domingo, 16 de mayo de 2010

El vano ayer


LECTURAS
(elo.188)

EL VANO AYER
Isaac Rosa
Seix Barral, 2004

El franquismo, esa larga dictadura que ensombreció a este país durante más tiempo del que nadie pudo imaginar, debido posiblemente a que para vergüenza de algunos resultó imposible derribarlo, queda en la memoria de la gran mayoría de la población, curiosa y sorprendentemente como un periodo de transición entre la España del treinta y seis y la nueva España que surgió del propio régimen. De hecho, esa dictadura sigue siendo justificada por muchos, que la observan desde la distancia, no ya como lo que realmente fue, un régimen autoritario y sangriento, empeñado en imponer sus postulados al precio que fuera, sino como un sistema político paternalista que sólo aspiraba a que este país, de una vez por todas, descubriera las sendas de la normalidad. Esto es así, y para comprobarlo sólo hay que prestar oídos cuando se habla de aquel periodo, por dos motivos fundamentales, porque el régimen se mantuvo en el poder durante demasiado tiempo, lo que posibilitó una labor pedagógica, o de adoctrinamiento de gran calado, y porque por desgracia, al menos para unos cuantos, consiguió morir en su propia cama. Sí, el régimen franquista murió de muerte natural después de demasiadas décadas controlando de forma omnímoda el poder, ya que en realidad la oposición al mismo era, a pesar del heroísmo que en determinados momentos demostró, demasiado débil y escasa para poder perturbarlo, lo que indudablemente se debió a la represión que en todo momento padeció, y a la falta de contacto real con las necesidades de la población, que se quiera o no, resultaban diferentes a las que desde la distancia ella pensaba. El régimen franquista, y esto hay que repetirlo de forma constante para recordar la dimensión del mismo, murió en la cama de muerte natural, lo que le sirvió para planificar su propio sepelio, dejando fuera de juego, es decir en los márgenes en donde siempre estuvieron, en unos territorios desde los que resultaba imposible pensar en un mañana coherente y a la altura de una población cuyos problemas y aspiraciones iban por otros senderos, a todos lo que soñaban, porque creían que era de justicia, con aquello que se denominó “La ruptura democrática”.
A estas alturas, estoy convencido que el gran mérito del franquismo, pudiéndose observar desde esa perspectiva tanto su duración como su eficacia, radicó en la creación de una clase media a imagen y semejanza de la moral que predicaba, gracias a unos postulados morales con los que durante años y años, y desde todos los ángulos, se bombardeó a una población, que con escasa actitud crítica, se enorgullecía y daba las gracias por la estabilidad, la prosperidad y por el periodo de paz que dicho régimen le había proporcionado, ya que el franquismo se postuló desde un primer momento, y se preocupó para que esa idea se solidificara en la mentalidad de la población, como una especie de rompeolas, o de dique que salvaguardaba a la ciudadanía del caos, del cainismo que siempre, como no se cansaba de repetir, se encontraba anidado en el corazón de los españoles. Repito una vez más que el franquismo murió en la cama, y que consiguió tan loable proeza, gracias a que fue lo suficientemente inteligente, como para confeccionar una sociedad que se identificaba con su forma de entender la realidad, por lo que, carece de sentido la crítica que aún se escucha, de que era un régimen dirigido por palurdos y por arribistas, ya que en el fondo y con perspectiva, o mejor dicho con la perspectiva que aportan los años, se demuestra que consiguió lo que en verdad se proponía, hecho que demuestra su inteligencia, su inteligencia aplicada.
Quien no fue inteligente fue la oposición, y eso a pesar, de que la que operaba dentro del país se jugaba literalmente la vida con sus actividades. Pero no ser inteligente no significa que no haya que elogiar el esfuerzo que realizó, un esfuerzo desperdiciado por unas estrategias nefastas que eran consecuencia de la visión equivocada tanto de las necesidades como de las aspiraciones de los españoles de la época, como de lo que había que hacer para modificar esa consciencia colectiva mayoritaria que creía que se encontraba cerca, muy cerca de poder colmar dichas aspiraciones.
“El vano ayer”, en el fondo, puede considerarse como una especie de homenaje a esa oposición, o mejor dicho, al cúmulo de dificultades a las que tuvieron que enfrentarse los que se atrevieron a levantar la voz contra ese régimen que de forma despiadada y sistemática trató con todos los medios que tenía a su alcance, que eran muchos, de acabar con todos los que no estaban conforme a bailar a su son. En contrapartida a su cara benefactora, que era la que llegaba a la opinión pública, el franquismo fue un régimen basado y sustentado en la represión, represión que tuvieron que padecer muchos de los que, desde la universidad o desde el mundo sindical, se organizaron con objeto de acabar con él. Para ese trabajo represivo, las denominadas fuerzas de seguridad, utilizaron todas las herramientas que tenían a su disposición, desde la tortura hasta la utilización de infiltrados, y todo con objeto de desarticular a la anémica oposición que trataba, con más voluntad que acierto, de asentarse en el interior del país. En esta lucha constante entre la oposición y las fuerzas represivas del régimen se desarrolla esta curiosa, sí, diré que curiosa novela, en donde queda de manifiesto las enormes dificultades a las que tuvieron que enfrentarse las fuerzas antifranquistas, en su intento por hacerse notar, por amplificar su voz, en un cuerpo social, que vivía de espaldas a todo aquello hacia lo que señalaban dichas organizaciones.
Isaac Rosa crea dos personajes, un oscuro profesor universitario y un joven activista, sobre los que articula toda la obra, pero en lugar de dibujar a dos héroes, de esos que despliegan integridad por cada pliegue de su personalidad, hace que sobre ellos recaiga la duda, pues al desaparecer ambos después de un abortado intento de huelga general, ningún lector, con los datos que va obteniendo, puede decir a las claras, si en realidad fueron unos héroes que arriesgaron sus vidas o su posición, o si por el contrario se trataban de dos infiltrados de la policía. Este creo que es el gran éxito de la novela, pues en unos tiempos tan oscuros, no tendría sentido, aunque muchos en su apología permanente a la oposición antifranquista no lo hubieran dudado, crear personajes que sólo fueran blancos o que sólo fueran negros, pues el gris dominante de aquel periodo, no era el fondo de escenario más propicio para personajes diáfanos y contundentes. Lo anterior, efectivamente, es lo más valioso de la narración, al menos así lo pienso, pero lo que sin dudas llama más la atención, es la forma con que el autor afronta la novela, pues mediante lo que él llama “la novela en acción”, va haciendo, o intentando hacer creer al lector que la novela va construyéndose poco a poco ante su presencia, introduciendo en la misma todo tipo de información externa, de personajes que al parecer conocieron a los protagonistas o diferentes variables sobre los mismos que podían o no ser ciertas, pero que quedan ahí, precisamente para eso, para que el lector se mantenga con la duda hasta el final, o para intentar que éste no se agarre a ningún madero que crea seguro.
A pesar de lo efectista que resulta la novela, de lo arriesgada que es, o posiblemente por eso, “El vano ayer”, pese a lo interesante que en algunos momentos puede llegar a resultar, no creo que se trate de una novela redonda, de esas que puedan soportar o exigir una segunda lectura, ya que más que una novela literaria, es un experimento narrativo de esos, que en contra de lo que parece, al final aportan menos trigo del esperado.

Jueves, 25 de marzo de 2010

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