LECTURAS
(elo.261)
LA
HISTORIA DEL AMOR
Nicole
Krauss
Salamandra,
2005
No
tenía noticias de la existencia de esta autora, pero a raíz de la
publicación de su última novela, que los suplementos literarios
habían subrayado hace unos días como uno de los acontecimientos
literarios del año, me he encontrado, por una serie de
circunstancias, con su anterior novela, que venía acompañada,
también, de todos los elogios imaginables. Como es lógico, tal como
me ocurre cuando me sucede algo así, me encontraba deseoso de
terminar lo que estaba leyendo, para perderme en las páginas de ese
texto que tanto prometía y que con impaciencia me esperaba sobre mi
mesa de trabajo, pero como también me suele ocurrir, y en más
ocasiones de las que me gustaría, esa novela “prometida”, a
pesar de que literariamente me ha resultado magnífica, me ha dejado
bastantes dudas e interrogantes, lo que tampoco es mal asunto, pues
tal hecho quiere decir, que tal obra se sale de los previsibles
cauces por donde, de forma asfixiante, se ahoga la novela en la
actualidad.
Hace
unos días, un amigo me recordó una frase que siempre he repetido
más de la cuenta, y que de un tiempo a esta parte parece que he
olvidado, de repetir por supuesto, posiblemente porque ya la tenga
tan asumida que no me hace falta enunciarla cada dos por tres. La
cita es de Cortázar, del bueno de Cortázar, y decía que él hacía
crítica para mantener sus estándares, es decir, por el mismo motivo
que yo trato de comentar lo que leo, pues no todas las ideas que
existen sobre la literatura coinciden con la que poseo, lo que no
quiere decir, ni mucho menos, que la literatura que parta de
concepciones diferentes a las que mantengo, necesariamente tenga que
ser mala. No, en absoluto, prueba de ello es esta novela que acabo de
leer, que es un prodigio arquitectónico, en donde para colmo la
delicadeza con que se trata el tema sobre la que se sustenta, y el
fino humor que se puede encontrar en algunas de sus páginas, me
hacen comprender que la literatura no se acaba, afortunadamente, en
la idea o en la concepción que tengo sobre la misma. “La historia
del amor” es una gran novela, y su autora una magnífica novelista,
que sin duda, con el tiempo, aportara importantes obras que
asombrarán y llenarán de entusiasmo a los que disfrutan con este
tipo de novelas, novelas que, al menos desde mi punto de vista no
dicen nada, aportando sólo belleza y estructuras perfectamente
elaboradas, en donde las historias que se cuentan, a pesar de ser
intrincadas y muy trabajadas, dejarán indemnes, a los lectores que
de forma entusiasta la aplaudan.
He
comentado en muchas ocasiones, que la gran literatura debe, tiene que
ser algo más que un texto brillante o entretenido, al tiempo que el
novelista no puede quedarse en ser alguien que domina a la perfección
los instrumentos que tiene a su disposición, que tiene que ser algo
más que un técnico, al necesitar de ese plus añadido que va más
allá de saber plasmar la belleza o de saber articular de forma
airosa un tema complejo. La gran novela se sitúa más allá de todo
ello, pues la novela, aunque cada día más teóricos de la misma se
empeñan en lo contrario, tiene que ser mucho más que un texto en
donde se cuente bien una determinada historia. Sí, es algo más, o
en mi opinión tiene que ser algo más, lo que no quiere decir, como
he repetido ya en varias ocasiones, que la que acabo de leer no sea
una buena novela, sólo que pertenece a un tipo de literatura que no
me interesa.
Posiblemente
por mi edad, ya que no pertenezco a las nuevas generaciones que
necesariamente se ven en la obligación de imponer sus paradigmas,
sigo manteniendo que la novela es un instrumento que aspira a
comprender la realidad, un instrumento artístico que trata de
desnudar y de dar vida, con paciencia, a los conceptos y a las ideas
sobre las que nos asentamos, que intenta ahondar en las
contradicciones que nos envuelven, en aquellas cuestiones que aún, a
pesar de creerlas asumidas y perfectamente catalogadas, siguen
desestabilizándonos.
Y
tal labor intenta llevarla a cabo desde parámetros artísticos, pues
sin voluntad de estilo la novela deja de ser novela para convertirse
en otra cosa, pues la sociología, por ejemplo, debe asentarse en
otras metodologías, pero sin huir de lo que ciertamente significa la
realidad, en busca de lugares en donde todo parece más diáfano y en
donde la existencia se dibuja con colores puros; afrontando
interrogantes, aportando respuestas y dejando otros sin responder,
gracias a lo cual el lector, además de disfrutar con la lectura,
algo esencial, pueda quedarse con algunos temas sobre los que poder,
con posterioridad, reflexionar.
“La
historia del amor” trata precisamente de eso, de una historia de
amor, y de un texto inspirado por aquella historia; de una historia
que se truncó por los acontecimientos que se produjeron en la última
gran contienda mundial, y por la distancia que ésta impuso entre dos
amantes, y también de un libro que desapareció en aquella vorágine.
Pero sobre todo habla de la importancia del recuerdo, que a veces es
lo único que queda después de todo naufragio, y de lo que puede
conseguir la letra impresa, que logra fijar para la eternidad, los
sentimientos y las emociones que en un momento dado se llegaron a
tener. La novela se desarrolla de forma magistral en tres planos
diferentes, que llegan a interrelacionarse entre sí, hasta el punto,
que el manuscrito que todos creían perdido llega a las manos de
quien tenía que tenerlo, y que gracias al él, pudo conocer la
historia de la que provenía.
Novela
interesante que desgraciadamente no ha llegado a arraigar en mí como
me hubiera gustado, pero que estoy seguro que arrancará elogios de
la mayoría de los lectores que conozco, pues tengo que reconocer,
que además de con dulzura, está escrita con inteligencia.
Posiblemente con demasiada inteligencia, lo que me lleva a pensar, y
no digo que sea el caso, de que es una novela típica de esos
talleres de escritura creativa avanzada que tanto éxito y tantos
resultados están teniendo, que ponen más el acento en las formas,
en el objeto artístico en sí, que es visto como algo cerrado, que
en el objetivo que debe perseguir toda obra artística, que
evidentemente no es sólo el gozo ni el deslumbramiento de los que se
acerquen a ella.
Jueves,
4 de octubre de 2012

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