sábado, 23 de enero de 2010

la mujer rota


LECTURAS
(elo.176)

LA MUJER ROTA
Sinone de Beauvoir
Biblioteca de pensamiento crítico, 1.968

Le comenté el otro día a un amigo, que existen novelas que sólo apuntan al argumento sobre el que tratan, pero que hay otras, que son las que me interesan, que señalan hacia lo que se esconde detrás de la trama que desarrollan. Mientras que las primeras son las que podrían calificarse de entretenimiento, es decir novelas a las que se recurre sólo para pasar un rato más o menos agradable, las segundas, son algo más que meras narraciones, ya que siempre invitan a la reflexión, a ese deporte tan desacreditado y tan poco practicado en nuestros días. Estas últimas, a pesar del valor añadido que poseen, lamentablemente casi siempre pasan desapercibidas para el gran público, que sigue entendiendo la literatura, sólo como un método, como otros muchos existentes, ideada para abordar o para neutralizar el tiempo libre sobrante. Pero si algo tengo claro a estas alturas, lo que es mucho decir, es que la literatura siempre se ha apoyado en estas obras, de suerte, que si tiene futuro, si es capaz de de superar la sempiterna y la cada día más amenazante crisis que la atenaza, sólo podrá conseguirlo gracias a estas obras diseñadas y construida para algo más que para que sus lectores pasen con ellas un rato agradable.
Leer a Simone de Beauvoir en estos extraños tiempos que nos han tocado vivir, en donde todo parece estar ideado para consumir y consumir, para mirar sólo hacia delante como si todos estuviéramos escapando de nosotros mismos, sin tiempo siquiera para poder parar la pelota con objeto de reflexionar sobre lo que somos y lo que hacemos, no es precisamente normal, sobre todo cuando hay tantos títulos, tantas novedades literarias que atender. Pero sin embargo, acercarse a la “Simona”, como en determinados ambientes durante un tiempo se la llamó, a la literatura que ella representa, a pesar de no ser una novelista de altura, es un ejercicio que hay que realizar para redescubrir, o para comprender que existe otro tipo de novelística, siempre viva y siempre audaz, que en ningún caso debe temer por su futuro. No debe temer por su futuro, aunque con toda seguridad, la novela como género, como ocurre en la actualidad con la novela de calidad, se convierta en una actividad sólo frecuentada por minorías, ya que existen otros instrumentos de entretenimiento, que aunque con menos prestigio social, resultan más cómodos y menos problemáticos, sobre los que para colmo, la cada día más poderosa industria del ocio apuesta con fuerza, al comprender, que la plusvalías que puede obtener de ellos, y no me refiero sólo a las económicas, con toda seguridad resultarán mucho más sabrosas. La novela como narración sin más tiene los días contados, ya que su coste, en horas de esfuerzo, carece de sentido en las circunstancias históricas actuales, al presentarse ante nosotros, nuevos soportes muchos más adecuados para tales prácticas. No obstante, esto no significa, ni mucho menos, que la novela tenga que desaparecer, sólo que un tipo de novela, la dominante, está llegando a sus últimos días, al tiempo que la otra, la que aspira a algo más que a narrar por narrar, puede entrar en una edad de oro, aunque al público al que vaya dirigida sea escaso. Y es que la novela guarda en sí un potencial inagotable, que en tiempos de apatía y de resignación como en los que vivimos, resultan, aunque algunos se rían de lo anterior, de un valor incuestionable. La esencia de la novela es la vida, el enfrentamiento del hombre, del ser humano contra la realidad, dejando al descubierto las heridas que tal choque inevitablemente provoca, y que al ser desarrollada en negro sobre blanco, tiene la extraña virtud de provocar la reflexión del que lee sobre su propia realidad.
Simone de Beauvoir, en este texto, en esta famosa novela suya, en donde desarrolla una crisis matrimonial, vuelve a bucear en un tema que al parecer le interesó en exceso, y sobre el que ya trabajó en una narración corta anterior, “La edad de la discreción”, el del paso del tiempo, y de los efectos que tal hecho provoca en la vida de una pareja, y por supuesto en la de los miembros que la componen. En un principio podría pensarse, que desde la perspectiva de una mujer de mediana edad, lo que aborda es un tema eminentemente feminista, el de la mujer abandonada, y de la alienación que ésta tradicionalmente ha padecido en la pareja burguesa al uso. Pero esta lectura de la obra, resulta al menos desde mi punto de vista completamente superficial, ya que el tema central de la misma, cosa que se descubre cuando se profundiza en ella, es el de la evolución, que nunca puede resultar simétrica, que con el tiempo, padecen los miembros que constituyen una determinada pareja. La idea que deja entrever la autora, que no es precisamente muy halagüeña, es que difícilmente una relación puede resistir el paso del tiempo, pues los componentes de la misma, que antes que miembros de una pareja son individuos, siempre acabarán evolucionando de forma diferente, lo que significa que el compañero o la compañera que se necesitó ayer, puede que no sea el adecuado o la adecuada para hoy, lo que por extensión quiere venir a decir, que una pareja estable y duradera, de esas con las que siempre se ha soñado, es algo a todas luces antinatural, que sólo podrá llegar a materializarse gracias a un férreo ejercicio de voluntad, que casi siempre irá en contra del desarrollo natural de alguno de sus miembros. La pareja como espacio atemporal, como lugar blindado a la erosión del tiempo, y de todo lo que ello comporta, es una ilusión romántica que en una sociedad abierta carece de sentido, siendo, y no precisamente de forma gratuita, una de las banderas enarboladas por los elementos más conservadores, que observan la fragilidad de la misma, sin profundizar nunca en las causas reales de dicha fragilidad, al creer de forma acrítica en aquello de “la unidad de destinos en los universal”, como un síntoma evidente de la descomposición de nuestras sociedades.
“La mujer rota”, es una novela interesante, que a pesar de estar escrita en forma epistolar, tiene momento de gran altura, consiguiendo dejar al descubierto la crisis que padece, la que en su momento fue la sacrosanta institución del matrimonio. Una novela que hay que leer, aunque algunos puedan creer, sin haberla leído por supuesto, que pertenece y que se encuentra demasiado sujeta a un tiempo que ya pasó.

Sábado, 12 de diciembre de 2.009

sábado, 16 de enero de 2010

El informe Brodeck


LECTURAS
(elo.175)

EL INFORME DE BRODECK
Philippe Claudel
Salamandra, 2.007

¿Es necesario el olvido por el bien de la comunidad? ¿Puede vivir una determinada sociedad con la pesada carga de la culpabilidad? Estas preguntas, y otras muchas sobre la misma cuestión, son las que plantea Philippe Claudel, con la sutileza que exige toda obra literaria, en esta sorprendente y magnífica novela que acabo de terminar. Para el autor, aunque resulte doloroso para algunos, sobre todo para los que han sufrido la afrenta, toda comunidad para que funcione, tiene la necesidad de dejar a un lado todos los hechos que puedan avergonzarla, al tiempo que necesita enarbolar, como si de una bandera al viento se tratara, aquello que le aporte prestigio y dignidad. Creo recordar que en cierta ocasión dijo Ortega, que resultaba necesario para el crecimiento de un individuo, y por extensión de una sociedad, el mirar siempre hacia el futuro, hacia lo que aún se encuentra por escribir, pues ese tener que hacer, es lo que a un determinado organismo le puede aportar la tensión que necesita para seguir en movimiento. Mirar hacia atrás tiene la virtud contraria, sobre todo cuando el pasado muestra zonas en donde reina la mezquindad, ya que entonces, casi todas las fuerzas disponibles, en lugar de utilizarse para lo importante, se derrochan en el absurdo ejercicio de la autoflagelación. Pero lo anterior no quiere decir, ni mucho menos, como en muchas ocasiones se intenta recomendar, que haya que eliminar el pasado, o al menos aquellos pasajes oscuros que resultan vergonzosos, no, no porque no se desee, sino porque tal hecho resulta imposible. La patria, la nación o la comunidad, ese espejo en donde el individuo cree encontrar lo esencial de lo que es, o al menos las líneas maestras en donde en todo momento cree que debe insertarse, siempre tiene que presentarse como un abanico de virtudes, al ser el lugar de donde emana la moral común, es decir, los códigos de conducta que hacen posible una individualidad saludable, que siempre cuenta con la red de seguridad de ese todo con mayúsculas que es la comunidad. Por ello, resulta esencial, que la línea vital que muestre pueda identificarse con la moral que se propugna, ya que en caso contrario, ese pasado, en lugar de aportar la seguridad que se demanda, se dedica a imponer interrogantes, que en último extremo, pueden llegar a minar la credibilidad del mundo en donde uno se asienta. Este es el motivo, por el que cuando el pasado es oscuro, es decir, cuando ese pasado no llega a certificarse con los parámetros que imponen los códigos morales imperantes, lo mejor, porque es lo más fácil, es intentar ocultarlo de la forma más cómoda posible, o lo que es lo mismo, olvidarlo, o mejor dicho, hacer lo posible para no recordarlo. Bien, el objetivo por tanto no es erradicarlo, porque no se puede, sino dejarlo arrinconado para tropezar lo menos posible con él, y hacerse la ilusión, gracias a ello, de que en realidad nunca existió. Esto es lo que ocurre en Alemania, que es el caso más paradigmático, pero también en España, en donde ninguno de los dos bandos que se enfrentaron en la guerra civil, desean recordar actuaciones que lograron descalificarlos por entero. A una escala más reducida, lo anterior también ocurre en el plano individual, pues nadie es capaz de convivir abiertamente con episodios de su pasado que le resulten vergonzosos. Por tanto, hay que ocultar aquello que nos puede hacer daño, por mucho que los psicólogos nos aconsejen lo contrario, y hay que hacerlo, porque la única obligación que tenemos en esta vida es la de seguir viviendo, y a ser posible, de forma adecuada.
Claudel, para hablarnos de lo anterior, dibuja una comunidad cerrada, un pequeño pueblo cercado por montañas, en donde se producen una serie de hechos, motivados por el miedo que imponía el ejército invasor, que nadie, por bochornosos, deseaba recordar, aunque todos atribuyeron a las circunstancias del momento. Sí, porque echarle la culpa al otro, al que nos ha forzado a realizar lo indeseado, es una justificación perfecta para poder pasar página, aunque en su fuero interno, todos estén convencidos de que se pudo hacer más, para que lo que no se debe recordar, para que lo innombrable, nunca llegara a materializarse. Siempre es conveniente, por tanto, que una fuerza externa, sea la que sea, nos haya obligado a realizar lo que nunca bebimos hacer, ya que entonces, evidentemente, la culpa de lo acaecido nunca será nuestra. Pero cuando la culpa si es nuestra, como ocurre con posterioridad en la narración, ya no existen excusas posibles, aunque se busquen y encuentren justificaciones donde en ningún caso puede haberlas, quedando sólo la voluntad de olvidar como la única salida posible para esquivar la vergüenza.
Brodeck, el protagonista de la novela, que fue acusado en el pasado por sus vecinos de indeseable, aunque nunca había tenido ningún roce con ellos, y que por ese motivo tuvo que padecer la inhumana reclusión en un campo de concentración, es encargado de realizar un informe sobre el asesinato de un extranjero, cuyo único delito había sido precisamente ese, la de ser extranjero y diferente, y cuya ejecución había corrido a cargo del propio pueblo que le acusaba. En esta parábola convergen el mal realizado por obligación y el perpetrado por propia voluntad, ocultándose ambos gracias a la misma estrategia, la de intentar, al no recordar lo acaecido, que todo quedara sepultado por el olvido.
A pesar de lo interesante de la reflexión que propone el autor, el valor de la obra, radica en la forma de afrontar la historia, en la sutileza, gracias a un lenguaje cristalino, en donde de forma constante relucen hermosas metáforas, de una narración que en principio puede costar trabajo asimilar, pero que consigue, cuando se avanza en ella, que el lector, no pueda desligarse de la misma, deseando que el final se dilate lo más posible.
La sensibilidad y la inteligencia que Claudel deja en este texto, desde mi punto de vista mucho más logrado que “Almas tristes”, posicionan al francés, como uno de los autores más interesantes del panorama literario actual, por lo que resulta sorprendente, que carezca de la notoriedad de otros autores, que ni de lejos poseen sus cualidades, lo que puede deberse, al tono poético de sus narraciones, que ocultan más de lo que enseñan, y que tiene la virtud de obligar al lector a realizar un esfuerzo suplementario.

Sábado, 5 de diciembre de 2.009