viernes, 22 de enero de 2016

Hormigón

LECTURAS
(elo.327)

HORMIGÓN
Thomas Bernhard
Alfaguara, 1982

                        Después de la conmoción que me supuso la lectura de “Extinción”, sin dada la mejor novela que he leído en los últimos tiempos, novela corrosiva, dura y adictiva, la lectura de “Hormigón”, a pesar de  su calidad, es posible que por las expectativas puestas en ella, me ha supuesto cierta decepción, tanto en lo referente al estilo como a la forma de exponer el tema ideado. Cierto que es una novela más accesible, y no sólo porque apenas llega a las doscientas páginas, sino porque en su conjunto es mucho más explícita, al tiempo que menos homogénea, pues se podría pensar que la segunda parte de la misma es una novela, estilísticamente hablando diferente a la primera, dando la sensación, que el escritor quería terminarla lo antes posible, de forma que se podría también afirmar, que un poco precipitadamente. Esto es, sin duda, lo que más me ha molestado de la novela, lo que me ha provocado este mal sabor de boca que ahora, mientras escribo estas líneas, soporto.
                        Decir que “Hormigón” es una mala novela no sería correcto, pero sí lo sería, decir que es una novela descompensada, que cuando se concentra en el monólogo del protagonista mantienen un alto nivel, aunque menor, mucho menor que el que se desarrolla en “Extinción”, pero que cae, e incluso se despeña, cuando ese mismo protagonista cuenta la historia que cierra la novela. Hasta que llega a Palma, a Palma de Mallorca, la novela podría tomar cualquier camino, no imaginando el lector hacia dónde se dirigirá el desarrollo de la misma, lo que siempre es un acierto, pero a partir de ese momento, cuando sentado en el Borne le llegan al protagonista una serie de recuerdos, todo queda demasiado a la intemperie, incluso el estilo, que pierde precisión, llegando incluso, lo que en casi todas las circunstancias en literatura resulta catastrófico, a resultar demasiado explícita.
                        “Hormigón”, de forma sintética, habla de lo injusto que resulta permanecer encerrado paranoicamente pensando en lo tétrica que para uno es la existencia, mientras que la mayoría de los mortales tienen que hacer frente a problemas realmente importantes; de lo miserable que es, por ejemplo, permanecer en jaque y paralizado porque no se puede comenzar un trabajo sobre Félix Mendelssohn, autor al que se ha estudiado durante más de diez años, como le ocurría al protagonista de la novela, frente a la magnitud de una catástrofe como la de perder a  un ser querido al que uno, de forma inconsciente, ha empujado al suicidio. O dicho de otra forma, a que a veces nuestras cuitas, nuestros problemas existenciales, al permanecer encerrados en ellos, en el fondo no son más que un suave y civilizado oleaje frente a los continuos tsunamis que otros tienen constantemente que padecer. O, que las cuestiones que desestabilizan a cierta burguesía decadente y afectada, son de risas, frente al voluminoso catálogo de problemas que embargan al resto de la humanidad.
                        Alguien dijo en cierta ocasión, que una novela hay que analizarla en su conjunto, como un todo, como un todo complejo cuando la novela en sí es de calidad, atendiendo a que todas sus partes se encuentren equilibradas, y en la que cada una de ellas cumpla con su papel. El papel del estilo elegido no puede ser otro que el de potenciar el tema, por lo que el estilo tiene obligatoriamente que adaptarse a la historia que se exponga, a no ser, que se trate de adaptar esa historia escogida a un estilo concreto, lo que casi siempre resulta demasiado forzado y que sólo está al alcance de unos pocos. Posiblemente esto último es lo que le ocurre a esta novela de Bernhard, que el autor, ha forzado el tema más de la cuenta para adaptarlo a su peculiar y exigente estilo narrativo, en un mal planteamiento de la misma.
                        Cada autor tiene su propio estilo, su sello personal que lo hace inconfundible, su marca propia que no tiene que modificar en cada tema que aborde, no, porque ésta no es la cuestión. El problema es de planificación, de saber adaptar la historia, sin que rechine demasiado a la singular forma que se tenga de narrar, de hacer propia la historia, de que todo se exponga, por muy sofisticado que sea el estilo que se posea, de forma natural e implícita. Y en esto creo que ha fallado Bernhard en esta ocasión, en que la historia a partir de cierto momento se le desborda, se le va de las manos y tiene que cerrarla con media estocada, lo que desluce la faena.
                        La voluntad de estilo es lo que convierte a una historia escrita en literatura, y esa voluntad de estilo, aunque a veces de forma desmedida, está siempre en Bernhard, de suerte, y no quiero exagerar, que después de leer al autor austriaco todo se ve literariamente diferente, desde otra perspectiva, y es que el arte, como el propio autor dijo en otro lugar, ante todo tiene que ser exagerado, a lo que yo añadiría que amanerado e incluso manierista, aunque aparentemente se muestre diáfano. A pesar de lo que opino de esta novela, que a pesar de lo dicho se encuentra por encima de la media, a Bernhard hay que seguir leyéndolo y leyéndolo, porque en su literatura se encuentra la literatura en estado puro.


Lunes, 10 de agosto de 2015.

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