
LECTURAS
(elo.197)
EL PAÍS DEL MIEDO
Isaac Rosa
Seiz Barral, 2008
Después de esta novela, diferente en todos los sentidos a “El vano ayer”, sigo manteniendo, en lo esencial, la misma opinión que tenía de Isaac Rosa, la de alguien dotado, muy dotado para la narrativa, pero que no llega atraparme debido al tratamiento que le da a las historias que desarrolla.
En contra de lo que esperaba, en esta ocasión afronta un tema que nada tiene que ver con la historia más o menos reciente de nuestro país, que es en el que se había especializado en sus anteriores novelas, sino que intenta profundizar en una cuestión de indudable actualidad, la del miedo que padece el hombre de nuestro tiempo ante lo que desconoce. El miedo, el temor ante lo que no se consigue controlar pero que de forma sigilosa vive junto a nosotros, y que en un momento dado, si por desgracia se producen una serie de circunstancias, puede hacer que nuestras vidas se modifiquen de forma radical, o lo que es lo mismo, de la fragilidad de la existencia que llevamos, que parece que se desarrolla en extraño equilibrio, rodeada y amenazada por infinidad de peligros. Pienso que en esta novela, el autor trata de poner el dedo en la llaga, sobre un hecho evidente, el de que la estabilidad y la prosperidad que se ha alcanzado, se asienta sobre un peligroso campo minado, que en cualquier momento, por un mal paso, puede estallar destrozando no sólo nuestras vidas, sino todo lo que se encuentra a su alrededor. El problema, al menos a mí me lo parece, aunque también creo que al propio autor, es que la situación que se aporta en la novela, el de la defensa, aunque sea de forma violenta de nuestro mundo, puede que en lugar de una solución, sea lo que con el tiempo acabe realmente con él.
Isaac Rosa cuenta la historia de una pequeña extorsión, la que realiza un adolescente a un compañero de instituto, que por una serie de circunstancias se convierte en un continuo chantaje al padre de ese mismo adolescente, que acaba, cuando comprueba que nada puede hacer por las buenas o mediante los instrumentos legales que tiene a su disposición, con la utilización de la fuerza, de la fuerza bruta para erradicar el problema. Estos hechos sin importancia, que le pueden ocurrir a cualquiera, también pueden ser, como creo que es, una imagen de lo que a pequeña escala le está comenzando a ocurrir a Occidente, a nuestro mundo desarrollado, que hace un tiempo empezó a pagar un sin número de pequeños chantajes, que aún afortunadamente puede soportar, pero que con seguridad, llegará un momento, con todo lo que ello puede significar, que tendrá que comenzar a utilizar la fuerza, para acallar todas las voces, tanto desde su interior, en donde el cuarto mundo crece sin descanso, como desde fuera de sus fronteras, que le acusan de ser el causante de todos sus problemas, y que por ello, por obligación, tiene que hacerse cargo de todas las facturas que se le presenten. Esa violencia que Occidente tendrá, si las cosas siguen como hasta ahora, que llevar a cabo, con toda seguridad le conducirá a un enroque defensivo, que sin duda alguna certificará el principio de su fin.
El protagonista de la novela es alguien civilizado, con una vida apacible, una persona que sopesa antes de dar un paso todas las consecuencias que tal movimiento podrían ocasionar, que cree en la eficacia de los equilibrios, en la justicia y en la ley, que sueña con una vida apacible en donde todo vaya cuadrando de la mejor forma posible. Es un individuo que se parece casi milimétricamente a la sociedad en la que vive, de suerte que podría decirse que se trata de un hijo modélico de la misma. Pero todos, o casi todos los que observan desde cerca de ese individuo, en un abrir y cerrar de ojos, lo calificarían como alguien débil, que evidentemente no merece la posición que ocupa. El hombre de nuestro tiempo es un ser débil, civilizado pero débil, que se apoya en las estructuras sociales que ha encontrado y que ha perfeccionado, para dedicarse a vivir de la mejor forma posible, despreocupándose de cuestiones secundarias como todas las referentes a la intendencia. Así son también, y así son vistas por todos los que no pertenecen a ella nuestras sociedades, que a pesar de presentarse como modélicas, presentan rasgos que delatan su fragilidad. La complejidad a la que han llegado, con alambicadas estructuras diseñadas para que todos los que vivan en su seno se sientan satisfechos, la convierten en lentos mastodontes con dificultades evidentes de movilidad, que le impiden rediseñarse a la velocidad que exigen los cambios, a veces vertiginosos, que se producen a su alrededor, y que la dejan impotente a la hora de afrontar problemas en principio fáciles de solventar. Nuestras sofisticadas sociedades de derecho se encuentran en peligro, y no hacen nada pese a ser conscientes del problema o de los problemas que padecen, para hacer frente al eminente asalto de los bárbaros que se acumulan dentro y fuera de sus fronteras, deseosos de participar en el festín en el que creen que permanentemente vivimos los que nos encontramos en esta orilla, y no hacen nada, en parte porque en el fondo están convencidas, que se haga lo que se haga, ese proceso que ya ha comenzado resultará inevitable.
Dije al principio que la obra de Isaac Rosa, pese a sus innegables cualidades, y también por los magníficos temas que elige, que nunca podrán considerarse banales, no llega a atraparme como me gustaría, y eso con toda seguridad se debe, al tratamiento que le aporta a las historias que presenta. En este caso, no se dedica como hizo en “El vano ayer”, a desplegar una asombrosa y atractiva estructura, sino que de forma lineal y con un lenguaje en mi opinión demasiado frío, más propio de un ensayo que de una novela, va desarrollando la trama, de forma que, en ningún momento busca la sintonía con el lector. Esto último me parece bien, ya que en esa complicidad muchos autores, consiguen un éxito que no merecen, pero la frialdad de Rosa creo que lo aleja más de la literatura de lo que en principio él mismo podría imaginar, lo que tampoco veo mal si no fuera por el hecho de que esa estrategia narrativa, independientemente a lo interesante que resulte, le impide sacar todo el jugo que los temas que trata podrían aportar.
Martes, 22 de junio de 2010
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