miércoles, 3 de febrero de 2010

La gesta de los caballistas


LECTURAS
(elo.177)

LA GESTA DE LOS CABALLISTAS
Manuel Chaves Nogales
Austral, 1937

Hasta ahora, la obra de Manuel Chaves Nogales, a pesar de tener excelentes referencias de ella, me resultaba completamente desconocida. Nunca, lo reconozco, había tenido un interés real por acercarme a ella, lo que puedo atribuir, a que se trataba de alguien, que por su heterodoxa visión de la guerra civil, y de todo lo que sucedió en la misma, no se encontraba entre los autores alabados y consagrados por los herederos de alguno de los dos bandos que se enfrentaron entre sí. La denominada progresía, sector que para bien o para mal es el que ha monopolizado la vida cultural durante demasiados años en este país, siempre se ha conformado con darle la espalda al periodista sevillano, manteniéndolo en el olvido al no difundir su obra, a diferencia de lo que hizo, con innumerables autores de menor valía que sí se ajustaban a sus parámetros. No hace mucho leí la que para muchos es su obra cumbre “Juan Belmonte matador de toros”, texto que no me dejó un buen sabor de boca, al basarse en determinados arquetipos que siempre he detestado sobre el arte, la sabiduría y la gracia de los andaluces. No obstante, mientras leía ese libro, cayó en mis manos, sin esperarlo y sin buscarlo, “A sangre y fuego”, conjunto de relatos que bajo el magnífico subtítulo de “Héroes, bestias y mártires de España”, estoy leyendo y saboreando desde hace tiempo, poco a poco, como hay que hacer siempre con las cosas de gran valor, que me está haciendo comprender, lo que en realidad se ocultó y alimentó aquella fraticida contienda, que no fue otra cosa que el odio y la barbarie, realidades que fueron reavivadas por unas ideologías que consiguieron, gracias a su poder movilizador, profundizar y agrandar la brecha que dividía por aquel entonces a la sociedad española. Si el primer relato que leí, “Masacre, masacre”, consiguió sobrecogerme, éste, posiblemente más cercano, me ha obligado a reflexionar sobre el poder que poseen las ideologías, no ya para empujar hacia la violencia, sino para dinamitar todos los puentes que en condiciones normales se deben tender entre los seres humanos, o lo que es lo mismo, para encastillarnos en grupos cerrados entre sí, que provocan la incomunicación, que con posterioridad, y de forma inevitable, da paso a la violencia. Esa incomunicación, para colmo, hace imposible la política, que es el arte de mantener en todo momento las puertas abiertas, y que aspira a eso tan difícil, en determinadas circunstancias, que es establecer e institucionalizar acuerdos entre los que, en principio, difícilmente podrían llegar a entenderse. Sin política es imposible la convivencia, y sin ésta, la civilización sólo podrá ser una ilusión. La barbarie es prepolítica, y se asienta en la creencia de que uno siempre tiene razón, y que el otro, el diferente, el que no es de los nuestros, nunca podrá llegar a tenerla, lo que significa, que para imponer la razón, la verdad, es imprescindible como paso previo, acabar con ese otro que se presenta como enemigo, y que en el fondo lo único que desea es imponer la sinrazón y la falsedad. Así las cosas, cuando en el mundo reinan las ideologías, cuando las sociedades se configuran como conjuntos de bloques herméticamente cerrados entre sí, se dan todos los condicionantes, para que al menor roce todo salte por los aires, como ocurrió en la España del treinta y seis.
Chaves Nogales aborda la anterior cuestión dibujando una historia, en los inicios de la guerra civil, en donde queda de manifiesto, que pertenecer a uno de los dos bandos, imposibilitaba eso tan natural y necesario como es la amistad con alguien que militara en la causa contraria, al poder acarrear la acusación de alta traición. Días después del “glorioso” alzamiento, la represión por parte de los golpistas se extiende por el campo andaluz, no siendo pocos los terratenientes, los señoritos andaluces, que crean partidas con objeto de ayudar al ejército regular a exterminar a “los rojos” que aún mantenían cierta resistencia en lo que ellos denominaban sus territorios. En una de esas partidas iba Rafael, el hijo de uno de aquellos señoritos que “se habían tirado al monte”, que presta ayuda, haciendo “la vista gorda”, con objeto de que pudiera escapar un antiguo amigo suyo, el maestro del pueblo, que para colmo era el cabecilla de los comunistas de la zona. Ambos fueron detenidos, pero uno fue fusilado, evidentemente el maestro, mientras que el otro, fue enviado a un exilio dorado a Gibraltar.
En esta historia, el autor, quiere dejar claro, que entre las dos españas enfrentadas, existía otra España, minoritaria por supuesto, que fue aplastada por ambos bandos, cuyos miembros, si tuvieron suerte, pudieron abandonar el país, o en caso contrario, quedar durante demasiado tiempo enterrados en el ostracismo más absoluto. La figura del señorito Rafael, representa a todos lo que no podían comprender el odio que se desparramó y anegó a un país, al que le resultó más fácil intentar solucionar sus seculares contracciones a garrotazos que por medio de la razón.
Este pequeño pero intenso relato, habla a las claras del terror que se apoderó de España a consecuencia del odio acumulado y de la incapacidad de los españoles de afrontar los problemas mediante el diálogo, pero también deja en evidencia, la importancia de la obra de Chaves Nogales para intentar comprender lo que ocurrió, lejos de los discursos propagandísticos que aún llegan hasta nosotros, en esa España que tardó tantos y tantos años en recuperarse, debido a la ingente cantidad de sangre que se derramó.
Miércoles, 23 de diciembre de 2009

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