miércoles, 29 de mayo de 2013

Liquidación final

LECTURAS

(elo.279)



LIQUIDACIÓN FINAL

Petros Márkaris

Tusquets, 2011



De vez en cuando, con objeto de oxigenarme un poco, siento la necesidad de leer una novela de corte policiaco, pues sé que con ellas siempre vuelvo a recuperar el placer de la lectura por la lectura, el de tirarme en el sofá para que me cuenten una historia en la que al final todo cuadre a la perfección, una de esas historias que consiguen hacerme olvidar por unas horas, sólo por unas horas, de las preocupaciones cotidianas y de aquellas otras cuestiones que suelen lograr enturbiarlo todo. Este tipo de novelas siempre representan, o en la mayoría de los casos, el triunfo de la razón, y por ello, suelen servir parar reconfortarnos y para hacernos creer, que todo al final volverá al lugar que le corresponde, pero también están ideadas, las buenas, para mostrar escenarios complejos, en donde la prosa rápida y concisa de los especialistas del género, analiza, sin complicarse mucho la vida, como de pasada, el marco en donde los protagonistas de las mismas actúan. Siempre, aunque sé que no es lo correcto, me han interesado más esos escenarios que se dibujan en las novelas negras que la resolución de los problemas que en ellas se plantean, la personalidad de los protagonistas que la metodología que utilizan para esclarecer los conflictos a los que éstos se enfrentan, posiblemente porque en ellas observo un afilado instrumento de análisis social que siempre me ha llamado la atención.

El otro día me pasaron la última novela de Petros Márkaris, y aunque no me había interesando demasiado lo que con anterioridad había leído de él, no dudé en comenzar su lectura, posiblemente porque necesitaba tomar aire, y porque, para qué negarlo, me interesaba profundizar en la visión que el autor posee de las causas que han provocado la crisis griega, que tanto me sorprendió en la serie artículos que escribió, para el público alemán, y que se recopilan en su texto “La espada de Damocles”. Para mi sorpresa, esta nueva aventura del comisario Kostas Jaritos me ha resultado mucho más interesante que la que protagonizó en “Con el agua al cuello”, de suerte que podría decir que la he leído casi de “una sentada”, lo que es la primera obligación que tiene que cumplir toda novela policiaca que se precie, y en la que subraya, por supuesto, su opinión sobre las motivaciones que han empujado a su país a la situación en la que se encuentra y que ha convertido a “Grecia es un enorme manicomio”, como en su momento dijo karamanlis. Sí, Grecia es para Márkaris también un enorme manicomio en donde nunca nada ha funcionado, ni el Estado, ni los propios ciudadanos griegos, pues ni uno ni otros han actuado nunca pensando en el bien común, en la comunidad, sólo en sus propios intereses.

En esta ocasión Jaritos se enfrenta a un caso curioso, al de alguien que después de haber sido engañado por el Estado, se dedica a realizar una serie de asesinatos, primero matando a dos evasores fiscales, y después, a dos empresarios que valiéndose de sus influencias en la Administración, habían conseguido una considerable fortuna, acciones que una vez publicitadas, le proporcionaron el aplauso y la simpatía de la población, de una población cansada de recortes que ya sólo se veía capaz de confiar en un héroe popular que surgiera de la desesperación y que sólo aspirara a hacer justicia.

En estas dos acciones criminales, en el objetivo de las mismas, se centran para Márkaris los dos males fundamentales de su país, la generalizada actitud de la clase empresarial que sólo declara al fisco parte de sus ganancias, y la que llevan a cabo cierto número de ciudadanos, que valiéndose de sus contactos, consiguen magníficos contratos y concesiones por parte de la Administración, a lo que había que sumar, en un caso como en otro, la consciente dejadez de un Estado que ante esos hechos siempre se dedica a mirar hacia otro lado cuando no a potenciarlos, mientras que la mayoría de la población se hunde poco a poco en la miseria.

Sí, el Estado para el creador del comisario Jaritos, y por supuesto la clase política que siempre lo ha regentado como si fuera de su propiedad, es el causante de casi todos los males que padece en estos momentos Grecia y los griegos, y posiblemente por ello, en esta novela hace una apuesta fuerte por la sociedad civil, por el futuro de los griegos fuera de la siniestra y corrupta sombra estatal, cuando su hija, después de apostar por no emigrar, decide establecerse como profesional independiente en lugar de intentar como todo buen griego, conseguir un puesto de trabajo en la Administración. En “Liquidación final”, a pesar del ambiente de desolación que se masca en toda la novela, se puede atisbar esa pequeña luz de esperanza, muy leve ciertamente, que podría encontrarse en esa juventud sobradamente preparada, que pese a los problemas que encuentra para desarrollar su presente, se niega a abandonar su país.

La novela se lee muy bien, muy rápidamente pese a su relativo grosor, lo que significa que está bien construida, a base de pequeños capítulos que van marcando los diferentes pasos que van produciéndose en la trama, sin que se observe ninguna ambición por parte del autor por salirse de las pautas sobre las que debe apoyarse este tipo de novelas. Pero literariamente las novelas de Márkaris tienen un problema, desde mi punto de vista crucial, el de que a veces las imágenes que proporcionan resultan demasiado explícitas, lo que se nota demasiado, chirriando, en algunas conversaciones que en la misma se producen, que no son nada naturales, como las que mantiene en determinados momentos el comisario con su hija.

No obstante, estimo que esta novela sí merece la pena ser leída, por lo que es, como una novela de serie negra con la que se puede pasar un fin de semana de agradable lectura, que para colmo puede ayudar, desde la distancia, a comprender un poco mejor la caótica situación que padece Grecia, que cada día que pasa tiene mayores similitudes con la española.



Miércoles, 24 de abril de 2012

miércoles, 15 de mayo de 2013

Baila, baila, baila

LECTURA
(elo.278)

BAILA, BAILA, BAILA
Haruki Murakami
Tusquets, 1988

Después de la positiva e inesperada experiencia que hace poco tuve con la lectura de “After Dark”, no he dudado en esta ocasión en zambullirme en la última novela que de Murakami se ha publicado en nuestro país, con la intención de evadirme durante un tiempo con ella, al tiempo que intentar comprender mejor el universo literario del japonés, que si bien no me interesa demasiado, tengo que reconocer que al menos es singular. El primer objetivo que me impuse, el de pasar sin complicaciones unas horas agradables de lectura, lo he conseguido sobradamente, pues “Baila, baila, baila”, es una novela entretenida que agarra con facilidad gracias a la agilidad narrativa que muestra el autor, que sin complicarse la vida en ningún momento, consigue crear los elementos necesarios para obligar al lector a no perder el hilo de las trama que crea, a la que condimenta con episodios oníricos que logra momentos de intriga, que en buena medida son los que hacen posible que la historia se mantenga en pie, pues la debilidad de la misma, y este hecho se comprueba al final, cuando se consigue una perspectiva total, resulta asombrosa. Sí, la historia se sostiene en buena medida por esos episodios eminentemente kafkianos que Murakami inserta con gran maestría en la narración, y que son los que en buena medida distinguen su literatura, pero también, por el mensaje que desea dejar, que es sobre el que se articula todo lo demás y lo que justifica en último extremo la novela, que sin duda es lo que más llama la atención, y lo que también más me aleja de él, en esta ocasión, el de la necesidad que todos tenemos de ocupar el lugar que nos corresponde en el mundo, pues sólo desde ese lugar, es posible poder atarnos a él.
Me gustan las novelas que digan algo, que apunten hacia algún lugar, que aporten alguna enseñanza, pues no puedo soportar aquellas que carecen de contenido, las inanes que sólo aspiran a justificarse por el estilo con el que se desarrollan, pero como dije en alguna otra ocasión, lo peor que le puede pasar a una novela es que su contenido sea demasiado explícito, lo que en las novelas de Murakami se agrava al girar todo en torno a pensamientos, o sobre sentencias demasiado manoseadas, más propias de libros sagrados, o de libros de autoayuda, que de la vida real que a todos nos envuelve.
Creo que este es el coctel que ha convertido a Murakami en un escritor de éxito, a saber, su indudable maestría literaria, sus exóticos y siempre inquietantes toques oníricos y sus contenidos morales, siempre políticamente correctos aunque de cara a la galería puedan parecer transgresores. Pero esta fórmula que tan buenos resultados le ha aportado, es lo que al mismo tiempo le aleja de la literatura de calidad, acercándole más a los autores de best sellers, que de aquellos otros que aún tratan de encontrar nuevos territorios en donde la literatura pueda arraigar. Uno entra en sus novelas y tiene la sensación de que tienen truco, y para colmo, se queda con la desagradable sensación de que nunca se llega en ellas al fondo de los problemas que plantea, que se detiene ante el enunciado del pensamiento o de la sentencia sobre la que se articula, como si la vida consistiera en eso, en sólo obedecer o acercarse a determinados postulados que son los que nos podrán aportar, si no la felicidad, sí algo parecido a ella, que no se sabe bien lo que es, pero que parece que entronca más con la estabilidad que con cualquier otro estado anímico.
Cuando leo una novela de Murakami, al menos esa es la sensación que las mismas siempre me han provocado, me inunda la certeza de que todo es más fácil de lo que parece, y que los problemas ante los que sus protagonistas se enfrentan provienen de un hecho evidente, de que éstos, como el resto de los mortales, se han alejado de la simplicidad y de la luminosidad que aporta el camino correcto, y que sólo hay que volver a él, aunque cueste trabajo hacerlo, para que todo de nuevo vuelva a su cauce, y claro, ese optimismo y esa simplicidad intelectual, choca de forma radical contra la complejidad de nuestras sociedades avanzadas en las que viven todos sus personajes.
En esta ocasión, el protagonista de la novela, que vive de forma apática una existencia a la que no le encuentra sentido, tiene unos sueños que le obligan a abandonarlo todo para regresar a un extraño lugar, en donde se encuentra con algo o con alguien, el hombre carnero, quien le da a entender que allí se halla el centro de su mundo, que allí se encuentra el lugar en donde podrá conectar de nuevo con las cosas, y que gracias a lo cual, podrá conseguir de nuevo la justificación que tanto necesita su existencia. Y efectivamente, después de superar una serie de cuestiones, allí, en aquella ciudad, que curiosamente no era la suya, encuentra lo que podrían ser el principio de su nueva vida.
En esta novela se observa un mundo complejo, en donde diferentes personajes se encuentran a la deriva, casi todos ahogados por sus propios problemas, ante los cuales no atisban una salida aceptable, pero sin embargo la salida que propone el autor es de una simplicidad extrema, a lo que para colmo, y este hecho me ha llamado la atención, hay que añadir la aparición de personajes extraños, poco creíbles, que cogido por alfileres juegan un papel esencial en la trama, y no me refiero al hombre carnero, sino por ejemplo, aparte de la niña, personaje que por irreal resultaría insostenible en cualquier otra novela, la de la joven recepcionista de la que el protagonista parece incomprensiblemente enamorarse, y a la que se agarra para conectar de nuevo con el mundo real. En fin, una novela extraña, que se lee bien, pero que no resiste el más mínimo análisis, motivo por el que posiblemente haya tardado más de veinticuatro años en publicarse en nuestro país.
No obstante, me llama la atención el éxito de Murakami, el prestigio que en determinados ámbitos posee, lo que puede deberse precisamente a esas soluciones tan simples que plantea, que tan deseosos estamos, todos, de poder algún día alcanzar.

Sábado, 13 de abril de 2013








sábado, 4 de mayo de 2013

Todo lo que era sólido

LECTURAS


(elo.277)



TODO LO QUE ERA SOLIDO

Antonio Muñoz Molina

Seix Barral, 2013



Desde que me enteré de su existencia, tenía interés de leer este texto de Muñoz Molina, que se presentaba como una reflexión sobre lo que nos ha ocurrido y sobre lo que inesperadamente nos está ocurriendo, pues el juicio del jiennense, siempre equilibrado y dotado de esa cordura que tanto se echa de menos, me ayudaría, estaba convencido, a obtener otra perspectiva tanto de la crisis como de los efectos de la misma. Sí, otra perspectiva, que en esta ocasión no sería la de un economista ni la de un sociólogo, ni tan siquiera la de un politólogo, sino la de un novelista, la de alguien acostumbrado a mirar con otros ojos, a lo que había que unir, el importante hecho de que Muñoz Molina vivía a caballo entre España y los Estados Unidos, lo que sin duda, aparte de la credibilidad que el autor siempre me ha aportado, me acercaría a una visión distinta de la que suelo escuchar cotidianamente. No obstante, tampoco esperaba encontrar nada del otro mundo, nada nuevo que me ayudara a alumbrar la raíz del problema o de los problemas, estando incluso convencido, que se apoyaría en todos los lugares comunes que ya se han expuesto hasta el cansancio, pero también estaba seguro, que su visión, que su mirada me resultaría más interesante, más sincera y verídica que la de los diferentes comentaristas que se amonan habitualmente a los medios.

Lo que más me ha llamado la atención una vez terminada la lectura, es la sorpresa que le produce al autor, cada vez que pasa un tiempo fuera del país, observar la omnímoda ocupación que la política mantiene sobre todos los ámbitos de nuestra vida pública, a diferencia de lo que ocurre por ejemplo en los Estados Unidos, lugar en el existe una clara separación de espacios, en donde la sociedad civil posee un lugar destacado en los mismos, o lo que es lo mismo, la extrema politización partidista de la vida pública española, en donde la colonización que ejercen los partidos sobre ella resulta a todas luces excesiva, encontrando en este hecho, que a nosotros no nos llama tanto la atención, porque estamos acostumbrado a ello, una de las causas de la deplorable situación en la que nos encontramos.

Siempre se habla, siempre hablo de la escasa politización que padece la sociedad española, que desde mi punto de vista es la causa última del escaso control que se ejerce sobre la clase política, que desde los tiempos de la Transición, de la instauración del nuevo régimen, basándose en la apatía y en el desinterés manifiesto de la ciudadanía, ha venido haciendo lo que en todo momento le ha apetecido, a veces en beneficio de la sociedad de la que dependían, y otras, en favor de sus propios intereses de clase. Sí, lo que subraya Antonio Muñoz Molina es cierto, pues contrasta y llama la tención la debilidad del tejido social, el escaso número de asociaciones, de movimientos ciudadanos existentes, con el aparatoso peso de las estructuras de los partidos y la abrumadora influencia que estos ejercen sobre todos los ámbitos de la vida social, lo que a las claras habla de que algo se ha hecho mal. Aunque sólo sea por este motivo, que es cardinal, pues las consecuencias han sido desastrosas, hay que comenzar a plantearse que la tan elogiada Transición a la democracia no fue tan exitosa como en todo momento se nos ha querido hacer ver, pues del modelo que se impuso, provienen parte de los errores de bulto que se han cometido y que estamos padeciendo.

El nuevo régimen que se implantó, desde arriba, desde los altos cenáculos del poder, se sustentaba, según se dijo para dotarlo de estabilidad, en la fortaleza de los partidos políticos mayoritarios, que se quedaron con el control de la política, sin mostrar ningún interés, a pesar de lo necesario que era, de impulsar desde sus propios aparatos una pedagogía democrática que potenciara una sociedad autónoma, responsable, crítica y sostenible, de suerte, que aceptaron el papel encomendado de tutelar a una ciudadanía, a la que por su bien, por el bien de los propios partidos políticos y del sistema, había que mantener alejada de la política.

Por ello, sin encontrar apenas oposición, los partidos se apoderaron de la sociedad, y no sólo del Estado, pasando a gestionar todos los ámbitos existentes, desde el económico al legislativo, desembarcando como un elefante en una cacharrería incluso en las instituciones que teóricamente se crearon para que ejercieran un control sobre ellos, lo que mientras todo fue bien, a nadie pareció importarle. Pero ahora se comprende, cuando todo se derrumba, el despropósito de tal dejación, la nefasta utilización de lo público consentida por todos, que nos ha conducido directamente a la ruina, por haber permitido que unos irresponsables sin control de ningún tipo y siempre pendientes de los resultados a corto plazo, y lo que es aún peor sin proyecto de país, se hayan dejado llevar por las circunstancias favorables, gastando más de lo que tenían, sin preocuparse por planificar, desde sus privilegiados observatorios, un futuro mínimamente sostenible para todos. Ni tan siquiera la izquierda, tanto tiempo en el poder, supo implementar una pedagogía de la austeridad, dejando que el consumismo compulsivo, por parte del estado y por parte de la ciudadanía, lo arrasara todo, incluso lo más sagrado, como la joya de la corona, el Estado del bienestar.

Para Muñoz Molina todos somos en buena medida responsables de lo acaecido, unos por dejarnos llevar y hacer “la vista gorda”, y otros por egoísmo y por incompetencia, por lo que ahora, cuando todo lo que creíamos que era sólido parece que se ha evaporado, posiblemente para no volver, es conveniente que nos planteemos muy seriamente una rectificación o una refundación de nuestra sociedad, que en lo esencial tiene que consistir, en que cada cual se dedique a hacer bien lo que sabe hacer, con seriedad y con esmero, pues esta es la única forma, la única, de revitalizarla de nuevo, en donde cada cual debe volver a cumplir con su papel de forma exigente, pues entre otras cosas “la fiesta ha terminado”.

A pesar de que no aporta nada novedoso, me han parecido muy interesantes, pero sobre todo muy sensatas las reflexiones que lleva a cabo Muñoz Molina en este trabajo, en el que deja claro el lugar que ocupa en estos momentos dentro de “la inteligencia” de este país, el de la responsabilidad cívica, el de la centralidad democrática.



Domingo, 24 de marzo de 2013