viernes, 9 de noviembre de 2012

La historia del amor

LECTURAS
(elo.261)

LA HISTORIA DEL AMOR
Nicole Krauss
Salamandra, 2005

No tenía noticias de la existencia de esta autora, pero a raíz de la publicación de su última novela, que los suplementos literarios habían subrayado hace unos días como uno de los acontecimientos literarios del año, me he encontrado, por una serie de circunstancias, con su anterior novela, que venía acompañada, también, de todos los elogios imaginables. Como es lógico, tal como me ocurre cuando me sucede algo así, me encontraba deseoso de terminar lo que estaba leyendo, para perderme en las páginas de ese texto que tanto prometía y que con impaciencia me esperaba sobre mi mesa de trabajo, pero como también me suele ocurrir, y en más ocasiones de las que me gustaría, esa novela “prometida”, a pesar de que literariamente me ha resultado magnífica, me ha dejado bastantes dudas e interrogantes, lo que tampoco es mal asunto, pues tal hecho quiere decir, que tal obra se sale de los previsibles cauces por donde, de forma asfixiante, se ahoga la novela en la actualidad.
Hace unos días, un amigo me recordó una frase que siempre he repetido más de la cuenta, y que de un tiempo a esta parte parece que he olvidado, de repetir por supuesto, posiblemente porque ya la tenga tan asumida que no me hace falta enunciarla cada dos por tres. La cita es de Cortázar, del bueno de Cortázar, y decía que él hacía crítica para mantener sus estándares, es decir, por el mismo motivo que yo trato de comentar lo que leo, pues no todas las ideas que existen sobre la literatura coinciden con la que poseo, lo que no quiere decir, ni mucho menos, que la literatura que parta de concepciones diferentes a las que mantengo, necesariamente tenga que ser mala. No, en absoluto, prueba de ello es esta novela que acabo de leer, que es un prodigio arquitectónico, en donde para colmo la delicadeza con que se trata el tema sobre la que se sustenta, y el fino humor que se puede encontrar en algunas de sus páginas, me hacen comprender que la literatura no se acaba, afortunadamente, en la idea o en la concepción que tengo sobre la misma. “La historia del amor” es una gran novela, y su autora una magnífica novelista, que sin duda, con el tiempo, aportara importantes obras que asombrarán y llenarán de entusiasmo a los que disfrutan con este tipo de novelas, novelas que, al menos desde mi punto de vista no dicen nada, aportando sólo belleza y estructuras perfectamente elaboradas, en donde las historias que se cuentan, a pesar de ser intrincadas y muy trabajadas, dejarán indemnes, a los lectores que de forma entusiasta la aplaudan.
He comentado en muchas ocasiones, que la gran literatura debe, tiene que ser algo más que un texto brillante o entretenido, al tiempo que el novelista no puede quedarse en ser alguien que domina a la perfección los instrumentos que tiene a su disposición, que tiene que ser algo más que un técnico, al necesitar de ese plus añadido que va más allá de saber plasmar la belleza o de saber articular de forma airosa un tema complejo. La gran novela se sitúa más allá de todo ello, pues la novela, aunque cada día más teóricos de la misma se empeñan en lo contrario, tiene que ser mucho más que un texto en donde se cuente bien una determinada historia. Sí, es algo más, o en mi opinión tiene que ser algo más, lo que no quiere decir, como he repetido ya en varias ocasiones, que la que acabo de leer no sea una buena novela, sólo que pertenece a un tipo de literatura que no me interesa.
Posiblemente por mi edad, ya que no pertenezco a las nuevas generaciones que necesariamente se ven en la obligación de imponer sus paradigmas, sigo manteniendo que la novela es un instrumento que aspira a comprender la realidad, un instrumento artístico que trata de desnudar y de dar vida, con paciencia, a los conceptos y a las ideas sobre las que nos asentamos, que intenta ahondar en las contradicciones que nos envuelven, en aquellas cuestiones que aún, a pesar de creerlas asumidas y perfectamente catalogadas, siguen desestabilizándonos.
Y tal labor intenta llevarla a cabo desde parámetros artísticos, pues sin voluntad de estilo la novela deja de ser novela para convertirse en otra cosa, pues la sociología, por ejemplo, debe asentarse en otras metodologías, pero sin huir de lo que ciertamente significa la realidad, en busca de lugares en donde todo parece más diáfano y en donde la existencia se dibuja con colores puros; afrontando interrogantes, aportando respuestas y dejando otros sin responder, gracias a lo cual el lector, además de disfrutar con la lectura, algo esencial, pueda quedarse con algunos temas sobre los que poder, con posterioridad, reflexionar.
“La historia del amor” trata precisamente de eso, de una historia de amor, y de un texto inspirado por aquella historia; de una historia que se truncó por los acontecimientos que se produjeron en la última gran contienda mundial, y por la distancia que ésta impuso entre dos amantes, y también de un libro que desapareció en aquella vorágine. Pero sobre todo habla de la importancia del recuerdo, que a veces es lo único que queda después de todo naufragio, y de lo que puede conseguir la letra impresa, que logra fijar para la eternidad, los sentimientos y las emociones que en un momento dado se llegaron a tener. La novela se desarrolla de forma magistral en tres planos diferentes, que llegan a interrelacionarse entre sí, hasta el punto, que el manuscrito que todos creían perdido llega a las manos de quien tenía que tenerlo, y que gracias al él, pudo conocer la historia de la que provenía.
Novela interesante que desgraciadamente no ha llegado a arraigar en mí como me hubiera gustado, pero que estoy seguro que arrancará elogios de la mayoría de los lectores que conozco, pues tengo que reconocer, que además de con dulzura, está escrita con inteligencia. Posiblemente con demasiada inteligencia, lo que me lleva a pensar, y no digo que sea el caso, de que es una novela típica de esos talleres de escritura creativa avanzada que tanto éxito y tantos resultados están teniendo, que ponen más el acento en las formas, en el objeto artístico en sí, que es visto como algo cerrado, que en el objetivo que debe perseguir toda obra artística, que evidentemente no es sólo el gozo ni el deslumbramiento de los que se acerquen a ella.

Jueves, 4 de octubre de 2012

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