha defraudado, pues su capacidad para la narrativa, al menos en su segunda etapa, la que para mí comienza con “La guerra del fin del mundo”, ha estado por debajo, a veces muy por debajo de las expectativas, de las enormes expectativas que sus novelas siempre han despertado entre sus lectores habituales. Este puede que sea el motivo, el de comparar lo que publica con lo que hubiera podido publicar, y siempre basándome en la capacidad que sé que posee para su oficio, por lo que las críticas que le he venido realizando a las novelas de Vargas llosa, sobre todo a las últimas, posiblemente no hayan sido todo lo ponderadas que hubieran podido ser, pues soy consciente que he leído otras novelas, de otros autores, de un nivel mucho más bajo que las suyas, que no he criticado con la misma dureza, al haber caído voluntariamente en la trampa, que a pesar de todo creo lógica, de exigirle más a quien sé que puede dar más, al tiempo que apoyar y alentar a los que incluso les cuesta trabajo hacer lo que mejor saben hacer. No obstante, a pesar de considerar que Vargas Llosa hace tiempo que ya no aporta nada en el plano literario, me he sumergido en esta novela, intentando dejar mis prejuicios a un lado, con objeto de calibrar de la forma más objetiva posible una novela, que para muchos es la mejor, la más compleja y ambiciosa, de las escritas por el Nobel peruano.
“La fiesta del chivo” parte de un proyecto complejo, el de narrar “el reinado” de uno de los grandes dictadores sudamericanos, pero a diferencia de otros autores de su generación, pues esas legendarias figuras siempre han estado entre sus obsesiones literarias, partiendo de un dictador real, de alguien que gobernó e impuso su voluntad realmente sobre su pueblo, de Rafael Leónidas Trujillo, el Generalísimo que dirigió los destinos de la República Dominicana durante demasiados años hasta que un atentado acabó con su vida. Otros autores optaron por inventarse a su dictador particular, lo que sin duda les aportó un mayor margen de maniobra, pero Vargas Llosa, posiblemente porque desde hace un tiempo prefiere “tocar tierra”, cuando se embarcó en este proyecto literario se agarra y toma como modelo a uno de los mayores sátrapas sudamericanos, lo que si en un principio le pudo limitar, también le ha podido servir para encuadrar a la perfección el objetivo de su trabajo, sin temer a perderse en los vericuetos que siempre abre la imaginación.
No quiero entrar a comentar esa necesidad, que desde hace algún tiempo, tiene el autor peruano de “agarrarse” a modelos existentes para afianzar sus construcciones literarias, como también hizo en su última novela “El sueño del celta”, pero creo que ese camino resulta o puede resultar bastante restrictivo, frente a las enormes posibilidades que ofrece la ficción, aunque la vertiente positiva de tal actitud, puede servir para conocer y analizar mejor lo que realmente ocurrió, sirviendo para dejar sobre la mesa datos que obliguen a la reflexión. Pero a pesar de lo anterior, hay que reconocer que la personalidad de Trujillo era lo suficientemente desmesurada, para que cualquiera que no conociera su existencia, pudiera creer después de haber leído la novela, que el protagonista de la misma no era más que un producto de la calenturienta imaginación de Vargas Llosa.
Creo que el objetivo del autor, aparte de recordarle a sus lectores el hecho de que haya existido alguien tan siniestro como Trujillo, era el de analizar los sutiles mecanismos sobre los que se sustentaba su poder, además por supuesto de dejar patente la brutalidad con la que actuaba, lo que obligaba a individuos muy superiores intelectualmente, a subordinarse a su personalidad, y no precisamente, o no sólo, para obtener prerrogativas políticas y económicas. Trujillo, según se deja entrever en la novela, tenía algo, un don especial, que obligaba a los demás a obedecer, a dar incluso su vida y lo más preciado que tenían por él, posiblemente porque Trujillo sobre todo representaba el liderazgo y el poder.
Vargas Llosa construye la novela apoyándose en tres pilares fundamentales, sobre tres planos separados, la historia de una exiliada que treinta y cinco años después vuelve a su país, reencontrándose y enfrentándose a la historia que dejó atrás; la del grupo de individuos, cada uno con sus motivaciones, que atentaron contra el Generalísimo, y por último la visión que surge del propio Trujillo, que es la que ilumina su realidad más cercana. Tres visiones que consiguen tejer un retrato bastante completo de lo que fue el régimen trujillista, deteniéndose para prestarle especial atención, en el singular magnetismo que tenía el presidente, en esa misteriosa fuerza que siempre conseguía que todos los que se encontraban cerca de él, se sintieran en la obligación de tener que agachar la cabeza.
No cabe duda que “La fiesta del chivo” es una buena novela, y lo es sobre todo, porque el autor consigue plasmar en ella, de forma plausible, los objetivos que se impuso, pues gracias a su oficio, del que nadie puede a estas alturas dudar, consigue dejar una novela bastante aseada a la que difícilmente se le puede reprochar nada. Sí, “La fiesta del chivo” es una novela aseada y muy digna, pero a pesar de que comparta la opinión de los que afirman que es la mejor novela que ha escrito en los últimos años, creo que se encuentra bastante alejada de otras del autor, sobre todo de las que escribió en su primera etapa, y de lo que se podría por tanto esperar de él, aunque el peruano, desde hace ya bastantes años, parece que limita sólo a construir novelas correctas, sin arriesgar nada como al principio hacía, en las que cualquier lector, desde un principio, sabe lo que ocurrirá en las mismas, lo que está convirtiendo a Vargas Llosa en un novelista al que hay que seguir leyendo, porque sin duda es uno de los grandes maestros, pero del que pocas sorpresas se pueden ya esperar.

Martes, 16 de julio de 2013

jueves, 19 de septiembre de 2013

El día de mañana

LECTURAS
(elo.285)

EL DÍA DE MAÑANA
Ignacio Martínez de Pisón
Seix Barral, 2011

Había oído hablar del autor, pero nunca, a pesar de pertenecer a mi propia generación y a la amplia bibliografía que he comprobado que posee, había leído nada suyo, lo que en este momento no deja de sorprenderme, pues he frecuentado a autores de mucho menor valía de los que he leído casi toda su obra. Lo anterior puede deberse, a que no es un novelista excesivamente nombrado en los círculos que frecuento, pues no recuerdo que nadie de mis conocidos me haya recomendado nunca una obra suya, al igual que tampoco recuerdo, posiblemente porque no haya prestado atención, que la crítica especializada haya elogiado en exceso, tal como hace con otros autores, ninguna de sus novelas. Y me extraña porque, según lo leído, según lo único que he leído de él, es un sólido constructor de historias, lo que pensándolo bien, mi desconocimiento de Martínez de Pisón puede que se deba a ello, a que puede que sólo sea un sólido constructor de historias. Sí, porque siempre he pensado que eso no basta, de que a pesar de que es importante, una buena novela debe poseer algo más que una consistente y cimentada trama, a pesar de que en otros barrios literarios eso precisamente es lo esencial. Posiblemente, por tanto, y soy consciente de que estoy arriesgando demasiado, el motivo por el que la obra de Martínez de Pisón no haya levantado ninguna polvareda a mi alrededor, se deba al hecho de que sólo dejaba tras de sí la historia que contaba, lo que en unos momentos en que ya se han contado todas las historias, no puede bastar. Pero este argumento es demasiado débil, si reconozco que muchos otros autores que suelo leer sólo aportan eso, y no creo que tengan más cualidades de las que me ha demostrado el autor de esta novela, por lo que su “invisibilidad” tiene que sustentarse sobre otras causas, que sin duda se deben encontrar en su forma de hacer literatura, siendo lo más adecuado, antes de seguir aventurándome de forma suicida, intentar encontrar lo que busco en la novela que acabo de leer.
“El día de mañana” es una novela amena, una novela que se lee bien, en la que el lector no encuentra ninguna dificultad pese a presentarse bien trabajada, en la que no existe ninguna concesión de cara a la galería, por lo que hay que decir que es una obra seria, a la que pocas pegas se le pueden encontrar. Se podría decir también, que es una novela formalmente perfecta, en la que se desarrolla una arquitectura, tal y como tiene que ser, ideada para aportarle fuerza y consistencia literaria a la historia que se presenta. Cumple por tanto, con todos los requisitos que una buena novela debe poseer, pero sin embargo, y aquí creo que se encuentra el problema, la novela pese al teórico interés de la misma, en ningún momento llega a perturbar o a emocionar al lector, al carecer de esa “magia” necesaria, casi inexplicable, que de forma misteriosa suele acompañar a toda buena novela que se precie, al menos a aquellas que uno difícilmente consigue olvidar. Parece como si Martínez de Pisón perteneciera a ese grupo de novelistas que podrían calificarse de artesanos, pero que no están dotados por los dioses, siempre caprichosos, para el arte, siendo esta capacidad artística que algunos poseen, la que consigue que una determinada obra literaria se eleve por encima de la mera historia novelada. No se puede olvidar, aunque últimamente se olvide con demasiada frecuencia, en aras de potenciar historias interesantes sin más, que la literatura, que la buena literatura es un arte que no está al alcance de cualquiera, por muy bien dotado que para ese oficio en principio un autor pueda mostrarse.
“El día de mañana” es una crónica de los últimos años del franquismo y de los primeros de la Transición, que se desarrolla en torno a un curioso personaje que vivió aquellos escabrosos años, que pasó de intentar ganarse la vida de la mejor forma que podía, cuando llegó sin nada a Barcelona en compañía de su madre, a ser confidente de la policía para con posterioridad pasar a ser miembro de una de las bandas ultraderechistas que proliferaron y que tanto terror esparcieron por aquellos años. Pero el interés de la novela se encuentra en la forma en que es mostrado el protagonista, ya que a lo largo de la obra, una serie de personajes que tuvieron algún contacto con él, van hablando sobre el mismo, de suerte, que parece que están testificando sobre él, ante un periodista o ante un escritor que quisiera rescatar la historia de ese oscuro individuo, pero con el valor añadido, de que cada uno de esos interlocutores al tiempo que aportaban su visión de Justo Gil, mostraban su propia historia, su propio mundo, lo que proporciona al lector una poliédrica visión de la compleja y enrevesada sociedad de la época.
Como dije con anterioridad, es una novela que se lee bien, y que desde la seriedad, desde el trabajo bien hecho, habla de un periodo histórico que afortunadamente ya quedó atrás, en donde el personaje central, a pesar de confluir en él todas las visiones, aparece un poco desdibujado, pues en ningún momento queda al descubierto su arquitectura psíquica, apareciendo sólo como un superviviente que trataba de no quedar sepultado por las fuertes marejadas que definieron aquellos años.
“El día de mañana” es una novela aconsejable para todos aquellos que deseen pasar un buen rato de lectura, en compañía de un autor que desde el rigor narrativo, habla de unos tiempos que parecen más alejados de nosotros de lo que en realidad están.

Sábado, 6 de julio de 2013

lunes, 9 de septiembre de 2013

Personas como yo

LECTURAS
(elo.284)

PERSONAS COMO YO
John Irving
Tusquets, 2012

Tengo que reconocer que no esperaba esta novela de Irving, pues estaba convencido que me encontraría, como siempre que me acerco a algunas de sus obras, con una historia bien contada, que en esta ocasión giraría en torno al tema de la homosexualidad; con una novela amena, en donde las dos constantes que en todo momento han acompañado e identificado al autor quedarían una vez más de manifiesto. El norteamericano siempre se ha caracterizado por presentar de historias potentes y entretenidas, de esas que al tener todos los elementos necesarios, consiguen con facilidad atraer la atención de sus lectores, historias muy cercanas a las que desarrollan los grandes especialistas en la construcción de superventas, por lo que siempre he dicho de él, que sus novelas se encuentran a un paso de esos productos literarios, peligro del que sin duda es consciente y que le obliga a construir alambicadas estructuras para huir del mismo, pues si algo no se logra encontrar en sus obras, es la linealidad que caracteriza a los productos que identifican a ese subgénero literario. John Irving, al menos esta es la opinión que sostengo de él, es alguien que se dedica a realizar literatura de entretenimiento de calidad, alguien que siempre se ha volcado en confeccionar, y utilizo este término porque en su caso creo que es el más adecuado, novelas basadas en historias que no van más allá de sí mismas, es decir, que no aportan nada que se encuentren más allá de las historias que narra, tal como ocurre en los best sellers, pero que están narradas con una voluntad estructural que le aporta a sus creaciones un valor añadido que consigue fortalecer sus temas.
Pero en esta ocasión me he encontrado con un texto diferente, que sin abandonar las constantes de su obra, no puedo negar que me ha llegado a sorprender, pues me he topado con una historia, contada a modo de memorias por su protagonista, que para colmo era escritor, que desde la distancia de los años trataba de recordar su vida, una vida que en todo momento había girado en torno a sus tendencias sexuales, y que no me ha aportado absolutamente nada, excepto algunas dudas sobre la concepción que se expone de la homosexualidad, y en la que para colmo, por el hecho de haber rizado demasiado el rizo, la novela me ha resultado excesivamente trabajosa. Sí, son unas memorias que evidentemente el autor, fiel a su estilo, en su intento constante por escapar de la linealidad que puede convertir la historia que cuenta en una novela banal, en una de las muchas que se cuentan, la hace dificultosa sin aportar en cambio ninguna zanahoria detrás de la que el lector pueda correr, ya que al premio que consigue éste después de finalizar la lectura es casi inexistente, sólo el convencimiento de que ha leído una novela escrita por alguien que demuestra que sabe escribir, que demuestra en cada frase que domina el arte de la escritura. Por esto evidentemente no basta, pues a una buena novela, a un buen novelista, siempre hay que pedirle algo más que corrección.
El problema de esta novela hay que buscarlo tanto en la trama como en la estructura, pues ésta, que en determinados momentos puede resultar asfixiante, no consigue realzar un tema que de forma constante amenaza con caerse definitivamente. El título de la novela, “Personas como yo”, resulta engañoso, pues el protagonista, incluso los protagonistas, se alejan de la normalidad, de una normalidad a la que teóricamente aspiran, al centrar toda su existencia tanto en sus experiencias sexuales como en los problemas que la opción sexual elegida les acarrea, de suerte, que al final el lector poco llega a saber de él, aparte de que era escritor y bisexual, lo que creo, por no hablar ya, de la sensación que deja caer, de que la homosexualidad es una cuestión genética que se hereda de padres a hijos, que es algo que no es de recibo a estas alturas. La estructura que crea Irving engaña, al desplegarse para ocultar la debilidad de la historia que cuenta, pero al comprender el lector que lo más importante de la novela es la estructura, ésta llega un momento en que resulta demasiado pesada, lo que consigue hacer posible, como apunté con anterioridad, que la lectura se haga trabajosa, por la sencilla razón de que la historia en ningún momento llega a tirar del lector.
Cuando más arriba comenté que Irving “confeccionaba” sus novelas, lo dije adrede, al estar completamente convencido, de que el norteamericano es un gran artesano de la literatura, pues si algo queda claro después de leer sus obras, es la sensación de que están sobretrabajadas, al quedar todos los cabos que aparecen en ellas perfectamente atados, lo que en esta ocasión, a diferencia de otras, y no precisamente por la temática elegida, sino por la forma en que es tratado el tema, resulta hasta cierto punto agobiante.
Después de haber leído “Personas como yo”, novela desde mi punto de vista fallida, con la que incluso he llegado a aburrirme, me asalta la certeza de que el problema de la misma ha radicado en que Irving ha cambiado de registro, o dicho de otra forma, a que el enfoque que ha elegido no se adapta a su consolidado estilo narrativo, pues estoy convencido, que le hubiera podido sacar más partido al tema que aborda si lo hubiera desarrollado bajo premisas diferentes. De todas formas, hay que reconocer que el norteamericano se ha arriesgado, que se ha atrevido, lo que otros no son capaces de hacer, al salir del territorio que domina, por lo que, aunque el resultado no ha sido ni mucho menos el esperado, no hay más remedio que agradecerle el esfuerzo realizado.

Miércoles, 25 de abril de 2013

lunes, 8 de julio de 2013

Memorial del convento

LECTURAS

(elo.283)



MEMORIAL DEL CONVENTO

José Saramago

Alfaguara, 1982



Recuerdo que hace unos meses, le recomendé a alguien que quería leer algo de Saramago, que sin dudarlo leyera “Memorial del convento”, pues siempre he estimado que esa era su mejor novela, novela que había leído hacía muchos años, pero que recordaba como la más equilibrada y posiblemente la más ambiciosa del portugués. La acabo de volver a leer y sigo subrayando lo anterior, aunque para ser sincero, tengo que reconocer que “Alzado del suelo” se encuentra a su misma altura, lo que en este momento me obligaría a dudar sobre cual elegiría si me viera en la tesitura de tener que elegir entre las dos. No obstante, pese a las dudas, seguiría inclinándome por la segunda novela del autor, por la sencilla razón, de que en ella existen una serie de elementos, literarios y extraliterarios, que la convierten en una obra más compleja y dificultosa, lo que consigue elevar el nivel de su narrativa, al dar un paso hacia delante en su discurso, en donde lo mágico, sin salirse nunca de “madre”, afianza y aporta credibilidad, además de servir para hacer más agradable la lectura, al tiempo que sirve para subrayar algunas cuestiones esenciales que el autor desea destacar. Pero a pesar de ese elemento, lo mágico, que aparece por primera vez en esta novela, y que con posterioridad tendrá un lugar destacado, muy destacado en su obra, lo esencial de la narrativa de Saramago, que ya dejó definido en “Alzado del suelo”, queda intacto, como la humanidad con que dibuja a sus personajes y el dominio total que ejercita sobre el tema, en donde nunca ningún cabo queda suelto, además del sutil, y para muchos desapercibido sentido del humor.

“Memorial del convento” habla de la construcción del convento de Mafra, una faraónica edificación que el rey de Portugal, Juan V, mandó construir con objeto de agradecer el nacimiento de su primer descendiente, una construcción que se observa desde dos planos, desde el que lo proyecta, pero sobre todo, desde los que tienen que soportar, con su trabajo, la ejecución de tal descabellada obra. El peso de la historia recae sobre una pareja, compuesta por un mutilado en una de las innumerables guerras de aquellos años, Sietesoles, y Blimunda, una mujer que tenía la virtud de ver en el interior, cuando se encontraba en ayunas, de todo lo que se anteponía ante ella, a través de cuyos avatares, se puede observar la sociedad de la época, en donde las penurias que embargaban a la mayoría de la población, contrastaban con el despilfarro de una monarquía cuya única función parecía ser la de gastar, la de malgastar todas las ingentes riquezas que llegaban desde las colonias. Pero también en la historia que se cuenta, queda de manifiesto el régimen de terror, que gracias a la Inquisición, ejercía la iglesia de la época, lo que mantenía asustado y subordinado a los sectores más ilustrados a las directrices dominantes.

La narración se mantiene fiel al enfoque y al estilo que Saramago desarrolló en su anterior novela, con unos personajes que se parecen, cosa nada fácil de conseguir, al paisaje en el que viven, y que son tratados con extrema sensibilidad, lo que les aporta esa humanidad y esa credibilidad tan portuguesa que siempre tanto nos llama la atención a los españoles, todo ello adobado gracias a esos párrafos largos, repletos de ondulaciones, de descripciones y de diálogos, que logran apasionar a los que son capaces de zambullirse, sin precauciones, en sus obras. En esta ocasión, Saramago, no presenta a personajes que se revelen ante la situación en la que viven, los tiempos eran otros, sino a individuos sin esperanzas, como siempre ha ocurrido, que se dedican a sobrellevar, de la mejor forma que pueden, las lamentables circunstancias que les han tocado en suerte, intentando poner buena cara a los malos tiempos que se veían obligados a “disfrutar”.

Pero ante tanta apatía, ante tanta “normalidad”, que deja un paisaje calcinado por la resignación, surge lo mágico, el elemento mágico que en esta ocasión no sirve sólo para aderezar la monotonía de la narración, cosa que también consigue, sino para dejar un mensaje implícito, el de que sólo con la voluntad, con la voluntad de todos, es posible alzarse sobre el suelo, para dejar atrás lo inevitable y poder volar, algo tan increíble para los habitantes de aquella época, sobre un mundo que parecía haber sido construido contra los hombres. Sí, porque el escritor portugués se saca de la chistera a un cura heterodoxo obsesionado con la idea de volar como los pájaros, cosa que consigue junto a los dos protagonistas de la novela, pero sólo después de haber comprendido, que el pesado artilugio que había construido, de la única forma que podría levantarse hacia el cielo sería consiguiendo reunir las suficientes voluntades humanas para ello. La voluntad, de esta forma para Saramago, como no podía ser de otra forma, es presentada como el motor de la historia, la única pócima capaz de lograr lo imposible, y no sólo para aupar una pesada máquina desde el suelo, sino para modificar la vida, las condiciones de vida a la que todos estamos, antes y ahora, encadenados.

“Memorial del convento”, después de tantos años, me ha parecido una novela deliciosa, una de esas novelas con las que se puede aún disfrutar con la lectura, pues en cada página, en cada párrafo, hay elementos suficientes, más que suficientes para poder brindar por la literatura, ya que en toda buena novela, y esta lo es, además del resultado final, lo esencial es el placer que se obtiene en cada recoveco de la misma.



Domingo, 16 de junio de 2013.