LECTURAS
(elo.327)
HORMIGÓN
Thomas Bernhard
Alfaguara, 1982
Después
de la conmoción que me supuso la lectura de “Extinción”, sin dada la mejor
novela que he leído en los últimos tiempos, novela corrosiva, dura y adictiva,
la lectura de “Hormigón”, a pesar de su
calidad, es posible que por las expectativas puestas en ella, me ha supuesto
cierta decepción, tanto en lo referente al estilo como a la forma de exponer el
tema ideado. Cierto que es una novela más accesible, y no sólo porque apenas
llega a las doscientas páginas, sino porque en su conjunto es mucho más
explícita, al tiempo que menos homogénea, pues se podría pensar que la segunda
parte de la misma es una novela, estilísticamente hablando diferente a la
primera, dando la sensación, que el escritor quería terminarla lo antes
posible, de forma que se podría también afirmar, que un poco precipitadamente.
Esto es, sin duda, lo que más me ha molestado de la novela, lo que me ha
provocado este mal sabor de boca que ahora, mientras escribo estas líneas,
soporto.
Decir
que “Hormigón” es una mala novela no sería correcto, pero sí lo sería, decir
que es una novela descompensada, que cuando se concentra en el monólogo del
protagonista mantienen un alto nivel, aunque menor, mucho menor que el que se
desarrolla en “Extinción”, pero que cae, e incluso se despeña, cuando ese mismo
protagonista cuenta la historia que cierra la novela. Hasta que llega a Palma,
a Palma de Mallorca, la novela podría tomar cualquier camino, no imaginando el
lector hacia dónde se dirigirá el desarrollo de la misma, lo que siempre es un
acierto, pero a partir de ese momento, cuando sentado en el Borne le llegan al
protagonista una serie de recuerdos, todo queda demasiado a la intemperie,
incluso el estilo, que pierde precisión, llegando incluso, lo que en casi todas
las circunstancias en literatura resulta catastrófico, a resultar demasiado
explícita.
“Hormigón”,
de forma sintética, habla de lo injusto que resulta permanecer encerrado
paranoicamente pensando en lo tétrica que para uno es la existencia, mientras
que la mayoría de los mortales tienen que hacer frente a problemas realmente
importantes; de lo miserable que es, por ejemplo, permanecer en jaque y
paralizado porque no se puede comenzar un trabajo sobre Félix Mendelssohn, autor
al que se ha estudiado durante más de diez años, como le ocurría al
protagonista de la novela, frente a la magnitud de una catástrofe como la de
perder a un ser querido al que uno, de
forma inconsciente, ha empujado al suicidio. O dicho de otra forma, a que a veces
nuestras cuitas, nuestros problemas existenciales, al permanecer encerrados en
ellos, en el fondo no son más que un suave y civilizado oleaje frente a los
continuos tsunamis que otros tienen constantemente que padecer. O, que las
cuestiones que desestabilizan a cierta burguesía decadente y afectada, son de
risas, frente al voluminoso catálogo de problemas que embargan al resto de la
humanidad.
Alguien
dijo en cierta ocasión, que una novela hay que analizarla en su conjunto, como
un todo, como un todo complejo cuando la novela en sí es de calidad, atendiendo
a que todas sus partes se encuentren equilibradas, y en la que cada una de
ellas cumpla con su papel. El papel del estilo elegido no puede ser otro que el
de potenciar el tema, por lo que el estilo tiene obligatoriamente que adaptarse
a la historia que se exponga, a no ser, que se trate de adaptar esa historia
escogida a un estilo concreto, lo que casi siempre resulta demasiado forzado y
que sólo está al alcance de unos pocos. Posiblemente esto último es lo que le
ocurre a esta novela de Bernhard, que el autor, ha forzado el tema más de la
cuenta para adaptarlo a su peculiar y exigente estilo narrativo, en un mal
planteamiento de la misma.
Cada
autor tiene su propio estilo, su sello personal que lo hace inconfundible, su
marca propia que no tiene que modificar en cada tema que aborde, no, porque
ésta no es la cuestión. El problema es de planificación, de saber adaptar la
historia, sin que rechine demasiado a la singular forma que se tenga de narrar,
de hacer propia la historia, de que todo se exponga, por muy sofisticado que
sea el estilo que se posea, de forma natural e implícita. Y en esto creo que ha
fallado Bernhard en esta ocasión, en que la historia a partir de cierto momento
se le desborda, se le va de las manos y tiene que cerrarla con media estocada,
lo que desluce la faena.
La
voluntad de estilo es lo que convierte a una historia escrita en literatura, y
esa voluntad de estilo, aunque a veces de forma desmedida, está siempre en
Bernhard, de suerte, y no quiero exagerar, que después de leer al autor austriaco
todo se ve literariamente diferente, desde otra perspectiva, y es que el arte,
como el propio autor dijo en otro lugar, ante todo tiene que ser exagerado, a lo
que yo añadiría que amanerado e incluso manierista, aunque aparentemente se
muestre diáfano. A pesar de lo que opino de esta novela, que a pesar de lo
dicho se encuentra por encima de la media, a Bernhard hay que seguir leyéndolo
y leyéndolo, porque en su literatura se encuentra la literatura en estado puro.
Lunes, 10 de
agosto de 2015.

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