
LECTURAS
(elo.200)
TIEMPO DE DIVORCIO
John Cheever
EMECE
A pesar de que John Cheever es uno de los grandes, uno de los grandes de la literatura norteamericana, carece de la popularidad que poseen otros autores de indudable menor valía. Eso se debe, independientemente al hecho innegable de que su obra no ha tenido la difusión adecuada, a que la literatura de Cheever, ya sea en narrativa corta o en la de largo recorrido, en ningún caso ha sido realizada de cara a la galería, lo que ha motivado que por desconocimiento haya quedado fuera, con todo lo que ello supone, de la oferta presentada a ese sector de lectores que aún compra y lee literatura de calidad. Los que hemos tenido la posibilidad de llegar a él, casi siempre lo hemos conseguido gracias a la recomendación de algún conocido, el cual también accedió a su literatura por la intervención de otro. Por ello, los que hemos gozado del privilegio de conocer su obra nos encontramos en la obligación de difundirla, pues no es de recibo que siga marginada entre los muros de una editorial minoritaria y el placer anónimo que un reducido número de lectores han sentido con su obra. Como todo autor que se precie, el norteamericano posee un discurso del que sólo en muy pocas ocasiones logra apartarse, el de la cáustica mirada que realiza sobre la clase media de su país, que por extensión, y por el hecho de apuntar siempre a los rasgos esenciales de la misma, se convierte en un análisis no sólo de la estadounidense, sino de la clase media de todas nuestras sociedades. Para afrontar su discurso, Cheever utiliza dos métodos, el del realismo exacerbado, que es el que más me interesa, y la creación de historias alegóricas que curiosamente son las narraciones más conocidas del autor, tal como ocurre con su relato “El nadador”. Cheever estima, que la tan admirada clase media, esconde bajo la estabilidad que la define, un importante cúmulo de insatisfacciones, que hacen de ella, a pesar de representar el cimiento sobre el que se asientan nuestras desarrolladas sociedades, una imprevisible bomba de relojería que pone de manifiesto la fragilidad del mundo en que vivimos. El norteamericano, posee la capacidad de arañar el barniz que la envuelve, para dejar al descubierto sus puntos más débiles, aquellos que se intentan ocultar con un nivel de vida en principio envidiable. Ese sector de la población, que en buena medida representa el publicitado paradigma de lo que somos, o de los que queremos ser, que entre otras virtudes presume de seguir, aunque de forma acrítica, los pautados dictados de los discursos dominantes, se caracteriza por vivir sin prestar atención a sus contradicciones, posiblemente porque sepa, que en el momento en que se detenga, todo se le vendrá abajo. Sí, la tan criticada e idealizada clase media, es un ejemplo de lo que son nuestras sociedades, con todo lo positivo de las mismas, pero también, con todo lo que las convierte en inviables. Por ello, analizarlas, introducirse en ellas, sacar a la luz sus problemas mientras se observa su forma de vida, es la mejor forma de mirarnos en el espejo, siendo Cheever en ello un especialista, ya que sin levantar nunca la voz, señala en todo momento hacia el lugar exacto por donde nos desangramos, es decir, hacia la insatisfacción que sentimos por la vida que llevamos, una vida que ni de lejos se acopla a la idea que de ella teníamos antes de comenzar esta disparatada carrera hacia la nada.
En “Tiempo de divorcio” se dibuja a un matrimonio que lleva una vida convencional, él dedicado a sus tareas profesionales y ella al cuidado de la casa y de los hijos, que entra en crisis, en el momento en que alguien, una tercera persona que aparece, se enamora de la mujer, haciéndola descubrir que la vida que llevaba carecía de alicientes. Ella nunca se enamora de esa persona, pero gracias a él, comprende que se había convertido en una mujer a la que ya no reconocía, lo que la empujó a replanteárselo todo. En este sencillo argumento, literariamente tan manoseado por unos y por otros, se encuadra la gran obsesión de Cheever, que él afronta con sencillez y con una economía de medios que asombra por su eficacia, y que consigue hacer comprender, que para hacer buena literatura, no hace falta necesariamente que se sea experto en diseñar castillo de fuegos artificiales, ni en saber utilizar munición de grueso calibre, ya que a veces, la sencillez y el saber entrar de puntillas en un tema, basta para colmar al lector más exigente.
Dije con anterioridad, que no me llegan a convencer los relatos alegóricos de Cheever, y que prefiero con diferencia esos otros narrados de forma más natural, en los que aparece como un precursor de lo que con posterioridad se denominó “el realismo sucio”. En esos relatos es en donde encuentro la literatura norteamericana que me interesa, la que con su aliento, consigue oxigenar a la amanerada literatura de calidad empeñada al parecer, y desde hace ya bastante tiempo, en que nadie lea, en que la lectura sea una actividad sólo acta para unos pocos, en la que se cierra el paso a todos aquellos que aspiran, además de pasarlo bien con lo leen, que es lo esencial, a encontrar algo, alguna señal, alguna doblez que le incite a reflexionar.
Cuando leo a Cheever, siempre acabo con el misma convicción, la de que la literatura, la buena literatura es fácil de realizar, pero cuando intento reflexionar sobre lo que he leído, me sorprendo negando con la cabeza, al comprender que ni tan siquiera para el norteamericano puede ser fácil, y que lo realmente complicado, cosa que él hace a la perfección, es hacer creer que es fácil, lo que a todas luces es de una dificultad extrema.
Sábado, 7 de agosto de 2010
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